Muchas veces he dicho que, si los escritores católicos ingleses están de moda, es porque ellos ya estuvieron a la contra como nosotros tenemos que estar en la actualidad. Este texto que traduce muy libremente a Hilaire Belloc en Path to Rome lo explica mucho mejor que yo, y lo usaré, a partir de ahora, para explicar el auge hispánico actual de Chesterton & cía.
En aquel silencioso paraje estaba el pueblecillo de Undervelier [Suiza], y yo, dando las gracias al muchacho, me separé de su carro y trabajosamente me dirigí a la posada, donde pregunté a la patrona si podía darme algo de comer. Me contestó que me lo prepararía en una hora, empleando, para definir los alimentos que me daría, palabras que no conseguí dilucidar.
El francés allí se trocaba en un dialecto bárbaro, propio de un lugar que es de los más apartados y recoletos del mundo.
Un puro, en todo caso, es en Undervelier un puro, y el mejor cuesta un penique. Compré uno de estos y salí a fumarlo a la plaza del pueblo. Encontrando un parapeto bajo, me incliné sobre él a mirar el agua [...]
Mientras contemplaba aquel río rompiéndose contra las viejas piedras, y mientras llegaba a la mitad de mi puro, una campana empezó a repicar, y me pareció que todo el pueblo corría hacia la iglesia. Me sorprendió mucho, porque no estaba acostumbrado a la devoción unánime de una localidad entera, y el ver a todos los hombres, mujeres y niños de un lugar considerar el catolicismo como cosa indisputable era nuevo para mí. [At this I was very much surprised, not having been used at any time of my life to the unanimous devotion of an entire population, but having always thought of the Faith as something fighting odds, and having seen unanimity only in places where some sham religion or other glozed over our tragedies and excused our sins. ] Deposité, pues, cuidadosamente mi cigarro bajo una piedra, encima del parapeto, y me uní a los fieles, que iban a vísperas.
Los lugareños cantaban a coro, en un latín con más resabios alemanes que franceses; y era grato oír a mujeres y hombres entonar ese noble saludo a Dios, que empieza: Te, lucis ante terminum...
Mi alma quedó prendida y transfigurada en aquel acto colectivo, y por un momento comprendí claramente lo que es la Iglesia Católica, y recordé lo que había sido Europa, y reflexioné sobre el paso de los siglos. Perdí allí la actitud de dificultad y combate que para nosotros, los ingleses, va siempre asociada a nuestra fe católica. Las ciudades se disiparon en mi imaginación y se apartaron de mí los tráfagos modernos. Salí, en medio de los feligreses, bajo el atardecer fresco y despejado. Encontré mi puro bajo la piedra, lo encendí de nuevo, y entregándome a reflexiones aún más profundas que antes, medité en la índole de la fe.
