Mi larga adolescencia coincidió con un renacimiento de las puestas de largo y otras fiestas de etiqueta. De ordinario íbamos con los polos por fuera y los vaqueros raídos, pero de vez en cuando tenía su gracia vestirnos como personajes de Evelyn Waugh. No se trataba de un disfraz: de smoking éramos los mismos, aunque algo más galantes con las chicas y más chispeantes en las conversaciones.
No lo recuerdo con nostalgia, que ya habrá tiempo, sino porque viene a cuento. He participado en una reunión de escritores católicos y se ha hablado mucho de etiquetas. Un escritor católico es el que se pasa la vida quitándose la etiqueta de escritor católico, con la excepción (que confirma la regla) de Juan Manuel de Prada, que se la coloca. Tampoco hay que hacerse los mártires, pues las etiquetas están a la orden del día: poetas de la experiencia, de línea clara, epígonos de d’Ors, tranquilos, de derechas, neorrománticos y hasta horacianos, por citar sólo las mías.
Opino que quitarse y/o ponerse etiquetas es perder el tiempo. Ése es un trabajo de los otros. Y muy de agradecer, además. Supone que te leen y que te toman en cuenta. Encima, con buena o mala intención, la etiqueta suele ser un título. O dos: escritor y católico, por ejemplo. Igual que aquellas etiquetas de mi lejana adolescencia, las de ahora tienen su gracia y nos exigen estar a la altura.
Obama y yo
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Nicolás Gómez Dávila (el anti Obama, diríamos) decía que periodista es que
nunca escribe para sí. En este artículo yo no he hecho de periodista, pues
he e...
Hace 2 días

