lunes, 21 de septiembre de 2009

10 libros 12

El peligro de Madrid son las librerías. Aprovechando que tengo la superstición de los números redondos, quise ceñirme a un estricto decálogo, que es el número moral por excelencia. Muchos fueron los llamados, pero estos los escogidos:

1- Escolios a un texto implícito, naturalmente de Nicolás Gómez Dávila, pero ¡por fin completos!, editados por Atalanta. A la edición colombiana de Villegas la he perseguido por la Red durante años, pero siempre se me escurría. El sábado lo descubrí en el escaparate de la Librería Rafael Alberti y enseguida mordí el anzuelo. Me hubiera venido muy bien tener el libro leído para la lectura de por la noche en la Residencia de Estudiantes, pero son 1407 páginas. Así que cuando empezaron a hacernos múltiples fotos antes, durante y después del acto, no me quedó más remedio que contar aquella historia de Los agujeros negros de Aquilino Duque sobre un fotógrafo especializado en retratar difuntos. Hacía retratos familiares y el que posaba siempre con más naturalidad era el finado, porque el resto se envaraba delante de la cámara. Yo, envarado mientras nos fotografiaban sin parar, lo conté varias veces y ahora que hago memoria creo que a la misma persona. Me sabía, ojo, lo del macabro ojo tuerto de la fotografía, que dijo Ramón Gaya, pero me pareció más distendido lo de los cadáveres de Aquilino. Todo se habría solucionado si me hubiese llevado leído este escolio de Gómez Dávila de la página 427: “La fotografía nos muestra cómo el imbécil ve el mundo”. Así, como un flash, hubiese quedado deslumbrante, aunque tampoco sé si habría despertado demasiadas adhesiones.

2- Shakespeare, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Nortesur, 2009. La verdad es que ya ojeándolo en la librería me di cuenta de que no íbamos a estar muy de acuerdo el Príncipe de Lampedusa y un humilde servidor. Afirma que los pareados finales de los sonetos son prescindibles, que la poesía está en los doce versos anteriores. “Qué disparate”, pensé con todos los respetos y traté de hacer un alarde de memoria y recitarme allí mismo un pareado redondo. No me acordé, aunque ahora, nada más llegar a casa, ya está: “For nothing this wide universe I call/ Save thou, my rose; in it thou art my all”. Pero un príncipe siciliano, qué quieren que le diga, es un príncipe y Shakespeare, otro. Así que me traje el librito.

3- El arte de tener siempre razón, de Arthur Schopenhauer, El Barquero, 2009. Este libro no tiene razón. Ahora lo sé y eso que aún no lo he abierto. El arte sería, en todo caso, estar siempre en lo cierto, y para eso hay que reconocer muchísimas veces que no se tiene razón. La voluntad es la que se empeña en llevarse el gato al agua a toda costa. Me lo leeré para justificar el gasto, pero sin esa ilusión ilusa que me hizo cogerlo al vuelo de una estantería: un lapsus libri.

4- Cartas. Emily Dickinson. Lumen, 2009. Estoy tan enganchado a la correspondencia de Flannery O’Connor que me he apuntado a cartearme con toda solterona americana con talento que se me ponga a tiro. A ver qué tal con ésta, porque he catado las cartas y las veo tan enigmáticas —y con los mismos guiones— como sus poemas: genio y figura hasta la sepultura. Claro que no me faltará, como ella dejó dispuesto, unas migas de pan que compartir con su célebre petirrojo.

5- El simple arte de escribir, de Raymond Chandler, Emecé, 2004. Más cartas, pero de un solterón esta vez, para que nadie diga que hago discriminación (positiva) por razón de sexo. Ahora mismo, al escribir el título, me ha dado mala espina: ¿simple el arte?, ¿simple escribir? Huy, huy…

6-Si me necesitas, llámame. Raymond Carver. Anagrama, 2001. Tampoco discriminación por razón de género, ea, que ya leí sus poemas, y ahora voy a darle una oportunidad a sus relatos, tan recomendados por tantos amigos.

7- Aforismos. Georg Christoph Lichtenberg. Cátedra, 2009. Lo abrí y empecé a encontrarme autorretratos míos: “Espera no sobrepasar los tres platos en la comida y los dos en la cena, con un poco de vino, y no carecer ningún día de patatas, manzanas, pan y también un poco de vino; en ambos casos se sentiría desgraciado. Ha estado siempre enfermo cuando ha vivido más allá de esos límites. Leer y escribir es para él tan necesario como comer y beber; espera que nunca le falten libros. En la muerte piensa muy a menudo y nunca con repugnancia; desearía poder pensar en todo con tanta serenidad, y espera que su Creador le pida afablemente un día una vida de la que él, en verdad, no fue un poseedor excesivamente buen administrador, pero ciertamente tampoco un malvado”. No un malvado, pero sí un poco vanidoso: me lo compré corriendo para ver qué sigue contando de mí.

8- Epigramas venecianos. Johann Wolfang von Goethe. Hiperión, 2009. Es fama que los de Jerez, cuando paran en el peaje de la autopista de Sevilla, enseñan el pasaporte. Los del Puerto no llegamos a tanto, pero yo, a pesar de las librerías, cuando viajo a Madrid padezco jet lag. Por eso, este epigrama de Goethe me llegó tan hondo:
Ancho y hermoso es el mundo, pero cómo agradezco a los cielos
que un jardincillo cerrado por gracia me pertenezca.
¡Llevadme otra vez a mi casa! ¿qué hace un jardinero viajando?

9- Prosas entreveradas. Fernando Aínsa. Ediciones de la Librería Cálamo, 2009. Una excepción: este librito no lo compré por su contenido, sino por su diseño. Luego, dentro, me encontré con que “a toda excepción le gustaría encontrar su regla” y con esa maravilla laboral que ya había recogido Navascués al final de su entrada y que quizá utilice para algún artículo y con este uni-verso de desamor: “He perdido demasiado tiempo en su cuerpo” y con este microcuento de amor constante más allá de la muerte (del amor):
Ella me dijo al separarnos:
—Seguro que te olvidarás de mí.
—Sí —le confesé— me olvidaré de ti todos los días
10- Instantes. Nueva antologia del haiku japonés. Traducción, introducción y notas de José María Bermejo. Hiparión, 2009. Las traducciones, a un golpe de vista, son maravillosas, y mantienen más o menos el molde métrico, lo que se agradece. Se agradece casi siempre: en un haiku de Yasuhura Teishitsu que en japonés es
korewa korewa/ to bakari hana no/ yoshinoyama
ha traducido: "Oh, oh, oh, oh,/ balbucí ante las flores/ del monte Yoshino". Es muy útil la edición bilingüe porque uno puede atisbar que en la v.o. sólo balbuce dos veces “Oh”, que es una medida bastante sensata de balbuceos. Los cuatros ohs de la versión española son excesivos y rozan o la tartamudez o la verborrea. Uno se los explica sólo por las cinco sílabas de rigor, porque un caballero ante las flores del monte Yoshino lo más que balbucea es Oh, oh, y ya eso es de sobra emocionante. Pero es un fallito menor, carne de entrada de blog y nada más, en unas traducciones que por lo que he podido ver son excelentes.

Y así estaba yo, tan contento con mi relativa austeridad de número redondo, cuando al día siguiente aparece de pronto mi hermano Jaime y me trae un regalo de El Rastro: First and Last de Truman Capote. Menos mal que mi primo Fernando López de Artieta traía bajo el brazo un sobre con un libro suyo manuscrito. Mentalmente hice la suma y salían ¡doce! Un número precioso, simbólico. “Todo perfecto, las doce en el reloj”, suspiré mientras me arrellanaba en el sillón del tren de vuelta a casa.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Ni en broma

La prostitución es una cosa muy seria y un chiste a cuenta de ella siempre es fácil. Sin embargo, se me habían colado varios en mi artículo de hoy, y uno en el título. En el último repaso los borré a toda prisa. Hubiese sido imperdonable no verme la mota en mi ojo cuando tengo clavada en la memoria la viga del ajeno.

Me lo contó un amigo. Estaba cerrando el precio de una conferencia con un escritor muy mediático, monárquico a más no poder, maestro de buenas maneras, lo suyo ya no es una elegancia esqui-sita sino snob-board, si me permiten el desliz. Bueno, pues ese escritor le pidió un dineral por una conferencia ya hecha o un dineral y medio si la quería nueva, y además se le pagaría por adelantado, y en un sobre. Hasta ahí, vale, muy bien, me alegro por él. Pero para justificar sus exigencias, aclaró: "Es que yo soy muy puta". Mi amigo me lo contaba como si tal cosa, puede que con la sana intención de que yo aprendiera a manejarme en el mundo y a subirme el caché, pero a mí aquello no se me va de la cabeza o me vuelve cada vez que veo o leo o oigo al mediático, tan peripuesto.

Uno, cuando tiene que pedir sus honorarios, si los pide, cita el Evangelio de San Lucas: "El trabajador merece su salario" y a veces lo cita hasta en latín: "Dignum est operario mercede sua" (Lc 10, 7). Claro que así me va.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Una atracción fatal

Podríamos realizar un curioso experimento. Colocar a dos articulistas en la misma página de un periódico. El periódico tendrá edición digital. Uno de ellos estará muy indignado contra la televisión, protestando de la telebasura, de la que pondrá —le resultará fácil— ejemplos numerosos. El otro razonará su entusiasmo por un buen libro, digamos que por la investigación sobre William Shakespeare que recientemente ha publicado Joseph Pearce, o por varios libros, por la obra completa del mismo Shakespeare, para no quedarnos cortos. La filosofía de fondo de ambos artículos será la misma, el amor por lo bueno; pero el tono no, ni la manera de enfocarlo. Gracias a las nuevas tecnologías podríamos comprobar luego que indefectiblemente el artículo contra la telebasura tiene más visitas, muchos más votos y una infinidad mayor de comentarios. Conclusión: se diría que la basura, incluso la televisada, no sólo atrae a las moscas. Atrae también a sus detractores.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Textual

Estábamos pasando un fin de semana en Zufre, en la casa de Aquilino Duque y el domingo decidimos hacer una excursión. Oiríamos misa en cualquier pueblo de la carretera.

En el coche, como venía ni que pintado, recordé que a la vuelta de un viaje Leonor y yo nos encontrábamos en la misma situación y paramos en un pueblo de la provincia de Sevilla para buscar una misa. Preguntamos a una pareja que paseaba por allí con una niña:
—Oigan, perdonen, por favor, ¿podrían indicarnos dónde hay una misa?
—A ver —se pararon a pensar parsimoniosamente, —ah, sí, dos calles más p’allá hay un cajero y se puede sacar dinero con una visa.
—No —sonrió Leonor, saliendo antes de la estupefacción. —Queremos una “misa”.
—Ah —replicaron, —si cogen a la derecha to seguío encontrarán un italiano y allí dan pizzas, pero todavía es temprano.
—No, no —rogamos, —queremos una iglesia, un cura, un lugar donde celebren una misa católica.
(Y uníamos nuestras manos en un gesto piadoso, y mirábamos al cielo poniendo los ojos en blanco.)
—Ah, ya, —contestó la señora, más despierta, —aquí a la vuelta hay una misa de monjas, pero casi siempre está cerrada.
—Vale, pues muchas gracias, eh —nos despedíamos. Y todavía pudimos oír como la niña recriminaba a sus padres:
—Yo les había entendido desde el principio.

Eso fue textual, y tengo como testigo a Leonor Blázquez que no me dejará (como no me deja nunca) mentir. Y eso mismo le iba contando yo a Aquilino, sacando las conclusiones que ustedes pueden imaginar entre dos digamos conservadores de excursión: que si España estaba irreconocible, que qué había hecho la televisión con la buena gente del campo, etc.

Las reflexiones las hacía yo. Aquilino las oía como quien oye llover, concentrado en las curvas de la carretera, interrumpiéndome de vez en cuando para recordar algo de su niñez: “Mira, en la alberca de aquel cortijo me bañaba yo de niño. Todavía, entonces, no había visto el mar…” Así íbamos hasta que paramos a interesarnos por el horario de misas en un pueblo de por allí, en la Sierra de Aracena.
—Disculpe, buen hombre, ¿sabe usted dónde podríamos encontrar una misa?
—Eso, tan moderno, aquí, no. Pero unas gambas al ajillo buenísimas pueden tomárselas en el bar de la esquina…
—Jo, Aquilino, que éste también ha entendido una “pizza”.
Y Aquilino, que apenas había reaccionado a mi historia, no daba (ahora) crédito a sus ojos:
—¡Pero qué barbaridad cómo está España, verdaderamente no la reconoce ni la madre que la parió, como dijo el otro! ¡Qué barbaridad! ¡Gambas al ajillo!

lunes, 14 de septiembre de 2009

Bueno, ¿y qué?

Mi madre era una santa, pero yo soy un hijo de mi época y no me consigo quitar de encima el manido prejuicio de la originalidad. A estas alturas me sorprendió releer "El bastón de laca" de La cifra (1981) y descubrir que el poema de d'Ors, "'Made in Pakistan'", de la sección de inéditos editada en El misterio de la felicidad (2009) es una variación. Dice Jorge Luis:

[...]
Lo miro. Pienso en el artesano que trabajó el bambú y lo dobló para que mi mano derecha pudiera calzar bien en el puño.
No sé si vive aún o si ha muerto.
No sé si es taoísta o budista o si interroga el libro de los sesenta y cuatro hexagramas. No nos veremos nunca.
Está perdido entre novecientos treinta millones.
Algo, sin embargo, nos ata.
No es imposible que Alguien haya premeditado este vínculo.
No es imposible que el universo necesite este vínculo.
Luego canta d'Ors:
Manos pakistaníes
que en un insospechado rincón del tiempo, anónimas
y remotas, pasasteis sobre este mismo pliegue
en que ahora están las mías [...]
y luego os alejasteis para siempre,
al fondo de una oscura cadena de trabajo.
[...] Manos
que ahora mismo las mías adivinan y sienten
ligadas a una vida
desconocida pero que misteriosamente
es la mía también [...]
[...] en una camisa comprada en las rebajas
vi que todas las vidas son una misma Vida.
Todas las vidas son una misma Vida y todos los poemas son, por lo visto, un mismo Poema. Bien, ¿y qué? Eso no le quita nada a "'Made in Pakistan'". La poesía de d'Ors está en los detalles, en el tono, en su insobornable admiración por Borges, en la sutil diferencia irónica que va de un exquisito bastón de laca a una camisa comprada en las rebajas y, sobre todo, en las propias imágenes. En ésta, por ejemplo, inolvidable, brillante y colorida como una portada del National Geographic:
¿O las manos de un niño —al que le estaban grandes
la camisa y los ojos—

domingo, 13 de septiembre de 2009

El guardia aguado

Será el shock postvacacional, pero el guardia de tráfico que llevo dentro está hecho un lío, o dado de baja, o le han echado para recortar gastos municipales. El artículo de hoy es en realidad dos entradas de blogg o, como mínimo, una. El déjà vu que me entró al entrar en la Biblioteca tendría que haber entrado aquí. Sin límites de espacio no se me habría quedado fuera un detalle curioso. A mi lado yacía abierto un libro gordo con todos sus avíos de gomas, subrayadores de colores, lápices y bolis varios. No me fijé en el libro. Pero en cuanto volvió el estudiante de su vuelta al ruedo o de su enésimo café o de su cuarto Red Bull, me entró una curiosidad invencible por cuál sería su oposición. Podría haberlo visto fácilmente antes, pero sólo con su presencia sentí ese ansia contorsionista de saber. Julián Marías le habría sacado a la anécdota su jugo de filosofía de andar por casa. En realidad, sólo son interesantes las personas.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Cuento de autoayuda para empezar el curso

Tres vecinos vivían en el campo, dedicados al sector agropecuario. Agobiados por la pertinaz sequía, se pusieron a escarbar pozos. El primero, encontró petróleo enseguida, por lo que dio gracias a Alá, se compró un yate y se fue a veranear a Marbella. El segundo tuvo que escarbar mucho más, y un día, bañando en sudor, encontró por fin agua. Desde entonces abandonó la agricultura y se dedicó a cuidar un suntuoso jardín de fuentes escalonadas. Dinero sacaba mucho vendiendo el agua que le sobraba a unos señores de Murcia, a los que les habían derogado no sé cuántos trasvases. El tercero cavó y cavó sin descanso, espoleado por los éxitos de sus vecinos, no sé si arrastrado por la envidia o empujado por un noble afán de emulación. El caso es que cavó. Tanto y tan hondo, que fue a dar al mismo infierno. Allí, con malsana curiosidad y buena crianza, preguntó por el señor de la casa, pero Satanás, le informaron, estaba muy ocupado inyectando petróleo en el pozo de uno, baldeando agua al pozo del otro. “Bueno, pues adiós”, dijo, y tembló todo el recinto. Se volvió para arriba. Al salir, oh, llovía.

Esta entrada me la escriben

Literalmente

(y a mí me parece muy bien. En el prólogo de Lo que ha llovido dije que los blogs son, en parte, género epistolar: pues ea. Además, últimamente leo con pasión The Habit of Being, por lo que me siento más partidario que nunca de las cartas y su general aprovechamiento. Y Pedro --su poesía-- se merece toda la publicidad del mundo. Ah, y Manoli existe, no sé si enfadada con mi prólogo, espero que no.)

jueves, 10 de septiembre de 2009

Quevedo vs. Dante

A los que repiten lo de la ferocidad de Dante ("la hiena que ríe entre las tumbas", dijo Nietzsche, aquel corderillo) hay que invitarles a que comparen la Commedia con Los sueños de Quevedo, y verán lo que es ferocidad verdadera. Yo entendí como en una revelación (no diré en qué circunstancias) el motivo de la diferencia. El florentino imagina el Más Allá y, luego, cuando le cuadra, coloca a algunos poetas de forma ilustrativa y llevado por su afición a la literatura. Quevedo, en cambio, lee a los malos poetas o estos le leen sus poemas, que es peor, y entonces él empieza a sentirse en un infierno. Para los que aman la poesía —y él la amaba— un poema malo es un auténtico suplicio. Por eso Quevedo se retuerce más: está más cerca, dentro. Lo suyo es una experiencia vivida. La titula Los sueños por disimular y por marcarse una voluta (o vuelta de tuerca) barroca.

Dante se encuentra con un poeta malo o regular en el Purgatorio, no en el Infierno. Y entonces uno piensa: “Vaya, ¿a ver qué pasa?” Pasa que Bonagiunta el de Luca, en el Canto XXIV, a pesar del dardo envenenado que enseguida le lanza Alighieri (“O anima che par sì vagga/ di parlar meco, fa sì ch’io t’intenda/ e te e me col tuo parlare appaga”, esto es, “Oh alma que pareces deseosa de hablar conmigo, hazlo de modo que se te entienda y que no sólo a ti sino también a mí tu hablar aproveche”), a pesar del dardazo, Bonnagiunta reconoce con admiración a Dante, y este, de premio, zas, le suelta otro: “I’mi son un, che quando/ Amor mi spira, noto e a quel modo/ ch’e’ditta dentro vo significando”, o sea, “Yo soy uno que cuando el amor me inspira, escribo y de este modo lo que dentro de mí se dice voy significando”. Entonces se hace la luz y Bonagiunta de Luca lo ve (“Ma di’ s’i’ veggio (v. 49), “O fratre, issa vegg’io” (v. 55), "Io veggio ben (v. 58) y “vede piú” (v. 62)) y tras reconocer la superioridad del Dolce Stil Nuovo de Dante y compañía, acaba callándose, con una humildad hermosa y muy feliz, descrita con evidente satisfacción por Dante: “E quasi contentato, si tacette”, "Y así, ya satisfecho, se calló". Un final perfecto, en definitiva; nada que ver con la torturada sintaxis del doliente Quevedo, que los sufría en vida.
[Me he precipitado a publicar esta entrada para evitar que luego parezca que me lo inspiró este evento, que ya veremos.]

Respuesta

Decimos: "Eso está dejado de la mano de Dios", y Dios responde: "Bueno, venga, vale, dejadlo de mi mano".

miércoles, 9 de septiembre de 2009

[Hoy la entrada me la escriben]

Q.Q.:

Como sé que te gusta explorar las interioridades del lenguaje, te hago partícipe de lo que acaso no sea más que la interpretación equivocada de unas palabras.
El caso es que leyendo una autobiografía de S. Antonio María Claret, pero resumida por otra persona, encuentro la expresión “dejado a la mano de Dios”. Me sorprendo, porque siempre había oído decir “dejado de…” A continuación deduzco una diferencia entre las dos expresiones: La primera significaría algo parecido a encomendar un asunto o persona a Dios; mientras que la segunda vendría a suponer que Dios se desentiende o despreocupa de algo o de alguien. Mas, al día siguiente, caigo en la cuenta de que cuando decimos “deja ese asunto de mi mano” estamos tomándonoslo muy en serio. De donde resultaría que las dos expresiones (dejado a y dejado de) vendrían a significar lo mismo. Sin embargo, me parece que la expresión usual, es decir, la segunda, permite albergar esa idea errónea de que Dios pasa de alguien.


Un abrazo.

martes, 8 de septiembre de 2009

Pleonasmo y oxímoron

En otro blog leía un comentario de CB con el mismo interés de siempre y hasta un poco más, si cabe. Tengo comprobado que para leer bien conviene ir un poco por delante de los ojos, a tientas, adivinando. Eso permite o bien una satisfecha comprobación o mejor aún una refrescante sorpresa. Y así iba yo ayer, deslizándome por sus líneas: "... una mirada especial, un don para hacernos sensible la belleza humilde, si puede decirse así, si no es una..." Y entonces levanté la mano como un alumno empollón y nervioso: ¡una paradoja o una contradictio in terminis!, grité. Pues no, muchacho: "una redundancia", decía CB. Lo curioso es que teníamos razón los dos. Ella, por supuesto: una belleza soberbia es imposible. Pero también yo: la belleza, incluso la de las cosas más pequeñas, es siempre trascendente e inabarcable. Vi claro que humilde no es lo contrario de grande, ni mucho menos, sino apenas de vanidoso.
Ya lo sabíamos, ya, pero sentirlo, uf, es otra cosa.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Vanellus chilensis

Lo contaba José Hernández
por boca de Martín Fierro.
Y yo hago igual que los teros
para esconder sus niditos:
en un lao pego los gritos
y en otro pongo los huevos.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Tràgic-còmic

Por amor a España y a mis gotas de sangre levantina, me he puesto otra vez a leer en catalán. Cuesta un poco: el otro día, por ejemplo, cuando recogí en Correos un paquete y lo abrí, los libros venían envueltos en el Avui, que, por cierto, destiñe. Me consolé viendo que el que venía dentro era nada menos que Llorenç Villalonga, que lo llevaría bastante peor que yo.

Traducir no cuesta tanto, sin embargo. Dice Joan Fuster en Diccionari per a ociosos:
MALÍCIA.- Resulta una mica còmic: sempre som menys malvats del que ens pensem ser.
Que traducido quedaría:
BONDAD.- Resulta un poco trágico: siempre somos menos bondadosos de lo que pensamos ser.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Cara y cruz

Para iniciar el curso en el Semanario Alba, después de las vacaciones de verano, retomo el tema de los crucifijos, pero no para dar la cara por ellos (que en Alba no hace falta), sino para comentar otro aspecto del asunto. Aviso a navegantes: lo que aquí se sostiene presupone la fe del lector, que, como dice Flannery O'Connor, te ahorra dos mil años de aprendizaje, o al menos su filosofía (y sigánse los enlaces). Lo que creo que hay que decir en el foro público, ya lo dije. Esto es lo que propongo que pensemos y hablemos en la intimidad.
Don Álvaro d’Ors, para hablarnos de la autoridad, leía aquel pasaje evangélico en que el centurión le pide a Jesús que sane a su siervo y, en concreto, cuando dice: “Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: ‘ve’, y va; al otro: ‘ven’, y viene; y a mi criado: ‘haz esto’, y lo hace” (Lc 7,8). D’Ors se preguntaba: “¿No es extraño que diga que él vive bajo disciplina y que por eso le obedecen? ¿No estará mal redactado?” Pero enseguida contestaba que ni lo más mínimo: sólo el que obedece puede ser obedecido. El centurión, del que Jesús se admiró, nos estaba dando una lección de fe y, de paso, de filosofía política: la autoridad no se sostiene en el vacío. Shakespeare no había oído a d’Ors, pero lo tenía claro por su cuenta y riesgo. En El rey Lear, en dos versos aparentemente enigmáticos, subraya la misma idea: “The great Image of Authority: / A dog’s obey’d in office”, esto es, el gran emblema de la autoridad es que sólo se obedece a un perro con dueño en los términos de su propiedad.

El crucifijo en un aula (y en cualquier otro sitio) simboliza la verdadera fuente de la autoridad, la que sostiene en última instancia a todas las demás; y, a la vez, representa la obediencia hasta la muerte del mismo Dios. No sé si los que están empeñados en descolgar crucifijos a toda costa habrán calculado los efectos que la medida tendrá a largo plazo sobre la ya maltrecha autoridad del profesor. Pero los tendrá porque, igual que las físicas, las leyes metafísicas son ineludibles. Otra cosa es que les importe.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Carraspeo

¿Pareció impertinente que me pusiera a puntualizar una frase Flannery O'Connor cuyo sentido último, además, estaba bastante claro? Bueno, fue mi manera de pensar la frase. Y aún diría más: es una forma de entablar conversación. No me gusta leer sino hablar. Para entablar la conversación hago como en la vida social: me acerco, oigo lo que se dice, carraspeo, y meto baza. No importa tanto tener razón como captar la atención del interlocutor. Que te mira, sorprendido o sorprendida de que alguien le interrumpa un poco, y te contesta, quizá un pelín molesto o molesta. Sin embargo, cuando se da cuenta de que le escuchas, de que le das la razón, si la tiene, de que la matizas, si se puede, de que te desdices, si hace falta, comprende que lo que te importaba era él, o ella, y la verdad, que querías formar parte del corro, que te conformas con que se abra un poquito y te dejen allí escuchar atentamente y hablar de vez en cuando, entonces, hay muchas posibilidades de que esa persona te coja aprecio y de que terminéis incluso siendo buenos amigos. Esto es así desde los diálogos platónicos. No hemos salido de ellos, gracias a Dios, y cada libro es un inciso en una conversación general.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Todo sirve (continuación)

He seguido pensando lo de ayer: de nuestros artículos —poemas, cuentos, entradas de blogg o artículos propiamente dichos— a Dios le debe de servir todo. A diferencia de nosotros, tan exqusitos [será la naturaleza caída], Él mira más que nada las intenciones. Con la posteridad, venerable diosa pagana, tiene Flannery más razón que un santo: a ella sólo le sirve lo bien hecho, y a la actualidad, vertiginosa diosa moderna, casi cualquier cosa le vale... y le deja de valer al segundo.
*
Pensarlo me ha calmado una antigua inquietud. Se dice que en el Cielo entonaremos canciones con los coros angélicos. A algunos eso les suena aburrido y han gastado bromitas con que lo divertido es el infierno, ji, ji. Dios me libre. Como tengo tan mal oído, a mí lo de cantar con y como los ángeles me parece una imagen perfecta de la bienaventuranza: lo más. La música tiene un efecto anfetamínico, es a la vez inalcanzable e interior, su ritmo une, las letras se elevan sobre las notas.... Oh. Me parece, ya digo, una buena imagen y mucho más: una música vale más que mil imágenes. Pero como yo canto mal, siendo generoso, temblaba al pensar en la otra vida: “¿Me dejarán tatarear un poco o estaré en el Cielo como en el autobús de las excursiones del colegio, teniendo que ir calladito y sin tocar las palmas, mirando por la ventana, para no estropear la fiesta?” Pero lo he visto (oído) claro: a Dios todo le sonará a las mil maravillas, inclusive lo mío. No es que el amor sea ciego (y sordo) es que, sutil teólogo, no ve (ni oye) los defectos, que son lo que no son. Bien vistos, son invisibles. En cambio, para todo lo demás, el amor tiene unas lentes limpísimas de aumento. Qué cantes por alegrías, ay madre, me voy a marcar yo en el Cielo.

*
Nada de esto lo he pensado solo. Después de escribir la entrada de ayer, me fui a un entierro. Era de la madre de un amigo-compañero-jefe, que llevaba años enferma en un asilo de las carmelitas. Antes de la misa, salió una monja (supongo) al ambón y leyó un retrato de la difunta. Entonces caí. Aquel artículo no estaba especialmente bien hecho, tampoco mal, y reposaba fundamentalmente sobre tópicos, pero a la vez tenía algunos aciertos, que yo, que no conocí a la finada, atisbaba con emoción porque varios de sus rasgos eran reconocibles en su hijo, mi amigo, que los ha heredado. Y entonces pensé en lo de Flannery O’Connor, en lo que había escrito esa mañana en el blogg y, poco a poco, en todo lo que digo arriba. El texto de la monja (presunta, porque iba de laica) nos estaba sirviendo a nosotros y demostraba un cariño grande, insobornable, por la enferma, que desde la eternidad lo agradecerá. A Dios seguro que le valía. Fue bonito ver sobre el terreno que la literatura puede ser una obra de misericordia.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Glosa

"Sólo se sirve a Dios y a la posteridad con artículos bien hechos", dice FO'C. Lo fascinante de la frase es el doble consuelo que (gracias a un falso falso amigo, o sea, verdadero) le deja al columnista. De un primer golpe, la frase permite entender que a la actualidad sí se la puede servir con artículos normalillos, que son los que hacemos normalmente. No es mucho, servir a la actualidad, que es señora que se puede morir, que de hecho se muere, que se muere a cada instante..., pero mucho peor es no servir. Si se sigue pensando la frase de Flannery, todavía consuela más. No añade a la buena factura de los artículos, como hacen otros, "que hablen de asuntos trascendentes". A Dios y a la posteridad y a Flannery les basta con que estén bien escritos. Escribir bien un artículo no es moco de pavo [real], pero el periodista se agarra a esa esperanza, pues al fin y al cabo eso lo procura siempre.

martes, 1 de septiembre de 2009

Contar esta historia

Cuando el gran rabino Shem-Tov creía que se avecinaba una desgracia para su pueblo, se retiraba a meditar en un lugar del bosque. Allí encendía un fuego, recitaba una plegaria y se cumplía el milagro de que la desgracia quedara conjurada. Años más tarde, cuando le tocó a su discípulo implorar al cielo por la misma razón, acudía a aquel mismo lugar del bosque y decía: "Señor, escúchame. No sé como encender el fuego, pero todavía soy capaz de recitar la plegaria". Y el milagro volvía a cumplirse. Más adelante, y también con el objeto de salvar a su pueblo, otro rabino se encaminó al bosque para decir: "No sé cómo encender el fuego, no conozco la plegaria,pero puedo colocarme en el lugar preciso". Y eso fue suficiente. Finalmente, cuando lo
llegó el turno a un rabino posterior, éste sentado en un sillón, habló así a Dios: "Soy incapaz de encender el fuego, no conozco la plegaria, ni siquiera puedo encontrar el lugar en el bosque. Todo lo que sé hacer es contar esta historia". Y aquello bastaba. Dios creó al hombre porque le gustan las historias.
Contada por Javier Rodríguez Marcos en el prólogo de la antología de Roberto Juarroz [El País, 2009], a quien le gustaba especialmente este relato jasídico. A mí también me gusta muchísimo, pero permitidme notar que en realidad lo que bastan son tres cosas: la historia, sí, pero también que el rabino del sillón sigue hablando con el Señor y sigue preocupándose de conjurar la desgracia de su pueblo. Todo se resume en dos: Dios y el prójimo, y de propina la maravillosa narración. No me extraña que fuera suficiente.

lunes, 31 de agosto de 2009

De nuevo lunes

Si fuese ganadero de reses bravas, a un toro negro zaino le ponía de nombre "Madrugón".

domingo, 30 de agosto de 2009

Pito pito gorgorito

¿De Zapatero?, pero...; a Saramago, amago..., y termino escribiendo del que ha dicho, sin duda, lo más sabio.

[Sin erratas, con puntos aparte y cursivas y sin extrañas originalidades finales, aquí]

sábado, 29 de agosto de 2009

[Me aseguran que no es un chiste]

Una gitana vieja de Jerez le comenta a su médico [del que me dan nombres y apellidos] que ella está encantada con esta epidemia de la gripe A. Había oído muchas veces en el tele que lo bueno es el tiramisú y todas las noches su marido baja a la pastelería La Rosa de Oro, que los hacen buenísimos, y le sube uno, y, ea, para dentro, que más vale prevenir que curar. Entre su familia y sus vecinas ha cundido el ejemplo y ya están todas vacunadas, rebosando salud, como se puede ver...
El médico, tímidamente, sabiendo que va a acabar con el efecto placebo más dulce de la historia de la medicina, le pregunta: "¿Era tiramisú seguro, señora? ¿O tamiflú?

viernes, 28 de agosto de 2009

Vaya contradiós

Saramago es la pera. Ha decidido que el culpable de la muerte de Abel no fue Caín, quia. El culpable fue Dios, al que señala "como el autor intelectual al despreciar el sacrificio que Caín le había ofrecido". Es como si, porque no aprecio tanto la literatura de Saramago, yo fuese el culpable de que un fan del portugués de esos que escriben encendidos comentarios en la noticia de El País o él mismo, sin ir más lejos, me pegara una paliza. Al menos, sería el culpable intelectual, que siempre viste más. No se me ocurre otra manera de que me consideren intelectual los que reparten los coeficientes de intelligentsia. Las implicaciones que ese digamos pensamiento tendría en la sociedad, en la educación, en el mismo Código Penal, suponiendo que alguien se lo tomara en serio, que es mucho suponer, serían devastadoras. Mientras tanto, hay que reconocer que Saramago dice una verdad: Caín, su próximo libro, está lleno de humor. Yo no lo he leído, ni lo leeré, pero me parto de risa. Si no le veis la gracia, podéis visitar su blog y visionar el trailler promocional al puro estilo Hollywood y leer, si os encontráis con fuerza, la carta que ha escrito su directora comercial, Pilar del Río. Qué tropa, tú.

jueves, 27 de agosto de 2009

Corriendo

No puedo recrearme en el salto del trampolínk de hoy porque tengo que salir a correr. Bueno, bueno, no exageremos: tengo que salir corriendo. Pero mi intención de salir a correr algún día es en serio.
Adiós, adiós...

miércoles, 26 de agosto de 2009

Cargo de conciencia

Se acaba el verano y casi nada hice de lo que en este tiempo me proponía hacer. Y no es lo más grave: tampoco hice lo que no me proponía hacer, que suele ser lo mejor, si se hace. Ya me he puesto a preparar el examen de septiembre de conciencia, que este año va a ser duro. Un día de agosto y a la salida de la misa (encima), iba andando, casi corriendo para casa. Vi entonces que una chica de mi edad [i.e. una señora] empezaba a formar un atasco con su coche ranchera, un Volvo, creo, parado en medio de la calle. "La cosa irá a peor en cuanto se pongan a desaparcar todos los coches de misa", vaticiné para mí. Ella se bajó sofocada y se dirigió al señor mayor que conducía el coche justo detrás del suyo y le explicó que la llave se le había quedado atascada y que no arrancaba. El señor no dijo nada apenas, metió marcha atrás muy serio, hizo que los otros dos o tres coches hicieran lo propio, y se volatizaron todos por la calle de la derecha. La chica [de mi edad] no me pidió auxilio y no me miró o sólo lo hizo tal vez de reojo. En condiciones normales o en otros tiempos yo me habría ofrecido enseguida a ayudarla. Teniendo en cuenta mis conocimientos mecánicos, a ayudarla a empujar el coche a la acera y a llamar a la grúa o a su marido. Pero me fui andando, paso a paso. Siempre he presumido de caballero andante, pero en un sentido diametralmente opuesto. Me pongo colorado todavía mientras lo confieso, aunque en verdad me pongo verde, y yo negro conmigo, y eso que aún no he contado lo peor: no consigo recordar por más que lo intento a dónde demonios iba yo con tanta prisa.

martes, 25 de agosto de 2009

Litoral y la noche


Había cargado hasta la playa el último número de la revista Litoral como quien lleva una sombrilla, a ver si su noche me refrescaba. Luego leí poco, porque la conversación estaba al rojo vivo y yo echaba chispas. Por la noche, al sacar la revista de la bolsa, la portada estaba llena de granitos de arena. Parecían puntos de luz sobre el collage de Lorenzo Saval. Y me alegré de haber cargado con la voluminosa revista. La noche de la portada la cruzaba una nuevaVía Láctea dorada y, sobre todo, los granos de arena habían cumplido el sueño de sus noches de verano. Eran estrellas: brillaban.

domingo, 23 de agosto de 2009

God's spies

Mi madre era una santa, pero yo soy un hijo de mi época. Por eso, como todos este verano, he leído novela negra, aunque, en mi caso, ni fue novela ni es negra, aunque ese era su tono. Déjemonos de suspenses: confieso que he leído con el corazón en un puño The Quest for Shakespeare de Joseph Pearce. Se trata de una investigación en toda regla sobre las creencias, católicas o no, que va a ser que sí, del Bardo. Las pistas se multiplican y encajan y Pearce las expone con la vibración de un best-seller, montándolas muy bien, con un punto de agresividad intelectual y otro de mesura forense, que se balancean rítimicamente. Lo negro lo pone de fondo la tremenda persecución a los católicos ingleses. Qué historia: ya me he pedido en Abebooks la biografía de Edmund Campion de Evelyn Waugh y las obras completas del beato Robert Southwell, SJ, primo de Shakespeare, poeta y mártir, nada menos. Además, he rescatado de mi estantería los ensayos históricos de Belloc. Pero volviendo a Pearce, ¿es buena literatura? Puede que no, aunque es eficaz, y en todo caso, no importa, porque su libro se lee alternándolo con el mismísimo Shakespeare (y cómo se iluminan mutuamente), así que de buena literatura anda uno bien servido. También lo alternaba con el Shakespeare de Harold Bloom, por contrastar, y con el Shakespeare de René Girard, para no perder las buenas costumbres. Apasionante choque de interpretaciones, del que Shakespeare sale intacto, más claro que nunca, inconmensurable y cercano.

jueves, 20 de agosto de 2009

Scoop!

Oh, Marta Enrile visita mi blog. El mío y el de tío Santiago [para nosotros, Tamarón]. Tras sorprenderme con el dato, se le ocurrió que por qué no hacía una crónica de la fiesta en la que nos encontrábamos. Y yo, cogido entre el agradecimiento y la euforia, exulté que sí, que escribiría mi artículo de hoy sobre el evento, ¡hip, hip, hurra! Cuando me levanté a la mañana siguiente, sin embargo, no lo veía claro, ni eso ni nada, y era lunes. Al final, decidí escribir de Jenaro. Estaba en mi clase, como los anfitriones, y, aunque la fiesta fue muy posh, al puro estilo Waugh, el mal (o, no exageremos tampoco, el regular) goza de más tirón periodístico. El evento, además, ya lo cubre Casas de Ciria. Incluso me retrata en la foto nº 5.

Eureka!

Di con la clave: escribir un buen microcuento es tan difícil como un haiku, un aforismo o un novelón decimonónico, sí, pero escribir uno malo es muchísimo más fácil.

miércoles, 19 de agosto de 2009

La venganza del microcuento

El género del microcuento se venga de la extrema brevedad que le han impuesto produciendo una cantidad ingente, inconcebible, de textos malos.

Al final, lo comido por lo servido.

martes, 18 de agosto de 2009

Oferta reversible

Un amigo capturó la siguiente fotografía en un paseo dominical por un mercadillo de Oviedo:



Hecha la foto, procedió a comprar el género para conseguir los libros. Con los libros y la foto en su poder, procedió a entonar (vía e-mail) una leve elegía en Astaroth o, mejor dicho, un Sic transit gloria mundi algo guasón por los poetas ofertados y, en general, por la poesía. Lo que no me dice (me dice que no me lo dice) es qué hizo con lo que tuvo que comprar para conseguir Oratorio en Guadarrama, que es un libro, ay, que yo no he leído, con lo que me tiran los oratorios y Guadarrama y la Armada Española, donde servía Prados Nogueira, si no me equivoco.

Pero, teniendo en cuenta que la poesía es para pocos, y las bragas para todas, no deja de tener su encanto (kitsch) la ingenuidad del tendero. Cree el hombre en el atractivo comercial de los misereres. Y a lo mejor hasta es una buena estrategia de marketing y todo. Mi amigo se compró las bragas, eso es indudable, yo hubiese hecho lo propio y aquí está el tenderete en Rayos y truenos consiguiendo gratis un valioso espacio publicitario.

domingo, 16 de agosto de 2009

El injusto medio

César González-Ruano habría incluido entre sus artículos de temporada de verano, entre los artículos sobre la llegada de los veraneantes, sobre los atascos en el quiosco de prensa, tan animantes para un columnista, sobre las noches de levante en calma, sobre los precios del pescado, entre todos esos temas, habría incluido en estos tiempos un articulito agosteño sobre el top-less.

Yo hago lo que puedo. Pero lo más curioso de mi artículo ha ocurrido fuera. Ni Leonor ni yo estamos especialmente satisfechos. A ella le ha parecido bien, pero que le doy demasiada importancia a un tema trivial, dice. En cambio yo me lamento (en mi fuero interno) de que trato con demasiada trivialidad un tema más gordo de lo que parece.

jueves, 13 de agosto de 2009

Crucifijación (una pesadilla)

Pensé subtitular mi artículo de hoy como esta entrada: una pesadilla. Pero me pareció quitarle hierro a la Crucifijación, que es lo que importa, y lo dejé en el título. Ahora me alegro, porque en el intervalo de tiempo que media entre enviar mi texto a la redacción y leer el periódico, Caamaño se ha descolgado con otras declaraciones, ahora negando la objeción de conciencia al aborto de médicos y enfermeros. La cosa no era tan pesadilla, por desgracia... Mientras tanto, no deja de tener su interés pedagógico: el que quita un crucifijo enseguida niega la conciencia del prójimo.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Tertulias en el porche

“La muerte no interrumpe nada” escribió Luis Rosales con más razón que un santo y con las palabras exactas, encima. Desde luego, no interrumpe, eso es verdad, pero las circunstancias las cambia. Ahora, cuando en las tertulias en familia, sale a relucir una opinión de mi madre, precedida de un “Decía mamá…”, o finalizada con un contundente “como decía mamá”, o sin decir nada, sino fácilmente reconocible como una opinión suya, todos asentimos unánimes, como un solo hombre, sin la menor vacilación, y, sobre esa tierra firme, seguimos charlando de lo que sea. Esto, conociéndola, estoy seguro de que le gustaría mucho y, a la vez, le haría, le hará, le hace, bastante gracia.

martes, 11 de agosto de 2009

Crítico en crisis

No hay nada más burdo que querer ser sutil y quedarse colgado de la brocha. Esta reseña la escribí a seis manos con Vicente Núñez, que me susurraba a un oído: "Acudo puntualmente a la cita con el gongorinolaringólogo" y con Álvaro de Campos, que me recitaba al otro: "(Todas as palavras esdrúxulas,/ Como os sentimentos esdrúxulos,/ são naturalmente ridículas)". Por eso pensé que, mientras salvaba lo salvable, bastaba con poner algunos ejemplos. Pero el respetable entendió que ponía muy bien al libro. Fue un chasco esdrújulo. Ahora veo que este otro está encantado con la reseña que hice de su libro. Vaya. Todo me pasa por no leer más a Flannery O'Connor que ya avisó que la sinceridad y las buenas maneras no acaban de llevarse del todo bien. ¡Y yo, que quería estar en misa y repicando...!

domingo, 9 de agosto de 2009

Críticas vs. elogios

Entre las críticas a los blogs, se destaca por dos o tres cabezas la de que hay muy poca crítica, como si las suyas no contasen. Quizá para el que entre de higos a brevas y se asome a los comentarios, le parezca que hay un exceso de elogios. En verdad se elogia, sí, y eso tiene su valor: motiva y da cierta seguridad, que buena falta nos hace. Pero, además, cuando uno lo domina, el lenguaje bloguero no es tan almibarado como puede resultarle al visitante ocasional. Incluso es cruel, a veces. Para empezar, no todos los comentaristas tienen la misma auctoritas. Y están los temibles silencios: uno sabe que unos lectores entran prácticamente todos los días, y, sin embargo, sólo comentan de vez en cuando, por lo que el silencio no deja de ser una llamada de atención atronadora para quien sabe oírla. Ese "0 comentarios", la o, fue descrita por CB en un comentario como una boquita pidiendo un poco de caso o como el platillo vacío de un mendigo. Luego, los enlaces en otros blogs, que te los hacen o no te los hacen, ay, en las columnas esas de la derecha o, y esto es es lo mejor y, por tanto, lo más raro, en el propio texto. Por un código no escrito de buenas maneras blogueras, además, cuando se tiene el correo-e del autor, las correcciones más puntillosas, se hacen en privado, pero se hacen. (Aprovecho la ocasión para agradecerlas ahora en público.) Y al final cuando te corrigen en público, aunque parezca muy levemente, como el nivel viene siendo tan exquisito, casi dieciochesco, el más tenue reparo, pesa mucho.

[Hace meses que quería escribir esto, pero como era un punto egocéntrico lo iba dejando pasar. Ahora me vale como base del trampolínk. Hace unas semanas, publiqué un artículo sobre el fútbol en la playa en La Gaceta de los Negocios. Beades me sacó una tarjeta amarilla por no haber sido capaz de extraer, como habría hecho Chesterton, nada positivo de los esféricos. El artículo de hoy es una reconstrucción del anterior, a ver si esta vez le gusta a Beades.]

jueves, 6 de agosto de 2009

Los muertos

Según me explicaba un experto tolkieniano, al autor de El Señor de los Anillos no le gustaba nada que se buscasen analogías entre su obra y la realidad. Su trilogía es un mito y no una alegoría. Bien, vale, de acuerdo. Pero digo yo, inexperto tolkiense, que sus imágenes si no símbolos sí son significaciones. Hoy hablo de los Ents. Para mí esos bosques beligerantes van siempre asociados al Sendero de los Muertos. Igual que los bosques se alían con los hobbits, también los muertos acaban siempre interviniendo en las batallas. Y en ellos, en buena parte, descansa mi esperanza.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Una defensa de la herencia

Escribe Julio Martínez Mesanza, a propósito de Rut: "Sólo nos pertenece, realmente, lo que adquirimos, no lo que heredamos". Yo, en principio, estoy de acuerdo, porque lo dice Julio y porque es así; pero luego, en la práctica, qué remedio si lo mejor mío es lo heredado, lo mejor y casi siempre lo único. Para salvar la contradicción, escribí este aforismo y también el poema inaugural de Casa propia. Normalmente no cuelgo aquí mis poemas, pero me importa tanto este asunto, que haré una excepción:

...........ARQUITECTURA

Comienzo a construir por el tejado:
lo primero que hago es acabar
y después viene el resto, o sea, todo.
Gira el reloj como la hormigonera
donde ruedo al revés: después de siglos
de ser católico me he convertido
a la fe que tenía; mucho antes
de escribir un poema, era poeta;
he conocido tipos estupendos
en mi grupo de amigos; por mi misma
mujer me he vuelto loco; y ahora empiezo
a dibujar los planos de la casa
donde llevo viviendo tantos años.
Lo primero que quiero es acabar
el tejado; ya tengo el cielo, el aire,
las nubes, la veleta, el humo blanco
que anuncia: “abajo, adentro, en el futuro
hay un fuego encendido”. Iré hacia él.

Pondré, cuando me muera, los cimientos.

martes, 4 de agosto de 2009

El espejito mágico

El viejo Trueno Distante había cerrado un trato redondo. El rostro pálido aquel, a cambio de unas ridículas pepitas de oro, recogidas como quien no quiere la cosa mientras pescaba truchas en el Río Colorado, le había dado una lámina de magia transparente.

El rostro pálido no era John Wayne, todavía. Pertenecía a la compañía de Francisco de Ulloa, esto es, a la primera expedición europea a Ciguatán; era moreno, bajo, joven, fuerte, oriundo de Ayamonte, gran lector del Amadís de Gaula y algo poeta. De hecho, para convencer al indio de las ventajas del canje, le había estado explicando con señas prolijas que, si se llevaba el espejo, le regalaba el mundo. El mundo entero se reflejaba allí, y el español le mostraba cómo la pradera y los soñolientos rebaños de bisontes entraban, como por arte de birlibirloque, en el recuadro que sostenía en la mano. Todo lo reflejado, insistía, se irisaba, además, de no sé qué y de misterio. Trueno Distante escuchaba como quien oye llover: no entendía una palabra de esos sonidos ceceantes. Quizá los compañeros de Fernando Vélez, que así se llamaba el rostro (relativamente) pálido, tampoco le habrían entendido la argumentación lírico-comercial. Y no sólo por su tendencia a expresarse en octavas más o menos reales, sino sobre todo por la sutileza del razonamiento.

El mismo Vélez, que era poeta, pero no tonto, quedó perplejo cuando el indio, de golpe, aceptó el trato. Pensó que por fin había encontrado un público receptivo y lamentó que Trueno Distante no entendiese el cristiano para recitarle un soneto suyo o cinco. De todas maneras, dio por sentado que se llegó a un acuerdo gracias a la eficacia de su retórica. Siempre contó que aquel fue el primer oro que ganó con las letras. (También fue el último.)

La realidad, como suele, era bien distinta. En un momento de su larga conversación en lenguas mutuamente ininteligibles, Trueno Distante atisbó su propio rostro en el espejo, pero él allí vio a su difunto, a su querido, a su añorado padre, exactamente igual a cuando era un experimentado jefe indio, aunque con unos ojos que ahora brillaban encendidos por una ilusión. Aquel objeto era una ventana al más allá, pensó, y cerró el trato lo más rápido que pudo. Se fue con su espejo, mirándose entusiasmado o mirándole ensimismado, según se mire.

La admiración de Trueno Distante por su padre no había dejado de crecer con los años. Añoraba mucho sus sabios consejos ahora que era él el jefe de la tribu, y a menudo rememoraba las reservas que el viejo Rayo Que No Cesa había mostrado a su matrimonio con Flauta Fina, aunque el jefe entendió —hombre de mundo al fin— los motivos del hijo: aquellos encantos que entonces saltaban a la vista.

Con el tiempo la delicada Flauta había ido perdiendo los evidentes encantos a la vez que se ganaba en la aldea el sobrenombre de Caña Cascante. No desperdiciaba ocasión de hacer caer sobre su marido su verbo rápido. El sufrido Trueno Distante estaba cada día más taciturno, pues reconocía la superioridad dialéctica, entre otras, de su señora.

Ni siquiera se atrevió a contarle el fabuloso negocio que acaba de rematar. Ella encontraría una forma simple y a la vez contundente de dejarle en ridículo. Capaz era, incluso, de echarle en cara que esa historia era un reflejo de un lejano cuento zen. En verdad la historia era muy distinta, pero, por si acaso, él escondió su espejito en su carcaj, junto al tabaco, y sólo le comentó la curiosa llegada en tres canoas inmensas de unos hombres tirando a pálidos y a peludos. Le dio un collar de cuentas de vidrio que le había comprado, eso sí, porque en el fondo la seguía queriendo mucho.

El humor de Trueno Distante mejoró una barbaridad gracias a la presencia a placer de su padre. A cada rato se iba a una esquina y le echaba un vistazo al viejo y ambos celebraban, sonrientes, el reencuentro. O se reían de las cosas de Caña, recordando las prevenciones paternas, que no fueron lo suficientemente firmes, tal vez.

Como es natural, la sagaz Caña Cascadora estaba mosca. A las primeras de cambio, cogió las vueltas a su marido y registró el misterioso carcaj en busca de la lámina de hielo que, por lo visto, tanto le gustaba. Al ver el espejo, Caña silbó. Se llevó una inmensa sorpresa, que la llenó de ternura hacia su marido. A partir de ahora sería para él la mejor mujer de la pradera. Se ganaría a pulso el sobrenombre de Flauta Dulce. Con qué emoción contempló ella que el vivo retrato de su madre, o sea, de la suegra de Trueno Distante, era lo que tanto le emocionaba y consolaba. “Quién hubiera imaginado —se dijo— que Trueno Distante amase tanto a mi vieja madre añorada”.

lunes, 3 de agosto de 2009

LECción

Mi admiración por J.S. Lec comenzó en un autobús. Íbamos al Encuentro Mundial de la Juventud con Juan Pablo II en París en agosto de 1997, y mi hermano Jaime llevaba en el bolsillo un libro de Lec, editado por Península y titulado Pensamientos despeinados, que nuestro amigo Emilio Quintana había traducido directamente del polaco, con la colaboración de Anna Luzny. (En ese autobús, dicho sea de paso, conocí también a Alejandro Martín Navarro.) Jaime, cada vez que descubría un pensamiento despeinado de quitarse el sombrero, lo leía en voz alta. Llegó a París afónico. Habría que transcribir aquí más de la mitad de esos aforismos y yo ya hice lo que pude, pero hoy sólo quiero poner uno, que es, en realidad, un poema estremecido que estos días no se me va de la cabeza:
Tenía al pájaro de la felicidad cogido por la cola; se me ha soltado dejándome en la mano la pluma con la que escribo.

domingo, 2 de agosto de 2009

El honor es su divisa

Para empezar, multiplicarles los honores. Estando así las cosas, la primera autoridad del Estado tendrían que ser las víctimas del terrorismo.

Mea culpa

Para terminar este terceto de comentarios dantescos, entonaré un mea culpa. Dije que el gran fallo de la Comedia consistía en condenar a cada personaje por un pecado, cuando la gente se condena sólo por todos, por el pack completo, pero que era un fallo necesario para la arquitectura de la obra. Eso dije. Pero estos días en que ando a vueltas por el Infierno con Dante y con Virgilio sopesando la carità del florentino, he caído en otra posibilidad. Al condenar a cada uno por un pecado, en la inmensa mayoría de los casos por un pecado público y reconocido por sus contemporáneos, está permitiéndose cumplir el complicado consejo: "Odia al pecado, pero ama al pecador". Gracias a ese sistema de compartimentos estancos, se condena terriblemente al vicio, pero no tanto a la persona.

sábado, 1 de agosto de 2009

Benedetta colei che'n te s'incinse!

Como sus tercetos, los comentarios a Dante se encadenan. Ayer citaba el único momento de toda la Divina Commedia, el único, donde se nombra a su madre. Que es cuando Virgilio le alaba su primera fiereza con un condenado de esta guisa: "Alma sdegnosa / benedetta colei che'n te s'incinse!" Qué raro, ¿no?, que salga a colación una madre precisamente para celebrar un desplante furibundo, y no en el Paraíso, naturalmente. Alighieri quedó huérfano de madre prontísimo y eso tal vez podría explicarlo. ¿O se estaría refiriendo a alguna altivez del carácter de su madre que le habría contado su padre, y estaría en el fondo diciéndose: "Bendita la rama que al tronco sale"?Pero yo prefiero poner los indicios en el haber de los poetas, mejor que en el debe, y más con el florentino. Así que por qué no pensar que con ese oxímoron (desdén-madre) nos está señalando que es Virgilio, que es el que lo dice, quien desconoce la ternura maternal, ésa que el cristiano Dante iba repartiendo, de hecho, por el Infierno. El amor de Dante por la Virgen y por santa Lucía, tan correspondido, nos indica que él sí que sabía mucho de delicadezas maternales.

viernes, 31 de julio de 2009

La carità

[En mi artículo del Semanario Alba para antes de las vacaciones de agosto recomiendo, como siempre, la Divina Comedia. Y aprovecho la ocasión para introducir una nueva impresión de lectura. Quería haber escrito un ensayo sobre el particular, fatigando estudios y monografías, pues es bastante probable que esto ya lo hayan dicho otros, pero la vida no me ha dado para más, sí que expongo mi intuición desnuda. Va:]
Como se sabe, Dante, en el Infierno, camina apiadándose continuamente de casi todos los condenados. Por piedad de ellos llega a perder el sentido. Según Borges, esto es una argucia literaria para dar más verosimilitud a la obra: los condenados lo estarían por Dios, y no colocados allí por el autor, que se enmascara en su lástima. Pienso que el motivo es aún más sutil y mucho más teológico. En el Infierno, Dante es el único cristiano. Lo guía Virgilio, que, como se repite sistemáticamente, no tuvo la fortuna de conocer a Cristo. En el canto IV del Infierno, donde se explica su situación, se dice que esas almas nobles sin bautismo, entre las que Virgilio se cuenta, tienen un semblante que no es ni alegre ni triste. La compasión que siente Dante, y que Virgilio no comprende, es, en realidad, un reflejo de la misericordia de Cristo, cuyas tristezas y alegrías llegan así incluso a las profundidades infernales.

Dante pone un cuidado especial, y de eso hablaremos más otro día, en diferenciar el reflejo de lo reflejado. ¿Recordáis que dijimos que Beatriz es una imagen divina, pero a la vez imperfecta, y que gracias al mal carácter de la musa se evita la idolatría? Pues bien, tampoco quiere Dante (ni puede) presentarse como un perfecto representante del amor de Cristo. Quizá por eso, muestra tanta inquina contra Filippo Argenti (Canto VIII). Su ataque de mala leche resulta tan sorprendente que el lector sospecha que tiene que tener un motivo personal, biográfico, que no se nos explica. En cambio a Virgilio, esa rabia repentina le entusiasma, y abrazándole exclama: "Alma sdegnosa / benedetta colei che'n te s'incinse!", o sea, "¡Viva la madre que te parió, alma desdeñosa!" Ya se ve que Virgilio andaba muy mosca con las ternuras que Dante venía prodigando con los pobres condenados.

Pero Dante, a pesar del abrazo, seguirá prodigándolas: confiesa en el Canto XIII que "Tanta pietà me accorà!" [¡Tanta piedad me azora!] En el Canto XIV es todavía más explícito: en el verso 1º justifica un gesto de cariño hacia un suicida con la palabra mágica "la carità", y sólo cinco versos más abajo describe los castigos de esta manera: "si vede di giusticia orribil arte", esto es, "se ve de la justicia el arte horrible". Qué contraste, eh. (Un contraste, por otra parte, irremediable.)

Que Virgilio representa el mundo precristiano está claro, además, por la insistencia con que llama la atención de Dante sobre personajes ilustres de la Antigüedad. Hay momentos en los que Virgilio parece fastidiado de tanto florentino, como pensando: "Vaya cateto localista que me he traído al Averno..." Igual que El Quijote, la Comedia es la historia de una amistad, de una larga conversación, y compensa oír sus acentos, matices y leves desencuentros.

lunes, 27 de julio de 2009

Compenetración

Aunque humana, Leonor es ideal. Esta mañana, en el desayuno, le veo unos pantalones medio de chándal, medio de tela, muy holgados, pero ajustados al tobillo con unas cintas, estilo —digo yo— ibicenco. No se los conocía y me gustan mucho. Exclamo: “Jo, qué moderna”. Ella responde: “¿Sí?”, y se pone a hablar de otras cosas. Pero al rato aparece por mi despacho completamente cambiada y me pregunta: “¿Te gusta más ahora?” “Me gusta ahora, claro, pero no más, antes también me gustaba…” Pone cara de sorpresa y protesta: “¿Pero no dijiste ‘qué moderna’?” A mí, cuando caigo, me da un ataque de ternura, de compenetración conyugal y de arrepentimiento, todo mezclado: “Huy, Leonor, perdona, a esas horas de la mañana uno no sabe lo que dice, estaba medio sonámbulo: era un piropo”. “Ah, vaya, qué piropo tan raro…” comenta, mientras sube corriendo, muy contenta, a ponerse de nuevo los pantalones ibicencos.

Dulce y salada

En la ducha se llora de maravilla, me di cuenta el otro día y hoy veo que es moneda corriente. Será porque la soledad, la desnudez, porque unas gotas llaman a las otras. Luego la mezcla del agua dulce y la salada queda bien, produce un llanto dulce. Aunque a lo mejor la similitud es aún más honda: las lágrimas también nos limpian, el alma en su caso. En la ducha, llorando, uno se lava por dentro y por fuera. Se sale nuevo.

Los tatarabuelos

Leonor es humana, aunque yo, en mi papel, la platonice un poco en estas páginas. Daré una prueba. Entre las cosas de mi abuela, a mi padre le tocó una pareja de retratos de mis tatarabuelos. Con pietas propia de Eneas, los mandó restaurar. Y ahora están flamantes, pero no caben en las paredes de su casa, atestada. Le propongo a Leonor acogerlos en la nuestra, más minimalista. Pero la casi siempre idílica se niega:

—No es porque sean feos, los pobres, ni porque sean de tu familia, eh, sino que los cuadros no son buenos.

Toma platonismo, muchacho, me digo.

domingo, 26 de julio de 2009

Compasión

Las llaves del coche, las de la casa, la cartera, la tarjeta de crédito, el móvil, las gafas, las gafas de sol, las gafas de buceo, el cargador del móvil, el portátil (para escribir este artículo), la conexión USB (para mandarlo por internet), el cargador del portátil, las pastillas para la alergia, para el estómago, para el dolor (posible) de cabeza, varios libros de poesía, una novela, una revista, un bloc para tomar notas, un bolígrafo, un lápiz, un sacapuntas, la cámara de fotos, el cargador de la cámara de fotos, la toalla, la protección solar, la maleta, la bolsa de aseo, el cepillo de dientes…

Todo lo anterior -y la seguridad de que me olvidaba algo- sólo para pasar un día y medio en casa de unos amigos a menos de cien kilómetros de mi pueblo. Mientras iba repasando las cosas que no podía bajo ningún concepto olvidar, he sentido una oleada muy grande de compasión por los veraneantes.

[Sigue aquí, pero el meollo sentimental del artículo es esto y punto.]

viernes, 24 de julio de 2009

jueves, 23 de julio de 2009

Rechazo

Es muy extraño, pero no tengo nunca la sensación de crecer como escritor cuando publico un texto que me gusta, del que quedo satisfecho. Sólo la tengo cuando, haciendo un esfuerzo, rechazo otro que no da la talla. Es como si entonces me subiera sobre el montón de papeles arrugados, y alcanzara un poco más alto.

miércoles, 22 de julio de 2009

Pesimismo

Qué pena (también en un sentido literario y egoísta) tener que escribir artículos como éste.

domingo, 19 de julio de 2009

Aguantó

Cuando envié el artículo, me temía lo peor.

Hoy puedo alegrarme con vosotros de que el chaqué aguantó, más o menos, gracias a una consistencia que, por momentos, parecía de plomo. Peor aguanté yo, claro, que sudé la tela gorda.

La boda, muy bien, gracias.

viernes, 17 de julio de 2009

Precisión

Que los puntos de vista no se conviertan en puntos de mira. ¿Un método? Mantener bien abiertos los dos ojos.

jueves, 16 de julio de 2009

Virgen del Carmen



Ni precoz ni procaz, mi primer soneto lo escribí a los veinte años y a la Virgen del Carmen. Mi padre tenía que dar un pregón y recurrió a mí, naturalmente, en busca de unos versos. Yo refunfuñé mucho, pero, como el hijo aquel que luego termina yendo a la viña, esa noche me puse a cumplir con el deber filial. Cuando me cuadró el soneto y echó a rodar [la cuadratura del círculo) no daba crédito. Estaba entonces en Pamplona y recuerdo muy bien aquella noche.

El soneto no es perfecto, para qué vamos a enredarnos. Tiene asonancias internas, ciertas rimas que rozan el ripio y está en la estela (nunca mejor dicho) de los de Alberti. Sin embargo, tiene vida propia, y no porque lo diga yo, sino porque la ha vivido. No lo he publicado jamás (hasta aquí y ahora), pero ha ido encontrando su camino, o sea, su rumbo. No sé cómo, llegó a la cabina de un velero de un señor de Jerez, y allí está enmarcado, y se recita en voz alta cada vez que se sale a navegar. Ha pasado, que yo sepa, a dos barcos más de la Bahía de Cádiz, y a las aguas del Caribe. Esto último lo sé porque fue el regalo de boda del señor de Jerez a un sobrino suyo, bohemio y marinero, que vive allá, dedicado a la navegación. Lo escribí con mi mejor letra, uf, en un pergamino, ay, lo enmarcaron y allí que se fue, a lo Stevenson, a surcar los mares del Sur.

Mientras echaban las cenizas de un difunto muy elegante a las aguas de la Bahía, lo recitaron, según me contaron después. De ahí pasó a su recordatorio, que no he visto. Luego, al recordatorio de mi abuela; y ahora mi padre lo ha escogido, junto a la imagen de la Virgen del Carmen de la entrada de casa, para el recordatorio de mi madre. Es un poema que me ha dado ciento por uno.

martes, 14 de julio de 2009

En la zapatería

Nada más verme, el zapatero hizo un leve gesto de sorpresa y saludo que me sorprendió mucho porque sólo había ido una vez hace siglos. Enseguida empezó a ponerse nervioso con el cliente anterior. Ese quería unos remaches en una lona para un camping, y el zapatero le exigía perentoriamente medidas, dobladillos, una tela más fuerte. De repente, se aburre del de la lona, le aparta, porque "lo suyo es muy entretenido", dice, y me cuela: “Y usted, ¿qué deseaba?” Apabullado por su amabilidad, pongo sobre el mostrador un par de mocasines. Lo mira detenidamente y se le ocurren nuevas mejoras, más baratas. Me pregunta para cuándo lo quiero, le contesto, tímido, aterrorizado, que me corre bastante prisa, y responde que claro, que sin problema. El de la lona y dos o tres señoras miran sin dar crédito. Cuando va a escribir el resguardo, levanta los ojos, me mira de frente y asegura: “¿Máiquez, verdad?” El corazón me da un vuelco de campana, pensando que ha reconocido al hijo de mi madre, que había sido clienta suya. Pero no; con la más franca de las sonrisas, añade: “Leo todos sus artículos en el Diario”. Y a mí, sediento, como ustedes saben, de reconocimiento y fama, se me cae, sin embargo, el alma a los pies.

lunes, 13 de julio de 2009

Kotomichi

Aquella vuelta de Sevilla bajo la amistad silenciosa de la luna no me habría recordado a Virgilio, vía Borges, si yo hubiese sido un japonés. Me habría recordado a Kotomichi, lo que tampoco hubiese estado nada mal:
Todo el camino
la luna siempre encima
acompañándome.
Y cuando abrí la puerta
también entró la luna.

domingo, 12 de julio de 2009

Campana de vacío

Un crítico de peso es una campana de vacío para su propia obra y hasta para sus opiniones. Sobre su obra está clarísimo. Criticar al crítico cuesta mucho si el nuevo crítico tiene a su vez obra propia o ya quisiera, como suele suceder. Temerá la contracrítica y, encima, sobre su juicio recaerá la presunción de resentimiento, si el crítico de peso le puso mal con anterioridad o no habló de él; o de desagradecimiento, si le puso bien. Esto, ojo, no es ninguna ventaja, pues es preferible un juicio negativo [inmejorable a veces, según quién lo haga y cómo] a nada. Por otra parte, tampoco resulta fácil aplaudir al crítico de peso: puede parecer peloteo o simple aplicación de la ley del Talión, aquella del elogio por elogio... Lo más seguro, por eso, es ponerse de perfil.

Pero incluso las críticas del crítico de referencia crean un raro silencio alrededor. Por ejemplo, mi intención era dedicar la entrada de hoy a Vicente García y a su libro Ahora. Pero veo que se me ha adelantado JLGM, citando incluso el poema que yo quería copiar, y me desinflo. ¿Parecerá que voy a rebufo?

Bueno, da igual, el poema merece la pena. Se llama "Los enigmas":

De niño ya te hablaban
de la vida y la muerte.

Qué fácil es hablar
de la vida y la muerte.

Cuándo sabremos algo
de la vida y la muerte.
Como estamos hechos a la triada de Miguel Hernández ("Llegó con tres heridas:/ la de la muerte, la del amor, la de la vida"), la ausencia del amor es otro enigma en este poema, un agujero negro por el que se agranda su vacío, y nos inquieta más.

sábado, 11 de julio de 2009

Negro con las negrillas

Con las negrillas, estoy negro. Ni son mías ni son legítimas. Al escritor le corresponde sugerir con el tono y la sintaxis, y a cada lector poner las negrillas y las cursivas que considere oportunas. Pero si no trampolinkeé este artículo de Alba fue por otro motivo. Los días finales del IES, cuando salió publicado, fueron amargos, entre otras cosas porque estaba tomando café con una compañera cuando aparecen dos alumnas bien guapas y se ponen a hablar con ella. Yo contemplo, ejem, la conversación. Hablan de un corto que han tenido que realizar como trabajo de fin de curso. "Qué interesante", digo. "¿De qué va?", me intereso. "Va del aborto", me contestan, satisfechas. "Ah", sonrío eginéticamente, temiéndome lo peor. "¿A favor o en contra?", pregunto agarrándome a una esperanza ardiente. "A favor, a favor". Y quedo muerto. Tenía claro, porque acababa de publicar este artículo, que si me hubiesen dicho que estaban a favor del tabaco, podría haberme puesto muy paternalista y dogmático, pero contra el aborto qué decirles. Intento, no obstante, una leve protesta, que ellas atajan con tópica naturalidad: "Es la vida de cada chavala". Me pasé la mañana haciéndome el encontradizo por los pasillos, bordeando los límites del pudor y de la discreción, para decirles, otra vez, que si estaban seguras, que si no consideraban la posibilidad de la adopción, que si la vida del feto. Con toda sencillez me contestaron, que sí, que no, que qué vida ni qué niño muerto. Yo sabía que no tenía nada que hacer, que mis ideas hoy por hoy no se pueden imponer ni defender fogosamente en público y menos en un instituto público. En general me alegro, como decía en Alba, pero en particular, por el nasciturus, lo siento muchísimo, y le cogí un poco de manía a este artículo, con lo que había disfrutado escribiéndolo... Por eso no lo trampolinkeé.

viernes, 10 de julio de 2009

Elogio de los semi-seguidores

El primer comentario a mi entrada de ayer, anónimo y animoso, decía: “Qué divertido. Semi-seguidora de tu blog, porque soy como tus alumnos, que no entiendo casi nada, estas historias cotidianas me chiflan. Gracias. Y arriba ese ánimo, hombre!” Pues muchísimas gracias, señora o señorita. Es a lo que aspiro: a unos cuantos semi-seguidores. Como todos, soy poliédrico, y no todos mis lados pueden gustar a todos, naturalmente, y ya me doy con un canto en los dientes con que alguno sí. Quizá ni casen entre ellos, mis lados, aunque yo —seamos sinceros— me veo de una pieza y muy jerarquizadito, pero vaya usted a saber. Sé que a ciertos amigos que me estimo mucho les incordian esas mismas entradas cotidianas mías y de mi anónima, y preferirían que aquí hablásemos siempre de hipálages, hipérbatos y metonimias. Pero con unos comparto la fe, con otros la frivolidad, con aquellos la literatura y con algunos (últimamente) la melancolía. Bien está si algo nos une de vez en cuando, sobre todo, si un puñado de vosotros os armáis de paciencia y me vais perdonando los otros extremos. (Podría ponerme estupendo y decir que ya me falta la seguidora total, la absoluta, pero os mentiría, y eso no. Mi madre también era una semi-seguidora, claro que más forofa y paciente que nadie.)

jueves, 9 de julio de 2009

Celo

Pukka se puso en celo, y ha sido bonito estos días y distraído verla jugar con Carbón. Sería más exacto decir flirtear: todo el santo día daban saltos --como muelles-- uno alrededor de la otra, y viceversa, ponían las orejas tiesas y los rabitos se balanceaban como parabrisas en noche de chubasco, de pronto corrían con una gran punta de velocidad en cualquier dirección y, luego, de vuelta. Se lamían. Se ladraban suavito, como quien se recita un madrigal. Pukka, que ya tiene diez años, estaba rejuvenecida. Teniendo en cuenta el desinterés mutuo que en líneas generales se profesan nuestros perros, verlos tan atentos enternecía. Pero no lo suficiente; y al final, para evitar un cruce peligroso entre teckel y fox-terrier de pelo liso, que a ver quién de vosotros después quería los cachorros, eh, hemos tenido que desterrar al pobre Carbón a casa de mi suegra. Que es estupenda, ojo, la casa, y la suegra más, por supuesto, pero pobre el perro porque hubiese preferido quedarse con, ejem, nosotros. Automáticamente, los perros, Pukka aquí, Carbón allí, se han apagado, como si les hubiésemos quitado las pilas, y nosotros un poco con ellos, la verdad.

miércoles, 8 de julio de 2009

Ojo con Cervantes

Ojo con Cervantes que no da puntada sin hilo. En mi artículo de hoy digo que don Quijote acaba suspirando "Yo sé quién soy", pero eso es un resumen rápido por razones retóricas. El "yo sé quién soy" con todas sus letras un pelo irreverentes lo pronuncia don Quijote tan pronto como en su primera salida, en el capítulo V de la primera parte, cuando más arrastrado está por su locura. En su agonía es obvio que está contestándose a aquello, pero lo hace con otras palabras y, sobre todo, con otro tono: "Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno". Sabe quién es, efectivamente, pero lo deja caer con mucha más delicadeza.

Razón de más para no ir haciendo una pregunta tan grosera al primer inocente que nos encontramos en una esquina.

martes, 7 de julio de 2009

¿Oigo voces?

Según la cola, o compro el pan en la baguetería legal o en una furgoneta pirata que trae un pan buenísimo de El Cuervo. Ayer, por suerte, en el establecimiento regular (en todos los sentidos) había una cola tremenda y me dirigí, con la conciencia relativamente tranquila, al señor de la furgoneta. Empezó a atenderme, pero le hicieron un pedido desde un coche parado en medio de la calle, y se abalanzó a ver qué querían. El hombre le tiene un miedo grande (y natural) a la policía y no quiere por nada del mundo que se le monte un sospechoso atasco alrededor. A su regreso, yo aceptaba sus disculpas, cuando de pronto me suelta, sin venir a cuento: “Ya lo dice el refrán: ‘Cuanto menos se lee, menos se escribe’” En mi vida he oído ese refrán, que es, además, un endecasílabo, y que me atañe de una manera espeluznante. Estoy tentado a acercarme hoy a su furgoneta para preguntarle si de verdad, de verdad, me dijo eso, o es que oigo voces. No sé si me atreveré. Mientras tanto, por si acaso, me he puesto a leer de nuevo.

lunes, 6 de julio de 2009

Vicente Núñez en el Barbero

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Ser es hablar con.

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Hay que tener mucho miedo para escribir bien.

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Lo demoníaco es actuar sin ser.

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Una libertad sumisa al imperio de la libertad se dictatorializa. La libertad es desobediencia de sí.

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La caridad es menos cara que el cariño.


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Una sociedad no degradada no es sociedad.


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Con un enemigo te bates; con un estorbo, tropiezas.


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Un escritor debe saber de antemano a quién no tiene que leer.


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Todas las posturas incómodas son elegantes.


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Baila quien no sabe andar.


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Tienen un concepto muy triste de la tristeza.


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Escribir es tener tertulia.

[De Sofisma, Renacimiento, Sevilla, 1994]

domingo, 5 de julio de 2009

Defensa del sms

No me escapo de la metaliteratura ni en los peores momentos. Muchísimos pésames que me están llegando vía sms o e-mail se avergüenzan y disculpan: "Esta no es la forma más apropiada". En mi contestación tengo que hacer, por tanto, una defensa de las nuevas tecnologías. La hago esgrimiendo a Bloy: "Un acto de amor nunca es ridículo" y un gesto de cariño y compañía, venga como venga, nunca, nunca es inapropiado.

Muchas gracias a todos.

jueves, 2 de julio de 2009

Nostalgia de Abel Feu

Al tercer e-mail en dos días corrigiendo cosas de mi reseña de Carlos Marzal en Poesía Digital, Javier García Clavel, su editor, se ha plantado, terminante: “¡Basta ya!”. Lo entiendo al hombre, por supuesto. Sólo se deja de corregir por aburrimiento o por la muerte del autor, dijo Borges, y yo no me aburro de perseguir la perfección, que me lleva muchísima ventaja.

En teoría, la publicación también calma (un poco) las ansias correctoras, pero ese calmante sólo funciona en papel. En Internet, no tiene efecto ninguno. Internet exacerba las ansias, porque se puede corregir infinitamente y porque no sólo suprime el espacio sino el tiempo. Cuando cualquiera busque en Google, ahora o dentro de diez meses o diez años, una reseña de Marzal podrá ver en un segundo, como recién salida del horno, la mía. No vale decir: “Lo escrito, escrito está”, que es una frase que me da especial rabia, y no solo por quién y cuándo la dijo, sino por lo que supone.

Me he puesto a recordar, con un ataque agudo de melancolía, los tiempos felices en que Abel Feu fue mi editor, en la revista Nadie parecía y en la editorial Renacimiento, cuando preparábamos Casa propia. Yo le telefoneaba infinidad de veces y a veces a horas intempestivas, incluso por una coma de más, o de menos, o por una titubeante, y él siempre se sorprendía con entusiasmo por los cambios (si eran buenos, que si no, no) y siempre, siempre, en todo caso me animaba a la obsesión: como Luis Rosales, corregía hasta en pruebas. Para él eso era un síntoma de la enfermedad de la literatura; y refunfuñaba de quienes no le molestaban ni una sola vez para cambiar nada. Además, como la publicación se solía retrasar bastante, siempre había tiempo, por suerte, para una penúltima revisión.

Claro que García Clavel, el pobre, podría decirme: “En pruebas, vale, pero es que tú corriges hasta con efecto retroactivo y en espiral”. Bueno, sí, es verdad, ya no revisaré más mi reseña, lo juro. Pero vosotros sí podéis leerla aquí. Tras los tres correos no está mal del todo, espero. Y si veis una errata o un fallo, no decídmelo, por Dios, que quiero seguir siendo amigo de JGC.

viernes, 26 de junio de 2009

No tengo arreglo

Veo en Esperando nacer una excelente nota de lectura sobre Cuentos de guerra de Léon Bloy, que leí hace tiempo. Voy asintiendo a todo: Hernán sabe de Bloy lo que no está en los escritos. Su cuento preferido es “El obstáculo”, del que no recuerdo nada. Voy corriendo, lo releo y realmente es admirable.

¿Cuál era mi cuento favorito? “La misa de campaña”, me respondo. Al mirar el índice compruebo que en verdad se titula “La misa de los cadetes caídos”. Aunque lo recuerdo perfectamente —título aparte—, lo releo. Habla de una compañía de jóvenes e ingenuos hijos de papá de las provincias del Oeste, que se han alistado por patriotismo, pero, de paso, para defender el Trono y el Altar, esas máximas revolucionarias, que dijo Baudelaire. Todos han adornado sus sombreros con altivos penachos de plumas, un punto pretencisosos . Creyéndose alejados aún del combate, empiezan a celebrar una misa de campaña, pero una bala perdida le salta la cabeza al sacerdote justo cuando acababa de exclamar: “¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué te turbas?” Tras el desconcierto natural, el joven marqués Enguerrand de Bellefontaine, soberbio joven de veintidós años, aprovechando que, a pesar de todo siguen en retaguardia y que el hermoso altar está montado con primor, pide permiso para ir a buscar a algún otro sacerdote y continuar la misa.

Vuelve veloz con el párroco de una localidad cercana. Este al oír lo de la inesperada bala de su predecesor, ha contestado con calma: “Mi querido muchacho, estemos en paz o en guerra, la Misa se dice siempre en presencia del enemigo”.

Empieza de nuevo la misa. Según la liturgia, a partir de cierto momento el sacerdote no puede, bajo ninguna excusa, interrumpirse. Es entonces cuando aparece allí mismo una multitud de alemanes que ha roto las líneas defensivas. Los muchachos “decidieron, sin decir palabra, hacerse matar, no por Francia, ni por el Rey, ni siquiera por los Ángeles y los Santos del cielo, sino lisa y llanamanete para que esta misa pudiera terminarse”. Acabada la misa, cuando el sacerdote se volvió para despedir a los asistentes con su bendición, no vio sino las frentes sudorosas de los alemanes tras una muralla de moribundos y caídos.

(Al terminar el cuento escogido por mi memoria, he recordado lo que escribió aquí en un comentario Julio Martínez Mesanza una vez: “No somos lo que leemos; leemos lo que somos”. En esta entrada he vuelto a hacerme un autorretrato. (Me he dibujado muy favorecido, eso sí.))

jueves, 25 de junio de 2009

De buena mañana

El sol te ve cada día
nuevamente. Esta mañana
con qué ilusión, con qué luz
te iluminaba la cara.
´

miércoles, 24 de junio de 2009

Método Ruano

En la cena en casa de Begoña García González-Gordon me sentaron frente a Francisco Bejarano. Todo un honor. La cena transcurría deliciosa, y la conversación. Bejarano me había consolado al sentenciar: "Poesía hay que escribir poquísima". Por asociación de ideas (de los efectos a las causas), nos pusimos a hablar de columnismo. Nueva sentencia de Bejarano: "Con estos cuatro maestros del artículo es suficiente: Julio Camba, César González-Ruano, Agustín de Foxá y Wenceslao Fernández-Flórez". Dedicarme a lo mío --que es sumar-- me dio vergüenza, porque tendría que haber añadido, entre otros, al propio Francisco Bejarano y su imprescindible colección de artículos Las estaciones. Hubiese sonado a pelota. Por eso me hice un lío y puse peros. Dije: "González-Ruano está muy bien, claro, pero cuando uno se mete entre pecho y espalda los tres tomos de su Obra periodística (3098 páginas) acaba un poco cansado de la mecánica..."

Bejarano, que tiene porte de senador romano, no defendió a César, me echó una breve y fría mirada azul, no hizo una mueca, guardó medio segundo de silencio, y cambió de tema. Hubiese preferido un grito: "¡Estás tonto o qué!" o una pregunta sarcástica "Muchacho, ¿tú qué sabes?", pero la elegancia de F. B. me dejó devastado y muy arrepentido de haberle faltado al augusto González-Ruano.

Para purgar mi atrevimiento, el artículo de hoy lo he hecho según el célebre método Ruano, consistente en escribir del tirón y cuando uno llega al final, subir al primer párrafo, suprimirlo, y ya está. Muy justificado el método en este caso, porque el párrafo en cuestión salió caprichoso y egotista cuando el resto del artículo es, en general, básico y objetivo. Sin embargo, qué curioso (y serviría para reflexionar sobre los blogs) aquel primer párrafo es lo único que pega algo en estas páginas virtuales. Lo pego:
Como saben ustedes (entendiendo por ustedes a quienes me leen todas las semanas y, encima, recuerdan lo que escribí hace meses, o sea, principalmente a mi madre) y si no lo saben yo se lo digo, estudié en un colegio de educación diferenciada o no mixta. Mi recuerdo de aquel colegio es extraordinario. Ahora, como he repetido en alguna ocasión, soy profesor de secundaria en un instituto público y, por tanto, mixto. Y, aunque les parezca mentira, también estoy encantado. Se podría elaborar una teoría acerca de que lo ideal para un alumno es lo primero y para un profesor desde luego lo segundo, pero correría el riesgo de parecer demasiado satisfecho de mi suerte (que lo estoy).
A partir de ahí, el artículo es otra cosa.

martes, 23 de junio de 2009

Siesta a la sombra

El rumor de las hojas —de las hojas del ABC— que la brisa —esa señorita de provincias— se obstina en pasar.

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¿Qué buscará tan inquieta la brisa en el periódico? El tiempo para mañana, naturalmente.

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Al que dijo: “Siesta en la sombra./ El sol entre las ramas/ es otro pájaro”, le faltó precisión. Es un jilguero, está clarísimo.

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Y otro jilguero. Éste canta meciéndose de izquierda a derecha, muy tieso, igual que un cantaor por bulerías.

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El pobre gorrión también tiene derecho. ¿A qué? A posarse en estas líneas. Bueno, venga, de acuerdo…, pero que no cante.

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Etimología: jilguero viene de jolgorio.

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¿Diréis de algunas de estas notas aquello de aliquando bonus dormitat Homerus? Ay, ojalá.

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Los mirlos, como buenos burgueses, han colgado con cuidado sus levitas de una percha y están retirados en sus aposentos, descansando.
Románticos perdidos, ellos son más del crepúsculo.

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Kafka fue a visitar a Max Brod y, al pasar, me despertó. En vez de disculparse, dijo, de una manera infinitamente suave, levantando los brazos en un gesto de apaciguamiento, mientras atravesaba el jardín de puntillas: “Por favor, considéreme usted un sueño”.

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El canto de la urraca: despertador irrevocable.

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Los perros se toman la siesta con seriedad de auténticos profesionales.

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Las moscas, golondrinas del infierno.

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En el campo, en el jardín, donde gotea torpe, pegajosa, inútil por todas partes, se la llama “resina”, más que nada para maldecirla. Fuera de los libros de texto nadie usa ese nombre tan contradictorio de “savia”.

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Hay quien escribe con sangre. Yo también me mojo la pluma en las venas. Escribo con café, por eso mismo, insomne. (Estoy abusando últimamente.)

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¿Y no habrá tanta literatura bucólica porque no hay quien pegue ojo en los campos?
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