miércoles, 2 de septiembre de 2009

Glosa

"Sólo se sirve a Dios y a la posteridad con artículos bien hechos", dice FO'C. Lo fascinante de la frase es el doble consuelo que (gracias a un falso falso amigo, o sea, verdadero) le deja al columnista. De un primer golpe, la frase permite entender que a la actualidad sí se la puede servir con artículos normalillos, que son los que hacemos normalmente. No es mucho, servir a la actualidad, que es señora que se puede morir, que de hecho se muere, que se muere a cada instante..., pero mucho peor es no servir. Si se sigue pensando la frase de Flannery, todavía consuela más. No añade a la buena factura de los artículos, como hacen otros, "que hablen de asuntos trascendentes". A Dios y a la posteridad y a Flannery les basta con que estén bien escritos. Escribir bien un artículo no es moco de pavo [real], pero el periodista se agarra a esa esperanza, pues al fin y al cabo eso lo procura siempre.

martes, 1 de septiembre de 2009

Contar esta historia

Cuando el gran rabino Shem-Tov creía que se avecinaba una desgracia para su pueblo, se retiraba a meditar en un lugar del bosque. Allí encendía un fuego, recitaba una plegaria y se cumplía el milagro de que la desgracia quedara conjurada. Años más tarde, cuando le tocó a su discípulo implorar al cielo por la misma razón, acudía a aquel mismo lugar del bosque y decía: "Señor, escúchame. No sé como encender el fuego, pero todavía soy capaz de recitar la plegaria". Y el milagro volvía a cumplirse. Más adelante, y también con el objeto de salvar a su pueblo, otro rabino se encaminó al bosque para decir: "No sé cómo encender el fuego, no conozco la plegaria,pero puedo colocarme en el lugar preciso". Y eso fue suficiente. Finalmente, cuando lo
llegó el turno a un rabino posterior, éste sentado en un sillón, habló así a Dios: "Soy incapaz de encender el fuego, no conozco la plegaria, ni siquiera puedo encontrar el lugar en el bosque. Todo lo que sé hacer es contar esta historia". Y aquello bastaba. Dios creó al hombre porque le gustan las historias.
Contada por Javier Rodríguez Marcos en el prólogo de la antología de Roberto Juarroz [El País, 2009], a quien le gustaba especialmente este relato jasídico. A mí también me gusta muchísimo, pero permitidme notar que en realidad lo que bastan son tres cosas: la historia, sí, pero también que el rabino del sillón sigue hablando con el Señor y sigue preocupándose de conjurar la desgracia de su pueblo. Todo se resume en dos: Dios y el prójimo, y de propina la maravillosa narración. No me extraña que fuera suficiente.

lunes, 31 de agosto de 2009

De nuevo lunes

Si fuese ganadero de reses bravas, a un toro negro zaino le ponía de nombre "Madrugón".

domingo, 30 de agosto de 2009

Pito pito gorgorito

¿De Zapatero?, pero...; a Saramago, amago..., y termino escribiendo del que ha dicho, sin duda, lo más sabio.

[Sin erratas, con puntos aparte y cursivas y sin extrañas originalidades finales, aquí]

sábado, 29 de agosto de 2009

[Me aseguran que no es un chiste]

Una gitana vieja de Jerez le comenta a su médico [del que me dan nombres y apellidos] que ella está encantada con esta epidemia de la gripe A. Había oído muchas veces en el tele que lo bueno es el tiramisú y todas las noches su marido baja a la pastelería La Rosa de Oro, que los hacen buenísimos, y le sube uno, y, ea, para dentro, que más vale prevenir que curar. Entre su familia y sus vecinas ha cundido el ejemplo y ya están todas vacunadas, rebosando salud, como se puede ver...
El médico, tímidamente, sabiendo que va a acabar con el efecto placebo más dulce de la historia de la medicina, le pregunta: "¿Era tiramisú seguro, señora? ¿O tamiflú?

viernes, 28 de agosto de 2009

Vaya contradiós

Saramago es la pera. Ha decidido que el culpable de la muerte de Abel no fue Caín, quia. El culpable fue Dios, al que señala "como el autor intelectual al despreciar el sacrificio que Caín le había ofrecido". Es como si, porque no aprecio tanto la literatura de Saramago, yo fuese el culpable de que un fan del portugués de esos que escriben encendidos comentarios en la noticia de El País o él mismo, sin ir más lejos, me pegara una paliza. Al menos, sería el culpable intelectual, que siempre viste más. No se me ocurre otra manera de que me consideren intelectual los que reparten los coeficientes de intelligentsia. Las implicaciones que ese digamos pensamiento tendría en la sociedad, en la educación, en el mismo Código Penal, suponiendo que alguien se lo tomara en serio, que es mucho suponer, serían devastadoras. Mientras tanto, hay que reconocer que Saramago dice una verdad: Caín, su próximo libro, está lleno de humor. Yo no lo he leído, ni lo leeré, pero me parto de risa. Si no le veis la gracia, podéis visitar su blog y visionar el trailler promocional al puro estilo Hollywood y leer, si os encontráis con fuerza, la carta que ha escrito su directora comercial, Pilar del Río. Qué tropa, tú.

jueves, 27 de agosto de 2009

Corriendo

No puedo recrearme en el salto del trampolínk de hoy porque tengo que salir a correr. Bueno, bueno, no exageremos: tengo que salir corriendo. Pero mi intención de salir a correr algún día es en serio.
Adiós, adiós...

miércoles, 26 de agosto de 2009

Cargo de conciencia

Se acaba el verano y casi nada hice de lo que en este tiempo me proponía hacer. Y no es lo más grave: tampoco hice lo que no me proponía hacer, que suele ser lo mejor, si se hace. Ya me he puesto a preparar el examen de septiembre de conciencia, que este año va a ser duro. Un día de agosto y a la salida de la misa (encima), iba andando, casi corriendo para casa. Vi entonces que una chica de mi edad [i.e. una señora] empezaba a formar un atasco con su coche ranchera, un Volvo, creo, parado en medio de la calle. "La cosa irá a peor en cuanto se pongan a desaparcar todos los coches de misa", vaticiné para mí. Ella se bajó sofocada y se dirigió al señor mayor que conducía el coche justo detrás del suyo y le explicó que la llave se le había quedado atascada y que no arrancaba. El señor no dijo nada apenas, metió marcha atrás muy serio, hizo que los otros dos o tres coches hicieran lo propio, y se volatizaron todos por la calle de la derecha. La chica [de mi edad] no me pidió auxilio y no me miró o sólo lo hizo tal vez de reojo. En condiciones normales o en otros tiempos yo me habría ofrecido enseguida a ayudarla. Teniendo en cuenta mis conocimientos mecánicos, a ayudarla a empujar el coche a la acera y a llamar a la grúa o a su marido. Pero me fui andando, paso a paso. Siempre he presumido de caballero andante, pero en un sentido diametralmente opuesto. Me pongo colorado todavía mientras lo confieso, aunque en verdad me pongo verde, y yo negro conmigo, y eso que aún no he contado lo peor: no consigo recordar por más que lo intento a dónde demonios iba yo con tanta prisa.

martes, 25 de agosto de 2009

Litoral y la noche


Había cargado hasta la playa el último número de la revista Litoral como quien lleva una sombrilla, a ver si su noche me refrescaba. Luego leí poco, porque la conversación estaba al rojo vivo y yo echaba chispas. Por la noche, al sacar la revista de la bolsa, la portada estaba llena de granitos de arena. Parecían puntos de luz sobre el collage de Lorenzo Saval. Y me alegré de haber cargado con la voluminosa revista. La noche de la portada la cruzaba una nuevaVía Láctea dorada y, sobre todo, los granos de arena habían cumplido el sueño de sus noches de verano. Eran estrellas: brillaban.

domingo, 23 de agosto de 2009

God's spies

Mi madre era una santa, pero yo soy un hijo de mi época. Por eso, como todos este verano, he leído novela negra, aunque, en mi caso, ni fue novela ni es negra, aunque ese era su tono. Déjemonos de suspenses: confieso que he leído con el corazón en un puño The Quest for Shakespeare de Joseph Pearce. Se trata de una investigación en toda regla sobre las creencias, católicas o no, que va a ser que sí, del Bardo. Las pistas se multiplican y encajan y Pearce las expone con la vibración de un best-seller, montándolas muy bien, con un punto de agresividad intelectual y otro de mesura forense, que se balancean rítimicamente. Lo negro lo pone de fondo la tremenda persecución a los católicos ingleses. Qué historia: ya me he pedido en Abebooks la biografía de Edmund Campion de Evelyn Waugh y las obras completas del beato Robert Southwell, SJ, primo de Shakespeare, poeta y mártir, nada menos. Además, he rescatado de mi estantería los ensayos históricos de Belloc. Pero volviendo a Pearce, ¿es buena literatura? Puede que no, aunque es eficaz, y en todo caso, no importa, porque su libro se lee alternándolo con el mismísimo Shakespeare (y cómo se iluminan mutuamente), así que de buena literatura anda uno bien servido. También lo alternaba con el Shakespeare de Harold Bloom, por contrastar, y con el Shakespeare de René Girard, para no perder las buenas costumbres. Apasionante choque de interpretaciones, del que Shakespeare sale intacto, más claro que nunca, inconmensurable y cercano.

jueves, 20 de agosto de 2009

Scoop!

Oh, Marta Enrile visita mi blog. El mío y el de tío Santiago [para nosotros, Tamarón]. Tras sorprenderme con el dato, se le ocurrió que por qué no hacía una crónica de la fiesta en la que nos encontrábamos. Y yo, cogido entre el agradecimiento y la euforia, exulté que sí, que escribiría mi artículo de hoy sobre el evento, ¡hip, hip, hurra! Cuando me levanté a la mañana siguiente, sin embargo, no lo veía claro, ni eso ni nada, y era lunes. Al final, decidí escribir de Jenaro. Estaba en mi clase, como los anfitriones, y, aunque la fiesta fue muy posh, al puro estilo Waugh, el mal (o, no exageremos tampoco, el regular) goza de más tirón periodístico. El evento, además, ya lo cubre Casas de Ciria. Incluso me retrata en la foto nº 5.

Eureka!

Di con la clave: escribir un buen microcuento es tan difícil como un haiku, un aforismo o un novelón decimonónico, sí, pero escribir uno malo es muchísimo más fácil.

miércoles, 19 de agosto de 2009

La venganza del microcuento

El género del microcuento se venga de la extrema brevedad que le han impuesto produciendo una cantidad ingente, inconcebible, de textos malos.

Al final, lo comido por lo servido.

martes, 18 de agosto de 2009

Oferta reversible

Un amigo capturó la siguiente fotografía en un paseo dominical por un mercadillo de Oviedo:



Hecha la foto, procedió a comprar el género para conseguir los libros. Con los libros y la foto en su poder, procedió a entonar (vía e-mail) una leve elegía en Astaroth o, mejor dicho, un Sic transit gloria mundi algo guasón por los poetas ofertados y, en general, por la poesía. Lo que no me dice (me dice que no me lo dice) es qué hizo con lo que tuvo que comprar para conseguir Oratorio en Guadarrama, que es un libro, ay, que yo no he leído, con lo que me tiran los oratorios y Guadarrama y la Armada Española, donde servía Prados Nogueira, si no me equivoco.

Pero, teniendo en cuenta que la poesía es para pocos, y las bragas para todas, no deja de tener su encanto (kitsch) la ingenuidad del tendero. Cree el hombre en el atractivo comercial de los misereres. Y a lo mejor hasta es una buena estrategia de marketing y todo. Mi amigo se compró las bragas, eso es indudable, yo hubiese hecho lo propio y aquí está el tenderete en Rayos y truenos consiguiendo gratis un valioso espacio publicitario.

domingo, 16 de agosto de 2009

El injusto medio

César González-Ruano habría incluido entre sus artículos de temporada de verano, entre los artículos sobre la llegada de los veraneantes, sobre los atascos en el quiosco de prensa, tan animantes para un columnista, sobre las noches de levante en calma, sobre los precios del pescado, entre todos esos temas, habría incluido en estos tiempos un articulito agosteño sobre el top-less.

Yo hago lo que puedo. Pero lo más curioso de mi artículo ha ocurrido fuera. Ni Leonor ni yo estamos especialmente satisfechos. A ella le ha parecido bien, pero que le doy demasiada importancia a un tema trivial, dice. En cambio yo me lamento (en mi fuero interno) de que trato con demasiada trivialidad un tema más gordo de lo que parece.

jueves, 13 de agosto de 2009

Crucifijación (una pesadilla)

Pensé subtitular mi artículo de hoy como esta entrada: una pesadilla. Pero me pareció quitarle hierro a la Crucifijación, que es lo que importa, y lo dejé en el título. Ahora me alegro, porque en el intervalo de tiempo que media entre enviar mi texto a la redacción y leer el periódico, Caamaño se ha descolgado con otras declaraciones, ahora negando la objeción de conciencia al aborto de médicos y enfermeros. La cosa no era tan pesadilla, por desgracia... Mientras tanto, no deja de tener su interés pedagógico: el que quita un crucifijo enseguida niega la conciencia del prójimo.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Tertulias en el porche

“La muerte no interrumpe nada” escribió Luis Rosales con más razón que un santo y con las palabras exactas, encima. Desde luego, no interrumpe, eso es verdad, pero las circunstancias las cambia. Ahora, cuando en las tertulias en familia, sale a relucir una opinión de mi madre, precedida de un “Decía mamá…”, o finalizada con un contundente “como decía mamá”, o sin decir nada, sino fácilmente reconocible como una opinión suya, todos asentimos unánimes, como un solo hombre, sin la menor vacilación, y, sobre esa tierra firme, seguimos charlando de lo que sea. Esto, conociéndola, estoy seguro de que le gustaría mucho y, a la vez, le haría, le hará, le hace, bastante gracia.

martes, 11 de agosto de 2009

Crítico en crisis

No hay nada más burdo que querer ser sutil y quedarse colgado de la brocha. Esta reseña la escribí a seis manos con Vicente Núñez, que me susurraba a un oído: "Acudo puntualmente a la cita con el gongorinolaringólogo" y con Álvaro de Campos, que me recitaba al otro: "(Todas as palavras esdrúxulas,/ Como os sentimentos esdrúxulos,/ são naturalmente ridículas)". Por eso pensé que, mientras salvaba lo salvable, bastaba con poner algunos ejemplos. Pero el respetable entendió que ponía muy bien al libro. Fue un chasco esdrújulo. Ahora veo que este otro está encantado con la reseña que hice de su libro. Vaya. Todo me pasa por no leer más a Flannery O'Connor que ya avisó que la sinceridad y las buenas maneras no acaban de llevarse del todo bien. ¡Y yo, que quería estar en misa y repicando...!

domingo, 9 de agosto de 2009

Críticas vs. elogios

Entre las críticas a los blogs, se destaca por dos o tres cabezas la de que hay muy poca crítica, como si las suyas no contasen. Quizá para el que entre de higos a brevas y se asome a los comentarios, le parezca que hay un exceso de elogios. En verdad se elogia, sí, y eso tiene su valor: motiva y da cierta seguridad, que buena falta nos hace. Pero, además, cuando uno lo domina, el lenguaje bloguero no es tan almibarado como puede resultarle al visitante ocasional. Incluso es cruel, a veces. Para empezar, no todos los comentaristas tienen la misma auctoritas. Y están los temibles silencios: uno sabe que unos lectores entran prácticamente todos los días, y, sin embargo, sólo comentan de vez en cuando, por lo que el silencio no deja de ser una llamada de atención atronadora para quien sabe oírla. Ese "0 comentarios", la o, fue descrita por CB en un comentario como una boquita pidiendo un poco de caso o como el platillo vacío de un mendigo. Luego, los enlaces en otros blogs, que te los hacen o no te los hacen, ay, en las columnas esas de la derecha o, y esto es es lo mejor y, por tanto, lo más raro, en el propio texto. Por un código no escrito de buenas maneras blogueras, además, cuando se tiene el correo-e del autor, las correcciones más puntillosas, se hacen en privado, pero se hacen. (Aprovecho la ocasión para agradecerlas ahora en público.) Y al final cuando te corrigen en público, aunque parezca muy levemente, como el nivel viene siendo tan exquisito, casi dieciochesco, el más tenue reparo, pesa mucho.

[Hace meses que quería escribir esto, pero como era un punto egocéntrico lo iba dejando pasar. Ahora me vale como base del trampolínk. Hace unas semanas, publiqué un artículo sobre el fútbol en la playa en La Gaceta de los Negocios. Beades me sacó una tarjeta amarilla por no haber sido capaz de extraer, como habría hecho Chesterton, nada positivo de los esféricos. El artículo de hoy es una reconstrucción del anterior, a ver si esta vez le gusta a Beades.]

jueves, 6 de agosto de 2009

Los muertos

Según me explicaba un experto tolkieniano, al autor de El Señor de los Anillos no le gustaba nada que se buscasen analogías entre su obra y la realidad. Su trilogía es un mito y no una alegoría. Bien, vale, de acuerdo. Pero digo yo, inexperto tolkiense, que sus imágenes si no símbolos sí son significaciones. Hoy hablo de los Ents. Para mí esos bosques beligerantes van siempre asociados al Sendero de los Muertos. Igual que los bosques se alían con los hobbits, también los muertos acaban siempre interviniendo en las batallas. Y en ellos, en buena parte, descansa mi esperanza.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Una defensa de la herencia

Escribe Julio Martínez Mesanza, a propósito de Rut: "Sólo nos pertenece, realmente, lo que adquirimos, no lo que heredamos". Yo, en principio, estoy de acuerdo, porque lo dice Julio y porque es así; pero luego, en la práctica, qué remedio si lo mejor mío es lo heredado, lo mejor y casi siempre lo único. Para salvar la contradicción, escribí este aforismo y también el poema inaugural de Casa propia. Normalmente no cuelgo aquí mis poemas, pero me importa tanto este asunto, que haré una excepción:

...........ARQUITECTURA

Comienzo a construir por el tejado:
lo primero que hago es acabar
y después viene el resto, o sea, todo.
Gira el reloj como la hormigonera
donde ruedo al revés: después de siglos
de ser católico me he convertido
a la fe que tenía; mucho antes
de escribir un poema, era poeta;
he conocido tipos estupendos
en mi grupo de amigos; por mi misma
mujer me he vuelto loco; y ahora empiezo
a dibujar los planos de la casa
donde llevo viviendo tantos años.
Lo primero que quiero es acabar
el tejado; ya tengo el cielo, el aire,
las nubes, la veleta, el humo blanco
que anuncia: “abajo, adentro, en el futuro
hay un fuego encendido”. Iré hacia él.

Pondré, cuando me muera, los cimientos.

martes, 4 de agosto de 2009

El espejito mágico

El viejo Trueno Distante había cerrado un trato redondo. El rostro pálido aquel, a cambio de unas ridículas pepitas de oro, recogidas como quien no quiere la cosa mientras pescaba truchas en el Río Colorado, le había dado una lámina de magia transparente.

El rostro pálido no era John Wayne, todavía. Pertenecía a la compañía de Francisco de Ulloa, esto es, a la primera expedición europea a Ciguatán; era moreno, bajo, joven, fuerte, oriundo de Ayamonte, gran lector del Amadís de Gaula y algo poeta. De hecho, para convencer al indio de las ventajas del canje, le había estado explicando con señas prolijas que, si se llevaba el espejo, le regalaba el mundo. El mundo entero se reflejaba allí, y el español le mostraba cómo la pradera y los soñolientos rebaños de bisontes entraban, como por arte de birlibirloque, en el recuadro que sostenía en la mano. Todo lo reflejado, insistía, se irisaba, además, de no sé qué y de misterio. Trueno Distante escuchaba como quien oye llover: no entendía una palabra de esos sonidos ceceantes. Quizá los compañeros de Fernando Vélez, que así se llamaba el rostro (relativamente) pálido, tampoco le habrían entendido la argumentación lírico-comercial. Y no sólo por su tendencia a expresarse en octavas más o menos reales, sino sobre todo por la sutileza del razonamiento.

El mismo Vélez, que era poeta, pero no tonto, quedó perplejo cuando el indio, de golpe, aceptó el trato. Pensó que por fin había encontrado un público receptivo y lamentó que Trueno Distante no entendiese el cristiano para recitarle un soneto suyo o cinco. De todas maneras, dio por sentado que se llegó a un acuerdo gracias a la eficacia de su retórica. Siempre contó que aquel fue el primer oro que ganó con las letras. (También fue el último.)

La realidad, como suele, era bien distinta. En un momento de su larga conversación en lenguas mutuamente ininteligibles, Trueno Distante atisbó su propio rostro en el espejo, pero él allí vio a su difunto, a su querido, a su añorado padre, exactamente igual a cuando era un experimentado jefe indio, aunque con unos ojos que ahora brillaban encendidos por una ilusión. Aquel objeto era una ventana al más allá, pensó, y cerró el trato lo más rápido que pudo. Se fue con su espejo, mirándose entusiasmado o mirándole ensimismado, según se mire.

La admiración de Trueno Distante por su padre no había dejado de crecer con los años. Añoraba mucho sus sabios consejos ahora que era él el jefe de la tribu, y a menudo rememoraba las reservas que el viejo Rayo Que No Cesa había mostrado a su matrimonio con Flauta Fina, aunque el jefe entendió —hombre de mundo al fin— los motivos del hijo: aquellos encantos que entonces saltaban a la vista.

Con el tiempo la delicada Flauta había ido perdiendo los evidentes encantos a la vez que se ganaba en la aldea el sobrenombre de Caña Cascante. No desperdiciaba ocasión de hacer caer sobre su marido su verbo rápido. El sufrido Trueno Distante estaba cada día más taciturno, pues reconocía la superioridad dialéctica, entre otras, de su señora.

Ni siquiera se atrevió a contarle el fabuloso negocio que acaba de rematar. Ella encontraría una forma simple y a la vez contundente de dejarle en ridículo. Capaz era, incluso, de echarle en cara que esa historia era un reflejo de un lejano cuento zen. En verdad la historia era muy distinta, pero, por si acaso, él escondió su espejito en su carcaj, junto al tabaco, y sólo le comentó la curiosa llegada en tres canoas inmensas de unos hombres tirando a pálidos y a peludos. Le dio un collar de cuentas de vidrio que le había comprado, eso sí, porque en el fondo la seguía queriendo mucho.

El humor de Trueno Distante mejoró una barbaridad gracias a la presencia a placer de su padre. A cada rato se iba a una esquina y le echaba un vistazo al viejo y ambos celebraban, sonrientes, el reencuentro. O se reían de las cosas de Caña, recordando las prevenciones paternas, que no fueron lo suficientemente firmes, tal vez.

Como es natural, la sagaz Caña Cascadora estaba mosca. A las primeras de cambio, cogió las vueltas a su marido y registró el misterioso carcaj en busca de la lámina de hielo que, por lo visto, tanto le gustaba. Al ver el espejo, Caña silbó. Se llevó una inmensa sorpresa, que la llenó de ternura hacia su marido. A partir de ahora sería para él la mejor mujer de la pradera. Se ganaría a pulso el sobrenombre de Flauta Dulce. Con qué emoción contempló ella que el vivo retrato de su madre, o sea, de la suegra de Trueno Distante, era lo que tanto le emocionaba y consolaba. “Quién hubiera imaginado —se dijo— que Trueno Distante amase tanto a mi vieja madre añorada”.

lunes, 3 de agosto de 2009

LECción

Mi admiración por J.S. Lec comenzó en un autobús. Íbamos al Encuentro Mundial de la Juventud con Juan Pablo II en París en agosto de 1997, y mi hermano Jaime llevaba en el bolsillo un libro de Lec, editado por Península y titulado Pensamientos despeinados, que nuestro amigo Emilio Quintana había traducido directamente del polaco, con la colaboración de Anna Luzny. (En ese autobús, dicho sea de paso, conocí también a Alejandro Martín Navarro.) Jaime, cada vez que descubría un pensamiento despeinado de quitarse el sombrero, lo leía en voz alta. Llegó a París afónico. Habría que transcribir aquí más de la mitad de esos aforismos y yo ya hice lo que pude, pero hoy sólo quiero poner uno, que es, en realidad, un poema estremecido que estos días no se me va de la cabeza:
Tenía al pájaro de la felicidad cogido por la cola; se me ha soltado dejándome en la mano la pluma con la que escribo.

domingo, 2 de agosto de 2009

El honor es su divisa

Para empezar, multiplicarles los honores. Estando así las cosas, la primera autoridad del Estado tendrían que ser las víctimas del terrorismo.

Mea culpa

Para terminar este terceto de comentarios dantescos, entonaré un mea culpa. Dije que el gran fallo de la Comedia consistía en condenar a cada personaje por un pecado, cuando la gente se condena sólo por todos, por el pack completo, pero que era un fallo necesario para la arquitectura de la obra. Eso dije. Pero estos días en que ando a vueltas por el Infierno con Dante y con Virgilio sopesando la carità del florentino, he caído en otra posibilidad. Al condenar a cada uno por un pecado, en la inmensa mayoría de los casos por un pecado público y reconocido por sus contemporáneos, está permitiéndose cumplir el complicado consejo: "Odia al pecado, pero ama al pecador". Gracias a ese sistema de compartimentos estancos, se condena terriblemente al vicio, pero no tanto a la persona.

sábado, 1 de agosto de 2009

Benedetta colei che'n te s'incinse!

Como sus tercetos, los comentarios a Dante se encadenan. Ayer citaba el único momento de toda la Divina Commedia, el único, donde se nombra a su madre. Que es cuando Virgilio le alaba su primera fiereza con un condenado de esta guisa: "Alma sdegnosa / benedetta colei che'n te s'incinse!" Qué raro, ¿no?, que salga a colación una madre precisamente para celebrar un desplante furibundo, y no en el Paraíso, naturalmente. Alighieri quedó huérfano de madre prontísimo y eso tal vez podría explicarlo. ¿O se estaría refiriendo a alguna altivez del carácter de su madre que le habría contado su padre, y estaría en el fondo diciéndose: "Bendita la rama que al tronco sale"?Pero yo prefiero poner los indicios en el haber de los poetas, mejor que en el debe, y más con el florentino. Así que por qué no pensar que con ese oxímoron (desdén-madre) nos está señalando que es Virgilio, que es el que lo dice, quien desconoce la ternura maternal, ésa que el cristiano Dante iba repartiendo, de hecho, por el Infierno. El amor de Dante por la Virgen y por santa Lucía, tan correspondido, nos indica que él sí que sabía mucho de delicadezas maternales.

viernes, 31 de julio de 2009

La carità

[En mi artículo del Semanario Alba para antes de las vacaciones de agosto recomiendo, como siempre, la Divina Comedia. Y aprovecho la ocasión para introducir una nueva impresión de lectura. Quería haber escrito un ensayo sobre el particular, fatigando estudios y monografías, pues es bastante probable que esto ya lo hayan dicho otros, pero la vida no me ha dado para más, sí que expongo mi intuición desnuda. Va:]
Como se sabe, Dante, en el Infierno, camina apiadándose continuamente de casi todos los condenados. Por piedad de ellos llega a perder el sentido. Según Borges, esto es una argucia literaria para dar más verosimilitud a la obra: los condenados lo estarían por Dios, y no colocados allí por el autor, que se enmascara en su lástima. Pienso que el motivo es aún más sutil y mucho más teológico. En el Infierno, Dante es el único cristiano. Lo guía Virgilio, que, como se repite sistemáticamente, no tuvo la fortuna de conocer a Cristo. En el canto IV del Infierno, donde se explica su situación, se dice que esas almas nobles sin bautismo, entre las que Virgilio se cuenta, tienen un semblante que no es ni alegre ni triste. La compasión que siente Dante, y que Virgilio no comprende, es, en realidad, un reflejo de la misericordia de Cristo, cuyas tristezas y alegrías llegan así incluso a las profundidades infernales.

Dante pone un cuidado especial, y de eso hablaremos más otro día, en diferenciar el reflejo de lo reflejado. ¿Recordáis que dijimos que Beatriz es una imagen divina, pero a la vez imperfecta, y que gracias al mal carácter de la musa se evita la idolatría? Pues bien, tampoco quiere Dante (ni puede) presentarse como un perfecto representante del amor de Cristo. Quizá por eso, muestra tanta inquina contra Filippo Argenti (Canto VIII). Su ataque de mala leche resulta tan sorprendente que el lector sospecha que tiene que tener un motivo personal, biográfico, que no se nos explica. En cambio a Virgilio, esa rabia repentina le entusiasma, y abrazándole exclama: "Alma sdegnosa / benedetta colei che'n te s'incinse!", o sea, "¡Viva la madre que te parió, alma desdeñosa!" Ya se ve que Virgilio andaba muy mosca con las ternuras que Dante venía prodigando con los pobres condenados.

Pero Dante, a pesar del abrazo, seguirá prodigándolas: confiesa en el Canto XIII que "Tanta pietà me accorà!" [¡Tanta piedad me azora!] En el Canto XIV es todavía más explícito: en el verso 1º justifica un gesto de cariño hacia un suicida con la palabra mágica "la carità", y sólo cinco versos más abajo describe los castigos de esta manera: "si vede di giusticia orribil arte", esto es, "se ve de la justicia el arte horrible". Qué contraste, eh. (Un contraste, por otra parte, irremediable.)

Que Virgilio representa el mundo precristiano está claro, además, por la insistencia con que llama la atención de Dante sobre personajes ilustres de la Antigüedad. Hay momentos en los que Virgilio parece fastidiado de tanto florentino, como pensando: "Vaya cateto localista que me he traído al Averno..." Igual que El Quijote, la Comedia es la historia de una amistad, de una larga conversación, y compensa oír sus acentos, matices y leves desencuentros.

lunes, 27 de julio de 2009

Compenetración

Aunque humana, Leonor es ideal. Esta mañana, en el desayuno, le veo unos pantalones medio de chándal, medio de tela, muy holgados, pero ajustados al tobillo con unas cintas, estilo —digo yo— ibicenco. No se los conocía y me gustan mucho. Exclamo: “Jo, qué moderna”. Ella responde: “¿Sí?”, y se pone a hablar de otras cosas. Pero al rato aparece por mi despacho completamente cambiada y me pregunta: “¿Te gusta más ahora?” “Me gusta ahora, claro, pero no más, antes también me gustaba…” Pone cara de sorpresa y protesta: “¿Pero no dijiste ‘qué moderna’?” A mí, cuando caigo, me da un ataque de ternura, de compenetración conyugal y de arrepentimiento, todo mezclado: “Huy, Leonor, perdona, a esas horas de la mañana uno no sabe lo que dice, estaba medio sonámbulo: era un piropo”. “Ah, vaya, qué piropo tan raro…” comenta, mientras sube corriendo, muy contenta, a ponerse de nuevo los pantalones ibicencos.

Dulce y salada

En la ducha se llora de maravilla, me di cuenta el otro día y hoy veo que es moneda corriente. Será porque la soledad, la desnudez, porque unas gotas llaman a las otras. Luego la mezcla del agua dulce y la salada queda bien, produce un llanto dulce. Aunque a lo mejor la similitud es aún más honda: las lágrimas también nos limpian, el alma en su caso. En la ducha, llorando, uno se lava por dentro y por fuera. Se sale nuevo.

Los tatarabuelos

Leonor es humana, aunque yo, en mi papel, la platonice un poco en estas páginas. Daré una prueba. Entre las cosas de mi abuela, a mi padre le tocó una pareja de retratos de mis tatarabuelos. Con pietas propia de Eneas, los mandó restaurar. Y ahora están flamantes, pero no caben en las paredes de su casa, atestada. Le propongo a Leonor acogerlos en la nuestra, más minimalista. Pero la casi siempre idílica se niega:

—No es porque sean feos, los pobres, ni porque sean de tu familia, eh, sino que los cuadros no son buenos.

Toma platonismo, muchacho, me digo.

domingo, 26 de julio de 2009

Compasión

Las llaves del coche, las de la casa, la cartera, la tarjeta de crédito, el móvil, las gafas, las gafas de sol, las gafas de buceo, el cargador del móvil, el portátil (para escribir este artículo), la conexión USB (para mandarlo por internet), el cargador del portátil, las pastillas para la alergia, para el estómago, para el dolor (posible) de cabeza, varios libros de poesía, una novela, una revista, un bloc para tomar notas, un bolígrafo, un lápiz, un sacapuntas, la cámara de fotos, el cargador de la cámara de fotos, la toalla, la protección solar, la maleta, la bolsa de aseo, el cepillo de dientes…

Todo lo anterior -y la seguridad de que me olvidaba algo- sólo para pasar un día y medio en casa de unos amigos a menos de cien kilómetros de mi pueblo. Mientras iba repasando las cosas que no podía bajo ningún concepto olvidar, he sentido una oleada muy grande de compasión por los veraneantes.

[Sigue aquí, pero el meollo sentimental del artículo es esto y punto.]

viernes, 24 de julio de 2009

jueves, 23 de julio de 2009

Rechazo

Es muy extraño, pero no tengo nunca la sensación de crecer como escritor cuando publico un texto que me gusta, del que quedo satisfecho. Sólo la tengo cuando, haciendo un esfuerzo, rechazo otro que no da la talla. Es como si entonces me subiera sobre el montón de papeles arrugados, y alcanzara un poco más alto.

miércoles, 22 de julio de 2009

Pesimismo

Qué pena (también en un sentido literario y egoísta) tener que escribir artículos como éste.

domingo, 19 de julio de 2009

Aguantó

Cuando envié el artículo, me temía lo peor.

Hoy puedo alegrarme con vosotros de que el chaqué aguantó, más o menos, gracias a una consistencia que, por momentos, parecía de plomo. Peor aguanté yo, claro, que sudé la tela gorda.

La boda, muy bien, gracias.

viernes, 17 de julio de 2009

Precisión

Que los puntos de vista no se conviertan en puntos de mira. ¿Un método? Mantener bien abiertos los dos ojos.

jueves, 16 de julio de 2009

Virgen del Carmen



Ni precoz ni procaz, mi primer soneto lo escribí a los veinte años y a la Virgen del Carmen. Mi padre tenía que dar un pregón y recurrió a mí, naturalmente, en busca de unos versos. Yo refunfuñé mucho, pero, como el hijo aquel que luego termina yendo a la viña, esa noche me puse a cumplir con el deber filial. Cuando me cuadró el soneto y echó a rodar [la cuadratura del círculo) no daba crédito. Estaba entonces en Pamplona y recuerdo muy bien aquella noche.

El soneto no es perfecto, para qué vamos a enredarnos. Tiene asonancias internas, ciertas rimas que rozan el ripio y está en la estela (nunca mejor dicho) de los de Alberti. Sin embargo, tiene vida propia, y no porque lo diga yo, sino porque la ha vivido. No lo he publicado jamás (hasta aquí y ahora), pero ha ido encontrando su camino, o sea, su rumbo. No sé cómo, llegó a la cabina de un velero de un señor de Jerez, y allí está enmarcado, y se recita en voz alta cada vez que se sale a navegar. Ha pasado, que yo sepa, a dos barcos más de la Bahía de Cádiz, y a las aguas del Caribe. Esto último lo sé porque fue el regalo de boda del señor de Jerez a un sobrino suyo, bohemio y marinero, que vive allá, dedicado a la navegación. Lo escribí con mi mejor letra, uf, en un pergamino, ay, lo enmarcaron y allí que se fue, a lo Stevenson, a surcar los mares del Sur.

Mientras echaban las cenizas de un difunto muy elegante a las aguas de la Bahía, lo recitaron, según me contaron después. De ahí pasó a su recordatorio, que no he visto. Luego, al recordatorio de mi abuela; y ahora mi padre lo ha escogido, junto a la imagen de la Virgen del Carmen de la entrada de casa, para el recordatorio de mi madre. Es un poema que me ha dado ciento por uno.

martes, 14 de julio de 2009

En la zapatería

Nada más verme, el zapatero hizo un leve gesto de sorpresa y saludo que me sorprendió mucho porque sólo había ido una vez hace siglos. Enseguida empezó a ponerse nervioso con el cliente anterior. Ese quería unos remaches en una lona para un camping, y el zapatero le exigía perentoriamente medidas, dobladillos, una tela más fuerte. De repente, se aburre del de la lona, le aparta, porque "lo suyo es muy entretenido", dice, y me cuela: “Y usted, ¿qué deseaba?” Apabullado por su amabilidad, pongo sobre el mostrador un par de mocasines. Lo mira detenidamente y se le ocurren nuevas mejoras, más baratas. Me pregunta para cuándo lo quiero, le contesto, tímido, aterrorizado, que me corre bastante prisa, y responde que claro, que sin problema. El de la lona y dos o tres señoras miran sin dar crédito. Cuando va a escribir el resguardo, levanta los ojos, me mira de frente y asegura: “¿Máiquez, verdad?” El corazón me da un vuelco de campana, pensando que ha reconocido al hijo de mi madre, que había sido clienta suya. Pero no; con la más franca de las sonrisas, añade: “Leo todos sus artículos en el Diario”. Y a mí, sediento, como ustedes saben, de reconocimiento y fama, se me cae, sin embargo, el alma a los pies.

lunes, 13 de julio de 2009

Kotomichi

Aquella vuelta de Sevilla bajo la amistad silenciosa de la luna no me habría recordado a Virgilio, vía Borges, si yo hubiese sido un japonés. Me habría recordado a Kotomichi, lo que tampoco hubiese estado nada mal:
Todo el camino
la luna siempre encima
acompañándome.
Y cuando abrí la puerta
también entró la luna.

domingo, 12 de julio de 2009

Campana de vacío

Un crítico de peso es una campana de vacío para su propia obra y hasta para sus opiniones. Sobre su obra está clarísimo. Criticar al crítico cuesta mucho si el nuevo crítico tiene a su vez obra propia o ya quisiera, como suele suceder. Temerá la contracrítica y, encima, sobre su juicio recaerá la presunción de resentimiento, si el crítico de peso le puso mal con anterioridad o no habló de él; o de desagradecimiento, si le puso bien. Esto, ojo, no es ninguna ventaja, pues es preferible un juicio negativo [inmejorable a veces, según quién lo haga y cómo] a nada. Por otra parte, tampoco resulta fácil aplaudir al crítico de peso: puede parecer peloteo o simple aplicación de la ley del Talión, aquella del elogio por elogio... Lo más seguro, por eso, es ponerse de perfil.

Pero incluso las críticas del crítico de referencia crean un raro silencio alrededor. Por ejemplo, mi intención era dedicar la entrada de hoy a Vicente García y a su libro Ahora. Pero veo que se me ha adelantado JLGM, citando incluso el poema que yo quería copiar, y me desinflo. ¿Parecerá que voy a rebufo?

Bueno, da igual, el poema merece la pena. Se llama "Los enigmas":

De niño ya te hablaban
de la vida y la muerte.

Qué fácil es hablar
de la vida y la muerte.

Cuándo sabremos algo
de la vida y la muerte.
Como estamos hechos a la triada de Miguel Hernández ("Llegó con tres heridas:/ la de la muerte, la del amor, la de la vida"), la ausencia del amor es otro enigma en este poema, un agujero negro por el que se agranda su vacío, y nos inquieta más.

sábado, 11 de julio de 2009

Negro con las negrillas

Con las negrillas, estoy negro. Ni son mías ni son legítimas. Al escritor le corresponde sugerir con el tono y la sintaxis, y a cada lector poner las negrillas y las cursivas que considere oportunas. Pero si no trampolinkeé este artículo de Alba fue por otro motivo. Los días finales del IES, cuando salió publicado, fueron amargos, entre otras cosas porque estaba tomando café con una compañera cuando aparecen dos alumnas bien guapas y se ponen a hablar con ella. Yo contemplo, ejem, la conversación. Hablan de un corto que han tenido que realizar como trabajo de fin de curso. "Qué interesante", digo. "¿De qué va?", me intereso. "Va del aborto", me contestan, satisfechas. "Ah", sonrío eginéticamente, temiéndome lo peor. "¿A favor o en contra?", pregunto agarrándome a una esperanza ardiente. "A favor, a favor". Y quedo muerto. Tenía claro, porque acababa de publicar este artículo, que si me hubiesen dicho que estaban a favor del tabaco, podría haberme puesto muy paternalista y dogmático, pero contra el aborto qué decirles. Intento, no obstante, una leve protesta, que ellas atajan con tópica naturalidad: "Es la vida de cada chavala". Me pasé la mañana haciéndome el encontradizo por los pasillos, bordeando los límites del pudor y de la discreción, para decirles, otra vez, que si estaban seguras, que si no consideraban la posibilidad de la adopción, que si la vida del feto. Con toda sencillez me contestaron, que sí, que no, que qué vida ni qué niño muerto. Yo sabía que no tenía nada que hacer, que mis ideas hoy por hoy no se pueden imponer ni defender fogosamente en público y menos en un instituto público. En general me alegro, como decía en Alba, pero en particular, por el nasciturus, lo siento muchísimo, y le cogí un poco de manía a este artículo, con lo que había disfrutado escribiéndolo... Por eso no lo trampolinkeé.

viernes, 10 de julio de 2009

Elogio de los semi-seguidores

El primer comentario a mi entrada de ayer, anónimo y animoso, decía: “Qué divertido. Semi-seguidora de tu blog, porque soy como tus alumnos, que no entiendo casi nada, estas historias cotidianas me chiflan. Gracias. Y arriba ese ánimo, hombre!” Pues muchísimas gracias, señora o señorita. Es a lo que aspiro: a unos cuantos semi-seguidores. Como todos, soy poliédrico, y no todos mis lados pueden gustar a todos, naturalmente, y ya me doy con un canto en los dientes con que alguno sí. Quizá ni casen entre ellos, mis lados, aunque yo —seamos sinceros— me veo de una pieza y muy jerarquizadito, pero vaya usted a saber. Sé que a ciertos amigos que me estimo mucho les incordian esas mismas entradas cotidianas mías y de mi anónima, y preferirían que aquí hablásemos siempre de hipálages, hipérbatos y metonimias. Pero con unos comparto la fe, con otros la frivolidad, con aquellos la literatura y con algunos (últimamente) la melancolía. Bien está si algo nos une de vez en cuando, sobre todo, si un puñado de vosotros os armáis de paciencia y me vais perdonando los otros extremos. (Podría ponerme estupendo y decir que ya me falta la seguidora total, la absoluta, pero os mentiría, y eso no. Mi madre también era una semi-seguidora, claro que más forofa y paciente que nadie.)

jueves, 9 de julio de 2009

Celo

Pukka se puso en celo, y ha sido bonito estos días y distraído verla jugar con Carbón. Sería más exacto decir flirtear: todo el santo día daban saltos --como muelles-- uno alrededor de la otra, y viceversa, ponían las orejas tiesas y los rabitos se balanceaban como parabrisas en noche de chubasco, de pronto corrían con una gran punta de velocidad en cualquier dirección y, luego, de vuelta. Se lamían. Se ladraban suavito, como quien se recita un madrigal. Pukka, que ya tiene diez años, estaba rejuvenecida. Teniendo en cuenta el desinterés mutuo que en líneas generales se profesan nuestros perros, verlos tan atentos enternecía. Pero no lo suficiente; y al final, para evitar un cruce peligroso entre teckel y fox-terrier de pelo liso, que a ver quién de vosotros después quería los cachorros, eh, hemos tenido que desterrar al pobre Carbón a casa de mi suegra. Que es estupenda, ojo, la casa, y la suegra más, por supuesto, pero pobre el perro porque hubiese preferido quedarse con, ejem, nosotros. Automáticamente, los perros, Pukka aquí, Carbón allí, se han apagado, como si les hubiésemos quitado las pilas, y nosotros un poco con ellos, la verdad.

miércoles, 8 de julio de 2009

Ojo con Cervantes

Ojo con Cervantes que no da puntada sin hilo. En mi artículo de hoy digo que don Quijote acaba suspirando "Yo sé quién soy", pero eso es un resumen rápido por razones retóricas. El "yo sé quién soy" con todas sus letras un pelo irreverentes lo pronuncia don Quijote tan pronto como en su primera salida, en el capítulo V de la primera parte, cuando más arrastrado está por su locura. En su agonía es obvio que está contestándose a aquello, pero lo hace con otras palabras y, sobre todo, con otro tono: "Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno". Sabe quién es, efectivamente, pero lo deja caer con mucha más delicadeza.

Razón de más para no ir haciendo una pregunta tan grosera al primer inocente que nos encontramos en una esquina.

martes, 7 de julio de 2009

¿Oigo voces?

Según la cola, o compro el pan en la baguetería legal o en una furgoneta pirata que trae un pan buenísimo de El Cuervo. Ayer, por suerte, en el establecimiento regular (en todos los sentidos) había una cola tremenda y me dirigí, con la conciencia relativamente tranquila, al señor de la furgoneta. Empezó a atenderme, pero le hicieron un pedido desde un coche parado en medio de la calle, y se abalanzó a ver qué querían. El hombre le tiene un miedo grande (y natural) a la policía y no quiere por nada del mundo que se le monte un sospechoso atasco alrededor. A su regreso, yo aceptaba sus disculpas, cuando de pronto me suelta, sin venir a cuento: “Ya lo dice el refrán: ‘Cuanto menos se lee, menos se escribe’” En mi vida he oído ese refrán, que es, además, un endecasílabo, y que me atañe de una manera espeluznante. Estoy tentado a acercarme hoy a su furgoneta para preguntarle si de verdad, de verdad, me dijo eso, o es que oigo voces. No sé si me atreveré. Mientras tanto, por si acaso, me he puesto a leer de nuevo.

lunes, 6 de julio de 2009

Vicente Núñez en el Barbero

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Ser es hablar con.

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Hay que tener mucho miedo para escribir bien.

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Lo demoníaco es actuar sin ser.

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Una libertad sumisa al imperio de la libertad se dictatorializa. La libertad es desobediencia de sí.

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La caridad es menos cara que el cariño.


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Una sociedad no degradada no es sociedad.


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Con un enemigo te bates; con un estorbo, tropiezas.


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Un escritor debe saber de antemano a quién no tiene que leer.


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Todas las posturas incómodas son elegantes.


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Baila quien no sabe andar.


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Tienen un concepto muy triste de la tristeza.


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Escribir es tener tertulia.

[De Sofisma, Renacimiento, Sevilla, 1994]

domingo, 5 de julio de 2009

Defensa del sms

No me escapo de la metaliteratura ni en los peores momentos. Muchísimos pésames que me están llegando vía sms o e-mail se avergüenzan y disculpan: "Esta no es la forma más apropiada". En mi contestación tengo que hacer, por tanto, una defensa de las nuevas tecnologías. La hago esgrimiendo a Bloy: "Un acto de amor nunca es ridículo" y un gesto de cariño y compañía, venga como venga, nunca, nunca es inapropiado.

Muchas gracias a todos.

jueves, 2 de julio de 2009

Nostalgia de Abel Feu

Al tercer e-mail en dos días corrigiendo cosas de mi reseña de Carlos Marzal en Poesía Digital, Javier García Clavel, su editor, se ha plantado, terminante: “¡Basta ya!”. Lo entiendo al hombre, por supuesto. Sólo se deja de corregir por aburrimiento o por la muerte del autor, dijo Borges, y yo no me aburro de perseguir la perfección, que me lleva muchísima ventaja.

En teoría, la publicación también calma (un poco) las ansias correctoras, pero ese calmante sólo funciona en papel. En Internet, no tiene efecto ninguno. Internet exacerba las ansias, porque se puede corregir infinitamente y porque no sólo suprime el espacio sino el tiempo. Cuando cualquiera busque en Google, ahora o dentro de diez meses o diez años, una reseña de Marzal podrá ver en un segundo, como recién salida del horno, la mía. No vale decir: “Lo escrito, escrito está”, que es una frase que me da especial rabia, y no solo por quién y cuándo la dijo, sino por lo que supone.

Me he puesto a recordar, con un ataque agudo de melancolía, los tiempos felices en que Abel Feu fue mi editor, en la revista Nadie parecía y en la editorial Renacimiento, cuando preparábamos Casa propia. Yo le telefoneaba infinidad de veces y a veces a horas intempestivas, incluso por una coma de más, o de menos, o por una titubeante, y él siempre se sorprendía con entusiasmo por los cambios (si eran buenos, que si no, no) y siempre, siempre, en todo caso me animaba a la obsesión: como Luis Rosales, corregía hasta en pruebas. Para él eso era un síntoma de la enfermedad de la literatura; y refunfuñaba de quienes no le molestaban ni una sola vez para cambiar nada. Además, como la publicación se solía retrasar bastante, siempre había tiempo, por suerte, para una penúltima revisión.

Claro que García Clavel, el pobre, podría decirme: “En pruebas, vale, pero es que tú corriges hasta con efecto retroactivo y en espiral”. Bueno, sí, es verdad, ya no revisaré más mi reseña, lo juro. Pero vosotros sí podéis leerla aquí. Tras los tres correos no está mal del todo, espero. Y si veis una errata o un fallo, no decídmelo, por Dios, que quiero seguir siendo amigo de JGC.

viernes, 26 de junio de 2009

No tengo arreglo

Veo en Esperando nacer una excelente nota de lectura sobre Cuentos de guerra de Léon Bloy, que leí hace tiempo. Voy asintiendo a todo: Hernán sabe de Bloy lo que no está en los escritos. Su cuento preferido es “El obstáculo”, del que no recuerdo nada. Voy corriendo, lo releo y realmente es admirable.

¿Cuál era mi cuento favorito? “La misa de campaña”, me respondo. Al mirar el índice compruebo que en verdad se titula “La misa de los cadetes caídos”. Aunque lo recuerdo perfectamente —título aparte—, lo releo. Habla de una compañía de jóvenes e ingenuos hijos de papá de las provincias del Oeste, que se han alistado por patriotismo, pero, de paso, para defender el Trono y el Altar, esas máximas revolucionarias, que dijo Baudelaire. Todos han adornado sus sombreros con altivos penachos de plumas, un punto pretencisosos . Creyéndose alejados aún del combate, empiezan a celebrar una misa de campaña, pero una bala perdida le salta la cabeza al sacerdote justo cuando acababa de exclamar: “¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué te turbas?” Tras el desconcierto natural, el joven marqués Enguerrand de Bellefontaine, soberbio joven de veintidós años, aprovechando que, a pesar de todo siguen en retaguardia y que el hermoso altar está montado con primor, pide permiso para ir a buscar a algún otro sacerdote y continuar la misa.

Vuelve veloz con el párroco de una localidad cercana. Este al oír lo de la inesperada bala de su predecesor, ha contestado con calma: “Mi querido muchacho, estemos en paz o en guerra, la Misa se dice siempre en presencia del enemigo”.

Empieza de nuevo la misa. Según la liturgia, a partir de cierto momento el sacerdote no puede, bajo ninguna excusa, interrumpirse. Es entonces cuando aparece allí mismo una multitud de alemanes que ha roto las líneas defensivas. Los muchachos “decidieron, sin decir palabra, hacerse matar, no por Francia, ni por el Rey, ni siquiera por los Ángeles y los Santos del cielo, sino lisa y llanamanete para que esta misa pudiera terminarse”. Acabada la misa, cuando el sacerdote se volvió para despedir a los asistentes con su bendición, no vio sino las frentes sudorosas de los alemanes tras una muralla de moribundos y caídos.

(Al terminar el cuento escogido por mi memoria, he recordado lo que escribió aquí en un comentario Julio Martínez Mesanza una vez: “No somos lo que leemos; leemos lo que somos”. En esta entrada he vuelto a hacerme un autorretrato. (Me he dibujado muy favorecido, eso sí.))

jueves, 25 de junio de 2009

De buena mañana

El sol te ve cada día
nuevamente. Esta mañana
con qué ilusión, con qué luz
te iluminaba la cara.
´

miércoles, 24 de junio de 2009

Método Ruano

En la cena en casa de Begoña García González-Gordon me sentaron frente a Francisco Bejarano. Todo un honor. La cena transcurría deliciosa, y la conversación. Bejarano me había consolado al sentenciar: "Poesía hay que escribir poquísima". Por asociación de ideas (de los efectos a las causas), nos pusimos a hablar de columnismo. Nueva sentencia de Bejarano: "Con estos cuatro maestros del artículo es suficiente: Julio Camba, César González-Ruano, Agustín de Foxá y Wenceslao Fernández-Flórez". Dedicarme a lo mío --que es sumar-- me dio vergüenza, porque tendría que haber añadido, entre otros, al propio Francisco Bejarano y su imprescindible colección de artículos Las estaciones. Hubiese sonado a pelota. Por eso me hice un lío y puse peros. Dije: "González-Ruano está muy bien, claro, pero cuando uno se mete entre pecho y espalda los tres tomos de su Obra periodística (3098 páginas) acaba un poco cansado de la mecánica..."

Bejarano, que tiene porte de senador romano, no defendió a César, me echó una breve y fría mirada azul, no hizo una mueca, guardó medio segundo de silencio, y cambió de tema. Hubiese preferido un grito: "¡Estás tonto o qué!" o una pregunta sarcástica "Muchacho, ¿tú qué sabes?", pero la elegancia de F. B. me dejó devastado y muy arrepentido de haberle faltado al augusto González-Ruano.

Para purgar mi atrevimiento, el artículo de hoy lo he hecho según el célebre método Ruano, consistente en escribir del tirón y cuando uno llega al final, subir al primer párrafo, suprimirlo, y ya está. Muy justificado el método en este caso, porque el párrafo en cuestión salió caprichoso y egotista cuando el resto del artículo es, en general, básico y objetivo. Sin embargo, qué curioso (y serviría para reflexionar sobre los blogs) aquel primer párrafo es lo único que pega algo en estas páginas virtuales. Lo pego:
Como saben ustedes (entendiendo por ustedes a quienes me leen todas las semanas y, encima, recuerdan lo que escribí hace meses, o sea, principalmente a mi madre) y si no lo saben yo se lo digo, estudié en un colegio de educación diferenciada o no mixta. Mi recuerdo de aquel colegio es extraordinario. Ahora, como he repetido en alguna ocasión, soy profesor de secundaria en un instituto público y, por tanto, mixto. Y, aunque les parezca mentira, también estoy encantado. Se podría elaborar una teoría acerca de que lo ideal para un alumno es lo primero y para un profesor desde luego lo segundo, pero correría el riesgo de parecer demasiado satisfecho de mi suerte (que lo estoy).
A partir de ahí, el artículo es otra cosa.

martes, 23 de junio de 2009

Siesta a la sombra

El rumor de las hojas —de las hojas del ABC— que la brisa —esa señorita de provincias— se obstina en pasar.

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¿Qué buscará tan inquieta la brisa en el periódico? El tiempo para mañana, naturalmente.

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Al que dijo: “Siesta en la sombra./ El sol entre las ramas/ es otro pájaro”, le faltó precisión. Es un jilguero, está clarísimo.

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Y otro jilguero. Éste canta meciéndose de izquierda a derecha, muy tieso, igual que un cantaor por bulerías.

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El pobre gorrión también tiene derecho. ¿A qué? A posarse en estas líneas. Bueno, venga, de acuerdo…, pero que no cante.

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Etimología: jilguero viene de jolgorio.

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¿Diréis de algunas de estas notas aquello de aliquando bonus dormitat Homerus? Ay, ojalá.

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Los mirlos, como buenos burgueses, han colgado con cuidado sus levitas de una percha y están retirados en sus aposentos, descansando.
Románticos perdidos, ellos son más del crepúsculo.

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Kafka fue a visitar a Max Brod y, al pasar, me despertó. En vez de disculparse, dijo, de una manera infinitamente suave, levantando los brazos en un gesto de apaciguamiento, mientras atravesaba el jardín de puntillas: “Por favor, considéreme usted un sueño”.

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El canto de la urraca: despertador irrevocable.

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Los perros se toman la siesta con seriedad de auténticos profesionales.

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Las moscas, golondrinas del infierno.

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En el campo, en el jardín, donde gotea torpe, pegajosa, inútil por todas partes, se la llama “resina”, más que nada para maldecirla. Fuera de los libros de texto nadie usa ese nombre tan contradictorio de “savia”.

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Hay quien escribe con sangre. Yo también me mojo la pluma en las venas. Escribo con café, por eso mismo, insomne. (Estoy abusando últimamente.)

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¿Y no habrá tanta literatura bucólica porque no hay quien pegue ojo en los campos?
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viernes, 19 de junio de 2009

Mejor cuanto más lejos

Mis amigos lo saben. Se me da mucho mejor hablar por teléfono que cara a cara y mejor escribir cartas que hablar por teléfono. El sms lo manejo ya con una considerable soltura y en el recuerdo borroso (por ejemplo, en el de mis compañeros de colegio) doy mi perfil más favorecido (y más delgado). Para relacionarse conmigo, por tanto, mejor cuanto más lejos, como en el anuncio de la colonia que echan por Navidad, pero exactamente al revés.

No es por una cuestión olfativa, espero. Las razones, tartamudeos aparte, son variadas. Una, que mientras hablo por teléfono hago varias cosas —riego las plantas [eso es el psshhh que suena, advierto], conduzco o meto las tazas de café en el lavaplatos— y entonces estoy tranquilo, me abandona esa angustia que no me abandona cuando no estoy exprimiendo el tiempo a un ritmo de tres en uno, y me puedo explayar en la charla. Por carta aún mejor, porque el tartamudeo sólo sobrevive en algún titubeo sintáctico y ortográfico y lo de escribir es un vicio mío o una vocación [según se mire] que me calma la ansiedad.

Para colmo, Josep Pla me ha complicado todavía más mis entrevistas presenciales. Me he puesto a leerle otra vez y estoy como siempre, pasmado por sus descripciones. Por ejemplo:
[El señor Girbal, gitano] sobre el tronco voluminoso de su cuello de emperador romano lleva un cuello planchado y un nudo de corbata pequeño y redondo como un
hueso de aceituna.
¡Como un hueso de aceituna!, ¿lo han visto? Ahí está el personaje y su circunstancia. O unas páginas antes:

[Hermós, pescador] se ha quitado la gorra de patrón de pesca y muestra una calva alargada, de un color blanco amarillento. Unas gotas de sudor, pequeñas pero individuales, le salpican la cabeza.
Uf. Quien alguna vez estuvo con un marinero recuerda (tras leer a Pla, claro) esas gotas pequeñas e individuales, exactas, doblemente saladas, en su cabeza.

Como si yo no tuviera poco con mirar el reloj disimuladamente, ahora, para emular a Pla intento sacarles un vivo retrato a mis interlocutores. Así que cuando me hacen una pregunta cualquiera me suelen pescar en la luna de Valencia, escrutando con esperanza la calva o mirando fijamente al nudo de la corbata. El teléfono es más fluido.

jueves, 18 de junio de 2009

Pisoteada

Pisoteada,
una imagen de Cristo,
rota, traslúcida.
Este es el haiku de Shuoshi que no logro traducir del todo. En japonés reza:

Zesukirishito .....fumare fumarete..... usetamaeri
y la versión inglesa que da R. H. Blyth:

Trodden on, trodden on,
The picture of Christ
Is worn away.

Habla, como los más nipómanos ya habrán adivinado, de esa ley por la que los funcionarios imperiales iban por los pueblos obligando a todos a saltar sobre una imagen de Jesucristo para dejar constancia de que no eran cristianos. No sé si Vicente Haya calificaría este haiku como "de lo sagrado", pero vaya si lo es. Esa imagen rasgada, desgastada, a través de la cual pasa la luz, nos permite entrever la trascendencia, una trascendencia propiamente cristiana además.

Mi versión está muy lejos de ser definitiva. Estoy contento de la solución que se me ha ocurrido para mantener la insistencia en el pisoteado, que es esencial, sin alterar las medidas del haiku, aprovechándome del título de la entrada. En cambio, me gustaría que el verso final no tuviese dos adjetivos. Me dije: "casi traslúcida", pero no transmite la idea de rasgada. Se admiten [se suplican] sugerencias. Lo importante sería que encontrásemos una versión ajustada. Yo me atrevo a poner ésta porque el otro día Luispa al menos me pidió que lo intentásemos y porque, aunque imperfecta, me ha servido para entender el haiku de Shuoshi. Y para repetirme, como una jaculatoria japonesa, la palabra:
Zesukirishito
Tiene tanta fuerza la palabra, pienso ahora, que bastaría algo mucho más desnudo:
Cuadro de Cristo
pisoteado, piso-
teado y roto.

miércoles, 17 de junio de 2009

Perros policías & gato metafísico

Uno prefiere a los perros, eso está claro. Pero como a la ocasión la pintan calva y aprovechando que en literatura uno puede acercarse mucho a los gatos y guardar, a la vez, las debidas distancias, les copio un poema de Víctor Botas:

..........GATO

Pavorosa inocencia la de este
que junto a mí dormita. Nada sabe
de su breve pasado y su futuro
incierto en todo, salvo en una cosa;
también él morirá. Se rasca el lomo,
se pasea por casa, sigue atento
cuanto pueda moverse; y ahí termina
su actividad de augur. (Tiene la panza
repleta y no le pide correr riesgos
para poder vivir). De tarde en tarde,
cuando se pone melancólico,
traza curiosos signos que no siempre
consigue descifrar. Entonces, pobre,
para animarle un poco, ronroneo.

martes, 16 de junio de 2009

Pero, ¿no habíamos quedado en que era lo único que no lo tenía?

Una funeraria llamada "El Remedio" así, de golpe, parece una broma pesada de humor negro. Dan ganas de dejar dicho en un testamento vital, como lo llaman, y también tiene tela el nombrecito, que por favor no recurran a los servicios de esa empresa. Claro que, tras unos mementos de reflexión, caigo en que podría ser un logrado capítulo epigramático de Exégesis de los lugares comunes de Léon Bloy. Sin embargo, ese libro contra las frases hechas no me resultó nunca el más convincente de Bloy, dicho sea con todos mis respetos. Chesterton habría hecho (hizo) todo lo contrario: coger los lugares comunes y demostrar la sensatez y la filosofía que encierran, frente a los estirados circunloquios de los profesionales de la profundidad. Cuestión de caracteres, supongo.

El coche fúnebre sigue delante de nosotros en el atasco y, finalmente, se hace la luz. Tendrían que usar como eslogan publicitario esta frase de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa: "Mientras hay muerte hay esperanza". Lo malo es que para entender ese eslogan hay que ser italiano y haber crecido empapándose la Divina commedia, donde tan enseguida como en el Canto III se nos deja avisado: Questi non hanno speranza di morte. A mí, desde luego, a esperanza no me gana nadie, y, ya puesto definitivamente de buen humor, acabo convencido de que, si pudieramos preguntarles, casi todos los usuarios de la Funeraria El Remedio verían el nombre de la empresa la mar de bien puesto.

domingo, 14 de junio de 2009

La perla

—Describe la perla por la que arriesgas tu vida allá en lo hondo –le pedí al joven buceador de pulmones de acero.
—Es tan valiosa —me dijo—, que sería la joya en el palacio de un príncipe. Mi choza es el palacio de un príncipe porque, mientras que estoy allá en lo hondo, ella está allí, cocinando al mediodía, regando las macetas por las tardes. Por las mañanas se levanta conmigo y sale hasta la puerta a despedirme. El sol brilla sobre su pelo negro. El viento mueve su pelo como las olas de un mar muy alto. A veces he querido regalarle un collar con las perlas que voy sacando, pero ella no las quiere. No quiere más collar que el de mi abrazo.
[Sobre un microrrelato de Raúl Brasca.]

Haiku fashion

Los que amamos los haikus tenemos que prepararnos para lo peor, porque se han puesto definitivamente de moda. Hablábamos de moda, qué ingenuos, hace unos años, cuando sólo era entre poetas. Lo de ahora es bastante más grave. La prueba irrefutable de su celebridad completa es que una editorial dedicada al escaparate y a la actualidad, Temas de hoy, ha publicado un libro de haikus de Federico Jiménez Losantos, que no sé si os suena, pero que es un periodista bastante popular. El libro se titula La otra vida, el autor "se siente [sorprendentemente] cerca de la idea de lo sagrado en el haiku que Vicente Haya describe es sus antologías y ensayos" (p. 12) y tiene uno bueno:


El haiku, luz en la luz,
ilumina
lo que parecía claro.
Yo soy partidario de no tenerle miedo a las modas. También el soneto estaba de moda en el siglo XVI y fijaos, oh lectores, qué sonetos dio de sí el XVII (y el XX). La comparación está avalada por Octavio Paz que insistía en que el haiku es el soneto de oriente y por José Luis García Martín que recuerda que es el soneto de los vagos.

Esto de las modas, además, es engañoso a más no poder. No sé cuántos años hace qué José Cereijo dio su ramillete de haikus (son 12) a Abel Feu para que lo sacara en la colección de Los papeles del Sitio. Entre unas cosas y otras, se fueron sumando retrasos y han ido saliendo haikus a mansalva de unos y de otros. A mí me llegó el cuadernillo anteayer, en pleno empacho de haikus jimenezlosantianos (son 138). Pero éste, por eso ¿tiene menos dolorido sentir, es menos hermoso acaso?:


Pequeña flor
¿cómo cabe en tu aroma
tanto pasado?
Y ayer le leí a Vicente Núñez uno críptico y lúcido, escrito hace tiempo, por lo menos antes de 2002, por razones obvias, pero leído ayer, en plena vorágine, y qué importa:


No existen. ¿Dónde
sino en mi corazón
iban a estar?
Es muy curiosa la novedad tipográfica con que adorna los suyos Juan Bonilla, recogidos en la antología Defensa personal. Mantiene los tres versos, pero los escalona. Veamos un ejemplo, que es, de paso, un haiku juguetón y nostálgico, que eleva la mirada:

En el tejado

..................... la pelota embarcada

...........................................................sueña un partido.

Que yo sepa, es la primera vez que se presentan así en España. Andrés Trapiello, en la edición acorde de La Veleta del maravilloso Diarios de un holgazán, de Frutos Soriano, los va escalonando en la página, pero los haikus enteros, no sólo los versos. Sospecho yo que el afán de Bonilla es que los leamos casi como un único verso, como hacen los japoneses. Así subraya que lo importante es el número de sílabas y no el salto de líneas (y qué bien le habría venido esa lección, amén de las de Haya, a Federico Jiménez Losantos, por cierto). Pongo una muestra japonesa de Shuoshi (que no traduzco porque no lo consigo ni de la versión inglesa de R. H. Blyth, y mira que llevo meses intentándolo):

Zesukirishito .....fumare fumarete..... usetamaeri
Pero incluso cuando no se busca ninguna novedad, ni siquiera tipográfica, los haikus buenos saltan a la vista. De Miguel Agudo suelen preferir los lectores éste:

El camión de la basura
va recogiendo
la madrugada.
Yo, sin hacerle ascos al camión de la basura, me quedo con

Tarde tras tarde,
aleación de anciana
y mecedora.
Me quedo con él por su ternura, por su arrebato visual, por el prodigio de sus aliteraciones, por la juventud de la mirada del autor concentrada en la palabra "aleación" que se funde con "anciana" y, por contagio" con "mecedora", por la sensación que trasmite del paso del tiempo...

Si el haiku se pone de moda, bienvenido sea, nosotros nos arremangaremos. ¡Cuánto trabajo nos queda, separando el trigo de la paja, la paja del ojo ajeno y la viga del nuestro, etc! El haiku es el soneto del vago, eso lo sé por experiencia, pero al lector, en cambio, le exige un montón, ¿verdad?

Pero es un trabajo muy bien pagado.

viernes, 12 de junio de 2009

Donde Pascal me pega un pescozón

Ayer tarde se me apareció Blaise.
—¿Cómo está usted?, le saludé con una honda reverencia.
—Yo como nunca. El que está muy equivocado es usted, muchacho.
—Gracias…
—Bueno, sí, de nada. Vistos desde la eternidad, todos sois unos muchachos; precisamente el otro día estuve con Jiménez Lozano…
—No, si lo que yo le agradecía es que se tome la molestia de sacarme de un error.
—Ah, sí, perdone. En la eternidad, gozamos de cierta tendencia a irnos por las nubes, ¿sabe?, como tenemos todo el tiempo del mundo (y más)...
Vengo por la frase mía que usted corrigió con tan buena intención como escaso acierto.
—¿…?
—Veamos: yo escribí que sólo hay dos clases de hombre: los pecadores que se creen justos y los justos que se creen pecadores. Y usted, alma de cántaro, viene con eso tan jesuítico de los justos que se saben pecadores y tal. Así destroza la clasificación, no sólo la simetría de la frase francesa, que me importa un rábano. Y para colmo la destroza por egotismo, porque usted acaba siempre hablando de usted, pillín… Lo que es muy natural, muchacho, no se me amohíne.
Mire: los justos que se saben pecadores no son más que un subgrupo de la primera clase. Saben, como usted sabe, que son pecadores, nadie lo duda; pero aun así se creen justos y ése es el quid, ¿lo ve? Un subgrupo un tanto retorcido, aunque bien consciente.
En cambio, ¿no recuerda la irritación sorda que le han producido siempre esas personas buenísimas (pocas) haciendo tremendas protestas de su terrible maldad? ¿No se recuerda clamando, impaciente: "¡Pero qué sabrán estos cándidos, Dios mío!"? Pues sólo a ésos es a los que yo incluyo en la segunda parte de mi clasificación.
¿Lo coge ahora?
—Oh Blaise, sí. Lo siento mucho…
—No lo sienta, muchacho. Siempre es un placer verse citado en la blogosfera, aunque sea mal. Eso mismo le comentaba Stevenson ayer, sin ir más lejos, a Oscar Wilde.

jueves, 11 de junio de 2009

"Quiéreme cuando menos lo merezca

porque será cuando más lo necesite". Esta cita de Stevenson, en boca del Dr. Jekyll, me ha saltado a los brazos desde el libro de auto-mutua-ayuda El matrimonio. Una gran aventura.

Un compañero de trabajo me pilló leyéndolo en el bar del instituto y se quedó muy preocupado. O no. Le juré que era un regalo del autor. "Ya", contestó, pero pensando: "Ya, ya". Me aconsejó que cuando las cosas empiezan a ir mal lo mejor es dejarse de libritos y cortar por lo sano, que él lleva ya dos (matrimonios) y que, aunque ahora está soltero, es, por eso, un experto. Que a ver cuántas veces se casó José García Sáez, autor del libro, eh, eh.

Por razones obvias, no pude pasar de la página 12, pero la cita me basta y me sobra. Estoy por esculpirla en el dintel de casa a lo Skerryvore. Y a quien la acuse de interesada o egoísta, yo humildemente, si me deja, le recordaría que el modelo y fuente de todos los amores es el de Dios, que funciona igual. ¿O no les recuerda mucho la frase de Stevenson a la de Lady Julia en las escenas finales de Retorno a Brideshead: "The worst I am, the more I need God"?

"Cuanto peor soy, más necesito a Dios", y alguno podría objetar que entonces, si uno es bueno, no necesita a Dios y, de paso, tampoco que le quiera nadie, pero para contestar a eso está Blaise Pascal, nada menos: "Sólo hay dos clases de hombres: los pecadores que se creen justos y los justos que se creen pecadores". Que se saben pecadores, le corregiría yo a Pascal, aunque me cargase la simetría francesa de la frase.

Y todo esto lo fui pensando mientras el colega me contaba su determinación tajante ante las crisis matrimoniales, que no tienen remedio. Los cafés los pagué yo.

miércoles, 10 de junio de 2009

martes, 9 de junio de 2009

Cartas echadas

Como sabéis, para la juventud indígena de un pueblo de costa como el mío, el fin de agosto suele adquirir tintes dramáticos. En mi caso, adquiría tintas dramáticas, lo que era un consuelo. Se marchaban las veraneantas, pero nos intercambiábamos las direcciones y empezaba la temporada epistolar, que me gustaba casi tanto como la de playas. Oh los sellos, los sobres, la cuidada caligrafía, la nostalgia compartida, las tardes acortándose, todo, todo como en los poemas de Fernando Fortún, que leería mucho después, pero que vivía entonces...

Uno de aquellos cruces epistolares, tal vez el más breve, resultó decisivo. Aquellas cartas marcaron mi vocación, o al menos, puestas boca arriba, me la mostraron. Las dirigí a una chica monísima, de Badajoz. En la primera, deseando dar muestras de un fino temperamento artístico, metí un poema y un dibujo. En su contestación, ella se mostró entusiasmada con el dibujo. Del poema no decía nada de nada, un silencio total.

Fue el momento clave. Yo podría haberle mandado más dibujos y orientar mi carrera hacia las artes figurativas, que prometían más. Sin embargo, con una extraña conciencia de la gravedad de mi determinación, le mandé dos poemas, ni un solo dibujo. No contestó. Mi suerte estaba echada.

A veces la veo los veranos de nuevo por la playa. Se la ve muy contenta, con un marido que, la verdad, no tiene pinta de pintor, pero quién sabe. Yo sigo escribiendo, y tampoco me quejo.

lunes, 8 de junio de 2009

Saltar sin Red

Tenía prevista otra entrada para hoy, y mañana soltar ésta, coincidiendo con la presentación de Lo que ha llovido. Pero en mitad del salto del blogg al libro me he quedado paralizado y casi no puedo escribir. Lo explica muy bien Auberon Waugh en sus memorias, tituladas Will This Do? [¡buena pregunta!]
A través de toda mi carrera como escritor, he encontrado sólo dos actitudes posibles hacia mi trabajo. La primera es pensar qué vergüenza, qué horror, ¿cómo he podido escribir esta basura? La segunda es pensar cuánta inteligencia, cuánto talento, qué originalidad… y que nunca jamás escribiré nada igual en mi vida. Creo que esas exageradas reacciones suelen ser bastante comunes entre escritores. Mi padre estaba de acuerdo, sentía lo mismo.
Yo estoy de acuerdo, siento lo mismo, pero simultáneamente, sin solución de continuidad. Aun así pensaréis: “qué vanidoso”, y bueno, sí, pero también sincero. Y si os fijáis gana la angustia dos a uno: lo de la basura más lo de la seguridad de no escribir nunca más (dos) frente a la euforia (uno).

En este caso en concreto tengo una sensación muy grande de peligro. La de saltar sin red. Internet nos protege y un libro es la intemperie. En la presentación, precisamente, pretendo explicar este vértigo:

1) En el blog siempre tenemos la excusa de lo recién hecho, de la tormenta de ideas.

2) La misma distracción con que leemos en Internet (que es una de las principales razones para publicar en libro) es una capa que todo lo tapa.

3) Una entrada de blog se lee en cinco minutos [o menos] mientras que un libro exige dos o tres tardes enteras. Lo primero va entrando poco a poco, día tras día, indoloramente, y gratis; lo segundo, de sopetón, si entra, y previo pago, perdonadme, de 18 €.

4) La posibilidad de comentar en el blog hace que uno lea pensando en lo que dirá o puede decir, y eso implica menor exigencia. Lo sabía Ortega: en las conversaciones, mientras que el otro habla, uno aprovecha para ir pensando lo suyo. En el libro, no hay posibilidad de contestación, el soporte impone silencio y ese silencio tiene un precio, El autor debe pagarlo o ganárselo. Es una diferencia análoga a la que va de nuestras expectativas en una conversación y ante una conferencia.

5) Los comentarios fomentan la amistad. Incluso con muy viejos y buenos amigos, gracias a los blogs, he estrechado lazos. Esto, que en lo personal es maravilloso, repercute en la escritura, que se repanchinga, desinhibida, cálida, un punto impudorosa, ¿no?

6) Bastantes lectores del libro lo habrán leído ya en el ordenador. Para ellos, a pesar de las correcciones y de la selección, resultará inevitable cierta sensación de usado. Del déjà vu al déjalo hay poco trecho. La relectura es un honor que sólo merecen los más grandes.

“¡Vaya publicidad te haces!”, me reñirá alguno; por ejemplo, mi padre. Pero si en el prólogo reflexiono sobre la posibilidad de que el blog sea o no un género autónomo, ahora querría aprovechar la presentación para hacer el camino de vuelta con la experiencia del libro entre las manos, sin red. Pegar, por tanto, un doble salto [¿mortal?]

Además, no tengo pretensiones de grandes ventas. No es humildad, ojo, sino todo lo contrario: puestos a aspirar, no aspiro a las masas, sino a la levadura. Así que para qué venderme bien ni —mucho menos— engañar a nadie. Resultará más útil aclararnos un poco a fondo sobre este asunto de los blogs literarios, tan enredado. Para ello me acompañarán Enrique Baltanás y Juan Antonio González Romano, blogueros, entre otras cosas, extraordinarios.

Y no habrá red, pero tengo amigos que me van recogiendo entre sus brazos. No saben cuánto bien me hacen sus ánimos para empatar por lo menos ese partido del que hablaba Auberon Waugh. “Pero tú mismo lo dices, son amigos”. Objeción justa, de la que me enorgullezco, y a la que podría contestar con este poema tan chulo de Ezra Pound:
Yo junto estas palabras para cuatro personas.
Algunos más pueden oírlas.
Oh mundo, lo siento por ti,
tú no conoces a estas cuatro personas.
Pero prefiero, aunque nunca lo había hecho aquí hasta ahora, explicarme con un poema propio:
................ORGULLO

Lo confieso: mi vicio es la humildad.
Hace tiempo que siento que no sirvo
para cumplir mis sueños. Hace tiempo
que dejé de escucharme.

Si quise ser un caballero andante,
un amante feliz, un santo cotidiano
o un poeta mayor—si lo quise una vez—,
se me ha olvidado todo.

Hoy sólo me recuerdan aquéllos que me quieren,
me recuerdan o, al menos, me imaginan.
Reflejado en sus ojos, valgo el doble:
ellos son el orgullo que me queda.

domingo, 7 de junio de 2009

sábado, 6 de junio de 2009

Un conte de Noël

Ya sabemos de sobra que las buenas intenciones no salvan una obra de arte. (Tampoco las malas, ojo.) Y menos cuando las buenas intenciones han salido sin querer, si eso es posible, que sí. Pero aunque no sea una película magistral, no por eso tiene que dejar de interesarte.

viernes, 5 de junio de 2009

Apotegmas, apuestas

Las greguerías, hijas de su tiempo, son aforismos amorales, sentencias sinvergüenzas, niñas pijas.

*
El aforismo, ensayo del vago.

*
Humor negro: redundancia.

*
Amar: resumen infinito.

*
Vanidad, su nombre indica.
*
"Menos", máxima del aforista.
*
Sueño del aforista: entrar adentro. (El aforista ideal es el adentrista.)

*
Pero siempre sobra alg
o.

jueves, 4 de junio de 2009

¿Como García?

La literatura ya era para mí una fuente de felicidad antes de saber qué era la literatura. Para los indígenas de un pueblo de vacaciones, el final de agosto suele adquirir tintes dramáticos. En mi caso, adquiría tintas dramáticas, lo que era un cumplido consuelo. Si se volvían a Madrid o a Bilbao las veraneantas, empezaba la temporada epistolar, que a mí me gustaba casi tanto como la de playas. Oh los sellos, los sobres, la cuidada caligrafía, las dulces quejas, las sorpresas en el buzón, los anagramáticos remites, las animantes noticias de sus lentos aburrimientos ciudadanos, la nostalgia compartida, las tardes acortándose, el olor a lluvia, todo, todo como un poema de Fernando Fortún o una novela de Sánchez Mazas, a los que leería muchos años después, pero a los que vivía entonces...

En ésas, en los últimos días de agosto de uno de mis primeros veranos de adolescente, le pedí la dirección a una chica de nombre y apellido polacos, que iba, para colmo, a un internado inglés, en Hastings, creo recordar. Yo estaba teniendo muchas dificultades para escribir correctamente su apellido, y se lo dije, mientras le pedía que me lo deletrease. "Qué difícil, eh". "Pues en Polonia es muy conocido", repuso ella con una sonrisa sorprendida. "¿Sí, como aquí García...?" "No", contestó, "como aquí Borbón". "Ah", me sonrojé, vivamente impresionado; no en vano era un futuro lector de Sánchez Mazas y de Fernando Fortún.

miércoles, 3 de junio de 2009

Pájaros y maestros

En mi artículo, de los políticos no digo apenas ni pío.

Ni cuento que el verano pasado, para espantar a las cotorras, leía en el jardín con una escopeta de plomos en el regazo. La imagen sorprendía mucho al vecindario, que en agosto es la familia de una amiga de la adolescencia [de la que hablaré mañana]. Se traían cierta guasa que, unida a la de las cotorras [tengo mala puntería], estuvo a punto de desmoralizarme. Por una vez, y sin que sirva de precedente -espero-, Leonor no me apoyaba. Le daba pena la posibilidad de una urraca moribunda. ¡O sea, que creía en mi puntería, oh! Entre unas críticas y otras, estuve a punto de abandonar, hasta que José Mateos me informó de que José Antonio Muñoz Rojas lee en su casa con una escopeta de cartuchos [siempre ha habido clases] entre las piernas. Tira contra las tórtolas turcas, cuyo zureo le parece un mal presagio. [Y eso que quizá no sepa que dicen decaocto]. Es un ejemplo del efecto benéfico, de reafirmación, que tienen sobre nosotros los maestros. Yo, desde entonces, no dejé la escopeta.

Por otra parte, si a alguien le extraña un artículo tan ornitofóbico en un poeta lírico, siempre podré alegar otro argumento de autoridad: Jaime Gil de Biedma y sus pájaros cabrones.

martes, 2 de junio de 2009

El gran río

En La Argentina, preguntado de dónde era, el poeta sevillano Aquilino Duque contestó que del otro lado del gran río. Le entendieron que era uruguayo y Aquilino, entonces, tuvo que explicarse mejor. Venía de España, el gran río era el Atlántico y lo decía así porque nuestra península y su continente son las dos orillas del español, el puente que las une.

Yo no estoy tan viajado como Aquilino Duque, pero también corro mis aventuras. En plena alarma mundial por la gripe A, quedé en Madrid con el flamante accésit del premio Adonáis, Alfredo Félix-Díaz, recién llegado de México. Había leído ya Si resistimos, su poemario y, fortalecido por la admiración, estaba dispuesto a arrostrar el peligro. La entrevista discurrió fresca y cristalina y una corriente de simpatía se estableció entre nosotros. El gran río resultaba fácilmente vadeable.

Justo el tránsito entre las dos orillas es lo más destacado de su poesía. El joven mexicano ha leído a fondo a los españoles Luis Alberto de Cuenca y Julio Martínez Mesanza, sin dejar por ello de escribir unos versos muy de allá. Se ve en “1928” un poema magistral, épico, sobre la represión a los cristeros. Y en sus corridos se escucha nítidamente la influencia del Borges de Para las seis cuerdas (1965). Los ríos más grandes se achican y las fronteras se diluyen gracias al idioma común y a la cultura compartida. Da gusto; y, para colmo de dicha, yo de salud muy bien, gracias.

lunes, 1 de junio de 2009

Una postal de Mario Míguez


Madrid, Mayo 2009
Querido amigo Enrique:
Desconectado lector, dices en tu prólogo. Ese soy yo. Desconectado, porque no me interesa la literatura, y menos en sus nuevas formas. Separado, cortado como estas flores ¿ves? que están en el Jarrón necesario, con el agua que las mantiene siempre vivas de verdad, el agua viva que no obtendrían de la tierra. Y en penumbra.
Pero he disfrutado mucho con tu estupendo libro, y te doy las gracias por acordarte de mí.
Un abrazo,
Mario