sábado, 18 de enero de 2014

Interior intimo meo et superior summo meo



Sigo admirado por el poético juego de matrioskas de Tim Minchin, y por eso me atrevo a poner sobre las lyrics mis sucias manos. Para completar el juego y cerrar el círculo. Vamos:

Éste es mi Dios, 
más grande que la idea de grandeza.
Yo vivo en Él,
me abarca, haciendo girar el Universo
como un trompo.
Éste es mi Dios y está muy bien,
en Él paso la inmensa mayoría de mi tiempo.
No es perfecto 
porque se ha encaprichado
—con una absoluta falta de sentido común—
de mí.
No es perfecto, ya ven, pero es mío, 
y está bien. 

[Ahora sigue Minchin]





[Ahora acabo yo]

Éste es mi Dios 
                              y vive en mí.
Está dentro de mí, detrás de todo, allá en el fondo
y cierra el círculo,
                                 que es un abrazo
cósmico y un pellizco minúsculo, 
                                                           suyo 
                                                                      y mío.
Éste es mi Dios y vive en mí
adentro y más adentro, siempre adentro,
y pasa ahí la minuciosa mayoría de mi tiempo
—no del suyo, que no tiene
sino eternidad—.
Y no es perfecto 
porque deja que me olvide,
disimula y se esconde.
Y encima es vulnerable:
                                           puedo echarlo.
No es perfecto, por tanto, pero es mío, y está bien.
Sería menos bueno si fuese más perfecto
y está muy bien. 


viernes, 17 de enero de 2014


La entrevista a Joaquín Moreno me ha gustado mucho, como a Fidel Villegas, que me la manda, subrayada en lo que a él respecta. 


Me ha gustado, ya digo, entera, pero me ha emocionado una curiosidad. Siendo Joaquín Moreno un tipo cultísimo, filólogo y doctor y profesor, experto en Antonio Carvajal y con un maestro de la talla de Esteban Torre, y siendo su poesía poco o nada d'orsiana, en la entrevista, al primer poeta que cita es a Miguel d'Ors. Y, casi a renglón seguido, hace una cita de Bill Evans, que es dos de d'Ors, por lo que le gusta citarla al maestro, que la puso de lema de la casa, de mote del escudo en algunos de sus libros y nos la dejó en herencia. 

He visto claro que siempre se vuelve al entusiasmo primero, que la educación secundaria es primordial, que el que golpea primero golpea d'ors veces y que los primeros maestros, más que los primeros amores, son inolvidables. Y ya he dicho que su poesía no es d'orsiana, pero, como dice Jon Juaristi, cuando uno aprende a decir "jersey" en la infancia, ya no le sale "chaleco" ni a la de tres. 






jueves, 16 de enero de 2014

Umm


Había, entre tú y yo,
quizá unos veinte centímetros. 
Había..., pero ya no.  

miércoles, 15 de enero de 2014

Parsimonia


A la salida de la conferencia sobre conciliación de la vida matrimonial y profesional, comentaban nuestros amigos, algo indignados, la entrada de la conferenciante, venida de Madrid. "Hay poca gente... Ah, que llegan tarde... Eso es la parsimonia andaluza, claro. En Barcelona, cinco minutos antes de la hora prevista ya están todos con los bolígrafos y los blocs (¿?) preparados". Leonor y yo nos tuvimos que reír, qué remedio, porque habíamos llegado bastante tarde. Se me ocurrió (el amor propio es muy ocurrente, como saben) que la Odisea es la historia de una impuntualidad, pero me callé a tiempo porque me paso de pedante últimamente y porque no se trataba de defender lo indefendible sino de consolar a los puntuales, que también eran andaluces. Comentamos, pues, esa afirmación de que todos los matrimonios cada cinco o seis años pasan una crisis. Y no me reprimí: "Pues ahí llevamos ya más de diez años de retraso". Y eso les deseo a todos, mucho retraso y, al menos en esto, también a los catalanes, por supuesto, y-al-resto-de-España.


martes, 14 de enero de 2014

Regalos


Estoy un tanto reincidente con mi cumpleaños, pero es que el mezzo del cammin se cruza una vez en la vida, compréndanme. 

Por cuestiones de logística, lo celebramos el día anterior, que era domingo. Pensé que desluciría el lunes, pero no, ha sido una segunda fiesta. El primer regalo, las fotos de la tarta, y estaba bien que la celebración de los 45 fuese mínimamente nostálgica (un día), con la mirada vuelta para atrás. 

Por la mañana, solo, en mi cuarto, di gracias por cada vela. Pensé que, con mis vacilaciones, no ha habido un año de vida (sólo días sueltos, algunas horas) que haya estado lejos del Señor, y quise ver en esa tarta un atril de velitas como ésas en las esquinas de las iglesias que encienden los beatos y, entre risas y asombros, los niños. 

Otro regalo del día anterior: ya por la noche, en la madrugadora felicitación electrónica me informaban que san Hilario de Poitiers, santo del día, había sido defensor de la divinidad de Cristo, sin negar ni un poco su humanidad. Aumentó ipso facto mi devoción por el santo y entendí mis inclinaciones naturales. A Eugenio d'Ors le habría divertido esa sombra tutelar. 

Otra felicitación e-postal: 
Yo te deseo un requetequete feliz cumpleaños y mis mejores deseos para todos los frentes de tu vida: el familiar, el laboral, el religioso, el literario y, quizás el más importante, el del santo ocio que se mantiene siempre abierto a la vida, a los árboles, al mar y al viento.
Qué requetebién lo de los frentes, que retrata mi guerra de guerrillas. 

Y más. Para apoyar financieramente a los Reyes en casa de mi padre, que se pasaron, no de largo, sino por mucho, propuse compensar con mi regalo de cumpleaños. El riesgo era que el truco contable viniese a deslucir mi cumpleaños, pero no pasó. El regalo lo agradecí de nuevo, de verdad, por dentro, casi con renovada sorpresa. Y encima, siendo tecnológico, ahora lo recibía  (de nuevas) sin la agonía de ponerlo a funcionar.

Siguen llegando felicitaciones y cada una es un regalo. Jamás pensé tener tantas como años. 

Me he dado ahora de alta en Facebook, y si se pudiese poner título a esa página sería Mangas verdes, por las buenas horas. Facebook me lo había aconsejado Beades, y a los maestros hay que hacerles caso. Ayer me alegré de ser tan obediente. Qué festivalero resulta Facebook, ¿no?

Una felicitación, en vista de la foto de ayer, me citó unos versos de "La higuera estéril", los de la luz y la túnica de Salomón. A la felicidad de que a uno le recuerden sus propios versos (¡que no es manca!) se unía un detalle mayor. En la raíz de ese poema, amén de otras esterilidades, estaban nuestros largos años de matrimonio sin hijos, y en la foto que se lo recordaba a mi joven amigo, yo estaba con mis hijos, bajo la misma túnica. ¡Ah, comprenderán que reincida! 



Llego a mi departamento. Me pongo a leer. Y lo primero que me topo, esto de George Herbert. No dirán que no, ¿verdad?
An now in age I bud again, 
After so many death I live and write; 
I once more smell the dew and rain, 
And relish versing. O my onely light, 
It cannot be 
That I am he 
on whom thy tempests fell all night.

En mi diario discurrir por las Empresas políticas de Saavedra Fajardo, a razón de una al día, me toca la 21, que es un alegato altísimo contra la legalitis, una de mis alergias más acusadas. Haber estudiado Derecho y haber sufrido tanta burocracia quizá me compense, a fin de cuentas, para entender y para disfrutar tanto este puñado de páginas furiosas y radiantes. 

Y llaman a la puerta. Una alumna de hace dos años viene a mi departamento a contarme su embarazo, tras nueve años de matrimonio y grandes deseos. Aunque lo han intentado todo, ay, el embarazo bueno, éste, ha sido natural e inesperado. 

Otra gran felicitación: "¡Feliz y santo cumpleaños, querido amigo! Un fuerte abrazo". Con las prisas y la dislexia y en el móvil, leo "Feliz santo y cumpleaños..." Pero como ando emocionado con lo de san Hilario, me apunto al santo encantado. (Lo malo es que se lo digo a mi felicitante, que quedaría algo desconcertado.)


Miguel d’Ors me felicita con esta postal de una indiscutible corrección política:



En el camino de vuelta a casa repaso todos estos regalos y recuerdo otros. Hace dos años vi una inmensa águila pescadora muy cerca. Y el año pasado un águila perdicera, a dos metros, matando una gran culebra. Dos minutos después de recopilar tan alados y simbólicos recuerdos, una primilla blanquísima, cerniéndose silenciosa, casi a mi altura, en el terraplén de la carretera. 

La comida. En casa de mis padres había leyes férreas, pocas y que se cumplían. Entre ellas, dos que vienen a cuento. Todos comíamos de todo lo que venía a la mesa. Protestar lo empeoraba. Si algo no nos gustaba podíamos, simplemente, no repetir. Y otra regla: el día del cumpleaños  y el del santo, el homenajeado elegía el menú. Hasta ahí bien, pero mi hermano solía pedir huevos escalfados con guisantes, que a mí me daban repelús. Muchos años después me confesó que los pedía porque sabía que a mí no, como una pequeña putadita entre hermanos. Como yo soy el mayor, y en casa también era ley que la culpa de todo era del mayor involucrado, asumo que yo tenía que agobiar a ese hermano mucho para que urdiese tan sutil venganza. Lo he contado varias veces. Bien, pues ayer, Leonor había decidido que comeríamos ¡huevos escalfados con guisantes! Ya me gustan muchísimo y repetí. Se lo agradezco a la educación ancien régime de mis padres y a mi maquiavélico hermanito, pero como esto lo he contado muchísimas veces delante de Leonor, algo me escamó. ¿Tendrá alguna queja tácita  o simplemente oye muy vagamente mis historias? Tras una meticulosa y delicada investigación, llegué a la conclusión que era lo segundo. Se había quedado con la relación cumpleaños-huevos escalfados con guisantes. Yo, que a menudo temo aburrirla con mis reiteraciones, me lo he tomado como un regalo. ¡Puedo repetirme! Es más: he de hacerlo. Eso sí, dejando las cosas un poco más claras a partir de ahora. 


Mis cuñados, por papa Nöel, me regalaron una elegante billetera. Mi cartera estaba muy trabajada y revenida, así que acertaron. Yo la agradecí por todo lo alto y lamenté por lo bajo que no tuviese monedero. Leonor, al quite, me ha regalado por mi cumple un monederito de cuero de esos que son media luna que se abre. Mi abuelo gastaba uno igual. Y me gusta el símbolo de que mi familia política me vea muy de billetes y numerosas tarjetas de crédito, pero que Leo sepa que lo mío —lo nuestro— es la moneda menuda. 




Recogimos a los niños del autobús, como todos los días, lo que no quita para que sea excepcional. 

Carmen me regala un retrato:



Obsérvese mi letra, la E, mi libro, mi café negro y humeante, la sutil curva de la felicidad de mi torso, mi peinado... Jamás saldré tan bien parecido.

Llamadas a lo largo del día que no puedo contestar, pero que vienen sin secretos, por derecho, diciéndolo ya todo, o cantándolo, en su timbre: "cumpleaños feliz, cumpleaños feliz", y con sus luces, que se encienden.

Fui al médico de los huesos, que me duelen como un memento; pero genial, oh. Es lo que digo yo, quiero decir, dice Woody:


Otra felicitación venía con otro poema: 
Como regalo, te copio un poema que leí en la revista Letras Libres del pasado noviembre, que compré en México cuando estuve allí entonces. Pensé al leerlo que podría gustarte y no me he acordado de copiártelo hasta ahora. Es del boliviano Eduardo Mitre.  

Otoñal
 

Otra vez el otoño: pan dorado
 
recién salido del horno 
del verano. 

Por las calles:
 
hojas crocantes al paso: 
delicia de o/irlas quebrando. 

Sopla el viento: ruedan los días:
 
púlpitos disueltos,  
ramas desposeídas. 

Pero el otoño no es trágico,
 
como su nombre lo indica: 
retorna, retoña en otoño. 

Solo pido durar, estar
 
para verlo al año. 

Y al otro.

Llegaron algunas cartas que no me felicitaban, pero con su regalo, a pesar de todo. Un poeta que aprecio mucho me pedía mi dirección postal para mandarme su próximo libro. A él le llegará dentro de unas semanas, pero me lo avisaba, oh, ayer. Un joven chileno me contaba dos cosas maravillosas. Hace unas semanas me dijo que José-Miguel Ibáñez Langlois le había prevenido contra Jorge Luis Borges. Ay, qué choque frontal entre dos de mis gigantes. Pero anoche:
Don José Miguel, se me acercó el otro día para: "disculparse con Borges", con el cual aseguró estar endeudado de por vida. La razón es que si basta un solo verso para que un poeta sea recordado por la eternidad, Borges lo merece por su:  
"I offer you the memory of a yellow rose, seen at sunset years before you were born". 
-¡Tanto el concepto como la métrica, son inigualables!, me decía extasiado, hablando de familias de endecasílabos, alejandrinos y otra serie de palabrejas que escuché con la sonrisa sencilla del ignorante.

Y añadía en su carta mi joven amigo, por si Borges fuera poco: "Ahora, ya más tranquilo, me estoy poniendo al día con tu blogg (lo de Frozen y tus hijos en la playa, les encantó a mis hermanas)". Yo, que he sido de siempre muy, muy de las hermanas, quedé encantado. 

Y me acosté releyendo Retorno a Brideshead y qué emoción al borde del lecho de lord Marchmain. Qué forma de morir. Qué forma de quedarme dormido. 




lunes, 13 de enero de 2014

¡Feliz Año Nuevo!


Observaba Enrique Baltanás que el año nuevo comienza, en realidad, el día de Reyes; y, en general, es cierto, y un símbolo del retraso que acarreamos ya desde el principio. Yo, todavía más. Para mí, el Año Nuevo empieza hoy, dos semanas después. Si no puntual, nos lo deseo a todos muy feliz, y próspero por supuesto. 


sábado, 11 de enero de 2014

Madrid de nuevo


Tenía cinco minutos, así que leí, antes de salir para Madrid, otra serie de aforismos de Vicente Núñez. Eso que me llevé: "La sabiduría, si no es niña, está podrida"; "¿Qué se es si no es desdeñado lo que no se es?"; y "Cuando la gallina sale a proscenio taconea con el pico". 

Salí a proscenio. A la derecha dejaba, entre los edificios, se vislumbraba una aurora incandescente, rosa fuerte o violeta suave, de una luz interior, como de vidriera. Di una curva, camino de la estación de tren, y me la encontré de frente, inmensa, de golpe. Yo todavía no había ganado mi día, pero él ya me había ganado a mí.

Al coche de delante se le habían caído algunas letras y ponía TRÖE, como una ninfa mitológica, a la luz de aurora. 

En el andén los que vamos a Madrid miramos por encima del hombre a los de Cercanías. 

Se encuentran dos compañeras de clase, que vuelven a la Universidad. La más fashion le cuenta: "En mi grupo de amigas hemos hecho resúmenes y en vez de, no sé, 150 páginas que tiene el libro, venga, ea, pues 12 folios". 

Gracias a que el tren viene con retraso, vemos (lo vemos todos, no sé si se fijan los demás o no) como la aurora se va emblanqueciendo sobre el río Guadalete y el caño del molino. 

Leo una estupenda entrevista a Isabel Bono. Me alegra ver que se reconoce la sensibilidad y el talento. Habla con gracia de estar o no estar en "modo poema", pero yo diría que está en "modo Bobin". 

No consigo leer todo lo que tenía planificado. El ALVIA va demasiado rápido y el paisaje magnífico de Sierra Morena lo complica todo. Llego a Madrid. 

Supongo que Velázquez se sonreirá de lo mío. Cuando paso por el Museo del Prado, pienso —siento—: "La casa de Jaime". La sangre es más espesa que el óleo, que es algo que don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez entenderá mejor que nadie. 




En el Paseo del Prado, ramas alicaídas. 








Misa en el Cristo de Medinaceli. El cura tiene una enorme dificultad con las palabras. Hace un esfuerzo físico y psicológico agotador para recitar el canon y se queda en blanco, boqueando cada cuanto. Eso aumenta mi atención y mi devoción: son palabras sagradas e inalcanzables. Cuando consigue decir una frase de un tirón, sonríe como un niño satisfecho, un niño bueno, que ha cumplido. 

Almuerzo con una amiga. Es la encargada de la administración de una revista en la que publico. Me he hecho tantos líos con las facturas, he perpetrado tantos errores contables, retrasos, adelantos, los de Hacienda hicieron un requerimiento muy enfadados por no sé qué probable engaño y era yo que había puesto mal mi NIF, todo eso, que hemos tenido que hablar continuamente hasta terminar quedando hoy. Lo paso muy bien. ¡Qué suerte ser tan desastre!, pienso en el postre. 

En clase me equivoco también, naturalmente. Presento varios haikus para que escojan su favorito y, sobre todo, para discutirlos e ir calentando el sentido crítico y, sobre todo, apreciativo. Un alumno reconoce rápidamente (¡bien por él!) que no entiende uno. Se lo explico. Lo entiende (¡más que bien!). Luego pregunto por otro y lo explica a la perfección (¡bien!) con cierto titubeo al principio y, al ver que está acertando, con más entusiasmo (¡requetebién!). Terminado el análisis, pregunto cuál es el favorito de cada uno, y ese alumno me dice el que nos explicó, pero yo creo (¿por vanidad quizá?) que dice el que le expliqué. Exulto y digo: "Eso pasa: la dificultad vencida produce placer estético, un inesperado deslumbramiento, la aletheia de los griegos". Cuando me doy cuenta de que le gustaba el que nos explicó él, me sonrojo (y ya voy solo, en el tren de vuelta, sin remedio) y lamento la ocasión perdida de haber dicho otra verdad muy grande y quizá más mía: "Enseñar es aprender dos veces", que dijo Voltaire. 

Por cierto, no me había dado cuenta de la cantidad de autores franceses que cito, yo que me creo oh, dear, tan anglófilo. Hasta esta clase en la que vaya si me he percatado. Había una chica francesa, muy atenta. Cada vez que tenía que pronunciar el nombre de un francés, un nudo en la garganta. ¿O era en la lengua?

En Atocha: las tortugas, una hamburguesa enorme y Cereijo, de menos a más en mi regocijo. 

De noche Sierra Morena es una sierra negra. Pero ahora, que podría leer, cansado. 

En Sevilla, transbordo al Cercanías. Muy bien para purgar el esnobismo de la lejana mañana.

En el asiento de al lado al que me corresponde un joven muy gordo, que desborda, como de serie americana. Efecto al que contribuye su gorra de béisbol. Va comiendo un bocadillo más ancho que largo, y era largo, y trae un vaso con tapa con café con leche y una tarrina de helado de chocolate. No le falta ni gloria. Yo me voy a otro asiento, más que nada por caber. Es tarde, vamos cansados y reina el silencio. Tras la cena, el joven saca el teléfono y llama, con una voz muy dulce y aflautada, paradójica. Informa que ya va llegando a casa y pregunta: ¿Y Tano, qué, ha dado positivo en la prueba del Sida?". El respingo silencioso del vagón fue para verlo, pero se impusieron las caras de póker. No le han dado todavía las pruebas, pero está muy tranquilo y confiado. Repasó luego los gatos de la casa: muchos, una que muerde, y uno chiquitito, que se acaban de encontrar y que, al final, se van a quedar. Ese nudo sí que era en la garganta indudablemente. 

Llegué al Puerto, a la estación, a mi coche, a mi urbanización, a casa, a la cocina, a la nevera, al ordenador, al dormitorio de los niños, al mío, al baño, a la cama y a esas alturas del día cada paso era un esfuerzo y una promesa, más cerca, más cerca, más cerca de dormir. 





jueves, 9 de enero de 2014

Master of the Revels


Hay algo muy incómodo en criticar, esa parte sustancial —me temo— del trabajo de crítico. Pero he descubierto un método. Cuando uno, antes, en privado, ha tenido la oportunidad de comentar los fallos que buenamente ve y de proponer mejoras al autor, luego ya puede decirlo en público. Se descarta el gesto feo de la puñalada por la espalda, desde luego; y también la posibilidad de sorprender en un descuido o una debilidad al autor, que tampoco es bonito. Si no te hizo caso entonces, se supone que no le va a hacer daño el reparo ahora. 

Así, sí puedo objetar con tranquilidad de conciencia. Véanse los muy leves peros, entre grandes aplausos, a Átomos y galaxias; o aquí, al Historiador que Ignacio García May embutió en su versión del Tomás Moro de Shakespeare y otros. Le propuse (y propongo, ya brindis al sol) que sacase, ya puestos, a escena a Sir Edmund Tilney, Master of the Revels, que bien que puso sus manos sobre el manuscrito. Aquí el fragmento de mi texto de Nueva Revista donde me explico: 


[…] 
La más evidente de las novedades que ha incluido García May es la figura del Historiador, o sea, de un personaje que hace las veces de intermediario entre el público y la obra, y que representa varios papeles sobre el escenario. Aunque este segundo aspecto pueda parecer menor, es un hallazgo, pues no sólo permite economizar el número fastuoso de actores, sino que otorga un chispeante movimiento irónico a la acción. 
Más discutible es el empeño didáctico del Historiador, quizá algo forzado por la vocación pedagógica de la UNIR, cuya Fundación ha producido ejemplarmente el proyecto. Ese afán de adaptación curricular deforma algunos significativos silencios de la obra original. Por ejemplo, el nombre de Enrique VIII no se usa jamás en ella, pero aletea constante sobre el público, omnipresente ausencia inquietante. En cambio, el Historiador saca a relucir al rey con diapositiva y todo. Incluso hace una intervención de anticlimáticos efectos después de uno de los más grandes discursos de Moro. Se trata del monólogo con el que el joven Moro sofoca —haciendo un alarde de poesía, de oratoria, de misericordia y de filosofía política— la revolución del Aciago Primero de Mayo. La explicación del Historiador resulta chocantemente contemporánea y contemporizadora. 
No decimos que García May hubiese tenido que optar por confiar más en la cultura general del respetable, añadiendo apenas unas notas históricas al programa de mano que lo pusieran al día de las complejas circunstancias de la trama. Para la adaptación resulta demasiado eficiente su personaje comodín como para renunciar a él. Otra solución, quizá más arriesgada, pero de un innegable interés metateatral, habría sido dar ese papel al Maestro de Festejos, esto es, a sir Edmund Tilney, con lo que se habría hecho un guiño al manuscrito original, invadido, de hecho, por la mano intrusa de aquel censor, que colocó ya entonces sus indicaciones al margen. ¿Qué más lógico, pues, que ese mismo personaje, coetáneo de Shakespeare y los otros autores, volcase sobre las tablas sus comentarios y glosas, dando una explicación más pormenorizada a las coyunturas históricas y desvelando algunas de las intenciones implícitas? Al fin y al cabo, ése fue estrictamente su trabajo. 
[…].



martes, 7 de enero de 2014

domingo, 5 de enero de 2014

Los Reyes en mi belén




Además del caganer, para otros años ya lo tengo claro: en el belén de casa los Reyes irán siempre sobre un puente: nos puentean. 




sábado, 4 de enero de 2014

Ecos en la biblioteca


Recibo el nuevo Clarín (nº 108), que promete. Ya cumple a la primera: se abre con un "Elogio de las bibliotecas" a cargo de Eduardo Jordá. El elogio está dividido en cinco puntos y a mí me despierta cinco ecos. 

Cuenta Jordá que en su juventud (que fue más o menos la mía) se desdeñaba la lectura, el aprendizaje y la tradición, porque lo que había que hacer era vivir al límite, según decantación de algunas ideas de Nietzsche, del vanguardismo, de la estética beatnick y del rock. Me resulta muy halagador ese punto de vista, que nos excusa un poco y, sobre todo, nos convierte en algo maravilloso: en conversos. 

"No se me ocurre un sonido más hermoso que el rumor que hace una mano cuando va pasando de página". Muy bien, por supuesto. Yo, que leo en la biblioteca de un IES de secundaria, habría apostado por una imagen más beligerante. Es el silencio de las bibliotecas, como el de los templos, la escollera donde van a romper, furiosas y destrozadas,  desesperadas e impotentes, las olas de la tormenta de fuera. 

Gran imagen de Jordá, con un toque Bobin: "Veo al bibliotecario […] rozando los libros con la yema de los dedos como un pianista recién salido del hospital que fuera haciendo escalas por primera vez en mucho tiempo". Más musical Jordá que yo, que siempre he visto mi biblioteca como un gran cuadro abstracto de vivos colores, el único abstracto de mi casa. En ambos casos, la sinestesia. 

Saul Bellow, cuando era pobre y tenía 18 años y vivía en Chicago, se refugió en una biblioteca pública, donde leyó todo lo que quiso, nos cuenta E.J. Yo, que estoy echado a perder por el Derecho, me distraigo con lo difícil que es compaginar el merecido elogio a las gratuitas bibliotecas públicas con tanto rechazo como tienen los mismos elogiadores a la gran biblioteca pública que son los libros descargados de internet.  

"La tarea de mi generación consiste en impedir que el mundo se deshaga", escribió Albert Camus (que un murió un 4 de enero).  Dice Jordá que le parece la mejor definición de la tarea de una biblioteca pública. La tarea de una biblioteca, a mi entender, es impedir que el mundo nos deshaga. 

[Y eso que no hemos abierto los libros, porque ya en las guardas...]






viernes, 3 de enero de 2014

El inmenso columpio


La obra de Miguel d'Ors (Santiago de Compostela, 1946) ya se contaba entre las más intensas, interesantes, auténticas e influyentes del último cuarto del siglo XX. Coincidiendo con el cambio de milenio, inauguró una nueva etapa con un libro de título programático: Hacia otra luz más pura (Renacimiento, Sevilla, 1999), de la que la última entrega es este Átomos y galaxias. Su evolución dibuja espirales de giros cada vez más amplios. Muchos versos se alargan en versículos y se acentúa un prosaísmo en la línea vigorosa de un Víctor Botas. Sin dejar atrás (los círculos, cada vez más abarcadores) ni su dicción transparente y natural ni las formas clásicas ni el uso magistral de los recursos retóricos.

Átomos y galaxias, con sus órbitas nucleares y cósmicas, culmina —por ahora— esa evolución. Los cien poemas del libro remiten a los cien cantos de la Divina Comedia, y simbolizan la totalidad. La intención del conjunto la aclara en el pórtico una gran versión de d’Ors del famoso poema de Hopkins:

Gloria sea dada a Dios por las cosas con pintas,
por los cielos bicolores como una vaca manchada,
por los puntos rosas salpicados en la trucha que nada,
las brasas nuevas de las castañas que caen, las alas del pinzón,
el paisaje parcelado y repartido -redil, barbecho, labranza-
y todos los oficios, sus faenas y aperos y jaeces.

Todas las cosas opuestas, originales, superfluas, raras;
todo lo que es variable, moteado (¿quién sabe cómo?),
con prisa,  lento, dulce, amargo, resplandeciente, oscuro;
lo engendrado por Aquél cuya  belleza está más allá del cambio.

Alabado sea.

Tras esto, los textos se ordenan por orden alfabético según sus títulos, lo que trae a la memoria las Odas elementales de Neruda. Pero el orden alfabético, siendo convencional, nos sugiere que las cosas cantadas podrían ser más y otras. Lo son, de hecho, si contamos con el factor multiplicador de las numerosas enumeraciones caóticas en las que se complace el poeta, que ama y domina ese recurso de raíz borgiana.

Como la diversidad temática, la formal salta a la vista: coplas manriqueñas, sonetos, décimas, romances, versículos, alejandrinos, rimas consonantes, asonantes, interiores, versos blancos, libres, encabalgamientos… Abundan las referencias, los homenajes, los intertextos y los guiños culturales. Además, d'Ors presta su voz a los muchos poetas que traduce o sobre los que escribe variaciones, logrando un efecto coral. Con todo, el tono personal pesa demasiado a veces. En absoluto por los elementos autobiográficos, que tanta fuerza consiguen transmitir, como en "Abubilla", en "Intruso" o en "Lactancia", entre otros. Ni tampoco por insistir en unos temas (los antepasados, su escasa consideración de sí mismo, el montañismo, el astronómico coste de oportunidad de cualquier decisión cotidiana) que son los suyos y que los aficionados le reconocemos tanto. El peso viene de un exceso opinativo —como en la tendencia a terminar con una moraleja— o afán explicativo, que arrincona algo al lector. Véanse las páginas 18, 27, 42, 66, 71, 87 ó 98, que quizá habrían quedado aún mejor sin la última vuelta de tuerca.

Otra variedad más la encontramos en la entidad de los poemas. Titulándose el libro Átomos y galaxias, no puede extrañarnos la complacencia en alternar poemas menores o de circunstancia con los de gran aliento. No hay que confundir este vaivén (sístole y diástole) con diferencias de calidad. Que, sin embargo, hay; pero que no estriban en el tamaño ni en la ambición de cada poema, sino en el protagonismo que adquiere el oficio frente a ese "no sé qué" que el propio d'Ors establece como supremo criterio poético. Compárense el soneto octosílabo "Anticiclón" con su hermano casi siamés “Marzo”. A pesar de las semejanzas, el segundo vuela mucho más alto. Existe, pues, un contraste entre poemas con menos “no sé qué”, (aunque todos esos guarden siempre alguna felicidad, como la guardan "Bolirronchos", "PO-8761-BJ", "Programa" o "Teofanía") y otros, muchos más, que se cuentan entre los mejores de toda la obra de Miguel d'Ors. Entre estos últimos, felicísimos, se encuentran "Bodegón", "Floristería", "Columpio", "Fin", "Intruso", "Laderas", "Miércoles de Ceniza", "Narcisismo", "Orden", "Otoño", "Taller de escritura creativa", "Tojo"… Contraste que no deja de ser, bien mirado, un movimiento orbital más de un libro que no para.

Por ello, Átomos y galaxias gana leído en conjunto, como una gran sinfonía. El poeta culmina su propósito de recogerlo todo (lo pequeño y lo grande, la anécdota y la categoría, lo biográfico —muerte incluida— y lo eterno) en una deslumbrante órbita abarcadora para llevarlo de nuevo al punto de partida, que era —recuerden a Hopkins— una acción de gracias a Dios. En realidad, ni el orden alfabético ni los últimos poemas inducen a pensar que el libro acabe. El poema “Columpio” aúna la nostalgia con la felicidad, lo íntimo con lo cósmico, lo cotidiano con lo trascendente... Para la reseña de un libro circular, que no termina, qué mejor epítome:

Columpiando a Mateo.
                                       Sus padres -vacaciones
en agosto- lo han
                                traído un año más,
y aquí estamos, abuelo
                                     y nieto. Yo le impulso
el columpio. Se acerca
                                      a mí, risa en crescendo,
retrocede, tocando
                                  —paisano momentáneo
de los pájaros— la
                                   bóveda de la tarde,                                                                                                        y regresa a mis manos
                                   con una risa nueva,
y se aleja otra vez,
                                   y... Ya se acaba agosto;
ya pronto, adiós, sus padres
                                               volverán a Pamplona;
yo quedaré en Galicia,
                                         esperando. Esperando
que el inmenso columpio
                                            del año me lo acerque
de nuevo, todo risas,
                                       el próximo verano.      

                                                    4/5-I-11



                                                                                                       [Reseña publicada en la Revista Turia

jueves, 2 de enero de 2014

Playa de mentira


Íbamos al cine con los niños. Compramos las entradas y enseguida entraron en un salón de recreativos estratégicamente situado a la izquierda. E. se montó en una Harley-Davidson amarilla y Carmen en un coche de Batman. Un euro cada. Luego se paseaban queriendo que yo echase más monedas en todos los aparatitos: unas pistolas para matar zombies, cuyas vísceras saltaban por doquier, un desbocado toro mecánico, unos atronadores coches de carreras... Decidí que había que salir de allí inmediatamente, y propuse hacer tiempo paseando por la playa. Carmen preguntó: "¿Pero es la playa de verdad o una de mentira?". De verdad. "Yo quiero una playa de mentira". Me asustó (de veras, no literaturalizo en absoluto) el magnetismo de la ficción, lo confortable que resulta la fantasía y cómo Carmen ya lo había detectado y pedía lo virtual a toda costa. 

Fuimos a la costa, naturalmente. Y hacía un frío estupendo, maravilloso para ir haciéndose el cuerpo a ver Frozen, que es excelente. Corrimos detrás de las gaviotas, que estaban perezosas y no querían levantar el vuelo, nos mojamos con la lluvia menuda [por cierto] e hicimos bolas de nieve, digo, de arena. 

Volviendo al cine, le pregunté a Carmen cuál es la niña más simpática de su clase. Contestóme: "La Miss Simpática es Isabelita". Me volví a horrorizar: "¡Miss simpática!". Aunque ahora que lo escribo, le veo a la contestación un punto de ironía y otro de renuncia a la competencia que quizá estén bien. 

En todo caso hay que vigilar muy atentamente, que la posmodernidad se nos cuela por todas las rendijas de la casa. 


miércoles, 1 de enero de 2014

George Herbert


Uno de mis innumerables propósitos para el 2014 es pasar mis fichas al ordenador. Cojo al azar la primera, y comienzo el año con un puñado de versos de George Herbert:

Lord, mend or rather make us: one creation 
Will not suffice our turn: 
Except Thou make us dayly, we shall spurn 
our own salvation. 

***

After so many deaths I live and write:

***

O what a thing is man! 
[...] 
He is some twentie sev'rall men at least 
Each sev'rall hour. 

***

Yet take thy way, for sure thy way is best.

***

O my onely light!

Sumo un propósito nuevo al año que comienza: releer a los metafísicos ingleses.