miércoles, 28 de enero de 2015

Psch


Como sabéis, porque es de lo que más presumo, me levanto a las 6:15 para desayunar con Leonor, que entra al alba a trabajar. Me levanto dormido. De hecho, yo me levanto mucho más cansado de lo que me acuesto. Es un sacrificio diario en el altar del matrimonio. Y no es por masoquismo, sino porque, siendo yo tan nocturno, si no hiciera este esfuerzo por sincronizar nuestros relojes biológicos, acabaríamos viviendo una vida por turnos, como en "Cruz de navajas". Pero en el madrugón no acaba la dimensión espartana de cada día. Lo que llevo peor es que Leonor se pasa el desayuno chistándome. Con el sueño, voy tropezando con los muebles, se me cae la cuchara, vuelco la taza del café. Temerosa de que despierte a los niños (que duermen como troncos, los benditos), Leonor insiste: "Psch, psch, psch". Y habla bajísimo, como contando un secreto. Y yo no me entero y pregunto: "¡¿Qué?!". Y ella musita, bajito y contundente: "Psch, por Dios!" 


lunes, 26 de enero de 2015

Arte


No sé si a la abstracción se le ha reconocido su gran mérito. ¡Cómo ha aumentado la satisfacción de los padres ante los dibujos de sus hijos! Está claro que, gracias a ella, contemplo este cuadro de mi hijo con otro orgullo:






También al expresionismo tiene la paternidad moderna mucho que agradecer. Este dibujo de Carmen se titula: "Princesa india con gafas": 



Aprovecho esta oportunidad (no tengo muchas) de no quedar como un padre blandengue, y reconozco que la imagen del fin de semana que más me ha emocionado ha sido las iniciales de Miguel de Cervantes claveteadas en su ataúd:





domingo, 25 de enero de 2015

Querer ser más guapo


Varón de deseos, entre los muchos míos nunca he soñado con ser más guapo ni tampoco más delgado, bromas aparte. Pero ahora mis hijos han aprendido a hacer fotografías con el móvil y, mientras uno la hace, el otro o la otra posa conmigo. Salen guapísimos y me fastidia (me duele) no estar a la altura de mis pequeños. 

"Lo malo del deseo es que vuelve sin avisar", avisaba Gómez de la Serna. Y que, cuando menos lo esperas, cuando ya es muy tarde, te surge uno inédito. 


viernes, 23 de enero de 2015

El cashmere harapiento y otros sucedidos


El artículo de hoy es mucho más de Rayos y truenos que de Trampolínk. No sólo porque hable de literatura, sino porque lo hago con un tono casual muy nuestro. A ver si no hay un lector del Diario que se me enfada por hablar de un autor al que no he leído, y decirlo tan contento. Desde un punto de vista periodístico, tendrá más razón que un santo, lo reconozco. 

*

Lo bueno es que me pasé la tarde releyendo a Rosales. Nada más que en la primera parte de Oigo el silencio universal del miedo, la que supongo protagonizada por Antonio Hernández, qué de hallazgos:


[…] 
Un hombre circunspecto casi nunca es alegre. 
[…] 
Sólo es preciso amar para llevar el mundo en el bolsillo.  
[…] 
Lo que más calienta el corazón tenemos que vivirlo terminándose.  
[…] 
El paraíso es necesario hacerlo cada día, pues cuando el corazón llega a la cumbre se queda a la intemperie. 
[…] 
No debes olvidar que un rostro alegre siempre te está enseñando algo. 
[…] 
Cuando el amor termina aún nos queda escoger entre el humo y la sombra, cuando el amor se acaba aún tienes que elegir entre una forma y otra de quedarte sin nada. 
[…] 
El silencio tiene don de lenguas.  
[…] 
El silencio se ahonda cuando se calla en dos idiomas. 
[…] 
El amor es la única plenitud que no precisa madurez.  
[…] 
El sol nos saluda quitándose el sombrero cuando pasa una nube ocasional.  
[…] 
Los marineros son las alas del amor, según dice Cernuda, y él lo debe [de] saber cuando lo dice. 
[…] 
Hay que metodizarse alegremente.  
[…] 
La mujer siempre escucha porque tiene un teléfono en el oído que atiende todas las llamadas.
 […] 
Entre todas las cosas importantes que se pueden hacer en esta vida, la primera es seguir.  
[…] 
Un centímetro más en el sitio indicado justifica una vida.  
[…] 
La contemplación de un cuerpo de mujer nos hace hablar bajísimo para no despertar de estarla viendo.

*
Hacer leña del árbol caído, cuando es literalmente, es noble:




*
Aunque me estoy distrayendo, hoy y aquí tenía planeado hablar hoy del cashmere harapiento. Resulta que se me ha desvencijado del todo el jersey precioso que me regaló mi inolvidable abuela política. Es tan suave, aún, y tan calentito, que me resisto a tirarlo; pero no me lo puedo poner con Leonor, porque me riñe. Así que acudo al instituto con pinta de vagabundo:


*

Y cómo no contar, aunque no lo tenía planeado y se alarga la entrada y tengo que irme a la ducha, que no llego al instituto, cómo no contar, digo, esta explicación de Carmen a Quique, oída al pasar: "Algo es gracioso cuando se ríen los demás, no uno". 



jueves, 22 de enero de 2015

Vida de Manolo


Ayer tuve el día más tonto del año. No avanzaba en nada y, por tanto, llegaba tarde a todo. Tanto, tanto que me quedaba sin misa. Iba en el coche, acelerando, mirando el reloj, temiéndome lo peor. Aparqué malamente y me bajé convencido de que, para mi bochorno, me cruzaría con los fieles que salían. No. Y entré. Todavía estaban acabando la homilía, la capilla a rebosar. Era el funeral de un Manolo que había muerto joven. Resoplando, me acomodé en la esquina. En la acción de gracias, tras la comunión, el sacerdote contó que él le debía a Manolo mucho: le apoyó en una grave crisis personal. Animó a dar gracias a Dios por aquello bueno que Manolo había puesto en la vida de todos. Y de pronto me di cuenta que yo había podido ir a misa y comulgado y salvado, desde luego, mi día, gracias a Manolo, al que no conocí. Le debía lo más grande; y me sumé, emocionado, a la acción de gracias. 


miércoles, 21 de enero de 2015

(Risas)


Jonathan Swift, tan rápido, lo vio enseguida: "Nos encanta que los demás se rían de nuestras bromas, pero no de nosotros". Bueno, más o menos, que lo recuerdo de memoria, si me permiten la redundancia. El hecho es una prueba irrefutable de que no nos importa tanto la alegría de los demás, igual en ambos casos, o incluso mayor en el segundo —cuando se ríen de uno—, no nos importa tanto, ay, como quedar estupendamente nosotros, flotando por encima, jefes del estado de ánimo de nuestros súbditos, digo, prójimos.

Este recuerdo de Swift no me vino llovido del cielo. Llegó porque entre mi despiste, mi desconcierto y mi distracción, cometo fallos risibles sin cesar. Así, le dije a un compañero que, por fin, había encontrado la revisión de los resultados de la primera evaluación del año que viene, cuando era, obviamente, la del año pasado. Contestó alborozado: 



Creo que practico una variante nueva de la dislexia: no confundo la derecha con la izquierda, sino el pasado con el futuro. Y yo también me he reído de mí, que es una variante que quizá Swift no sopesó. Pero mi padre sí. Lo recuerdo en mi temprana adolescencia observando que, en vista de la gracia que me hacían mis defectos, me daba por incorregible. 


martes, 20 de enero de 2015

¿Por qué nos lanzamos al monzón?


Quizá, leyendo la entrada de ayer, alguien se pregunte por qué nos montamos en coche y atravesamos la tormenta y los riachuelos desbordados para ir al pueblo vecino. En realidad, íbamos a la China. Carmen tenía que hacer un trabajo. Y lo hicimos: 



lunes, 19 de enero de 2015

Río Bravo


La tormenta rompió un árbol del jardín por la mitad, como un palillo de dientes. Salí a verlo bajo la lluvia, que caía a mares, y fue todo junto, la épica de la lluvia de cara, la sensación de propietario rural, evaluando daños, el alivio burgués de que el ciprés muriese haciendo el bien, sin caer sobre la valla, que hubiese destrozado, o sobre los coches... Entré en casa calado y contento. De espaldas a la chimenea, informé a todos: el árbol se dobló mansamente sobre la parte del jardín más limpia y clara. Tuvo santa vida y buena muerte. Tendremos leña propia para lo que queda de invierno y para el año que viene.



Fuimos a comer a Rota, bajo una lluvia furiosa e incansable. A mitad de camino, la carretera estaba inundada y la cruzamos con el corazón en un puño. Iba lento, en segunda, con las luces de posición y la mirada fija en lo que yo suponía que era el camino. Sólo se veía la corriente de lado a lado. Pasamos. Dejé a todos en la puerta del restaurante y aparqué donde pude, lejos. Volví a calarme. Y no paró de llover. Y a la salida, la misma operación. Mi padre y yo íbamos asustados, pensando en la carretera, pero volvimos a cruzarla, quizá con más dominio y experiencia. Daban ganas de arrear a los caballos del coche, que no sé, ay que desagradecido, cuántos caballos tendrá. Y todo el día esa sensación de aventura y autenticidad, como un niño grande.


domingo, 18 de enero de 2015

Kotzwinkle, William: El nadador en el mar secreto








[Camino de la maternidad, cuando ya habían empezado las contracciones, Laski] Sabía bien que no debía preguntarle cómo estaba. [a su mujer Diane]
 
[Ya en el parto] Y ésta, pensó Laski, es la razón de nuestro esfuerzo, que pueda venir el amor al mundo.
 *
[El niño ha nacido muerto y el médico les dice que podrán tener otro. Piensa Laski:] Se ha creído que eso es lo que estaba en juego, nuestro deseo de tener un hijo, cualquier hijo, no este hijo en particular que hacíamos balancear entre nosotros dos por el camino. Es imposible que sepan lo especial que es.
 
Laski se agachó para darle un beso y notó en la mejilla el lento discurrir de las lágrimas de Diane.
 
[Siente la presencia muy viva de su hijo y lo sueña con él, luego…] Ya se va, pensó Laski. Ha madurado y me abandona.
 
[Un encuentro en la puerta de la Maternidad]
—¿Qué ha sido? —preguntó el hombre, sin volver la mirada atrás, con los ojos fijos en la pista.
Laski titubeó mientras se alzaban en su mente los fragmentos de distintas explicaciones —el bebé murió, no hemos tenido nada—, pero luego sintió brotar de nuevo repentinamente el espíritu del hijo en su corazón y respondió.
—Niño.
—Felicidades —dijo el hombre.
 
[el médico] Sé que es duro perder a tu primer hijo cuando ya tienes treinta años. [El libro es muy sobrio, deja al lector su parte. Aquí no glosa la insensibilidad del médico]
 
[Laski es escultor de madera y se dispone a hacer él mismo el ataúd. Al principio le da cierta aversión, pero] … pensando en los viejos tiempos, cuando se daba por hecho que los hombres armaban los ataúdes de sus seres queridos, y se dio cuenta de que estaba bien así, de que se trababa de un privilegio que ya pocos hombres conservan.
 *
[Duda si no será mejor incinerarlo para no quedar “atados a esa tierra para siempre”. Ya en la puerta de la funeraria, se vuelve, dispuesto a enterrarlo y le explica a Diane que la idea de incinerarlo] Sólo era un sueño con el que pretendía protegerme de la verdad de la muerte.
 
—La próxima vez tendrás más suerte —dijo la enfermera. [Y dale todo el mundo con la próxima vez.]
 
La caja estaba entre ellos, en el asiento delantero y por un instante Laski olió el dulce perfume de la muerte. ¿O era el olor de la madera?
 
Sus manos se tocaron al coincidir en la tapa de la caja de pino.
 *
[Han de realizar mucho papeleo para poder enterrarlo en el bosque que rodea la casa] Qué asustados estamos, pensó, si hasta para enterrar a los muertos necesitamos permiso del gobierno.


[puso el pequeño ataúd sobre un trineo para llevarlo junto al río y el libro acaba con este párrafo] Por la cuesta que se extendía más allá del viejo granero, el trineo se desplazaba solo y Laski iba corriendo a su lado, guiándolo por medio de la cuerda y haciéndolo pasar entre unos pimpollos de piceas. Los brazos de aquellos arbolitos tocaban la caja y dejaban caer algunas agujas y unas pocas piñas diminutas. 

sábado, 17 de enero de 2015

Me distraigo


Voy tan acelerado que no encontraba tiempo para La vida lenta, el libro inédito que han montado con las notas de Josep Pla. Pero como estoy muy preocupado con este blogg, que se resiente de mi artículo diario, acudí a Pla, mi primo de Zumosol. Cómo gestionaba él, tan periodista a todas horas, el reto del diarismo.

Nada más abrir el libro al azar, me consoló y vi que la cosa está en Horacio y en su día con línea. Véase el 3 de enero de 1957: "La masía. Me levanto antes de comer —muy bien, muy animado". Y ya está. Lo que me trajo inmediatamente al recuerdo a Ramón Gaya, que en su Diario de un pintor tenía entradas de ese tenor. 

Ya había encontrado lo que venía buscando, pero sigo leyendo. Habla de un viaje por el Mediterráneo, y llega a Sicilia. Había dicho: "Palermo es una mezcla de pobreza y miseria, como toda Italia". Aunque a Pla lo miro con muy buenos ojos, me pareció una mezcla de adjetivos pobre, mísera; pero se ve que estaba tanteando, porque dos páginas después escribe: "Catania. Mezcla de ampulosidad y miseria", ah, y ahí si está Italia. Otra lección, de propina para RyT: no tener miedo a tantear. Esto son notas (también) para un diario. 

Y otra tercera distracción. Pla levanta acta de la impresión que le hicieron las barras catalanas en el castillo de Alfonso V de Nápoles. Yo por el sur de Italia iba igual, españolizando a cada golpe de vista. Esto se ha sumado a la experiencia —absolutamente recomendable— de leer El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, donde se nos cuenta un aborto, y cómo el matrimonio encaja ese mazazo inesperado. También Leonor y yo hemos pasado por ahí, y como en el caso de Pla y Nápoles, hay una emoción especial en recordarte en lo que lees. Una emoción muy platónica, por lo que tiene de reconocimiento de una idea y de un sentir. Tengo que pensar mucho más sobre eso, pero ya no en esta entrada, donde vine a decir que a partir de ahora recupero la entrada diaria, aunque sea breve, precisamente. 


viernes, 16 de enero de 2015

Calcamonías


Quizá lo más peligroso de la paternidad sea esta poderosa querencia a entender que lo de nuestros hijos es lo mejor del mundo. A Carmen los Reyes Magos le han traído un set de relojes de calcamonía. Quedan muy elegantes. Véase un exquisito modelo en su muñeca: 


Y también los comparte con su hermano. Le dio a Quique un reloj más masculino, como es lógico: 


La madre les explicaba que tenían que tener cuidado en el baño, que se les borraría el tatoo si se lo frotaban mucho. Y entonces oí cómo Carmen decía claramente: "Yo quiero un tatuaje de los que no se quitan nunca". Hasta ese mismo instante yo había sido poco partidario de los tatuajes, lo reconozco, pero me sorprendí pensando: "Qué bien. Hasta qué hondo lleva mi hija el conservadurismo de su padre, no quiere que se borren ni los tatuajes". 

¡Cuidado!, me avisé, cuando caí en la cuenta. 


martes, 13 de enero de 2015

Cumpleaños


Esta mañana, nada más levantarme a las 6:15, Google me sorprendió con un doodle personalizado. Pensé que sería la mayor sorpresa del día. 


En la cocina, Leonor me felicitó muy contenta. Con el madrugón, no se había acordado, pero al ver en la cocina la pierna de cordero que había dispuesto para el almuerzo, lo recordó al momento. Me emocioné. Por el recuerdo y por la pierna de cordero

Al mediodía, una errata gloriosa. "¡Muchas velocidades!" y, eso es, en efecto: cómo ha pasado el tiempo, madre mía. 

Luego, en Facebook se ha liado una fiesta estupenda de felicitaciones. Ha querido la casualidad de que saliesen juntas la de un muy querido alumno y la de un muy querido profesor:




En ese lapso, mi vida, y no sólo la docente. 




Jn 2, 21


"Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?"


sábado, 10 de enero de 2015

Orfandad aérea


El avión salía con retraso. Barajas adquirió ese ambiente mortecino de sus últimas horas, con un silencio espeso y servilletas sucias por los asientos. No sé si ponen siempre los vuelos a Jerez en una esquina de la terminal aposta o hay algunas razones técnicas, pero es una constante curiosa, que habría que investigar. Lo importante es que allí estaba esperando cuando me cayó del cielo un mazazo. Recordé que antes me encontraba en esos vuelos, inexorablemente, al padre de alguno de mis amigos o conocidos o a un amigo de mi padre. Era agradable saludarlo, casi siempre por la amistad y siempre por la vanidad: yo, aunque soy profe, también vengo a Madrid, eh, y eso. Lo de la vanidad se quedó, como nosotros en la terminal, en último término. Tuve la visión muy vívida de relevo generacional y sentí intensamente (y no era el cansancio esta vez) el peso de una especie de orfandad, la orfandad aérea. 



viernes, 9 de enero de 2015

Escaleras


Al mismo tiempo que Nacho Jáuregui decía en Twitter que no estaba en absoluto de acuerdo con mi artículo, yo estaba --qué casualidad-- acordándome, con la mayor admiración, de una entrada de su blog. Iba yo a comentar en un momento a unos alumnos que para Octavio Paz el lenguaje era la piedra, el mármol, la materia prima. La prosa hacía con el mármol una escalera, la poesía, una estatua. Es una imagen de peso, contundente, de gran valor pedagógico, sin duda, aunque no termina de convencerme. Confina a la prosa a un valor utilitario y a la poesía a uno estético. Fue entonces cuando recordé con admiración la de Jáuregui por las escaleras. Qué bien.

(Ah, y ni decir tiene que alguien esté o no esté de acuerdo con un artículo mío es secundario. Lo muy de agradecer es que lo lea, y entero. Es como las escaleras: a veces se suben, a veces se bajan.)

jueves, 8 de enero de 2015

Juego de tronos. Una experiencia cervantina.


Por motivos profesionales (me la aconsejó vivamente un jefe), me he tragado estas navidades Juego de Tronos, que yo no aconsejaría. Son aproximadamente 30 horas de serie, aunque como he pasado las escenas de violencia extrema y de sexo innecesario,  para mí habrán sido 15 ó 20. No es una obra de arte y sus famosos diálogos no son para tanta fama, pero ha sido una experiencia realmente interesante. Creo que he estado muy, muy cerca de las lecturas de libros de caballerías (mediocres, fantasiosos, aduladores del lector, irreverentes) que criticaba, entre otras cosas, Cervantes en el Quijote. Las que trastornaron a don Alonso. También yo he trasnochado por culpa del caballero de la Montaña, y el del Perro y el de la Rosa, etc. Ha supuesto acercarme a nuestra obra magna por detrás o dejar que se me acercase don Quijote de la Mancha, lanza en ristre, a sacarme del hoyo de la ficción más enredada. Y ser salvado por nuestro ingenioso hidalgo sí merece la pena.

Por cierto, qué detalle: don Quijote, que nos salva, fue víctima. 






miércoles, 7 de enero de 2015

El español sabe latín


Me encanta la sabiduría de nuestro idioma. Qué me dicen del reflexivo de "ofenderse", que indica con un "pse" de nada que quien se pica fue porque quiso, Juan Palomo, el se los guisa (los ajos), él se los come. 


martes, 6 de enero de 2015

Pancratium maritimum


Han germinado las semillas que busqué aquel día con Quique justo en el paraje del justiprecio creciente. No me digan que esta foto no vale siete millones de euros.


domingo, 4 de enero de 2015

La aventura del orden


Estas navidades estoy viviendo muy intensamente la sensación que la realidad se estructura por capas. Estoy viendo una serie, por orden del dueño de mi periódico, llena de dragones y cosas así, que sería el equivalente de los libros de caballerías que quemaron en el patio los amigos de don Quijote. Luego, recién saliendo de la ficción, están varios encargos literarios muy retrasados, valga la redundancia. Después los niños y la vida de familia, más intensa que nunca. Y por último, el borde del misterio, al que la Navidad nos aboca y adonde el Portal nos invita a entrar. Mantener el equilibrio entre esas capas de realidad (de menos a más) es una aventura fascinante: la aventura del orden. 


sábado, 3 de enero de 2015

Elogio del desplome


La imagen familiar de estas navidades es mi hijo Quique desplomándose. Me produce un enorme regocijo y placer estético y moral. Cuando algo le contraría o se enfada —lo que sucede con frecuencia—, pone el cuerpo lacio e caddi come corpo morto cade. En el suelo es un guiñapín entregado con delectación a la ley de la gravedad. Si lo levantas de un brazo, en cuanto lo sueltas vuelve a caer. Y a mí me gusta porque es una metáfora perfecta de lo que pasa cuando perdemos la alegría, que es la columna vertebral de nuestro ánimo. Los mayores, ciertamente, no caemos a plomo, pero quizá porque tenemos las articulaciones ya bastante rígidas. El hermosísimo desplome de Quique es un emblema y una advertencia. 


viernes, 2 de enero de 2015

Quedarse


De viajar, lo malo es irse. No sólo salir. También moverse; irse de cada punto del camino. Estar en Venecia y ver que uno es un agua que fluye, que no podrá conocer esa ciudad que roza. Y así con todo. En el viaje de vuelta de Madrid, me iba pasando con cada cortijo de la carretera, con cada encina. Ay, quedarse. Qué desprecio mis 130 km/h. a la belleza de la creación. Habría que viajar, si no queda otro remedio, andando. 


miércoles, 31 de diciembre de 2014

Ché bel fin fa chi ben amando more


No es este verso de Moenia Amoris II que da título a la entrada la única maravilla que trae el poemario Obligación, de Francisco José Martínez Morán (Madrid, 1981). Me ha alegrado la mañana de San Silvestre: "Hay vigas que parecen de papel / y, sin embargo, siguen sosteniendo / la torpe inclinación de nuestras piernas". Hay muchos ecos, desde luego, y muchos vienen del amado Este (Cirlot, por lo cerca; Herbert, por lo lejos), pero la voz del poeta trae sobre todo a la memoria al primer Julio Martínez Mesanza. A la memoria... y al corazón, que es donde importa. Si, entre todos, he memorizado el poema "Justicia", no ha sido sólo porque sea de un verso, ni mucho menos:

JUSTICIA 

Cuánto me inquieta el verbo merecer.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Mar y campo


Están causando bastante consternación las respuestas de mis hijos cuando le preguntan qué es lo que más les ha gustado del Madrid.

--¡El tiburón! --dice Quique, abriendo mucho los brazos. 

--¡Las cabritas! --dice Carmen, cerrando las manitas en una caricia. 

Y yo me callo lo de la visita al zoo, disfrutando del desconcierto de los interlocutores de pueblo. Muy urbanitas parece que no son. 


domingo, 28 de diciembre de 2014

sábado, 27 de diciembre de 2014

El tiburón


Me preocupa mucho que el blogg sufra las consecuencias de mi artículo diario en el Diario. ¡Os debo tanto a  los lectores de Rayos y truenos! Pero todo lo que voy a contar aquí, en cuanto me pongo, veo que con algo de cocina valdría para otro artículo y me lo guardo por si acaso me quedo seco allá, donde mi compromiso es profesional. 

Quizá la solución me la haya dado mi hijo Enrique esta mañana mientras desayunábamos. Me contaba su visita de ayer al zoo de Madrid y lo que le había impresionado el tiburón del acuario. Con su mano izquierda, muy fuerte y varonil, pero de un niño de tres años, hacía el gesto majestuoso del tiburón nadando mientras sus palabras eran muy aproximativas y dudosas. Se podía ver la potencia de los aletazos y esa lentitud felina con la que nada el tiburón, silente y amenazadora. En la mano de Quique se veía y el aire de la cocina se convirtió en el agua azul y fría del acuario. 

Y esas imágenes, que lo exigen todo de vosotros, porque a ellas ya no alcanza la literatura, quizá sean el terreno sagrado de este blogg, donde el único compromiso es la amistad.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

lunes, 22 de diciembre de 2014

Salgo del armario


Una frase hecha o idea común entre poetas es lo poco que se leen todos a sí mismos. Hasta ahora yo he callado como un cobarde, pero se acabó. Yo me releo y, todavía más, me recuerdo con una frecuencia casi diaria. Quizá por eso escribo tan poco, he pensado y tengo que repensarlo por si he dado con la explicación. El caso es que, si escribo por necesidad, esa necesidad no se acaba con el punto final, sino que vuelve, pero ya tengo mi poema listo para la ocasión y el contraataque. 

Un ejemplo, que es el motivo de las líneas que siguen. El otro día fui a hacer una gestión en coche. Hacía mucha niebla y yo iba muy nervioso. Me confundí de camino lo menos siete u ocho veces, y sólo iba de aquí a Jerez. Empezaba a desesperarme hasta que di en rerecitarme esto:



Y ya me reía y no importaba equivocarme y volver a equivocarme. 

sábado, 20 de diciembre de 2014

La mano


A pesar de la sangre azul, en la de Leonor no faltan glóbulos rojos, como debería, sino blancos. Cada análisis de sangre saltan las alarmas, hasta que convence al facultativo de turno que esos niveles los ha tenido siempre así de bajos. La novedad es que el otro día, en una reunión de trabajo, un exótico extranjero le pidió la mano para leérsela. Y zas: le dijo que tenía poca sangre (sic) y que padecería del corazón. Estaba, por los antecedentes científicos, un tanto impresionada. Le animó mi empatía, al ver que me ponía repentinamente blanco y serio. Se alegró de verme tan preocupado, confortada. (Ya no dije que era por eso de que le cogiese la mano un propio que pasaba por allí.)


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Presentación




Me comprometí hace un siglo a presentar el nuevo poemario de Blanca Flores en El Puerto, y el libro no me llegaba. Pensé que tendría que hacerlo sin leer el original, una presentación de la autora, no de la obra. Pero tres días antes, 1ª sorpresa, llegó. 




El tono de Blanca Flores había cambiado un tanto, 2º sorpresa. Le descubrí un encantador aire a Amalia Bautista: 


Aunque también un guiño a Carlos Edmundo de Ory y su ludismo lírico. Me emocionó este poema, a la vez juguetón y dramático: 





Dije estas cosas y, cuando me vine a dar cuenta, había acabado la presentación. No, mi presentación. Subió al escenario un amigo de Blanca, Paco Luque, y cantó dos canciones muy relacionados con la poesía de su amiga. Salí encantado. 





lunes, 15 de diciembre de 2014

D'Ors no me pasa una y tres o cuatro cosas más


Prudentemente ya había escrito mi artículo y hasta lo había mandado durante el postre, pero en el tren de vuelta de Madrid leí a Amorós que la fecha exacta de Platero era el 14 de diciembre y me entró el fervor. Escribí a la carrera esto y tuve que liarla parda para mandarlo por e-mail a la redacción. Se me coló ese "punto y final", Dios me perdone, y vosotros. 

Al día siguiente Miguel d'Ors me llamó la atención tempranísimo, y yo tuve que bajar la cabeza avergonzado porque el error era mío. Y estuve muy humillado y avergonzado (conmigo, eh, con d'Ors agradecido de que esté tan atento aún a mis cosas) hasta que se me ocurrió este jueguín de palabras: "D'Ors no me pasa una". Y ya me reía yo solo y se me pasó el disgusto. Así de consolador es el lenguaje. 

Estuve en Madrid para unas cosas y otras. Fue tan rápido todo que me salía por las curvas y dejé, a la altura de Neptuno, de tomar notas. Menos mal que Ángel sí hizo la tarea, Los adjetivos de nuestra reunión están —por si, como no estuvisteis allí, no os dais cuenta— magistralmente colocados. Y nos cuenta además una visita al museo que yo no pude hacer, pero que firmo con los ojos abiertos. 

Mi última nota es sobre la "hipálage del pájaro" o hipálage en espejo, se me ocurrió. Salió de entre mis pies por el Paseo del Prado un gorrión aterrador, aterrado y aterido, y los dos estábamos igual, con el frío (yo había ido a Madrid a la portuense, sin abrigo, ea) atontados y yo lo asusté a él y él a mí y los dos mutamente. Donde pongas el adjetivo "asustado" es una hipálage, una hipálage en abismo. 

Antes había visto un camión enorme de basura lleno de hojas secas. Tan delicadas esas hojas del otoño, tan leves, que parecía que iban a hacer el milagro de levantar por los aires al camión. 

Un poco antes, me crucé con uno que no llevaba ni jersey, muy jirocho, y me entró un poco de calorcito, por comparación. Duró veinte metros, cinco minutos, pero fue muy curioso.

Antes, en el tren le cambié mi asiento a una señora que quería ir con su hija y, gracias a eso, caí al lado de una peña de jóvenes ejecutivos cordobeses. Uno de sus compañeros, que era nuevo, había perdido el tren y los demás venían riéndose, imaginando su agobio. El otro lloraba excusas por whatsups que éstos leían en voz alta, mondados. Le escribían echándole hierro al asunto. El otro dejó de hablar un rato y una chica preguntó, con cierto temblor en la voz: "¿Se habrá suicidado?". 

Aún antes, en el suplemento de un periódico vi un dibujo de Goya de hermosísimo título: "Viejo columpiándose". Qué lástima haber visto el dibujo, inquietante y sucio. Habría preferido quedarme con el título nada más, columpiándome. 


viernes, 12 de diciembre de 2014

Qué casualidad



Ha querido el azar que el mismo día que voy a ver a Eloy Sánchez Rosillo salga la reseña que escribí hace un siglo a su antología catedrática.



Está en Turia.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Humillación


Leonor tuvo ayer una comida de trabajo que no acabó hasta tardísimo. Cuando llegó me contó que uno de los de la parte contratante de la segunda parte le había contado que era un  lector fan mío. Mi humillación no fue, como quizá empecéis a sospechar, porque yo sospechase que eso me lo contaba ella para tratar de compensarme por mi tarde a solas. Leonor no hace esas cosas. La humillación vino a renglón seguido. Le contó que coincidimos en una boda hace siete u ocho años, y que me lo dijo. La humillación es que yo me acordaba perfectamente  y que Leonor estaba segura de que yo me iba a acordar perfectamente. No somos nada. 


miércoles, 10 de diciembre de 2014

Caritas y carotas


Lo de los trabajos de los niños está siendo divertidísimo. Esta vez le tocaba a Enrique uno sobre el tema del cuerpo humano. Vimos que también estaban dando la expresión facial y, como el lenguaje es lo nuestro, aunque sea no verbal, hicimos este juego de adivinanzas. ¿Cara de qué...? [Las interrogaciones las pintó Carmen, siempre tan colaboradora]





martes, 9 de diciembre de 2014

Gordiano


Hay algo indiscutiblemente juvenil, adolescente, en tener 45 años y desvelarme pensando en mi destino, en mi vocación, en mis planes de futuro y en el curso de mi existencia, así, en general. Centrémonos, por ejemplo, en estos diarios. ¿No hay un ejercicio de vasta banalidad en recoger el día a día, más o menos? La maestra de los diarios y la escritura autobiográfica, Santa Teresa, no nos da sólo una lección de estilo (desahogado) ni de tono (coloquial), sino también de motivo. Si ella escribió su Vida, fue estrictamente porque se lo pidió su confesor. La obediencia desata los más intrincados nudos gordianos.

Mi confesor, sin embargo, entre tantas cosas como me pide, jamás que escriba en Rayos y truenos. 


domingo, 7 de diciembre de 2014

jueves, 4 de diciembre de 2014

Rerresonancias


Debo de estar pasando una temporada de frivolidad. Qué hondas reflexiones me produjo mi primera resonancia, y qué pocas y locas las de ayer. 

Me entró la risa con una chiste y no me podía mover y ahí estaba, solo, riéndome inmóvil, aguántadome las carcajadas. Era un chiste tonto: ¿No se va a llamar "Resonancia" con el ruido infernal que hace?

Como era a la hora de la siesta, hice el esfuerzo de dormirme, ya tumbado. Paradójicamente, la inmovilidad no me dejaba. Pensé, aunque despierto, por lo menos será una siesta postural, como magnética. Creo que salí descansado. 

La media hora empezaba, con siesta magnética y todo, a hacérseme eterna. Pensé, de pronto, si todo esto no se trataría de un castigo a mi  hipocondría, para que me deje de ir a los traumatólogos del mundo. Me lo temí seriamente. 

En modo sospechas, empecé a detectar que la máquina sonaba como un motor bajo de batería intentando arrancar. ¿Entraría la enfermera ahora a decirme que, aunque lo había intentado tanto, no había podido encender el motor?

Entró, sí, pero para decirme que ya, y que me había portado muy bien. Adiós, adiós. 

Fueron sólo 40 minutos, pero se me hicieron larguísimos. Me dio tiempo para pensar muchas cosas, además de las aquí relatadas. Salí soñando en vivir así, con esa intensidad. 






miércoles, 3 de diciembre de 2014

Exotérico


De mi artículo de Misión del último número estoy muy orgullo, amén de por participar en una revista que se crece número tras número, por la invención [creía que "invención" de "crear" pero descubro ahora que es "invención" de descubrimiento] de una palabra que me describe: exotérico. O sea, raro y exclusivo, pero volcado hacia el exterior, a los demás, con poco éxito, pero eso es lo de menos. 



Quizá se lea mejor aquí, aunque la ilustración, como suele, es lo más bonito. 


martes, 2 de diciembre de 2014

Ups


A la hora de nuestro almuerzo —tan tarde que parece merienda, o té inglés—, me cuenta Leonor que volvía del trabajo pensando en qué monos los niños y qué bonita nuestra casa y qué suerte más grande, etc. Pero, de golpe, vio la fragilidad de todo. Qué estremecimiento. Pensó que si yo moría…, ella no podría mantener la casa, tendría que venderla. 

Sic, como suena. 

Me encandiló un antirromanticismo tan radical. Primero, por principios. Y finalmente, por las postrimerías. Vengo defendiendo que la muerte no interrumpe nada y que el matrimonio debiera ser indisoluble ad eternum. Justo, pues, que la muerte apenas suponga —para eso ha quedado— algún inconveniente a la hora de liquidar el IBI o así.