domingo, 10 de febrero de 2008

Contra el golf

El golf no me parece mal sino demasiado bien. Me entusiasma hasta niveles enajenantes y tengo que quitarme de él como quien deja de fumar, luchando contra la ansiedad, pero sin parches.
Tampoco lo critico por ecologismo. Dentro de las posibilidades de explotación agrícola, entre los cultivos de regadío, ninguno tan rentable como el césped de las lomas de un club de golf. Y allí se ven corretear todo tipo de alegres animalillos, desde las célebres perdices hasta unas confiadas corzas, dichosas de ver al hermano hombre cargando con una bolsa de inútiles palos y no con una escopeta de cartuchos.

Contra el golf tengo el tiempo que se escurre por sus hoyos. Góngora se lamentó así del amor: “Diez años desperdicié,/ los mejores de mi edad,/ en ser labrador de Amor/ a costa de mi caudal./ como aré y sembré, cogí;/ aré un alterado mar,/ sembré una estéril arena,/ cogí vergüenza y afán./ Déjame en paz, Amor tirano,/ déjame en paz”. Reconozco que resulta mucho más romántica la queja del cordobés que la mía. Pero es que yo los años los desperdicié con el golf: con el amor me fue bien al final, y aquí estoy, felizmente casado con quien incluso me consuela, después de cada campeonato, por mis inexorables subidas de handicap.

Gómez de la Serna lo definió como un juego para ratones que se han vuelto ricos. Hoy también juegan al golf los roedores de clase media; lo que no quita mérito a la greguería de Ramón porque quizá lo más grave de este deporte sea, precisamente, que te vuelve un poco ratón. No es normal pasarse una espléndida mañana de domingo trotando tras una bola como de gruyère para arrastrarla hasta un agujerito. Si durante la partida, uno hablase al menos con sus compañeros de otra cosa que de su swing y del maldito slice, tendría una justificación. ¡Ay, si pudiésemos extasiarnos con el paisaje sin perder la concentración necesaria para el putt!

¿Cuántas energías de nuestra juventud más sana no se están desperdiciando en seguir con atenta mirada el vuelo (cuando vuela) de la bola? Pienso en el arte, en la política, en las horas de lectura y de reflexión y de activismo en las que podrían emplearse con enjundia tantas energías magníficas. Lo malo del golf no es el golf, sino la ingente cantidad de cosas más importantes que por su culpa (mea culpa) desatendemos.

4 comentarios:

Juan Antonio, el.profe dijo...

Supongo que, como todo en esta vida (la lectura, el amor, el ocio, la comida, el verso...) es cuestión de medida. Bien administrado, debe haber tiempo para todo. Cada vez que realizamos una actividad renunciamos a muchas otras, pero sólo momentáneamente. El problema no debe ser jugar al golf, sino vivir sólo para jugar al golf. Sería tan empobrecedor como vivir sólo para comer o para leer, incluso.
Yo procuro tener como norma intentar disfrutar conscientemente de cada actividad que realizo: cuando leo, leo; cuando descanso, descanso; cuando me trabajo, trabajo. Porque si descansas pensando que deberías estar leyendo, lees mientras piensas que deberías estar jugando al golf o juegas al golf pensando que deberías estar descansando, no disfrutas de nada y entonces sí que pierdes el tiempo. Es cuestión de intentar ser consecuentes con las decisiones que tomamos. Lo que pasa es que no siempre es fácil..

anónima dijo...

Mas vale ser golfista que un golfo.

Counter-Revolutionary dijo...

Yo también soy golfista, Máiquez, aunque me temo que eres mucho mejor que yo. Yo no es que tenga el problema de que mi handicap ascienda inexorablemente, es que no puede ascender sin desvanecerse.

Nodisparenalpianista dijo...

A mi siempre me pàreíó algo extraño, no en vano lo practican británico de pantalones a cuadros lo que, querido amigo, muy normal tampoco parece. No siendo la meteorología británica muy generosa con el paseante, pues segía sin entenderlo, pero en fin, a gente que masacra sus viandas hirviéndola scon menta creo que será complicado llegue a entender. Un día de enorme aburrimiento en un hotel de ninguna parte me quedé absorto viendo un torneo de golf. Desde entonces, y aunque nunca más volvía ver una partida de esas, cuento varios pares antes de desenvainar mi acero.