jueves, 10 de julio de 2008

En seguidilla

En el árbol de casa
sólo un momento
se posa el verderón...,
más no merezco.
Suelta dos trinos
nerviosos y se va
como ha venido.

miércoles, 9 de julio de 2008

La jugada

Como estrategia, la de ZP sería brillante si la política fuese una partida de ajedrez. Lo terrible es que el gambito que propone es de personas.

martes, 8 de julio de 2008

La inspiración

Aquel apotegma de que “la inspiración te pille trabajando” yo creo que quiere decir trabajando en otra cosa, cuanto más rutinaria mejor. Jamás anduve tan inspirado como cuando opositaba entre lentos temas de Derecho del Trabajo y Prevención de Riesgos Laborales. Los márgenes del temario, como los de un riachuelo, florecían en cada meandro con delicados endecasílabos.

Desde que aprobé el asunto y tengo más tiempo para mí, la inspiración me pilla mucho menos. Pudiendo organizarme las tardes a mi gusto, acabo siempre leyendo a otros. Lo describió Carlos Pujol: “Leer es el estímulo, el material y el aprendizaje del escribir, pero acaba por convertirse en su rival”. A veces, me he planteado medio en serio dejarlo todo y ponerme a estudiar oposiciones a Registrador de la Propiedad. No para tratar de entender el marianismo (“centro, mujeres, diálogo, futuro”), sino para propiciar sonetos y décimas espinelas.

Por suerte ahora he encontrado un método menos traumático y que contribuye, de paso, a la felicidad conyugal. Consiste en ir con mi mujer a las rebajas. Delante de los escaparates, recupero aquella antigua mirada mía, perdida en el infinito. Tantos vestidos prácticamente idénticos funcionan como un mantra inspirador. Voy repitiendo —sin mentir ni un ápice— qué bien te queda, qué bien te queda… Y mientras tanto, tengo ideas. Por ejemplo, la de este artículo.

lunes, 7 de julio de 2008

De la pereza como método de trabajo

Así se titula un poemario de Mario Quintana, para el que escribió este prólogo, que o copio aquí con subtítulo mío: Del cortar y pegar como método perezoso del blogger. (A fin de cuentas, me lo agradeceréis más que una sudorosa entrada propia.)


No sé pensar a máquina, esto es, hago mi trabajo creativo primeramente a lápiz. Después, con la barbilla apoyada en la mano izquierda, lo paso todo a máquina con sólo un dedo.
—¿Pero eso no cuesta mucho?—Costar, cuesta, pero dura más… 
No despertemos al lector. Los lectores son, por naturaleza, dormilones. Les gusta leer dormidos. El autor que quiera conservarlos no debe propinarles el mínimo susto. Apenas las eternas frases hechas. “La vida es una carga”, por ejemplo, se puede repetir siempre. Y añadir impunemente: “dice Bias”. Bias no hace mal a nadie, como tampoco los otros seis sabios de Grecia, pues los siete, como ya se quejaba Plutarco hace seis siglos, eran unos auténticos plastas. Esto para él, Plutarco. Pero para el griego común de la época debía ser la delicia y la tabla de salvación de las conversaciones. ¿Pues no es lo mismo el buen hablar y escribir sin esfuerzo? El lugar común es la base de la sociedad, su política, su filosofía, la seguridad de las instituciones. Nadie es tomado en serio con ideas originales. No es la primera vez, por ejemplo, que un figurón cualquiera declara en una entrevista: “Brasil no escapará a su destino histórico”. El éxito de la jugada, a juzgar por la importancia que le da la prensa, es siempre infalible, aunque el lector semidespierto pudiese desconfiar de que eso no pretende decir nada, pues nada escapa a su destino histórico, ya sea un Imperio que se desmorona o una cucaracha espachurrada. 
La pereza es la madre del progreso. Si el hombre no tuviese pereza de caminar, no habría inventado la rueda. No podría viajar por el mundo entero. 
Se cuenta que a finales del siglo pasado, en un remoto país de Oriente, el viaje a la capital desde la frontera duraba nada menos que treinta días, y aún más a los lomos de un camello. Y sucedió que un ingeniero británico que a la sazón vivía allí, en nombre del progreso, se resolvió a remediar la cosa.—En fin, concluyó él, después de una audiencia con el respectivo jeque, o lo que fuese— construyéndose el camino de hierro que el país tanto necesita, el viaje hasta la frontera podrá ser hecho en un solo día. —Mas —objetó el viejo monarca, que le había oído con una paciencia verdaderamente oriental— ¿qué va a hacer la gente en los veintinueve días que sobran?!… 
Lo más consolador de los largos viajes en tren son esos burritos pensativos que vemos al lado de la vía y nos ahorran así el trabajo de pensar…Cierta vez, me obsesioné con un trabajo titulado “Pereza”. Constaba del título y de los bellas columnas en blanco, con mi firma al final. Desgraciadamente, no fue aceptado por el puntilloso coordinador de la página literaria. ¿Han visto desconfianza igual? Censurar una página en blanco es el colmo de la censura. 
En resumen: lo que perjudica mi pereza perjudica mi trabajo. 
COMPENSACIÓN 
Suave pereza que, de ser malvado 
y de otras idioteces, al abrigo me pones… 
Sólo por ti, ¡qué pésimas acciones 
dejé de lado!

viernes, 4 de julio de 2008

Un Alba entre el Play Boy

En mi blog entraron varios fans de Carlos Esteban, a los que yo les alabé el gusto (por Carlos Estaban, no por entrar en mi blog). Otro contertulio, siempre atento, se interesó ante tanto elogio y preguntó dónde podría leer a ese aclamado columnista. Como el contertulio en cuestión es un viejo conocido y un inagotable agnóstico o ateo, que eso no lo sé, le respondí: “Ignacio, Carlos Esteban escribe en Alba, siento decirte. El tipo merece la pena, te digo”. A lo que Ignacio replicó, rápido como el relámpago: “Pues tendré que comprar un Play Boy para esconder dentro el Alba. Uno tiene una imagen”.

Sólo es una anécdota, por supuesto. Una anécdota que tiene su gracia, me parece. Pero sobre todo es una anécdota que se eleva prácticamente sola a categoría, como le gustaba a Eugenio d’Ors, ya que muestra hasta qué punto se han invertido aquí los valores sociales. No hace mucho, puestos a esconder algo, sería un furtivo Play Boy el que se deslizara entre las albas páginas del Alba. Incluso descontando el cum grano salis de Ignacio, resulta indiscutible que de un tiempo a esta parte hay cosas de siempre que da vergüenza hacer (bendecir la mesa en un restaurante, por ejemplo), mientras que las que nuestras abuelas (y madres) hubiesen considerado deshonrosas, la sociedad las aplaude embobada. Véanse las bodas sucesivas y/o los líos varios de los famosos (o de nuestros vecinos, sin ir más lejos). Volviendo al Alba, yo estoy seguro de que ninguno de ustedes lo esconde ni en el Play Boy ni en el Marca, que es el periódico de cabecera de Mariano Rajoy. Pero también me consta que muchos hacen un acto mínimo de heroísmo y afirmación personal al pedirlo en el quiosco. Son los tiempos que corren.

Que son malos, como todos, pero que tienen, también como todos, su lado positivo. En este caso, nos vacunan contra la hipocresía, que no es moco de pavo. Resulta evidente que nadie va a comprar el Alba a estas alturas para quedar bien ante el quiosquero. Tampoco nadie acudirá ahora a los sacramentos para aparentar piedad ni fingirá virtudes de cartón piedra. En eso hemos salido ganando. En cambio, los pobres directivos de Play Boy jamás sabrán cuántos ejemplares vendidos son una simple cobertura, un camuflaje para esconder actividades subversivas, como leer a Carlos Esteban.

jueves, 3 de julio de 2008

María José Rico

No llego a los extremos de José Luis García Martín, al que le irrita que le manden libros, como advierte insistentemente en sus diarios. (Y yo no lo sabía, y dale que te pego con todos mis libros.) A mí en general me hace ilusión, aunque desordenen mi sobredimensionada, estresante, utópica lista de lecturas. Simplemente los pongo a la cola, y por eso tardo tanto en contestar. Y a veces pasa que entre que lo leo, lo releo, lo pienso, lo repienso y me pongo a ello, he perdido el remite. Éste es el caso. Espero que María José Rico se busque de vez en cuando en Google y así se entere de que le agradezco el envío y el libro, de tan hermoso (como borgiano) título: Mi vida que no entiendo. La dedicatoria no se la agradezco tanto, la verdad, que como captatio benevolentiae de una poeta a un poeta, no sé: "Para E. G-M., al que sigo en su columna de opinión del Diario de Sevilla. Un saludo". Tampoco me gustó mucho que disparase sobre mi pájaro heráldico, el gorrión, este endecasílabo: "cubierto de un plumaje nada hermoso". A mí, ese juego de grises, blancos, marrones y negros suavísimos me resulta elegante y lleno de matices. ¿Se habrá fijado bien MJR o estaría solamente concentrada en su correlato objetivo? En cambio, hay varios poemas emocionantes. Dos, muy duros, que no sé si copiar: "El semáforo" y, sobre todo, "En la cuneta". Bueno, copio el primero:
EL SEMÁFORO

Han arrancado el poste del semáforo.

Días más tarde,
un nuevo poste y un ramo de flores,
que el sol se empeña en mantener marchitas.
Pero hay alguien aún más testarudo,
que en su lugar coloca flores frescas.
Más acorde con esta mañana esplendorosa de principios de julio (aunque, en todo caso, en la Operación Salida, conducid con cuidado) es este rumoroso haiku:
En la cocina,
un zumbido de abeja.
Llega el verano.

miércoles, 2 de julio de 2008

En todos los charcos

A mí lo de la educación mixta, la diferenciada y los colegios concertados, debería darme plim. Y sin embargo, me importa. Lo mío, ya lo decía mi abuelo, es meterme en todos los charcos. Y la pena es que se me ha pasado el artículo sin comentar en ninguna esquina que también se defiende la libertad firmando el Manifiesto en Defensa de la Lengua Común.

martes, 1 de julio de 2008

Los aguafiestas

En una sección llamada “En busca de la felicidad” conviene hablar de algo triste, pues la felicidad sólo se busca cuando falta. A mí me la quitan un poco los aguafiestas nacionales, que abundan y que están empleándose a fondo para fastidiarnos la victoria en la Eurocopa. Nos advierten, con gesto severo, que el triunfo no solucionará la crisis económica ni los problemas políticos ni aliviará la calor.

Ya lo sabíamos, gracias, pueden ahorrarse ustedes sus adustas admoniciones. La crisis es grave y el fútbol frívolo, pero no mezclemos las churras con las merinas. Por favor, déjennos a todos los compatriotas compartir por una vez una euforia, aunque sea efervescente y fugaz.

Prefiero la mirada de Rocío Arana, dulcísima poeta y, desde esta Eurocopa, ferviente futbolera. Nos contaba que al acabar el partido, que siguió en un bar atestado y vibrante, un hombre borracho, entre tacos y lagrimones, bendecía con dedos temblorosos a la selección y exclamaba: “¡Que Dios sus bendiga!” Qué extraordinario anacoluto, con más teología dentro de lo que parece. La mejor bendición es que Dios nos haga suyos, desde luego.

Es un gran augurio que Rocío se haya vuelto futbolera, porque la autora de Magia es una sagaz zahorí de la felicidad. Si a ella le interesa el fútbol, seguiremos cosechando éxitos deportivos. Y mientras no hable de economía, como no lo hace, uf, lagarto, lagarto.

sábado, 28 de junio de 2008

De etiqueta

Mi larga adolescencia coincidió con un renacimiento de las puestas de largo y otras fiestas de etiqueta. De ordinario íbamos con los polos por fuera y los vaqueros raídos, pero de vez en cuando tenía su gracia vestirnos como personajes de Evelyn Waugh. No se trataba de un disfraz: de smoking éramos los mismos, aunque algo más galantes con las chicas y más chispeantes en las conversaciones.

No lo recuerdo con nostalgia, que ya habrá tiempo, sino porque viene a cuento. He participado en una reunión de escritores católicos y se ha hablado mucho de etiquetas. Un escritor católico es el que se pasa la vida quitándose la etiqueta de escritor católico, con la excepción (que confirma la regla) de Juan Manuel de Prada, que se la coloca. Tampoco hay que hacerse los mártires, pues las etiquetas están a la orden del día: poetas de la experiencia, de línea clara, epígonos de d’Ors, tranquilos, de derechas, neorrománticos y hasta horacianos, por citar sólo las mías.

Opino que quitarse y/o ponerse etiquetas es perder el tiempo. Ése es un trabajo de los otros. Y muy de agradecer, además. Supone que te leen y que te toman en cuenta. Encima, con buena o mala intención, la etiqueta suele ser un título. O dos: escritor y católico, por ejemplo. Igual que aquellas etiquetas de mi lejana adolescencia, las de ahora tienen su gracia y nos exigen estar a la altura.

viernes, 27 de junio de 2008

Kiko contra Quique

El título de este artículo es un guiño a Miguel Aranguren al que tanto divierte la aliteración de nuestros nombres. Kiko es mi admirado colega Méndez-Monasterio, que se marcó la semana pasada una columna contra los poetas. Y Quique soy yo cuando me llaman los amigos de la infancia. En rigor, Aranguren no es amigo mío de la infancia, pero tuvo el exquisito gusto de casarse con quien sí, y en esto de las nomenclaturas rige el régimen de gananciales.

Que Méndez-Monasterio se ría de nosotros me parece bien. Al fin y al cabo, está dentro de una tradición que va desde Platón hasta el bardo de Asterix. Shakespeare lo expuso con Mercuccio, el principal secundario de Romeo y Julieta. ¿Recuerdan ustedes cuando, herido de muerte, se despide, entre bromas brillantes, de sus amigos? Ése es el destino de muchos poetas: un triple salto mortal del humor desgarrado a la emoción más pura.

Tuvo gracia Kiko ensañándose con nuestra proverbial pobreza. Contaba que iba a tener un encuentro con algunos poetas, y que vigilaría bien su cartera. Me consta que el encuentro ya ha sucedido —yo anduve allí— y habría que preguntarle ahora por su abultada cartera de narrador exitoso. Debe de estar intacta, porque al final, cuando el sector lírico de la reunión fue a tomarse una cerveza (o tres) para refrescarse de tanta narrativa, tuvo que moderarse bastante por falta de liquidez. Menos mal.

Lo que no le perdono a Kiko es que se extrañara de que haya poetas cristianos. Ha herido mi orgullo y mi vanidad. Mi orgullo porque precisamente los poetas, viviendo al borde del misterio, somos refractarios al materialismo. Lo explicaba el brasileño Mario Quintana: “Los poetas son los únicos que no pueden hablar contra los absurdos de la religión. Incluso aquellos que se juzgan materialistas deben sentirse aludidos: la poesía es un síntoma de lo sobrenatural”. Quizá el mayor timbre de gloria de la poesía moderna sea, en palabras del pensador colombiano Gómez Dávila, que “desde Blake, Wordsworth, y el Romanticismo alemán, es una conspiración reaccionaria con­tra la desacralización del mundo”. Pero sobre todo ha herido mi vanidad porque esto ya lo expliqué minuciosamente hace unos meses en Alba. O sea, que Kiko no me lee ni en prosa, el puñetero.

jueves, 26 de junio de 2008

El cuarto poder

Escribo un artículo defendiendo a La Gualda y después me entero de que la selección española va a jugar de amarillo. Pena que artículo y noticia saliesen ayer simultáneamente, porque si no podría hablar del poder de la prensa y hasta creérmelo. Ahora me pregunto si en Cuatro la selección seguirá siendo La Roja o se pasarán, por un partido y sin que sirva de precedente, a La Gualda.

miércoles, 25 de junio de 2008

Sobre gambones

Excepción hecha del Museo del Prado, lo que más emociona cuando llego a Madrid son las cenas que me prepara mi suegra. Mi cuñado asegura que su madre toca una sartén y le da un calambre. Sin embargo, cuando yo llego, ella asume el riesgo de electrocutarse, lo que es muy de agradecer.

Quizá lo único que me una a los socialistas sea la afición al marisco, menos practicada en mi caso, pero grande. Mi suegra lo sabe y no ignora que corren vientos sutiles de centrismo. Para ver si hace carrera de su yerno, el otro día, a pesar de la crisis, me hizo una heroica fuente de gambones al horno. Yo, sin abjurar de mis firmes principios pero enternecido hasta las lágrimas, cogí la ocasión por los pelos y los gambones por los bigotes.

A la mañana siguiente, a pesar de la ducha, las colonias y los obsesivos lavados de manos, seguía percibiendo un ligero olor a marisco a mi alrededor. No extrañaría eso demasiado a ningún madrileño, pues a los que venimos del Puerto de Santa María nos imaginan siempre entre fuentes de bogavantes. Como soy un poco tímido, el efecto lo completaba ruborizándome en las presentaciones, lo que me daba el tono colorado de la gamba cocida.

Hecho un anuncio ambulante de la gastronomía de mi pueblo, me paseé por las redacciones de Madrid. Parece que la socialdemocracia se impone: en todas partes me recibieron con los brazos abiertos.

martes, 24 de junio de 2008

La Biblioteca

Intento escribir este artículo mientras estoy de guardia en la biblioteca del instituto. El ruido es ensordecedor: charlas, risas, unos se levantan, otros se sientan, la puerta apenas para quieta. Los alumnos están de exámenes y la presencia en la biblioteca es voluntaria: o sea, que buenas intenciones (de ésas que empiedran el infierno y enternecen a los profesores) sí tienen.

Pero son incapaces de mantener la vista fija en sus libros más de cinco minutos. El zapping, el surfing por Internet, la I-Pod, los SMS, los chats y los videoclips han creado una atención que derrapa en las curvas. Eso nos afecta a todos y explica en parte el auge actual de la literatura fragmentaria: en narrativa, el microcuento; en poesía, el haiku; en ensayística, las minicolumnas como ésta y los aforismos. Así las cosas, tendríamos que adiestrarnos en una atención estereoscópica que nos permita disfrutar a la vez del Quijote y de las mínimas Obras completas de Monterroso.

Muy cansado de pedir silencio a voz en grito, pregunto a una alumna porqué viene a la biblioteca y no se va a hablar al bar o se queda estudiando en casa sola. “Necesito que me manden callar”, confiesa. Yo le agradezco la sinceridad. Para empezar, algo justifica este esfuerzo mío de pasarme la hora chistando y, para terminar, quizá ella, poco a poco, con ayuda, aprenderá a hacerlo sola, si quiere de veras. “Venga, estudia”, la amonesto.

lunes, 23 de junio de 2008

Google y yo

No pierdo pie con el Príncipe de Asturias. Tampoco con su hermano mayor, el Nobel. He participado como jurado en premios —bastante más plebeyos, por supuesto— y hasta gané alguno en los buenos viejos tiempos. En consecuencia, me cuesta tomármelos en serio. Y cuanto más importantes, peor. Sin embargo, cuando un premio de boato acierta, me alegro. Es el caso de Google, que se ha llevado el Príncipe de Asturias de Comunicación. Hay ahora quien recuerda que, según las bases, el premio tendrían que darlo a personas o instituciones, no a un motor de búsqueda. Da igual: es un premio acertadísimo.

Lo fácil con Google es quedarse en las anécdotas. Que se usa mucho para el cotilleo, por ejemplo. A mí me hace más gracia ver cómo trabaja para la vanidad. Cuando en mi blog nombro a cualquiera, me lee enseguida. Como si lo invocase. Todo el mundo teclea su nombre en Google, y cuenta las entradas que le nombran, y las lee con interés. Conmigo Google no es tan halagador, sin embargo. Busco “García-Máiquez” y la máquina responde con un endecasílabo burlón: “Quizá quiso decir ‘García Márquez’”.

Yo se lo perdono. Lo importante es que ha venido providencialmente para rellenar las lagunas culturales que me había dejado la reforma educativa de Villar Palasí, al que se le ocurrió el BUP. Con la LOGSE nos metemos mucho (y nunca será bastante), pero no está de más recordar que la decadencia educativa comenzó con aquel ministro de Franco. Lo contrarrestaron justo a tiempo para mí y para toda mi generación, Sergey Brin y Larry Page desde California con este motor de búsqueda que permite rastrear la red entera. Los datos que nunca nos enseñaron están ahora a nuestro alcance en cuestión de segundos. Uf, por los pelos...

Alessandro Baricco en su inquietante ensayo Los bárbaros concede a Google un papel central en la configuración de la nueva mentalidad mundial. Con algunos extremos de su libro es fácil discrepar, pero difícilmente se puede exagerar la importancia de Google, y Baricco, aunque lo intenta con todas sus fuerzas, no lo consigue. Sin Google, Internet sería un armatoste inmanejable y nosotros estaríamos mucho peor preparados. Desde aquí yo le otorgo al Premio Príncipe de Asturias el premio de mi aprobación y de mi aplauso. Esta vez ha acertado de pleno.

sábado, 21 de junio de 2008

Cocktail party

Qué serios, qué solos
estamos los vivos,

presentes sucesiones de monólogos.

(Lo peor: me empeño
en contar lo mío.)

viernes, 20 de junio de 2008

Castle

Estaba desbordado por las averías: el pozo sin agua, el ADSL se había ido (¿adónde?), era necesario revisar la electricidad, y todo en el mismo día. Mi mujer también se había ido, la muy ejecutiva, a su empresa, lejos. Llamar a los técnicos es echarle un lazo a un galgo. Y cuando llegan, es echarte la mano a la cartera, toda pulgas. Casi nada tiene remedio. Casi todo es culpa del técnico anterior. Y hay que cambiarlo. Así las cosas, tenía dos posibilidades: o echarme a llorar o recurrir a Chesterton, mi primo de Zumosol.

Preferí a Chesterton. Para él un problema es una aventura mal interpretada, mientras que un problema correctamente enfocado se convierte en una aventura. ¿También los amperios? También. Y como un recuerdo trae otro, estando ya por Inglaterra, me recité la cita: For a man’s house is his castle. ¡Oh mi castillo en ruinas!, pensé; o más exactamente, mi castillo asediado, no por problemas sensatos y ordenaditos, sino por un tropel revoltoso de ellos. Por “un ataque de comanches borrachos”, que diría Miguel d’Ors.

Entonces, de repente, me vi señor de la torre, cercado, sí, de comanches, pero señor al fin y al cabo. ¿Resistiría heroicamente el asedio? ¿Llegaría sano y salvo a la noche, al llamado “reposo del guerrero”? ¿Y podría apoyar mi cabeza (dolorida) en el hombro de la recién regresada y compasiva señora de la fortaleza? ¡Qué emocionante todo!

jueves, 19 de junio de 2008

María José Vela

En el IES de Valdelagrana los alumnos hacen un periódico. Para el periódico me hicieron una entrevista. Y para ilustrar la entrevista la profesora María José Vela ha hecho este cuadro sobre Casa propia:



A mí me gusta muchísimo. Podríamos maliciarnos que es por el principio del batracio ("El sapo a la sapa / la ve guapa") al tratarse de un cuadro sobre mi libro. Pero en mi descargo diré que cuando fui al Instituto hace meses y vi los homenajes de Vela a los poetas del 27 me parecieron mucho mejores que los cartelones oficiales de la Junta de Andalucía... y que la poesía de alguno de los homenajeados.

miércoles, 18 de junio de 2008

Érase una vez

Cuando el chiquitín empezó a gritar que el Emperador estaba desnudo, la gente en general se hacía cruces: “Qué mal educado, cómo chilla”. Insistía: “Va en pelotas, ¿no lo veis?, en pelotas, en pe-lo-tas”. Un notario o registrador de la propiedad se revolvió: “Pero qué novedad, chaval. Claro que va desnudo: a eso aspiramos todos. Es lo más sexy”. El Emperador sonreía ceremoniosamente, arrojando a su paso monedas y subvenciones para jolgorio del pueblo soberano. Cuando acabó el cortejo, el sastre cogió al revoltoso por una oreja y lo denunció por injurias. La jueza naturalmente le condenó: “Ha dicho ‘en pelotas’, huy, en vez de ‘con sutiles transparencias’, que es lo bonito”. La condena: un buen soplamocos. Mientras lo sacaban los alguaciles, avisaba la criaturita: “Llegará el invierno y os resfriaréis todos, todos…”

martes, 17 de junio de 2008

Tal como fue lo cuento

Tengo clases de inglés dos días en semana. Viene la encantadora Patricia Walton, y charlamos una horita en el idioma de Shakespeare (P. W.) y de Toro Sentado (E. G-M.). La conversación no decae jamás porque cuando nos quedamos sin tema, antes de que pase un ángel, yo me lamento de mi pronunciación andaluza y tartamuda, y Patricia me consuela, ponderando lo bien que ella me entiende, mi vocabulario ingente y la extraordinaria fluidez. Así pasamos el tiempo. Otras veces Patricia trae alguna actividad, tipo LOGSE, para hacer la clase más dinámica y participativa. Esta vez se trataba de lo siguiente: ella me pasaba unas cartulinas con un nombre en mayúsculas y varios en minúsculas; yo tenía que conseguir que ella adivinara el nombre en mayúsculas sin recurrir en mi explicación a ninguna de las palabras en minúscula. Era una cosa entretenida. En ésas estábamos cuando aparece en mayúsculas: CONVERSATION. Yo farfullo: “The thing you do with me in these classes”. Ella, arrastrada por la emoción del juego, segura de acertar, exclama : “Flattering!”