lunes, 30 de abril de 2007

domingo, 29 de abril de 2007

Crítica poélítica

Et in Arcadi ego.

Crítica poétílica

El último acto de la Feria del Libro de Jerez se celebró en un establecimiento de ocio: Poesía joven en los bares, se llama el ciclo. En el de ayer, interbebían Fruela Fernández [en los carteles: Fruel A. Fernández, escrito con la misma lógica aplastante con la que se dice el afoto] y Jaime García-Máiquez [en los carteles con guión y los acentos incluso bien puestos, que para algo jugaba casi en casa]. Interbebían entre verso y verso sendos gin tonics.

Con el ruido de vasos, risas, otra ronda y vámonos que nos vamos, no había manera de escuchar los poemas, sobre todo los de Fruel A., que recita bajo y sigue el minimalismo de los más jóvenes poetas cordobeses (con lo que fue Córdoba, oh Góngora, oh García Baena, oh tempora, oh mores). No los entendí y tampoco aunque me hubiesen hecho un esquema, porque ya son un esquema. Jaime forzó las cuerdas vocales meritoriamente.

Sin embargo, el que se llevó el gato al agua no fue ninguno de los dos, sino Fernando López de Artieta, que ése sí que jugaba en casa: los bares son su medio ambiente. Se habla mucho de la novia de los toreros, pero ser novia de poeta tampoco es un plato de gusto. Allí estaba la encantadora de Jaime, en la primera lectura suya a la que asistía, oyendo un poema a una antiquísima novia y otro, de F. L. de A. al amor, que a todos los demás nos hizo mucha gracia:
Ir a malas películas
de cine, y llegar tarde.
No salir, por cenar
en casa de tus padres.
Quedar con tus amigas.
No poder concentrarme
en perpetrar poemas.
Pagar en restaurantes.
Tener que aguantar
que elogies a Aleixandre
o, de pronto, prefieras
un Poussin que un Velázquez.
Hacerme el ciego, el sordo,
el tonto: "despistarme".
Escuchar. Perdonar.
Pedir perdón. Callarme.
Estar siempre dispuesto.
Sonreír. Ser amable.
Constantemente dar.
Acabar entregándome.
En fin, no cabe duda,

amar es suicidarse.
Por lo visto (de reojo), no cabe duda de que tampoco este poema le afectaba mucho a ella, tal vez porque esté inspirado en la vieja novia o seguramente porque se sienta retratada como todos (y todas) en esa resistencia a la entrega. Cualquier enamorado de veras la siente: es lo que le da fuerza y verdad al Amo et odi de Catulo.

Ser hermano del artista no es tan tremendo, aunque un poco se sufre. Me acordé entonces de alguien que, cuando se cerró el programa de la Feria del Libro, vino a extrañárseme amablemente de que no me hubiesen incluido en el ciclo de poetas jóvenes. Yo le enseñé el DNI; pero ayer, con la experiencia de los bares y el humo y el ruido, le habría enseñado mi Salvago:
La juventud se fue.
Bien está lo que acaba.
No volveré a ser joven,
a Dios gracias.

sábado, 28 de abril de 2007

Prosa de la experiencia

En el precioso prólogo a Siluetas literarias (Casa Pemán, 2006) de José María Pemán, escribe Juan Lamillar:
También los unió en vida la fama, de la que los dos gozaron con creces. Ambos fueron célebres y populares, gracias a sus cotidianos y esperados artículos y a sus numerosas apariciones públicas: entrevistas, conferencias, presentaciones de libros... Es verdad que Pemán vivió hasta 1981, con lo cual se benefició de la importancia creciente de lo audiovisual (recuérdese el éxito de la serie de televisión "El Séneca"), pero también González-Ruano hizo sus pinitos en una naciente RTVE y llegó a actuar en alguna película. Hoy se diría que eran dos personajes "mediáticos".
Hasta aquí la cita, que en principio no tiene nada de particular. Sin embargo, cuando uno sabe que a Lamillar le rechazaron un buen poemario en una editorial de postín con el argumento de que él no era un poeta mediático, se vislumbra la verdad que hay detrás o por debajo de cada palabra y la herida de la palabra final y esas comillas como puntos de sutura.

viernes, 27 de abril de 2007

Lirismo de combate

Ha florecido el inmenso árbol del paraíso a la entrada del Instituto. Sin embargo, este año no me estremece tanto como el pasado, cuando el perfume de sus pequeñas flores (levemente violetas) le podía al olor del sistema de cañerías del centro, que por entonces estaban arreglando. Las obras, contra todo pronóstico, acabaron, y hoy el árbol reina sobre un jardín bastante edénico. Es muy bonito y huele aún mejor, pero la emoción de entonces, cuando las flores derramaban misericordia y entablaban un combate aéreo para rescatarnos unos días de primavera, aquella emoción, desengáñate, no volverá.

jueves, 26 de abril de 2007

Más Alcázar

Ayer, de nuevo, en el marco incomparable. Esta vez la mesa redonda era de editores, la otra cara de la moneda --si se puede hablar de monedas en el negocio del libro, que ellos dijeron que no, o apenas, o muy poco.

El destino quiso que fallara Emili Rosales de la editorial Ídem. Quedaron Manuel Borrás (Pre-Textos) y Abelardo Linares (Renacimiento). Era, por tanto, un mano a mano, pero nadie se puso a gastar la broma del terno taurino ni a ajustarse la chaqueta en plan capote de paseo, como hizo X el día anterior. Aquí contado parece una cosa manida, pero X domina igualmente (¡qué tío!) el lenguaje no verbal y aquel gesto torero en la puerta de la sala de actos tuvo su aquél.

El aquél de está conferencia también estuvo en los contrastes. A Abelardo Linares, como es librero de viejo, se le notó el polvo de la dehesa y hacía constantes referencias históricas, como mínimo siempre curiosas. Defendió que la edición andaluza está llamada a grandes hazañas porque, hasta que se perdió América, Andalucía tuvo una actividad impresora importantísima. Más realista fue su impresión de que, por la presión de los medios audiovisuales y la vastísima oferta de ocio, se está volviendo a una situación de la lectura parecida a la del siglo XVIII, donde sólo leían unas élites. Esto hará que las editoriales de autor resistan mejor que las que se orientan al negocio puro (es un decir) y duro. Creo que fue entonces cuando dio esta media verónica: "Del negocio del libro hay a quien le gusta el negocio y hay a quien le gusta el libro". También echó de menos la vieja crítica literaria, donde había un compromiso real con la calidad y donde los reseñistas se mojaban de veras. No se piense, sin embargo, que A. L. es un hombre nostálgico ni mucho menos. Todas sus esperanzas, muchas, están puestas en internet, en la venta electrónica y en la edición digital. Las mías se levantaron bastante.

Manuel Borrás con suavidad repartió caña. Empezó con algo muy bonito: "El libro mejor de un editor es su catálogo; es un libro coral y poliédrico y por eso tiene que estar muy compensado". Nos contó de sus apuestas por autores jóvenes o no tanto, pero desconocidos. Y nosotros, los del público, jóvenes o no tanto, pero desconocidos, asentíamos diciendo "sí, sí" con la cabeza, haciendo nuestros pinitos con el lenguaje no verbal. Secundó a Abelardo Linares en su queja contra los suplementos y las universidades. Y entonces Abelardo terció con esta aguda observación: "Las universidades ocupan el lugar rancio que ocuparon en el pasado las Academias". Borrás puso el dedo en la llaga al resaltar que lo que la gente lleva mal son las jerarquías y la meritocracia: todos quieren ser extraordinarios. E insistió: "Es un insulto a la inteligencia, a la dignidad del lector, inducirle a comprar un libro con la faja con el argumento de los cientos de miles de ejemplares ya vendidos". Suavemente dio su ración a los premios literarios. Y a la edición de las instituciones públicas, que se gastan un dineral el libros que no circulan. Finalmente, entonó una hermosa elegía por las librerías de fondo. Con todo, no fue triste ya que, como Linares, Borrás tiene un fondo de esperanza, inaccesible al desaliento. Tener fondos y de esperanza parecen ser el requisito sine qua non para ejercer de editor.

Salimos luego a cenar algo, a celebrarlo. Lo contaré otro día...

miércoles, 25 de abril de 2007

Tintín en el Alcázar

No me gusta del todo el trabajo de reportero, pero ayer un amigo se perdió la lectura en el Alcázar de Jerez por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa, y quiero resarcirle. Me acojo, pues, a Tintín y reporto. El marco, como mandan los cánones, incomparable. Aunque el de la foto es el Alcázar de Sevilla, el de Jerez es -paradójicamente- comparable.

Lo malo de que leyesen tres poetas de esa talla (con la mitad de cualquiera se podría haber organizado un recital y medio) es que a todos nos supo a poco. Lo bueno fueron los contrastes entre las tres voces y entre los comentarios. Por ejemplo, me pareció muy instructivo el poema que cada cual escogió para empezar su turno. Miguel d'Ors se inclinó por un poema de desamor, "Media vida". Eloy Sánchez Rosillo por esa elegía tristísima en la que el poeta va a la playa con su hijo y de repente ve cómo pasan los años y el niño es un hombre y está solo. Y X leyó un autorretrato.

En el turno de preguntas, bastantes. Y en las respuestas, interesantes matices a pesar de partir siempre de una posición similar. Eloy Sánchez Rosillo se negó a tomarse en serio cualquier generación poética o grupo o estética: el poeta está solo, solo con su poesía. En cambio, X justificaba todo eso de los grupos como una estrategia legítima de política poética, amén de la amistad. A uno (quiero decir, a él) no le gusta estar en lecturas o en antologías con poetas que no le interesan nada. D'Ors era el más partidario de las generaciones y defendió los vínculos comunes (maestros, poéticas, temas) entre ellos tres y otros. Uno (quiero decir, yo) que tiene el veneno de la crítica en la sangre, disfrutó mucho con estos leves desacuerdos, tan significativos.

Otros contrastes fueron más que nada graciosos. José Mateos optó por oscurecer la sala de lecturas, en busca del ambiente poético. Miguel d'Ors no se encontró a gusto, pues aprovechando su experiencia de profesor prefiere ver las caras del público para atisbar las reacciones e ir modificando la lectura sobre la marcha. A Eloy, en cambio, le fastidió la falta de luz -bromeó o no- porque no había manera de ver a las muchachas y se dejaba la vista en el intento. X, sin embargo, estaba encantado pues a través de una ventana entraba el sol del crepúsculo y aquello le recordaba al Museo Romántico, donde pasó tantas horas de trabajo gustoso, como decía JRJ.

Salimos luego a cenar algo. Lo contaré otro día...

¿Dónde estará la paz de estos desiertos?

Mientras encuentro un rapto de paz para contaros la lectura de anoche, el desierto.

martes, 24 de abril de 2007

Eduardo Rosales



Lo prometido es deuda: deuda cumplida.

La glosa, de Eugenio d'Ors:

Fíjate. Cuando su expedición, Tobías el hijo no era ya una criatura. Era un zagalón de diecinueve mayos. Demasiada edad para medroserías de pensar y gritar que el pez iba a devorarle, de no haberle visto como todo un señor pez. En la Vulgata le encontramos calificado de enorme "piscis immanis"... Mas, de otra parte, parémonos a considerar la facilidad de la pesca, aconsejada por el Custodio. Dice al mozo éste: "Tómale por las agallas y sácale a tierra..." Y así es hecho, manifiestamente sin mal ni lucha.

Y es que el pez de Tobías era a la vez grande y pequeño. [...] Grande y pequeño, el pez de Tobías... Grande y pequeño como las tribulaciones que sobrevienen a los humanos.

lunes, 23 de abril de 2007

Barbero & Blake

Lo peor del libro El demonio es parco es su título, porque el demonio me da a mí la impresión de que es premioso y divagatorio. No en vano tiene todo el tiempo por delante y nada mejor que hacer. Fuera de eso, muy buenos aforismos:

El tonto no ve el mismo árbol que el sabio.
*

Aquel cuya cara no dé luz, nunca será una estrella.
*
El orgullo del pavo real es la gloria de Dios.
*
Mantente listo para decir lo que piensas, y el ruin te evitará.
*
El águila nunca perdió tanto tiempo como cuando decidió aprender del cuervo.
*
¡Escucha el reproche del tonto! Es un título nobiliario.
*

El hombre fue creado para el júbilo y la aflicción.
*
La oración es el estudio del arte.
La alabanza es la práctica del arte.
El ayuno, y todo ello, se relaciona con el arte.
*

Sin práctica incesante nada puede ser hecho. El arte es práctica. Si te alejas, estás perdido.
*

Un Juicio Final es necesario porque los tontos florecen.
*

Las ideas no pueden darse sino en sus precisas palabras apropiadas.
*

Cuando digo cualquier verdad no es para convencer a los que no la conocen, sino para defender a aquellos que sí.
*

La severidad del juicio es una gran virtud.
*

Todo lo que es negación es vicio.
*

Todo hombre honesto es un profeta.
*

La poesía es para excusar el vicio, revelar su razón y purga necesaria.
*
No puedo pensar que los poetas verdaderos compitan. Ninguno es más grande en el Reino del Cielo; lo mismo la poesía.

domingo, 22 de abril de 2007

Ayer

Antesdeayer lo penúltimo que dije en mi recital fueron estas palabras de Cernuda que llevo tatuadas a fuego en la memoria:
La poesía, el creerme poeta, ha sido mi fuerza y, aunque me haya equivocado en esa creencia, ya no importa, pues a mi error he debido tantos momentos gozosos.
Entre los momentos gozosos el día de ayer, que aquí marco con la piedra blanca.

Como no puedo perder el tren de vuelta (y se me echa la hora encima —y por consiguiente Leonor también se me echa encima) simplemente un repaso de los lugares vistos:

Real Monasterio de Santa María de Poblet.-Nos lo encontramos bajo una cálida nevada de polen, no sé si de los plátanos de Indias o de los álamos que dan su nombre al monasterio: Poblet viene de populetum (alameda). Allí todo es tan bonito que hasta me entró envidia de los reyes de Aragón, que lo disfrutan enterrados en ese marco incomparable.
Restaurante Cal Travé .- Aconsejo llamar antes para reservar (977 89 21 65) o tener acento de Cádiz y despertar la misericordia del propietario; también conviene pedir arroz con conejo y el vino de la casa, y de postre “Travé-suras”; muy recomendable hablar con el susodicho propietario del poeta Joan Margarit.
Santuari del Tallat.- Como uno es un poeta católico, se siente en la obligación de parar en todos los lugares sacros que le salen al encuentro. Error. Tras un camino de cabras que tuve que subir casi todo el rato en primera, un edificio ruinoso en medio de la nada con una abundancia de moscas fuera de lo normal. Un cartel ruinoso dice que lo están restaurando, pero está por ver. De hecho no se veía un alma. Pusimos pies en polvorosa por el susodicho camino de cabras, ahora en cuesta abajo.
Monestir de Valbona de les Monges.- Mientras esperábamos que abriesen, en un bar, descubrimos un futbolín clásico. El futbolín es el único deporte al que he sido invencible siempre. Lo volví a demostrar para asombro de los indígenas (de uno, para ser más exactos). Y ahora, atención: la visita guiada vale su peso en oro, incluyendo broncazo del guía a quien osó mentar el esoterismo, los misterios de las Catedrales y a Dan Brown. Allí mismo, ante la tumba de la reina Violante de Hungría, con la autoestima por las nubes gracias al futbolín, un servidor se permitió el lujo de rogarles a unos catalanes que no se molestaran en hablar en castellano que yo ya les entendía, que todas son lenguas de España y olé. Mis sangres Lloret y Pascual de Blanes no estaban por la labor de que su biznieto andaluz y bocazas quedase como un bocazas y sí, milagrosamente. me enteré.
Acueducto Romano.- Que crucé, de la mano no de Leonor, que prudentemente se quedó esperándome, sino del vértigo de la historia. La vista (también la histórica) impresionante. A mitad de camino, me dio por pensar —recuérdese Cal Travé— en la posibilidad de que la cosa, tras dos mil años, se hundiera precisamente conmigo en lo alto. Me acordé del que le prendió fuego a la Biblioteca de Alejandría para alcanzar la inmortalidad y concluí que bueno, que no hay mal que por bien no venga.
El Arco de Bara- No pasé por debajo, sino por el lado y a toda velocidad, que llegaba tarde… y aún así...
Sitges.- El leve mar Mediterráneo que bate contra una murallita con un cañoncete: todo parecía como una maqueta —un poco de nostalgia, que ya era hora— del Malecón de Cádiz. Palacios graciosos. De pronto, en la playa, cientos de patines catalanes, que es el barco de vela ligera sobre el que transcurrió mi juventud. Emoción profunda, comparable incluso a la del futbolín.
Cena-. He olvidado el nombre del restaurante, ay estómago ingrato, pero jamás sus almejas con almendras.
Despedida y cierre.

sábado, 21 de abril de 2007

Encuentro de Escritores/encontronazo

No me colgaron de su cartel y con su silencio los nacionalistas me dieron do más dolía, como le expliqué envidiosillo a Rocío. Tampoco vinieron a reventar mi interveción como hicieron con la de Lourdes Ventura, precisamente con ella a la que nunca -dijo- le gustó el hombre que hablaba catalán en la intimidad, ji, ji, ji. En realidad eran quatre gats, aunque si hubiesen arremetido contra mí habría hablado de hordas para seguir pasticheando a don Antonio:
A las palabras del blogg
les sienta bien su poquito
de exageración.
Mi lectura, a los ojos de mi más afilada crítica [esto es, mi mujer] adoleció de tres defectos que, contra todo pronóstico, en vez de mortificarme me pusieron contento:
1- Se le hizo muy corto. [Terrible si se le hiciera largo]
2- Tartamudeé un poco. [Pero eso, además de inevitable, es mi británico y elegantísimo sttuter y para presumir hay que sufrir y/o hacer sufrir un po-po-poco al auditorio.]
y 3- No tendría que haber reanudado la conferencia tan pronto después de la lectura de cada poema: rompía el encanto. [Esa crítica me pareció el más hermoso elogio que jamás me hicieran, porque me trajo un eco del poema de d'Ors "Variación sobre un tema de Wallace Stevens": "No es el canto del mirlo, es el silencio...", ¿lo recordáis?]

Por la tarde, Dragó falló. Gustavo de Arístegui, en cambio, nos dio la conferencia de clausura sobre el Islamismo. El encontronazo colocado en el título de la entrada como señuelo de marketing no fue entre escritores, sino con la realidad mundial. Y dejó ridículas no sólo a las rencillas líricas sino a las chorradillas del nacionalismo. Arístegui describió un panorama estremecedor, qué ríete tú del cambio climático. Para colmo, en el turno de preguntas, uno empezó: "Yo, que no veo esos resquicios de esperanza que ve usted..." Y Arístegui que le corta en seco: "Yo en la intimidad tampoco."

viernes, 20 de abril de 2007

Ja som aquí, ja hem arribat

A pesar de las prisas por no perder el tren a Tarragona, pagué mi visita al Museo del Prado, o la cobré. Amén de mi hermano, lo importante era ver dos retratos de Goya, de una colección particular que temporalmente estaban en el Gabinete Técnico. El conde y la condesa de Fernán-Núñez. Las feministas (ista, ista, ista) bien podrían protestar, a pesar de que los dos cuadros cumplían a la perfección las exigencias de la paridad. En el suyo, el señor conde tenía un aire soñador, romántico, como de Lord Byron, pero curtido por el sol nacional. A pesar de los descuidos goyescos, marca de la casa (un gorro levitante, que no caía del todo sobre la cabeza, y un brazo izquierdo alargadísimo que traía irremediablemente a la memoria al doctor Gatchet), Fernán-Núñez posaba con un encanto mayúsculo. Su señora, la condesa, no. También vi un San Rafael con Tobías de Eduardo Rosales estupendo, que parecía prerafaelista, aunque sin tanto caramelo. Si me consiguen una foto, lo colgaré en este blogg. Y para remate, vi, en pleno proceso de restauración, muy limpio ya, con los colores brillantes y la sangre fresca, podríamos decir, La carga de los mamelucos. Oh.

En el tren, un efecto curioso: de pronto, en pleno Atocha, un enjambre de acentos catalanes. Curioso y bonito. Leonor decide ver la película y yo sigo con La cosa en sí. Otro efecto curioso: la película es muy triste y Leonor llora como una Magdalena; yo, mientras, me río con las cosas (en sí) de Trapiello. Cualquiera que nos viese pensaría, qué pareja tan rara: Demócrito y Heráclito, si no algo peor.

Entre sonrisas y lágrimas, el viaje se hizo cortísimo. Ja som aquí, musité como manda el tópico. Llegué al final de una conferencia de una señora novelista y crítica y periodista que estaba encantada de haberse conocido: no recuerdo su nombre.

Luego, las presentaciones. Y las inevitables preguntas sobre el nacionalismo y eso. Será el tema de conversación obligado con los de fuera, como en el Puerto es el marisco, Alberti o el veraneo de antaño. Pero a mí me gustaba tanto lo que oía (y lo que veía desde el Balcón del Mediterráneo) que me abalancé sobre mi aleluya para hacerle esta variación:
A España, según con quién,
se la ve bastante bien.

jueves, 19 de abril de 2007

Con un pie en el estribo

[En el estribo del tren, por ahora.] Con las lluvias de abril, el campo está precioso, sobre todo a la altura de Sierra Morena, y uno se pone machadiano y primaveral y sigue patriótico y se abalanza a una aleluya:
A España, desde el tren
se la ve bastante bien.
En el libro, el paisaje es invernal y ahí está Trapiello en la remota Extremadura cortando leña en el enero de 2000. Cómo me alegro de haber emulado a Arp y haber traído La cosa en sí para viajar en tren. Para empezar, veo que la realidad también se adorna y tiene sus ramalazos de ironía: se duele Trapiello, ese grafómano-grafólogo-tipógrafo, de que sus olmos se hayan podrido por culpa de la ¡grafiosis!

Mi visión estereoscópica no da para más y procuro no distraerme con la conversación a gritos de una familia (numerosa) de gitanos que van en el vagón. Hablan de caballos (los españoles, insisten, son los mejores), de dinero y tratos, de comida... Van a Madrid al hospital (un estremecimiento recorre el vagón) a ver a un nieto/sobrino recién nacido (un suspiro de alivio generalizado). Tener que oír, velis nolis, los comentarios molesta un poco. Oí a una señora susurrándole al marido: "No es la raza; es el volumen". Pero también da gusto ver cómo se quieren. El momento álgido es cuando se ponen a hablar de nombres. Por supuesto, los más jóvenes defienden "los nombres raros, sonoros como Abraham". Eso ya, con la insistencia, ya no tiene gracia. Ni que piensen que Nerea es un nombre bíblico. Lo bonito fue que todos (hablo de cuatro o cinco) querían poner a sus hijos los nombres de los abuelos. Pero la abuela se llamaba Zafra, aunque fue bautizada como Carmen. Y el abuelo Romano, aunque en el DNI pone Carlos. Eso creaba indecisiones. Zafra insistía en que no podía entender por qué le pusieron Carmen si ella es Zafra de siempre. Tuvo que ser por su madrina, de la que no se acuerda. De su padrino sí, el Pichardo, el más famoso tratante de ganado de toda España. Una hija terció, rápida: "Pues menos mal que no te pusieron el nombre de tu padrino". Y otra: "¿Tu madre no se llamaba Carmen?" Y la Zafra: "¿Mari Carmen, sí, pero tenía que ser por mi madrina, como tú que te llamas Isabel por la Rosa?". Al final me dio un poco de pena llegar a Madrid.

miércoles, 18 de abril de 2007

Qué extraño mundo el corazón

Íbamos con prisa por el centro del Puerto cuando a lo lejos --se llama la Calle Larga-- vemos a uno que, dentro de aquella división de Pla entre amigos, conocidos y saludados, entra de lleno en la categoría de conocidos, en el subapartado de conocidos pesados. Leonor y yo nos miramos con terror, como diciéndonos "Uff, lo que nos espera". Pero él nos ha visto y no ha visto que le hemos visto, y ágilmente se cruza de acera. O sea, que el "uff" es mutuo. Al llegar a nuestra altura, nos sonríe con cara de lamentar muchísimo el tráfico interpuesto. Gracias a lo cual, nosotros llegamos por los pelos a nuestra cita. Sin embargo, en vez de alegrarnos por el tiempo ganado y por el aburrimiento perdido, nos quedamos (qué extraño mundo el corazón, esposa) de lo más chafados.

Y por si fuera poco, dos tazas. Auden en un poema alaba (y envidia) la perfecta castidad de los perros, excepción hecha de los períodos de celo. Me acuerdo ahora de Auden porque Pukka ha entrado en el período de celo. Para evitar una unión morganática, le hemos buscado una casa a Carbón. Lo entregamos con el alma en vilo, pues Carbón, además de nervioso y meón, es muy de sus dueños y aúlla cuando no está con nosotros. Anoche nos acostamos compadeciendo a los habitantes del bloque de pisos donde se había quedado y apuradísimos por lo que pudiera ocurrir. Dormimos regular. Y ahora nos cuentan que el perro está contentísimo, que se porta de maravilla y que se pasa el día jugando con los niños de la casa como uno más. Vaya.

Yo también me Manifiesto

Aquí.

martes, 17 de abril de 2007

Treinta líneas

Y ahora dice Zapatero, ese hombre humilde, que la autocomplacencia es conservadora y que lo progresista es ser autocrítico y sencillo como él. Yo, inmediatamente, más que nada para no ser como él, me dispongo a autocomplacerme. Lo más rápido será lamerme una vieja herida. Estoy [estaba, a partir de ahora] contrito por ser un escritor de breverías: haikus, soleás, poemas breves, artículos, entradas de blogg, fragmentos. Ah, la gran obra inalcanzable... Pero se acabó. Ahora voy a ser autocomplaciente: más vale eso que largos discursos soporíferos, ¿no? Y en los momentos de duda, que los habrá, leeré hasta treinta veces lo que hoy nos cuenta Mario Quintana.
....................TREINTA LÍNEAS

Un día Alvaro Moreira, ya abuelo, me contó que su padre aún le decía: “Pero Alvarito, ¿por qué no escribes cosas de más largo aliento?”. Y él, cruzando las manos en un gesto de disculpa: “Es que no tengo más aliento, papá…” Después de esta historia, no hacía falta decir nada más. Con todo, no dejo de acordarme de un profesor de mis tiempos de instituto que, al darnos el tema para la redacción de portugués, decía: “No sirve escribir mucho, muchachos, porque sólo leo la primera página; el resto, lo rompo”. Y así nos daba, al mismo tiempo, la primera y la mejor lección de estilo, obligando a retener las riendas de Pegaso y a decir todo (que por otra parte no podía ser mucho) en las treinta líneas de papel rayado, contando el título y la asignatura. A él, pues, al melancólico profesor Leonardo Ribeiro, mi gratitud y la de mis lectores.

sábado, 14 de abril de 2007

El Barbero en Manzaneda de Torío

Si el Barbero se ha ido a Manzaneda de Torío a hacer estos recortes de El arca de las palabras de Andrés Trapiello no es porque aquel pueblo le parezca más lírico que Las Viñas o más interesante que Conde de Xiquena, sino porque el gran tema secreto de este libro es la infancia del autor. Al bajar a las raíces de su lengua materna, el poeta se encuentra con su madre, con su padre, con su niñez en el campo; y ése es el venero de emoción de este libro. Por su superficie, Trapiello va sopesando palabra tras palabra de un viejo diccionario que abre al azar. Saltan chispas. Véanse, entre otras:

Bienaventurados los pobres, porque ellos no olvidan.
*
Al cómplice no sabe uno si habría que rebajarle la pena o doblársela, por tonto.
*
Los hombres valoran tanto el coraje porque lo saben brotado directamente del corazón.
*
El camino de la flecha es hermoso no por recto sino por limpio.
*
El pío pío de las estrellas.
*
De las tabernas, la luz de las bombillas, la tristeza de los cristales, los vasos recién aclarados en agua, la denuncia de los espejos, el dolor de los suelos, el vacío de las sillas, el silencio del tabernero, la música de los sábados, el vino de los jóvenes, el mosto de las muchachas, las risas de media tarde, el canto de la tripulación; de las tabernas, las taberneras, hubiera dicho también Miguel de Cervantes.
*
Susurro: lo que hacen de maravilla los surtidores.*
La mórbida brisa de primavera besa con los labios abiertos.*
La sinceridad es una virtud que, fuera de casa, sólo encontramos en nuestros enemigos.*
Sí, no sabemos por qué los llamamos sinsabores, cuando son tan amargos.
*
De la Biblia está inspirado por Dios hasta el papel, que tiembla como el soplo divino.
*
A las cabronadas, cabriolas.
*
Al menos ser bienaventurado en uno cualquiera de los catorce apartados.
*
Adivina donde otros tratan de deducir.*
Ni el mar mira a los ojos como mira el fuego.*
Entre las paradojas terribles de la vida, ésta: la melancolía que nos produce a todos una jaula vacía. O ésta: la belleza de una jauría de beagles.
*
Desde mi punto de vista lo mejor de los aromas es cómo toman las curvas.*
Todo lo creado, crece.
*
Los rebaños, aunque parezca mentira, cuanto más numerosos, más gobernables.
*
La depresión es una tristeza sin fruto.*
Carrera, ninguna: al paso.*
El fracaso de todos los pasatiempos es que en algún momento se hacen tediosos e interminables. Se toma uno en serio la vida, y en cambio se le pasa en un abrir y cerrar de ojos.


viernes, 13 de abril de 2007

Beatriz García-Máiquez


Observad que nada más nacer, a mi sobrina Beatrice ("cosa venuta / di cielo in terra a miracol mostrare") le han colocado una camisa de la Junta de Andalucía... y porque aún no pueden marcarla a hierro y fuego. Cómo nos reíamos su padre y yo, sin embargo, vislumbrando la vanidad del intento. Tanto que mi hermano me propuso que lo contara aquí. Porque incluso ahora que la niña es todavía morita, ya está (“guardaci ben!”) bajo el amparo del Dante. Y por si fuera poco, desde el principio ha mostrado una sanísima indiferencia por el discurso de lo políticamente correcto. Con un olímpico desprecio a las normas higienistas de la ministra Salgado y a las modas anorexicas, pesó sus cuatro kilos novecientos. Yo en el perfil le adivino, además, unas rotundas curvaturas chestertonianas. Pero no te confíes, Beata Beatrix, que contraatacarán con la televisión y los Cuarenta Principales y los planes de educación y la sombra de Mordor. En cualquier caso, qué emoción: la lucha ha comenzado.

jueves, 12 de abril de 2007

Ida y vuelta

A los vinos de Jerez se los mareaba: cruzaban el Atlántico (nuestro Mare nostrum), y con el viaje venían mejores. El flamenco se enriqueció con los llamados cantes de ida y vuelta, que allá ganaron ritmos y sabores nuevos. Algo parecido me ha ocurrido con la poesía de Pedro Sevilla (1959). A Pedro, le he admirado desde mi más tierna adolescencia, pero ayer, leído en Sombra hecha de luz, la antología sobre poesía andaluza publicada en Méjico (ida), vi (vuelta) su categoría con una certeza tumbativa. Supongo que, además de lo de las Américas, algo habrá influido el contraste con sus inmediatos vecinos de selección: justo antes, García Montero (1957); justo después, Benítez Reyes (1960). Pero eso son suposiciones, lo indudable es esto:

.....................PARA JOSÉ MATEOS

Una imagen antigua, de mi infancia,
me acompaña por siempre, como emblema
de la amistad: mi abuelo, en una Feria
de San Miguel, borracho y abrazado a otro viejo,
llora feliz, se ríe y pide otra media botella.
Con los abrazos, con la borrachera,
tienen los ternos sucios y las gorras torcidas,
las botas embarradas por la lluvia
primera de septiembre.

Esta imagen, José, no es nada edificante,
pero siempre que pienso
en este sentimiento que nos une,
distinto de las tristes
miserias del amor y sus crueldades,
recreo en mi memoria aquellos viejos
aturdidos de vino y de alegría
--hay charcos de agua azul
en el barro pisado por las bestias--:
la amistad es dos hombres
que vuelven de la feria, o de la vida
(que vuelven de la feria que es la vida),
hermanados, riéndose, llorando,
con los brazos al hombro y con los ternos sucios.


[Y algo me dice que este poema no va a gustarle nada a la Ministra de Sanidad. Que beba agua.]

miércoles, 11 de abril de 2007

martes, 10 de abril de 2007

Transcripción literal

—Para tener buen tipo me sobra esto.
—Bueno, mejor: así eres más humilde.
—Yo ya soy humilde.
—Sí, por eso he dicho "más" humilde...
—¿Más? No me hace falta.
[A partir de ahí la conversación giró sobre la pertinencia o no de que hoy colgase este extracto en el blogg.]

lunes, 9 de abril de 2007

Aúpa


Una característica esencial de la Divina Commedia es que, mientras por otros libros se avanza, por ella se asciende. En las mejores obras, la sensación es prácticamente física: en la Odisea se dan vueltas, se cabalga en El Cid, en El Quijote se anda a caballo como en la poesía de Antonio Machado en tren... En la Commedia se asciende a pulso incluso en el descenso del Inferno, pues allí todo está invertido. Eso hace mucho más excitante la lectura, desde luego, pero también un punto más cansada: no se desafía impunemente la ley de la gravedad. Hace muchos años, en mis primeras cartas con Cereijo, él me contó que no había salido del Infierno, a lo que yo le respondí que, para mi alivio, había alcanzado ya el Purgatorio. Años y lecturas después, me había vuelto a parar, aunque esta vez en la antesala del Paraíso, como con miedo a tanto gozo. Hoy, que es lunes y además de Pascua, vuelvo a coger carretera y manta. ¡Aúpa!

domingo, 8 de abril de 2007

Más alegría fazen las que son más mejores

Día era muy santo de la Pascua mayor,
el sol salía muy claro e de noble color;
los omes y las aves e toda noble flor
todos van rescebir cantando al Amor.

Rescibenlo las aves, gayos e ruiseñores,
calandrias, papagayos mayores e menores:
dan cantos placenteros e de dulces sabores,
más alegría fazen las que son más mejores.

[Juan Ruiz, Arcipreste de Hita]

jueves, 5 de abril de 2007

Procesionaria

Qué bien puesto está el nombre de “penitentes” para los que salimos en las procesiones, sobre todo a partir de cierta edad. Yo, desde luego, cada Domingo de Ramos, que es cuando me toca, mucho más que “nazareno” o “hermano de luz”, me reconozco en lo de la penitencia.

—Ah, ¿que usted no lo hace por gusto? —preguntaría cualquiera de esos turistas que, desde una mesita de la acera, con sus cervezas frescas y sus gambas, eficazmente contribuyen a nuestra mortificación. Entre las penitencias está también la de no pegar hebra con el respetable, que si no ya le explicaría yo al buen hombre (tomándome otra cerveza) que sólo las babosas hacen siempre lo que les apetece. Por otra parte, si apenas saliesen los que llevan una ilusión grandísima, la Hermandad no tendría más que hermanos pequeños, de siete a trece años aproximadamente.

Dejo atrás, por fin, al caballero de las gambas sin haberle explicado que por debajo del atractivo estético, del interés cultural, del colorido y de lo que se quiera, están los hombros de la fe y la devoción. A la Consejería de Turismo y a los concejales de fiestas les interesa dar una imagen lúdica de la Semana Santa, basada, por supuesto, en su belleza indudable. Bien. Pero aunque yo pierda un poco de mérito levantándome el velillo del capirote en este artículo y refunfuñando un rato, conviene recordar que sacar una Hermandad es muy sacrificado y que salir sólo se sale por amor. Incluso en la más barroca y espectacular de las cofradías, la procesión va por dentro.

miércoles, 4 de abril de 2007

Las once mil vírgenes

Tomando pie en la leyenda de Santa Úrsula, Enrique Jardiel Poncela escribió una novela preguntándose Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? La pregunta, aunque retórica, es estupenda porque conjuga a la perfección el cinismo cosmopolita con el atávico atractivo hacia el harén que sentimos los que tenemos el alma de nardo del árabe español. El libro no lo leí, lo reconozco, quizá por temor a que no estuviese a la altura de su título, que es un cocktail burbujeante y frívolo.

E irreal: si algo nos queda claro durante la Semana Santa es que sí hay once mil vírgenes. En cualquier pueblo y ciudad de Andalucía salen cada tarde a las calles —si la lluvia lo permite— varias advocaciones de la Virgen. La suma de todas daría una cifra muy cercana a la jardielesca, y eso sin contar las vírgenes del resto de España, que también es tierra de María.

Protestará alguno arguyendo que estoy hablando de la única Virgen, no de once mil. Y desde luego. No creo que exista nadie que no sepa que todas las imágenes representan a una sola figura histórica, pero habría que recurrir al CIS (o mucho más arriba) para medir las preferencias y devociones que cada uno tiene por unas representaciones sobre otras. Y ahí es donde yo quería llegar, porque lo milagroso aquí es el efecto multiplicador del amor. El cariño tiene eso: exalta y ahonda y expande y especializa el corazón.

Todo muy natural. Con nuestros amores laicos pasa lo mismo. Quien quiere a alguien conoce bien y estudia con gusto creciente sus perfiles, sus modos de ser, sus diversos humores. Luego, unos le despertarán más ternura que otros y acabará prefiriendo ciertas fotografías o recuerdos concretos. De lo cual podemos sacar una provechosa lección los que tenemos, como decíamos, el alma de nardo del árabe español. Un buen monógamo no necesita renunciar ni siquiera a la variedad: no hay nada más distinto a una mujer que ella misma de otro ánimo. “Todas las mujeres son iguales”, lo exclaman los donjuanes o esos —los extremos se tocan— a quienes una señorita ha devastado el corazón. Los casados sabemos por experiencia propia que cada mujer es un mundo muy particular y en buena parte ignoto. Y las casadas saben la viceversa por pura paridad.

Por supuesto que hubo y habrá once mil vírgenes repartidas entre las muy diversas órdenes religiosas, pero para constatar lo evidente no hace falta un artículo. Quizá convenga aprovechar el espléndido espectáculo barroco de estos días de Semana Santa para pedir a las once mil imágenes de la Virgen que nuestro pecho sea un prisma donde la blanca luz única se refracte en multitud de colores brillantes.
[Grupo Joly]