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martes, 9 de diciembre de 2008

Poetas, pájaros

Si Garcilaso volviera, Isabel Escudero sería una de sus ninfas. Y si regresara el Marqués de Santillana, pastorcilla sería. Escudero es una de las poetas más encantadoras (y cantadoras) de hoy. Entronca sus breves versos, hechos de aire y gracia, con el cancionero tradicional. Su penúltimo libro, Fiat umbra, lo he recomendado vivamente en una revista de poesía, que es donde toca.

Aquí toca hablar de poetas y de pájaros aprovechando que acaba de publicar Gorrión, migajas..., una antología de sus canciones sobre aves en la pequeña, preciosa colección dedicada a poemas ornitológicos de Pre-Textos. Los hombres en general suelen tener una amistad muy honda con sus perros. Los poetas, al menos los que pertenecen al género humano, también; pero además sienten una especial querencia por los pájaros. Las oscuras golondrinas de Bécquer, el ruiseñor de Keats, la alondra de Shelley, el albatros de Baudelaire, el cóndor de Neruda, el chochín de Chesterton, las urracas de d’Ors, la zumaya de Lorca, el pájaro solitario de san Juan de la Cruz y de Leopardi, el gorrión de Catulo (que lo fue de su amada), etc.

Natural: los pájaros, como los poetas, se andan por las ramas, agitan las plumas, van de vuelo, tienen ojillos febriles y, sobre todo, cantan, cantan. Como Isabel Escudero: “Se escapó el pájaro/ por el roto/ que abrió su canto”. Se escapó, sí, hasta venir a comer migajas, ¡oh!, en nuestras manos.