martes, 11 de julio de 2006

Sobre la felicidad

Con acierto, en su creciente blogg, Dal contrapone estos dos sonetos:

1964

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Jorge Luis Borges


DEL AMOR, DE LA GUERRA

Sé que seré feliz. Y a quién le importa
el miedo, los escollos de este mundo,
si un instante contigo es más profundo
que todos los océanos. Es corta
la duda y es muy largo el olvido
para cada derrota. Las batallas
son seguras, pues allá donde vayas
contigo chocarás. Dios ha querido
que en esta vida amemos con empeño,
con paciencia y tesón, pues es oscuro
el bosque que amenaza al amor puro.
Que el amor que es más libre tiene dueño,
un amor decidido, amor que canta,
que a fuerza de minucias se levanta.

Jesús Beades


El soneto de Beades es lo que podíamos calificar como una variación respondona. Las variaciones son un género literario, muy consciente, que viene a demostrarnos que la literatura es una conversación con los difuntos o distantes, como avisó Quevedo. Lo de las variaciones respondonas es un subgénero entrañable, de las que Dal también nos ofreció recientemente otro ejemplo de ida y vuelta.

Julio Martínez Mesanza, por su parte, tiene una variación más cercana al mismo poema de Borges, aunque inconfundiblemente suya:

NÍNIVE

No soy feliz, ni lo seré venciendo.
Ya no quiero vencer. Lanzo la flecha,
pero la estéril ansiedad persiste.
Mando romper el nervio de los arcos
y la ansiedad persiste. Ya me hiere
todo rumor y escucho predicciones
sobre eclipses e imperios. El insomnio
me devuelve un pretérito manchado.
La vejez de los dioses es inmensa,
y mil generaciones de los hombres
alcanzan lo que alcanza su agonía.
Los crímenes de un dios jamás prescriben,
se arrastran como siglos por los siglos
ensuciando los ojos de lo eterno.
Todo lo que alcancé ya no me sirve.
No quiero ver a la mujer gozada.
No quiero ver el campo victorioso.
No quiero ver las torres ni los templos.
Ni las palabras dichas ya me sirven:
escapan sin sentido de mi boca.
Todo lo que contemplo se empobrece.
Ningún alivio encuentro en los paisajes
que los hombres aprecian. Ha salido
muchas veces el sol, muchas ha muerto.

Luis Alberto de Cuenca replicó al poema de su amigo, con la alada frivolidad que le caracteriza:

SOBRE UN TEMA DE J. M. M.

No quiero ser feliz. Estoy enfermo
de haberlo sido tanto. Me fastidia
que la gente me quiera y que los dioses
me protejan. Renuncio a ser el centro
de las fiestas y a todos los poderes
que el dinero y la sangre proporcionan.
No quiero verte al lado, en la cabina
de mi coche, dorada y sonriente,
previendo mis deseos más ocultos.
No me divierte ya que mis amigos
celebren la blancura de tus manos.
Detesto las victorias, y los viajes
al más allá, y la daga del ingenio,
y el amor, y el jardín de la alegría.
Quiero la opacidad y la tristeza
que da el dolor, y la desesperanza.
Me está matando tanta dicha junta.

Lo más reseñable es que el poema de Borges, a pesar de su entreguismo y cierta pose, tiene una categoría y una verdad que explica tantas y tan buenas secuelas. Por otra parte, hay una fuerza en el poema original que marca a los demás, incluso en aspectos formales. Por ejemplo en el sabio uso de los encabalgamientos que todos practican; en que los mejores versos de cada poema son el primero; y en la presencia del amor como médula emotiva. También en una economía expresiva que otorga sobriedad ética a los poemas. Y, finalmente, resulta instructivo comprobar que los poemas se recrean cada vez con más insistencia en la voluntad de la infelicidad (con excepción de la heroica protesta de Beades); lo que sirve para subrayar el casi secreto papel protagonista que la delectación en la tristeza tenía en el poema borgiano: "Sólo me queda el goce de estar triste" .

18 comentarios:

Inma dijo...

Qué curiosa antología de variaciones y respuestas poéticas. La selección me gusta mucho,y también el tema escogido.

Pero a ver si a ti Beades te reprende un poco como a mí,por haber puesto su poema, que por lo visto no le gusta. ¡Están locos, estos poetas!*
(*variación de la sentencia del bueno de Obélix, sin ánimo de ofender)

Adaldrida dijo...

Eso, eso, a ver lo que pasa. Yo comprendo que a Beades no le guste, porque ha escrito cosas mucho mejores. Y te agradezco los sorbos de J.M.M. que nos ofreces: son inquietantes y atractivos como un hombre...

E. G-Máiquez dijo...

También yo comprendo que Beades no esté satisfecho con este poema, en parte, porque como dice Rocío Arana, ha escrito cosas mucho más redondas; y en parte, digo yo, porque enfrentarse a Borges en su terreno, nadando contracorriente, es muy complicado. Mesanza y de Cuenca se dejan llevar por ese "goce de estar triste" y así es más fácil. El empeño de Beades es brutal: cantar la felicidad y, como quien no quiere la cosa, corregir al maestro. Aún así el primer verso es de una gracia memorable y el poema es dignísimo.

Inma dijo...

Completamente de acuerdo, Beades tiene poemas mejores. Pero opino que sale bastante airoso en su "variación respondona".

Es arriesgado enfrentarse al maestro, pero estoy segura de que a Borges le hubiera agradado esa pretensión, juvenil y rebelde (pero ¡ojo! no soberbia), de "ser feliz", que tiene un encanto y una frescura poética que el poeta ha ido dejando atrás;

alegre y liviana concepción de la poesía y de la vida a la que -ignoro la razón- casi todos los poetas adultos se niegan a regresar, supongo que para no pecar de ingenuidad, como hago yo, que aún creo que se puede ser feliz...

E. G-Máiquez dijo...

De ingenuidad no se peca, quizá de ingeniosidad, aunque tampoco es materia grave.

Yo también creo que se puede ser feliz, al menos muchas veces y bastante, nunca del todo para que no decaiga el suspense y la posibilidad de un final (más) feliz. Beades estará de acuerdo con nosotros, creo. El problema de su soneto es más bien literario, estilístico.

Y es curioso que muchos nos empeñemos en citarlo, a pesar de las resistencias del poeta, que todos comprendemos. Lo que daría para otra entrada sobre el componente ético de nuestra apreciación literaria. Como dijo el mismo Beades, la constelación blogg es una conversación interminable. Continuará.

Bukowski dijo...

Sincera y personalmente, Enrique, la mejor entrada que he leído en este blogg.

E. G-Máiquez dijo...

Tu generosidad, Eddie, es inmensa. Lo cual viene de maravilla porque el mérito de esta entrada hay que repartirlo con Dal, que inició las comparaciones, con Borges y Beades, con Julio y L.A.C. y con Inma y Llir que comentaron con acierto. Gracias a tu generosidad, algo de tu alabanza llega hasta mí después del repartimiento. Gracias.

Mora-Fandos dijo...

Bastante de acuerdo con toda la apreciación literaria que se ha comentado hasta aquí de los diferentes poemas. Sólo quería señalar que este problema del ser feliz, con la postura de no querer serlo como felicidad, es un círculo vicioso que tiene salida trascendente. La lírica es el instante, y no está mal que un poema recoja estos instantes, tan humanos. Pero tengo cierta prevención a las poéticas del pesimismo y de la delectación de la tristeza cuando son sostenidas firmemente.

Creo que es más humano olvidarse de "ser feliz", hay toda una retórica moderna sobre esto que te inocula una subconsciente ansiedad si te descuidas. Vida buena, sí, aristotélica, pero con dispositivo de apertura, de trascendencia.

Estoy muy cordialmente con lo que dice Beades, aunque como señala Enrique, estilísticamente el poema no haya salido totalmente redondo, pero ¿a quién le sale todo redondo? Aceptar los ups and downs es el mejor camino para no morir buscando "la felicidad".

Inma dijo...

Tal vez esa tendencia de los poetas de expresar el "goce de estar triste",es un recurso literario -porque la tristeza, la nostalgia y la melancolía son más poéticas-, más que el reflejo de una convicción íntima... Algo así como lo de Campoamor:

"Vive con la manía
de maldecir su propia estrella.
Y cual buen pesimista en teoría,
le va en la vida bien y habla mal de ella".

E. G-Máiquez dijo...

A veces es legítima, claro, pero otras, estoy totalmente de acuerdo con la idea de Inma de la tristeza como un recurso retórico. Aunque tal vez sea que les confunde la paronomasia: creen poético lo patético.

Enrique Baltanás dijo...

Me atrevería a decir, tímidamente, que no hay que confundir felicidad con placer. Pero esto ya lo sabéis bien todos. Ahora bien, si es así, ¿no será que la tristeza, como también el dolor, son o pueden ser "momentos" de la felicidad?
Muy atinado el comentario de Mora-Fandos.
Por cierto, Enrique, a ver si nos das pronto tu crónica de Valencia.

Anónimo dijo...

Chesterton, gran optimista, sufrió bastante en vida. En alguna parte se dice que: "DECIDIÓ SER FELIZ"

Es curioso lo que nuestro apesadumbrado Borges escribió de él:

“La obra de Chesterton es vastísima y no encierra una sola página que no ofrezca una felicidad”.

E. G-Máiquez dijo...

Estupendo post koke. Merecería la entrada principal.

Jesús Beades dijo...

nihil obstat

Mora-Fandos dijo...

A Inma y a Enrique G-M: también creo que es un recurso retórico la tristeza, pero toda figura retórica busca un fin, ¿cuál es aquí? Me atrevo a decir que hay algo de victimismo exhibicionista, pero me apresuro a decir que sólo algo, y que es muy comprensible. En últíma instancia el dolor propio es instransferible -aunque sea de algún modo compartible-, y creo que esa situación, tan incontestable y tan asombrosa siempre para la persona, el poeta quiere expresarla y darle salida. El exceso, como todo, es lo que malogra tantas cosas. A mí no me acaban de gustar mucho los poetas excesivamente llorones, pero también ayudan a que el lector encuentre una expresión a sus propios dolores y tristezas.

Me hace pensar lo que dices, Enrique B., intuyo que sí pueden ser felicidad, pero hay que situarlos en algún horizonte que nos permita interpretarlos así, como medios-para. Sólo veo un horizonte trascendente. Y no viene mal que recuerdes que la felicidad no se identifica necesariamente o en todo con el placer.

Anónimo dijo...

Yo resaltaría esa salida trascendente de la felicidad en el último verso de Luis Alberto Cuenca. "me está matando tanta dicha junta". Luis Alberto realiza una enumeración un tanto desalmada de todo aquello que despierta la felicidad, pero todas esas "felicidades" están meramente yuxtapuestas y lo que se necesitaría realmente es encontrar ese hilo conductor de "felicidades" que diera una unión más sólida, más junta y no meramente yuxtapuesta, a todas esas felicidades.

E. G-Máiquez dijo...

El nivel de mi blogg me sorprende. Y os lo agradezco mucho. Enrique Baltanás trae al tapete la posibilidad de que el dolor y la tristeza tengan su punto de felicidad. Es irremediable no acordarse entonces de Paolo y Francesca. Pero, para mi gusto, quien zanja definitivamente esa discusión es san Agustín: "No es bueno sufrir, pero es bueno haber sufrido".

Con Mora-Fandos siempre acabo hablando de retórica y la culpa es sólo nuestra (de Inma y mía), que usamos la palabra en su sentido peyorativo, esto es, cuando se nota. Cierto que la tristeza es un recurso retórico, bueno cuando logra su fin, que es una solidaridad en la desgracia. Y que también la alegría y la celebración pueden ser retórica muy barata. En poesía, como dijo el maestro, lo bueno es bueno cuando es bueno. Hay poemas tristes que producen una extraña catarsis liberadora. Pienso, sin salir de Borges, en aquel soneto que empieza: "He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer: No he sido / feliz."

Y Edu Solá me sorprende con su interpretación (bastante redentora, por cierto) del último verso del poema de LAC. Al fin, parece que Luis Alberto viene a coincidir con los que dicen que el dinero (y lo demás)no da la felicidad. Si uno es tan fino como Edu se pregunta: ¿entonces, qué? Y ahí entra, ¡es verdad!, la trascendencia.

Adaldrida dijo...

Yo creo que la tristeza y la nostalgia son a veces realidad y otras deseo, en el sentido de recurso retórico. No puedo decir mucho tras mi último poema, pero pienso que el camino de la nostalgia es en muchas ocasiones fácil y manido. Estoy de acuerdo con el decidió ser feliz, teoría que practico, y con lo que dice Baltanás.