La entrada
es libre.
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La primera
prueba de que entramos en otra dimensión es que el siglo XX está representado
por sus santos. “Qué época tan maravillosa!”, exclamarán, ingenuos, los santos
medievales.
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En el Cielo,
los más santos atesoran más recuerdos, y más vivos. Tan vivos, tan vivos que el
perro de san Roque corretea por entre las piernas de los bienaventurados y
alrededor de las rosaledas... moviendo el rabo radiante.
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Los
santos lloran de alegría y los pecadores se alegran de llorar.
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No hay
problema: los que se aburrirían allí no están allí.
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El Cielo: un
tú a tú con todos siempre.
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La lengua
oficial del Paraíso es la de fuego.
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Algunas
veces nos dolerá algo para que recordemos, en cuanto se nos pase, que estamos
en la Gloria.
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Lo que no
hay en el Cielo es nada.
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Los ateos se
llevan cada dos por tres las manos a la cabeza, y exclaman: "¡Increíble,
increíble!". Y los
creyentes, igual de atónitos, les responden: "¡La verdad es que sí!, ¡La
verdad es que sí!"
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Los relativistas en el Limbo estarán en la Gloria.
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Como los
escépticos son irremediables, por allí andan los que niegan la existencia del
cuerpo. Los demás los sobrellevan con paciencia a la espera del Juicio Final.
(A ver qué se inventan después.)
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Y los
hipocondríacos nos preguntamos si, tras la resurrección de los cuerpos, no nos
estallará el corazón de gozo.
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Los más paulinos irán por el Cielo advirtiendo, adustos: "¡psch, psch... ni ojo vio ni oído oyó!". Menos mal que san Juan les dirá: "Comprended que otros seamos más figurativos, hombre...". Y como allí hay muchas moradas, pues los inefables tan contentos (y callados) y los visionarios tan dichosos (y locuaces).
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Si escritos
con honestidad, los tratados ateos se salvarán, por supuesto, como literatura
fantástica. Las mejores tesis heréticas serán libros de humor. Y tendrán su
público.
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La poesía,
en cambio, será indistinguible del habla común.
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Pero el best-seller por excelencia es el
Catecismo, con todas esas multitudes de chinos, musulmanes, indios y nuevas
generaciones de europeos deseando saberlo todo, todo, desde el principio.
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En los
corros, los hombres y las mujeres de mundo (diplomáticos, marqueses,
empresarios, artistas de éxito y políticos victoriosos) oyen entusiasmados, al
borde de las lágrimas, el excitante relato de la vida ordinaria de un alma
sencilla.
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Los hombres
podremos volar como los ángeles, pero no lo haremos, por puro amor a nuestra
condición de hombres.
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Como aquí de
la mili o de las oposiciones, allí continuamente contaremos a la mínima
oportunidad la experiencia del Purgatorio con pelos y señales a todo el mundo.
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Los que no
tuvieron que pasar por eso lo escuchan con santa paciencia, literalmente.
Pensando: "¡De buena nos hemos librado, uf!"
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En el
Paraíso, un sector productivo en continuo crecimiento y que cada vez ocupa a
mayor parte de la población activa es la Teología. Como Dios es infinito,
todavía hay muchos delicados silogismos que discutir gozosamente. Los habrá
siempre.
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César
Vallejo: “Volverán los niños abortados a nacer perfectos”.
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Los
divorciados celebran allí por todo lo alto aquello de "hasta que la muerte
os separe". Por fin.
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Con los
matrimonios felices se hará una excepción, espero.
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El Paraíso
será pasear por entre impresionantes vidrieras sin ese molesto impulso idiota
de darles una pedrada.
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Allí ya no
hay pecados, pero habrá cola para confesarse con el padre Nicolae Steinhardt.
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Uno imagina
en el Paraíso la música y la poesía, pero no la pintura ni, mucho menos, la
escultura.
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Es raro,
porque pintando, al que le guste, uno sí que lo ve.
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Desde luego,
en el Paraíso no habrá toros (eso es más del Purgatorio), pero los buenos
maestros salen (y entran) a hombros, para regocijo de los ángeles más
flamencos.
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La luna es
el reloj de pulsera de Dios Padre. Por eso no tiene manecillas.
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Entre salmo
y salmo, una acción de gracias a la madre que nos parió. Sin ella, nada de esto
hubiera sucedido, ¡nada!, qué vacío.
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Gracias a la
eternidad, la Virgen tendrá tiempo para atendernos a todos personalmente. Allí
no hay tiempo, lo sé, pero la Virgen sabe que la ternura es el amor a cámara
lenta, y se sacará horas de la manga para derrocharlas en atenciones con todos
y cada uno.
[¡Para que
luego vengan a embobarnos con lo del progreso…! En el siglo XIV Dante escribió
los XXXIII cantos impresionantes del Paraíso. Yo, en el 21, estos 33 aforismos. ]