martes, 30 de abril de 2013

Resonancias


El sábado me hicieron una resonancia magnética [por algo sin importancia, eh]. ¿Habéis pasado por el trance? Impresiona. Yo llevaba dos polos alternos en la cabeza: un compañero de IES había sido incapaz de hacérsela, incapaz, y mi hermano Nicolás, en cambio, se había echado una siesta, a pesar del ruido, que era la primera vez que lo veía, le juró el técnico. Yo ni una cosa ni otra, sino casi ambas. Impresionante intensidad de media hora. No conté las veces que pasó por mi cabeza la palabra "nicho", la palabra "claustrofobia", la palabra "corte eléctrico", el nombre "Ortega Lara"; pero tampoco lo bien que se reza allí, como en una celda estrecha, en un silencio que no es la falta de ruido, sino algo interior; lo que agradecía que Leonor estuviese en la sala de espera, leyendo En lugar seguro; la de gente de la que pude acordarme, porque pasaron o pasan por trances parecidos y peores; el amor tan grande a esta vida y a la otra que sentía allí, tan encerrado. 

Después, todo el fin de semana, me llamó la atención el contraste. Era emocionante observar las cosas cotidianas, que desprendían un misterio brillante, de intensos colores, como si vistas a través de la cámara oscura de Vermeer. 


lunes, 29 de abril de 2013

Chica irlandesa




Sé que podría escribir un poema con esto, pero yo los versos sólo se los escribo a la señora de mis pensamientos.  Durante un verano que pasé en Irlanda, a los 17 años o 18, la familia con la que estaba me llevó a un concurso hípico. Logré zafarme y pasear solo un buen rato por los boxes. (Ahora que lo escribo pienso que ellos quizá pensaron lo mismo y aprovecharon su respiro del estudiante español.) El verde de las pistas era asombroso. El gris de las nubes. La grava blanca de los caminos. En eso, cruzó una amazona de unos 16 años con un pelo castaño, largo, ondulante, perfecto. Como sus breeches y sus botas. Iba andando, pero iba esos dos metros por encima que elevan al caballista a la altura del mito y del símbolo. Pero sus ojos estaban a mi altura. Y me sonrió. Y entonces yo sentí caer sobre mí todo el peso de la torre de Babel y otros. Imposible, con mi inglés alimenticio, iniciar ninguna maniobra de acercamiento. Contraproducente pedir a mi familia irlandesa ningún tipo de intermediación. Nadie podía presentarnos: ni un amigo común en el ancho mundo. Y ya está: por no ver, no vi ni uno de mis posibles futuros renunciados que habría observado Miguel d'Ors. Sólo esa mezcla intensa de belleza e impotencia. 


domingo, 28 de abril de 2013

Vozarrón


Siempre he sufrido sensu contrario el sentimiento de camaradería etílico de los hombres. Nada más llegar al colegio mayor, un nutrido grupo de mayores me sacaron de copas sólo a mí, privilegiado por razones que serían muy largas de detallar. Se trataba de un rito de admisión que consistía en beber como cosacos, cosa que hicieron ellos. A partir de aquella noche, me hicieron la vida medio imposible. Yo tengo un sentimiento de camaradería cafeínico, y ahí puedo resultar imbatible, pero con el alcohol, reverenciando la sacralidad del vino, más allá de la tercera copa tiendo a descartarme o es lo que me pide el cuerpo. Me entretengo en explicaciones para que entendáis lo divertido que está resultando mi catarro de garganta. Todavía no he pisado la feria del Puerto, porque están malos los niños y la madre. Yo, por fortuna, no tengo fiebre, pero los virus me han puesto un vozarrón agüardentoso que tira de espaldas. Todo el mundo deduce de inmediato que es el fruto de varias noches seguidas de juerga en la feria, por la graciosa coincidencia. Y lo que tiene gracia es el respeto, sí, sí, respeto, con el que me tratan. El cajero del supermercado ha llegado a guiñarme. El camarero del café me ha dado una respetuosa palmada en el hombro. Al amigo con el que había quedado para dar una vuelta el sábado por la feria y al que llamaba para borrarme del plan, nada más oírme la voz, me dijo, vibrante: "No me cuentes más, Leonor no te deja venir, ja, ja... No me extraña. Qué tío, ya podías haber avisado que ibas antes…" Esta solidaridad alcohólica de la que estoy excluido por destino y por voluntad, merecería un estudio más detenido. Ahora, gracias a mi garganta impostora, estoy disfrutando sus extraños y extendidos efectos benéficos, ¡y sin resaca!




sábado, 27 de abril de 2013

Falsa pimienta


Novedad: gran nuevo libro de Amalia Bautista, en bellísima edición mayor de Renacimiento y con un título precioso y guasón, que habla, por cierto, del árbol familiar.

Creo que para entender bien el título hay que conocer el árbol. La falsa pimienta parece más bien un falso sauce llorón, de manera que hay un guiño a la tristeza —que está en el libro—, pero diciendo: "Ah, no, no, de eso nada: esto es otra cosa", y sazonándola de picante, a veces también falso, pero sin engañar, porque avisa. 

El libro da con una imagen nueva, lo que habría de encandilar a Borges, que sabía que son muy escasas: la puerta giratoria. Lo ve muy bien Antonio Rivero Taravillo, que nos subraya un encabalgamiento magistral. 

Y el libro me dio un toque de atención muy pertinente. Leí el poema "Invitación al viaje" y me encantó. Luego, el crítico que hay en mí me advertía: "Ojo: no es más que una paráfrasis de lo de Cernuda: 'Si no te conozco, no he vivido; / Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido'". Más tarde, me dije: "Idiota". Tengo que vigilar al crítico de dentro. El poema es estupendo y, sobre todo, te pone el mar y el amor ante tus ojos, y sus peligros y promesas. El poema concreta y cada verso, ¡cada verso!, aporta algo:


INVITACIÓN AL VIAJE 

¿Cuándo iremos al mar, 
tú y yo, juntos y solos?, 
¿cuándo podremos ir al mar?, ¿podremos?, 
¿iremos algún día tú y yo al mar? 
No conozco la arena entre tus dedos, 
ni el olor de la crema protectora en tus hombros, 
no he escuchado contigo el rumor de las olas, 
ni he besado la sal en nuestros labios. 
No sé lo que es quedarse 
a tu lado en silencio mirando el horizonte.  
No he visto el mar contigo.  
No sé lo que es el mar. 

viernes, 26 de abril de 2013

Hijos no tenidos


Del libro de Francisco Alba me han interesado y divertido muchas cosas más, pero no podía dejar de sentirme especialmente interpelado por el poema a la hija no tenida (véase). El tema de la infertilidad es una constante de la literatura, y nada más que con la Biblia podría escribirse un ensayo apasionante. Sin embargo, creo yo que en la literatura contemporánea, sin que nos demos cuenta, entre los sofisticados métodos de evitación del embarazo, el extensivo aborto y los problemas de esterilidad, cada vez más comunes, está adquiriendo quizá más protagonismo. Además del poema de Francisco Alba y el mío, con perdón, está el de Bonilla con su bandeja de plata y el de Antonio Rivero Taravillo que recogió Ángel en su día, y hay otro abortivo, tremendo, de Carlos Pardo, que le oí en una lectura. Hay otro de José Luis Tejada a la hija que nunca tuvo. Y seguro que se podría seguir tirando del hilo. 




jueves, 25 de abril de 2013

Medusa es la amenaza


Cuánto me cuesta ver lo invisible. El centro del terror del Canto IX de la Comedia, que ya quedamos que, con todas las lecturas superpuestas que propone siempre Dante, reflexiona sobre la inspiración, el centro de terror, digo, es lo que no se cuenta. La llegada inminente de la Gorgona. Es una técnica básica del miedo: la inminencia interminable. 

Pueden pasar, pues, dos cosas: la llegada del ángel, que se suplica con temerosa esperanza, la de Medusa, que se presiente con terrorífica certeza. Si el primero representa la posibilidad de seguir el camino y la obra, la segunda, en perfecta correspondencia, la petrificación, que simboliza, como nos recuerda Juan Eduardo Cirlot, la detención en el progreso moral. 

Virgilio, tan racional siempre, le tapa los ojos a Dante, pues sabe que es el miedo a Medusa su arma más poderosa, como lo es el miedo al bloqueo de escritor. La cabeza llena de serpientes nos recuerda esos pensamientos bajos y venenosos y desesperanzados que nos envenenan. 

Tan protagonista del canto como el Ángel es la Gorgona, aunque gracias a Dios no acuda. 


martes, 23 de abril de 2013

Neighbors


Una familia norteamericana —un matrimonio joven y dos hijos rubios— han venido a la casa de al lado, la que todos los veranos alquilaba aquella amistad mía de la infancia.  Quizá les impresionase la alcurnia de sus predecesores, quizá no. Los nuevos tienen muchos amigos y están entusiasmados con el clima, así que hacen mucha vida en el porche. Su porche está a la altura de mi despacho: abro la ventana discretamente y, mientras escribo, voy recibiendo clases de listening. Free. Nada indiscreto, hablan mucho de coches y del capitán tal y del comandante cual, que son buenos tíos. El otro día, la niña lloraba y se quejaba, muy flamenca: "Ay, ay, ay...". En un principio, pensé lo raro que tiene que ser oír llorar a alguien diciendo: "Yo, yo, yo...", por mucho juego psicológico que dé. Luego me di cuenta que ellos pueden decir casi lo mismo: "Qué raro que los niños españoles lloren diciendo: 'Ay, ay, ay...' que significa 'There is, there is, there is...' o 'There, there, there...'"

Y así me entretengo. 


domingo, 21 de abril de 2013

Triple salto


Con frecuencia, lo mejor del blogg son los comentarios. Lean los de ayer, y el trino de Jilguero, lleno de ironía y ternura. (Primer salto.) Aprovecho y remito, para el artículo, a Trampolínk, que tengo abandonado. (Segundo.) Y de allí, pueden saltar al Diario de Cádiz, al que llegarán, si llegan, exhaustos. Lo siento y lo agradezco. 


sábado, 20 de abril de 2013

Cargada de razón


Creo que, en estos siete años de blogg, es la primera entrada que escribo directamente obligado por Leonor. Es una lástima, me ha sugerido ya dos veces, que se pierda esto. Y "esto" es que, cuando Carmen dice alguna cosa sorprendente, yo le pregunto, llevándome las manos a la cabeza: "¡¿Pero cómo lo sabes?!", y Carmen me responde: "Muy bien". 

viernes, 19 de abril de 2013

La varita


Ingenuamente pensaba que si fuese rico podría colmar mis ansias lectoras e investigadoras; pero son un pozo sin fondo, oscurísimo -lo veo claro. Qué lujo imposible sería tener un año o dos para escribir un buen trabajo sobre el tema de la varita, por ejemplo. La lleva el ángel del Canto IX del Infierno. ¿Es la misma que la de las hadas madrinas? Seguramente: ambas hacen realidad lo increíble. ¿Y cuál fue la primera, entonces? ¿Cuándo aparece la primera varita mágica, primer encantamiento ella misma, en la literatura universal? ¿Y el cayado de Moisés, tiene algo que decir en todo esto? ¿Dónde está el encanto encantatorio de las varitas que las lleva, volando, de Dante a las hadas y hasta Harry Potter? ¿Qué tiene que ver el bastón de mando con ellas? ¿Nada? No sé, que el poder también consigue (casi) todo lo que quiere y parece hacer prodigios. Quizá de eso sea de lo único que no hable mi hermano Jaime en la conferencia sobre Felipe III a caballo. La dictará hoy a las 12 en la sala 12 del Museo del Prado, y yo --ay, no tengo una varita mágica ni alfombra voladora ni siquiera escoba-- no podré asistir. 



Despertador y añicos


El timbrazo del despertador ha hecho añicos las delicadas porcelanas inútiles de la noche. 

(Y parece que se ríe.)


jueves, 18 de abril de 2013

Amor y letras


Si tiene prisa, ahórrese la lectura de esta entrada. Su mensaje es: vaya a ver la película de Josh Radnor, Amor y letras. Y deje de leer si le fastidian los spoilers.

Como yo también tengo prisa, voy a ahorrarme las argumentaciones y me voy a quedar con dos o tres imágenes impagables.

Primera, las cartas de papel a mano. Ella, Zibby, las considera muy románticas y quedan en que se escribirán. La película muestra, efectivamente, la belleza de la cosa, pero a la vez --y esto se entiende hacia el final-- su caducidad. Es un símbolo --vuelve a entenderse al final-- de la nostalgia por el pasado/futuro que tiene la chica, con muy buen gusto, por otra parte. Y un flash genial, definitivo: él, Jesse, escribe a mano, porque han quedado en eso, pero copiando lo que previamente ha escrito en el portátil. Se ve un segundo, pero se ve clarísimo.

Segunda, el abrazo, nuevamente hermosísimo, en el teatro vacío. Desde luego, desde luego, es --aunque no lo sabemos aún-- un ensayo. No sólo la gran literatura y la música clásica, también el teatro tiene su papel en la película.


Tercera, el desencanto de los profesores de literatura de universidad, o por lo triste o por lo tremendo. Pero el genio que es Radnor (lo disimula, pero lo es) consigue que no sea una denuncia, sino la constación de un hecho, hecha con agradecimiento auténtico, ternura, comprensión y, sobre todo, sin que manche ni un poco el amor verdadero a los libros.

El amor y las letras salen indemnes, y, además, redimidas.


miércoles, 17 de abril de 2013

Una preocupación real


Entre lítotes, hablo de los problemas enrevesados de la Casa Real. Entre ellos, se me cuela una preocupación más biográfica mía: la de ese humor que vampiriza el prestigio desde el cual se hace. Juan Carlos I ha tirado mucho de él, como digo; pero yo no estoy libre de pecado: las bromas sobre poesía; con los alumnos, jugando a ser el profe simpático; con la religión, o con la autoridad paterna. ¡Qué difícil encontrar el equilibrio entre la gracia justa y el respeto debido a lo importante! 


martes, 16 de abril de 2013

Microrrelatos


El año pasado (y parece que hace un siglo) sentí mucho no ganar el premio de microrrelatos de profesores de mi IES con esta —a mi humilde entender— joya: 
MICROARREBATO 
Besito
Fue un microchasco. Este año he tenido, en cambio, una microsorpresa, pues, micronarrador microdesinflado, presenté más bien un aforismo sacado al vuelo de mi colección de chinchetas… y he ganado ex aequo con Teresa, de Administración, el muy preciado premio. El mío era: 
"¡Te voy a dar!", amenaza al fin la madre, exasperada, a la niña revoltosa; y hasta en esa frase última, que quiere sonar terrible y contundente, deja clara su voluntad constante de generosidad y entrega.

lunes, 15 de abril de 2013

Un detalle


Paseábamos por Cádiz-Cádiz. Leonor llevaba a Enriquito de la mano y yo, detrás, a Carmen. En dos o tres ocasiones, algunos viandantes rompían en exclamaciones a lo mono que era Enriquito, o lo gracioso, o lo chulito, o lo elegante. Él, como si nada. Pero tras unos piropos especialmente ruidosos, Carmen se soltó de mi mano y me dijo: "Quiero ir con mamá".

Se dio cuenta ella alrededor de quién florecían los piropos.


domingo, 14 de abril de 2013

Twitter y aforismos


Vine corriendo al ordenador a colgar un aforismo de Millôr Fernandes que me pareció especialmente brillante: "Con una docena de comunistas se hacen diez buenos socialistas y aún sobra material para dos tremendos reaccionarios". Pero me paré a tiempo. Vi claro que Twitter no termina de ser el campo abonado de aforismos que promete porque está demasiado pegado a la actualidad. El aforismo auténtico requiera un leve vacío temporal a su alrededor. Las cuentas dedicadas a un autor, como la de Nicolás Gómez Dávila, crean ese vacío por sí mismas, y entonces sí vale. Pero en las cuentas personales, no hay espacio, me parece, o no mucho. Ayer tocaba hablar del escrache o así



sábado, 13 de abril de 2013

Celos exquisitos


Metido de lleno en Swann & cía. pienso en los celos. Hay una entrada que llevo años queriendo escribir, y siempre se me resiste, sobre los de Leonor, que son pocos y finísimos. No es de extrañar, porque la fineza le viene de familia. Lo gracioso y a la vez muy adulador es que mi mujer no concibe que me pueda gustar nunca nadie que no sea lo bastante elegante y educada. Lo adulador es que me haga partícipe de su buen gusto. Lo gracioso es la silenciosa diferencia abismal, claro está. La pena es que esta pequeña entrada la va a sacar de tan delicado error.


jueves, 11 de abril de 2013

Algo sobre mi madre


Como el padre de Swann, que recordaba a su mujer continuamente, pero poco cada vez, yo con mi madre. Hace unas semanas, con esa sensación tan triste de llegar, derrengado, a un cuarto solitario de hotel, me entraron unas ganas tremendas, físicas, en la boca del estómago, de llamarla por teléfono. Ya había hablado con Leonor, por supuesto, pero, aunque mi mujer es un encanto, no cabe, con 44 años, dejar traslucir tímidamente la pena de un cuarto de hotel y que ella la entienda y no diga nada, pero me consuele. Con Leonor me toca el papel de curtido hombre de bolos que rueda bien por el mundo. Y ayer leyendo una reseña sobre el último libro de Arcadi Espada, que nombraba tangencialmente a un viejo conocido de la familia, qué ganas de contarle a mi madre todo, todo, todo, a ella que hubiese cogido la ironía y la gracia de la cuestión, y se hubiese desternillado conmigo. 

Otra curiosidad en la que reparo ahora es que siempre echo de menos la oportunidad de contarle cosas. Lo que ella me diría de casi todo —advertencias, consejos, órdenes, enfoques y sugerencias— lo sé bien y lo tengo presente. La conozco como si me hubiera parido. 




martes, 9 de abril de 2013

Thatcher a trechos


Thatcher me cae muy bien, pero a trechos. Ahora con su muerte recopilan sus hitos y sus frases, y en ambos apartados hay muchos que me entusiasman y algunos que me revuelven el estómago. Votó a favor del aborto, dicen extasiados muchos, como si ese fuese el peaje que la libra de ser un dechado de conservadurismo. Un peaje que no había que pagar y que, en todo caso, pagaron otros. 

Y entre sus frases, una que retrata precisamente lo peor del liberalismo:  “Un hombre que pasados los 26 años se encuentra que aún va en autobús puede considerarse un fracasado”. No me digáis que no la entiendo, porque si no me gusta es porque entiendo lo que tiene de metáfora y no de ataque al transporte público. Y lo que tiene de simplicidad y reduccionismo sobre lo que sea el fracaso o el éxito. Y no pensaba hablar de esto, pero viniendo al trabajo he adelantado a un señor mayor, de unos 55 años, o menos, pero muy estropeado, que llevaba sentada sobre la barra de su bicicleta a una señora, que sería la suya. No les da ni para el autobús, como se ve, pero se les veía unidos, determinados, quizá felices, aunque no tonteando, y en la mañana fría desprendían una enorme dignidad. No quiero parecer demagógico, pero era una imagen preciosa, que me hizo recordar lo rácano del autobús y los 26 años. 


Nada monótonos


Gracias a los sueños, nuestras noches no son un descanso fabril en serie. Resultan por lo general un poco burdos, pero lo artesanía y la innovación tienen eso. 

sábado, 6 de abril de 2013

333


Me ha llegado la liquidación de mis libros en Rialp. Aunque ha vendido bastantes más ejemplares, las cifras del Tomás Moro de Shakespeare & cía me han parecido muy pocas. 

Pero no vengo a lamentarme. La liquidación de Un paso atrás me alegró el día de ayer. Ha vendido 333 ejemplares, más dos libros electrónicos. La cifra me parece —amén de preciosa— espectacular. Es un libro del que no he hecho publicidad (autobombo, quiero decir, aquí o en Twt) y que apenas he mandado a amigos, un tanto avergonzado de tanta publicación. Se ha tenido que buscar la vida él solo. Sé que hay libros que venden cientos, miles, millones de ejemplares, pero ése no es mi problema, sino, a menudo, el de los quienes los leen. Yo he tenido 333 lectores, y con menos se defendieron las Termópilas. 

No sé si pasar de Heráclito a Leónidas es un paso adelante o un paso atrás, pero tiene su épica... 

¡Espartanos! 


viernes, 5 de abril de 2013

Agradecidas greñas


No es muy habitual dedicar ensayitos de crítica literaria, pero éste lo vi, peludo y chispeante, definitivo y por fin, por fin, paseando por el Campus de la Universidad de Navarra con Santiago de Navascués —más bien corriendo— a la caza de un taxi, y gracias a su inteligente objeción a la escena VIII, que fue la mía hasta ese mismo instante, pero que al ser suya, pude responder. Va por él. 


[Primavera]


Oh, oh, 
el insomnio, la lluvia 
y la ventana abierta. 

Porcelanas e insomnio


Como esas porcelanas carísimas y horribles que te regalan y agradeces y no sabes dónde poner, así las horas —con lo que a mí me faltan— que me ha traído el insomnio, valiosas e inservibles. 


jueves, 4 de abril de 2013

Dos poetas, dos destinos; pero paralelos


La reseña bicéfala está aquí. Y aquí sólo dar la prueba de que la poesía de Claudio Rodríguez rozó la poesía de la experiencia, como allí se afirma: 

UN SUCESO

Bien est verté que j'ai amé
et ameroie voulentiers...
François Villon

Tal vez, valiendo lo que vale un día, 
sea mejor que el de hoy acabe pronto. 
La novedad de este suceso, de esta 
muchacha, casi niña pero de ojos 
bien sazonados ya y de carne a punto 
de miel, de andar menudo, con su moño 
 castaño claro, su tobillo hendido
tan armoniosamente, con su airoso 
pecho que me deslumbra más que nada
la lengua... Y no hay remedio, y le hablo ronco 
como la gaviota, a flor de labio 
(de mi boca gastada), y me emociono
disimulando ciencia e inocencia 
como quien no distingue un abalorio
de un diamante, y le hablo de detalles
de mi vida, y la voz se me va, y me oigo
y me persigo, muy desconfiado
de mi estudiada habilidad, y pongo
cuidado en el aliento, en la mirada
y en las manos, y casi me perdono
al sentir tan preciosa libertad
cerca de mí. Bien sé que esto no es sólo
tentación. Cómo renuncio a mi deseo
ahora. Me lastimo y me sonrojo
junto a esta muchacha a la que hoy amo,
a la que hoy pierdo, a la que muy pronto
voy a besar muy castamente sin que 
sepa que en ese beso va un sollozo.

Terra ignota


Cuando era universitario y quizá desde antes me creía muy, muy mayor. Tanto, que puedo decir que durante todo este tiempo, hasta ahora, no he estado más que cumpliendo los años previstos y asumidos. Noto, sin embargo, que empiezo a adentrarme en una terra ignota. 

miércoles, 3 de abril de 2013

Las penas con Pan (y más con Apolo) son menos


Estoy con Mario Quintana en su elogio a la pereza, pero también en otras cosas, como en eso de que la alegría acompaña siempre a la escritura. La profunda satisfacción de crear lo cura todo o al menos lo alivia. Sobre las penas de Camoens, que dieron tan espléndidos sonetos, decía que Quintana que, tras el resultado, no serían para tanto, y que cuánto le hubiese gustado comentar el particular con el genio.

Sé que es un ejemplo minúsculo, como el parto de los  montes, pero confieso que mucha de la amargura que me produce Margallo, que es mucha, se me endulzó con esa imagen de mi artículo de los dos ratones cabezones cada uno con su queso en la puerta de cada cámara parlamentaria autonómica. Ji, ji. 



martes, 2 de abril de 2013

Azul regodeado


Por amor a las tardes y al equilibrio habría que hacer el cambio de horas al revés. Cuando el día se acorta, ofrecerle el oxígeno de una hora más. El sistema nuestro es recochineo: si las horas de luz menguan, además, haciendo leña del árbol caído, se le sustrae una hora a la tarde. Y lo de ahora, es regodeo: si los días crecen, se les suma, dándole al que tiene, una hora, encima. Ya sé, ya sé lo de las mañanas, pero qué importaría ir al trabajo de noche, como nuestro ánimo cada comienzo de jornada. Lo importante es cómo se termina. Y ser equitativos y compasivos.

Yo, ya digo, lo haría al revés, pero disfruto de estas horas de azul hondo. También disfrutan, y cuánto, y cómo (volutas voluptuosas), y cuántas, incansables, las golondrinas, que han llegado en masa, de golpe, tanto tiempo después de que llegase la primera. Ayer tarde lo vi claro: las golondrinas son epicúreas. 


lunes, 1 de abril de 2013

Una emoción de ida y vuelta



Me asusté de que mi emoción Frigidaire resultase exagerada e injustificada, hasta que escarbé en mi memoria. Cuando mi madre se puso gravemente enferma por primera vez y nosotros éramos pequeños y mi padre un recién fichado investigador de González Byass, en la bodega le dijeron que podía irse a Madrid todo el tiempo que fuese necesario para el tratamiento de mi madre, sin preocuparse en absoluto por su puesto de trabajo, que esperaría. Mi madre estuvo casi un año en el hospital, sin volver a casa —lo hizo para mi Primera Comunión—, y mi padre la acompañó todo el rato. A nosotros nos criaba una tata, Lola, que lo sacaba todo para adelante.

Se curó mi madre a Dios gracias, y a mi padre le quedó un agradecimiento a la bodega que habría que echar a pelear con el del padre de Sara a Frigidaire. Eso le hacía, además de  desarrollar una actividad incansable, que le costaba las bromas constantes de sus amigos ("¿Es tuya la bodega acaso?" y así), ir pidiendo vinos de la casa por todos los bares y restaurantes del mundo, y levantarnos a veces de la mesa si no los tenían. O incluso saltarse las delicadas normas de urbanidad del Marco de Jerez y pedir Tío Pepe en la presencia de Osbornes, Terrys, Caballeros o Domecqs. Yo lo veía un tanto sobreactuado, porque los González, que eran los dueños, no se ponían tan persistentes ni tan insensibles a las sensibilidades de otros bodegueros, pero le entendía.


Luego, Leonor entró a trabajar en González, y sin decir ni pío ni colgarse ninguna medalla
también ha dado en sentir los colores (los sabores, los olores) como la que más.  Como ella es antigua bodeguera por parte de padre (véase a la derecha) y de madre (véase el enlace), podría haberse notado un tanto los anillos antes de trabajar para la triunfante competencia, pero nada: todo lo contrario. Por tanto, el abrazo de Stephen Covey a la historia de su mujer, vía frigoríficos, me lo da a mí mi mujer en la mía vía soleras y crianzas. La anécdota de Frigidaire me afectaba más de lo que sospeché mientras la leía, más de lo que presentí mientras redactaba el artículo. Sólo mi emoción —que me parecía exagerada, y era justa— dio la voz de alarma.