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miércoles, 1 de julio de 2020

Tomo apuntes


Quique está montando un caballo que respinga y le tira dos o tres veces al día. Eso, por las mañanas. Por las tardes, va a clases de windsurf y no para de caerse (siendo optimistas, porque lo que no consigue es levantarse). Hoy me ha dicho que la hípica es excelente para cuando se tiene hambre y la vela para cuando se tiene sed. Ante mi desconcierto, me ha explicado: «Con el caballo me harto de comer tierra; con la tabla, de beber agua de mar». Y me ha guiñado.

Esa es la actitud. De mí no la ha aprendido, pero yo  le estoy tomando apuntes.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Doce campanitas


[Esta vez las doce campanadas me han cogido desprevenido. ¿Ya se ha acabado el año? ¡Si acababa de empezar...! En vez de darla con las uvas de otro autor, como otros años, he revisado algunos aforismos que he escrito en los márgenes del año. Que el 2019 sea más lento, más feraz en aforismos y tan feliz y tan campante, campana sobre campana, como éste]






Días muy largos hacen semanas muy cortas y años instantáneos. 
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No estar atento al presente es como el niño mimado que recibe regalos y ni les quita el papel.
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Era tan partidario de la existencia, que hasta la cruda realidad le parecía un steak tartar.
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Cara de asco
El asco será por algo, sí, pero mucho cuidado porque la cara es la tuya.
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El Purgatorio es igual que el escritor que sigue corrigiéndose en galeradas y aún en ferros.
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Leo que «Laetitia» que viene de «latus», ancho. Y debe de ser, porque los tristes resultan siempre tan estrechos…
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El culmen de la libertad es entregarla.
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Lo malo que tiene el ascetismo: visto desde fuera y juzgando por los resultados, siempre se queda corto.
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La belleza, además, defrauda a Hacienda.
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LEER
Con pasión sin compasión.
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¿Se notará tanto mi vanidad como la de los demás?
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El dolor explica el tiempo y la alegría, la eternidad. 




sábado, 9 de junio de 2018

sábado, 1 de abril de 2017

Regalar un árbol


Qué maravilla levantarte y encontrar que por la noche ha crecido un árbol en tu correo. Con sus raíces vigorosas y sus petirrojos jugando. Me ha alegrado la mañana. Y he pensado que yo podía hacer lo mismo que mi amiga, y regalar el poema:


Creo que nunca encontraré un poema 
que sea tan hermoso como un árbol. 

Un árbol cuya hambrienta boca aprieta 
el abundante pecho de la tierra; 

que pasa el día contemplando a Dios 
y alzando en oración frondosos brazos; 

un árbol que, quizá, en verano adorna 
con leves petirrojos sus cabellos, 

en cuyo pecho se apoyó la nieve, 
que vive enamorado de la lluvia. 

Los tontos como yo hacemos versos,
mas sólo Dios puede crear un árbol. 

.......................................'Trees', 1913
..................................................Joyce Kilmer (1886-1918)

miércoles, 8 de febrero de 2017

Las doce en el reloj


Seguro que ya está inventado, pero se me ocurrió ayer un reloj con las manecillas paradas en las doce en punto, las doce en el reloj, en el que girasen las cifras. Sería un recordatorio constante de que la plenitud hay que vivirla en todo momento, a cualquier hora.


sábado, 4 de febrero de 2017

La compensación


Entra en la radio Fernando Savater. Va a dar su opinión sobre Artur Mas y el mecanismo victimario de los nacionalismos. Nada nuevo ni, por muy bien que lo haga, particularmente excitante. Antes de lanzarse al ruedo, comenta con Alsina el temporal que azota San Sebastián y que está a punto de ser arrastrado por el viento. Hace su faena, muy aliñada. Y cuando se despide, Alsina le recomienda paciencia y preocupación con el temporal. Entonces, como un rompimiento de gloria, sale el Savater sabio y disfrutón: "Pero siempre hay una compensación estética: el mar está precioso".

Qué suerte haber estado oyendo la radio.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Campana sobre campana


Hace un tiempo que escribí el artículo para Nuestro Tiempo. Me llega ahora publicado y le descubro que tenía un secreto e inconsciente espíritu navideño. Qué bien.


El artículo del Diario sí tiene intencionadamente un espíritu navideño familiar, aunque trufado de aliento mosaico y tablas de la ley.

Y como no callo la boca ni bajo agua, un tercer campanazo, sobre las campanillas del final de año y el rito de escoger sus personajes principales. 

viernes, 4 de noviembre de 2016

Patadas a los pollitos y mucho más

No soy fanático savateriano, pero esta entrevista es extraordinaria. Es también una entrevista un tanto sorda, cada uno hablando de lo suyo, lo que resulta más chocante en Jonás Trueba, que fue, parece, a hablar de cine, y al que, por fortuna, Savater no hace demasiado caso. Yo tampoco. Me he quedado con estas respuestas de Savater, que copio (empecé con una, a ver si adivináis cuál) para memoriazarlas:


Otro de los efectos malos de la culpabilización es que la gente no se atreve a hacer cosas. Al hacer cosas te pueden criticar. Este país está lleno de gente que acierta siempre porque no mueve un dedo para nada.
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El educador educa para que el educado pueda irse y prescindir de él. 
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Yo siempre he querido que haya héroes y santos, me gusta que los héroes sean héroes y  que los santos  sean santos, que haya figuras que enseñan que se puede ser hombre siendo un poco más que hombre.
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La diferencia entre una película mala, que a mí a veces me encantan, y una buena, es que la película mala te cuenta una cosa, y la película buena te cuenta una cosa y algo más. 
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Decir que no hay que dar patadas a los pollitos está muy bien, pero no estamos hablando de eso.
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[Antes de la muerte de su mujer, Savater] tenía un fondo de alegría siempre. Aunque tuviera un cólico nefrítico o estuviera en la cárcel, estaba alegre porque hay cosas nuevas que pasan en la cárcel. Ahora es al revés. Hace dos años que no tengo ni una sola hora alegre.
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Esa es una teoría de Spinoza: la virtud y la alegría son lo mismo; la alegría de alguna manera es el signo de salud moral. O Montaigne cuando dice “Yo no hago nada sin la alegría”
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[Sobre el luto y la tristeza por la viudez, que algunos le dicen que resulta exagerada] Es como si a alguien le cortan una pierna y a la semana siguiente te dicen “Oiga, sigue usted cojeando”. “¡Fíjese que no me ha crecido otra!”.
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[Sueña con sus padres y con su mujer] Sueño con horror, aparecen, me preocupo: “¡Ay, se van a morir!”. Y luego digo: “No, no, menos mal que se han muerto”. 
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El entusiasmo no se transmite, se contagia. A mi madre le gustaba mucho leer pero su ídolo literario era Agatha Christie. Christie cada dos años sacaba una novela que vendía en todos los idiomas del mundo, y mi madre compraba la novela. Aparecía la novela, mi madre la compraba y desaparecía y ya no la volvíamos a ver hasta que acababa el libro. Ella, que estaba siempre hiperpresente en la casa, desaparecía hasta que terminaba la novela. Yo no necesitaba que mi madre me dijera: “Cuánto me gusta leer novelas de Agatha Christie”.
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Hannah Arendt: si los profesores son revolucionarios los alumnos están jodidos, porque las opciones son o bien imitar al profesor en lo revolucionario, y por tanto ya no ser revolucionario, o revolucionarse contra el profesor, en cuyo caso tendrían que convertirse en reaccionarios para llevarle la contraria.
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No creo que la educación lo resuelva todo, pero creo que en la solución de cada problema siempre hay una parte de educación.
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La secta de los que creen en la ley de la gravedad es mejor que la de los que creen que Superman vuela.
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He llegado a pensar que había muerto yo y no ella [Sara, su mujer], y que la pena que yo tenía en el infierno era pensar que estaba vivo y que ella se había muerto.
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En cambio, con mis alumnos nunca he tenido mal genio. Todos los profesores que sabían que tengo mal genio se asombraban de lo dulce y lo paciente que era con ellos. Y yo decía: “Es que vosotros no tenéis derecho a decir gilipolleces. Ellos sí. A mí me pagan por enseñarles cosas. Si ellos fueran sabios yo tendría que dedicarme a otra cosa”.


viernes, 26 de agosto de 2016

De los que trajo Mendoza


Carmen está gritando en la entrada del Bucito y dando saltos: "Llegué. Llegué. Antes me daba miedo y llegué". Ha llegado sola en bicicleta desde casa hasta la playa. Antes, en efecto, le daba miedo; pero lo ha vencido. Me cuenta, al oído, el secreto de su victoria. Ha inventado una canción para darse ánimo:


Cuesta abajo, acelero 
y cuando quiero 
freno. 

Cuesta arriba, 
trago saliva. 

Está especialmente orgullosa porque yo le doy mucho valor al valor. Ya saben: "Sólo es libre el hombre  / que no tiene miedo" (vía). Eso, Quique lo tiene totalmente interiorizado. Ahora está tumbado sobre mí, que estoy tumbado en una hamaca. Me ha pedido que lea en voz alta el libro que tengo entre las manos. Es más o menos apropiado. Filetes de lenguado de Gerald Durrell. Cuando acabo el segundo relato, el de las tortugas, se me hace un nudo en la garganta y se me escapan dos o tres lágrimas, como pelotas de ping-pong. Quique se da cuenta (se ha mojado, de hecho) y me mira pasmado. "¿Estás llorando?". Llorando yo, el mismo que, cuando se hacen un rasguño en la rodilla, les cuenta la épica de los tercios viejos de Flandes  y les prohíbe un lamento. "Sí, de emoción. Los hombres no lloramos casi nunca de dolor, pero así, sí". No lo veo convencido del todo. Le recito la infalible milonga argentina:


Mi caballo es andaluz, 
de los que trajo Mendoza, 
que no tiene miedo al tigre 
pero tiembla ante la rosa. 

Se lo gloso y queda convencido del todo. Pero, de pronto, veo que su ceño se frunce. Me mira con pena y confiesa: "Yo nunca he llorado de emoción".


jueves, 17 de diciembre de 2015

Las fases de la luna



Estaba tan compungido ayer por la tarde que era mi hijo el que me llevaba por la calle de su mano.

*

Cuando se le cayó la piruleta que le habían dado en la peluquería por portarse tan bien, y se partió en tres, y lloró un poco, no tuve fuerzas para consolarle.

*

Me confortó —me llevaba, ya os lo he dicho, de la mano del corazón— que en ningún momento propusiera quedarse con la piruleta roja, intacta, que él había pedido para Carmen en la peluquería.

*

Le dije que ahora tenía dos caramelos y una piruleta, que era el trozo (media luna) que aún quedaba en el palito. Era esa luna —hipálage— azul oscura como la noche. No le convenció, pero se rió, que es más. Y yo supe que mi alma a pedazos ahora valía —arte de magia— el triple.

*

Cuando dijo que "la luna llena / es una piruleta / que no se ha roto", di las gracias a Dios por las fases de la luna.



viernes, 10 de abril de 2015

Juan Bosco Navarro Grau


Juan Bosco Navarro Grau celebra estos días, a la vez, su Navidad y su Resurrección. Yo he repasado sus correos y he vuelto a emocionarme con una entrega de haikus: 


Como un espejo 
el eco de tus pasos 
llena la estancia.  
 
* 
 
Campo mojado. 
Habrá crecido el río 
mientras dormías. 

* 
 
Limpio arcoíris, 
la ramita del sauce 
dentro del agua. 
  
* 

En la nostalgia 
encuentran su acomodo  
hermosos días.   



miércoles, 6 de agosto de 2014

Montiel por Szymborska


En la solapa de Placer adámico (Universidad Complutense, Madrid, 2012), el poeta Jesús Montiel (Granada, 1984), al que hay que seguir la pista, se reconoce discípulo de Miguel d'Ors. Bravo. Pero en el primer poema, la sombra tutelar es Wislawa Szymborska. Lo interesante es que no es sólo la sombra, también es su luz lo que tiene este poema. Podía pasar (y creo que no exagero) por uno de la premio Nobel, y no por uno cualquiera, por uno de sus mejores. ¿O me equivoco?

VISITA AL MUSEO 

Niños terrícolas del siglo treinta:
  

mirad lo que llamaban los antiguos un bosque. 
Entonces las especies vegetales 
brotaban a su antojo de la tierra, 
se hermanaban formando laberintos 
rebosantes de vida. 
Los árboles crecían, se estiraban 
como sueños borrachos de tormenta 
y en sus copas el viento cantaba con el pájaro. 

—la extrañeza les abre la boca y la mirada—  

mirad lo azul que entonces era el cielo 
—se escuchan expresiones de sorpresa— 
la belleza del campo amanecido. 
Observad las estrellas coronando la noche, 
flotando como adornos navideños 
de un altísimo abeto. 

Mirad un hombre de hace nueve siglos 
absorto en la visión de unas montañas. 
—¿Qué fulge en su mirada? ¿Qué luz hay en sus ojos?- 

Es lo que los antiguos llamaban el Asombro

martes, 17 de junio de 2014

A Dafne ya los brazos le crecían


Impresiona a Carmen que el sol (y la luna) la sigan y persigan. Va en coche y lo dice cada dos por tres, asomada a la ventana. A mí en general me sale el piropo: "No me extraña, Carmen, no son tontos los planetas ni las estrellas, yo te seguiría igual a todas partes". Otras veces recuerdo con nostalgia que yo también me fijaba con asombro. Ayer, sin embargo, pensé en Dafne, perseguida por Apolo, y vi que la escena mitológica está fundada sobre ese delicioso efecto óptico. Lo cual, siendo tan poca cosa, le da a la fábula y al laurel y al sol y a los sombras y a Apolo y a Diana un encanto mayor.