domingo, 13 de agosto de 2006

Plenitud

Ante la realidad entera,
siento, de pronto,
el síndrome de Sténdhal.

13 comentarios:

Carlos RM dijo...

Me gusta la forma, pero en cuanto al fondo ¿debo envidiarte o compadecerte?

AnaCó dijo...

Disculpa la ignorancia, pero ¿cuál es el síndrome de Stenthal?

E. G-Máiquez dijo...

Sin exagerar, Carlos, un poco de las dos cosas está bien. Y muchas gracias por la compañía.

No me extrañaría que tú, AnaCó, lo hayas padecido alguna vez. Es esto.

Enrique Baltanás dijo...

Deberías acentuar la é de Sténdhal, para que a los francófonos no nos chirriara a bote pronto la licencia poético-fonética que te permites con el nombre del autor de Rojo y Negro.
Pero haces muy bien en permitirtela. Está dentro de la tradición y de las reglas. Y le da gracia a la soleá: así pronuncia el pueblo.
¡Pero pon el acento!

Arp dijo...

¡Precioso! Otra demostración de que no hace falta viajar, aunque sólo aquí puedes ir a una Misa de Haydn (hoy por la mañana).
Bueno, me voy a ver un poco de los Alpes; estoy en pre-Stendhal (pero sólo los poetas pueden contraer ese síndrome, ay)

Dal dijo...

Precioso poema. Pero, para que veas que tu parroquia es exigente, pienso que no te lo crees del todo. La contemplación de la realidad provoca la sensación del título (plenitud), que no es sino asombro y gratitud por la creación. Pero no puede provocar una patología como la que describes (por cierto, enhorabuena por tus hipertextos en nota), propia del hiperbólico romanticismo, pero no del asombro realista. Sin embargo, justo es reconocer que da sonoridad y belleza al poema.

Uno de los momentos más extáticos que recuerdo fue aisitir a la clase de metafísica en la que Eudaldo Forment nos explicó los trascendentales en Santo Tomás. Resulta que decir Uno, Bueno, Bello y Verdadero es casi lo mismo: no es más que referirse al ser, desde distintas aproximaciones. Por tanto, la belleza y la bondad son inherentes a la realidad (preciosa escena en los evangelios apócrifos cuando Cristo, al ver una quijada de burro en el desierto exclama:"¡Qué dientes más blancos!").

Luego está el problema del mal, pero ese es otro cantar.

AnaCó dijo...

Gracias por sacarme de la duda, ahora puedo disfrutar de tu haiku. Y si...reconozco que se me manifiestan estos síntomas de vez en cuando.

Anónimo dijo...

Bueno, también hay un "síndrome de Jerusalén", y si me apuráis, hasta un síndrome de Roma:

http://en.wikipedia.org/wiki/Jerusalem_syndrome

Mora-Fandos dijo...

Qué interesante entrada. Desde luego, si uno pudiera estar ante la realidad "entera", el síndrome de Sténdhal se quedaría corto: haría falta un trance donde el espíritu se separara del cuerpo y captara sin mediación. Esto ya es mística. Afortunado tú, Enrique, que has podido volver al mundo de los mortales y poner esta entrada.

Pero creo que escribes más en la línea de lo que dice Dal, sin necesidad de irnos a Absolutos románticos. Si la realidad realista te hizo una caricia, no dejes de festejarlo.

Lord Scutum dijo...

Me tranquiliza el comentario de Mora-Fandos,sobretodo en eso de que el síndrome de Sténdhal se quedaría corto...
Anhelo la serenidad con que muchos de vosotros afrontáis el hallazgo de la belleza y la plenitud,tomo nota de todo, no sin poder evitar estar un poco arrebatado casi las veinticuatro horas, pido perdon por mi hiperbólico romanticismo .En serio Enrique,muchas gracias por una entrada tan clarificadora

Juan Ignacio dijo...

Observé que Enrique ha aprendido a "linkear" en los comentarios...

Constanza dijo...

Qué suerte que hay nombres para todo. ¡Gracias, Enrique!

Verónica dijo...

Estoy de acuerdo con el "bloguero" (¿se dice así?) que habla de "síndrome de Roma". A mí me pasó, lo juro. Me pareció haber estado allí antes, una sensación extraña de estar en mi casa, viendo a lo lejos la cúpula de San Pedro... Esa especie de rapto de los sentidos, y del espíritu todo, me sucedió a mí. Ha sido la única vez. Tendré que afinar mi sensibilidad y mi capacidad de contemplación para que me extasíe de igual modo ante la realidad entera. Gracias por la entrada...