martes, 30 de noviembre de 2010

Nueva escena doméstica

Leonor: "¡Oye, cariño...!"
Yo: "¿Qué?"
Leonor: "No, tú; es a ella".

Caleidoscopio

El mundo para mi hija es un inmenso caleidoscopio, que gira. No para de dar vueltas y todo son colores, luces, formas nuevas, reflejos sorprendentes. "Todo es nuevo quizá para nosotros", exclamó Claudio Rodríguez. "Sin 'quizá' para mí", responde Carmen, con el brillo de sus ojos.

lunes, 29 de noviembre de 2010

El error perfecto

Véase la portada que le han puesto a mi Casa propia en esta ficha del Club del lector. ¿Cómo lo supieron?

Hibernación

Mis puntos de contacto con el oso habían sido hasta ahora más bien estéticos y capilares ("el hombre y el oso" y eso), pero este fin de semana he estado dedicado, como nunca, a la hibernación. Jamás he dormido tanto a todas horas. Y en los intervalos, veía películas, que es otro sueño, mientras afuera caían la lluvia y las temperaturas. Tosía con una voz cavernosa, como desde el fondo de una gruta. Lo más que he pensado ha sido esto: la hibernación es el estado anti literario por excelencia. Lo cuento, por tanto, sólo por levantar acta, por motivos notariales-biográficos, y nada más.

domingo, 28 de noviembre de 2010

El nivel

El viaje de vuelta de Sevilla pasó en un soplo, y eso que conduje más lento por la lluvia, que era blanda, plateada y musical. Para descansar de tanto lirismo, encendía la radio de vez en cuando, y, menos mal, porque tenía que escribir un artículo, que me dieron hecho.

jueves, 25 de noviembre de 2010

El microcuento más mío

Al fin no se hizo el concurso propuesto, pero el microcuento que yo hubiese pasado como mío es éste:
Alfileres, navajas, gafas, tijeras, llaveros, carteras, móviles, paraguas y amigos de toda la vida; cada vez pierdo cosas más grandes; un día de estos voy a perder el mundo entero.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Karate

Lo de la defensa personal lo digo en serio, y no sólo en el ámbito de las buenas maneras. Qué acierto, veo ahora, ese título para la antología de Juan Bonilla, ese judoka, que le hace unos nudos a las palabras...

martes, 23 de noviembre de 2010

Imagen

Lo más bonito de los escaparates: el que los observa vea en ellos su imagen un tanto desvaída, pero al alcance de la mano, superpuesta. ¿Acaso no nos perseguimos a nosotros mismos, o a nuestra imagen de nosotros mismos, en todas nuestras compras?

Endecasílabo

La vida literaria, ja, ja, ja.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Invitado

Lo menos hospitalario de una casa son, con diferencia, los grifos de la ducha. Con lo fácil que parece en la teoría, no hay quien atine con la proporción entre el agua caliente y la fría. A ratos y por sorpresa, la caliente te escalda y enseguida la fría te da pellizcos o alfilerazos. "No eres de aquí, no eres de aquí", te dice la lengua (bífida) del agua, y uno acaba despreocupándose de la higiene, pensando sólo en la supervivencia. También en el abrazo de las toallas hay algo extraño.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Best-seller teológico

“Fabrice Hadjadj nació en Nanterre en 1971 de padres de ascendencia judía e ideología maoísta. Vivió entre Túnez y Francia. Ahora reside en la Provenza francesa, donde ejerce como profesor de Filosofía y Literatura. Convertido al catolicismo en 1998, a veces se presenta a sí mismo como ‘un judío de nombre árabe y de confesión católica’”. Así nos describe al autor la solapa del libro La fe de los demonios. Con estos antecedentes (ascendencia judía, demonios, maoísmo, Túnez), no sorprende que el libro se haya convertido en un best-seller: tres ediciones en España. Sin embargo, el subtítulo ya es más raro para un éxito de ventas: O el ateísmo superado; y aún más insólita la editorial: la pequeña “Nuevo Inicio”, iniciativa del Arzobispado de Granada.

Para no terminar con las sorpresas, este best-seller está bien escrito. A veces, demasiado, pues algo abusa de los juegos de palabras. Por ejemplo, cuando define su obra como una lección de Ka(ra)tecismo, técnica de lucha doctrinal. La mayoría de las veces, sin embargo, sus incesantes juegos de ingenio son brillantes, iluminan al lector y contribuyen a hacer de la teología una disciplina chispeante.

Porque es auténtica teología lo que hace Hadjadj. Asombra la cantidad de lecturas que sostienen este ensayo de apariencia tan ligera. Ha leído a fondo a santo Tomás de Aquino, a Bernanos, a Pascal, a Girard; ha dialogado con Baudelaire, con Houellebecq, con Finkielkraut; ha venerado a santa Teresa de Jesús, a santa Teresita de Lisieux, a sangaTeresa Benedicta de la Cruz y a Madre Teresa de Calcuta, y no por fijación con un nombre, sino por el interés en una línea continuada de pensamiento que ese nombre resalta. Pero lo que más y mejor ha leído Fabrice Hadjadj es la Biblia. Deslumbran sus análisis textuales, ante los que se siente la gravitación de la raza, la sabia herencia de los cabalistas.

Compensa destacarlo, porque por fuera La fe de los demonios recuerda, más que nada, a Las cartas del diablo a su sobrino de C. S. Lewis, lo que no es un desmérito tampoco. En ambas obras se utiliza al demonio como guía moral (contrario sensu, por supuesto) y al humor como herramienta de divulgación teológica. Ambos combaten “el máximo error moderno”, en palabras de Gómez Dávila, que “no es anunciar que Dios murió, sino creer que el diablo ha muerto”.

Más al fondo, la obra es un canto a la Encarnación. Contra el espiritualismo de la fe sola, Hadjadj hace un contundente alegato a favor de las buenas obras, contantes y sonantes.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Cómo cala

No me gustan los profesores que van riéndose por las esquinas de los errores de sus alumnos, como si ellos no fuesen responsables, o qué. Aunque quien esté libre de pecado que tire el primer peazo e piera. Por suerte, mis alumnos no se equivocan casi nunca. Esto que voy a contar no es una equivocación (la pregunta la tiene bien), sino un signo de los tiempos.

Les pido a mis alumnos en el examen de Relaciones en el Entorno de Trabajo que dibujen un logotipo de una empresa y expliquen lo que pretende transmitir. Una alumna dibuja el bellísimo sello de mi IES:
Y comenta: "Muestra un árbol y a una niña leyendo. Esto indica o transmite temas religiosos, por el árbol, y tranquilidad, porque a la vez está en el campo y en zona verde". No hace falta poner negritas. Jo con la Pacha Mama y el ecologismo, cómo cala.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Mirlos

La entrada a pájaros de Ángel, me ha traído al remordimiento aquélla mía de la escopeta que levantó ampollas. El artículo enlazado también las levantó, y recuerdo con gratitud a Fernando Terry (RIP), que fue el único que me lo celebró por la calle. Uno para mí es el mejor si es el más campero. Y me explicó con detalle las trampas que ponían en las fincas de La Mancha para controlar las plagas de aves líricas. Otro consuelo grande ha sido un poema de Eduardo Jordá entre los inéditos de Pero sucede:

...............MIRLO

Conocemos su canto en la mañana,
temprano, muy temprano,
cuando nos reconforta oírlo, alegre,
bajo la lluvia desvelada.

Pero nada sabemos de sus hábitos
de pájaro agresor que coloniza
territorios ajenos,
y que destruye nidos, y que roba
los huevos más pequeños,
y que hace desdichados
a otros pájaros menos testarudos.

De su vida secreta, no sabemos
nada; o mejor dicho,
prefiremos creer que no sabemos.

Nos basta con su canto,
su canto desvelado que nos mece.

Pero otros muchos pájaros, más débiles,
o quizá más modestos,
pagan por ese canto con sus vidas.

Eufemismo

Qué hermosura de eufemismo: médico de cabecera. Ojalá sólo lo fuese de cabecera y nada más que de cabecera.

Ojalá

La mayoría de los insultos (exabruptos excluidos), uno los oye y exclama: "¡Ojalá!"

martes, 16 de noviembre de 2010

El síndrome de Mercucio

Las tres horas de clase con ID me salieron especialmente desternillantes y digresivas, en exceso anecdóticas, demasiado exuberantes. Prácticamente lo único que dejé de contar fue el motivo de un estado de ánimo tan bullicioso. Aquí lo haré. Se retrasa el resultado de la prueba sobre mi bultito, y por la mañana me entró un ataque agudo de hipocondría galopante. Me vi al borde de la catástrofe. Y caí en el síndrome de Mercucio, ya saben, el primo de Romeo. Se estaba muriendo por una puñalada de un Capuleto que nadie había visto y, sin embargo, Mercucio arrancaba las risas de su audiencia, quizá porque nada acompaña más que una sonrisa franca. “Al menos”, pensaba yo mientras mis alumnos se iban marchando de clase un tanto desconcertados, “podré dejar a la humanidad el descubrimiento de un nuevo síndrome, primo hermano del de Stendhal”. Una vez hablando con mi hermano Jaime de títulos para el poemario final, el póstumo, se nos ocurrió casi a la vez, pero a él primero, éste, espléndido: Colorín colorado. Sin llegar a ese nivel, tampoco estaría mal El síndrome de Mercucio, creo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Microentrada larga

En el IES se convoca un concurso de microcuentos para los alumnos y lo hablamos en la cafetería. Yo cuento el misterioso caso de la violinista fantasma de hace unos años. La joven profesora de literatura se indigna. Y con esa dosis de idealismo que es requisito sine qua non para ser profesora de literatura, confía en los años que lleva leyendo microcuentos para detectar un plagio. El de matemáticas, más científico, prefiere confiar en los algoritmos de Google. Bastará meter los microcuentos ganadores, propone, en la máquina de la verdad. Yo hago una defensa del plagio, tan natural en el santo medievo, que no les convence, aunque me sonríen.

Volviendo a casa pienso que sería bonito organizar un concurso paralelo de microrrelatos plagiados. Si el jurado (sin recurrir a Google, sólo con los años de lectura (que no serán tantos) de la joven profesora y los nuestros) es capaz de identificar al autor auténtico, eliminado. Entre los que escapen al detector de verdades, que gane el mejor. Conseguiríamos que el personal leyese mucho y con sutileza y astucia, me parece. Sin embargo, no lo propondré, no vayan a nombrarme miembro de ese jurado también, y acabe dándole un premio a Benedetti.

Llego a casa y me encuentro algo en el correo que, como creo que la casualidad no existe, me pone los pelos de punta. Es una carta de mi amigo Rafa, sobre su hijo, que ya salió aquí y aquí, y que dice: "Rafa esta dando este año clase con D. Lorenzo y me pide si, por favor, me puedes pasar el poema con el que ganaste el premio de poesía de la Universidad de Navarra (el "del plagio"). Todo se debe a que un día yo le conté a Rafa cómo hiciste ese poema: si no me equivoco estaba escrito contra el plagio pero, a la vez, hecho con versos plagiados. A Rafa le hizo mucha gracia la idea y se lo contó a D. Lorenzo. Ahora D. Lorenzo le ha pedido a Rafa que, si podía, se lo consiguiera. Te agradecería mucho que me lo mandaras por mail si no tienes inconveniente. Muchas gracias y un abrazo. Rafa".

Don Lorenzo fue profesor de Rafa padre y mío, y fue esencial para mi formación en todos los sentidos, como contaré un día que tenga muchísimo más tiempo por delante. Del poema aquel del plagio, publicado en Haz de luz ya no me acordaba, ni me acordé durante la defensa de la figura retórica que había hecho en el bar. Pero se ve que es un tema al que llevo dando vueltas desde hace un montón de años. Pongo el poema, aunque no está a la altura de su idea y aunque sólo quedó tercero (¿o segundo o no quedó?) en aquel concurso universitario, como un brindis por los viejos amigos que recuerdan con cariño los viejos poemas, y hasta se los cuentan—seguro que mejorados— a sus inocentes hijos:
...........LIBROS

Cuando me paro a contemplar mi estante
mi no sé qué se queda en aspaviento.
Lo extraordinario, todo. Escucho atento
palabras de Cervantes o del Dante.
No hay cosa como el plagio que me espante,
pero una mano coge el pensamiento
o alguno me lo ha dicho con el viento
que viene y va, y me avienta, y, al instante,

mi tristeza en consuelo convertía,
desde el prodigio, algún dulce cantar.
Un canto de sirenas me conjura,
la sombra se la lleva el blanco día,
y el agua —amarga y dulce— de otro mar
vestido me dejó de su hermosura.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Pedazo de párrafo

[El párrafo está entero, y tanto, pero es precioso y por eso,el peculiar superlativo de "pedazo", que debe de tener un origen remotamente platónico: "Es un pedazo del arquetipo del Párrafo, de la idea pura". Supongo yo, que no le encuentro otra explicación.] Lo escribe Zbigniew Herbert en Un bárbaro en el jardín:
Como toda ciudad medieval, Siena fue la cuna de muchos santos, y ninguna ciudad medieval posee una colección de tan rica de personajes aureoleados. Un erudito de la hagiografía da la cifra astronómica de quinientos nombres. De Siena también han salido nueve papas. Pero como el escudo blanquinegro simbolizaba pasiones contradictorias, también fue una ciudad de derrochadores, de la juventud dorada y de las mujeres contra quienes los predicadores lanzaban sus truenos. El más convincente era san Bernardo, y las mujeres, conmovidas por su elocuencia, prendían grandes hogueras en las que quemaban sus zapatos de tacón, los perfumes y los espejos. Las laude místicas acercaban al cielo, pero también resonaban canciones blasfemas, y Siena tenía su poeta del placer, Folgore da San Gimignano. Los limosneros recorrían la ciudad con sotanas harapientas, y un solo grupo de malgastadores podía dilapidar la vertiginosa suma de doscientos mil florines en una fiesta e irse a cazar. "Gente vana", sisea Dante.
El libro me ha convertido definitivamente a la literatura de viajes, y quizá también a los viajes, si son a Italia. Esa imagen de las hogueras avivadas con perfumes, reflejadas en los espejos, es espectacular. Y ese nombre de poeta del placer, Folgore, ya vale por un poema... Pero lo que  se me ha metido en la cabeza como el clarín de una trompeta es la frase inicial: "Como toda ciudad medieval, fue la cuna de muchos santos..." ¿Por qué no puede decirse eso de ninguna ciudad contemporánea, eh?

miércoles, 10 de noviembre de 2010

martes, 9 de noviembre de 2010

lunes, 8 de noviembre de 2010

jueves, 4 de noviembre de 2010

Subconscientes

En el restaurante la Mesa Redonda, nos encontramos a don Miguel Ángel, el antiguo coadjutor de nuestra parroquia, que aún sigue siendo un sacerdote que presume de joven. Después de los abrazos, desenfundo mi móvil y le muestro unas fotos de Carmencita. Supongo que en defensa propia, saca enseguida su teléfono para enseñarnos la foto de un niño que ha bautizado recientemente. El bebé es feísimo. Llego a temerme que tenga alguna deficiencia y que lo lleve por eso, con un gesto paternal, en su móvil. Sin embargo, la pregunta que me sale de golpe es: “Ah, ¿su sobrino, verdad?”

Bruscamente me contesta que no, no, que es un muñeco que habían puesto en la Castellana, bien feo, aunque ya han pagado por la escultura una pasta en una subasta. Todos nos reímos mucho de mi ocurrencia del sobrino, él y yo con menos ganas.

Luego, haciendo examen de subconciencia de mis motivos para endosarle ese sobrino, pienso que quizá buscase a una velocidad de vértigo una razón (descartando la enfermedad) para que llevase tal adefesio en el móvil. Sin descartar que el subconsciente de mi subconsciente, gamberro, tal vez se estuviera vengando (sutilmente) de la broma de don Miguel Ángel. Cuando recuerdo la escena , me río con ganas, ahora.

martes, 2 de noviembre de 2010

Ten más modestia, muerte

Machado, mediante Juan de Mairena, ironizó sobre el deber profesional de los poetas de hablar de la muerte, y se recreó en la sorpresa que, a pesar de haberla nombrado tanto, se llevaría más de uno al encontrarse de golpe con ella. Por debajo de la broma de humor negro, late una verdad muy honda: la poesía lleva enfrentándose a la muerte desde sus inicios.

A veces, plantándole cara. Otras, huyéndole, como en el viejo “Romance del enamorado y la muerte”. Otras, más de perfil, contando con ella, como cuando José Mateos dictamina que verdadero poema sólo es aquel que puede recitarse a un moribundo. Otras, acompañando a los muertos, como intentaron, incluso físicamente, Ulises, Orfeo, Er el Armenio, Eneas y Dante con sus respectivas bajadas a los infiernos. Bécquer, ya nuestro contemporáneo y, por tanto, resignado, se limitó a lamentarse delicadamente: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. Buena parte de la grandeza de las Coplas de Jorge Manrique se debe a que no renuncia a ninguna de las posibilidades: tiende astutas celadas a la muerte, la encara directamente y, a la vez, la asume con melancolía y esperanza.

Horacio encontró las palabras precisas, breves e inmortales, que plantaban los poderes de la poesía frente a la muerte: Non omnis moriar (“No moriré del todo”), decía, confiando en sus propios versos. A Unamuno aquello le puso de un pésimo humor y le replicó con ásperos endecasílabos:
¡No todo moriré! Así nos dice
henchido de sí mismo aquel poeta
que odia al vulgo profano y que le reta
a olvidarle esperando le eternice
el reto mismo; es calculada treta.
Quizá se enfadase porque Horacio le llevaba siglos de inmortalidad de ventaja, o porque esa inmortalidad, “donde el recuerdo es lo único que queda” le sabía a poco al cristiano (atormentado, pero cristiano) Unamuno. Lo indiscutible, se ponga como se ponga el rector de Salamanca, es que Horacio ha quedado en nuestro recuerdo, y eso ha dado moral a los poetas para mirar a los ojos a la muerte.

Nadie con más dulzura que John Keats: “A thing of beauty is a joy for ever”, y nadie con más contundencia que su tocayo John Donne, que dio muchas vueltas al asunto. De él es el cinematográfico verso sobre la conveniencia de no preguntar por quién doblan las campanas cuando lo hacen a muerto: ¡es por ti! Pero para compensar, de Donne es también el afilado soneto donde le pone los puntos sobre la i a la misma parca. Víctor Botas lo tradujo con maestría:
Ten más modestia, Muerte, aunque se te haya
erróneamente dicho poderosa
y temible; pues esos que has borrado
no mueren, pobre Muerte, incapaz hasta
de aniquilarme a mí. Si el reposo
y el sueño son tan gratos, cuánto más
no debes serlo tú: así se explica
que los mejores antes den contigo
libertad a sus almas y a sus huesos
descanso. Azar, reyes, suicidas,
son tus amos, habitante de pócimas,
enfermedad y guerras. Y más diestros
que tú son los hechizos. Menos humos
que veremos tu fin; tu muerte, Muerte.
Más pegado a la tierra, reflexiona José Jiménez Lozano en su poema "El precio":
Matinales neblinas, tardes rojas,
doradas; noches fulgurantes,
y la llama, la nieve:
canto del cuco, aullar de perros,
silente luna, grillos, construcciones de escarcha;
el traqueteo del tren, del carro, niños,
amapolas, acianos, y desnudos
árboles de invierno entre la niebla;
los ojos y las manos de los hombres,
el amor, la dulzura
de los muslos, un cabello de plata,
o de color caoba;
historias y relatos, pinturas y una talla.
Todo esto hay que pagarlo con la muerte.
Quizás no sea tan caro.
La muerte como intensificador de la vida ha hecho un gran papel. De ahí a su relación con el amor, no hay más qe un salto. Lo dio la Biblia: “Fuerte como la muerte es el amor”, clama, y los poetas se apuntan enseguida. El recurrente éxito de Don Juan Tenorio por estas fechas radica en su habilidad para mezclar frenéticamente la muerte, el erotismo y la teología. Los poetas españoles han podido tratar a la muerte como una amada porque nuestro idioma, como anotó Borges, permite la metáfora. En inglés, la muerte es masculina. La diferencia de género explica que el gran poeta moderno sobre la muerte en español sea Juan Ramón Jiménez, que supo sacarle resonancias sensuales, mientras que en inglés ha escrito memorables poemas mortuorios Emily Dickinson, recogidos en una antología indispensable: Poemas a la muerte (Bartleby Editores, 2010). Aprovechando su género masculino, la norteamericana en algunos de ellos utiliza la imagen del noviazgo galante y del futuro encuentro conyugal.

El pueblo, en cambio, ha preferido la otra metáfora ancestral: el sueño. Lo canta la copla con clara contundencia:
Cada vez que yo me acuerdo
que me tengo que morir,
echo una mantita al suelo
y me jarto de dormir.
Habría que investigar cuánto ha influido el cristianismo y su fe en la resurrección en posturas tan líricas o tan flamencas. San Pablo constató que la muerte había perdido su aguijón. Lo había cambiado, efectivamente, por un plumín.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Trece sentencias ejemplares de Francisco Pérez de los Cobos


En No hay derecho (La Ley, 2008) escribe: “Seamos, por una vez, humildes, es decir, serios…” Es una frase de escritor puro: un cocktail de inteligencia y gracia. También ha escrito "El verdadero poeta se mide cantando el paraíso". Si la llego a leer un poco antes, pongo esa sentencia al frente de mi reseña a Rocío Arana. Habrá que acercarse a Pérez de los Cobos, por tanto, desde el punto de vista más literario posible. El Barbero del rey de Suecia, con su afición a las altas magistraturas del Estado, no se resiste a ofrecer una selección de trece sentencias ejemplares de su otro libro hasta la fecha, el de aforismos Parva memoria (Tirant, 2006). No son inocentes.

La belleza del mal es relamida.
*
Ser revolucionario es la forma más histriónica de ser superficial.
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Bloy ha hecho del improperio una obra de caridad.
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Dios corteja sin premuras.
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El antónimo de la muerte es la música.
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Muy moral ya es inmoral.
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La gente que hace siempre lo que quiere acaba por no saber qué quiere.
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Hasta el cañaveral luce penachos.
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Al reino de los cielos se llega herido.
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Lo peor de un imbécil son sus matices.
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El “haz el amor y no la guerra” explicita ya una inquietante concomitancia.
*
¿Puede censurarse la vanidad sin caer en ella?
*
La caridad que empieza por uno mismo acaba en uno mismo.
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