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viernes, 10 de marzo de 2017

Derechos de autor


Discutimos en casa quién es el más discreto para guardar una confidencia. Carmen zanja: "La mejor guardando secretos soy yo porque se me olvidan". Les digo muy nervioso que me tengo que levantar para apuntarlo en mi libreta de aforismos de inmediato.

Carmen entonces me dice: "Cada vez que uses una cosa mía en el blog o en tus artículos, me vas a tener que pagar, papá". Y tanto interés por los derechos de autor en una niña de seis años podría inquietar a un padre más idealista. Pero yo soy un acérrimo defensor de que el obrero merece su salario . Así que no me levanto y me pongo a discutir con ella su caché. No resulta sencillo. Por los cuentos, quiere más que por las anécdotas y por éstas más que por los aforismos. Cuando cerramos el acuerdo, se levanta y se va a escribir un cuento.

-- Papá, ¿valiente es con b o con v?






martes, 15 de noviembre de 2016

Notas


La superluna 
aliviada suspira... 
¡Cupo en el haiku!

*

Carmen: "¿Y mamá?
Yo: "Tenía mucho trabajo. No ha venido a comer".
Carmen: "Ya sabía yo que hoy no iba a ser un buen día"

*

Impresiona lo que humaniza a ambos encontrarse con un compañero fuera del puesto de trabajo.

*

Quien me pregunta por mis hijos me hace un favor. Me recuerda mi escala de valores.

*

Sería bonito que alguien nos preguntase también: "¿Cómo está Dios?" "Estupendamente", responderíamos, mejorados.


viernes, 26 de agosto de 2016

De los que trajo Mendoza


Carmen está gritando en la entrada del Bucito y dando saltos: "Llegué. Llegué. Antes me daba miedo y llegué". Ha llegado sola en bicicleta desde casa hasta la playa. Antes, en efecto, le daba miedo; pero lo ha vencido. Me cuenta, al oído, el secreto de su victoria. Ha inventado una canción para darse ánimo:


Cuesta abajo, acelero 
y cuando quiero 
freno. 

Cuesta arriba, 
trago saliva. 

Está especialmente orgullosa porque yo le doy mucho valor al valor. Ya saben: "Sólo es libre el hombre  / que no tiene miedo" (vía). Eso, Quique lo tiene totalmente interiorizado. Ahora está tumbado sobre mí, que estoy tumbado en una hamaca. Me ha pedido que lea en voz alta el libro que tengo entre las manos. Es más o menos apropiado. Filetes de lenguado de Gerald Durrell. Cuando acabo el segundo relato, el de las tortugas, se me hace un nudo en la garganta y se me escapan dos o tres lágrimas, como pelotas de ping-pong. Quique se da cuenta (se ha mojado, de hecho) y me mira pasmado. "¿Estás llorando?". Llorando yo, el mismo que, cuando se hacen un rasguño en la rodilla, les cuenta la épica de los tercios viejos de Flandes  y les prohíbe un lamento. "Sí, de emoción. Los hombres no lloramos casi nunca de dolor, pero así, sí". No lo veo convencido del todo. Le recito la infalible milonga argentina:


Mi caballo es andaluz, 
de los que trajo Mendoza, 
que no tiene miedo al tigre 
pero tiembla ante la rosa. 

Se lo gloso y queda convencido del todo. Pero, de pronto, veo que su ceño se frunce. Me mira con pena y confiesa: "Yo nunca he llorado de emoción".


domingo, 8 de mayo de 2016

Cruz de Carmen









Aprovechando mi ducha, Carmen ha cogido mi pluma —que tiene prohibida— y ha dibujado la cruz de la mesa de mi despacho, calcando la forma.

Ni qué decir tiene que me ha dado mucha devoción. Por saltarse así de bien mis interdictos y por lo bien que lo ha pintado. Y también por la parte de copia del trabajo, porque ya se sabe que el talento individual crece con el seguimiento fiel de la tradición.


lunes, 25 de abril de 2016

Modo


Ayer Leonor hizo esta foto, que le salió modo Sorolla:



En misa, luego, en la pradera, los niños jugaban por atrás y por el lado. Se tiraban dardos y practicaban esgrima con dos ramas. Bucólico, pero épico. De pronto, Carmen dijo algo a Quique, que estaba a unos tres metros, y todos los bancos de cerca se rieron. A mí no me extrañó, porque los veo graciosos por el mero hecho de existir. A la salida, una amiga me contó que Carmen había advertido a su hermano: "Quique, voy a dejar ya las flechas. Me pongo en modo niña".



lunes, 15 de febrero de 2016

Feminidad


La paternidad es un asombro constante. Diariamente aprovecho el tiempo que pasa desde que desayuno con Leonor, que entra a trabajar a las siete y cuarto, y mi marcha al IES, para leer la prensa y hacer la corrección importante de mi artículo, la decisiva, como tal vez recuerden vagamente. Ahora sigo de baja, pero, absoluto silencio aparte, mantengo el ritmo. Sin embargo, Carmen, esta mañana, cuando he ido a darle el beso de buenos días, me ha dicho: "Siéntate a desayunar conmigo, anda, que hoy tienes todo el día para escribir tu artículo". Como suena. No sé cómo ha aprendido tan bien con cinco años mi horario, mi baja actual ni esa manera tan femenina de cogerme las vueltas. Me he quedado allí, petrificado, viéndoles desayunar, pero sin poder decir ni mu.


domingo, 24 de enero de 2016

Hija


—¡Jopé, papá, ¿por qué todas las canciones son de amor?!

—Porque el amor mueve el Sol y las demás estrellas —contesto sin poder resistirme, a pesar de la prohibición absoluta de hablar.

Y no sé si lo entiende ni si la convence, pero calla. Y escucha la canción.



martes, 19 de enero de 2016

Un nudo en la garganta


Ayer caí presa de mi hipocondría. 

En la cena con mis hijos, disimulando mi angustia, les pregunté: "¿Qué habéis aprendido de papá?", pensando en el recuerdo que les quedaría a ellos, tan chiquititos, los pobres. Carmen levantó la mano rápido, como en el cole, y dijo: "A entrenar duro". Cuando sale a patinar con su madre, no se suelta; y conmigo ("hay que entrenar duro", le digo, en efecto) tiene que ir suelta y, si es menester, cayéndose y levantándose. Bueno, no estaba mal. Le pregunto a Quique, pero es Carmen la que habla por él, que piensa: "Quique, a manejar la tableta". Y también eso es verdad. Pero entonces él, que parece que ha entendido la razón de mi pregunta, me mira a los ojos y dice muy serio: "Tienes que enseñarme a leer".

Se me puso un nudo —analógico— en la garganta.

lunes, 4 de enero de 2016

Colofón


Anoche me quedé hasta tarde trabajando en la antología de poemas al padre. Trabajando contrarreloj, como suelo. Me está provocando enormes emociones este encargo y a quién no, con versos como éstos:

XXXVI
    «El vivir que es perdurable  
no se gana con estados            
mundanales, 
ni con vida delectable     
donde moran los pecados                 
infernales;
   mas los buenos religiosos 
gánanlo con oraciones
y con lloros;       
los caballeros famosos,         
con trabajos y aflicciones  
contra moros.

Ni qué decir tiene donde me veo yo, sobre todo con los vapores de las altas horas nocturnas y trabajosas y con las aflicciones. Pero ninguna emoción comparable a la de esta mañana. En el folio en sucio que me acompaña en mis trabajos, donde emborrono mis notas y mis horarios, Carmen había dejado un mensaje y un dibujo, ambos extraordinariamente oportunos:


Ojalá en la editorial Renacimiento me permitan poner de colofón este burrito de Carmencita. Sería un acto de justicia, aunque un poco vanidoso.


jueves, 24 de diciembre de 2015

lunes, 23 de noviembre de 2015

Autorretrato de nascitura

 Carmen se autorretrata antes de nacer. Dos curiosidades. Nadie le ha pedido este tema: es un autorretrato motu proprio. Y por entonces Leonor llevaba el pelo corto, tal y como se ve en el retrato. Le quedaba (como se ve también) estupendamente. 

jueves, 19 de noviembre de 2015

Todos los padres


Tenía pensado contar otra cosa, pero ha pasado esto. Después de la actuación en el open day del cole, le he dicho a Carmen al oído: "Eras la más guapa". Y ha sonreído, eso sí, y luego ha dicho: "Yo creo que todos los papás les dicen lo mismo a sus hijas". Es la viva estampa de su madre, he pensado. Y he replicado: "Pero yo soy el único que dice la verdad". Y entonces ha puesto una maravillosa cara, mitad cínica, mitad irónica y ha dicho apenas: "¿Sí?"

Ayer, que es lo que quería contar, me acompañó a misa. Como acaba de aprender a calcar monedas con un folio y rayando con el lápiz, se trajo su monedero y los demás utensilios. A la salida estaba Manolo y yo no llevaba suelto. Le propuse darle un euro de sus ahorros y allá que fue y se lo dio. Estuve a punto de decirle que ya se lo repagaría yo, pero callé a tiempo. Mejor dejar que aprenda a ser caritativa sin paliativos. Calló ella también un rato, esperando quizá a ver mis movimientos. Viéndome tan silente, dijo: "Ya me darás tú algo, ¿no?" Y eso me pareció también muy bien porque para poder ser caritativos hay que ganárselo antes, y después.


miércoles, 28 de octubre de 2015

Santa Cordelia


En el cole, para celebrar a Todos los Santos por todo lo alto, han pedido a los niños que hagan un trabajo sobre su santo titular. Carmen propuso, porque hay otra Carmen en su clase, hacerlo sobre Cordelia, su segundo nombre. Ha escrito su primer libro:


 
 

 



martes, 20 de octubre de 2015

Cómo lo diría




...............Mirad, cayó la tarde
...............y se van pronunciando las estrellas.
....................Eloy Sánchez Rosillo, "Quién lo diría", pág. 148, Quién lo diría [Tusquets, Barcelona, 2015]. 


Hoy toca que mis hijos acaben sus trabajos.
Así que si pretendo leer los nuevos versos
de Eloy Sánchez Rosillo, 
he de traer su libro al mismo borde
de esta mesa caótica 
del comedor, donde se afanan ellos.
No se callan. No paran. No trabajan 
y tengo que reñirles, que ayudarles 
como me ayuda a mí 
esta poesía transparente y buena
que, compasiva, suple mi falta de atención. 
Así, ¿podría uno leer a ningún otro?
Me lleva de la mano como yo 
empujo las pequeñas de mis hijos 
que esparcen purpurina, 
que colorean y recortan. 
..........................................Luego, 
leo otro trozo, 
........................casi nunca tanto 
como un poema entero. 
.........................................Sin embargo, a empujones 
van avanzando ellos y avanzo yo también, 
a veces, envidiando 
la vida de poeta del poeta 
—silencio, paz, paseos indolentes 
bajo una luna cómplice 
o junto a un mar inmenso, atento, íntimo—. 
Aunque enseguida la emoción me llama 
y regreso —hijo pródigo— al agradecimiento 
con el solo dolor de haber leído mal, 
con prisas, distraído, enfadado, nervioso... 
Tendría que ir cerrando el libro ya,
pero lo abro otra vez, repasándolo, y veo 
que cayó purpurina entre sus páginas...
Fuegos artificiales, de golpe, me parecen.
O no. Muy quieta y silenciosa es
—la purpurina—
una noche estrellada.



sábado, 29 de agosto de 2015

domingo, 24 de mayo de 2015

lunes, 11 de mayo de 2015

Un trozo de su Imperio



El buen amigo da la razón a mis miedos. Yo no quisiera que el artículo diario diese al traste con Rayos y truenos, que es lo que más aprecio, pero el blogg se resiente. Me ofrece su consejo. Tengo que seguir hablando de los libros que leo. El barbero del rey de Suecia es imprescindible. También algún atisbo de vida literaria, hombre. Algún aforismo suelto, desde luego. Me falta mala leche, eso está claro. Hablo demasiado de mis hijos. Cuelgo demasiados dibujos de Carmen. Lo entiende, porque lo demás lo vuelco en los artículos, pero aún así... Yo tomo notas mentales y doy cabezadas de asentimiento y de arrepentimiento, alternas.

Aprovecho que vuelvo en el tren leyendo Lugar de lo sagrado de Lutgardo García, para poner en práctica nuestras buenas intenciones. 

Carmen me quita el libro a cada rato. Dice, mirando la gran foto que abre el libro: "Qué guapo". A Leonor y a mí nos hace gracia tanto embelesamiento, y pedimos motivos. Contesta: "Eres tú de joven, ¿no?". Me río  (1) porque Lutgardo en un momento del libro habla de su cara de niño; (2) porque recuerdo a César Fernández Moreno que contaba que cuando un argentino lleva un libro bajo el brazo es el suyo, y Carmen parecía haber deducido lo mismo de su padre; y (3) porque, al enterarse de que no soy yo, retira el piropo. Pero no me devuelve aún el libro ni el lápiz:





Quizá fue otro empeño inútil tanto buscarme un ex libris. El mío tendrían que ser los garabatos de mis hijos, que marcan de veras los libros que sí leo. Dejan sin mácula, denunciantes, los que sólo compro: ésos que leo con los ojos

Por fin, en un oportuno traqueteo del tren, recupero el volumen. Ahora Enrique pide su porción de la herencia. Le enseño a leer la palabra "todo" sobre un verso de Lutgardo: "todo empieza en tus brazos". La t con la o, to, la d con la o, do: to-do, todo. Se pone muy contento. Intento hacer un chiste szymborskiano (a propósito, ¿alguien puede animarme a leer, por favor, la biografía que acaba de salir?). El chiste: "Quique, ya puedes leer "todo", ¡todo! ¿te das cuenta? ¡Sabes leer!". El chiste no lo coge. Ni su madre. Ni nadie del coche, aunque van todos atentos (qué remedio, los pobres) al jaleo que nos traemos. Atentos y muy serios.

A duras penas, voy avanzando en la lectura. Pero sin la concentración que requiere un afeitado apurado. Me divierte el sevillanismo militante de las dedicatorias: tiene un calor especial. Y me consuela pensar que con este manuelmachadiano poema que copio aquí os daré una idea del libro: su perfecta factura, sus referencias literarias y artísticas constantes, que incluyen hasta una de Juego de tronos, su ironía fina y, al final, una dulzura emocionante que nos dibuja una sonrisa en el rostro casi tras cada poema:

La Infanta Margarita en traje azul  

 Nadie más cortesana ni coqueta 
que esta pálida infanta de ojos fríos, 
de mano lacia y de barbilla quieta.  

 Tiene el azul antiguo de los ríos 
y cierta distracción en su semblante 
de niña encarcelada en poderíos  

 que quiere hacer volar su guardainfante. 
Hay mucho de realeza y de misterio 
en su modo sereno y elegante.  

 Mas sé que, aunque su rostro sea tan serio, 
por jugar con María o con Inés, 
cambiaría hoy un trozo de su Imperio.





lunes, 13 de abril de 2015

Pukka



Una de mis dificultadas para escribir esta entrada sobre la muerte de Pukka era no encontrar la foto adecuada. Carmen nos ha traído del colegio este ''dibujo de un perrito'' que me ha puesto el corazón en un puño. Al que conozca un teckel de pelo duro no tengo que decirle más. Para el que no, apuntaré que el collar de Pukka era rojo. 

La otra dificultad era interior. Pensé al principio que no era para el artículo del periódico pero que a vosotros, lectores del blogg, si podría contarlo. Luego me he dado cuenta de que el problema es mío. Se trata de la extrañeza que supone tener que decir uno el momento de la muerte de su perro, por muy mayor y enfermo que esté. Por seguir con Jorge Manrique, ya no es la muerte la que llama a la puerta, sino nosotros los que la llamamos a ella. Es un cambio copernicano, diría yo. Y ni aquí me considero con fuerzas para reflexionar sobre su alcance. Quizá por eso, buscando refugio en lo sagrado, lo llamamos ''sacrificar'' a un perro, pero es una vana argucia. Ante ese hecho, uno está, debe estar desnudo.