miércoles, 28 de febrero de 2007

La sangrienta luna

El Día de Andalucía ha caído tan cerca del fiasco del Estatuto que nos coge exhaustos. Y da pena porque convendría que lo celebrásemos todos tan contentos: hasta ahora el concepto de Andalucía no ha sido motivo de enfrentamiento entre andaluces, y, aunque sólo fuera por eso, hay que congratularse. Este año, sin embargo, el dichoso Estatuto —que no votó ni el tato— eclipsa la fiesta autonómica.

En vista de lo cual, conviene levantar los ojos de nuestro ombligo político y contemplar el oportuno eclipse total de luna del próximo sábado. Yo creía que en un eclipse la luna desaparece poco a poco, engullida por la oscuridad. Me explican que no: por culpa de la refracción de la luz en la atmósfera terrestre, el cono de sombra no es totalmente oscuro, y la luna adquirirá un tono rojizo.

A cambio de la decepción, esa luna roja vendrá a recordarnos aquel verso de don Francisco de Quevedo que tanto obsesionó a Borges: “Y su epitafio la sangrienta luna”, del soneto 'Memoria inmortal de don Pedro Girón, duque de Osuna, muerto en la prisión'. Para sortear la censura de lo políticamente correcto, mejor correr un tupido velo o burka sobre el hecho de que con su astronómico endecasílabo Quevedo estaba señalando como una gloria inmortal del Duque sus victorias sobre los turcos, cuyo pabellón era una media luna roja. Tampoco gustará al gran Estado Laico la clara —como el clarín de una trompeta— resonancia apocalíptica: san Juan nos habló de “la luna roja de la ira”.

Por otra parte, el soneto se construye sobre las virtudes épicas y sobre el servicio a la patria a pesar de la inveterada ingratitud del país: “Faltar pudo su patria al grande Osuna, / pero no a su defensa sus hazañas”. Otro momento clave es cuando se refiere con atrevida expresión al “llanto militar”. Mientras contemplemos la sangrienta luna, podremos tener un emocionado recuerdo para la soldado Idoia Rodríguez Buján, que, como el duque de Osuna, no faltó a la defensa de España, aunque ahora el Gobierno no quiera concederle la Cruz al Mérito Militar con el distintivo que corresponde por morir en acción de guerra, que es, precisamente, el rojo.

Ya ven que recitar unos versos de nuestro siglo de Oro no es una acción inocente o una impune pose culturalista. Un buen poema compromete a mucho. Si fuésemos un poco cobardes, resultaría más prudente seguir hablando del Estatuto o mirar hacia la luna sin mentar ni a Quevedo, ni a Borges ni, mucho menos, a don Pedro Girón. Como sea, con el grande Osuna o en solitario, no desaprovechen el próximo sábado la ocasión de alzar los ojos al cielo. Siempre viene bien.
[Grupo Joly]

martes, 27 de febrero de 2007

Mar de dudas

Cercado por mis incertidumbres consuetudinarias, me doy cuenta de lo certera que es la frase “estar hecho un mar de dudas”, o sea, una inmensidad salobre formada de pequeñas olas innumerables que van rompiendo —plaf, plaf, plaf, plaf— sobre nuestra cabeza. Al primero que lo dijo no hay quien le discuta el genio poético, y seguro que la felicidad del hallazgo le salvó de ahogarse. Yo mismo, nada más que por la gracia de la expresión, ya he empezado a caminar un poco sobre las aguas…

lunes, 26 de febrero de 2007

domingo, 25 de febrero de 2007

sábado, 24 de febrero de 2007

Esto es Carnaval

Cuando todo era más serio, el Carnaval pudo ser revolucionario; hoy es redundante. Con terroristas disfrazados de hombres de paz, víctimas denunciadas por apología del terrorismo, estatutos múltiples, travestismos varios y algaradas sistemáticas, para qué más desorden, y dónde, y cómo. A Calderón de la Barca lo de El Gran Teatro del Mundo se le habría quedado chico. El mundo es carnaval, habría escrito ahora.

Las fiestas propiamente carnavalescas, en consecuencia, pierden mucho: se les mustia el encanto trasgresor y su justificación última como válvula de escape social. Al arte moderno, por cierto, le pasa algo similar. Los más disipados de nuestros jóvenes (que no son todos ni todos tan jóvenes) no necesitan de una ocasión anual para empinar el codo en masivos botellones consuetudinarios. Tampoco para salir disfrazados, apuntaría un observador malicioso. Como la penitencia cuaresmal no tiene ya presencia pública, despedirse en la calle de los vicios se vacía de sentido. Muchos ignoran qué es la abstinencia, o la relacionan con un síndrome, y la palabra “ayuno” les trae a la memoria a De Juana Chaos. Para no ser menos, nuestros políticos entonan muy graves discursos que, analizados con atención, son tan desternillantes (por no llorar) como las más desvergonzadas letras de las chirigotas.

Ante las imágenes de los distintos carnavales (tan iguales todos, con los mismos disfraces siempre), se ve claro que hoy —si festivo es lo que rompe la rutina— nada sería más original y sorprendente que una buena Cuaresma.

viernes, 23 de febrero de 2007

¡Qué cuesta ser coherente!

Enfadado nunca, pero un poco irónico o cáustico debería ponerme. Lo sé. Y sin embargo, aquí estoy, tan contento como un niño en un día sin colegio, porque en el pueblo de mi instituto hoy, Viernes de Cuaresma, se celebra el viernes de Carnaval (qué desorden) y tenemos vacaciones (¡qué bien!). Os cuelgo mi retrato:


Cierto: Pukka ha salido con un perfil gatuno un poco extraño, aunque ya se sabe que con el tiempo uno acaba pareciéndose a sus enemigos. Por otro lado, lo que parece un bostezo es un Oh de admiración: esta mañana he leído la última página de El desierto de los tártaros. Para calmar (todavía más) mi conciencia por tantos placeres, recuerdo que saco en Alba un artículo muy partidario de la Cuaresma. Sigo, pues, leyendo.
*
Aviso.- Me daba verguenza confesarlo aquí y corrí un tupido velo. Ahora bien, ya se me han quejado varios amigos y conviene una vez colorado antes que ciento amarillo. El otro día no me dejé la maleta, pero sí de nuevo el móvil, que -como su propio nombre indica- no para quieto en mis bolsillos. Como voy asimilando que la web es un pañuelo y que mis visitantes no son, como sueña mi agitada imaginación, lejanos internautas de ultramar, sino colegas de siempre que se pasan por aquí a darme los buenos días, os dejo dicho que no me llaméis, que es un trabajo inútil que desemboca en la melancolía.

jueves, 22 de febrero de 2007

La Web es un pañuelo

Por la mañana en el IES revisito mi blogg. Ya C. B. me había despertado serias dudas, pero con suavidad y cariño. Y entonces surge de las profundidades de la blogosfera un anónimo [veo “anónimo” y me echo a temblar] que, cumpliendo las expectativas, desbarata con un comentario sin piedad -y esta vez exacto- lo que yo creía que era una traducción libre del dichoso haiku de Edna St. Vincent Millay. Exclamo: “¡Vaya [o algo más fuerte]!” y, sin perder la esperanza de que quede un resquicio en el que apoyar mi interpretación, hecho un mar de dudas, echo a andar, a andar rápido, casi a correr hacia el cercano Departamento de Inglés, en búsqueda de una compañera-y-sin-embargo-amiga, que me justifique. Llamo a la puerta, y allí estaba ella.
—Qué bien que te encuentro…
—Y qué casualidad, Enrique: ¡acabo de hacer un comentario anónimo a tu traducción en “Rayos y truenos"!
—Vaya.

El mundo es una kufiya

En clase, no sé por qué, si asociación de ideas o simple masoquismo, se me ocurre preguntarles si saben que es el Miércoles de Ceniza. Silencio. ¿Y la Cuaresma? Ni idea. ¿Y el Ramadán? Un bosque de manos eruditas y explicaciones que profundizan en la letra pequeña. Como fue lo cuento.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Día de los enamorados

El Estatuto no lo votó ni el tato. El miércoles pasado, catorce de febrero, yo desperdicié la oportunidad de ponerme romántico, que tocaba, y me dediqué a reflexionar sobre un referéndum que no interesaba prácticamente a nadie. Me equivoqué de tema. Hecha la autocrítica, ¿sería mucho pedir que Chaves y Arenas, aprovechando que hoy es Miércoles de Ceniza, hicieran lo propio? Porque al menos yo critiqué la estulticia estatutaria cuanto pude, pero ellos estaban entusiasmados. Eran los únicos.

También es cierto que se puede remediar mi error con mucha más facilidad que el suyo, que nos sitúa en un follón político y jurídico sin marcha atrás. Si hablo ahora de amor, aunque no sea San Valentín, tendrá sentido: para los enamorados todos los días son fiesta; es lo que tiene.

Confieso que de vez en cuando escucho las radios comerciales, y asombra comprobar hasta qué punto todas las canciones giran en torno al viejo sentimiento en sus más variadas modalidades: naciente, correspondido, despechado, imposible, agonizante o dice que olvidado y todavía doliente… La poesía culta y la popular también han dedicado sin pausa sus delicados esfuerzos a analizar los infinitos movimientos del alma que conocemos con la palabra “amor”. Seamos democráticos y reconozcamos que, en ese sufragio o referéndum que el amor gana cada día y todos los siglos por mayoría absoluta y con una abstención mínima, el pueblo acierta.

La política no provoca tanta pasión, ni la merece, y menos ésta que sobrellevamos. Hemos asistido en el breve febrero al significativo contraste entre la anorexia estatutaria y la movilización ciudadana de San Valentín con sus regalos, felicitaciones y SMSs, por no hablar de la euforia carnavalesca. En la sociedad palpita, por lo que hemos contemplado, cierto liberalismo instintivo que desconfía de las iniciativas públicas y se dedica a los asuntos privados con fervor.

Ya sabemos que en los momentos iniciales del enamoramiento no se piensa en otra cosa, como reflejó Hilaire Belloc en este epigrama dialogado: “—¿Cómo estuvo la fiesta en Portman Square?/ —No lo puedo decir; pues Julieta no fue./ —¿Y la de Lady Gaster, cómo salió?/ —No lo sé, pues Julieta junto a mí se sentó”. Pero poco después, porque el bien es expansivo, los enamorados vuelven a interesarse por los problemas del mundo, siempre que estén a la altura de sus corazones. Una política más entregada, con una preocupación auténtica por los principios y por los demás, sí movilizaría a la gente. Buena falta nos hace. En cambio, los cálculos partidistas y las maniobras tácticas de nuestros prohombres no se merecen ni un paseo a votar.

[Grupo Joly]

martes, 20 de febrero de 2007

La solución (revisitada)

Dando vueltas a las dudas de Naojo ante la violeta, encontré un haiku de Millay [“I will touch / A hundred flowers / And pick no one”] que parecía ser una solución sensata y sensual. Rápidamente lo traduje y lo colgué aquí; pero sucesivos y amables comentarios me han ido demostrando a lo largo de la mañana que lo que yo creía que era una traducción era una versión que era, finalmente, un haiku propio, inspirado en el de Millay. El mío sólo habla de flores y de un gesto simple que consuela, sin metáforas ni bravatas:
Yo rozaré
un momento las flores,
mas sin cortarlas.
Y es que rozarlas basta; aunque no sabría decir por qué. La poesía es, como enseña Andrés Trapiello, una verdad indemostrable. [Y de muy difícil traducción]

lunes, 19 de febrero de 2007

El problema

Lo que más pesa en la maleta son los libros nuevos. Y el problema es que uno, a pesar del dineral y los kilos, los sigue encontrando baratísimos. Si me vendieran un Velázquez o un Cézanne por treinta euros, ¿no lo compraría nervioso y alborozado? Pues lo mismo con la poesía de Francisco de Medrano o con Breviarium vitae, el diario de Juan Gil-Albert. Sí, sí, ya sé que con los libros no hay valor añadido por la posesión exclusiva, pero a mí qué.

Entre ellos, otro de haikus, con un título poco sorprendente y muy prometedor, Haiku (Selected and edited by Peter Washington, en Everyman's Library Pocket Poets, 2003). En él me encuentro una versión bastante aguada de nuestro haiku del deshielo ("The snow having melted, / The village / is full of children.") que no compensa la inversión. Cuatro páginas después, sin embargo, Naojo, por si no bastase con el pájaro entre el bambú de la portada, me deja más satisfecho con la compra que si hubiese acaparado endesas hace tres años.

Cortarla es una pena,
dejarla es una pena,
ay, la violeta.

domingo, 18 de febrero de 2007

Como su propio nombre indica

De los viajes lo malo es la maleta.

[—Y los horrarios el horror, ¿no te fastidia?
—¡Pues claro que fastidian!, que me tengo que ir ya. Con lo bien que echaría yo la mañana aquí jugando con usted a las etimologías.
—No seas pretencioso: jugando, como mucho, a las paronomasias (del lat. paronomasĭa, y este del gr. παρονομασία).
—Eso, a lo que sea, pero con usted. Y no se puede, que ya es tarde, que me voy, que no llego... ]

—¡Eh!, que se deja la maleta en el cibercafé...

viernes, 16 de febrero de 2007

Termómetro moral

Cada vez que me río de alguien es como si escupiera hacia arriba o peor aun, como si mease, con perdón, a barlovento. Hace unos meses me permitía el lujo de sonreírme del que me confesó que se sentía un alma gemela de Jünger porque ambos leían, ¡fíjate!, la Biblia. Bueno, pues ahora resulta que somos trillizos, porque siento una especie de radiación irresistible y me parece que leo a Jünger en un espejo. Probablemente crear esa sensación es una de las pruebas del nueve de los grandes escritores. En un momento dado, escribe:
Encima de mi mesa florece en un jarrón un ramo de corazones de María —también esta planta es uno de mis tests. Mido la alegría que siento al contemplarla y me parece que nunca ha sido mayor.
Esa flor no la conozco, aunque sí las lágrimas de María, que me gustan mucho. Pero me someto a otros tests personales muy análogos. Un termómetro moral que me pongo todas las mañanas mientras voy en coche es la radio. Según lo que marque en el dial, así está de fervoroso mi espíritu. Si no la pongo, es lo mejor: ando radiante, capaz de colmar el silencio. Cuando Radio Clásica, también estoy sobresaliente, aunque ya en versión culturalista. El notable es escuchar las noticias, que indican cierto interés por la cuestión social y el bien común. Un seis justito lo marca la radio de la Base naval de Rota, que por lo menos me sirve, entre el rock y el country, para trabajar el inglés. Cadena 100 es sólo un aprobado, y porque es propiedad de los obispos... Los Cuarenta Principales indican que me dejado ir por el despeñadero de lo fácil y que necesito mucho ruido para no oírme la conciencia. Si subo el volumen, más baja la nota. Y todo es susceptible de empeorar: ahí está la Cadena Dial para atestiguar la gravedad de la situación. En lo más hondo del foso —o de la caverna, si nos ponemos platónicos— está Canal Fiesta, tan lolailo, tan andalú de realiá nasioná, que es ya el estatuto, quiero decir, el colmo.

jueves, 15 de febrero de 2007

La amiga

Él llegó al bar, pálido y trémulo. Se sentó.
—Por ahora, nada —se disculpó al camarero. —Estoy esperando a una amiga.
De ahí a dos minutos, estaba muerto.
En cuanto al camarero que lo atendió, ése adoraba repetir la historia, y siempre destacaba ingenuamente:
—Y, hasta hoy, la “gran amiga” no llegó.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Día de los enamorados

Tras unos años, si se persevera en la hazaña, no era san Valentín: estábamos bajo el amparo de san Valentón.

Elogio de los andalucistas

Si un fuerte golpe en la cabeza me dejara nacionalista perdido, espero que ni catalán ni vasco, sino andaluz al menos. En el nacionalismo andaluz no se alegran tanto de que un asesino en serie salga a la calle sin haber cumplido ni un año por muerto. Aunque vista la reacción en el entorno del Gobierno, tampoco hace falta ser nacionalista para esa felonía.

La atenuante del andalucismo es su práctica insignificancia. La verdadera razón para considerar superior al pueblo andaluz es que no se considera superior. Ni inferior. Ni del todo distinto al resto de España, que es lo que es, lo que somos. En consecuencia, los andalucistas tienen poco margen para el discurso autosatisfecho y victimista de los nacionalismos. Y teniendo tan a mano el Magreb, aquí no hay quien se crea su islamofilia irredenta.

Por suerte, los andalucistas son pacíficos. La mala uva se la gastan entre ellos. Un amigo vasco, por teléfono, bajando la voz, alababa mi valor por defender a España en mis escritos. Le reconocí que no es heroísmo sino libertad de expresión, y que luego en la calle nadie me ha negado jamás el saludo ni el breve elogio o, en su caso, la amable discusión. En Andalucía aún se puede opinar y discrepar.

Recapitulo hoy mis buenos sentimientos hacia los andalucistas porque cabe la posibilidad de que mi voto en el referéndum se contabilice como del PA. A estas alturas todavía me debato entre votar no o no votar. Para decidirme voy leyendo el Estatuto, que es una penitencia que no dejará de venirme bien en el más allá. Avanzo poco. Resulta un trabajo arduo tanto por su extensión como por su estilo remordimiento.

Forma y fondo van conectadas, y sospecho que ese estilo responde, amén de a las palpables dificultades expresivas de los progenitores A y B del Estatuto, a su mala conciencia por estar diciendo, a la vez, esto y lo contrario, lo que conviene a Andalucía y lo que cubre las vergüenzas del Estatut catalán, lo que es y lo que no fue nunca, como la realidad nacional andaluza. En lo moral (eutanasia, laicismo combativo, nuevos modelos de familia), el Estatuto amaga, pero no, para luego sí: o sea, un lío. Tantos equilibrios sobre la cuerda floja de una prosa fofa harán muy resbalosa su aplicación, y hacen pesadísima la lectura.

Espero terminarla antes del domingo. Por supuesto, mis motivos para el no serían diametralmente distintos de los del PA: mi nación es España, la de todos. Pero si mi voto, al fin, coincide con el andalucista y alguien lo toma como tal, no importa. No tendré otras oportunidades para apoyar, aunque sea de rebote, a nuestros nacionalistas autóctonos, imposibles y simpáticos.
[En Grupo Joly]

martes, 13 de febrero de 2007

Sí, guana

Al grupo terrorista le entró gana
de que soltasen al peor de ellos.
Solícito el Estado dobla el cuello
exclamando: "Sí, Juana".

lunes, 12 de febrero de 2007

Marana tha

Me extraña no haber encontrado, en las tres o cuatro reseñas que he leído sobre Apocalypto, mención alguna a la impactante película El señor de las moscas (Harry Hook, 1990; sobre la novela de William Golding). En Apocalypto, la inicial caza del tapir trae a la memoria la caza del cerdo que los niños náufragos ejecutaban en su isla. Pero con el final de ambas películas ya no hay dudas: es exactamente el mismo. El personaje principal, perseguido por la barbarie, al límite de sus fuerzas, llega al borde del mar y justo entonces, en el último momento, aparece, para su salvación y nuestro alivio, una inesperada fuerza civilizadora. Los mensajes están bastante claros y son muy similares en las dos películas, pero simbolizan algo más —recuerden a Simone Weil: “Sin eco, no hay arte”. Mel Gibson, desde el mismo título de su película, va sembrando multitud de indicios que justifican ese extraordinario y salvífico deus ex machina. Y que apuntan a otro Deus ex machina, precisamente.

domingo, 11 de febrero de 2007

"Difícil no tener nada que esconder",

me decía en un comentario un recién llegado visitante. Y yo me defendía recordando que la práctica periódica de la confesión sacramental y de la literatura confesional me tienen muy hecho a la transparencia. Hay en ello un lejano perfume de Las flores del mal y una soñada emulación de San Pablo [2 Cor 12, 5]: "pro me nihil gloriabor, nisi in infirmitátibus meis". Y sin embargo...

Y sin embargo el respetable [en este caso el respetable Piru] siempre tiene razón, y algo me guardaba detrás de la espalda. Así que, después de darle su razón, voy a tratar de hacer verdadera mi entrada, aunque sea retrospectivamente, y mostraré lo que ocultaba.

No iba a contaros que me he pasado diez días leyendo entusiasmado la novela El Padre Elías de Michel D. O'Brien. Uno tiene el snobismo de la gran literatura y no pensaba reconocer que estaba absorto en un best-seller. Un best-seller muy especial, encima, porque hay que haber tenido cierto trato con estigmatizados, devoción al Lignum crucis y creer que el Apocalipsis es literatura revelada para meterte sin reparos en la historia. Como la he leído en inglés, no sé hasta qué punto su prosa es buena, pero resulta eficaz y ágil. Sus referentes recuerdan al grupo Númenor, esto es, Tolkien por un tubo, y Chesterton, Newman y algo de C. S. Lewis. Al fin, también de los libros se podría decir que por sus frutos los conoceremos: yo he salido de la novela más grave y más piadoso, lo que tampoco -todo hay que decirlo- era muy difícil.

sábado, 10 de febrero de 2007

Pánfilo

Pánfilo significa “cándido y bobalicón” aun viniendo del griego πάμφιλος, esto es, al que todos aman o el que todo lo ama. Es un aviso: no conviene hacer discursos de paz y amor universal si uno no quiere quedar como un pánfilo o pázfilo.

¿Hay que andar, pues, con cara huraña? En absoluto. Yo, que tiro bastante al monte, he dado la paz con profunda sinceridad a los que ocupaban los bancos adyacentes en la iglesia. También siento efluvios de simpatía cada vez que me cruzo con un coche que lleva la bandera nacional: “Ahí va un compatriota”, me digo orgulloso. Orgullo que se acrecienta, si cabe, cuando oigo hablar español con acentos de ultramar. Si no con tanta emoción, con los anglófilos me entiendo bien. Otra corriente de amistad me une (y arrastra) a los aficionados al vino de jerez, al rioja, al jumilla… Y los amigos del jamón ibérico son mis amigos. Cuando encuentro a un lector compulsivo, si lee a Dante o a Tintín o los sonetos de Carlos Edmundo de Ory, aunque sea vegetariano o incluso abstemio o hasta francés, tengo la certeza de haber encontrado un alma gemela.

Precisamente Ory escribió: “Amar la humanidad, se dice pronto:/ el hombre es feo y además es tonto”. Feo y, sobre todo, tonto, el que se pone a amar a todos con vaguedad, por demagogia. Lo conveniente es lo concreto: amar al próximo con particular pasión, que es lo que se merece. Luego, como el mundo da vueltas sin parar, y nos junta con unos y con otros igual que en un calidoscopio, iremos encontrando motivos ciertos para querer a cada uno. Sin ser pánfilos.

viernes, 9 de febrero de 2007

Una intimidad con vistas

He perdido (o me han hecho perder) mi agenda electrónica. De la tristeza me ha consolado mi mujer con ese romanticismo de segunda generación tan propio del matrimonio: "Conociéndote, hay que alegrarse de que no la perdieras antes". Puede que haya alguien ahora trasteando por mis citas y mis contactos, consultando mis tareas pendientes, husmeando en mis apuntes. Menos mal que fui siempre mariasnista (de Julián Marías) y me apliqué su tesis de que, en un mundo en que la intimidad es cada vez más frágil, la solución es no tener nada que esconder. Incluso es posible que mi agenda dé el ejemplo que yo no: tantas buenas intenciones, el orden perfecto, las horas a su hora...

jueves, 8 de febrero de 2007

Cervantino Cereijo

El blogg no me retrata bien porque sólo salgo yo —si exceptuamos a mi suegra, que a veces aparece como estrella invitada. La vida de uno es, más que nada, los otros; y cuando no los saca, por pudor y respeto, está distorsionando su retrato con un exceso de enfoque. La reflexión es general, pero la traigo pensando particularmente en la carta con que José Cereijo acompaña el envío de Música para sueños, su último poemario. La carta tiene un tono cervantino tan delicioso que esta vez no me resisto a la indiscreción.

Querido amigo:

Ahí te va un ejemplar, calentito (y eso al menos, en estos días, será de agradecer) de mi Música, de la que ya te había alcanzado, Dios nos perdone, alguna que otra nota. Ahora que el invento comparece completo, tú verás si la buena opinión en que la tenías por las muestras es capaz de mantenerse; si así no fuera, no deberás cargar la culpa a su autor, que se esforzó cuanto pudo porque ella fuera al menos tolerable, sino a los malos siniestros y peores compañías que ella por su cuenta haya podido adquirir; que ya se sabe que los hijos acaban siendo bastante más suyos que nuestros, cosa que sin duda ni se podrá evitar, ni al fin convendrá que se evite. En todo caso, feliz lectura; si no por lo que ella valga, al menos por lo que tiene de señal de vida que aún da este lejano amigo, tan poco pródigo en ellas.

Un fuerte abrazo,

(Mas no penséis, dulces amigos, que la cálida carta me incapacitará para emitir un juicio templado sobre el poemario de marras. No hace falta que me recuséis. Mi aterida vanidad ha ojeado las dedicatorias de los poemas y, aunque hasta el potito tiene la suya, yo no. Pesados en la balanza , el amable envío y el ninguneo dedicatorial se equilibran; así que ahora mismo me quito la venda de los ojos para entrar con la espada de la justicia en Música para sueños. Y ya os contaré si la buena opinión en que la tenía por las muestras es capaz de mantenerse.)

miércoles, 7 de febrero de 2007

Tantan tantan tatatatatatá tatatatatatán...

Tatatatatatán... Como habrá detectado el sutil López Garrido, estoy tratando de tatarear en el teclado el himno de España. Espero que no le importe, aunque en última instancia da lo mismo. El himno es de todos y cada uno. Y yo soy uno. Igual que me parece estupendo que suene cuando once millonarios se disponen a correr un rato detrás de un balón, creo que ante un número inmenso (y por lo visto incontable) de españoles que se reúnen a ejercer sus derechos civiles resulta de lo más apropiado. La soberanía nacional reside en el pueblo.

Que la manifestación del sábado fuese un acto partidista, es algo que se dicen ellos, los del Gobierno, para poner en contra a sus propios partidarios, que en su mayoría tampoco quieren negociar con ETA ni sacar a los asesinos de la cárcel ni dar cancha a los batasunos. En verdad la manifestación fue convocada por una organización con sensibilidad de izquierdas, el Foro de Ermua, a la que apenas nombran no se les vaya a aparecer su espíritu. Rosa Díez y Antonio Aguirre y otros socialistas sí estaban. El PP no la convocó y no sé yo —permítanme la melancolía— si de haberlo hecho habríamos visto tantas banderas de España ni oído el himno nacional. Arenas y Feijoo quizá habrían preferido un carrusel de banderas autonómicas.

Tampoco el PP habría incluido las otras canciones. Sonó “Libertad sin ira” del grupo Jarcha; el poema de Miguel Hernández “Para la libertad” interpretado por Serrat; y la arenga albertiana “A galopar”, que musicó Paco Ibáñez. Canciones originariamente izquierdosas, como los versos de Gabriel Celaya que sirvieron de estribillo al discurso de Mikel Buesa: “Españoles con futuro, españoles que por serlo…” Allí, sin embargo, habían trascendido y representaban un ansia general de libertad y de resistencia. No sólo el himno, la banda sonora completa fue el hecho más emotivo de la manifestación.

La consecuencia es que al Gobierno se le achican los espacios, se queda sin referentes, aparece colgado de la brocha de una paz-paz mucho más hueca tras Barajas y ahora tras Baracaldo. Los ideales de libertad, dignidad y participación cívica se unen a los de justicia, ley y orden en el marco común de una patria de todos. Conscientes y escocidos, desde el PSOE protestan, como el perro del hortelano, porque se usaron unos símbolos que ellos no quieren usar. El argumento es malo porque la solución es fácil: que olviden de una vez la bandera republicana, que empuñen la de todos (también suya, por supuesto) y que defiendan decididamente a España. A ver, López Garrido, tataree conmigo: Tantan tantan, tatatatá tatatatám...
[En el Grupo Joly]

martes, 6 de febrero de 2007

Porque yo lo valgo

Los primeros años mi suegra me regalaba corbatas. Hasta dos cajones llené para cuando cayó en que ni yo trabajaba con ellas ni pretendía cambiar de trabajo. Ahora me regala cremas y pomadas antiarrugas y/o rejuvenecedoras for men. Como la intención es lo que cuenta (la primera, no las segundas), se lo agradezco muchísimo y las coloco ordenaditas y puramente decorativas en la repisas del cuarto de baño.

Lo malo es que las visitas usan ese cuarto. Me observan —me he dado cuenta— con extrañeza. No sé si porque no se esperaban que yo diese en metrosexual o asombrados de la nula eficacia de tanto potingue.

jueves, 1 de febrero de 2007

Otra muerte

Si lejana, la muerte es silencio. Cuando más cerca, la muerte musita al oído una pregunta. Y cuando nos toque, la respuesta.