sábado, 28 de febrero de 2009

Alergia, alegoría, alegría

La astenia no era solitaria. Estaba secundada por los efectos secundarios de un antihistamínico. Y no deja de tener su gracia —incluso ahora— que el medicamento para combatir la alergia haga un juego de palabras (o tropiece en la dislexia) y combata la alegría.
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La realidad, de paso, también alegoriza. Cruzo por un parque y oigo como una madre le grita a su hijo: “¡Gaizka, no empujes a tus compañeros!”. Tierno cachorrito del nacionalismo, qué pronto empieza.
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La verdad es una medicina.- Desde que hemos detectado la causa de mi astenia antihistamínica estoy muchísimo más alegre.

jueves, 26 de febrero de 2009

miércoles, 25 de febrero de 2009

Al revés

Antes de que hubiese colgado la entrada que pensaba para dentro de unos días, ya me ha llegado un comentario. No es talmente un caso de telepatía sino del servicio de Correos, pues a mi comentarista le ha llegado la revista Misión antes que a mí. El comentario es tan atinado que me he precipitado a colgar mi artículo (infra) como excusa para meterlo inmediatamente.

(También puede leerse mi artículo haciendo click en la portada del último número, y yendo a la página 11 del pdf, justo al lado de José Jiménez Lozano, nada menos.)

Una historia ejemplar

Nos informa el narrador argentino Marco Denevi, citando como fuente la obra Alandalusi, Murcia, 1238, de Omar-ben-Budur, que Abderrahmán decidió fundar la ciudad más hermosa del mundo. Para ello mandó llamar a Kamuru-l-Akmar, el primero y más notable de los ingenieros árabes.

Kamuru prometió que en un año la ciudad estaría edificada y sería, sin duda, la más bella del mundo, pero exigió del califa que le permitiera construirla con entera libertad, sin reparar en gastos, y que no se dignase a verla sino cuando estuviese totalmente construida. El poderoso califa, satisfecho del temperamento artísitico de su ingeniero, accedió.

Al expirar el plazo, Kamuru-l-Akmar pidió un año de prórroga, que el califa le concedió con gusto. Esto se repitió varios años. A los diez años el califa se encolerizó por fin, y todos los que nos hemos visto en tratos con la construcción hemos de reconocerle paciencia suficiente.

Sin embargo, al asomarse a las obras una sonrisa le borró el ceño adusto. “—Es la más hermosa ciudad que han contemplado ojos mortales! ¿Por qué no me avisaste, oh gran ingeniero, de que estaba concluida?”

Kamuru-l-Kamar inclinó la frente y no se atrevió a confesarle al monarca que lo que estaba viendo eran las casas que los artistas habían levantado para sí mismos mientras estudiaban los planos de la futura ciudad.

Hasta aquí la historia. Lo curioso es que caben varias interpretaciones del final: 1) El proyecto era tan sublime que, aunque no se llegó a construir, contagió a todos los trabajadores y éstos hicieron casas bellísimas. 2) Esos mismos hombres eran unos egoístas y sólo se preocuparon de su disfrute, embelleciendo sus viviendas y pasando de Abderrahmán. 3) Los artistas eran tan excelsos que hasta sus efímeras casetas les salían extraordinarias. 4) Abderrahmán, nada más asomarse a las obras, vio que aquello había sido un timo pero prefirió hacerse el tonto a asumir que lo era. 5) El califa, cohibido por el prestigio y la trayectoria internacional de Kamuru-l-Kamar no se atrevió a dudar de la hermosura de aquel lodazal y, en una versión inversa del cuento del traje del Emperador, decidió proclamar que todo era extraordinario.

Que la historia narrada por Marco Denevi (o por Omar-ben-Budur), tenga tantos finales posibles no es un fallo, sino todo lo contrario. Viene a decirnos, quizá, que ante cualquier prestigio artístico tenemos que interrogarnos a nosotros mismos y a nuestra sensibilidad. No es oro todo lo que reluce y hay palacios que en el fondo no pasan de casitas, pero a veces lo que reluce sí es oro o hay casitas más valiosas que palacios. Debemos juzgar con tiento.

viernes, 20 de febrero de 2009

El recurso del método

Anoche, rendido a la evidencia, suspiré:
—Mi inspiración ha muerto...
Pero me sorprendí a mí mismo con un ignoto reflejo monárquico, vitoreando ipso facto:
—¡Viva mi inspiración!
Como aquí hay confianza, confesaré que me hice gracia, que falta me hacía. Es un buen método, además, contra todo desánimo. Primero se pone uno no sólo en lo peor, sino en lo irremediable. Pongamos un ejemplo [absolutamente hipotético]:
—Mi amor ha muerto...
Y de rebote, el remedio instantáneo:
—¡Viva mi amor!
Y así sin parar:
—El periodismo ha muerto...
—¡Viva el periodismo!
O:
—España ha muerto…
—¡Viva España!
Etc.

jueves, 19 de febrero de 2009

El barbero en el Tangaraño

Qué lento soy, y peor para mí. Desde los felices tiempos en que Inma Rodríguez-Moranta era una tertuliana habitual, antes de que, llevada en volandas por su asombrosa juventud, nos abandonara, ay celos, y encima por Facebook, yo, estimulado por su ejemplo, me propuse leer Retahílas. Fíjense en las fechas, porque terminé ayer. Pero aquí van unos hilos cortados, más vale tarde, como botón de muestra.
... es un morbo muy malo el de las fotos
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... y no hay derecho a cargar a nadie con emociones ajenas.
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Esto de los recuerdos que saltan así de pronto es un regalo, es como volverse a encontrar un objeto perdido que en el reencuentro parece que brilla más que cuando lo tenías y no te dabas cuenta.
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De las palabras que no suenan no me fío ni un pelo.
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Yo no lo entiendo porque ya no me intriga.
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... conseguí olvidar, sí , a veces se dice, se apunta uno ese tanto hasta incluso con cierta convicción, ¡qué jactancia adornarse con plumas de un dios tan arbitrario!
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.... sólo lo que es directo se te mete en el alma a la primera.
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... poder hablar era quererse
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“¿Te has dormido, di? ¡Di! ¿Cuánto tiempo llevas dormida?”, es desesperante hablar al aire, el mayor desprecio que te pueden hacer.
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Digo te miraba porque a veces se mira hablar y otras se oye.
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... a ver si te crees que las cosas que te cuento esta noche con su dejillo de filosofía las sé porque las he leído en un libro, no hijo, ni hablar, antes de ser palabra han sido confusión y daño.
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... si vas a a un psiquiatra a contarle los males de tu alma y eres capaz de contárselos medio correctamente, de qué te sirve ya el psiquiatra.
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... de cualquier amistad o de cualquier amor lo verdaderamente inherente y particular es el lenguaje que crea según va discurriendo, mejor dicho el lenguaje es la relación misma porque al inventarse se configura el amor sobre él, igual que no se puede separar el caudal de un río de su cauce. [...] puro texto ha sido mi historia con él.
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... desde pequeña me ha asaltado la tentación de despertar a la gente que quiero, […], no lo puedo remediar: esa expresión ausente y extraviada de los ojos que aún no han entendido los límites entre aquello que ven y lo que en el sueño veían es algo que adoro de una forma maligna.
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… con lo que consuela decírtelo, consuela tanto que deja de ser verdad.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Autocitas

Autoenlazarse no deja de ser autocitarse. Y la autocita tiene una curiosa mala fama. ¿Por qué, me pregunto, si a fin de cuenta todo el que opina se cita, o no? Pues porque la autocita implica que uno, mientras hablaba, se estaba escuchando y encima se estaba memorizando, que ya es vanidad. Aunque si uno no se repite, de una manera más disimulada, también se estaba memorizando. Lo más sencillo, pues, es ser como el abuelete (como Borges, por ejemplo) que repite siempre las mismas cosas, sus ideas o las anécdotas que más gracia le hacen. Un poco pesado tal vez para el auditorio, pero signo indudable de que a sí mismo se toma a la ligera o no se escucha.

martes, 17 de febrero de 2009

Sic transit

Hace unos días encontré en mi agenda esta misteriosa anotación: “A partir de ahora, por fin puedo hablar de L.” A bote pronto, L. es Leonor, mi mujer, pero el aviso no tenía sentido porque no hago otra cosa que hablar de ella. Teniendo en cuenta que a uno le encanta hablar incluso de otros temas, saber que disponía de uno y con su aura de intriga y no recordar cuál era, me inquietaba.

La alegría de recordarlo —tras un considerable esfuerzo— fue una decepción. El tal L. —caí— había tenido un minúsculo desencuentro literario conmigo. Hasta ahí, normal. Pero luego me informaron de que en la revista que dirige tachó mi nombre de un artículo. Como para variar yo era inocente y el otro se había portado raro, rencoroso y, de remate, ridículo, me entraron unas ganas enormes de contarlo todo con pelos y señales.

Sucedía, sin embargo, que mi fuente de información me pidió que esperara dos meses: el tiempo suficiente, supuse, para cobrar el salario por el artículo censurado. Me pareció justo y apunté el plazo en la agenda.

Eso fue en su momento. Nada más que sesenta días después se me había olvidado hasta el nombre del protagonista, y de mi rabia no quedaba ni sombra. Sic transit ira mundi. Sin los dos meses de reposo yo habría entrado como un hipopótamo en una cacharrería. Sin embargo, fíjense ahora qué serenidad, que parezco Epicteto, hasta con enseñanza moral y todo.

domingo, 15 de febrero de 2009

¿Elogio del lujo?

La aliteración da alas a la literatura así que lo estratégico hubiera sido titular este artículo "Elogio del lujo", pero es un vituperio.

En legítima defensa.

viernes, 13 de febrero de 2009

Mote

En la soñolienta cena, mientras repasábamos la jornada, supiré:
—Uff, qué día más duro…
L. asintió y sumó:
—En realidad, toda la semana.
—Vaya mes.
—¡Y el año, qué!
—La vida es dura...
Aquí ya empezamos a sonreír. Bienaventurados los que tienen humor negro porque siempre acabarán riéndose.
Lo cual me hizo recordar una anécdota mía de la infancia en la que puede que brillara el talento que ahora me busco con tanto afán. Llegó mi abuelo muy agobiado de sus negocios y se quejó:
—Qué lucha…
A lo que yo, que tendría a la sazón seis o siete años, repuse:
—Pero qué lucha tan buena, ¿verdad, abuelo?
Anoche, al recordarlo, sin dejar de reírme, me puse serio Sería un lema de la casa, un mote del escudo precioso; y un gran título para una autobiografía: Qué lucha tan buena. Lo difícil es ganárselo, merecérselo.

jueves, 12 de febrero de 2009

1000

Me informa blogger que ésta es la entrada nº 1000 de Rayos y truenos. Supongo que no será exagerar mucho las virtudes del sistema métrico decimal ni pecar de milenarista si me paro a darle una vuelta al número redondo.

Bien; en 1000 entradas ha habido, ay, de todo, como he comprobado en mis propias carnes al preparar la antología Lo que ha llovido, que saldrá en Númenor próximamente (¿o tendría que decir aproximadamente? Las cosas de la imprenta/ van muy lentas). Pero sobre todo, lo que ha habido es el mucho bien que me ha hecho el blogg. Mucho. No sé si voy contra mi interés al confesarlo, ni me importa. Gracias al blogg he podido sentirme, ¿qué sentirme?, dejemos las humildades para cuando no estemos de miliversario, he podido ser escritor las 24 horas y no de higos a brevas o a salto de mata. Y luego está la confianza que me habéis ido dando en mis opiniones y en mi prosa, que eso es impagable (o irremediable). Joseph Joubert confesó: “Tengo el espíritu y el carácter frioleros; necesito la temperatura de la indulgencia más dulce”, y yo soy de su estirpe.

Por eso, hoy os celebro a vosotros, lectores de mi blogg. La poesía es lo fatal, pero esto, que ya digo que me ha hecho tanto bien, no lo habría escrito sin vuestro empuje. Y cuando digo “vuestro” cuento a todos. Tanto a los que rebotan (pum) de Google una vez (y punto) como a los más asiduos. Y entre los asiduos, aquellos que entran una temporada con un entusiasmo digno de mejor causa y luego desaparecen con la misma contundencia con la que llegaron. A ésos los entiendo mejor que a nadie. Si fuésemos la Hidra, podríamos tener más autores de cabecera, pero teniendo una sola cabeza (y bastante ocupada) lo más sensato es leer a un autor hasta que nos dé lo que tiene o lo que queramos cogerle, y luego ir por la música a otra parte.

Y qué decir de los insensatos, dulce compañía. O sea, de los que estáis aquí como yo, desde el principio, con una constancia que cada mañana me maravilla. El marido de nuestra madrina Frances Blogg os habría escrito la brava balada o el brindis vibrante que merecéis; yo, a estas horas de la mañana, levanto por vosotros mi taza de café. Que dure otros mil años, quiero decir, mil entradas, qué diantres, quiero decir, mil años.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Prefiero perder

Desde Aljubarrota y la Caída de Constatinopla (que son tragedias que me sucedieron la semana pasada) estoy muy acostumbrado, además. Ayer, en la silenciosa sala de profesores, último remanso de paz, me preguntaron con amabilísimo interés sobre el tema de mi artículo de hoy. Cuando nombré a Eluana Englaro, se lió la grande. Qué pasión en rematarla. Salí vivo por los pelos, y replegándome en escalera. Hoy también me escalda mi compañero y, sin embargo, jefe de opinión y, sin embargo, amigo, José Aguilar. Sumando ambas experiencias, asumo que la mayoría de los lectores no van a estar de acuerdo conmigo, pero bueno: yo con Eluana.

martes, 10 de febrero de 2009

Golpe de pecho

No escribo para salir favorecido; y esta vez toca ponerme regular. A fin de cuentas, se trata de contar la verdad, quede uno como Agamenón o como su porquero.

He descubierto que me estremece más el arte que la vida. Y que eso lleva a veces a una brutal falta de tacto. Camino hacia mi casa, por ejemplo, regodeándome en que me resta media tarde para dedicarme a la novela que me traigo entre manos, y en eso que de una inesperada esquina surge un conocido.

El conocido demuestra un interés muy notable en contarme detenidamente de su hija, que tenía un novio que a él no le gustaba y que, efectivamente, salió rana y que dentro de pocos días hace una exhibición de baile por bulerías (la niña) en el Teatro Municipal. Con cierta dificultad, tras comprarle dos entradas, logro desembarazarme, no sin haber dado antes unas muestras bastante evidentes de impaciencia.

Ahora, en casa, por fin, leyendo en silencio, me arrepiento. Por qué no habré sido capaz de interesarme con la narración del hombre y su hija y su novio al menos como lo hago con la novela o con cualquier película. Después de todo, no son historias muy distintas.

Cuestiones estilísticas aparte, es, me temo, porque un hombre de carne y hueso exige atención, sí, pero también cariño, caridad, entrega, y eso es justo lo que cuesta. (Ya avisé que yo no iba a quedar muy bien hoy, pero es lo que hay.)

lunes, 9 de febrero de 2009

Inquietante

Después de escribir una columna tengo que cuadrarla en los caracteres exactos que me exige el periódico. Hasta ahí todo normal. Lo extraño es que mis textos, que ya tenía por definitivos, mejoran siempre, tanto cuando toca acortarlos como cuando los tengo que alargar. Qué raro, ¿no? El estado de imperfección perfecto, parece.

domingo, 8 de febrero de 2009

Adivina, adivinanza

¡Qué poeta!,
sí, pero
¿qué poeta?
Los sauces con ser sauces/ no dan tal sensación de desconsuelo.
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Quererte es incurable / (o quiero que lo sea).
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Creo que estoy tocando la verdad,/ se me han puesto las puntas de los dedos/ llenas de espinas.
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Los muertos no padecen amnesia.
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Cuando termino un poema a mi gusto/ me doy las gracias.
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—Ni describo ni escribo a las flores,/ ya están hechas poema—.
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La soledad de dos, cuando uno sólo ama.
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Me temo estar imitando a escritores/ que aún no han nacido.
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He muerto ayer y resucito ahora.
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Aquí ahora sentada/ arrodillada al aire/ —dando gracias—.
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Perdonar es como hacer un milagro.
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El amor es un sitio para estar;/ alrededor/ se borran los caminos.
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Voy a olvidarte y enseguida vuelvo.
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Poetas tristes, dejaros de bobadas.
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El amor me ha vendado antes de herirme.
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¡Jolín con Strauss! (perdón, es que sonaba de fondo.)
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Se lleva bien la soledad conmigo.
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¿Acaso la belleza no tiene corazón?
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Todo lo que ya soy y aún no merezco.
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En el verso hay más sangre que tinta.
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Tus palabras se han sentado a mi lado.
*
No dejes de abrazarme hasta que nunca...

viernes, 6 de febrero de 2009

Otro elogio de la lectura

Gracias a los delicados desvelos de mi mujer voy a poder cumplir, si no uno de mis sueños, al menos una de mis peores pesadillas. Desde muy pequeño soñaba que iba al cole perfectamente vestido y muy repeinado, pero en zapatillas. Un compañero lo descubría, se desternillaba y avisaba enseguida a todos. Esa pesadilla me ha acompañado fielmente durante toda mi carrera académica: pasé (en babuchas) del colegio a la universidad, y ayer no más soñaba con que iba en zapatillas a impartir mis clases al instituto para sorpresa (relativa) de mis alumnos y alumnas, compañeros y compañeras, conserjes y conserjas. Espero que entre mis lectores no haya ningún freudiano, por su bien y por el mío, que a saber qué oscura interpretación tendrá esta pesadilla de andar por casa y salir, uf, afuera.

Sin embargo, gracias a mi mujer o, siendo más precisos, a los Reyes Magos, el horrible y reincidente sueño se ha esfumado. Los Reyes me trajeron unas zapatillas de piel tan elegantes que parecen unos mocasines de esos finos que lucen los madrileños y que tienen en el talón unas gomas con bultitos para conducir con más seguridad. Como ya no pasaría nada si fuese a trabajar en zapatillas, he dejado de soñar con ello.

A cambio me he puesto a soñar con que envío a ALBA un artículo onírico, con faltas de lógica, de sintaxis y de ortografía, como dictado por Magdalena Álvarez y por Miguel Ángel Moratinos al alimón. Me veo en la mañana del viernes (con o sin zapatillas, eso ya da lo mismo) leyéndome con estupor y vergüenza propia. ¿Cómo pude mandar esto?, me pregunto, tirándome de los pelos hasta que me despierto, sudoroso, y suspiro, medio aliviado.

Entre que se cumple o no esa pesadilla probable, la vigilia va haciendo de las suyas. Ayer metí la pata como hacía tiempo (dos o tres semanas) que no la metía. Supongo que no sueño con meteduras de pata (con independencia de que la pata acabe en zapatilla o en botín acharolado) porque ya las meto bien despierto.

Un motivo de peso mío para amar la lectura es que, mientras uno lee, está calladito, en su casa y soñando despierto. En este sentido, es indiscutible que los libros mejoran el mundo. Con la crisis auguran que aumentará la lectura, porque es un ocio barato. Ojalá. A mí, aunque costase un riñón, ya me compensaría. Y además se puede hacer en zapatillas.

jueves, 5 de febrero de 2009

Llorando, sí

Lo cuenta Rafael García Serrano en el vibrante Diccionario para un macuto [Editora Nacional, Madrid, 1964, p. 585]:
En Tudela de Navarra, imponían una Medalla al Mérito individual a un esforzado hijo de aquella ciudad. Presidía el acto el general Millán Astray y, como es natural, allí estaban todas las autoridades, civiles, militares y eclesiásticas, además del padre del voluntario condecorado, que era un tipo famoso por su entereza y vocabulario. Alguien gritó, llevado de su entusiasmo:
—¡Que hable "el Pite"!
"El Pite" era el padre. Millán lo empujó a primer término. "El Pite" estaba lloroso y no podía arrancar. Eso asombró a uno de sus paisanos que, sin contenerse, lo manifestó en voz alta:
—¡Andá, si "el Pite" está llorando...!
A lo cual respondió el viejo con dignidad varonil:
—Llorando, sí, pero con muchos cojones...

Ni que decir tiene que "el Pite" nos dio de paso una lección magistral de poética.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Sujetalibros

Por las oscuras cavernas del desánimo penaba yo ayer tarde. Arrastrado por la actualidad, había mandado esa mañana al periódico una columna excesivamente periodística, donde opinaba muy serio sobre las relaciones entre el Gobierno y la Banca… ¿Quién me manda meterme —me maldije— en tantas macroeconomías? ¡A mí, que me lío haciendo una factura! ¡Ay, la hybris!

De pronto, sin embargo, me iluminó una sombra. Había encendido una velita aromática de olor a nardo que nos regaló mi suegra. Estaba sobre el buró, delante de unos libros. Esos libros los aguanta un juego de dos sujetalibros que nos trajeron los Feu. Es un perrito de hierro, un teckel concretamente, como la perrita que tenemos, que se llama Pukka. Uno de los sujetalibros es la cabeza y el otro la cola, de modo que cuantos más libros haya más perro—salchicha se vuelve el teckel, que se va alargando. Todo eso está en casa de siempre, pero ahora, la vela proyectaba sobre la pared la sombra del perro, y con la viveza de la llama, que palpitaba, parecía que el animalito jadeaba, ladraba (en silencio) y hasta meneaba el rabo de contento.

Sí, ya sé que era una sombra nada más, pero cómo me entretuvo y consoló. Además, estos son mis temas, no la gran economía. Unas sombras chinescas, la luz de una llamita y un sabor raro y hondo, como embobado, a infancia, muy parecido a la felicidad.

martes, 3 de febrero de 2009

Ultramar [o Y dale con los alumnos]

Este año, entre mis alumnos, hay una chica brasileña y una colombiana. Viajar no me disloca; pero para compensar, me apasiona este toque cosmopolita en mi destartalado instituto de Puerto Real. Escucho acentos deliciosos, que es lo mejor que me traería de ultramar, sin el jet-lag y sin los alarmantes controles de seguridad. Tiene su exotismo que una alumna te diga con dejos amazónicos que lleva toda la mañana “procurándote” [por buscarte], aunque sea para protestar por una nota. Aclararé enseguida, para evitar malentendidos, que estuve prácticamente igual de contento hace dos cursos, cuando en clase tenía a un israelí y a otro brasileño.

Pero no vine a hablar de mí, sino de nuestro idioma. Hace unos días, una alumna que nació y vive a quince kilómetros de mi casa me hizo una pregunta en un andaluz tan cerrado que yo no lograba entenderla. Fue su compañera colombiana la que me la tradujo a un castellano cristalino. Con perdón de todo nuestro muestrario de nacionalistas, tuve un acceso de orgullo, y para colmo, me acabé recitando los versos de Dámaso Alonso: “Hermanos, los que estáis en lejanía/ tras las aguas inmensas, los cercanos/ de mi España natal, todos hermanos/ porque habláis esta lengua que es la mía:// yo digo “amor”, yo digo “madre mía”/ y atravesando mares, sierras, llanos/ —oh gozo—, con sonidos castellanos/ os llega un dulce efluvio de poesía”.

lunes, 2 de febrero de 2009

La venganza

El jueves desperté con un grano en la nariz. “Dame, Señor, coraje y alegría”, recité como cada mañana frente al espejo, “para escalar la cumbre de este día”. Olvidado del grano, entré en mi primera clase y lo primero que me preguntaron los alumnos fue: “¡¿Ke te pasa en la cara?!” Naturalmente contesté: “Nada, acné juvenil”. Y eso les divirtió de una manera inesperada, se reían a mandíbula batiente, se descostillaban, se desternillaban, se daban golpes entre ellos y a las mesas y en la barriga, y exclamaban: “¡Juvenil! ¡Ké gracia tiene este tío…!” Yo, la verdad, creo que he gastado bromas mejores en estos cuatro meses que llevamos juntos, pero como el jueves no se rieron nunca. Se rieron demasiado. De hecho, después de reconcomerme todo el fin de semana, he decidido vengarme. Hoy, examen sorpresa.

domingo, 1 de febrero de 2009