jueves, 10 de enero de 2008

¿Por qué me desenterraste del mar?

Por la ventanilla del tren, con la cabeza apoyadita en el cristal, no voy viendo un mar de mieses ni luego un mar de olivos, que también, sino un mar de dudas, más que nada. Voy a Madrid, a una espléndida universidad, a disertar, durante tres horas, sobre lo que la poesía es.
Apuesto a que adivinan qué voy dudando, justamente.

10 comentarios:

Rocío Arana dijo...

Buenísimo el principio. Todo es mar, que diría Manuel Estrella...

Marga dijo...

Hola, Enrique:

seguro que les gusta mucho tu ponencia. A Abel y a mí nos encantó tu intervención en el Encuentro de Escritores y tengo constancia de que a los alumnos también. Así que valor y al ruedo!

Un abrazo muy fuerte y todos mis mejores deseos para este 2008.

Marga

Counter-Revolutionary dijo...

Tiene que ser difícil, una disertación de tres horas sobre algo que, en lo esencial, sería un instante efímero de belleza y, en todo su desarrollo, un largo, larguíiiisimo río. En fin, ¡ánimo, Máiquez, epátales con tu oratoria!

E. G-Máiquez dijo...

Lo mío es más el oratorio que la orataria, C-R, pero haré lo que pueda. Con tu permiso, citaré tu comentario del instante efímero de belleza y el larguísimo río histórico. Quedaré bien con eso y, sobre todo, es verdad.

Gracias mil por los ánimos, Marga. Recuerdos a Abel y feliz año a los dos.

Jacinto Molero Merino dijo...

Mucha suerte profesor.Un fuerte abrazo.

Nodisparenalpianista dijo...

Pues a mi me da que es una buena forma de disfrutar del viaje en tren.

Anónima dijo...

Cuando usted habla, tres horas son tres instantes y un instante querríamos que durara horas.

E. G-Máiquez dijo...

¡Cuánta razón tienes NDP; qué poca, amabilísima anónima!

Anónimo dijo...

Yo estuve allí, en esa clase de tres horas donde se habló de poesia y que resultó verdaderamente deliciosa!

Anónimo dijo...

Pues yo sentí no poder asistir, pero recomendé mucho a quien podía que lo hiciese -¡disfruté mucho con la del curso pasado!-. Y además, que visitase este espacio en el que realmente me sorprende a menudo un rompimiento de gloria.

Siempre es un auténtico placer recibirle en esta su casa. Un abrazo. Miriam