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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Campana sobre campana


Hace un tiempo que escribí el artículo para Nuestro Tiempo. Me llega ahora publicado y le descubro que tenía un secreto e inconsciente espíritu navideño. Qué bien.


El artículo del Diario sí tiene intencionadamente un espíritu navideño familiar, aunque trufado de aliento mosaico y tablas de la ley.

Y como no callo la boca ni bajo agua, un tercer campanazo, sobre las campanillas del final de año y el rito de escoger sus personajes principales. 

sábado, 1 de mayo de 2010

Qué paliza

No soy capaz de recordar (ni Google me ayuda) qué escritor famoso recomendó a los padres del mundo que si algún hijo suyo salía con ínfulas de escritor, le diesen una paliza ipso facto. Si después de varias sesiones, el niño persistía, tenía auténtica vocación y, en consecuencia, la cosa era irremediable. Si no persistía, habían salvado al niño… y a los sufridos lectores. No sé qué pensará Maite Mijancos, nuestra experta pedagoga, del sistema. Yo tengo un vivo interés en recordar al autor de esta teoría educativa. Como otras veces, les pido auxilio a ustedes. Si alguien lo sabe, que avise. Este interés no tiene nada que ver —descuiden— con mi próxima paternidad.

Leyendo sobre Miguel Hernández, del que este año se celebra el centenario, he visto que su padre aplicó el método literalmente, y que no le dio ningún resultado o sí, según se mire, porque Cancionero y romancero de ausencias, qué libro. Y como una cosa lleva a la otra, he pensado en los ánimos y apoyos que siempre me dieron mis padres en todo, pero especialmente en lo literario. Me abrieron una cuenta en la Librería Universitaria. (Luego, espantados, me la cerraron, pero por una cuestión puramente financiera, sin afearme el desfalco.) A pesar de que les di motivos, no se quejaron jamás de mis veleidades ni de mis veladas ni de mis noches en vela ni de mis novelerías.

Quizá eso represente una desventaja grande para mí, me he suspirado. Quizá eso lo explique todo. Quizá sea mi pecado original: demasiada empatía. Una buena paliza a tiempo podría haberme convertido en un satisfecho registrador de la propiedad o, en su caso, podría haberme reafirmado y autentificado en esta grafomanía.

Sin embargo, no hay que precipitarse en las nostalgias. La vida misma, a poco que uno le pierda la cara, viene como una madrastra de cuento y me pega una buena paliza un día sí y otro, con mucha suerte, a medias. Si algunos noches consigo llegar—arrastrándome— hasta la mesilla y, a pesar de todo, enciendo la lámpara y leo poesía o, incluso, oh, me enredo con tres versos que no quieren coger aire, será que tengo verdadera vocación, ¿no? Y además un recuerdo extraordinario de mis padres.

sábado, 24 de abril de 2010

A favor de la risa

En Contra el ruido (¡bellísimo título!), Francisco Alba va conversando (naturalmente en voz muy baja) de esto y de aquello, en una silva de varia lección, pero sin dar lecciones, con amenidad y multitud de datos curiosos. Por confluencia generacional o por afinidad electiva, comparto con él intereses, inquietudes, obsesiones y agradecimientos. Por ejemplo, su intenso y doliente homenaje a los inventores de la anestesia, esos benefactores de la humanidad cuyos nombres hemos olvidado injustamente, como bajo los efectos del éter.

Pero, al doblar una esquina, me encuentro con que sugiere que la fe perjudica el buen humor, y pone como botones de muestra a los talibanes y… a los opusianos [sic]. No he podido evitar sentirme aludido, y soltar una ruidosa (huy, lo siento) carcajada. A los talibanes los he tratado poco, por suerte, pero para muchas bromas no están por lo que uno ha visto en los telediarios. En cambio, los opusianos, dentro de la lógica diversidad de caracteres, ¡jo! ¿A cuáles habrá conocido Alba ? ¿O habrá caído en el cada día más corriente tic laico de la equidistancia por el cual, cuando uno habla, muy de vez en cuando, mal de un musulmán, automáticamente, por compensar, tiene que mentar a un católico, y meterlo en el mismo saco?

Una vez fuera del saco, no tengo más que discutir con Francisco Alba, cuyo libro he leído con una sonrisa de aprobación apenas interrumpida por mi estentórea risa opusiana. En ese mismo artículo viene a confesar que “cuanto mayor es la solemnidad mayor el ridículo. Sentir irrefrenables ganas de reír durante una misa, en una jura de bandera o en una lectura de poesía parece un síntoma de salud mental”, y ahí acierta. Yo aún diría más: sin solemnidad de fondo no hay muchas ganas de reírse. El sentido del humor sólo crece saludable a la sombra de lo sagrado. Tendría que explicarse con una sesuda y seria monografía, pero el meollo del asunto es muy sencillo: el humor es la ligereza ante la gravedad. Sin una no hay otro. Hasta el humor del absurdo necesita a la lógica, como contraste y red de seguridad de sus cabriolas. Los bufones tenían su puesto en las cortes de los reyes legítimos, y por eso Shakespeare, que no daba puntada sin hilo, en el reino descoyuntado de Dinamarca, nos mostró lo que quedaba del pobre Yorick: su seca calavera. Y la tristísima melancolía de Hamlet.

miércoles, 14 de abril de 2010

Chestertónico

El gran Benítez Reyes nos ha dejado esta greguería sorprendente y feliz, o sea, esta verdad: "La condición [de intemporales] a veces representa un defecto en el día preciso en que se publica un artículo y a veces una virtud al día siguiente de publicarse". A mí, esto me consuela mucho en el día preciso de publicarlo, aunque al día siguiente me inquiete y desazone.

Parecerá mentira, pero la columna de hoy lleva segundas intenciones, y terceras, cuartas y quintas. Sería divertido retarles a ver si adivinan cuál fue el móvil principal que me movió a perpetrar esto, y cuáles fueron luego intenciones cogidas al vuelo, que las pintan calvas. Pero es miércoles, es temprano, estamos en crisis, y no para jueguecitos literarios, me temo.

Así que lo confesaré del tirón. Aunque he disfrutado con el codazo a d'Ors, con el aplauso a Chesterton, con el pellizco a JM de Prada, con la palmada en la espalda a JM Díez, con la defensa (en estos tiempos tristes en que nos empujan a la vergüenza) de la alegría universal del cristianismo, el móvil verdadero es... unos minutos de publicidad. Concretamente, a la maravillosa repostería tradicional del Convento del Espíritu Santo, sito en la calle Pozos Dulces, además.

domingo, 5 de abril de 2009

La vida en diferido

Hoy sale el artículo que escribí el miércoles y el miércoles saldrá el artículo que he escrito hoy. A las 3.30 salgo de procesión, y, entre unas cosas y otras, tengo que pensar el artículo que escribiré mañana y que publicaré el Domingo de Resurrección. Las razones de todo este jaleo las explicaré pronto, pero, mientras tanto, me sirven para una reflexión generalista: vivimos con un pie en el pasado, otro en el futuro, el cuerpo en el aire y la cabeza en las nubes. El gran ausente es el presente, pobre.

Y para intentar, aunque sea haciendo una ficción, acercarme a mi vida actual, pongo trampolínk al artículo que he escrito ahora, sintiendo (mucho) lo de ahora, según lo de ahora, aunque vaya a salir, como digo, el miércoles, que estaré Dios sabe dónde. [Eso sí, cuando me vaya a las 3 a la procesión, el artículo se autodestruirá, por respeto al Grupo Joly, que me lo paga.]

miércoles, 27 de febrero de 2008

La cultura y la derecha

Inesperadamente, la beligerante PAZ (Plataforma de Apoyo a Zapatero) está sirviendo de algo. Ha propiciado un debate sobre las relaciones entre cultura y derecha, quizá menos decisivo y esclarecedor que el del lunes, pero más trascendente a largo plazo. Hace unos días Carlos Colón lo trajo a estas páginas, y hay que agradecérselo.

Juan Manuel de Prada opina que el artista se inclina a la izquierda porque ésta le ofrece a la vez un cobijo (reconociéndole y apoyándole) y una causa (dándole la ilusión de que lucha contra el poder o los valores establecidos). Lo expresó mucho mejor el astuto Picasso, cuando rogó a Josep Pla: “Dígales a mis amigos de Barcelona que la suerte no me abandona [...] Soy multimillonario y me han hecho del Partido Comunista. No creo que un artista pueda pedir más”.

Dejando a un lado la picaresca, que se explica sola, saltemos a la otra senda española, el quijotismo, que han de transitar los creadores que grosso modo llamaremos de derechas. Resulta sintomático que Prada y Colón los ignoren. Cuando alguien informado como Carlos Colón afirma que “en España la unión de derecha y cultura ha sido tan rara como la de pensamiento y navarro, según la famosa broma de Unamuno”, algo muy grave ocurre, con independencia de que la famosa broma sea de Baroja. Una simple enumeración de los escritores españoles de derechas rebosaría enseguida los límites de este artículo. ¿Cómo los olvidan?

Seguro que ni Colón ni Prada confunden la cultura con la lista de Los 40 principales o con las páginas de las revistas del corazón, en cuyo caso no habría más que hablar, desde luego, y sería la nuestra una cultura muy guay y progresista. Como por suerte tenemos otro nivel y en él hay autores de toda cosmovisión, la clave del debate cultural es preguntarse por los motivos que llevan al ninguneo de los más o menos de derechas.

Junto a la hostilidad sordomuda de los medios de izquierda, no se debe olvidar lo más triste: el desapego de la derecha. Don Álvaro d’Ors lo explicaba al hablarnos de la imponente figura de Eugenio d’Ors, su padre. A esa derecha despegada la retrató el Marqués de Tamarón: “En España no hay conservadores, sino conservaduros”. Aunque hay indicios de cambio, los conservaeuros mantienen un temor instintivo hacia los intelectuales, especialmente hacia los suyos, siempre más comprometedores que comprometidos. Hasta que la derecha no se atreva a reconocer sin melindres a sus pensadores, estará en inferioridad de condiciones frente a un PSOE que flipa con los suyos, esto es, con Serrat y Sabina, como si fuesen, no sé, Beda el Venerable y Ludwig Wittgenstein.
[Recogido en Análisis Digital]

miércoles, 2 de enero de 2008

Novelas de amor

Llevo todas las fiestas leyendo novelas románticas o sobre ellas. Ahora estoy con Emma de Jane Austen, llegando al final, cuando cada oveja encaja con su pareja y los nubarrones se disipan, dejando de su paso un delicioso olor a tierra húmeda y a fértil primavera… Ya saben. Además, estaba traduciendo los Aforismos a destiempo de Logan P. Smith cuando me encontré con esta confesión inesperada: “De todos los temas de las novelas románticas el que yo prefiero es un matrimonio, sin amor en apariencia, entre un héroe y una heroína, almas nobles, que realmente se adoran, pero que son demasiado orgullosos —profundamente orgullosos— para reconocérselo; hasta que de repente, tras años de heladas aunque correctas relaciones, la llama de su mutuo ardor se enciende, y ellos caen al fin (mientras yo me desvanezco de placer) en el paraíso de un abrazo”. Para redondear las casualidades, en el último libro de Wislawa Szymborska, hay un poema, titulado “Consuelo” que versa también sobre las novelas con finales felices. En concreto, sobre lo que a Charles Darwin le gustaba leerlas.

La perspicaz premio Nobel polaca sospecha que Darwin descansaba así de tanto determinismo evolutivo y despiadada selección natural y predominio del más fuerte. En cierto sentido, nada menos natural que el amor, donde el egoísmo brilla por su ausencia. Darwin tendría que disfrutar de lo lindo, lógicamente. Casi tanto como yo.

Las novelas de amor presentan una ventaja añadida en estas fechas. Se desparraman ahora demasiados deseos vagos, facilones, de amor y de felicidad. Las novelas, con sus cientos de páginas, son un antídoto eficaz. Nos recuerdan que el amor tiene densidad y peligro, que requiere bastante esfuerzo. “El amor, señores, no es un eslogan”, advierten con su peso y su volumen los inacabables novelones decimonónicos.

Otro aspecto interesante de estas novelas es que suelen ser varias las parejas a un tris de fracasar o de fundirse en un abrazo. Se nos señala con sutileza que los sentimientos tienen una importante dimensión social. Aunque uno, monógamo, ame sólo a una, late misteriosamente una secreta solidaridad entre la intimidad de todas las parejas. Por eso hay épocas y ambientes en los que amar es más sencillo o más difícil o prácticamente imposible, según.

Yo quisiera desearles para este año que empieza mucha felicidad y amor, como está mandado, pero no en plan tarjeta navideña, sino como si de un novelón de trescientas sesenta y cinco páginas como mínimo se tratara. O sea, que les deseo un amor prolijo, apasionado, intenso, resistente, que no dure sólo para las fiestas, sino durante todo el taco del calendario.
[Grupo Joly]

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Elogio del cachete

Desgraciadamente no puedo elogiar el cachete por experiencia propia. Ni tengo hijos a los que dar “una corrección razonable y moderada”, como decía antes el Código Civil, ni mis padres me dieron los cachetes que yo me merecía, lo cual me temo que explica demasiadas cosas. Aunque alguno me dieron, a Dios gracias.

Mis padres, tan extraordinarios en otros aspectos, en esto fueron de lo más ordinarios. La paternidad lleva implícito un cariño desbordado por los mocosos, que, visto desde fuera, resulta bastante sorprendente. Ese cariño insondable les dota de una paciencia sobrehumana y también les retrae bastante a la hora de soltar un coscorrón. Los amigos de los padres o sus vecinos, personas de tímpanos delicados y de paciencia humana, daríamos con gusto el razonable, el moderado coscorroncete, pero no entra dentro de nuestras facultades. La naturaleza es muy sabia y concede la autoridad a quien la usará de forma muy comedida.

Por supuesto, siempre hubo excepciones: padres malas bestias, pero a ésos se les aplicaba con toda justicia el Código Penal. Lo extraño de la nueva reforma es que el Estado prohíbe a los padres normales ejercer el derecho ancestral de educar a sus hijos con el punto y aparte de un cachete. Ahora, por norma, se establece la necesidad de dirimir las discrepancias “con respeto a la integridad física y psicológica” de los menores. ¿Y la integridad física y psicológica de los mayores, qué?, preguntaría uno, que al menos en esto es un observador imparcial (y muy preocupado, por cierto, con lo que observa).

Desde un punto de vista propagandístico, la medida es una torpeza, porque la Educación por la Ciudadanía ya había despertado en amplios sectores de la sociedad la sospecha de que el Gobierno se mete donde no lo llaman. Esta prohibición del cachete levantará aún más suspicacias en los que ven mal que se intervenga la educación de sus hijos. Y desde un punto de vista práctico, cómo se aplicará: ¿crearán un fiscal anticachete, una brigada antiazotanina o esperarán a las denuncias de los ofendidos chavalines?

Algunos han señalado la paradoja de que sean los mismos que están por la labor de permitir que trituren a los fetos de hasta 30 semanas los que prohíban ahora que se les dé una palmada en el culete a los niños a partir de los 40 semanas. En el fondo, no hay tal. Con sus evidentes diferencias, ambos casos son maneras de quitarse un problema de encima. Lo difícil para los padres es educar, reñir e incluso pegar un cosqui si resulta necesario. Nos lo decía mi madre, la pobre, cuando no le quedaba más remedio que darnos una torta: “Me duele más a mí”.
[Grupo Joly]

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Un pestiño

A estas alturas a nadie le extrañará lo más mínimo que los alimentos navideños hayan surtido generosamente el campo metafórico del cansancio y la torpeza. Que algo pesado y aburrido sea un pestiño es expresión que pudo sorprendernos mucho a principios de noviembre cuando probamos el primero del año. Ahora que llevamos entre pecho y espalda tamaño puñado de pestiños, la metáfora se entiende de sobra.

Lo mismo pasa con la descripción de alguien como que tiene un polvorón en lo alto. Por ejemplo, Moratinos; aunque del ministro sería todavía más exacto afirmar que lo tiene en la boca mientras farfulla afanosa, mofletudamente sobre la Afifanza de Cifilifafiones. Esto por limitarnos a los dulces más característicos, que la cosa se podría estirar a otras frases hechas, tales como andar con el pavo subido, dar la matraca o que nos den las uvas, todas de resonancias navideñas, pero poco festivas.

El habla popular ha andado aquí muy fina, porque efectivamente todo tiene un límite y lo cotidiano es mucho y feo. Si nos pusimos a comer turrones allá por septiembre, nada más volver de la playa, es lógico que lleguemos a la Nochebuena deseando que comience la Cuaresma, o, si quieren —por eso de la famosa Afifanza—, el Ramadán. Y quien habla de dulces lo hace de salados y de bebidas espumosas. Con las inexorables comidas de empresa uno alcanza la cena familiar al borde de su resistencia física y psíquica.

Qué lástima que, por haber comenzado dos meses antes con las luces y con los villancicos en los centros comerciales y con las degustaciones, vayamos ahora a pasar el día principal de las fiestas empachados y protestones, hartos en los dos sentidos de la palabra. En vez de admirar la mesa nos automedicamos almax y sal de frutas. En vez de aplaudir a la cocinera o al cocinero apuntamos el régimen de la lechuga. En vez de brindar comparamos pesos y tallas. En definitiva, en vez de felicitarnos por el derroche que supone que Dios se haya hecho Niño para redimirnos, estamos deseando que todo acabe pronto.

Aún estamos a tiempo, sin embargo. Yo me propongo —si me dejan— pasar estos días que quedan hasta la noche del 24 en relativa austeridad, acordándome del frío camino en burro de José y María hacia Belén. Por repetidas experiencias, sé que basta un día y medio de régimen para que el pavo trufado, los turrones, los pestiños, los polvorones e, incluso, el mismísimo conejo vuelvan a recuperar su originaria condición de suculentos manjares. Con cinco días de frugalidad, que son los que quedan, llegaremos a la Nochebuena con el espíritu y el estómago bien dispuestos para la gran celebración.
[Grupo Joly]

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Mudanzas Heráclito

Afirman los ingleses que tres mudanzas equivalen a un incendio. Sin embargo, no sé por qué habría que conceder precisamente a los ingleses el dogma de la infalibilidad. Una mudanza viene después de unas obras y unas obras, sean o equivalgan a un terremoto o a dos diluvios, sí que queman del todo. Poniéndonos muy pesimistas, la mudanza sería, como mucho, la traca final de la catástrofe y lo que tiene de traca se compensa con creces por lo que tiene de final.

Yo unas obras no se las deseo a nadie; ni a Magdalena Álvarez, ministra del ramo, la pobre. Una mudanza, en cambio, se la deseo a Zapatero y paralelamente a Rajoy, a los dos por igual, para que vean lo centrista, neutral y ponderado que me he vuelto.

De las obras hablaré otro día o jamás, pues no me gusta venir al periódico a llorar más de lo necesario, que en vista de los motivos que nos dan, nunca es poco. Toda mi experiencia en el sector de la construcción se resume en una enseñanza nítida: nunca más.

Con las mudanzas es distinto. Para empezar, al poeta Juan Manuel Macías se le ocurrió que un buen nombre comercial para empresa de mudanzas sería Heráclito S.L., en honor al filósofo presocrático que pensó que todo fluye. La broma culturalista de mi amigo tuvo su gracia y, sobre todo, es verdad: las mudanzas al menos se mueven. Las obras, no. Una marca apropiada para empresa constructora podría ser Parménides S. A, en recuerdo del griego aquel que sostuvo que todo permanece estancado para siempre. De eslogan publicitario valdría: “Quien avisa no es traidor”.

Es tanta la movilidad de las mudanzas que, en concreto, mover la biblioteca ha sido un deporte de riesgo. Lo saben mis riñones. ¡Y luego dirán que leer es un hábito sedentario! Ha resultado, además, sorprendente, como entrar en una librería, pero en barato. No recordaba que ya tuviese libros tan interesantes, y aún por abrir. Me he prometido ponerme al día antes de volver a asaltar cualquier mesa de novedades. A los Reyes Magos les voy a pedir los libros que ya tengo, o les pediré —para no dejar de soñar con la magia de Oriente— el tiempo para leerlos.

Lo más emocionante, con todo, han sido los altillos de los armarios. Cuántos regalos de boda que no habíamos vuelto a ver descendieron de golpe. Hemos recuperado la ilusión de entonces, aunque ahora sin nervios. Qué bonito asociar a cada amigo con su regalo, que para eso mismo los hicieron.

Hay una última felicidad en una mudanza. Ninguna casa es pequeña viendo lo que cabía en ella. Como la nueva es algo más grande, tendremos espacio suficiente para acumular montones de cosas inútiles durante el resto de nuestras vidas. O sea, que mientras cargo cajas y más y más cajas celebro que nunca tendré que meterme en obras, qué consuelo.
[Grupo Joly]

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Spes

Para empezar, la esperanza ha salvado este artículo. De no ser por la nueva encíclica de Benedicto XVI, Spe Salvi, yo me habría ocupado hoy de asuntos terribles, como el atentado de ETA contra los dos jóvenes guardias civiles o los innumerables abortos de las clínicas de Barcelona. Habríamos acabado con el corazón cabizbajo.

Y no es que vaya a desentenderme de esos asuntos, que jamás. El Papa no nos invita sólo a poner los ojos en el cielo, sino también a hincar bien los pies en la tierra. La esperanza cristiana ha movilizado a millones de personas a lo largo de la historia para ocuparse más y mejor de sus prójimos. Eso lo ve cualquiera que mire a su alrededor sin prejuicios. Ante los males del mundo, la esperanza no es un calmante —ni valium ascético ni placebo de prozac. De hecho, es quizá la más poderosa fuente de energía de la humanidad. Cuántos la han intentado sofocar o desnaturalizar se han encontrado con la vigorosa resistencia de los mártires. De calmante, pues, nada de nada.

El lector laico estará tentado a pensar que una encíclica no va con él, y a pasar página del periódico. El Papa no hace lo propio, y a lo largo de Spe Salvi entabla un diálogo a tumba abierta con pensadores de todas las escuelas, desde Platón y san Agustín, por supuesto, hasta Karl Marx, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, pasando, entre otros, por Francis Bacon. Teniendo en cuenta que hablamos de un valor universal, nada más sensato que contrastar las muy diversas concepciones de la esperanza, y sopesar logros y fracasos. Yo, que procuro no perderme los libros de los mejores pensadores ateos, le recomendaría a ese lector laico este digamos ensayo de uno de los más claros pensadores cristianos. Por contrastar.

Nuestra esperanza, que ha aportado mucho al mundo, está orientada hacia la vida eterna. Qué brillante y asequible resulta la argumentación de la encíclica en este punto. A mi formación jurista y a mi devoción por Dante le emociona la fuerza probatoria de la vida eterna que el Papa concede a la necesidad de una completa realización de la justicia.

Sin resurrección ni Juicio Final, el sacrificio de tantos inocentes quedaría impune, y ellos sin recompensa. Hay que luchar por la justicia aquí, pero no desesperar cuando la veamos tan débil y manipulada, tan en manos indignas. En última instancia —nos dice la fe— una Justicia sin fisuras, que es Amor y gracia, se impondrá tal y como aspiran todas las personas de buena voluntad. Por eso, ante los atentados o ante los abortos masivos de Barcelona, por encima de nuestra necesaria indignación civil, brilla imperturbable una segura esperanza.
[Grupo Joly]

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Quien aguanta gana

Repetía Camilo José Cela que en España quien aguanta gana. Como casi todo lo suyo, la frase es triste y más aún porque a menudo es cierta. Es el caso de las víctimas del terrorismo. La del sábado pasado fue su séptima gran manifestación, y eso exige una perseverancia admirable. Nuestra sociedad consumista reclama noticias y eventos novedosos, de usar y tirar, por lo que mantener un clamor ciudadano constante es muy complicado.

El PSOE ha objetado que no había motivos esta vez para otra manifestación. José Blanco la llamó insensata y absurda. Uno querría más respeto para Ortega Lara y la familia de Miguel Ángel Blanco y para todas las víctimas, pero con independencia del talante de cada cual, el caso es que motivos hay. El Gobierno se niega a revocar la resolución del Congreso a favor de la negociación, con lo cual deja al Estado en esa posición humillante de la mano flácida y tendida hacia quien no te la quiere estrechar. Tampoco muestra el Fiscal General fervientes deseos de ilegalizar al PCTV y a ANV, brazos políticos de ETA.

La manifestación puso en evidencia el doble fracaso de Zapatero. El presidente se empeñó en su proceso y para ello quiso ponerse en medio, entre las víctimas y los asesinos. Como era de esperar, con los asesinos fracasó pronto, en la T-4 de Barajas. Y ha fracasado con las víctimas, que no se han sentido nunca amparadas por él. Con frecuencia la equidistancia es el punto que más dista de la equidad, sobre todo si se pretende entre inocentes y culpables.

El sábado también se puso de manifiesto cierto doble juego del PP. Tienen razón los socialistas al denunciarlo. Las apariencias (tan importantes en política) indican que la oposición no ha estado como una piña con las víctimas. Esos problemas de agenda de Rajoy y Gallardón fueron mezquinos. Rosa Díez, por ejemplo, no los tuvo y fue.

Pero más importante que las posturas malabares de algunos políticos es el nítido aviso que se daba a ETA. A estas alturas la banda tiene que haberse percatado de que por mucho que cualquier Gobierno esté dispuesto a sentarse con ellos, hay un movimiento cívico que, con una perseverancia imparable, defenderá el Estado de Derecho, el cumplimiento íntegro de las condenas y la memoria y la dignidad.

Por último, moralmente sabíamos que el que sufre un mal es más fuerte que quien lo perpetra, aunque a veces no se vea claro. Las siete manifestaciones convocadas por la AVT han venido a demostrarlo. Contra la hostilidad de demasiados y la tibieza de algunos, frente al aburrimiento, a pesar del frío o del calor, pidiendo justicia y firmeza, jamás venganza, las víctimas lo aguantan todo. Por eso ganarán. Lo merecen.
[Grupo Joly]

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Elogio de los alumnos

En noviembre, mes de los difuntos, resucita mi amor por la enseñanza. No es tan, tan milagroso porque doy clase en Formación Profesional, una isla habitable en el océano del fracaso escolar. Aún así, los dos meses anteriores, entre el papeleo iniciático, la puesta a punto de horarios y el suspense por cómo saldrán los cursos, nunca estoy muy eufórico.

Lo peor es el suspense. Al principio, esperando que las apariencias engañen, contemplo atónito a un alumnado anónimo que me examina a mí. Hay peinados que ponen los pelos de punta, piercings penetrantes, tatuajes inolvidables, carpetas con fotografías y dibujos como para susurrar: “Vade retro!”. Y qué pensarán ellos de mi triste curva de la felicidad o de la camisa a rayas. Esos momentos de estudio recíproco son los más graves y gélidos de todo el curso.

Hasta que al fin sonríen y es que el hielo ha hecho crac. Empieza lo que los pedagogos llaman proceso de enseñanza-aprendizaje, en el cual enseño unos temarios y aprendo más de lo que doy. Resulta emocionante verlos individualizarse, a ellas —por razones obvias— primero, luego a ellos, poco a poco emergiendo, casi siempre para bien, de la masa gris y compacta, hasta que cada uno es cada cual, con su nombre —porque ya me lo sé— y su historia, sus problemas y sus ilusiones.

Me asalta entonces una nueva crisis, ahora de entusiasmo. La tentación es dejar medio aparcados los contenidos de mis módulos socioeconómicos (con perdón, que así se llaman) y darles buenos consejos de cultura general y filosofía práctica. Explicarles con mis palabras o con las del poema “Fin de carrera” de Víctor Botas, que, aunque lo lógico es que de las aulas salgan preparados para la ganancia de un dinero, uno quisiera dejarles también con la mente bien despierta para las cosas que de verdad importan en la vida.

Pero soy funcionario. Debo vencerme y ceñirme a la programación y a los objetivos, que es para lo que me pagan. Lo hago sabiendo que no es del todo equitativo, pues los alumnos, a cambio de esos contenidos mínimos prescritos en un Decreto-Ley, me recuerdan que el sentido común —diga lo que diga el dichoso aforismo— es bastante común, y me inoculan esperanza, que falta me hace, y me animan a protestar, aquí mismo, en el periódico, o en otras partes, porque a gente así de buena se le presenten sólo modelos sociales utilitaristas y tristísimos.

Llegarán otras crisis, las navidades, los exámenes y los nervios del final de curso, como es natural, y tanto ellos como yo haremos lo que podamos, que será suficiente. Cuando se vayan, tan contentos, y yo me quede, melancólico, no seremos exactamente los mismos.
[Grupo Joly]

miércoles, 14 de noviembre de 2007

El Divorcio Universal

En España, país de pasiones, se rompen, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, siete matrimonios de cada diez. El número de los divorcios se está acercando tanto al de las bodas que las proyecciones auguran que para 2010 se habrán igualado. Y no quiero ni pensar en 2011. ¿Importaremos parejas felices a las que amargaremos aquí? ¿Cómo se conseguirán, si no, más rupturas que matrimonios para que sigamos progresando?

Conmigo, en todo caso, que no cuenten, que me saquen de los vaticinios, que yo no juego. Lo sencillo es divorciarse. Con el método exprés, te descuidas un minuto y, zas, ya estás soltero, teniendo que ir al gimnasio a estas alturas y a los bares de copas y a comprarte un descapotable a ver si rehaces tu vida y ejerces el dichoso derecho a la felicidad.

La indisolubilidad es tan difícil como pronunciarla. Lo cuentan los sociólogos, ojo, no yo, que estoy encantado con mi mujer (a la que mando desde aquí un afectuoso saludo). Y lo confirma lo que vemos y escuchamos por la calle. El divorcio se está convirtiendo en la muerte natural del matrimonio; lo milagroso —o como mínimo lo más original— es lo de toda la vida.

Para lo que no ayudan en absoluto ni las canciones ni las películas con esa exaltación suya llorona del amor adolescente a todas las edades. Escuchen las letras, reparen en los argumentos, lean los best-sellers…, y recuerden que Oscar Wilde demostró que la naturaleza imita al arte —al arte malo, añadiría uno. Para remate, cuando en la televisión sacan un matrimonio, es para mofarse de él, como en ese bodrio de “Escenas de matrimonios” de tanto éxito.

Lo más triste del programa de marras es que desvirtúa la solución. Reírse es sanísimo, pero no del matrimonio, sino en el matrimonio. El libro Mi familia al derecho y al revés de Ephraim Kishon sería un buen ejemplo (en todos los sentidos) y bastante más divertido. Hay que proponer otro modelo amoroso más amable y duradero: no sólo el del deslumbramiento inicial, que estuvo muy bien, sino el de la lumbre encendida todos los días.

Aunque ya casi no me acuerdo, me suena que nada halagaba tanto la vanidad como esos escasos meses en que la otra persona te admira sin fin. Luego, pronto, cae en la cuenta de que Miguel de Cervantes fue mejor escritor, que repites los chistes, que te quejas mucho de la hernia de hiato, que tu exquisita especialidad era un congelado de Bofrost. Comienza lo arduo. Pero también lo interesante, porque el reto, la auténtica aventura es saltarse a la torera los altibajos sentimentales, empeñarse en los proyectos, quererse más y más y más y, al final, destrozar las estadísticas.
[Grupo Joly]

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Moratinos en la costa

Cada vez que visito Zahara de los Atunes, como el día esté medio claro, se produce el mismo ritual. “Mira, mira”, señala alguno, “se ve Marruecos”. Todos se entusiasman. Y el más metafísico apostilla: “Está al lado”. Yo me quedo de lo más mohíno. Entre los encantos de Zahara no cuento por ahora la proximidad marroquí.

Para un iberista como yo, la vista de Vila Real de Santo António desde Ayamonte, con el Guadiana de guarda fronterizo, es saudosa, esto es, melancólica. Y siendo una especie en extinción, quiero decir, español, y lector de Cadalso, la figura del Muñón de Gibraltar desde La Línea me da ardores, si no patrióticos (que en estos tiempos sonarían excesivos), al menos de estómago. Nunca soy menos anglófilo que en Gibraltar, único pueblo andaluz que —en palabras de Gerardo Diego— ha conseguido ser feo.

Pero mientras que mis sensaciones en Ayamonte y en la Línea se quedan en lo histórico-sentimental, en Zahara son analíticas. Parece que no existe una frontera en el mundo con mayor diferencia de renta per cápita que la nuestra con el Reino de Marruecos, lo que no es, desde luego, un factor de equilibrio. Si a eso unimos un régimen de libertades manifiestamente mejorable, y el conflicto del Sáhara, tan árido, y las aspiraciones expansionistas sobre Ceuta, Melilla y las Canarias, y, además, el bullir de un incipiente islamismo, la suma sale negativa, casi una resta.

La labor diplomática resulta capital. Y está saliendo calamitosa: ya teníamos enfadados al Frente Polisario y nada menos que a Argelia. Ahora, viendo lo sumiso y demorado que se muestra Moratinos, que andaba de viaje privado por la costa marroquí y siguió descansando mientras Mohamed VI mandaba llamar a consultas al embajador en Madrid, viendo a Moratinos, digo, uno tiene más confianza en el movimiento de las placas tectónicas —que vaya ensanchando el Estrecho— que en nuestra política exterior. Las placas tectónicas se mueven con una velocidad media entre la pachorra de pachá del ministro y la eficacia del presidente Sarkozy, tal y como la hemos comprobado en la crisis del Chad.

Por suerte, ni España es sólo el Estado ni el Estado es sólo el Gobierno, y algunas cosas han quedado bastante claras tras la visita de los Reyes a Ceuta y a Melilla. El mismo mosqueo sordo de Marruecos es una demostración irrefutable de la necesidad del viaje. Resulta una extralimitación en las relaciones de buena vecindad que el vecino decida qué habitaciones de nuestra propia casa podemos utilizar y cuáles no. Sueño con un día en el que, cuando alguien repita: “Mira, se ve Marruecos”, atisbemos el horizonte sin la más mínima inquietud.

miércoles, 31 de octubre de 2007

O zombis o santos

Ésta es la noche de los muertos vivientes. España, la sociedad más antiamericana de Europa, se lanza a celebrar el Halloween con fervor. A mí no me lo despiertan, uf, ni las inquietantes calabazas ni esos jovencitos uniformados de cadáveres ni ésas de diablesas.

Sin embargo, admiro la justicia poética del Halloween. Resulta natural que una sociedad que ha entronizado la cultura de la muerte tenga festejos de este estilo. Con la eutanasia a la vuelta de la esquina, no hay que extrañarse de que por todos los rincones del país la gente se disfrace de calaveras y se marque una danza macabra. Si el aborto es la solución natural, como enseñan en la tele, es lógico que surjan brujas de debajo de las alfombras. En la cultura popular, como en la alta cultura, como en el mundo físico, nada surge por casualidad ni por generación espontánea. Las causas y los efectos son un laberinto que se puede recorrer bastante bien con el hilo de Ariadna del sentido común.

La cultura española tenía una manera propia de celebrar estos días con huesos de santos, misas de mucho sentimiento, ofrendas florales y representaciones del Tenorio. Era una manera empapada de catolicismo, que ahora está difunta o, con suerte, moribunda. El laicismo militante tiene esto, que vamos a acabar todos con la gorrita de béisbol y diciendo “Oh yeah”. España será católica o no será más que un apéndice cultural de los USA.

En ninguna otra época del año se muestra esta disyuntiva con tanta crudeza. Para mayor claridad, la coincidencia en el tiempo de la ley de la memoria histórica y de la beatificación de aquellos que murieron perdonando a sus asesinos incide en lo mismo: mientras la primera se propone desenterrar muertos, la segunda los eleva a los altares. Conste que, aunque no lo comparto, comprendo y respeto el interés de los familiares por encontrar los restos de sus antepasados. Con todo, se constata que estamos ante dos cosmovisiones cada día más distintas.

Este Halloween o, mejor, esta víspera de Todos los Santos, la ocuparé en reflexionar sobre el dilema extremo de si zombi o santo. Cuando no te sobrepones, la fuerza de la gravedad te va enterrando en rutinas y egoísmos… hasta que acabas yendo por ahí como un muerto viviente o un vivo amortizado, con disfraz o sin él. Hoy pondrán alguna película de terror de serie B y yo volveré a pensar que al menos como retrato social, como símbolo, está muy lograda. Incluso me recitaré, para espantar el miedo, estos versos: “La imagen de los zombis / asusta y es espléndida. / Que hay muertos y que andan / lo sé por experiencia. // Por esperanza sé / también —y me reanima— / que la resurrección / es otra alternativa”.
[Joly]

miércoles, 24 de octubre de 2007

Qué puñeta

Resultan muy sospechosos los que se lamentan de las desventajas que les acarrea su exquisita educación en el mundo actual, como si la elegancia fuese por interés. Sin embargo, yo he estado a punto. En una clase de secundaria, observé como a un muchacho se le caía al suelo una moneda. Para que no se levantara a recogerla, me agaché enseguida. “¡No, no!”, me gritó la criatura, pero yo ya había sentido en mis dedos la humedad solidificándose de un eficaz pegamento de contacto. Con perdón de Zapatero, no miré al muchacho con una sonrisa. Él se deshacía en disculpas: “Era una broma a mi compañero…” “¡Hombre, es que esto ni a un compañero!”, contesté, mientras realizaba esfuerzos por limpiarme la mano… y por no lamentar la esmerada educación que me dieron mis padres.

No lo hice gracias al sabio aviso de Oscar Wilde: la buena educación es lo primero que se pierde cuando no se tiene. Yo tenía la frase fresca de unos días antes, cuando contemplé, atónito, cómo María Teresa Fernández de la Vega perdía los estribos y abroncaba en medio del desfile del día de la Hispanidad a María Emilia Casas, presidenta del Tribunal Constitucional, nada menos. Desde lejos, la cámara no capta lo que le dice, parece que de todo menos bonita. Ni lo que excusa Casas, sumisa, aunque no llegaría a llamar bonita a la Vicepresidenta, espero. En un momento estelar se puede leer en los tensos labios de De la Vega: “¡Qué putada!”.

Qué mal hablados son nuestros políticos en la intimidad o en cuanto se acaloran. Todos, también Trillo-Figueroa con su celebrada gracia (que maldita la tuvo) del “Manda huevos”. Estos políticos nuestros, que se muestran tan finolis delante de las cámaras, a la media vuelta juran como en una taberna. Sufren doble personalidad o, como poco, hipocresía verbal. Quieren engañarnos hasta en el tono.

Yo, mientras tanto, recuerdo a Góngora. No por su elevado estilo, desde luego, sino porque don Luis, para echarle en cara a Lope su pluma popular, le espetó: “con razón Vega por lo siempre llana”. Con mucha más razón Vega, Fernández de la, por lo plana que se ha mostrado la Vicepresidenta.

Pero lo peor, por supuesto, no es el desahogo “qué putada”, tan poco feminista, por otra parte. Lo peor es lo que estaba detrás o debajo y ha venido después. El Gobierno hace denodados esfuerzos por controlar al Tribunal Constitucional, al CGPJ y a la Justicia misma, aprovechándose de que ésta lleva los ojos vendados. La Justicia, escuchando a Bermejo, sí que podría decir: “Qué putada”; aunque, como es más fina y acostumbra a moverse entre sus prudentes señorías, apenas exclamará, la pobre, con gesto levemente contrariado: “¡Qué puñeta!”
[Joly]

miércoles, 17 de octubre de 2007

Premios gordos

Jorge Luis Borges pensaba que a los suecos se les daba mejor inventar la dinamita que otorgar premios. Qué clarividencia tuvo, pues él mismo se quedó sin Nobel por razones explosivas que nada tenían que ver con la literatura.

Este año el de Literatura, comparado con el de la Paz, es un remanso de ídem. Doris Lessing, tan feminista -ista -ista, no provoca ni frío ni calor. En cambio, las teorías del calentamiento me dejan frío. Por no pecar de frívolo, procuro no entrar en la discusión sin un estudio en profundidad que no me propongo hacer. Mi intención es esperar tomando el fresco a que los científicos se pongan de acuerdo, aunque en la intimidad me permito —perdonadme— cierto escepticismo. Es lógico: en mi adolescencia los algoreros se dedicaban a predecir una inminente glaciación y ahora, como en una ducha escocesa, auguran que nos asamos. Eso no hay credulidad que lo aguante.

Ni ayuda a despejar mi escepticismo que los más firmes partidarios del fatal desenlace se dejen una pasta en consumo de energía, como Al Gore, que en su mansión de Tennessee gasta más electricidad en un mes de la que utiliza un americano medio en un año. O como Zapatero, que, a pesar de su honda preocupación por el calentamiento global, se ha comprado en Almería un chalet a la vera de la playa, sin demostrar demasiado pavor a la anunciada subida del nivel de las aguas.

Hubiese sido prudente que los miembros del jurado del Nobel esperasen a que la comunidad científica alcanzara un consenso más amplio sobre la verdad (o no) incómoda (o no) del vídeo de Al Gore, aunque tampoco hay que pedirle peras a Oslo. El Nobel da para lo que da: un poco más que el premio Planeta. Su millón de euros ayudará al agraciado a pagar las facturas de la luz y tanta publicidad le permitirá colocar más conferencias al módico precio de 200.000 euros.

Ningún premio hace más admirable a un escritor ni convierte en ciertas las teorías de nadie. Las novelas de Doris Lessing no son hoy mejores que ayer. Ni aún peores. Ganará, eso sí, un montón de público, entre el que no me encontrarán a mí. Yo me haré el sueco, quiero decir, que seguiré siendo el juez de mis particulares premios nobeles. No me parece de recibo que unos señores que no tengo el gusto de conocer alteren mi plan de lecturas o suplanten mi veredicto personal.

Menos todavía cuando a uno le queda el regusto de que los jurados se eligen a sí mismos. Lo que buscan, sobre todo, es quedar ellos bien. Este año han querido posar de súper-fashion, o sea, de concienciación ecológica y alegato feminista. Y lo han conseguido. Pues hala, los felicito, señores, enhorabuena: ¡sois la bomba!
[Joly]