jueves, 1 de abril de 2010

La vida es lo junto

Anteayer fue un día esquinado; ayer, redondo. Cuando al acostarme me pregunté por la causa de tanta euforia, me encontré con un buen puñado de motivos. Sin descartar que alguno más se me escape, fueron éstos:

1- Después de dos días sin café, nos llegó por fin el paquete de Nespresso y, además, me tomé otro en el bar “El Rempujo”. Qué bien me sentaron, Dios mío; hasta recité en voz alta el único poema de un tío de mi abuela: AL CAFÉ: “Hazme promesa formal/ de no faltarme en la vida/ porque eres una bebida/ para mí fundamental”.

2- El problema con el IBI se solucionó (previo pago) y, entre unas gestiones y otras, se me ocurrió un artículo, titulado Magna latrocinia.

3- Para hacer las susodichas gestiones, Leonor y yo dimos varias vueltas andando por El Puerto, que estaba descascarillado por tanta lluvia, pero esponjoso bajo la luz azul de una primavera que se ha hecho de rogar.

4- “Virgen de la Macarena,/ ponte la cara bonita/ que ya sabemos to er mundo/ que el Domingo resucita”, parecían canturrear los botones verdes que han salido a dos de las glicinias que el año pasado saqué de unas semillas. ¡Han pasado el invierno!Entonces fueron para mí muy importantes porque sentí la vida nueva entre mis manos, y lo siguen siendo.

5- Fui leyendo vuestros comentarios aprobatorios a mi artículo, que me animan muchísimo. Gracias.

6- San Pablo, nada más empezar la lectura, me dijo: Debemus autem nos firmiores imbecilitates infirmorun sustinere, et non nobis placere (Rom 15, 1).

7- Los cristaleros trajeron la tapa de la mesa que he diseñado con el carpintero de mi ies, y quedó preciosa. Qué de cosas estupendas parece que uno va a poder escribir cuando estrena utensilio.

8- Leí al sol.

9- En misa, me encontré con varios veraneantes que ya van llegando, y a la salida nos saludamos efusivamente, sin fingir.

10- Con otros veraneantes fuimos a cenar (peces).

11- En la mesa de al lado estaban unos amigos de unos amigos y, de pronto, al saludar al marido, contra toda esperanza, a pesar de la fuerza de la costumbre y del índice de probabilidades, recordé su nombre. (Él me llamó Pedro.)

12- Durante toda la cena, dos de los veraneantes nos estuvieron contando a tres de los indígenas, que oíamos con la boca abierta, el deporte que hacen y su plan de entrenamientos y sus lesiones y fisioterapeutas y su material deportivo de última generación. Uno de ellos es maratoniano y el otro se prepara para el triatlón. Yo tuve la sensación de no haber hecho tanto ejercicio en mi vida, aunque fuese de oídas y, para ponerme a tono, no pedí postre.

Son cosas pequeñas. Casi ninguna de ellas explica esa alegría honda. Sin descartar tampoco que la dosis de felicidad correspondiente al día anterior, como no la usé, se almacenara para el siguiente. Releyendo uno por uno los motivos, me hago preguntas. Por ejemplo: ¿cómo puede ser que algo tan bioquímico como un chute de cafeína me cause efectos tan espirituales? Y me las contesto sobre la marcha: lo del café puede ser, y qué. El hombre es eso, la mezcla, y la vida es esto, lo junto, como señaló Luis Rosales. Además la bioquímica tiene su humor... Así que, en la estela de mi tío bisabuelo, le casqué una copla, ea:
Para la memoria, el fósforo…
¡Tiene gracia la bioquímica,
pues un recuerdo se enciende
como —zas— una cerilla!

miércoles, 31 de marzo de 2010

lunes, 29 de marzo de 2010

Acantilado Rojo

Qué providente es la casualidad, Dios se lo pague. Si no llega a salir de la caja 17 de JMM un versículo mío, quizá no hubiese visto, o no tan claro, la clave de la película.

domingo, 28 de marzo de 2010

Zas

El artículo quizás peque de heterogéneo, de mezclar las churras con las merinas, pero es que ahora la gente se escandaliza por todo. De fondo, una de las imágenes más impresionantes de la pasión de Jesús: los que se rasgan las vestiduras son siempre los otros, encima.

sábado, 27 de marzo de 2010

La la, sí, la la, no

Yo marcaba el femenino de los apellidos anteponiéndoles el artículo “la”. Decía: la Pardo Bazán, la Bergman, la Callas. Pero hablé en un artículo de la Szymborska, y un amigo del que me fio me lo ha afeado: “Suena a machismo. Nadie dice el Pérez Galdós ni el Bogart ni el Pavarotti”. Ustedes, ¿qué opinan? Lo pregunto en serio. Y tanto que voy a abrir nueva sección del blogg, titulada S.O.S. para entradas como ésta, en las que pido socorro.

En legítima defensa diré que mi intención sólo es dejar muy claro que hablo de una mujer. Los nombres propios distinguen entre masculino y femenino, y algunos idiomas, como el ruso, hacen con los apellidos lo mismo con la absoluta naturalidad de su gramática. Qué envidia.

No se trata de un capricho. Se escribe con todo el cuerpo, como defendía Machado, y un dato esencial de nuestra corporeidad es el sexo, que va mucho más allá de las dimensiones meramente biológicas. Lo ha explicado el profesor Viladrich: “Atañe la distinción sexual a aspectos más amplios y profundos de la persona: temperamento, sensibilidad, mentalidad, estructura psíquica, etc.”

La literatura no es asexuada, como no lo es el alma. Discrepo de Mario Quintana, que escribió que “lo más desconcertante de la muerte es cuando la gente descubre que el alma no tiene sexo”, y estoy con Joubert: “Dicen que las almas no tienen sexo, pero por supuesto que lo tienen”. Por eso me cuesta tanto escribir una sola línea sobre una mujer que no transparente de un modo u otro su femineidad.

Según con qué tipo de feministas discreparé más o menos, pero en algo me encontrarán siempre con ellas: ser mujer es un valor fundamental en sí mismo. Desde mi pre-adolescencia, si no antes, lo tengo clarísimo (en la teoría y en la práctica). Paradójicamente, esta sociedad híper-sexual es a la vez furiosamente alérgica a las diferencias inherentes a la condición sexuada de las personas.

Si a pesar de este alegato, ustedes deciden que el “la” es una expresión machista, renunciaré a ella. El machismo no es lo mío. Pero entonces daré vueltas, circunloquios, usaré el nombre (Emilia, Ingrid, María, Wislawa), antepondré “la escritora, la actriz, la soprano”, lo que sea… Todo antes de dejar de inclinarme, levemente, al paso de una señora.

viernes, 26 de marzo de 2010

Heráclito me da un baño (en el mismo río)

No tengo remedio. Nunca seré un erudito ni, siquiera, un lector voraz. Empiezo entusiasta Más virutas de taller de Miguel d’Ors, pero enseguida me entretengo entrelíneas.

En la página 11 encuentro esta anotación:

Si “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” es porque los ríos y nosotros mismos estamos en constante transformación.
Así que, Heráclito, te quedaste corto: “Nadie puede bañarse ni siquiera una vez en el mismo río”.
Le hice, me digo, un comentario a Miguel cuando me mandó esta viruta en una carta, pero no lo recuerdo bien, y hago varios intentos de reconstrucción. No, no era eso, no. Desesperado por mi mala memoria, al cabo de un rato, me rindo y vuelvo a la lectura.
POST SCRIPTUM. Enrique García-Máiquez lee la nota anterior y me sugiere otro corolario posible: “Así que, Heráclito, te quedaste corto: ‘Nadie se baña dos veces’”.
Vuelvo a interrumpir la lectura, medio ahogado ahora entre la sorpresa y la vanidad. Ah, don Miguel me escucha, oh. Enseguida, sin embargo, me inquieta algo y vuelvo corriendo al post scriptum. Um, yo tendría que haber dicho: “Heráclito, te pasaste de largo: ‘Nadie se baña dos veces’”. Qué fallo. Pero un retintín sigue silbándome aún en los oídos, como la risita burlona de un riachuelo de aguas cristalinas.

Y de pronto caigo en el río, plof, y quedo calado hasta los cuernos.

La frase de Heráclito el Oscuro está clarísima y Borges la vio mejor que nadie (y Jorge Manrique). El río es una metáfora transparente del tiempo, donde nos bañamos o, mejor dicho, nos sumergimos. No cruza el río por el aforismo para darle un toque bucólico, sino para que contemplemos y sintamos físicamente (como la cercanía del mar) lo que puntualiza Miguel: “que estamos en constante transformación”. Si queremos sustituir con una explicación analítica el símbolo de Heráclito hay que hacerlo con todas las de la ley y entonces su frase sale seca y pulida como un canto rodado: “Nadie dos veces”.

Y todo lo demás, nosotros incluidos, por supuesto, se va río abajo y se disuelve…

Qué baño me ha dado Heráclito, con ahogadilla y todo.

POST SCRIPTUM.- Sin embargo el baño me lo ha dado Heráclito en su mismo río y, cada vez que lo pienso, zas, la ahogadilla es la misma. Eso, como recalca la misma CB en su comentario, es un dato de experiencia inapelable. Samuel Johnson demostraba la libertad por el mismo método práctico, y punto. Pero sin salirnos del subyugante símbolo de Heráclito, hay, implícita, una alusión fundamental: las riberas. El río transcurre, nunca igual, por entre un paisaje y eso hace que el río sea el río y que nosotros también seamos. Fuera del río, a ambos lados, la tierra firme es la eternidad. Si no me ahogo, siempre salgo yo del mismo río.

jueves, 25 de marzo de 2010

De más

La punzante sensación de que aquí sobra alguien… y estoy solo.
*
Lo peor de la palabrería es que ni siquiera el silencio la salva, sólo la remedia. A la palabrería la redimen las palabras esenciales, nada más.
*
Escala de valores, de menos a más: 1) más, 2) más o menos, 3) menos, 4) nada, y 5) ni más ni menos.

viernes, 19 de marzo de 2010

Paco

Paco el albañil ha venido por lo de las humedades. Ha roto de cuatro martillazos secos, que parecía que me los daba a mí, el techo de escayola del baño y ha visto que estaba tó calao. Eso también se veía, la verdad, por fuera. Luego se ha subido al tejado y ha estado un buen rato —cobra por horas— limpiando la pinocha y los jaramagos. Las tejas están muy bien puestas. Yo he aprendido que unas se llaman cobijas y otras canales, que son las fundamentales, y luego está el mortero, que lleva mucha cal, y el canalón. Como la humedad no podía ser del tejado, Paco se ha rascado la cabeza y ha dictaminado que era:
Mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro.
A mí me ha distraído de mi problema la música de su frase, cuya entonación, por desgracia, no os he podido grabar. Qué sosos me han parecido de pronto mis pobres superlativos. Yo hubiese dicho “rarísimo” o incluso “insólito”. He pensado, con envidia, en la musa popular, en el aire de un cante de ida y vuelta o en el eco de copla de carnaval, pero no. Como lo ha repetido otra vez:
Mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro.
me ha dado tiempo a reflexionar, y he caído en que era la música del hexámetro, y se oía clarísima (dentro de lo que yo puedo saber de la música del hexámetro). No hay que olvidar, me he dicho para reforzar mi teoría, que El Puerto lo fundó Menesteo. La gracia desde luego no estaba en el tema, que a mí me horroriza, y más aún cuando al principio le confesé mis miedos a Paco y él, en vez de consolarme, puso cara de circunstancias, se rascó y dijo: “En las casas, el agua es lo peor”. Pero a pesar de lo peor, el ritmo de su frase me ha encantado (literalmente) e, incapaz de imitarlo, me he puesto a ver si conseguía al menos un aforismo: “Las humedades son los fantasmas de las casas burguesas”, por ejemplo. Como me he quedado un buen rato callado, ensimismado, medio sonriendo, la última vez que Paco ha dicho:
Mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro.
no sé ya si estaba hablando de la humedad o del dueño. Me miraba.

jueves, 18 de marzo de 2010

El origen

Sólo con una madre puede hablarse incansablemente de uno mismo sin ser egoísta. Lo sabía desde hace años. Hoy he visto cómo empezó todo: la embarazada se mira el ombligo constantemente con una generosidad sin límites.

Estos son sus poderes

Ayer, en el almuerzo, nuestra prima Alicia Delkader, que será la madrina de Carmencita y ya ejerce, comentó que dEl rompehoras de las Españas le había gustado mucho el encuentro con José Cereijo. Le alabo el gusto: en ese café de la estación se paró el tiempo extrañamente.

Por la tarde, leyendo los tres cuentos semi inéditos o camuflados que me regaló Cereijo, me entró el pasmo. Allí se desvela el misterio. En el último cuento expresaba un deseo: “Cuánto daría yo porque esos cincuenta y tres días se volvieran de pronto cincuenta y tres años”. Lo estremecedor, sin embargo, estaba antes, en el primero y en el segundo:
Al cabo de bastante tiempo, cosa de media hora...

La entrevista fue larga; hay quienes han llegado a hablar de más de dos horas, pero parece razonable atenerse a la estimación, más prudente, de unos treinta minutos.
Que aquella media hora nuestra (¡media hora exacta!) cundiese tanto no fue una percepción mía ni una casualidad. Para Cereijo, en 30 minutos de nada cabe todo un mundo. Su visión transforma la realidad: a su alrededor los relojes se ralentizan. Qué poderosa es la buena literatura.

Se encuentra

Tardamos veinte minutos en encontrar a la autora que había ignorado durante veinte años. El poema lo había escrito María García Amilburu, gracias le sean dadas. Y hemos tardado sólo diecisiete días en disponer de la versión original exacta:
No hay ausencias
Cerca,
porque tengo tanto tuyo en mi interior,
que estando yo conmigo
te encuentras tú presente.
Mi memoria lo había, supongo que poco a poco, convertido en un tanka. Sólo se resistía un poco el primer verso: "No hay ausencia. Cerca", donde había que tirar de demasiada sinalefa, pero estaba a punto de conseguirlo. Bueno: no sólo de métrica (japonesa) vive el hombre.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El ruido y lo fucsia

Después de tanto follón como hubo en aquel viaje, al único al que se le ha ido la mano ha sido a mí, ay, que presumía de ecuánime. Se me ha ido al rosa fucsia. Con la excusa de que hay que acostumbrarse al nuevo costumbrismo, de frivolidad en frivolidad, he acabado helado. Lo avisó don Antonio: "Qué difícil es..."

martes, 16 de marzo de 2010

La profecía

Mi corazón de piedra
a duras penas ama
y poco y solo a ratos.

La caridad cristiana
la conozco de oídas,
la mística, de páginas
de san Juan de la Cruz
y la piedad, de nada.

Alrededor hay gentes
mejor cualificadas:
son sabias, son sensibles,
son suaves, solidarias...

Podrían, si quisieran,
pero de Dios no hablan;
y ya lo dijo Cristo:
"Si estos callan --y callan--
me aclamarán las piedras".

Mi corazón le canta.

domingo, 14 de marzo de 2010

El rompehoras de las Españas

El día va a ser tan largo que empezó anoche y acabará mañana. Eso fue lo que pensé cuando a las 6:15 abrí un ojo y vi los dos de Leonor mirándome fijamente. Dijo: “Dentro de cinco minutos sonará el despertador” “Ya para qué, eh”, repliqué, poniéndome de pie. El día, en realidad, había empezado anoche, cuando ella clamaba al cielo con un puño cerrado: “Menos mal que no voy, menos mal que no voy”. Se estaba enterando de todos los planes que había hecho para mis horas en Madrid (viaje de ida y vuelta en el día) y pensaba que aquello era imposible y, por tanto, que no podía ser. Su alegría por no venir era muy curiosa: se parecía bastante al enfado. Me hizo llamar para tratar de cancelar alguna cita. Sin éxito, afortunadamente.

A las 6: 30, mientras me desayunaba un plátano y un café (1º) y luego otro (2º), mandé mi artículo al Diario, y dejé en el blogg un exagerado montón de enlaces, por si perdía el tren de vuelta y tardaba en volver no dejaros con Franco frente a frente.

A las 7: 30 estaba en carretera y a las 8:10 en autopista (de peaje). A las 9:00 en punto llegaba a Santa Justa, ante el asombro de Abel Feu por mi puntualidad. Aparqué junto a su coche y pasamos rápidamente de su maletero al mío unas cajas con el nuevo libro de d'Ors: Más virutas de taller. Parecíamos contrabandistas. Luego entramos a tomar un café (3º) a la estación. Aunque iba a pasar un día, yo llevaba dos maletas: un maletín grande, con libros, papeles, revistas, el ordenador y dos insólitos sándwiches que me había preparado Leonor con ese instinto maternal que se le dispara por días; y un maletón chico que llevaba vacío para llenarlo en casa de mi suegra con la ropa que le está comprando a Carmencita, con un instinto de abuela que se le dispara por días. Abel no dijo nada, pero yo me acordé de las veces que nos ha contado aquel viaje a un congreso de poetas en Granada que hizo con X y como éste apareció con un boli y un cuaderno. Abel pensó: “Quillo, ¿y la maleta?”, y no había maleta. Ahora estaría pensando: “Ni tanto ni tan calvo, tú, que vuelves esta noche”.

En el AVE me tocó al lado de un señor recortadito con la barba recortadita que se estaba estudiando El País. Fui a por un café (4º). En la cafetería leí El País (¿reflejo mimético?) y a la vuelta allí seguía, como un muñeco de cera, casi inmóvil, leyendo El País. En un momento dado, me llamó mi amigo Antonio Romero-Haupold, y yo, muy ufano, nada recortadito, más bien desparramado por los bordes, le dije: “Me pillas en el AVE: voy [tatatachán] a Madrid a dar una conferencia”. Y miré con el rabillo del ojo a mi acompañante, para estudiar la impresión causada. No mucha. A los cinco minutos (o menos) le llama un tal Jerónimo, al que cuenta que viene de Jerez de dar una conferencia y le pregunta si va a ir a la de esta tarde en Madrid. Jerónimo asiente, por supuesto, y entonces mi vecino de asiento le informa con toda la naturalidad del mundo: “Pues te harán falta entradas. Hay un aforo de 650 personas y me han dicho que habrá lleno. A mí todavía me queda alguna”. Qué poco dura la vanidad en la casa del pobre. Él, ricamente, dobló entonces con mucho cuidado El País y, justo cuando me debatía entre pulsiones cainitas, sacó Caín de Saramago.

En Atocha, a las 12:20 en punto me esperaba José Cereijo. Me hizo una ilusión grande llegar a Madrid y tener a un amigo entre ese grupo de gente que siempre espera a los viajeros. No se conocen de nada, pero están juntitos, apiñados, como si el cariño, que no es mutuo, sino a los que vienen, hiciese, en cualquier caso, su trabajo, y les uniera. Me dio calorcito ver entre ellos a mi viejo amigo, uno de los más antiguos que tengo de la poesía. En la misma estación nos tomamos un café (5º). Hablamos de Borges, de Panero, de Trapiello, de Lostalé, de Urcelay, de San Juan de la Cruz, de d’Ors, de Eloy Sánchez Rosillo, de Leopardi, de Carlos Javier Morales, de García Martín, de Antonio Moreno y, sobre todo, de la Musa y del barón de Münchhausen. Lo asombroso es que sólo estuvimos media hora y que diese para tanto y tan hondo y tan tranquilos.

Me monté en un taxi y fui a casa de mi suegra, a rellenar la maleta con ropa para Carmencita. No ha nacido, y ya es una fashion victim. Se habla mucho últimamente por teléfono en mi entorno sobre faldones, capotas, encajes, lazos y zapatitos, y ya tiene un un fondo de armario profundísimo. La ropa que mi suegra le ha comprado y que va de los dos meses a los dos años, de trajes de fiesta a abrigos de pre-esquí, no cupo en la maleta, de modo que hubo que habilitar una bolsa más.

Con los nuevos bultos, bajé a la esquina de Ferraz con Marqués de Quintana, donde me recogió Kiko Méndez-Monasterio. Educadísimo, le pareció lo más natural del mundo que uno vaya a Madrid a pasar el día con tres bultos inmensos; e hizo sitio, con esfuerzo, en el maletero de su coche. La casa de Kiko es luminosa y pasé en ella unas horas espléndidas. Me hizo bien al cuerpo y al alma. Centrémonos en el alma (no sin antes alabar la comida). La gente me ha metido mucho miedo con el follón de la paternidad y, sin embargo, allí, con dos niñas pequeñas y que según los padres se estaban portando fatal, se respiraba una paz deliciosa, casi cartujana. A Leonor le habría encantado estar allí. En la sobremesa, renuncié a otro café (no quería acabar dando saltos en el aula de la conferencia), y abrí mi correo para asegurarme de la hora exacta del evento. Entonces vi que Ignacio Peyró había reseñado Lo que ha llovido. Me pareció poco conveniente decir: “Amigos, interrumpamos cinco minutos esta apacible tertulia, que voy a leer(me)le ”, y me quedé con la ilusión y a la expectativa.

En la UFV me recibieron con los brazos abiertos, como siempre. Hablaba de poesía, como siempre, pero ante un público más juvenil, no el del Master de Humanidades, sino el de un curso que tienen de liderazgo para universitarios, patrocinado por el Banco de Santander (¡gracias!, que no todo va a ser la Fórmula 1). Lo había pasado tan bien en casa de los M-M y los muchachos estaban tan divertidos con su fin de semana cultural que una cosa contagió a la otra, y la conferencia salió más risueña de lo que pide la poesía, que es alada y graciosa, pero no desternillante. Aunque bien está lo que bien acaba: les había dado el soneto 76 de Shakespeare y cinco traducciones distintas, para que eligiesen la mejor. Se trataba de afilar su sentido crítico. Una chica levantó la mano, ufana: “Ya sé cuál es la mejor”. “Bien, ¿cuál?”. “El soneto 76”. Como todos eran el soneto 76 pensé por un instante que se estaba quedando conmigo. No. La equivocación tenía su motivo: una vez detectado el mejor, había leído atropelladamente el título; pero con explicación y todo fue un momento de jolgorio perfecto. Yo me senti muy solidario pues hasta entonces creí que esas cosas sólo me pasaban a mí y, por otra parte, puso un broche festivo a la conferencia. A Shakespeare me pega que le habría hecho mucha gracia. Está en la línea de su humor.

Con el taxista que me llevaba a Atocha, sin embargo, perdí una oportunidad de oro. Hablamos de Delibes. Una muerte como la suya, con la obra cumplida, la familia alrededor, el aprecio de todos, no es un drama, le dije. Un escritor casi no se muere. Y él, que cogió la idea y le pareció bien, añadió: “Así es. A un tuercebotas [sic] como yo, en cambio, cuando muere se le olvida, no queda nada”. Parecía el epitafio de Portocarrero. Yo, entonces, tendría que haberle explicado que “la muerte no interrumpe nada” y hablarle de Dios y de la vida eterna, porque lo tenía a huevo, y de la grandeza que todos tenemos y tendremos a sus ojos. Pero a esas alturas del día estaba muy cansado y me impresionó verme tan bien entendido por el taxista y esa palabra, sobre todo, “tuercebotas”. Me quedé pasmado.

En el AVE de vuelta iba en preferente, para que cenase allí (¡gracias, UFV!), aunque lo de menos fue la cena. Qué diversión de vagón, mejor que la televisión. Detrás de mí se sentó una folclórica famosa (por el porte lo digo, porque yo no la conocía) y su hija. A ellas sus billetes se los había pagado, precisamente, la televisión, y protestaban porque le habían sacado asientos diferentes. Por lo visto, en RTVE cada vez hacen peor las cosas. La hija le preguntó a la madre algo impresionante: “¿Acaso soy yo menos artista que mi hermano?” La sombra de Caín cruza errante por la red ferroviaria española.

Así las cosas, la quijada no tardó en aparecer. En mi coche iba la Princesa de Tracia, su novio o amigo o acompañante, que es podólogo, y un tal Enrique, del que quedó meridianamente claro que es homosexual y que trabaja en algún programa del corazón. Yo esos datos los desconocía. Pero allí se pusieron a gritarse, con un impresionante desmelene, la Princesa y el periodista a cuenta de la autenticidad de sus respectivos títulos, y nos enteramos de todo con pelos y señales. Era asistir en primera fila a un programa del corazón. La sangre, prácticamente, nos salpicaba. Quiero contarlo en mi artículo del miércoles, pero si no me sale, volveré sobre mis pasos, para dar aquí todo lujo (es un decir) de detalles. Me tomé mi sexto café. Como iba en preferente, pude saborearlo sin perderme nada de aquella escena de Almodóvar en directo.

En Sevilla, a las 11:20 tenía aún por delante una buena hora de AP-4 y ya nada podría mejorar el día, me dije, resignado. Todo sería decadencia y cansancio… Pero volví oyendo a Mozart, entusiasmado. A la altura del peaje, lamenté que no se hubiese ocurrido un mísero verso, que es una tradición ya, y entre el barón de Münchhausen y yo garrapateamos este:

En la autopista
ni un solo haiku: bueno,
un viaje zen.
Pero en el último momento, a 1000 metros de la salida, me adelantó un coche con un conductor solitario y, zas, inesperadamente, la Musa.

Leonor había salido a cenar con unos amigos y me pasé a recogerla. No tuve que bajarme del coche. Bastó una llamada de las llamadas gitanas (con perdón), y salió… ¡corriendo! Por Dios, cuidado, que con tanta lluvia hay mucho verdín en las calles.

En casa, tras los saludos saltarines de los perros, pude entrar en Internet para leer la reseña de Peyró (¡gracias, Peyró!) y colgar mi haiku. Leonor esta vez no me afeó el vicio informático porque estaba (01:25 de la madrugada) sacando y contemplando y ponderando y colgando la ropita de Carmen. ¡Qué de favores me está haciendo esa criatura desde el principio, madre! Leí también el artículo de Luis Suárez sobre el descubrimiento de El Lazarillo. Yo soy de los que está muy contento de que se le haya descubierto la noble paternidad, por múltiples razones que debería desgranar en otro artículo, pero no tenía el pequeño dato del Gran Puerto de Santa María. Nada como estar de nuevo en casa.

Adelantamiento


"El de ese coche,
¿qué irá pensando?", irá pensando
el de ese coche.

sábado, 13 de marzo de 2010

Contiene spoilers

Estoy encantado con el nuevo encargo que me han hecho en Alba. Consiste en comentar muy a mi aire las películas que veo en el cine. La sección se va a llamar "Contiene spoilers", porque quien avisa no es traidor. Aprovechan en Alba el primer párrafo para ponerlo de entradilla en la página principal y luego no lo reproducen en el texto principal. Por eso, las críticas comienzan algo abruptamente: algo así como llegar cinco minutos tarde al cine. Para evitarles las molestias, las aprovecho yo mismo de trampolínks.

Mi película preferida ha sido An Education. El comentario se me quedó muy corto, ay:
Una de las iniciativas más interesantes de la sociedad civil actual son las escuelas de padres y los cursos de orientación familiar. Ante la creciente, agobiante presión exterior, muchos matrimonios acuden a ellos en busca de criterios y habilidades para educar a sus hijos. El método didáctico suele ser el estudio, el posterior debate y la puesta en común de un caso. La película An Education resultaría perfecta como caso práctico en esos cursos.
La reseña que mejor me ha quedado fue la de Precious:
En una de las últimas escenas de la película, Precious, una chica negra de 16 años con obesidad mórbida, le dice a la desbordada asistente social Mrs. Weiss, que acaba de conocer toda su terrible historia de violencia y abusos: “Me caes bien, pero esto te supera”. También nos lo está diciendo a todos los espectadores y yo, al menos, no tengo inconveniente en reconocer que estoy exactamente igual que Mrs. Wise: superado. La historia es durísima.
También hice la de Invictus, que fue la que más le gustó a mi jefe.
Mientras que los romanos concibieron el deporte como un espectáculo y una distracción del pueblo para que no se preocupase por la política (el archiconocido panem et circenses), los griegos lo entendieron como un rito religioso y un elemento de cohesión nacional. Nosotros, herederos de ambos, nos debatimos entre ambas concepciones. Invictus, la última película de Clint Eastwood, basada en un libro John Carlin, apuesta decididamente por la visión griega.
La de Up in the Air, que, en contra de la opinión general, me interesó bastante:
Qué pena no haber estado haciendo estas crónicas de cine cuando Jason Reitman, director de Up in the Air, estrenó Juno. Hubiese llenado mi crítica de signos de admiración. Con esta película no llegaré a tanto, pero alguna exclamación sí que se me escapará. Los que odian los spoilers, pueden dejar de leerme cuando se acaben las negritas, e irse a verla. Más tarde hablamos. De la película se sale con unas ganas locas de comentarla.
Y la de Avatar, que fue la primera, y como estaba inseguro, me cogí de la mano de Alejandro Martín Navarro de forma descarada (le debo un café, o, para ser justos, un almuerzo.)
La mejor imagen de Avatar de James Cameron, la película más taquillera de la historia de España, la pone en realidad el público. Al ser una película en 3D a los asistentes nos colocan a la entrada unas grandes gafas, talmente unas anteojeras. Anteojeras que te imponen, ojo, los colores: uno rojo, otro verde. Consiguen así una imagen de una impresionante justicia poética. Imposible no rendir un recuerdo a Ramón de Campoamor: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira”.

viernes, 12 de marzo de 2010

Memoria histórica

Tras la guerra civil, Juan Gil-Albert se exilió en México y sólo volvió a España en 1947 a tirones de una nostalgia irresistible por su tierra, y para encerrarse en lo que se llamó el exilio interior. Releyéndole con gusto, como siempre, me ha sorprendido su poema “Apetencia”. Es muy bonito, pero lo suelen ser los suyos, así que la sorpresa no venía por el lado de la estética. La sorpresa venía del lado de la memoria histórica.

El poema está fechado en los versos 4 y 5: “veintisiete de mayo/ del año del Señor cincuenta y ocho”. Estamos en uno de esos años que el poeta Miguel d’Ors sitúa con ironía “allá por el cincuentayfranco”. Gil-Albert, sin embargo, no gasta ironías, él va a lo suyo.

Pero nosotros no podemos evitar leerle en el año del Señor dos mil diez, y por tanto nos chocan enseguida los versos del 19 al 29: “Los primerizos coches, camiones, / inician su diario desconcierto / con rutina afanosa. / ¿Qué otra cosa se puede en nuestros días / hacer que trabajar? / Es santo y seña. / Trabajan los honrados y los lerdos, / trabajan los sagaces y malvados. / Todos responden hoy a esa llamada / del deber. / Ya no se ven mendigos”. Desde esta España en paro uno se para al leer eso. Lo mismo que en las épocas de hambre la gente se desentendía del argumento de la película y contemplaba arrobada lo que comían los lujosos protagonistas, no se me van ahora de la cabeza unos versos que, como quien no quiere la cosa, retratan una sociedad de pleno empleo.

Lejos de la intención de Gil-Albert hacer propaganda de los logros sociales del franquismo y lejos de mí tergiversar su poesía. En el poema, hace una defensa de su ocio aristocratizante, y se permite cierto desprecio a “los que piden un sueldo y un estadio / donde gritar unidos como un hombre”. Pero tampoco le gustaría al poeta alicantino que pusiésemos en duda su testimonio y comprendería que uno, con la que está cayendo, se admire ante esos dos versos inauditos, casi increíbles: “¿Qué otra cosa se puede en nuestros días / hacer que trabajar?”. Qué cosas.

jueves, 11 de marzo de 2010

Trabalenguas trágico

El drama del hombre moderno —leo— es que ignora que no todo lo que puede hacerse debe hacerse. Bien, pero mi tragedia personal es otra: saber que no puedo hacer todo lo que debo.

lunes, 8 de marzo de 2010

Bebés

Personalmente estoy muy predispuesto, como es natural, y socialmente también: es el tema candente. Pero escojo estos dos poemas, además, porque siempre me han entusiasmado, me han fascinado, he agradecido hasta hincarme de rodillas, me han maravillado las deliciosas diferencias entre hombres y mujeres. Vean lo que dice cada uno frente a un bebé.

Pilar Pardo, Temporada de fresas, Siltolá, 2010, p. 48:

......................RECIÉN NACIDO

Tu boca es una rosa
de agua que ensaliva
todo lo que se acerca.

Tu propia indefensión
te convierte en sagrado
.


Y Antonio Casado da Rocha, Filósofos y películas, Birmingham, 2007, pp. 60-1:
.................MILLION DOLLAR BABY

No es la cigüeña
(diurna grúa de caña)
quien trae los niños,

sino una lechuza
silenciosa y nocturna.

La he visto hoy
(mancha fugaz a oscuras)
al encontrarme

con un bebé dormido
en nuestra habitación.

Puños cerrados,
respirando tan rápido
como un boxeador

(cuatro kilos de peso,
novecientos gramos y

con calzón blanco,
Mo Cuishle escrito
en el albornoz)

noqueado en la lona.
¿Quién lo ha dejado aquí?

Tantas apuestas
y resulta que hemos
ganado todo

un humano completo
con su viaje al futuro

desconocido.
Es, como suelen decir,
un milagro.

Pero antes de dormirme
(no era hora de toma)

pienso que todos,
hasta el más hijoputa,
hemos sido eso:

un paquete increíble
traído por un pájaro

hasta tu nido,
para que duermas menos
y te despiertes

y te duermas otra vez
más confuso que antes.

domingo, 7 de marzo de 2010

Escritor hasta la muerte

El artículo de hoy es testimonial, columna protesta o propuesta, si se me permite, al final. La literatura era la última de mis preocupaciones cuando lo escribí. Sin embargo, a mí, caso perdido, lo que más me gusta son dos pequeños trazos de escritor, sabiendo que lo más importante, por esta vez, es el fondo de la cuestión.

Primer trazo: los paréntesis del primer párrafo que dibujan el perfil de dos embarazadas, sobre todo el segundo (con su punto dentro.) Cada vez que lo leo, me entra un estremecimiento lírico. Qué hermoso caligrama, me digo.

Y como yo me lo digo todo, mi otra felicidad es más combativa. Más que felicidad, jolgorio o, incluso, cachondeo: un epigrama, vamos. Un adjetivo tan redondo, al menos en el sentido literal, que no se sabe si califica a su derecha o a su izquierda o a ambas en una confusión enorme, parecida a la que tienen: "Es una mentira de las gordas de las abortistas".

(No todas las abortistas --véanse las ministras-- están gordas, pero por ahí se entiende. Ni yo estoy muy en línea, desde luego, pero es que cuando uno escribe es la línea sobre el papel o el bolígrafo que la traza, y esos sí que son finos, o deberían.)

viernes, 5 de marzo de 2010

Se busca

He convivido con la duda más de veinte años. Estando yo en primero o segundo de Derecho, ganó el premio de poesía de la Universidad de Navarra este poema:

NO HAY AUSENCIA

...............Cerca.
Tengo tanto de ti
en mi interior
que estando yo conmigo
tú estás siempre presente.

Ni lo leí. Alguien me lo recitó y se quedó grabado ipso facto en mi generalmente mala memoria. En aquellos tiempos no era tan forofo de la poesía como después, no tenía ni idea de lo que era un tanka, eso lo aprendí años más tarde y tardé más aún en descubrir que ésa era, más o menos, la forma del poema, y no había pasado por la experiencia vital que refleja. Lo tomé por un poema romántico y nada más, quizá con un punto místico, que está muy bien. Tras la muerte de mi madre, estos cinco versos me han revelado su honda verdad inagotable. Hasta genéticamente tengo un 50 % de ella en mi interior, aunque eso importa mucho menos que su permanente presencia.

Mi duda no es por qué me lo aprendí entonces de memoria si lo necesitaba ahora, cuatro lustros después. La poesía se gasta esos misterios y esos caminos secretos. Se trata de ver si ustedes me ayudan a localizar al autor del poema, cuyo nombre olvidé o no supe nunca.

Estoy muy agradecido: quisiera saber a quién.

jueves, 4 de marzo de 2010

Gaya, Panero y yo

Me he llevado una sorpresa y una alegría muy grande al descubrir que Ramón Gaya había leído a Leopoldo Panero, y tan cuidadosamente como para matizarlo. En El silencio del arte, dice: “Lo mejor del hombre es la creencia; se ha dicho que era el dolor, pero el dolor es un medio para llegar a la creencia”. Si no estoy equivocado, eso contesta directamente al verso: “Lo mejor de mi vida es el dolor”, del poema “El templo vacío” de Escrito a cada instante. La figura de Gaya nunca deja de crecer, porque qué atención más viva a la poesía demuestra esa cita (espléndida, por otra parte, como siempre) y a la poesía estrictamente contemporánea, y qué bien leída, con qué seriedad y hondura. A Panero, por otra parte, tener como interlocutor a Gaya, como interlocutor que le toma tan en cuenta, también le engrandece. De ese encuentro todos salimos ganando.

**
También he tenido yo mi pequeño encuentro con Panero. Leyendo la antología que ha hecho José Cereijo, titulada Memoria del corazón, llegué a la página 176 y me di con el “Canto al Teleno V”, que reza:
Te vi tras las ventanas del colegio,
aun inconsciente a tu belleza entonces
o ignorando que al verte iba amansando
hora tras hora el corazón riqueza
que no se agota nunca.

Yo lo que veía tras las ventanas del colegio, aún inconsciente a su belleza entonces, quizá inconsciente hasta hoy mismo que lo he recordado a la sombra del Teleno, era el azulmorado del mar más hermoso del mundo (JRJ --que tanto lo vio desde las ventanas de su colegio del Puerto-- dixit), y a la luz más clara y más honda del invierno. Y aquello, es verdad, es verdad, no se agota nunca.

Me entristece, mientras pienso sin cesar en la hija que ya tengo, saber que en estos treinta años, entre entonces y ahora, construyeron pisos y construyeron apartamentos de playa y más pisos y ya no se ve el mar desde las ventanas de mi colegio ni, me temo, desde el colegio de las niñas, que está bastante cerca y a la misma altura. Los han cegado.

Siempre podré, por supuesto, llevar a mi hija de la mano hasta el Paseo Marítimo, pero eso no es lo mismo. Lo suyo son las ventanas del colegio y la inconsciencia, sobre todo la inconsciencia. Menos mal que, venciendo la melancolía, sigo leyendo, y sigue Panero:

… Un poco de ti existe,
por mí llevado como lleva el río
la nieve derretida, en las pupilas
de mis hijos. Un poco en su mirada
Ah, bien.
***
De aquella lectura de Memoria del corazón, esta reseña; aunque no os sintáis en la obligación de leerla, eh. Lo advierto: sólo es para los muy apasionados por la poesía.

martes, 2 de marzo de 2010

Sabines me salvó

Anoche me acosté más bien rendido. No había pasado nada grave, pero poco a poco el día había ido comiéndome la moral con un goteo intermitente e ininterrumpido como la gotera que ha salido en el cuarto de baño, estaba de prosa hasta el punto y coma, todas las gestiones se congestionaron, sólo Juan Ignacio me celebró la exégesis evangélica, Leonor estaba empeñada en que cuelgue más cuadros aún... En el último momento, al borde mismo de la escalera se me ocurrió echar mano de Jaime Sabines, aunque como estaba sin fuerzas, sólo me sentí capaz de acarrear su antología Uno es el poeta, publicada en Visor. Y fue mano de santo. Media hora después estaba en la gloria. Dormí como un bendito. Dios (y su tía Chofi) se lo paguen.

El amor es el silencio más fino.
***
Cita de Heráclito: Penoso es luchar con el corazón. Cada uno de nuestros deseos se compra al precio de nuestra alma.
***
Hiciste bien en morirte, tía Chofi,
[...]
... y a leguas se miraba
que querías morirte y te aguantabas.
[...]
Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos,
porque te quise a tu hora, en el lugar preciso
[...]
y un Dios justo y benigno ha de haberte escogido.
Nunca ha sido tan real eso en lo que creíste.
Tan miserable fuiste que te pasaste dando tu vida
a todos.
[...]
En el medio justo de dos o tres ideas que llenaron tu vida
te repetías incansablemente
[...]
Vas a ser olvidada de todos
como los lirios del campo,
como las estrellas solitarias;
[...]
serás como la niebla intocable, hálito de Dios que despierta.
[...]
y bajo la hierba, que te hace una cortina para mirar al mundo.
***
¡De pie, esqueletos!
Tenemos las sonrisas por amuletos.
¡Entremos en la danza,
en las cuencas los ojos de la esperanza!
***
Tú estás cantando siempre sin darte cuenta. Eres igual que el agua.
***
Cuando tengas ganas de morirte
[...]
Quédate dos días sin comer
y verás que hermosa es la vida:
carne, frijoles, pan.
***
"Lo mejor de la escuela es el recreo"
dice Judit, y pienso:
¿cuándo la vida me dará un recreo?
¡Carajo! Estoy cansado. Necesito
morirme siquiera una semana.
***
Si te sacas los ojos y los lavas
en el agua purísima del llanto,
¿por qué no el corazón
ponerlo al aire, al sol, un rato?
***
¡Maldito el que crea que esto es un poema!
***
Morir es retirarse, hacerse a un lado
[...]
y estar en todas partes en secreto.
***
Me encanta Dios. Es un viejo magnifico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega. Y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna y nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe de las manos.

Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero eso a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida -no tú ni yo- la vida sea para siempre.

Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang... Pero ¿qué importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.

A mí me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho -frente al ataque de los antibióticos- ¡bacterias mutantes!

Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.

Mueve una mano y hace el mar, mueve otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento. Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja.

Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.

A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.

lunes, 1 de marzo de 2010

Capítulo 8

Pocas lecturas con más gracia —en todos los sentidos— que los Evangelios. Hay quien no la ve porque no la escucha, y es lógico: lo evangélico no son las estentóreas carcajadas, sino la sonrisa, que es silenciosa y transversal. Pero ahí está la gracia. Por ejemplo, en el capítulo 8 de san Mateo, titulado “Los milagros del Mesías”. La curación de la suegra de Pedro, sobre todo si uno se fija bien en cómo está enmarcada, es muy divertida. El primer milagro de la serie se lo ruega un leproso, que se postra ante Jesús; el segundo, un centurión romano, nada menos, que después de suplicarle que sane a su criado, da una lección de humildad y de fe al decirle que no hace falta que entre en su casa. Y entonces llega el golpe de la suegra. “Al llegar Jesús a casa de Pedro vio a la suegra de éste en la cama con fiebre. La tomó de la mano y le desapareció la fiebre”. Ea. Pero, ¿se han fijado ustedes en el silencio de Pedro, que no pide ni mu? Hasta los demonios gadarenos (Mt 8, 11) le rogaban... “Menos mal —comentaría después la suegra— que me vio Jesús, porque si llega a ser por éste". Y luego, cuando lo de la tormenta, despiertan enseguida al Maestro, y eso que acaba de decir (en el párrafo anterior) que no tiene donde reposar la cabeza. Y a grito limpio le despiertan los tíos, histéricos: “¡Sálvanos, sálvanos, que perecemos!”, y se supone que Pedro el primero. Normal que les riñera un poco Jesús y con la mirada le diría a Pedro: “Y con tu suegra, qué calladito estabas, eh, pillín”.

jueves, 25 de febrero de 2010

Disculpen las molestias

Ya he contado alguna vez cómo admiré, en mi lejana adolescencia, aquella anécdota de Julián Marías. El filósofo se sentó una tarde a escribir un artículo. Empezó a escribir. Las causas se enredaban con las consecuencias, los análisis desembocaban en nuevas premisas y, cuando se vino a dar cuenta, tenía un libro entre las manos. Yo se lo escuché [en una conferencia que dio en Sanlúcar, en el patio de una bodega, al aire libre, con grandes jazmineros y el consiguiente olor del color de las estrellas, entreverado con el más amarillo de la manzanilla] con ojos tan abiertos como mi boca: Oh. Luego mi admiración se matizó, no por Julián Marías, no, sino por esta anécdota en concreto. Y sin embargo, yo llevo cuatro días que estoy, salvando las distancias, en las mismas. Me siento a escribir una entradica del blogg y, taca-taca-taca, le doy al teclado y, cuando caigo, tengo una columna para el periódico. Me está pasando lo que nunca: cuento ya con dos artículos de reserva para Alba y uno para Joly y otro para Misión. Sólo lo siento por ustedes si vienen aquí en busca de alguna novedad y nada. Disculpen las molestias.

lunes, 22 de febrero de 2010

Duelos y quebrantos

En la boda del sábado en Sotogrande me ocurrieron varios sucedidos, como suelen ocurrir siempre, aunque uno no vaya a una boda, a poco atento que se esté a lo que pasa. Pero no los contaré para no justificar a una compañera de mesa (valga la redundancia) a la que informé que tenía blogg y le di su nombre, y seguimos hablando de otras cosas, hasta que al final de la boda, a las tantas, fui a despedirme y me dijo, muy simpática: “Ya visitaré tus Duelos y quebrantos”. ¿Tan quejumbroso estuve?, me pregunté luego, inquieto, dando vueltas, sin poder conciliar el sueño.

Sí contaré el sucedido más gracioso, aunque tuviese ciertas gotas de humor negro que justificarían lo de “Duelos”. Las peticiones de la misa las hacían los típicos sobrinitos de los contrayentes, todo muy tierno. Cuando llegó el turno de pedir por los difuntos, ese momento álgido de emoción en toda boda que se precie, salió una niña monísima, y a uno empezó a metérsele el corazón en un puño. La niña, sin embargo, no andaba muy suelta en lectura y leyó trastatabillándodose: “Te ro—ga-mos, Se—ñor, por nu-es-tros-tros fa-mi-mi-liares mu—er—tos”… Entonces no pudo creerse lo que había leído o le impresionó vivamente y repitió: “¡Muertos!”, con un gritito entre el pasmo y la incredulidad. Nosotros nos quebrantamos el bazo de risa, dicho sea con todo respeto.

domingo, 21 de febrero de 2010

Clásica paradoja

El artículo de hoy puede decirse que fue un encargo por suscripción popular. Un buen puñado de antiguos compañeros me pidieron que de alguna manera saliese en los papeles nuestro encuentro. Pero en una paradoja que se ha dado miles de veces, pocos artículos tan personales como éste, tan encargado, he escrito nunca.

viernes, 19 de febrero de 2010

Qué Belloc es vivir

Un amigo me reprocha que en mis últimos artículos ande tan negativo. Como él y yo pertenecemos al club de los chestertonianos recalcitrantes, me arrea este argumento de peso: tío Chestnut (así tratamos en familia a Gilbert Keith Chesterton) habría encontrado algo positivo en la que está cayendo. Ah, vale, pero hay veces —me excuso— en que uno está más bien tirando a Belloc.

Hilaire Belloc fue uno de los innumerables íntimos de Chesterton, pero tan socio suyo en diversas aventuras intelectuales, políticas y religiosas que George Bernard Shaw habló del Chesterbelloc, un monstruo de cuatro brazos y cuatro piernas. Belloc era la parte furiosa del bicho y se ganó a base de rugidos el alias de Old Thunder, o sea, Viejo Trueno, que como mote retumba bastante más tormentoso que el de Uncle Chestnut.

Sin embargo, en cuanto me he puesto a recordar al viejo Belloc he caído en la cuenta de que era un cascarrabias muy particular. Hay dos citas suyas en las que nos da su manual de instrucciones para andar por la vida. La primera: “Renqueamos a través de este mundo complicado con la ayuda de dos muletas: la diversión y la belleza”. Si el mundo se me complica, y se me complica, motivo de más para echar mano de esas muletas mágicas, me propongo firmemente. No dejaré de divertirme jamás ni, desde luego, me cegará nadie a la belleza.

La segunda cita tampoco es manca: “La poesía es la única actividad, además de la religión, que siento que tiene auténtica importancia”. Belloc se aplicó el cuento con todas sus ganas. Sus poemas para niños son un jolgorio continuado. En ellos unió poesía y diversión. Y en sus epigramas amorosos aúna poesía y belleza. La religión (católica, apostólica, romana) la llevaba consigo donde iba.

Lo que empezó como una excusa para un amigo acaba como una exigencia para conmigo. Es verdad que Belloc se enfadaba mucho, y nosotros —a la vista de los acontecimientos—, qué remedio. Pero hay que hacerlo del modo que Chesterton le admiraba: sin dejar de reírse por lo bajo ni de encomendarse a lo alto.

jueves, 18 de febrero de 2010

Tan contento

No sé si mi próximo poemario avanza mucho, pero prepararlo es un ejemplo perfecto del trabajo gustoso de JRJ. Hace dos semanas, qué alegría me llevé al escribir un poema. Se lo leí a voz en grito y con eco por el hueco de la escalera a Leonor, que estaba arriba. Durante una semana más lo he releído con íntima satisfacción, poniendo y quitando, y quitando, y poniendo una coma u otra aquí y allá, y le he ido buscando su nido dentro del poemario, y coloqué muy ordenadamente su título en el índice. Ayer, sin embargo, caí en la cuenta de que no servía. No, de ninguna manera. Y de nuevo, qué alegría, y ahora qué alivio hondo y qué sensación del ligereza y de vuelo más alto mientras lo quitaba del libro y del índice, e informaba a Leonor del deceso a través del hueco de la escalera. A pocas matemáticas que uno sepa, el libro no ha avanzado nada, pero el corazón tiene más razones que la aritmética, y quién le quita a él lo bailado, su dicha de ida y la suya de vuelta.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Villansaco

Ceniza sobre ceniza
y sobre cenizas, polvo.
Este año hasta en el clima,
hay Cuaresma para todos.
[O dicho en prosa]

martes, 16 de febrero de 2010

lunes, 15 de febrero de 2010

Mt 6, 26

Respicite volatilia caeli. "Fijaos en las aves del cielo", ordena Jesucristo, de manera que cuando los poetas les prestan especial atención no están sino cumpliendo un mandato evangélico. Que les resulta, por supuesto, muy amable, ya que entonces, precisamente, se nos invita a no preocuparnos ni por la comida ni por el vestido. Las aves del cielo ni siembran ni siegan y el Padre Celestial las alimenta, y encima nosotros —nos advierte— valemos mucho más, no un poquito más, que ya sería bastante, sino mucho. ¿Qué otra cosa pueda pedir un poeta?

Y para colmo, a renglón seguido, nos habla del tiempo inexorable y reflexiones anejas: "¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su edad?" Así de claro, ea, para que los poetas metafísicos también se sientan aludidos por el pasaje. Y todos tan contentos. Amén.

domingo, 14 de febrero de 2010

Unos minutos de publicidad

Aprovechando que hoy es san Valentín, el patrón de la publicidad y la mercadotecnia, les enlazo el pdf de la revista Misión. Yendo a la página nº 8 del documento (la 14 de la revista) encontrarán ustedes un artículo mío que habla, esta vez sí, del amor, oh. El consejo publicitario es que se suscriban, que tiene la mejor relación calidad/precio del mundo: es absolutamente gratis. Podrán leer mis artículos, diría uno, embalado con el marketing, pero no sé si eso , con lo leidísimo que me tienen ustedes (gracias, gracias), tiene mucho gancho. Las ilustraciones, en cambio, son extraordinarias y merecen la pena. En el retrato de este número, yo he salido favorecido, naturalmente. Incluso Leonor se ve mejor, lo que ya es más discutible. Lo insólito es Carbón convertido en un lindo gatito, pero como él no se ha suscrito, pues ojos que no ven corazón que no siente.

sábado, 13 de febrero de 2010

Salir en la foto

Quién me iba a decir que un día yo, humilde ciudadano semi-anónimo, compartiría la misma angustia que Zapatero, ese líder planetario. Pero ni él ni yo salimos en sendas fotos en las que sale todo quisqui, y ambas ausencias nos han llenado a los dos de melancolía.

Hablaré de lo mío, que me duele más. Hoy nos reunimos los viejos (ejem) compañeros de colegio, y durante la compleja preparación del encuentro ha circulado mucho una foto de 1979, cuando visitamos, qué cosas, precisamente, el Diario de Cádiz. Pero por más que he aumentado la imagen y repasado una a una las felices caras de los escolares que fuimos, no he dado conmigo. ¡Con las ganas que tenía de llevarle la contraria a Neruda y suspirar a pie de foto: “Nosotros, los de entonces, somos aún los mismos”!

¿Es posible que haya cambiado tanto que no me reconozca? Claro que es posible, por desgracia; pero pedí socorro y los que me recuerdan de aquellos días no me ven por ninguna parte. Las posibilidades se reducen, pues, a dos: o ya con la tierna edad de diez años huía de las fotos como de la peste (y me escondí detrás de algún compañero) o ya con diez años andaba distraído (y llegaba siempre tarde o nunca). Mi ausencia, en uno u otro caso, adquiere dimensiones —aunque proporcionalmente pequeñas— proféticas. Lo que está descartado es que no fuese a esa excursión porque estuve allí, y hasta quién sabe si el veneno del columnismo no se me inoculó aquel día, con ese olor a tinta fresca que todavía, más de veinte años después, recuerdo tan bien.

jueves, 11 de febrero de 2010

miércoles, 10 de febrero de 2010

Chestertonina

Aunque es una desgracia, por suerte Jesús Beades tiene dejada de su mano (de música) la blogosfera. Por suerte para mí y sólo por hoy, ojo. Hace unos meses escribí un artículo contra los balones en la playa, y Beades me abroncó porque no había sabido sacarle nada bueno al esférico: Chesterton le habría visto el chiste. Yo bajé la cabeza ante aquella tarjeta amarilla, y en cuanto tuve una oportunidad escribí otro artículo protestando contra los balones en la playa, sí, pero con un ánimo mucho más juguetón. Con el artículo de hoy, Beades me sacaría la roja, porque Chesterton habría dado con algo positivo (no sé, el hartazgo general de la política, la defensa de la intrahistoria y de la intimidad) a esas listas de noticias más leídas. Y yo lo habría hecho con mucho gusto de ser otras las noticias más leídas. En cualquier caso, y antes de que me lo prescriba un facultativo, voy a inyectarme uno o dos libros de Gilbert, a ver si así me subo los niveles de chestertonina, que no me vendrá nada mal, que tengo el síndrome de Erlich.

martes, 9 de febrero de 2010

El curso (de los acontecimientos)

A primera hora de la tarde, el curso de informática en el IES era un martirio transilvano. En eso estábamos de acuerdo todos los asistentes, incluido el director, que aquí era un alumno más. Pero como yo soy un hombre de recursos, me susurré encantatoriamente, a lo protagonista de La vita é bella: ahora estoy durmiendo la siesta y sueño con un curso de informática, algo así como la mariposa de Chuang-Tzu, así que cuando despierte ya no sabré si he sido el asistente en el curso de informática o el curso de informática en el sueño del asistente. Parece un cuento chino, pero os aseguro que la estrategia me ha servido a menudo en los momentos más apurados para descansar. (Mucha informática, en cambio, no se aprende.) Y estaba en esas. Lo malo es que cuando me iba quedando dormido (imaginativamente, por supuesto) me empezaba a dar lástima del ponente. Un hombre de carne y hueso, un alma de Dios, y venir yo ahora a difuminarlo en fantasmagoría, como aquel que dice, a rebajarlo a ente onírico. Eso no estaba bien. Por caridad, más que por un interés vivísimo en el programa Linux, versión Guadalinex, me mantuve firme en mi vigilia. Por motivos estrictamente ontológicos.

domingo, 7 de febrero de 2010

Estribillo

Como en las canciones que están poniendo a toda pastilla, en la fiesta te dedicas a repetir tu estribillo (“Me alegro mucho de verte--sí, hemos venido desde el Puerto--qué bien estás--¿sabes que estamos embarazados?”) a unos y a otros y a diestro y a siniestro y de frente y por la espalda: “Me alegro mucho de verte--sí, hemos venido desde el Puerto--qué bien estás--¿sabes que estamos embarazados?” Y como las canciones tontas de nuestra época, que están poniendo a toda pastilla, el hecho te llena de una efervescente felicidad (y de cierta afonía).

jueves, 4 de febrero de 2010

Tres notas en el diario

Aprovechando una Moleskine que me regaló mi cuñado en Navidad, me he puesto a llevar un diario, una contabilidad B con respecto a este blogg, cada día menos diarístico. Se trata, por tanto, de apuntar, una tras otra (y con algún ocasional comentario entre paréntesis) las actividades del día. En esas estaba, cuando de pronto me leo haciendo estas consideraciones:
1- Cuando esto lo lea otro, ¿entenderá las notas?, ¿la letra?, ¿las alusiones?
2- ¿A quién le interesarán, en todo caso?
3-Es imposible escapar a la metaliteratura. Llevo poco más de un mes escribiendo un diario estrictamente privado, pura anécdota, valga la contradicción, y ya me estoy haciendo preguntas sobre el género.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Taconazo

Lo hablo enseguida con el primer articulista que me encuentro: en el intervalo que media entre que uno manda la columna y sale publicada, pueden surgir noticias que te dejen fuera de juego. Es una agonía más que sumar a los plazos perentorios y al número exacto de caracteres (que en el de hoy, por cierto, tuve que exceder, porque me han cortado unas frasesitas y se puede ver un "y", el de "sobre todo", colgando como un pingajo). Pero no me quejo, porque a veces nos da tiempo a cambiar en el último momento, dando, digamos, un taconazo, y uno suspira aliviado. En este caso, además, si algún mérito tiene el artículo de hoy, aparte del homenaje, es el cambio en sí, precisamente.

lunes, 1 de febrero de 2010

El alma simpática

Como esa tinta juguetona, llamada simpática, que se vuelve visible cuando se la acerca a una llama, a mi alma la veo cuando la acerco a la música.

domingo, 31 de enero de 2010

El Bulli en la herida

Una paradoja hermana de la de aquellos que predican abnegadamente el egoísmo, la de mi artículo de hoy. Defiendo la calma, y lo escribí a toda pastilla, a contrarreloj. Salta a la vista: me he comido incluso algunas palabras: una "a", un "el" y hasta un "de buscar trabajo". Dije que yo soy de más apetito, y se ve que no mentía.

viernes, 29 de enero de 2010

El tachón perfecto

En el manuscrito de El libro de los gorriones Bécquer tachó una de sus rimas. Sus editores, con esa ansia profesional que les embarga, la publicaron, esta vez por suerte. Es la LXXIX, que ustedes recordarán:
Una mujer me ha envenenado el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme,
yo de ninguna de las dos me quejo.

Como el mundo es redondo, el mundo rueda.
Si mañana, rodando, este veneno
envenena a su vez, ¿por qué acusarme?
¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?

No la tachó por motivos literarios, eso está claro, creo. Es una poesía estupenda, con esa imagen rotunda del mundo que rueda porque es, valga la redundancia, redondo. Tampoco lo hizo por pudor y defensa de su intimidad dolida, estoy seguro: hay otras rimas todavía más confesionales.

Mi opinión es que Gustavo Adolfo Bécquer quiso prescindir de esta por un imperativo moral. Se dio cuenta de que justificaba una injusticia. El veneno del mal se transmite a toda velocidad y el hombre, a poco que se deje ir, se comporta como un magnífico conductor de esa electricidad negativa. Según los usos del mundo, el mal está siempre circulando: cogió impulso con el pecado original y hasta hoy. El verso del mundo redondo es, como decía, fantástico porque señala, como quien no quiere la cosa, que ese devolver el mal o, si no se puede, soltárselo al más débil es, prácticamente, una fuerza de gravedad planetaria.

Esta rima gusta especialmente a los adolescentes, y no me extraña. Ellos sufren una barbaridad de mal de amores, y ruedan luego a muchas revoluciones por ahí y, además, les apasiona exculparse, y les atraen siempre mucho unas gotas de fatalismo estoico como la de los versos 3 y 4, y, sobre todo, están integrándose en el mundo y les corre una prisa loca conocer las leyes que lo mueven. Sería bueno, sin embargo, explicarles que Bécquer renunció a ese poema, con lo que le costaría hacerlo a él, tan sensible a la buena poesía y de musa tan escasa. Y explicarles bien por qué. Bécquer no quiso admitir que el hombre no es libre. Podemos dar más de lo que nos dieron. Los versos más sublimes y limpios de la rima LXXIX son las rayas con que el autor la tachó.

jueves, 28 de enero de 2010

Palinodia

Ayer daba la cara y hoy daré la cruz del estremecimiento que me ha causado la inesperada aparición de Mes Aïeux.

Hasta hace poco he mantenido que, a pesar del tiempo que me roba para la contemplación lírica, una ventaja de mi faceta de articulista, que empezó unos meses después de la publicación de Casa propia, iba a ser que ya no hablaría de cuestiones político-sociales en mis versos. Se me harían solos y más puros. Desfogaría, por así decirlo, en mis columnas.

Sin embargo, llevo unos meses —desde que me he puesto a revisar mis poemas inéditos y a ordenarlos— con la mosca detrás de la oreja. Hay una emoción que salta a la vista en los poemas comprometidos, sobre todo cuando son políticamente incorrectos, que esa ventaja al menos llevamos ahora nosotros, como la llevó Blas de Otero en su tiempo. Y, sin ir más lejos, me he estado recitando hace poco “Santo Oficio” de Julio Martínez Mesanza y he paladeado “este placer divino de sentirse / detestado por toda la canalla”, que describió Miguel d’Ors. La canción de ayer fue la gota que desbordó el vaso. Tiene ese sabor épico de declaración a contracorriente que, ahora lo veo claro, queda muy bien en la lírica.

Y no solo por motivos extra-poéticos, ojo. Si la poesía es, entre otras cosas, la expresión de un yo, las declaraciones extremas (y no sólo extremadamente hondas o extremadamente elevadas) le vienen como anillo al dedo. Le dan un timbre de autenticidad y de personalidad, que son matices fundamentales si el verso tiene, como tiene, que emocionar.

miércoles, 27 de enero de 2010

Heureusement que dans vie certaines choses refusent de changer

Esta canción, casi un himno, de un grupo que se llama, ni más ni menos, Mes Aïeux, esto es, “Mis antepasados”, me ha causado dos hondas impresiones. Hoy os contaré la primera. A pesar de que todas las mañanas leo a Nicolás Gómez Dávila con creciente admiración y el periódico con creciente desolación, me resisto a ser un reaccionario. Mientras me dejen, seré un conservador. En la vida hay cosas que se niegan a cambiar, y aquí me tienen, celebrándolas y ayudándolas a decir “no todavía o nunca”. Y la gente, a poco que uno la escuche, es sensata y tradicional, valga la redundancia, y está aguantando admirablemente bien, dentro de lo que cabe, los embates del pensamiento-único-correcto. El gran fracaso de la derecha española es no haberse dado cuenta de nada y vivir obsesionada con el aplauso imposible de El País y con la simplicité volontaire. Por eso, una pequeña esperanza mía es mucha más democracia; y en esas estaba cuando, para darme moral, se me han aparecido Mes Aïeux. A Chesterton, of course, le habrían encantado. ¡Hasta me lo imagino bailando!

lunes, 25 de enero de 2010

Aluvial en la lluvia

Aunque no se haya notado en el blogg, porque tiré de artículos, este fin de semana he estado de retiro espiritual. En un intervalo entre chaparrones salí a tomar el fresco al jardín de la casa. Llevaba un libro de poesía que leía de pie, tan mojados estaban los bancos. Se me acercó sigilosamente un espontáneo para decirme, guiñándome un ojo, que los versos no eran lo más ortodoxo en un curso de retiro. Yo le sonreí, porque tampoco se debe hablar mucho y porque no tenía respuesta.

En mi defensa, pensé, podría argumentar que, igual que ese fin de semana seguíamos comiendo —y muy bien— y durmiendo —regular—, para mí también era una primera necesidad, prácticamente fisiológica, leer un mínimo de poesía. Pero habría sido una defensa de abogado, un tanto sofista y bastante pedante… Y la réplica entonces hubiese salido sola: “Bueno, vale, pues tráete un pequeño volumen de san Juan de la Cruz o Escrito a cada instante, de Leopoldo Panero o, por lo menos, Hombre de Dios de José María Valverde; pero no Aluvial, de Tomás Segovia”.

Viendo que me estaba haciendo un lío y que no leía, el Barbero se apresuró a cortar el nudo gordiano con estos subrayados suyos:
Todas las aves son
Aves del paraíso
*
El día ya impaciente se ha asomado
A ver si está bien puesto el mundo

*
Hay veces que el olvido es una fuerza
*
… pregunto si no será mi vida
La que podría estar
Acaso con justicia descontenta de mí.

*
Aquellos días en que cada hora
Ocupaba ella sola toda el tiempo.
*
Muchas veces por gusto
Pero por obediencia siempre
Aceptar decir bien
[…]
Lo que está a punto de pedir ser dicho.

*
Se me iba dando el mundo
Y yo con mi palabra
Todo se lo iba devolviendo siempre.

*
Y vi que no le perdonaban
Que no quisiera dominar el mundo.
[a la belleza]
*
Y me callo admirando la equidad prodigiosa
Con que este mundo cuida por igual
De todas sus minucias.

*
Y en mí, ¿cómo cabría
Esta mañana en la que cabe todo?
Cielo
Alma
Nada acaba?

*
Seguros de que toda nuestra carga
[…]
Hoy no pesa — sostiene.
*
Qué podrá ser esto que empieza ahora.
Terminé el libro cuando una campanita nos llamaba para la siguiente plática. Mientras que regresaba rápido a la casa y con cuidado de no meter el pie en ningún charco, di con la siguiente ley, o ley todavía no, con la siguiente hipótesis: “Poesía auténtica es aquella susceptible de ser llevada a la oración”.

domingo, 24 de enero de 2010

El estudiante

Empeñado en contar mi batallita, no me cupo en el artículo de hoy este soneto lopesco de Diego Reche, publicado en Ojos para las nubes, su último poemario. Y es una lástima grande, porque remata muy bien con otro aspecto (el Departamento de Orientación) que venía ya preanunciando el famoso art. 20 de la normativa de la US. Va:

................EL ESTUDIANTE

Estirarse, encogerse, estar ocioso,
enojado, en las nubes, aburrido,
llegar todos los lunes deprimido
tras un fin de semana tormentoso

Empezar los exámenes nervioso,
enamorado, triste y confundido;
no comprender por qué lo han suspendido,
si su ejercicio siempre es fabuloso.

Mezclar el curso con las vacaciones,
y mantenerse ausente hasta que acabe,
llevar chuletas en los pantalones,

y el buen orientador es esa llave
que le va atravesando evaluaciones;
el profesor que lo aprobó, lo sabe.

sábado, 23 de enero de 2010

Un príncipe o un dentista

Los dentistas son baratos. Cobran por un empaste un ojo de la cara, pero te dan de regalo una lección impagable de silencio. Ya lo conté (charlatán irredento) otra vez: mientras ellos hablan y hablan, uno replicaría esto o lo otro… si no se lo impidieran las dos manos que tiene uno metidas en la boca hasta la campanilla y los varios artilugios y la anestesia. Luego, cuando recuerdas todo lo que no has dicho, te alegras lo indecible de tu prudencia (impuesta).

De paso, he descubierto un nicho de mercado. Teniendo en cuenta las dificultades que implica llevar un monólogo mientras se concentra uno en el taladro y el único público disponible sufre, los dentistas tropiezan con serias dificultades en el noble arte de la conversación. ¿No les vendría bien un cursillo intensivo de oratoria?

A mi dentista, al menos, sí. Aprovechando mi indefensión, se refirió a la literatura como “mi hobby”. Odio eso, pero no rechisté ni mu. No pude. Aunque quizá sí percibió mi mirada de fuego, porque cambió de tercio. “Qué suerte escribir cosas tan bonitas, y no este trabajo mío tan feo”. Eso me escamó, por si lo feo no fuese su trabajo en general, sino mi boca en particular. Pero yo, burguesito muy educado, le habría contestado (ya digo, de poder): “¡Oh, no, no, qué va, tu trabajo es maravilloso!” Teniendo en cuenta mi situación de entonces, dolorida, hubiese sido decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar. Una mentira gorda, vamos. Me la ahorré.

En realidad, en esos momentos cruciales yo pensaba, precisamente, en la factura, y recordaba a aquel cantante melódico que le reconoce a su chica que ella se merece, mejor que él, a un príncipe o un dentista, aunque, para su asombro, ella se queda ahí, a su lado y el mundo le parece más amable, menos raro. Aquella canción siempre me hizo mucha gracia. (Pensar en algo que me hiciera gracia me ayudaba a mantener la boca abierta.)

Al final, charlamos un rato de tú a tú, en pie —y de pie— de igualdad. Le conté de alguien que no tenía medios para ir al dentista, y él se ofreció, sin darse importancia, a atenderle por su cuenta. “Qué gesto tan precioso te permite tu profesión”, le dije, y no mentía. “Principesco”, hubiese añadido, y sin un ápice de ironía.

viernes, 22 de enero de 2010

Cómo somos

Llegaba uno a la consulta para las primeras ecografías con el corazón en un puño. Y qué hondo suspiro cuando el médico, tras observar en un intenso silencio larguísimo los puntitos de luz parpadeante de la pantalla, concedía: todo normal.

Uf.

Pero ahora, en la ecografía del quinto mes, uno se alegra, sí, y da gracias, a medida que el ginecólogo va midiendo órganos y fémures y rellenando en su plantilla: normal, normal, normal, normal… Pero también se descubre, en honor a la verdad, un fastidio idiota a la altura de la vanidad: ¿no podría este hombre exclamar de vez en cuando extraordinario, extraordinario o qué? (Ya estoy queriendo --me detecto-- que la niña rompa todos los percentiles, con esa mentalidad de guiness de los récords de la que tanto me reía antes. No tememos arreglo los padres.)

miércoles, 20 de enero de 2010

La ateodicea es el último grito

¿Por qué esperan concretamente a los terremotos (recuérdese 1755) para plantearse tantas preguntas, tan pertinentes, por otra parte? Parece como si la sismografía para ellos no existiera, y que el terremoto se debiese directamente a un puñetazo de la mano de Dios sobre la mesa. Qué raros pensamientos en unos ateos. Tendremos que deducir, de paso, que la cantidad y el eco mediático siguen siendo el norte y guía de sus pensamientos, como si el mal de una sola víctima de cáncer o de un accidente de trabajo no clamase al cielo igual, exigiendo una respuesta al misterio del dolor y la muerte. Pero esa rabia y ese enfado con Dios y, de paso, con nosotros son naturales. Lo único que me molestaría es que fuesen retóricos, una manera de ponernos en la tesitura de resultar insensibles con los cientos de miles de víctimas. No creo, ¿no? Las víctimas de Haití no se merecerían eso. Ellas se merecen la ayuda de todos y la oración de los que recen.

domingo, 17 de enero de 2010

Stat crux

Escribir es difícil, ya lo he dicho, y se nota, y regentar un blog también. Qué de dudas cuando empezó a correr por la blogosfera la iniciativa de colgar un crucifijo en nuestras páginas para compensar los que descuelgan por ahí. La iniciativa tenía todas mis simpatías, y más porque me recordaba la jugada de Belloc, que en su casa puso un crucifijo enfrente de una entrada con la viga muy baja. La viga obligaba a todos los visitantes a inclinar la cabeza, o incluso a hacer, los más altos, una honda reverencia. Y, sin embargo, no sé si ese es mi estilo, si sé lo que es mi estilo, si existe. Sigo, pues, con mis dudas, pero hoy, que enlazo mi artículo (para nada) sobre Haití, sí que pongo una foto de allí, con el crucifijo de la Catedral, que ha permanecido en pie y ante el que me inclino.

Stat crux dum volvitur orbis.

sábado, 16 de enero de 2010

Un gesto

Estoy en la biblioteca del instituto, leyendo apaciblemente a Cecília Meireles, acompañado por seis o siete casi silenciosos alumnos. Desde fuera, alguien abre, se asoma y no encuentra a quien buscaba. Pero deja la puerta --que cierra mal-- encajada. Un alumno entonces se levanta enseguida, cruza en línea recta toda la biblioteca y, con un golpe seco y lo más cuidadoso posible, la cierra. Vuelve a sentarse. Nada más.

Ha sido un gesto profundamente civilizado, y diría, venciendo el miedo a parecer cursi, que hermoso. La biblioteca, cualquier biblioteca, tiene que tener puerta, por supuesto, y sin pestillo, pero la puerta debe estar bien cerrada.

Fue Rubén Moreno González. (Le pedí el nombre para rendirle este homenaje.)

jueves, 14 de enero de 2010

Un poema ejemplar

Y si el tiempo, pasado los cuarenta,
no juega a mi favor, qué ha de inquietarme,
igual que ayer cuando tenía veinte
me tiendo al sol y dejo que la palabra encuentre

su cauce natural. Que sea el caos,
como los astros que dibujan
en el cielo figuras mitológicas.
No me importa el fracaso, a nada temo,

vano apurar el trago, si hay algo que no haré
es violentar al tiempo, él hace su trabajo,
y como el viejo Blake nos enseñaba:

ama la eternidad.
No pienso profanar este tácito acuerdo.
La poesía, se sabe, desprecia al impaciente.

[Roberto Malatesta, Santa Fe, Argentina, 1961]

miércoles, 13 de enero de 2010

Puntos suspensivos

El punto de equilibrio lo he perdido. Todo me sale o demasiado grave o demasiado frívolo. Y así no vale.
*
Escribir mal cuesta más. Encima.
*
Correcciones: carraspeos.
*
Profesionalizarse.- Pasar de tener algo que decir a tener que decir algo.
*
Ventaja del bloqueo del escritor.- Con qué puntualidad temblona de segundero he vuelto a mis clases. Y qué agradecimiento hasta las lágrimas de mendigo [sí, de mendigo] pensar en la nómina. Y en la ingenua atención de los alumnos...
*
Leo en Qohólet, 5, 2: in multis sermonibus invenietur stultitia; y, acto seguido, en Act 18, 9: Noli timere, sed loquere et ne taceas. No sé a qué carta quedarme. La Providencia me acuna entre mis dudas.

viernes, 8 de enero de 2010

A salto de mito

De Ana Karenina me aburrieron enseguida las zozobras matrimoniales y extramatrimoniales de la protagonista. Acabé saltándome (literalmente) los pasajes adúlteros, no por puritanismo, sino por el puro placer y la impaciencia de leer las páginas felices del amor de Kitty y Levin. Placer que sólo empañaba la mala conciencia de estar leyéndome la obra maestra a salto de mito.

Últimamente, en cambio, todo me reafirma en aquella herejía mía. En La elegancia del erizo de Muriel Barbery, novela que, a pesar de su multitudinario éxito, es muy interesante, los gatos de Kakuro Ozu, personaje que encarna la esperanza y la felicidad, se llaman precisamente Kitty y Levin. Y más definitivo aún: en Troppo vero, Andrés Trapiello nos cuenta que comienza a leer la novela de Tolstoi y cómo se va convirtiendo en un firme partidario de la pareja dichosa.

Respaldado por el argumento de autoridad, yo iré más lejos. El adulterio me interesa poco en la práctica y todavía menos, si cabe, en la teoría. La gracia a los engaños no se la veo, ni la emoción específica, todo lo cual me dificulta el acceso a muchas de las grandes novelas decimonónicas, como Madame Bovary, La Regenta, Effi Briest o El primo Basilio, pero ¿qué le voy a hacer?

En las mismas estoy ante el reciente ensayo Ulises y las Sirenas. El Dilema de la Infidelidad (Ed. Paréntesis) de Jesús Cotta (Cártama, 1967, Málaga). Será muy ilustrativo, sin duda, y, con esas dosis abundantísimas de sal y, sobre todo, de pimienta que son la marca de la casa. El libro, al que esté al borde del adulterio, le vendrá de miedo, supongo. Pero yo no lo leeré. Sería como un alérgico al pulpo estudiándose el monográfico Las mil y ocho recetas de cefalópodos. Hay otros libros.

Sin ir más lejos, el filósofo Cotta es también poeta, y en su poemario A merced de los pájaros (Ed. Ecoem), aletea la felicidad por todas partes, con versos conseguidísimos de amor pleno, de amor paterno y de amistad de la buena. Lo he releído ocho veces. Y lo recomiendo vivamente; incluso a los adúlteros, que también tienen derecho a disfrutar de lo bueno, los pobres.
***

En el artículo del Semanario Alba no me cupo, pero aquí, además de que se pueden hacer enlaces y enlaces, os copio un Cotta:
...........SI AÚN TIENES UN AMIGO
...................................A José Julio Cabanillas

Si aún tienes un amigo, te aconsejo
que subáis a los montes un buen día.
No olvides llevar agua, un catalejo
y alguna confidencia. Al mediodía

descansaréis bajo los pinos viejos
y subiréis en buena compañía
a aquella cumbre que, antes, a lo lejos,
era irreal y azul. Y todavía

os quedará una tarde luminosa
para charlar un poco hasta que alumbre
Venus la noche. Y cuando esplendorosa

la luna inicie con el mar su idilio
descenderéis cantando de la cumbre
como hacen los pastores de Virgilio.

jueves, 7 de enero de 2010

Y viceverso

Cómo me gustó siempre este poema de Rimas de Luis Rosales, con su cimbreante nervio moral, tan apropiado, de paso, para comenzar un año y su cargamento de nuevos y buenos propósitos:
........................VEN CONMIGO

Se te ha olvidado andar y hay que aprenderlo
de nuevo.
.................Ven. Comienza,
ve juntando ese sol,
...................................¡alguna tarde
tenemos que nacer!
...................................Amarillean
las nubes en el cielo y no me escuchas;
vas a mi lado y tiemblas;
el pie va tras el pie como la ola
va detrás de la ola.
................................ Estás inquieta.
Se te ha olvidado andar, se te ha caído
la voz y no la encuentras,
la buscaré contigo y las palabras
vendrán.
...............Vamos a hacer la primavera,
vamos a hacer el mar poquito a poco,
la luz, la paz, la guerra,
como si no se hubiesen desprendido
ya una vez de tu voz y en ti nacieran.
¡Vamos a hacerlo todo
de nuevo!, hasta que puedas
reunir tu corazón como se hace
la firmeza del mundo con arena!

Sin embargo, si el otro día comentábamos que la biografía del poeta puede aclarar definitivamente unos versos, aquí tal vez ocurre lo contrario. Me entero por Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada (Antología comentada de la poesía lírica española, Cátedra, 2005) de que "este poema tuvo su origen en un hecho autobiográfico: una grave enfermedad de María, la mujer del poeta. A ella se dirige la voz que habla, exhortándole a recomenzar el aprendizaje de la vida: 'se te ha olividado andar...', pues 'ven'; ella no le escucha, quizá ni siquiera le oye, y camina absorta, como ausente, aunque temblorosa o inquieta. Pero lo grave es que ella ha perdido la palabra; por eso él, pacientemente, reintenta su recuperación [...]" [p. 538] Lo que ganamos de conocimiento de la intrahistoria del poema, lo perdemos de su carga simbólica, de su apuntar directamente a nuestra alma y sus titubeos interiores, y de animarnos a la remontada. A la tercera o cuarta relectura el poema vuelve de nuevo a hablarnos a nosotros, sí, pero la información produjo una interferencia, que no ayuda para nada a su halo mágico y emocional. Qué cosa tan delicada, tan frágil es un poema, incluso uno tan recio como este. Y la poesía, qué refractaria a las leyes generales, qué misterio.

martes, 5 de enero de 2010

Commercial Harm

Después de toda la tarde dando vueltas en el centro comercial, nos íbamos por fin. Pero notamos algo extraño. Nos volvimos y miramos a través de los escaparates. Lo que se asemejaba a un violento caos seguía desarrollándose allí. Había gritos, músicas atronadoras, afiladas miradas a los espejos de los probadores, discusiones, prisas, pagos y larguísimas colas de espera. Lo extraño era que eran todos iguales. Desde detrás de los escaparates mirábamos de las personas a los maniquís, y de los maniquís a las personas, y de las personas a los maniquís de nuevo; pero resultaba imposible decir quién era qué.

lunes, 4 de enero de 2010

Aclaración

Uno de mis 10 propósitos para el 10, es no contar ni una mentira en todo el año. Hoy es día cuatro y llevo dos. Me cuesta mucho quitarle la razón al prójimo y, llevado de mi querencia a la suavidad, soy capaz de decirle que sí a sus equivocaciones más tontas o hacerme el sordo o incluso alimentar un malentendido si evito de esa manera un conflicto. Resulta inquietante comprobar que, cuando uno se pone político, miente, irremediablemente. “Par délicatesse / J'ai perdu ma vie” podría ser el lema que campase en la puerta de mi infierno. Pero he dicho basta: seré más basto. Así que voy a confesar, para empezar, o para recomenzar, que en el artículo de ayer os colé una mentirijilla (la nº 2) cuando afirmé que Salinas se equivocó en sus famosos versos: “Cómo quisiera ser/ eso que yo te doy/ y no quien te lo da”. Salinas (que se me apareció anoche muy repeinado, con un traje de corte impecable, con sombrero, con su cara alargada, alargada además porque la traía muy larga) sabía perfectamente lo que se decía. Recordemos (y esto fue lo que yo no quise recordar) que los versos aquellos se los escribía a una amante. Por eso dice “eso que te doy” y no “esto”, porque hay una distancia, y por eso el exclamativo deseo: “Cómo quisiera”, y luego el sueño vago de darse. En un matrimonio la realidad de la entrega… ¡está tan clara! Insistir es una redundancia. La poesía está llena de matices: ese es su encanto. Yo no quise meterme, como nunca quiero, en la vida íntima de los demás, pero a menudo, para entender bien un poema, no queda otro remedio.

domingo, 3 de enero de 2010

Esperando a los Reyes

Gasto una ilusión que no me conocía. Deseo fervientemente que vengan los Reyes por la devoción que les tengo, pero no me apetecen cosas como otros años. No he pedido nada de nada, no he podido, y salir de compras me está costando más que nunca. Dando vueltas por casa en estos días de lluvia, he visto libros que me trajeron el año pasado y que no he tenido tiempo de leer en doce meses y otros regalos que apenas asomaron del paquete. Se siente empacho. Pero el mérito de este anticonsumismo no es mío, sino de Carmencita, que también viene por los arenales, aunque con un paso más lento, tan chiquitita es. No queremos nada porque estamos colmados. Teniendo en cuenta que todos los años anteriores esperé con enorme ansiedad tal o cual aparato o cosita, se ve que esta alegría de ahora, tan honda y rebosante, es inédita. Y a los Reyes se la pido para todos vosotros.

viernes, 1 de enero de 2010

Feliz 10 (vuelta)

La Tierra, reloj de arena;
y esta ilusión
un poco
tétri-
ca
o un
poco infantil*
de que a cada vuelta
vuelva a empezar el tiempo.
* Los relojes de arena siempre están vacilando, ¿los habéis visto?, entre ponerse a hacer un huevo duro o posar para un grabado de la Muerte. ¡Escojamos para el nuevo año el vitalista huevo duro!