jueves, 28 de febrero de 2013

Duelo en el ferrocarril



Resulta raro que haya quien se aburra en su matrimonio, si cuanto más tiempo pasa, más cosas pasan, más matices y aventuras.

La estación de trenes del Puerto estaba hasta la bandera. Es el puente de Andalucía y muchos aprovechan para viajar o para trabajar por ahí. Y ahí estaba el quid de la quaestio. Nosotros vamos a Madrid a hacer muchas cosas y muy variopintas, pero cuando los múltiples conocidos —estamos es la estación de ferrocarril de un pueblo, recuerden— nos preguntan por nuestro viaje, estalla una guerra sorda. Vamos porque la madre de Leonor, por Papa Noel, nos regaló unas entradas para el famoso musical El Rey León, sí; pero las hizo coincidir con la fecha de una conferencia mía en el CEU que versa sobre “La Poética de Chesterton”, y ya nosotros hemos concertado, con mi hermano Jaime, una visita a Alcazarén a celebrar la salida de El precio con su hacedor. Y para rematar la cosa, el lunes Leonor se queda a exponer un proyecto a su Director General. En los intersticios, cenamos y comemos con amigos y familiares de Leonor. 

La guerra sorda es que ella, cuando nos preguntan, se abalanza a decir que vamos a ver El Rey León, lo que a mí me da una timidez de gacela por múltiples motivos. Yo prefiero dejar caer que voy a dar una conferencia, que es algo mucho más prestigioso, me parece a mí. Leonor está claro que quiere presumir de madre, es natural. Yo quisiera presumir de prestigio y de moral del trabajo. Puentear el puente trabajando en la capital, a un antiautonomista como yo, le produce el mayor de los placeres.

En el andén han quedado implícitamente establecido el juego. Como el tren es una feria, y nos seguimos encontrando con conocidos y saludados, la cosa adquiere tintes dramáticos. Tenemos que esperar ambos en tensión a que nuestro interlocutor, como disimulando, nos pregunte a qué vamos a Madrid. Eso lleva su tiempo, porque la gente no sabe que esta vez estamos deseando que nos cotilleen, y dan rodeos completamente innecesarios. Cuando la pregunta está por fin en el aire, la cosa consiste en ver quién desenfunda primero, si Leonor con su madre, si yo con mi CEU. Ambos somos rápidos. Depende, pues, de a quién esté mirando en ese momento el interlocutor o cuál de los dos haya pestañeado, ay, en ese instante. Por dignidad y fair play, una vez que la mano se ha decidido, el otro aguanta el tirón, aprieta los dientes y no añade: “Y también a…” Eso jamás.

Ahora, que hago recuento, diría que Leonor me ganó por un 6 a 2, más o menos. Ya os contaré qué tal El Rey León

Autostop



Tienen muy mala fama las compensaciones. Eso de tomarse media barra de chocolate porque has metido la pata en una reunión del Consejo Escolar o de comprarse tres libros en Amazon a cuenta de un fracaso literario. Pero yo soy muy partidario. De todas y, sobre todo, de las que de verdad consuelan. No lo puedo remediar: me pasa cualquier cosa o, peor, me pasa un día de esos que me pasa por encima como un camión de mercancías, y corro a la compensación y la querencia. Inclino la cabecita (la mala cabeza) en el hombro de Dios-Padre, que podía decirme: "¡Ahora, ¿no?, ahora!", pero me dice: "Ven, claro, ven", y hasta acabo, ¡enseguida!, tras suspirar un "soy tonto" y escuchar un "sí y qué", y poco más, acabo, digo, agradecido, sí, agradecido a ese camión que me trajo volando —autostop— a tanto consuelo incomparable. 


miércoles, 27 de febrero de 2013

Valor de El precio


Que otros se jacten por los libros que han escrito, yo me enorgullezco de los que he editado. Y, entre ellos, gozosamente confundo el valor y El precio, mi antología de los poemas de José Jiménez Lozano. 




El orgullo no quita el remordimiento (como suele pasar). Confesaré tres, para resumir. Desde luego, el dolor del antólogo, que es inevitable: un precio que hay que pagar, y que en este libro, por hacer honor a su título, y a la vista de la extensa obra de JJL, ha sido muy alto. El segundo, no haber preguntado al maestro (por no molestar) si quería que pusiera en cursiva las expresiones en otro idioma del poema "Muchacha a la ventana, de Dou". Opté por la naturalidad, pensando que las cursivas literaturizan las citas, y por ser fiel a la edición original del poema, pero con tan grandes dudas que aquí las pongo en cursiva, simplemente por darme el gusto de no renunciar a nada y de colgar de nuevo el poema: 


MUCHACHA A LA VENTADA, DE DOU 

Casi una niña aún.  
Aspetta. 
Attends. 
Espera 
sobre el alféizar inclinada, 
mientras pasa a estas horas el último sereno  
y aún no es la hora de las cartas. 
¿Le escribe alguien? 
É sola, 
abbandonata 
come é abbandonato il mondo, 
cadáver de plata la mañana, 
y pregunta: 
Ubi posuisti eum? 
Dove? 
Dónde? 
Oú? 
mas sólo halla 
sonrisas despectivas o corteses. 
É pazza. 
Elle croit à l’amour, la poveretta. 
ma ché cosa facciamo? 
no hace daño a nadie, sólo espera.  
Tous les matins du monde 
no habrían de amanecer sin su candela. 
 El tercer remordimiento es la única errata propriamente dicha, fuera de fidelidades a las ediciones originales en casos dudosos, aunque ha quedado curiosa. En el texto original reza: "A días, en la solana, / echas a volar tus esperanzas/ …" Suena arcaico, pero es pura errata. Debería ser: 


ESPERANZAS 

Algunos días, en la solana, 
echas a volar tus esperanzas 
y no hacen sombra.  
¿Serán vanas? 

En cambio, del prólogo, que aquí reproducen en un especial que recomiendo especialmente, todavía no tengo ningún remordimiento. Aunque todo se andará... 

PS.- Mas sí me enorgullezco de los amigos que leen así de generosos mis libros míos. 

martes, 26 de febrero de 2013

No estoy seguro



Yo a Ramón Eder lo dispensaba en farmacias, tanto bien hacen sus píldoras. Una nueva presentación de aforismos suyos acaba de llegar a mis manos y ya estoy metabolizándolos: El cuaderno francés (Huacanamo, Barcelona, 2012). Dice: "De cómo se cuente uno a sí mismo su propia vida depende en gran medida la calidad de esa vida", y justifica los blogs y los diarios de un plumazo. Sostiene que "Entre la torre de marfil y el circo mediático un escritor debe encontrar un lugar digno" y me sostiene en la búsqueda. Me sonroja: "Hacer listas de buenos propósitos es una manera admirable de perder el tiempo". Exploto en un aplauso: "Característico de una época explosiva es el fragmento". Y en una carcajada: "Uno de esos a los que ni el Amazonas les parece tan grande, ni las pirámides de Egipto tan altas". Y en otra: "—¡Dame una segunda oportunidad!. —¡Pero si no te he dado ni la primera!". Y en otra: "Si sale con barba, San Antón, y, si no, una novela de autoficción".  Aunque también hay sonrisas: "Genialidades aparte, aquel libro no tenía otro interés". Y dolores: "La siniestra sonrisa del que se alegra de que alguien pierda lo que él ya perdió". E intensas emociones: "No deja de ser notable la cantidad de regalos que nos han hecho en la vida" o "La alegría nos permite ver el mundo como en debería ser" o "A los fantasmas sólo se les puede vencer con la sonrisa". "No habría que olvidar que los pedantes están conjurados para alabarse los unos a los otros", advierte y me pregunto: ¿Estoy yo conjurado para alabar a Eder?. Aunque él pedante claro que no es: "Intentaba ser un hombre serio, pero la alegría se lo impedía". 

Y todo esto porque anoche terminé En lugar seguro de Wallace Stegner y si no llega a darme la herramienta crítica R. E. no hubiese sabido qué pensar. "Los escritores que plantean la duda de si son buenos o muy buenos merecen un lugar destacado en nuestra biblioteca". Eso es. 

lunes, 25 de febrero de 2013

El aristócrata, por G. K. C.


Satán, tan aristócrata, te ha invitado, educado,
a su coqueta finca, que está cerca —aquí al lado—.
Te dice que es espléndida y que se llama "El Hades".
que hay festejos, deportes y, siempre, novedades;
¡gran anfitrión!, dispara querubines al vuelo
y pesca al rey Neptuno con sirenas de anzuelo
y, escalando entre estrellas al Cielo, ese alto abismo,
con sus muchos poderes y un poco de ocultismo,
es capaz de birlarle al Creador su corona,
mas, como es aristócrata, después no lo pregona.

Pero tú ciégate y córtate la mano
y la cabeza. Haz, haz lo que esté en tu mano
—la otra— por no ir… Sin pasar por allí
no vas a ser muy listo ni muy rico ni muy….
pero aún así no vayas. ¡Es tanto lo que ignoras:
que, entre placeres, ellos te envidian cuando lloras:
que hay juegos muy didácticos, donde acabas sabiendo
que, aunque el juego termine, tú seguirás perdiendo;
que pueden ser oscuros los focos más brillantes
y que desciende buitre el pájaro que antes
te encantaba…! Satán, es cierto, da sorpresas:
como buen aristócrata, incumple sus promesas. 


G. K. Chesterton





sábado, 23 de febrero de 2013

Entrada confesional


Como los sábados es el día de la semana que menos lectores tengo, aprovecharé para contar esto, tan impudoroso.

Iba a confesarme, no en un poema confesional, sino propiamente en el sacramento de la Santa Madre Iglesia. Antes de entrar en faena, rezaba exigiéndome un máximo de sinceridad. Siempre soy sincero, al menos en ese trance, pero hay luego niveles, recovecos, sombras, retorcimientos lingüísticos, sugerencias equívocas, sobreentendidos, autojustificaciones... y yo no quería nada de eso. Así que rezaba: "Que vea claro que hablo contigo, Señor, que ya lo sabes todo, y mejor que yo, incluso: así haré una confesión directa, transparente, porque es contigo, contigo". 

Me tocó el turno. Y empecé. Y el cura se puso alucinantemente cariñoso, de mi parte en todo, y hasta se enfadó —muy enfadado de veras— con alguien de quien yo me estaba confesando de haberle sido injusto. Salí aturdido de tanto cariño, hasta que recordé mi oración previa: "Es contigo, contigo..." Ah.


viernes, 22 de febrero de 2013

¿Cara o cruz? Cara


Conté aquí que andaba mohíno hace un siglo, y todavía hoy me llegan ánimos y preocupaciones de amigos. La culpa es mía, que no hablo de los días redondos. Hoy, por ejemplo. 

Con este aforismo de Eder por bandera: "Hay días en los que todo nos sale bien. Esos días hay que ser audaces". Y la penita de que me vayan quedando ya tan pocas horas para la audacia. 

Entre mil cosas, el gusto de publicar un aplauso a Iribarren. 

Propaganda y metapoética


Leonor escruta atentamente los envases de aquello que le gusta. Ayer leyó en alto, con un poco de sorna, las características, que según la caja, posibilitan la creación, la artística y, entre ellas, la de un buen café. Yo callé. Mas hoy he venido a copiarlas aquí. Y no he conseguido verlas entre tanta letra pequeña de autobombo por más vueltas que le llevo dada al envase. Por suerte, las recuerdo: "Pasión, experiencia y paciencia". Quitando que tengan todo el aroma del markéting cursi, hay que reconocer que es una mezcla interesante, intensa, equilibrada. 

jueves, 21 de febrero de 2013

Un tributo a su éxito


De Flores en las grietas. Autobiografía y literatura (Anagrama, 2012), de Richard Ford, me ha gustado mucho el capítulo "Holgazanear mientras la Musa recarga pilas". Me ha recordado a Mario Quintana, por supuesto, que lo contaba con más gracia. Pero Ford me ha emocionado como nadie con esta idea:
Quizá mi aparente actitud de flojera provenga del hecho de haber tenido padres de clase obrera que trabajaron como esclavos para que yo pudiera tener una vida mejor que la de ellos, para que no tuviera que trabajar tanto, y mi vida es justamente un tributo a su éxito. 
Enseguida se me vinieron a la cabeza dos cuestiones, defectos objetivos míos, que son justamente tributos al éxito de mis padres en alguna ilusión suya o concepción de la vida o aspiración, uno por cada uno de ellos. Ninguno es holgazanear, pero no os voy a contar más, al menos por ahora. Lo que interesa aquí es ver si Ford y, como mensajero, yo conseguimos que sintáis esa mezcla de lucidez, ternura y nostalgia que a mí me ha dado su frase. Creo que la autojustificación aquí es lo de menos, no os alarméis. 

lunes, 18 de febrero de 2013

La Cueva de las Orcas


El sábado, antes de salir para Zahara, intercambié unos correos con Antonio Casado da Rocha, que me animaron [aún más] a ir a pasar el día con la familia política. Me recordaba que, según su maestra, para escribir buenos haikus era preferible no salir nunca del mismo sitio, o —añadía él— viajar siempre a los mismos lugares. Y es así, y a Zahara voy una y otra vez, por suerte. También pensé: los del norte van a Zarauz, los del sur, a Zahara. Me hizo gracia. 

Y tanto que descubrir. Una vez allí andamos, entre la maleza, por un camino si corto sí agreste, hasta la llamada Cueva de las Orcas, o, más científicamente, Atlanterra I. No me esperaba tanto. Tiene el dibujo de un caballo, que es del Magdalaniense, coetáneo de las pinturas de Altamira, de estilo levantino, más esquemático, aunque muy emocionante, como se ve:



El resto de la pequeña cueva, llena de signos, era menos artístico. Debe su nombre a que era un observatorio para determinar la llegada anual de los atunes. Como las orcas, que los acompañan, hacían su aparición, ya estaban. Pero determinaron, nuestros lejanos parientes un sistema solar más sofisticados. Tallaron una hendidura en la boca de la cueva y cuando el sol entraba por ella en la época de los atunes...



 ... el rayo daba en alguna de las señales que se habían pintado en la pared. Un sistema que ha sido estudiado, y que a mí me parece tan mágico y artístico como el caballo. Véase la señal, muy parecida, por cierto, a las que yo dibujo en los márgenes de mis libros:


La siguiente pintura era mucho más borrosa, pero parece un hombre tipo indalo, con un perrito a la izquierda. Un tío de Leonor que es casi espeleólogo e historiador, no informó que ningún catálogo reconoce más figura que la valiosísima del caballo, pero su mujer y yo sí que veíamos el indalo y a su fiel mascota. 


También nos informó el experto que se dice que, además de observatorio de pesca, se piensa que la cueva cumpliría alguna función religiosa. Yo no lo dudé, porque estoy convencido de que cualquiera, esperando que entren los atunes, avistando orcas o pintándose un autorretrato puede dar mucha gloria a Dios.

Y estaba, además, vivamente impresionado. La Cueva de las Orcas está a un tiro de piedra, literalmente, de la casa de los otros tíos de Leonor. Ya no se me quitó el vértigo en todo el día de tener tan ilustres, tan artistas, tan antiguos vecinos.


domingo, 17 de febrero de 2013

¿Incoherencia? No, ninguna


Los mismos que aplaudimos fervorosamente la heroica decisión de Juan Pablo II de no renunciar a pesar de su avanzada enfermedad, admiramos la valiente de Benedicto XVI de hacerlo.


viernes, 15 de febrero de 2013

"Soy quien fui cuando encontré lo que no sería" y otros aforismos de Vicente Núñez



Cuando digo "yo" soy... el borroso deseo de serlo.
*
Por serlo tanto, no soy español.
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Soy quien fui cuando encontré lo que no sería.
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Tienen un concepto muy triste de la tristeza.
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Se llega a saber de olivos viendo siempre los mismos olivos.
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El individualismo contemporáneo es un individualismo de horda gregaria.
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La carcajada de la naturaleza ante la ciencia es olímpica.
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Ser es hablar con.
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Leer siempre es leer mal.
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Un libro leído es siempre un libro por leer.
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El volumen es la única voz del pueblo.
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Con un enemigo, te bates; con un estorbo, tropiezas.
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Las posmodernidad es no aceptar la edad.
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La filosofía y la poesía son fronterizas de un solo país inconquistable.
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Un escritor debe saber de antemano a quien no tiene que leer.
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La rima es muy prensil.
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Toda poesía es traducción.
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El desdén si no es elegante no es del todo desdeñoso.
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La caridad es menos cara que el cariño.

jueves, 14 de febrero de 2013

Jueves de Ceniza


Para el Miércoles de Ceniza tenía prevista, antes de que ocurriera lo imprevisible, escribir mi artículo sobre la alegría del arrepentimiento. En realidad, todo sería una glosa de esta maravillosa historia jasídica


“En el Día del Perdón” –le dijeron—“él recita la confesión de los pecados en el más festivo de los tonos”. El Baal Shem mandó llamar a ese rav y le preguntó la causa de tan extraño proceder. El rav explicó: “El más humilde los servidores del rey, aquel cuya tarea es barrer la basura del patio, canta una alegre canción mientras trabaja porque está haciendo lo que hace para complacer al rey”. Le dijo el Baal Shem: “Ojalá mi suerte fuera como la tuya”.

Regreso


Puntillosos con las cuentas, no os convenció mi concepción sesentayochista, con lo contento que me tenía el descubrimiento. En cambio, este sesgo reaccionario no creo que me lo podáis reventar. Como mis padres salieron desde aquí para tenerme en Murcia, al abrigo de la abuela materna, y, enseguida de nacer, en cuanto pudimos, me trajeron de nuevo aquí, mi primer viaje fue de vuelta, un regreso, lo que necesariamente ha de marcar carácter. Vamos, digo yo, si no tenéis nada que objetar. 

domingo, 10 de febrero de 2013

Satori


Ayer por la tarde llevamos a los niños a la fiesta de Carnaval de "La carpita", sección infantil de nuestro club. Iban, naturalmente, de Caperucita y el lobo. Aproveche la excusa de mis días negros para escabullirme al Hoyo 19 a tomar un café negro con un libro negro: Desgarradura de E. M. Cioran. Tuve que esquivar con agilidad (tengo experiencia) diversos grupos de conocidos y encontré un rincón oscuro donde entregarme al placer sombrío de la lectura inquietante:

 La ironía procede de un apetito de inocencia frustrado. 
* 
Son mis defectos de elocución, mis balbuceos, mi manera entrecortada de hablar, mi arte para farfullar, mi voz, mis erres del otro extremo de Europa, lo que me ha impulsado, por reacción, a cuidar un poco lo que escribo y a hacerme más o menos digno de un idioma al que maltrato cada vez que abro la boca. 
* 
En alguna ocasión he sostenido que sólo podría admirar a un hombre ultrajado y feliz. Acabo de darme cuenta de que Epicteto fue más lejos: agonizante y feliz, decía él. Sin embargo, tal vez sea más fácil alborozarse en la agonía que en la deshonra. 
* 
Haber estado siempre acosado por males particularmente fieles y no haber convencido a nadie de su realidad. Bien mirado, es justo que así sea: las dotes de charlatán y chistoso no se exhiben en sociedad impunemente. 
* 
El éxito, los honores y todo lo demás sólo son excusables si quien los conoce siente que acabará mal y los acepta únicamente para, llegado el momento, gozar plenamente de su propia caída. 
* 
Al bajar la escalera oigo al robusto octogenario del piso de abajo cantar, con voz atronadora, el Miserere nobis. Subo media hora más tarde y vuelvo a oír el mismo "miserere", tan acuciante como antes. La primera vez había sonreído; la segunda, me sobrecogí.
En ésas estaba, disfrutando, dando gracias al Cielo por no tener que participar de las conversaciones que sobreoía, cuando sonó el teléfono. Era Leonor para informarme, alborozada, de que nuestros hijos habían ganado el primer premio del concurso de disfraces. Yo también alborocéme. Pagué el café negro, cerré el libro negro y olvidé mi ánimo negro. Pedía tocar fondo y había tocado la gloria, aunque fuese la carnavalera. Fui casi corriendo, trotando, a "La carpita" y allí estaban mis hijos con una tremenda cesta de chucherías de vivos colores, premio a los desvelos de su madre. Hace meses me aconsejó un buen amigo no subir fotos de los niños, y no sé si habéis notado que seguí el consejo, pero como veo que L. lo hace en su feisbuk, por qué ibais vosotros a ser menos: 



Y hace un rato, por cierto, he visto a la primera golondrina. Ah, y he recordado una última cita de Cioran:

No podemos estar contentos de nosotros mismos más que cuando recordamos esos instantes en los que hemos percibido lo que un adagio japonés llama el ¡ah! de las cosas.

Tocar fondo


En estas noches frías estoy entendiendo perfectamente todo el dramatismo de la expresión "tirar de la manta". Leonor, sin querer, dormida y arrecida, pega cada tirón que me deja tiritando. También he aprendido que la expresión "tocar fondo" es físicamente verdadera, un remedio contra el vertiginoso remolino

(No hay más que lo que cuento, no os preocupéis, pero tampoco hay menos.)

miércoles, 6 de febrero de 2013

martes, 5 de febrero de 2013

La imposible competencia



No son ya los perros quienes corren a la puerta a recibir a Leonor, aunque siga yendo Pukka sola, ay. Hoy la competencia es imposible, porque van los niños, muy contentos, gritando: "¡Mamááááá!", que es grito insuperable. Aquí, sobre todo, Enrique es imbatible, porque tiene un andar potente y tambaleante que estremece de peligro y de ternura, y media lengua muy suelta. A mí no me cuesta tanto levantarme del sillón, ni mucho menos, aunque no puntúa, porque es para asistir al espectáculo. 

lunes, 4 de febrero de 2013

Clases


Hasta entre los mendigos hay clases. El de la puerta de la iglesia de los jesuitas, que se sabe el nombre de mis hijos y lo mal que se portan, y hasta les riñe, y le guardó durante un mes una pulsera perdida a Carmen, es como de la familia. Y como hay confianza, aunque él pide siempre, unos días me dice: "Hoy me hace falta", otros: "Hoy puedes no darme". 

El sábado por la noche, tuve que aparcar un poco lejos, en la plaza de toros, y se me acercó desde lejos un mendigo bajito, sucio, encogido. "No tengo nada", le mentí, cortante. No era mi mendigo. Respondió un resignado: "Ya me lo figuraba", que se me clavó en el alma, con una dicción perfecta, en su justa medida, entonado entre la ironía y la predestinación. Y pensé volverme y darle, pero no lo hice por el más bajo de los motivos: por mantener mi mentira. 


domingo, 3 de febrero de 2013

Amigos


Ayer invitamos a almorzar a varios amigos, y a más, porque "ya puestos", decía Leonor. De modo que lo que iba a ser una comida con las amigas de mi mujer, acabó siendo una reunión de antiguos alumnos de clase del colegio. En parte, ya digo, porque las invitaciones fueron creciendo en círculos concéntricos  y, en parte, porque siendo esto un pueblo, bastantes de mi clase nos casamos con chicas de la clase de Leonor. Lo pasé mucho mejor de lo esperado. Los amigos de la infancia son una maravilla. A partir de la juventud, uno ya elige amigos por hondas afinidades de gusto y gesto. Sin embargo, los amigos del colegio son los que te tocan en la lotería de las fechas de nacimiento y el orden alfabético. Ayer había un empresario en serios apuros, otro en franca expansión ultramarina, profesionales de muy diversos niveles y yo. Incluso me preguntaron dos veces si me había leído todos los libros de mi biblioteca y se sorprendieron mucho de encontrar una antología de la poesía portuguesa que todavía no había sacado del plástico. "Claro —decían muy cómplices— es que la poesía portuguesa tiene que ser tristísima". A mí me daba muchísima ternura y me preguntaba qué comentarios por el estilo serán los míos sobre los negocios o la ingeniería agrónoma. Ya ven, mundos completamente diversos y el amore que une el sol y las demás estrellas. 

sábado, 2 de febrero de 2013

Princesa o ministra


Me entusiasman la magnanimidad, las ambiciones nobles, el mirar cara a cara al futuro y la fortaleza y el ánimo, aunque los encantadores puedan robarnos la ventura. Por eso, me parece muy bien la educación que recibió Ikram Basha Imam, y que tome azúcar para afrontar el día. Al leerlo he pensado que yo quiero que mi hija Carmen pueda declarar: "Fui educada para escritora o santa". Y si pongo "o" en vez de "y" es sólo para no pecar de hybris

Y Enrique lo mismo, naturalmente, aunque tampoco está mal que fuese, además, marino de guerra. 


Rosebud


Cuando cualquiera te da su clave secreta para entrar en cualquier servicio de internet no puedes evitar un intenso entramado de pudores. Por una parte, su confianza, como es natural, pero por otra, su clave secreta, textualmente. Por un complejo de razones —el contagio del secreto, la necesidad de la memoria, cierta ironía, un resabio de la infancia que busca la palabra mágica que abra la cueva mágica…— la contraseña no abre sólo la cuenta de correo o la de Amazon. Quién sabe lo que significaría "Rosebud", pero seguro que era la contraseña de Charles Foster Kane en Gmail. 


viernes, 1 de febrero de 2013

Piña



Estuve todo el día fuera, y me fue bien, muy bien, pero lo mejor me siguió pasando en casa. Carmen, al volver del cole, vio en la bolsa de basura de una casa una piña y decidió llevármela de regalo para la chimenea. Es la primera vez que me trae un regalo. Leonor me lo contó por teléfono y la ilusión con que Carmen me esperaba para enseñarme su/mi piña. Cuando llegué ya se habían dormido todos (¡gracias a Dios!). Esta mañana, por suerte, sí he podido  agradecérselo a Carmen como merece. Una flor o un dibujo me habrían gustado, desde luego, pero menos, porque las piñas para la chimenea me apasionan como nada y ella se ha dado cuenta. Cuando la encendamos, la piña al rojo vivo será una flor intocable y luminosa, nimbada por un círculo de fuego, como la rosa de Dante.

Esa anulación del espacio me ha recordado a la que sentí físicamente hace unos años. El jovencísimo sacerdote celebraba una de sus últimas misas en España. Marchaba a Japón. Yo estaba muy impresionado por su viaje. Pero cuando alzó la Hostia consagrada supe que no se iría lejos, que siempre estaría agarrado al centro del universo, a cuatro pasos de mí, que no había distancias.