viernes, 31 de enero de 2014

miércoles, 29 de enero de 2014

Fernando Ortiz, in memoriam


Me acaban de llamar para decirme que ha muerto Fernando Ortiz. Sabía que estaba muy enfermo, pero desde hacía tanto tiempo que pensaba que era un atributo más de su personaje poético y no una terrible realidad. Aunque no sólo me ha impresionado tantísimo por eso, sino porque ayer,  sí, ayer, me mandó un mensaje por Facebook: una manita de ésas.



Quiero pensar que no lo pongo por presumir, aunque presumo de mi amistad con él, claro está. Y a las nuevas tecnologías, para cuando salga el debate, les debo esta emoción profundísima de una última sonrisa de Fernando. 



Citius, altius, fortius


¿Quién me iba a decir a mí que acabaría adoptando un lema tan olímpico?


martes, 28 de enero de 2014

Pinus pinea




Me ha impresionado mucho leer en Cien poemas japoneses que la palabra "matsu" significa "pino" y "añoranza", los dos sentidos que tiene la palabra "pine" en inglés.
 No creo en las casualidades, y además, para mí, que tuve una infancia entre pinos, pasa exactamente lo mismo. ¿Pinus pinea tendrá alguna relación con pena, penita, pena, más allá de la aliteración? Ojalá. 

Y, sin embargo, lo último que me ha dado un pino ha sido una alegría, aunque bien nostálgica. Yo me libré de ser del todo un niño de urbanización gracias a que, colindante con la nuestra, los Romero-Haupold todavía tenían su finca "La Manuela" en pleno apogeo rural. Yo, amigo íntimo de ambos primos, Antonio y de Pedro, fui mucho allí, a jugar entre vacas inmensas, perros y gatos perezosos y puntiagudos gallos de pelea. En la casa central de la finca (cada padre tenía un chalet en cada esquina), estaba la casa grande de la abuela, y allí un pino que los nietos (y yo con ellos) visitábamos con la veneración de un tótem. 

Cuando los Romero-Haupold dieron el pelotazo y vendieron "La Manuela" para nueva urbanización, estaban consolados porque el ayuntamiento había prohibido tirar el pino. Yo lo celebré con ellos, pero cuando lo vi sin casa grande, sin abuela, sin vacas a su sombra ni gallos en sus ramas, encajonado entre adosados, me llevé un chasco. Lo que se dice un desencanto. 

Sin embargo, hace unos días, unos visitantes de Madrid, me hablaron de la impresionante belleza de ese pino solitario, que les había cogido por sorpresa. Y sin saberlo me estaban recuperando mi infancia. Y una nostalgia deliciosa. 

lunes, 27 de enero de 2014

Felicidad de ser Ulises


Le había tenido que cascar a Quique por la tarde. Se empeñó, con una sorprendente capacidad de resistencia, que me enorgullecía, en no meterse en el baño. Luchó como un troyano. Y yo le casqué al final como un Aquiles, zas, ay. Anduvo luego enfadado conmigo. Por la noche se levantó y se vino a mi despacho. Pedía un vaso de agua. Le pedí un abrazo. Me lo dio. Le pregunté: "¿Quién te ha pegado hoy?" Y me contestó firme, fuerte, franco: "Nadie".


Oh, salvado por un "nadie", como Ulises. Y más aún: entendiendo en una revelación repentina la mística del anonadamiento, hasta ahora tan extraña a mí. Ser nadie para que el amor, el perdón, la dulzura ocupen todo el espacio. 



Nadie. 






sábado, 25 de enero de 2014

La falda y la salamanquesa



Me encuentro en Cien poemas japoneses con éste, que, cómo no, me gusta mucho:

Ojalá pudiera estar tan cerca 
de ti como de su cuerpo la 
empapada falda de una recogedora 
de sal. No ceso de pensar en ti. 
                                         Akahito
El poema trae a mi recuerdo, cómo no, la soleá de Tejada: 

Arrímate a mi queré 
como las salamanquesas 
se arriman a la paré. 
La diferencia (dejando aparte la gracia formal, que creo que la traducción de Kenneth Rexroth o la Rexroth al español destroza, porque lo de Akahito era un tanka, y fijénse en lo que ha quedado, con esos encabalgamientos brutales) me hace mucha gracia. El español tiene un deseo más vivo (comparen el imperativo con el ojalá), pero para compensar se permite un chiste y para contrastar pone a un bicho de sangre fría, je. La imagen de la falda, en cambio, es preciosa y explícita y pone la sal que le falta. Dos maneras muy distintas de decir exactamente lo mismo. 

¿A Leonor cuál le gustaría más?


viernes, 24 de enero de 2014

La tercera chimenea


Ha llegado a obsesionarme la tercera chimenea de la casa, la más alta, encima. Es falsa. Las otras sí funcionan y echan humo, como una bandera familiar, ondeante. Con el jaleo de la obra de reforma, tan espantoso, no caí en la cuenta. Y ahora toda la casa la corona una mentira tonta.

Terminantemente me ha prohibido Leonor (y el sentido común) ni pensar en meterme en otra obra para hacerle un hogar a esa chimenea y ponerla en funcionamiento.  Así que he tenido que buscar consolación por la filosofía. He pensado que quizá aniden algunos pájaros en esa chimenea hueca. Sería una solución alada. Por si acaso no se deciden y aunque lo hagan, en nuestro dormitorio, que está justo debajo, he empezado a encender una vela, que vale y tiembla

Y siempre el más alto consuelo: el cielo. Que está sobre la chimenea y es verdad. Así, siempre, símbolo y hecho: sobre nuestras mentiras irremediables, el aire, las nubes, el cielo.

jueves, 23 de enero de 2014

Aunque María a secas no está mal


He leído este libro con una sonrisa constante. Hay cosas que uno sabe de sobra y son de las más dulces de sentir de vez en cuando. Aquí, en Magnificat, Carlos Pujol le tomaba el pelo a la muerte de dos o tres maneras diferentes, aunque fundidas en una, en su poesía clara.

miércoles, 22 de enero de 2014

Elementales


DESDE muy chicos se atisba el carácter de los niños y hasta sus querencias ideológicas. Mi hija, con tres años, tiene unos alarmantes resabios socialdemócratas porque enseguida coge los juguetes de su hermano mientras lo sermonea con una engolada superioridad moral: "Es que hay que compartir, sabes, hay que compartir". Mi hijo, con dos, es un neoliberal y se aferra a lo suyo sin pudor, regodeándose: "Es mío, mío y no es tuyo, ea". Son posturas muy elementales. Confío en que, según vayan creciendo, la cultura y la buena educación les harán evolucionar. Pero como esas tendencias las tienen, quizá mi hija alcance a compartir también lo suyo y se haga una defensora de la Doctrina Social de la Iglesia; y mi hijo acepte la responsabilidad y los deberes inherentes a la propiedad, y se haga conservador.

[Seguir leyendo, ya de política actual...]


martes, 21 de enero de 2014

Logoterapia


Cómo me cura la literatura. El otro día recordaba (aunque era en clase no diré que "explicaba" porque me temo que no me entendieron) lo del Cielo de la boca. En vista del abismo de incomprensión, no me atreví con aquel verso fantástico de Ibáñez Langlois que denuncia a nuestra época freudiana y "su complejo del complejo de Edipo", pero aquí lo tengo, de guardia permanente. 

Lo digo, porque entre Dante y la cábala, a veces me pongo muy pesadito con los números, como he contado alguna vez. Pero me cuenta Kenneth Rexroth en el prólogo de Cien poemas japoneses que ellos y los chinos siempre incluyen más poemas de los anunciados en el título porque trae buena suerte. Me ha encantado. Es una medida muy sabia porque siempre puede haber algún poema que no lo sea o que se le escape al lector. Para llegar al número ideal, si uno no es Dante, lo mejor es pasarse de largo, que ya vendrá la realidad con sus rebajas. 


lunes, 20 de enero de 2014

¡Viva, viva el Chigüi!


Con la bandera romaní (azul y verde y la rueda) en la cubierta, publica su libro de poemas, resumen de una larga vida, Salvador Cortés Núñez, titulado Alma gitana, y firmado: "Yo, el Chigüi, amigo del Perejil". "Chigüi", por cierto, es mote que debe a su estatura juncal. Como es patilargo le llamaban el "Cigüeña". 

Sin abrir el libro, una primera emoción: la autodefinición del Chigüi. Saboreando el famoso haiku de Shiki:
¿Mi biografía? 
—Le gustaba aquel haiku, 
el de los caquis
comentábamos que lo poético era resumirse tanto. Eso mismo hace el Chigüi, si se fijan. Si Shiki se condensa en una experiencia estética, el gitano portuense lo hace en una amistad. A mí, que todavía no sé quién soy (con esa exactitud), me estremecen ambas. 

Luego en el libro había destellos de la musa popular:


En la orilla de la mar 
jugaban dos niñas solas: 
son las niñas de mis ojos 
llorando por ver la aurora.
*** 
 Comprensión antes que amor. 
[…] 
Sólo pido comprensión, 
lo demás viene detrás. 
Detrás de la tarde viene 
la noche con su cantar.
*** 
 En la ribera del Puerto 
un civil que me miraba, 
miréme yo para adentro 
hasta penita me daba. 

               

Y huellas de Federico García Lorca, de tan cercanas, bien graciosas: 


Reinaba en Roma San Pedro 
y en Jerez San Luis Gonzaga. 
[…] 
Ella con su moño alto, 
él con su pompa blanca, 
canta por verse moreno  
sin ser morena su fama, 
soldado grande de César 
teniendo cobriza el habla, 
la cintura bizantina 
y púnica la mirada. 
Diego Medrano Montoya, 
gitano de voz quebrada, 
por la torre de su pelo 
resbala la madrugada 
llena de gallos cantores 
y lunas de rica plata. 
Viene a la Ciudad Eterna 
para que al son de campanas, 
todo la gitana fiesta 
le nombre su patriarca. 
[…] 
Diego Medrano Montoya, 
¿qué quieres para tu casa? 
Que me den para la feria 
mi sombrero de ala ancha, 
mi bastoncillo de junco 
y  mi camisita blanca. 
Una corbata de seda 
y mi chaleco de rayas, 
un clavel rojo de sangre 
y mi medallón de plata. 
[…] 
Tres ruiseñores floridos 
jugaban con la mañana.


Pero lo que más me gustó con diferencia, lo que me ha hecho traer aquí el libro Alma gitana, es este poema titulado "Vanidad"

Yo no quiero monumentos. 
Que griten mi nombre al viento;  
a los puntos cardinales 
que griten con frenesí; 
viva, viva el Chigüi  
amigo del Perejil.

sábado, 18 de enero de 2014

Interior intimo meo et superior summo meo



Sigo admirado por el poético juego de matrioskas de Tim Minchin, y por eso me atrevo a poner sobre las lyrics mis sucias manos. Para completar el juego y cerrar el círculo. Vamos:

Éste es mi Dios, 
más grande que la idea de grandeza.
Yo vivo en Él,
me abarca, haciendo girar el Universo
como un trompo.
Éste es mi Dios y está muy bien,
en Él paso la inmensa mayoría de mi tiempo.
No es perfecto 
porque se ha encaprichado
—con una absoluta falta de sentido común—
de mí.
No es perfecto, ya ven, pero es mío, 
y está bien. 

[Ahora sigue Minchin]





[Ahora acabo yo]

Éste es mi Dios 
                              y vive en mí.
Está dentro de mí, detrás de todo, allá en el fondo
y cierra el círculo,
                                 que es un abrazo
cósmico y un pellizco minúsculo, 
                                                           suyo 
                                                                      y mío.
Éste es mi Dios y vive en mí
adentro y más adentro, siempre adentro,
y pasa ahí la minuciosa mayoría de mi tiempo
—no del suyo, que no tiene
sino eternidad—.
Y no es perfecto 
porque deja que me olvide,
disimula y se esconde.
Y encima es vulnerable:
                                           puedo echarlo.
No es perfecto, por tanto, pero es mío, y está bien.
Sería menos bueno si fuese más perfecto
y está muy bien. 


viernes, 17 de enero de 2014


La entrevista a Joaquín Moreno me ha gustado mucho, como a Fidel Villegas, que me la manda, subrayada en lo que a él respecta. 


Me ha gustado, ya digo, entera, pero me ha emocionado una curiosidad. Siendo Joaquín Moreno un tipo cultísimo, filólogo y doctor y profesor, experto en Antonio Carvajal y con un maestro de la talla de Esteban Torre, y siendo su poesía poco o nada d'orsiana, en la entrevista, al primer poeta que cita es a Miguel d'Ors. Y, casi a renglón seguido, hace una cita de Bill Evans, que es dos de d'Ors, por lo que le gusta citarla al maestro, que la puso de lema de la casa, de mote del escudo en algunos de sus libros y nos la dejó en herencia. 

He visto claro que siempre se vuelve al entusiasmo primero, que la educación secundaria es primordial, que el que golpea primero golpea d'ors veces y que los primeros maestros, más que los primeros amores, son inolvidables. Y ya he dicho que su poesía no es d'orsiana, pero, como dice Jon Juaristi, cuando uno aprende a decir "jersey" en la infancia, ya no le sale "chaleco" ni a la de tres. 






jueves, 16 de enero de 2014

miércoles, 15 de enero de 2014

Parsimonia


A la salida de la conferencia sobre conciliación de la vida matrimonial y profesional, comentaban nuestros amigos, algo indignados, la entrada de la conferenciante, venida de Madrid. "Hay poca gente... Ah, que llegan tarde... Eso es la parsimonia andaluza, claro. En Barcelona, cinco minutos antes de la hora prevista ya están todos con los bolígrafos y los blocs (¿?) preparados". Leonor y yo nos tuvimos que reír, qué remedio, porque habíamos llegado bastante tarde. Se me ocurrió (el amor propio es muy ocurrente, como saben) que la Odisea es la historia de una impuntualidad, pero me callé a tiempo porque me paso de pedante últimamente y porque no se trataba de defender lo indefendible sino de consolar a los puntuales, que también eran andaluces. Comentamos, pues, esa afirmación de que todos los matrimonios cada cinco o seis años pasan una crisis. Y no me reprimí: "Pues ahí llevamos ya más de diez años de retraso". Y eso les deseo a todos, mucho retraso y, al menos en esto, también a los catalanes, por supuesto, y-al-resto-de-España.


martes, 14 de enero de 2014

Regalos


Estoy un tanto reincidente con mi cumpleaños, pero es que el mezzo del cammin se cruza una vez en la vida, compréndanme. 

Por cuestiones de logística, lo celebramos el día anterior, que era domingo. Pensé que desluciría el lunes, pero no, ha sido una segunda fiesta. El primer regalo, las fotos de la tarta, y estaba bien que la celebración de los 45 fuese mínimamente nostálgica (un día), con la mirada vuelta para atrás. 

Por la mañana, solo, en mi cuarto, di gracias por cada vela. Pensé que, con mis vacilaciones, no ha habido un año de vida (sólo días sueltos, algunas horas) que haya estado lejos del Señor, y quise ver en esa tarta un atril de velitas como ésas en las esquinas de las iglesias que encienden los beatos y, entre risas y asombros, los niños. 

Otro regalo del día anterior: ya por la noche, en la madrugadora felicitación electrónica me informaban que san Hilario de Poitiers, santo del día, había sido defensor de la divinidad de Cristo, sin negar ni un poco su humanidad. Aumentó ipso facto mi devoción por el santo y entendí mis inclinaciones naturales. A Eugenio d'Ors le habría divertido esa sombra tutelar. 

Otra felicitación e-postal: 
Yo te deseo un requetequete feliz cumpleaños y mis mejores deseos para todos los frentes de tu vida: el familiar, el laboral, el religioso, el literario y, quizás el más importante, el del santo ocio que se mantiene siempre abierto a la vida, a los árboles, al mar y al viento.
Qué requetebién lo de los frentes, que retrata mi guerra de guerrillas. 

Y más. Para apoyar financieramente a los Reyes en casa de mi padre, que se pasaron, no de largo, sino por mucho, propuse compensar con mi regalo de cumpleaños. El riesgo era que el truco contable viniese a deslucir mi cumpleaños, pero no pasó. El regalo lo agradecí de nuevo, de verdad, por dentro, casi con renovada sorpresa. Y encima, siendo tecnológico, ahora lo recibía  (de nuevas) sin la agonía de ponerlo a funcionar.

Siguen llegando felicitaciones y cada una es un regalo. Jamás pensé tener tantas como años. 

Me he dado ahora de alta en Facebook, y si se pudiese poner título a esa página sería Mangas verdes, por las buenas horas. Facebook me lo había aconsejado Beades, y a los maestros hay que hacerles caso. Ayer me alegré de ser tan obediente. Qué festivalero resulta Facebook, ¿no?

Una felicitación, en vista de la foto de ayer, me citó unos versos de "La higuera estéril", los de la luz y la túnica de Salomón. A la felicidad de que a uno le recuerden sus propios versos (¡que no es manca!) se unía un detalle mayor. En la raíz de ese poema, amén de otras esterilidades, estaban nuestros largos años de matrimonio sin hijos, y en la foto que se lo recordaba a mi joven amigo, yo estaba con mis hijos, bajo la misma túnica. ¡Ah, comprenderán que reincida! 



Llego a mi departamento. Me pongo a leer. Y lo primero que me topo, esto de George Herbert. No dirán que no, ¿verdad?
An now in age I bud again, 
After so many death I live and write; 
I once more smell the dew and rain, 
And relish versing. O my onely light, 
It cannot be 
That I am he 
on whom thy tempests fell all night.

En mi diario discurrir por las Empresas políticas de Saavedra Fajardo, a razón de una al día, me toca la 21, que es un alegato altísimo contra la legalitis, una de mis alergias más acusadas. Haber estudiado Derecho y haber sufrido tanta burocracia quizá me compense, a fin de cuentas, para entender y para disfrutar tanto este puñado de páginas furiosas y radiantes. 

Y llaman a la puerta. Una alumna de hace dos años viene a mi departamento a contarme su embarazo, tras nueve años de matrimonio y grandes deseos. Aunque lo han intentado todo, ay, el embarazo bueno, éste, ha sido natural e inesperado. 

Otra gran felicitación: "¡Feliz y santo cumpleaños, querido amigo! Un fuerte abrazo". Con las prisas y la dislexia y en el móvil, leo "Feliz santo y cumpleaños..." Pero como ando emocionado con lo de san Hilario, me apunto al santo encantado. (Lo malo es que se lo digo a mi felicitante, que quedaría algo desconcertado.)


Miguel d’Ors me felicita con esta postal de una indiscutible corrección política:



En el camino de vuelta a casa repaso todos estos regalos y recuerdo otros. Hace dos años vi una inmensa águila pescadora muy cerca. Y el año pasado un águila perdicera, a dos metros, matando una gran culebra. Dos minutos después de recopilar tan alados y simbólicos recuerdos, una primilla blanquísima, cerniéndose silenciosa, casi a mi altura, en el terraplén de la carretera. 

La comida. En casa de mis padres había leyes férreas, pocas y que se cumplían. Entre ellas, dos que vienen a cuento. Todos comíamos de todo lo que venía a la mesa. Protestar lo empeoraba. Si algo no nos gustaba podíamos, simplemente, no repetir. Y otra regla: el día del cumpleaños  y el del santo, el homenajeado elegía el menú. Hasta ahí bien, pero mi hermano solía pedir huevos escalfados con guisantes, que a mí me daban repelús. Muchos años después me confesó que los pedía porque sabía que a mí no, como una pequeña putadita entre hermanos. Como yo soy el mayor, y en casa también era ley que la culpa de todo era del mayor involucrado, asumo que yo tenía que agobiar a ese hermano mucho para que urdiese tan sutil venganza. Lo he contado varias veces. Bien, pues ayer, Leonor había decidido que comeríamos ¡huevos escalfados con guisantes! Ya me gustan muchísimo y repetí. Se lo agradezco a la educación ancien régime de mis padres y a mi maquiavélico hermanito, pero como esto lo he contado muchísimas veces delante de Leonor, algo me escamó. ¿Tendrá alguna queja tácita  o simplemente oye muy vagamente mis historias? Tras una meticulosa y delicada investigación, llegué a la conclusión que era lo segundo. Se había quedado con la relación cumpleaños-huevos escalfados con guisantes. Yo, que a menudo temo aburrirla con mis reiteraciones, me lo he tomado como un regalo. ¡Puedo repetirme! Es más: he de hacerlo. Eso sí, dejando las cosas un poco más claras a partir de ahora. 


Mis cuñados, por papa Nöel, me regalaron una elegante billetera. Mi cartera estaba muy trabajada y revenida, así que acertaron. Yo la agradecí por todo lo alto y lamenté por lo bajo que no tuviese monedero. Leonor, al quite, me ha regalado por mi cumple un monederito de cuero de esos que son media luna que se abre. Mi abuelo gastaba uno igual. Y me gusta el símbolo de que mi familia política me vea muy de billetes y numerosas tarjetas de crédito, pero que Leo sepa que lo mío —lo nuestro— es la moneda menuda. 




Recogimos a los niños del autobús, como todos los días, lo que no quita para que sea excepcional. 

Carmen me regala un retrato:



Obsérvese mi letra, la E, mi libro, mi café negro y humeante, la sutil curva de la felicidad de mi torso, mi peinado... Jamás saldré tan bien parecido.

Llamadas a lo largo del día que no puedo contestar, pero que vienen sin secretos, por derecho, diciéndolo ya todo, o cantándolo, en su timbre: "cumpleaños feliz, cumpleaños feliz", y con sus luces, que se encienden.

Fui al médico de los huesos, que me duelen como un memento; pero genial, oh. Es lo que digo yo, quiero decir, dice Woody:


Otra felicitación venía con otro poema: 
Como regalo, te copio un poema que leí en la revista Letras Libres del pasado noviembre, que compré en México cuando estuve allí entonces. Pensé al leerlo que podría gustarte y no me he acordado de copiártelo hasta ahora. Es del boliviano Eduardo Mitre.  

Otoñal
 

Otra vez el otoño: pan dorado
 
recién salido del horno 
del verano. 

Por las calles:
 
hojas crocantes al paso: 
delicia de o/irlas quebrando. 

Sopla el viento: ruedan los días:
 
púlpitos disueltos,  
ramas desposeídas. 

Pero el otoño no es trágico,
 
como su nombre lo indica: 
retorna, retoña en otoño. 

Solo pido durar, estar
 
para verlo al año. 

Y al otro.

Llegaron algunas cartas que no me felicitaban, pero con su regalo, a pesar de todo. Un poeta que aprecio mucho me pedía mi dirección postal para mandarme su próximo libro. A él le llegará dentro de unas semanas, pero me lo avisaba, oh, ayer. Un joven chileno me contaba dos cosas maravillosas. Hace unas semanas me dijo que José-Miguel Ibáñez Langlois le había prevenido contra Jorge Luis Borges. Ay, qué choque frontal entre dos de mis gigantes. Pero anoche:
Don José Miguel, se me acercó el otro día para: "disculparse con Borges", con el cual aseguró estar endeudado de por vida. La razón es que si basta un solo verso para que un poeta sea recordado por la eternidad, Borges lo merece por su:  
"I offer you the memory of a yellow rose, seen at sunset years before you were born". 
-¡Tanto el concepto como la métrica, son inigualables!, me decía extasiado, hablando de familias de endecasílabos, alejandrinos y otra serie de palabrejas que escuché con la sonrisa sencilla del ignorante.

Y añadía en su carta mi joven amigo, por si Borges fuera poco: "Ahora, ya más tranquilo, me estoy poniendo al día con tu blogg (lo de Frozen y tus hijos en la playa, les encantó a mis hermanas)". Yo, que he sido de siempre muy, muy de las hermanas, quedé encantado. 

Y me acosté releyendo Retorno a Brideshead y qué emoción al borde del lecho de lord Marchmain. Qué forma de morir. Qué forma de quedarme dormido. 




lunes, 13 de enero de 2014

¡Feliz Año Nuevo!


Observaba Enrique Baltanás que el año nuevo comienza, en realidad, el día de Reyes; y, en general, es cierto, y un símbolo del retraso que acarreamos ya desde el principio. Yo, todavía más. Para mí, el Año Nuevo empieza hoy, dos semanas después. Si no puntual, nos lo deseo a todos muy feliz, y próspero por supuesto. 


sábado, 11 de enero de 2014

Madrid de nuevo


Tenía cinco minutos, así que leí, antes de salir para Madrid, otra serie de aforismos de Vicente Núñez. Eso que me llevé: "La sabiduría, si no es niña, está podrida"; "¿Qué se es si no es desdeñado lo que no se es?"; y "Cuando la gallina sale a proscenio taconea con el pico". 

Salí a proscenio. A la derecha dejaba, entre los edificios, se vislumbraba una aurora incandescente, rosa fuerte o violeta suave, de una luz interior, como de vidriera. Di una curva, camino de la estación de tren, y me la encontré de frente, inmensa, de golpe. Yo todavía no había ganado mi día, pero él ya me había ganado a mí.

Al coche de delante se le habían caído algunas letras y ponía TRÖE, como una ninfa mitológica, a la luz de aurora. 

En el andén los que vamos a Madrid miramos por encima del hombre a los de Cercanías. 

Se encuentran dos compañeras de clase, que vuelven a la Universidad. La más fashion le cuenta: "En mi grupo de amigas hemos hecho resúmenes y en vez de, no sé, 150 páginas que tiene el libro, venga, ea, pues 12 folios". 

Gracias a que el tren viene con retraso, vemos (lo vemos todos, no sé si se fijan los demás o no) como la aurora se va emblanqueciendo sobre el río Guadalete y el caño del molino. 

Leo una estupenda entrevista a Isabel Bono. Me alegra ver que se reconoce la sensibilidad y el talento. Habla con gracia de estar o no estar en "modo poema", pero yo diría que está en "modo Bobin". 

No consigo leer todo lo que tenía planificado. El ALVIA va demasiado rápido y el paisaje magnífico de Sierra Morena lo complica todo. Llego a Madrid. 

Supongo que Velázquez se sonreirá de lo mío. Cuando paso por el Museo del Prado, pienso —siento—: "La casa de Jaime". La sangre es más espesa que el óleo, que es algo que don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez entenderá mejor que nadie. 




En el Paseo del Prado, ramas alicaídas. 








Misa en el Cristo de Medinaceli. El cura tiene una enorme dificultad con las palabras. Hace un esfuerzo físico y psicológico agotador para recitar el canon y se queda en blanco, boqueando cada cuanto. Eso aumenta mi atención y mi devoción: son palabras sagradas e inalcanzables. Cuando consigue decir una frase de un tirón, sonríe como un niño satisfecho, un niño bueno, que ha cumplido. 

Almuerzo con una amiga. Es la encargada de la administración de una revista en la que publico. Me he hecho tantos líos con las facturas, he perpetrado tantos errores contables, retrasos, adelantos, los de Hacienda hicieron un requerimiento muy enfadados por no sé qué probable engaño y era yo que había puesto mal mi NIF, todo eso, que hemos tenido que hablar continuamente hasta terminar quedando hoy. Lo paso muy bien. ¡Qué suerte ser tan desastre!, pienso en el postre. 

En clase me equivoco también, naturalmente. Presento varios haikus para que escojan su favorito y, sobre todo, para discutirlos e ir calentando el sentido crítico y, sobre todo, apreciativo. Un alumno reconoce rápidamente (¡bien por él!) que no entiende uno. Se lo explico. Lo entiende (¡más que bien!). Luego pregunto por otro y lo explica a la perfección (¡bien!) con cierto titubeo al principio y, al ver que está acertando, con más entusiasmo (¡requetebién!). Terminado el análisis, pregunto cuál es el favorito de cada uno, y ese alumno me dice el que nos explicó, pero yo creo (¿por vanidad quizá?) que dice el que le expliqué. Exulto y digo: "Eso pasa: la dificultad vencida produce placer estético, un inesperado deslumbramiento, la aletheia de los griegos". Cuando me doy cuenta de que le gustaba el que nos explicó él, me sonrojo (y ya voy solo, en el tren de vuelta, sin remedio) y lamento la ocasión perdida de haber dicho otra verdad muy grande y quizá más mía: "Enseñar es aprender dos veces", que dijo Voltaire. 

Por cierto, no me había dado cuenta de la cantidad de autores franceses que cito, yo que me creo oh, dear, tan anglófilo. Hasta esta clase en la que vaya si me he percatado. Había una chica francesa, muy atenta. Cada vez que tenía que pronunciar el nombre de un francés, un nudo en la garganta. ¿O era en la lengua?

En Atocha: las tortugas, una hamburguesa enorme y Cereijo, de menos a más en mi regocijo. 

De noche Sierra Morena es una sierra negra. Pero ahora, que podría leer, cansado. 

En Sevilla, transbordo al Cercanías. Muy bien para purgar el esnobismo de la lejana mañana.

En el asiento de al lado al que me corresponde un joven muy gordo, que desborda, como de serie americana. Efecto al que contribuye su gorra de béisbol. Va comiendo un bocadillo más ancho que largo, y era largo, y trae un vaso con tapa con café con leche y una tarrina de helado de chocolate. No le falta ni gloria. Yo me voy a otro asiento, más que nada por caber. Es tarde, vamos cansados y reina el silencio. Tras la cena, el joven saca el teléfono y llama, con una voz muy dulce y aflautada, paradójica. Informa que ya va llegando a casa y pregunta: ¿Y Tano, qué, ha dado positivo en la prueba del Sida?". El respingo silencioso del vagón fue para verlo, pero se impusieron las caras de póker. No le han dado todavía las pruebas, pero está muy tranquilo y confiado. Repasó luego los gatos de la casa: muchos, una que muerde, y uno chiquitito, que se acaban de encontrar y que, al final, se van a quedar. Ese nudo sí que era en la garganta indudablemente. 

Llegué al Puerto, a la estación, a mi coche, a mi urbanización, a casa, a la cocina, a la nevera, al ordenador, al dormitorio de los niños, al mío, al baño, a la cama y a esas alturas del día cada paso era un esfuerzo y una promesa, más cerca, más cerca, más cerca de dormir.