jueves, 10 de marzo de 2011

La eternidad que anhela ha comenzado

Sale G. K. Chesterton, mi amigo, de W. R. Titterton, que me ha tenido ocupado en los últimos meses, como me quejé aquí. Reclamé ayuda allá. Mencioné acá. Y transcribí un himnillo acullá.

Titterton es un perfecto desconocido. Normal: se pasó la vida detrás de Chesterton, como segundo de a bordo de varias empresas suyas, y detrás de Chesterton es difícil que pueda verte nadie. De remate, murió el 22 de noviembre de 1963, el mismo día que asesinaron a John F. Kennedy, y en el que murieron, nada menos, que C. S. Lewis y Aldous Huxley. Su humildad (palpable en las páginas de su libro) y su tendencia a ocupar el segundo plano fueron quizá un poco exageradas ese último día.

Para que conste que éste no es un artículo blog spot publicitario, advertiré enseguida a todos que se trata de un libro indispensable exclusivamente para chestermaniáticos. Los chestertófilos pueden releer Ortodoxia, tranquilamente. Y para dejarlo más claro aún, paso a recortar y pegar los momentos estelares que recorto y pego en mi prólogo:

Titterton, que suele hacer gala de un magnífico humor, se enfada de la fama de bebedor pantagruélico que le han echado encima a su amigo. Consigue, arrastrado por la indignación, una de las frases más encendidas, con una comparación más brillante, de todo el libro: “No entendían el hecho, muy sencillo, de que era un gran bebedor igual que Robert Browning era un gran amante, y Don Juan y Lord Byron no lo eran”.

A la vez, porque lo cortés no quita lo valiente, cuenta varias chispeantes anécdotas tabernarias […] En ese ambiente, da Titterton con una imagen inolvidable. Describiendo al Chesterton que gustaba de tomarse una cerveza, observa: “Si está con un amigo, la eternidad que anhela ha comenzado”.

[…]

Se hacen muy pocas menciones al catolicismo, lo que puede sorprender en un converso como Titterton y que lo fue, en buena medida, por el influjo de Chesterton. Se trata, supongo, de la discreción inglesa. Pero también de la confianza en la unidad de vida: el Chesterton público era éste, hablando de sus ideas políticas. Y de su amor a Inglaterra: qué emoción épica cuando, para describir la grave alegría de la entrada de su país en la primera guerra mundial, Titterton escribe esta frase impresionante: “Y el milagro de encontrar a Inglaterra en el bando correcto era lo mejor que nos había pasado en cuatrocientos años”. Y hablando y escribiendo de trivialidades, minucias y frivolidades, porque como GKC decía: “Puritano era sinónimo de hombre cuya mente no tenía vacaciones… Es imposible estar serio trescientos años… En los templos eternos tiene que haber frivolidad. Es necesario estar cómodo en Sión, a menos que se esté de visita fugaz”. Mientras Chesterton hablaba de cualquier cosa, el catolicismo lo sostenía todo por debajo, y allí, debajo, lo ha dejado Titterton. Aunque pudorosamente nos hace alguna mención que no se nos debería pasar por alto, como cuando declara su convencimiento de que Chesterton tenía —susurra— la visión continua de la divinidad propia de los santos.

No se piense, sin embargo, que el libro rehúye lo más hondo. Con qué impresión se lee el rechazo de Chesterton a “su gran tentación”. G.K.C., según sus propias palabras, pudo ser un hereje. Pudo afincarse en la parcela de la verdad que más iba con su carácter y convertirla en un absoluto indiscutible. Esa verdad suya era la felicidad y la acción de gracias permanente. Y hubiese tenido muchos discípulos, como de hecho empezó a tenerlos. Pero abjuró de su herejía en cuanto comprendió que el mundo no es Dios, que no todo merece una celebración y que, junto al “Hágase tu voluntad”, hay que entonar a renglón seguido el “Y líbranos del mal”. Perdió sus discípulos. O convenció a sus seguidores para que le soltasen. Cayó entonces muy suavemente, dijo, sobre una roca; sobre la Iglesia. Por eso, ahora los discípulos de Chesterton no lo son suyos exactamente, sino cristianos. En rigor, nos viene a decir, no puede haber chestertonianos. Lean, pues, con mucha atención ese pasaje. No conozco una muestra más desnuda y directa de la humildad y la grandeza de Gilbert Keith Chesterton.

miércoles, 9 de marzo de 2011

El golpe de la ceniza me ha aturdido un tanto

Me temo. Y es que ya es el quinto artículo sobre este día. Como expliqué el año pasado la casualidad -que no existe- ha querido que yo escriba los miércoles, lo que conlleva que los Miércoles de Ceniza, como su propio nombre indica, me toque artículo. Cuando las fechas son fijas, el calendario da vueltas como una ruleta: el día del mes rueda entre los de la semana y permite un juego de perspectivas diversas. Véase la Nochebuena: un año es la víspera la que cae en miércoles, y hablo de la ilusión; otro, el mismísimo 24 de diciembre, y lo celebro; y otro, la Navidad, y entonces no escribo porque el 25 no hay periódicos. Sin embargo, de la ceniza no me libro nunca.

Podría mirar hacia otro lado, por supuesto, pero uno debe hacer honor a su rol de columnista católico, y prestar a los hitos de la liturgia la atención que merecen. Así, poco a poco, voy reuniendo una colección de columnas cuaresmales. Dentro de cincuenta años, podré publicar un monográfico sobre este día de llamada universal a la penitencia y al arrepentimiento. No será mi libro más alegre; aunque nunca se sabe, porque la conversión es la cruz cuya cara es la esperanza. En el de este año, de hecho, se me ha ido la mano con la alegría.

martes, 8 de marzo de 2011

Ante otro aforismo idiota

Un aforismo idiota pertenece, como los poemas malos, a ese tipo de entes fantasmagóricos en los que se funden dos características asombrosas: son, por un lado, completamente imposibles y, por otro, se los encuentra uno cada dos por tres. Y, a veces, entre sus papeles.

lunes, 7 de marzo de 2011

El tesoro de la memoria






[Entrevista en La Voz de Cádiz, hace cinco años]





A los 92 años, que no representa, Leonor Gómez es la dulzura, la prudencia y la amabilidad en persona. Su prodigiosa memoria guarda el testimonio de un tiempo que no está cronológicamente tan lejos como parece si atendemos al gran cambio que han experimentado las estructuras sociales, los usos y costumbres, la educación, la sociabilidad y tantas otras cosas. En el encanto de Leonor, en sus maneras tan educadas como cordiales, en su acento un poco andaluz, pero no demasiado, incluso en su forma de expresarse, tan rigurosamente correcta, se ven claros los ecos del testimonio de su vida y del tiempo al que pertenece su formación. Cuando en un Cádiz «limpísimo», como ella recuerda, la gente de toda condición compartía un común estilo refinado, dice, elegante, singular sin duda en relación con la estructura de clases de la época y de la Baja Andalucía; producto todavía de un medio cosmopolita, ilustrado, de una ciudad atenta al mundo, abierta a las novedades que venían del extranjero. Una clase de Cádiz, un Cádiz con clase, sin chauvinismos, que aún se puede rastrear en muchos gaditanos, a quienes correspondería, digo yo, hacer algo por reivindicarlo y reinstaurarlo, en contra de la ola de abandono, suciedad, malos modos, de la que todos, por otra parte, nos quejamos. Leonor Gómez nos regala con sus recuerdos valiosos fragmentos de la vida cotidiana del Cádiz de buena parte del siglo XX. Ha sido un placer.
LALIA GLEZ-SANTIAGO

-¿Cómo era la ciudad que usted recuerda?
-El Cádiz de entonces era una preciosidad, una gente educadísima, todos nos conocíamos, nos saludábamos por la calle, todo limpio, limpísimo. Lo pasábamos muy bien, la vida era muy tranquila.

-¿Cómo fue su infancia?
-Íbamos al colegio a Gibraltar, porque mi padre había sido educado en Inglaterra y era muy inglés. Estuvimos seis años en Gibraltar y luego nos mandaron a Inglaterra. Íbamos al Tenis, al Hotel Atlántico, donde había tres orquestas todo el verano, las de Casablanca, de Pasapoga, paraba una, tocaba la otra, y venía a veranear lo mejor de Madrid. Cádiz era un sitio elegantísimo, tranquilísimo. Todo el mundo era educado, todos.

-¿Cómo era la sociedad de entonces?
-Había habido grandes fortunas y los que morían sin hijos eran benefactores: el Hospital Mora lo construyó José Moreno de Mora que trajo un arquitecto de París muy relevante entonces. Hizo también una casita preciosa que era el Sanatorio Madre de Dios, a donde mandaban a reponerse a los niños endeblitos que estaban en la Casa Cuna. Yo me acuerdo que de pequeña íbamos allí a ver a los niños. Tenía un jardín muy bonito. En Puerta de Tierra lo que había era muchísimas huertas, muy poquitas casas. Y la verdura era buenísima, unas alcachofas, alcauciles, como nosotros le decimos, estupendos. Mi tía Elena tenía vacas en La Laguna. Todo aquello lleno de vacas.

-Y eran muy cosmopolitas, viajaban desde jóvenes ¿no?
-Cuando terminé el colegio, en el año 30, salía todos los veranos al extranjero, con la suerte de que conocí toda Europa antes de la II Guerra Mundial. Recuerdo Yugoslavia, las mujeres con los trajes típicos en el campo, los gansos en la carretera.

-¿Eran, además de turismo, viajes formativos?
-Mi tío era muy culto, me llevaba a los museos, a la ópera, a todos los festivales de Wagner, ¡que me aburrían! ¡Con 17 años oír Parsifal! Yo ya no sabía qué hacer con los pies. Pero terminó gustándome Wagner.

-¿Cómo era el ambiente de la ciudad?
-Las niñas no estudiábamos carreras, pero sí idiomas, inglés, francés, y piano, pintura, para lo que se tuviera disposición. Una hermana mía tocaba el violín, y otra el piano, otra dibujaba. Salíamos por la mañana, íbamos a misa, después al Tenis. No se podía ir a la calle con la cabeza descubierta. Por la tarde, sombrero. Volvíamos al Tenis otra vez por la tarde, a casa de las amigas, las Báez, Mary Poole, Mari Pepa Samalea, un montón de niñas.

-¿Dónde vivía?
-Vivíamos en la Alameda, en una casa muy bonita, una de las más antiguas de Cádiz. Éramos diez hermanos, una casa alegre. Comíamos todos juntos en el comedor, las comidas eran sagradas, tocaban un gong y todos teníamos que estar bien vestidos y peinados y comer derechos, sin poner los codos en la mesa lo mismo que ahora. No hablábamos más que cuando nos preguntaban.

-¿Cómo fue su educación?
-Nos educaron muy a la inglesa. Teníamos institutrices en casa, inglesas, aunque la de mis hermanas pequeñas fue alemana, y una española de Valladolid para que aprendiéramos a hablar correctamente castellano. Mi padre era muy aficionado a la música y compuso varias misas, que se cantaban el día de Santa Cecilia, en la iglesia de San Francisco. Cuando mi hermano Carlos hizo la primera comunión también se tocó la misa de papá. Por la tarde venían a casa algunos chicos y chicas y sacaban una botella de vino y se tomaba una copita pequeña, no lo que se bebe ahora. Jugábamos al billar. Estábamos muy vigilados. Mi madre siempre estaba con mi padre, pero teníamos una señora que nos acompañaba. Éramos tres o cuatro, cada una se sentaba en un rincón del salón con el novio, y en el centro la señora con un libro y si el novio se acercaba un poquito más, a la señora le daba un ataque de tos. Un día hubo un apagón y cuando se encendió la luz apareció la doña sentada en medio de los novios.

-¿Cómo vivió la guerra civil?
-La guerra no la pasé aquí, me cogió fuera y no volví hasta el año 38.Viajaba por toda Europa, pero echaba de menos Cádiz. Y Chiclana. Teníamos una casa muy bonita, grande, que había sido del marqués del Retortillo y entonces era de mi tío Luis Gómez Aramburu. Allí pasamos los días más felices, ¡cómo echaba de menos Chiclana! Cada uno de los primos tenía un departamento, los Martínez del Cerro, nosotros los Gómez, Ángel Picardo tenía su cuarto. Ángel Picardo Blázquez era anticuario. Por sus manos pasaron goyas, velázquez, cogió una época que era una maravilla y venían los anticuarios de Munich a comprarle.

-¿Por qué ha habido tantas antigüedades siempre en Cádiz?
-Los que se casaban en el XIX en vez de comprar los muebles en Valencia, o donde fuera, los traían de Londres, de puerta a puerta, del muelle de Londres al muelle de Cádiz. Era más fácil. Por eso hay tanto mueble inglés en Cádiz.

-¿Y de Cuba?
-La madera, las vigas de las casas, que venían de lastre en los barcos, y el mármol de Génova, también. Por los pueblos había maravillas. Cuando se casaba alguna de las muchachas que trabajaban en las casas de las familias gaditanas les regalaban el cuarto. Cuando ellas se hartaban de los muebles los vendían. Había piezas estupendas, chippendale, de los mejores estilos, porque el mueble inglés se adapta muy bien al estilo andaluz.

-Su abuelo, José Esteban Gómez, estaba casado con Luisa, hermana de Micaela Aramburu.
-Recuerdo que nos llevaron a ver a la tía Micaela. Era muy viejecita, muy cuidada, con el pelo blanco, ondulado, vestida de negro, muy sobrio pero muy elegante. Estaban en plena tertulia y ella en un rinconcito, creo que en una silla de ruedas. Se había quedado ciega y nos tocaba la cara cuando le decían quiénes éramos. Fue una de las grandes benefactoras de la ciudad, junto con su marido, José Moreno de Mora. No sólo hizo el hospital de Mora, sino también otros pequeños hospitales por muchos pueblos de la provincia. Todos ellos tienen una calle o una plaza Moreno de Mora, en agradecimiento.

-¿Qué le ha parecido el legado de Carmen Martínez de Pinillos al Museo? 
-A mí me parece que se ha portado como una gaditana estupenda. Todos los gaditanos que tenían grandes fortunas y no tenían hijos hicieron grandes cosas por la ciudad, como Ana de Viya o Elias Ahuja.

-Y hace poco también, Micaela Aramburu.
-Mi prima Micaela era una amiga maravillosa, la echo mucho de menos, hablábamos a diario. El cuadro de Zuloaga que donó al Museo es precioso.

-¿Cómo era Carmen Martínez de Pinillos?
-Carmen Martínez de Pinillos era simpática, inteligente, tenía gracia. Escribía muy bien. La donación de su casa al Museo significa que su legado va a ser para Cádiz.

-Cuénteme de José Villar, su marido, un médico que tuvo una larga dedicación y a quien aún mucha gente recuerda bien.
-Era un hombre cultísimo, tenía una biblioteca inmensa, que repartí a su muerte. Los libros de medicina los tiene mi nieto Jaime, que va a ser un médico tan bueno y tan humano como su abuelo, y los demás se los dividieron dos de mis hijas. Cuando llegó la mudanza a Madrid les preguntaban si iban a poner una tienda de libros. Pepe tenía relaciones con todos los grandes médicos de su época, con Severo Ochoa, Grande Covián. Era muy amigo de Laín Entralgo, que venía a Cádiz todos los veranos; de Américo Castro, a quien acompañó ya muy mayor, de visita a Véjer. Conocía a Marañón, a Jiménez Díaz.

-¿Quiénes fueron sus maestros?
-Él fue adjunto de Rodrigo Lavín. Estuvo 20 años encargado de la cátedra de fisiología, y unos años en piel. Siempre en Cádiz, aunque sus amigos se lo querían llevar para Madrid. Obtuvo muchas condecoraciones, algunas extranjeras, brasileña, argentina, venezolana, y poseía la más alta que da la Marina de Estados Unidos a los civiles. El día que se la dieron fue el infante de Sanlúcar, el gobernador, alcaldes, había formado la Infantería de Marina… Le dije: «Pepe, me siento como el día de mi boda». Y él me respondió: «y yo me siento como Glenn», porque fue el día que Glenn volvió de la Luna.

-¿Qué queda de todo aquello?
-Cádiz ha cambiado mucho, no quiero ofender a nadie. Entonces la gente era finísima, la gente del pueblo. Las mujeres parecían señoras, cómo hablaban, cómo vestían, cómo se comportaban. Era un refinamiento que no había ni en Madrid. En su mayor parte eran comerciantes, no había apenas nobleza.

-¿Es cierto que era un espíritu más liberal que en otras ciudades de su entorno?
-Uno de mis tíos, hermano de mi padre, era jefe del Partido Liberal y otro del Conservador. La mitad del siglo XIX Cádiz fue gobernada por los Gómez Aramburu. Cuando no era uno era otro. Una vez hasta se dieron un bastonazo por la calle. Aunque se querían mucho.

-¿Y el ambiente cultural?
-Había cine de verano, también teatro de verano, en la plaza de España, cuando no estaba terminado el monumento, donde representaban obras de Muñoz Seca, los Quintero. Nos reíamos muchísimo. Quedaba aún alguna tertulia, en casa de mi tío Luis, donde se hablaba de todo, pero no de una manera profunda.

-¿Y la postguerra?
-Cuando volví en el 38, llamé a doña Consuelo, que era la señora que nos acompañaba, para ir a misa y salieron mis hermanas diciéndome: "¡ahora salimos solas, ahora salimos solas! Y sin sombreros".

-¿Cómo cambió la ciudad?
-Durante la guerra vino a Cádiz gente de toda España. Por ejemplo, se llenó de nobleza catalana. El comercio era muy bueno. Preguntabas cuánto es y decían: «aquí no hay prisa»... ya mandarían la cuenta.

-¿Cuáles eran los mejores?
-Había uno en la calle Ancha que se llamaba Tobías, quizás fuera de origen judío. Era un señor muy fino, muy bien vestido, con unos lentecitos, que te salía a despedir a la puerta, y cuando llegabas te ponía una silla y enseñaba todas las piezas de tela para que escogieras. También estaba Domínguez, en la plaza del Palillero. Allí estaba la única mujer dependienta de todas las tiendas de Cádiz. Se llamaba de apellido Gomila, era listísima.

-¿Que recuerda de la posguerra?
-Muchísima hambre. Es que no había comida. A nosotros delante de una revista americana viendo un jamón se nos caían dos lágrimas. No había café, no había pan, ni arroz. Cuando pidieron a mi hermana Isabel, que se casó con el duque de Peñaranda, vino doña Sol, la hermana del duque de Alba, y mi madre mandó con 300 pesetas de aquella época a que buscaran café, y no lo encontraron. Volvieron con las 300 pesetas. Consiguió pan blanco de una estraperlista, de las que iban con unos grandes bolsillos donde escondían las cosas, y dijo doña Sol: «¡Pan blanco!»

-¿Recuerda que llegaran refugiados?
-Vinieron muchos jóvenes judíos. ¡Cómo los atendimos! Nos señalamos mucho durante la guerra, porque todo Cádiz era germanófilo y mi padre y Pepe eran anglófilos. Vino el gobernador de Gibraltar a Cádiz, le dieron una cena en el Hotel Atlántico y no fue nadie más que las autoridades, que tenían que ir, Micaela Aramburu, mi padre, Pepe y yo. Cuando cayó un avión en Chiclana, en la huerta de las Bolas, que era de los Lacave, fuimos a socorrerlo, estaban allí los pilotos quemando unos mapas, y los llevamos al Retortillo, donde los recogió el cónsul inglés.

-¿Cómo eran los refugiados?
-Eran banqueros y gente muy bien que quisieron sacar a sus hijos de Alemania, y algunos de Italia. Iban camino de América y partieron en unos barcos que se llamaban Avemar y Montemar, en unas condiciones malísimas, y les cobraron un dineral. Recuerdo uno, muy joven y guapo que se llamaba Nicky Voguel, de la familia editora de la revista Vogue. Se enamoró de mi hermana Aurora. Quería ser artista de cine. Tenían su propia orquesta, tocaron aquí por primera vez el booguie-booguie.

-¿Recuerda que vinieran nazis?
-Cuando una vez vinieron las Juventudes Hitlerianas a Capitanía, nos invitó la mujer del almirante, que era cuñada de la mujer de mi tío Juanelo, y mi padre no quiso que fuéramos…, pero no hablemos de política.

-¿Y el Carnaval?
-Nos sentábamos en la calle Ancha y veíamos pasar el Carnaval, y las chirigotas, que decían muchas verdulerías, pero ninguna palabra malsonante.

Tres del Ies

REMINISCENCIA

El alumno que en el exámen óral o a una pregunta de clase te contesta: "No me acuerdo" cuando, en realidad, no ha estudiado, no te está mintiendo, no. Es platónico.
***
PALABRA DE DIOS


Los inspectores de educación reúnen a unos cuantos profesores para explicarnos el nuevo sistema de evaluaciones. Desde el principio, me llama la atención el temor reverencial que muestran hacia los decretos y órdenes. El catolicismo —me distraigo, como un mal alumno— presenta una firme resistencia al positivismo jurídico. Por su propia legislación positiva y, sobre todo, por su defensa cerrada del derecho natural. La reforma protestante al crear iglesias nacionales, cuyas cabezas ostentan también el poder civil, sentó las bases de un férreo formalismo forense, que los totalitarismos laicos explotarían y explotan al máximo… “¡Me he ido demasiado lejos!”, me recrimino a mí mismo. Vuelvo a atender, con renovada aplicación. Y justo entonces el señor inspector está clamando: “… porque el Boletín Oficial es palabra de Dios”. 

***
DONDE DIJE DIGO

La profesora de literatura me pidió que diese una charla sobre Baudelaire a los de segundo de bachillerato. Allí me encontré a mis conocidas de los pelos de colores. Y la normal que dije, ¡qué lista! Hizo unas preguntas finísimas, tuvo unas intervenciones sorprendentes, unos silencios atentísimos, unas sonrisas de complicidad impagables y hasta me llevaba la contraria cuando era necesario con tanto afán de verdad que ni me escocía el amor propio. La inteligencia es, entre otras cosas, un elemento esencial del atractivo. No veo ya diferencias entre ellas.

sábado, 5 de marzo de 2011

Recibimiento


La camisa de rayas la compré ayer en Madrid, y también tiene su historia. 

Efectos colaterales

La prohibición de fumar habrá quitado muchos humos, pero levanta densas polvaredas. Ya se han vertido ríos de tinta sobre las consecuencias económicas en el sector servicios. También se bromea sobre el smirting (mixto de smoking y de flirting), que es la nueva modalidad de ligar, en la puerta de los locales, aprovechando el relativo silencio, la separación de los cerrados grupos de amigos, la luz de la luna o de la farola, que hace las veces, y sobre todo la excitante complicidad en lo prohibido. Pero todavía no he leído a nadie comentar que los mendigos colilleros encuentran ahora cigarros casi intactos, pues la gente que no practica el smirting sale, calma el ansia en dos caladas y vuelve a entrar rápidamente. No lo he leído, pero lo he visto con mis propios ojos en Madrid, y me alegro del regocijo humilde de los mendigos.

jueves, 3 de marzo de 2011

Un poema de Cecília Meireles para Leonor Gómez, abuela de Leonor, que murió esta madrugada

VIGILIA



El compañero ha muerto, y cómo

todos nosotros morimos

un poco.



El valor de nuestras lágrimas

por el que perdió la vida

es nada.



Amarlo, en esta tristeza,

es suspiro en una selva

inmensa.



Sólo la fidelidad

al compañero perdido.

¿Y qué más?



Dejarnos morir un poco

por aquel que estamos viendo

todo muerto.

Plinio revisitado (y 2)

Esta entrada es una autocorrección. Hablé de reciclaje, porque me pudo la dichosa ansia de ser ingenioso. En realidad, es todo mucho más elemental, inmediato, sensitivo y delicioso, bastante menos medio ambiental:
No hay libro malo
que no tenga algo bueno:
el placer de cerrarlo.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Dos caras

¿La llamada ampliación de los derechos sociales y los recortes de las libertades individuales son dos caras de la misma moneda o es simple casualidad que ZP esté dedicado a ambos? Esa es la cuestión de calado. Y no contesto a ella --se me ha escapado-- en el artículo.

martes, 1 de marzo de 2011

Uriarte y el arte de los juegos de palabras

"Siempre me ha parecido que los juegos de palabras hacen parecer más listos a los tontos y más tontos a los listos", apunta Uriarte en la pág. 24 de su delicioso Diarios. La observación es exacta, aunque a uno le deja la duda de si le conviene usarlos o no. Por si acaso, de vez en cuando…

lunes, 28 de febrero de 2011

Piso de soltero


Ésta es la nevera de la casa del amigo que amablemente nos había invitado a cenar el viernes. No hay truco ni cartón (de huevos). La entrada del piso daba a la cocina, justo frente a la nevera, y no pude resistir la tentación fotográfica (no había otras).  Lo bueno es que era un piso de soltero con todas las de la ley y la cena se la había traído de casa de su madre. Uf. Um.

domingo, 27 de febrero de 2011

La soledad del sprinter

Tras su preciosa presentación, ya puede permitirse José Cereijo espachurrarme una chincheta. Para excusar el artículo de hoy, escrito a contrarreloj, le confesé un aforismo que llevaba tiempo pensando: "El drama del columnista: ser un corredor de fondo mientras que tus lectores te consideran un velocista". Respuesta de Cereijo: "Aunque el sprinter tenga que correr 50 m cada dos por tres, la suma no le convierte en un maratoniano". Y tiene razón. Lo terrible, como habrán supuesto, no es haber perdido una chincheta, sino una disculpa.

viernes, 25 de febrero de 2011

Malabarismos con un limón

Mi hija encuentra divertidísimo que yo haga malabarismos con un limón. O sea, que me lo pase, haciendo una grácil parábola, de una mano a otra mientras digo “ta-ta-ta-chán”. Con sus cuatro dientecillos, se ríe a mandíbula batiente y mueve los brazos, queriendo aplaudir. Y a mí me parece muy bien, no sólo porque es muy probable que yo no pueda hacerle malabarismos con más limones —con dos ya me liaría—, sino porque es imposible que exista un más difícil todavía. El amarillo perfumado de un limón, como una gota de sol solidificada, la fuerza de la gravedad, un padre que grita “¡ta-ta-ta-chán!” y, sobre todo, una hija que lo mira, ¿no es un truco de Magia y Malabarismo alucinante? ¿Quién lo ha hecho todo así de maravilloso? Si no estuviese malabarismeando, yo también aplaudiría.

martes, 22 de febrero de 2011

El divino paciente

He sacado de la biblioteca pública el primer tomo de las obras completas de don José María Pemán, 900 páginas exactas dedicadas a sus artículos de prensa. Ya no llevan los volúmenes aquella ficha con los nombres y las firmas de anteriores prestatarios. Se entiende (porque era una intromisión en la intimidad impresionante), pero hemos perdido un encanto cotilla —recuérdese que vivo en un pueblo— y, a veces, una emoción imborrable. De todas maneras, tampoco están mal las fechas, que siguen ahí, estampadas, y que dan su juego. En este tomo de Pemán son las siguientes: 20-12-1984, 3-12-1985, 9-5-1986, 4-11-1997 y 21-3-2011, que es cuando tengo que devolverlo yo. A alguien le parecerá deprimente que el libro se haya pasado catorce años en la estantería esperando que lo saquen, y eso que no sabe que casi seguro fui yo el que lo pidió prestado en el 97. Recuerdo muy bien que leí este mismo libro, y, aunque también pude hacerlo en el 86, entonces estaba más pendiente del windsurf. Sin embargo, a mí esos catorce años o veinticinco me parecen preciosos, como si la cultura fuese esa larga espera y ese silencio hondo.

lunes, 21 de febrero de 2011

Pelos de colores

[Hoy pensaba hacer un (blog) spot publicitario y anunciar mi presentación madrileña. La inagotable generosidad de CB me permite fingir indiferencia y seguir con lo mío, que son los pelos de colores. Muchas gracias.]

Me cruzo todos los días con dos adolescentes. Hace poco las dos han decidido pintarse al unísono el pelo de un color naranja, casi rojo, pero raro, porque uno juraría que da reflejos semi azules. Hasta ahí todo normal (dentro de lo que cabe). Lo curioso es que a una de las chicas ese pelo le queda bastante gracioso, pues ya se sabe que la primera juventud lo aguanta casi todo. En la otra, sin embargo, el resultado da pena. Ésta es particularmente guapa y uno lamenta (aunque jamás se lo diré) que no se dejase a sí misma como estaba. No lo cuento por cotillear. Más allá de la anécdota, hay toda una lección de estética: los adornos y las extravagancias tapan y distraen. Eso, a veces va más o menos bien, a veces —en los mejores casos— muy mal.

domingo, 20 de febrero de 2011

Sosillo

El artículo de hoy me ha salido sosito. Podría decir para excusarme que es un tema bastante serio, pero no: los temas más serios han de tener más gracia. Me salió soso y punto. Mas si os anima un poco a la insumisión, yo me doy con un canto en los dientes.

sábado, 19 de febrero de 2011

viernes, 18 de febrero de 2011

La crítica

Jesucristo es tan perfecto hombre que hasta quiso disfrutar de algo tan humano como una buena crítica, Él que no las necesitaba. Ocurre en Marcos 12, 32. Preguntado por el mandamiento más importante, contesta Jesús, como sabemos de sobra (en teoría, quiero decir), que amar a Dios sobre todo y al prójimo como a uno mismo. Entonces va y se arranca un escriba que exclama: “¡Bien, Maestro!” y luego, exactamente como un crítico profesional, dictamina: “Has dicho bien” y repite entonces palabra por palabra, que es lo que hacemos los críticos en las reseñas, lo que dijo el Maestro. Aunque no tenía en alta estima a los escribas, a Jesús le alegró mucho esa buena reseña y la honradez intelectual del que la hizo. “No estás lejos del Reino de los Cielos”, se la agradeció, nada menos.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Lighea

Documentándome para escribir el artículo de hoy, leí "Lighea" de Lampedusa. No disfrutaba tanto con la literatura desde hacía muchísimo tiempo --tres días para ser exactos, pues el domingo leí "La veneciana" de Nabókov--. Si no han leído alguno de estos dos cuentos, pasen rápido por la página del Diario, voten mi artículo por caridad, y vayan volando a esos cuentos magistrales por egoísmo (bien entendido).

El barbero no se ha resistido a hacer lo suyo con el relato de Lampedusa, aunque esto, evidentemente y por suerte para ustedes, no les dispensa de leer el original. Va:
[Paolo Corbera di Salina, tras una ruptura con una amante] Nunca la volví a ver, como tampoco he vuelto a ver un “pullover” de cachemira negro que me había costado un ojo de la cara y que tenía el funesto mérito de servir tanto a hombres como a mujeres. […] Mi sicilianísimo amor propio estaba humillado.
[Conoce a un viejo profesor] El nombre decía mucho aun a mi pobre cultura periodística […] Al día siguiente, en el periódico, hurgué en ese singular archivo que contiene las necrologías que están en “espera” […] Es inútil negarlo: nosotros los italianos, hijos (o padres) de primeras nupcias del Renacimiento, estimamos al Gran Humanista superior a cualquiera otro ser humano. La posibilidad de hallarme en cotidiana proximidad del más alto representante de esta delicada sabiduría, casi necromántica y poco redituable, me halagaba y turbaba a la vez; sentía la misma sensación de un joven estadounidense que fuera presentado al señor Gillette: temor, respeto y una forma particular de no innoble envidia. […] El orgullo, si está bien, es preferible a la falsa modestia.
[Habla el profesor] «Paolo... Eres afortunado por llamarte como el  único apóstol que tenía un poco de cultura y una pasada de buenas letras. Girolano habría estado mejor»[Al enterarse de que es un Corbera de Salina] «Bien, bien. Tengo una alta  consideración por las viejas familias. Poseen una memoria, minúscula, es verdad, pero en todo caso mayor a las otras».
 [Y esa alusión a sus alumnos que] "por un instante son jóvenes" 
[Cuenta Paolo] Se obstinó en pagarme el espresso, no sin manifestar su singular rudeza («Ya se sabe, estos muchachos de buena familia no tienen un centavo en la bolsa») […] También continuaba escupiendo. […] Me atreví a preguntarle porqué no se hacía curar ese insistente catarro […] «Pero, querido Corbera, yo no tengo ningún catarro. Tú que observas todo con tanto cuidado debiste notar que no toso nunca antes de escupir. Mis escupitajos no son signos de enfermedad, sino de salud mental: escupo por el disgusto que me provocan las estupideces que voy leyendo; si quieres tomarte el trabajo de examinar ese trasto (y señalaba la escupidera) notarás que contiene muy poca saliva y ningún rastro de flemas. Mis escupitajos son simbólicos y altamente culturales; si no te agradan, vuelve a tus saloncitos nativos donde nadie escupe, sólo porque no se quiere sentir nauseas de nada.»
[Paolo visita su casa] Desde la sala comenzaba el desfile de los libros, de esos libros de aspecto modesto y de encuadernaciones baratas de todas las bibliotecas vivas. […] entre ellos vi el teatro de Tirso de Molina, la Ondina de Lamotte-Fouqué, el drama homónimo de Giraudoux y, con sorpresa, las obras de H. G. Welles; […] tuve la osadía de manifestarle mi sorpresa de verlas ahí. «Tienes razón, Corbera, son un horror. Hay una novelita que si la volviese a leer, me haría escupir durante un mes seguido; y tú, perrito de salón como eres, te escandalizarías».
[Paolo le invita a unos erizos de mar, plato por el que había manifestado una gran nostalgia] Él los degustaba con avidez pero sin alegría, concentrado, casi compungido. No quiso ponerles limón. «¡Ustedes siempre con sus sabores añadidos! El erizo debe saber también a limón, el azúcar también a chocolate, el amor también a paraíso». […] «Eres un buen muchacho, Corbera; si no fueses tan ignorante, se habría podido hacer algo de ti».
[Confiesa el profesor] «A decir verdad, a una mujer, no me he acercado nunca, ni antes ni después de ese año». Estaba seguro que mi rostro se había quedado impasible como el mármol, pero me había equivocado. «Corbera, es muy grosero tu pestañeo: lo que digo es la verdad, verdad y también un orgullo» […] «Tú, Corberita, que probablemente has ganado tu puesto en el periódico gracias a la tarjeta de algún jerarca, no sabes lo que es la preparación de un examen de oposición para una cátedra universitaria de literatura griega. Hay que estudiar durante dos años, hasta el límite de la demencia. La lengua, por fortuna, la conocía bastante bien, casi tan bien como la conozco ahora; no es por presumir... Pero el resto: ¡las variantes alejandrinas y bizantinas de los textos, los fragmentos citados, siempre mal, por los autores latinos, las innumerables conexiones de la literatura con la mitología, la historia, la filosofía, la ciencia! Es, te repito, para volverse loco».
[Y la prodigiosa introducción al prodigio:] "...el sol, la soledad, las noches pasadas bajo el rodar de las estrellas, el silencio, el poco alimento, el estudio de argumentos remotos, mantenían a mi alrededor  una suerte de encantamiento que me predisponía al prodigio."  
[Aquí va el meollo del cuento, que no voy a resumir 1) para no aguar a nadie el placer de leerlo y 2) porque no se puede. Y acaba con esta frase:] Los libros fueron depositados en el sótano de la Universidad y, como falta fondos para las estanterías, se van pudriendo lentamente.

martes, 15 de febrero de 2011

Tic tac

El sol es el péndulo del grandfather del vestíbulo del Paraíso.
---
[La imagen debe de ser muy vieja, ¡pero yo la veo tan clara...!]

lunes, 14 de febrero de 2011

Tuiteando

Terrible decepción de Amparo al ver que llego a casa sin un ramo de flores para Leonor, hoy, ¡hoy!, San Valentín.

Mis explicaciones no la convencen.

Homeopatía

Cuando me canso de tanto
como hablo, no callo. Canto.

domingo, 13 de febrero de 2011

Granito de arena

No me he resistido a poner mi grano de arena en el transitado desierto egipcio. A los que les parezca demasiado opinión, que hagan como yo, y se consuelen con la entrada de abajo. 

Primer día de estantería

La pusimos a tres o cuatro metros, en la alfombra, pero se desplazó lentamente hasta la estantería, llevando su barco (de Noé, para que vaya cogiendo nociones veterotestamentarias) en una mano. En cuanto llegó a la estantería soltó el juguete. El primer libro que Carmen sacó de una estantería fue Poemas de amor de Miguel Hernández. Es un dato. Luego siguió:


Y siguió:



Hasta este resultado final:


Me habían avisado de que cuando los niños te vacían las estanterías es el horror. Pero fue delicioso.

sábado, 12 de febrero de 2011

Haciendo cola

Qué impresionantes y lentas las colas que hay en los bancos. Es un signo (otro más) de la crisis. Yo acudo con un libro para aprovechar la espera, y compruebo con estupor que mis compañeros o colañeros, si así puede decirse, sistemáticamente tienden a saltarme en el recuento del orden que hacen cada cinco minutos o menos. Un mal pensado podría pensar que quieren aprovecharse de mi despiste, pero pensaría, como su propio nombre indica, mal. En realidad, me ven tan contento, tan sufriendo tan poco el tiempo muerto de la espera, que les parece imposible que esté haciendo cola, pues no la sufro. Si uno colase de contrabando unos buenos libros en el infierno, lo ascendía a purgatorio ipso facto

viernes, 11 de febrero de 2011

La realidad y el deseo

Siempre me ha repelido instintivamente que, ante una desgracia personal o social, alguien salte raudo a concluir que eso demuestra que Dios no existe. No es por mi fe: el ateísmo de los demás en ninguna otra circunstancia afecta a mi estómago. Al fin he comprendido el motivo. Las personas que usan ese argumento se mueren por que Dios no exista. Parece que estén, como vio Baudelaire,  interesadas. Lo demuestra su celeridad en desenfundar el argumento de marras y que nunca hacen el análisis a la inversa. Ante las maravillas de la realidad y de la vida, ante la felicidad, la bondad o la belleza, jamás exultan: “¡Esto demuestra la existencia de Dios!”. Lo que me repele, en consecuencia, es cierta instrumentalización de la desgracia.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Lo hice por la ardilla

Se me olvidó ponerle nombre a la empresa: "¡...Pues toma instalación!", sería una buena respuesta, digo, marca.

martes, 8 de febrero de 2011

Worldsurf

Consideraba aquellos veranos míos dedicados a la práctica intensiva del windsurf como una pérdida de tiempo. Podía haber estado leyendo los Pensamientos de Pascal. Pero ya no estoy tan seguro. Mi hija se pone de pie agarrándose a mis dedos como si fuesen una botavara y el movimiento, metiendo primero el culito y arqueando las piernas, que van adquiriendo firmeza a medida que va ganando la vertical, es talmente la maniobra conocida como waterstart. Luego, agarrada a la barra transversal de la cuna, dando saltitos y tambaleándose como si atravesara unas olas invisibles, es como si llevase un rumbo de través. La vida es una navegación, lo supieron los clásicos. Lo es sobre la Tierra, esta tabla de surf revoleada por el espacio. Por esta imagen de mi niña, tan clara y salada, quizá merecieran la pena aquellos veranos, tan deportivos.

lunes, 7 de febrero de 2011

Una Escocia soleada

La blogosfera tiene el tamaño del globo terráqueo. Andaba yo buscando alguna escultura de aquellos desnudos que hicieron famoso a Sir Jacob Epstein, y para las que posó el periodista inglés W. R. Titterton. Mi interés era —aviso— estrictamente profesional. Estoy traduciendo un libro de Titterton, y quería saber cuanto más de él. Casi nunca se traduce a un escritor que se ganó la vida posando para escandalosos escultores modernistas. En esa búsqueda caí en un blog escocés curiosísimo. Se llama  y está dedicado exclusivamente a excursiones realizadas en Escocia cuando luce un cielo azul y un sol de justicia (o de misericordia, mejor dicho, tratándose de Escocia). Cuelgan fotos muy bonitas de un extraño paisaje, tan verde como azul, con unos cielos mediterráneos y unos prados cantábricos. En una de esas excursiones habían fotografiado una gran escultura de Jacob Epstein. Por fin pude verla, y estaba bien, aunque sin exagerar. Pero que me quiten lo viajado: ese paseo por una Escocia irreal y cálida me ha gustado mucho. Internet nos permite hacer cosas así. Crear un país septentrional sin frío ni lluvia ni nieve ni niebla ni noches. No es una huida de la realidad, como podría objetar alguno, porque los autores del blog tienen que vivir allí todos los días del año, también los oscuros y lluviosos, que son los más. Luego han de estar dispuestos a emprender corriendo su excursión en cuanto salga un rayo de sol. Ese intento de mostrar sólo lo mejor de uno mismo y de su entorno resulta encomiable. [Encomiable, aunque imposible, más encomiable por eso. También ellos escriben sus entradas al Heart of Darkness, qué remedio.]

domingo, 6 de febrero de 2011

sábado, 5 de febrero de 2011

Los camisas rosas

Estamos esperando un varón. La ropa rosa de su hermanita —se lamenta mi mujer— no va a servirle. Podemos afiliarlo enseguida al PP, propongo. Si ustedes no van en verano a los toros al Puerto de Santa María, considerarán muy surrealista mi propuesta. Sucede que en la plaza, propiedad del Ayuntamiento, regentado por el PP, suelen verse múltiples invitados del partido en el palco o en el callejón. Llama la atención, además de su número, su querencia por las camisas de color rosa. Quizá responda a unos deseos subconscientes de ser tan progres como los rojos, aunque sin pasarse, siempre con un toque chic. Nosotros podríamos aprovechar, y amortizar la ropa de la niña. Pero mi mujer no quiere. Y luego dicen que ellas son muy prácticas.

viernes, 4 de febrero de 2011

Un inmejorable autorretrato

No, ya éste no es mío, que no cunda el pánico. Se lo pintó Giovannino Guareschi, el autor de don Camilo y Peppone, y me parece un extraordinario retrato de escritor.

Obsérvese: 1) la mirada perdida, enajenada; 2) la nariz abierta, husmeante; 3) la pluma en ristre, preparada para ensartar al vuelo las ideas, exactamente igual que en ese cuadro de san Ildefonso pintado por El Greco que tanto le gustaba a Julián Marías y que Guareschi, con casi toda seguridad, no conocía; 4) el lema nobilario y casi notarial de la obediencia (“Así me lo han contado”) y, finalmente, 5) el ángel y el demonio contándoselo, sí, a cada oído.


En mi cuadro favorito de escritor, el san Mateo perdido de Caravaggio, sólo hay un ángel soplándole al escritor y guiándole la tosca mano, pero ese escritor es santo y es el Evangelio. En la literatura ordinaria, es como lo pinta Guareschi. Y como afirmó rotundamente Gómez Dávila: “Gran escritor es el que moja en tinta infernal la pluma que arranca al remo de un arcángel”.


Gran escritor debe ser también, por tanto, el que salva a su demonio. Esto sería muy largo de explicar y no demasiado ortodoxo, aunque socrático. Como meta apostólica no está mal, ¿verdad? En el mundo invertido que es el infierno, ¿no redimirá uno en cierto modo a su demonio tentador si consigue que fracase? ¿Y un poco más todavía si aprovecha la tinta de sus tentaciones más negras y sus sinuosas insinuaciones para escribir con buena letra una obra luminosa?

jueves, 3 de febrero de 2011

El mejor retrato

Me enteré por la prensa de que Susana Díaz de Vivar había hecho mi retrato. No me lo avisó ella porque quería darme una sorpresa el día de la exposición, pero lo contó a los periodistas y a mí me lo sopló enseguida el sistema de alarmas Google, una tecnología WWW. Temblé. No porque quien me pintaba fuese una tía política, una prima de mi suegra, no por eso, no, qué va. Mis retratos me aterrorizan en todo caso (y quizá por eso hablo tanto de ellos aquí últimamente y prometo no hacerlo más).

Hoy sí, porque la foto me llegó ayer y éste me ha gustado muchísimo. Está dentro de un retrato colectivo de medio Cádiz, pero yo, como hacían todos en la inauguración, me busqué corriendo y me fijé en mi trocito:


Para empezar, estoy retratado con Leonor: es un retrato de cuerpo entero (una sola carne) y, además, con Carmencita. También salen Carbón, más a la vista, y el hociquito de Pukka. Oh, qué bien acompañado. El niño que viene está también, en Leonor. Como si eso fuera poco, vamos embarcados. Y yo, en plan pater familias voy en la proa, remando como un galeote, ¿ven?, y marcando el rumbo. O creyéndome que lo hago, porque un ángel, oh, oh, es el que en verdad guía la barca y tira del cabo. ¿Acaban ahí las maravillas? No. Otro ángel va en la popa, leyendo, muy relajado, Rayos y truenos, Dios se lo pague. A esos lectores, mejorando los presentes, aspiro. Luego, en mi tramo del río se ve una iglesia, con su cruz en todo lo alto, y en la otra orilla una niña lee Lo que ha llovido. ¿Qué más puedo pedir? No es el oficial ni el oficioso, pero podría ser mi retrato soñado, si uno supiera soñar con tantos colores, buganvillas, hibiscos, geranios y cipreses, y tanta generosidad.

Aquí el cuadro entero, sin la lupa del amor propio:



martes, 1 de febrero de 2011

Una mala mezcla

Con el embarazo, Leonor se pregunta con frecuencia si esta comida o esta otra están buenas. Le huelen mal. Calcula cuándo compramos los ingredientes, hace poco, pero aun así le huelen fatal. Lo repite varias veces y aparta el plato al fin. Yo, hambriento siempre y en principio despreocupado, sigo cenando sin oler nada, me como incluso su parte, que ahora hay que comer por dos, digo, mientras ella me mira con cara de aprensión. Hasta ahí, bueno. Después ataca mi hipocondría, que es mucho peor que Leonor, dónde va a parar, y me pregunto, muy preocupado, si no tendría razón ella. Recuerdo un regusto que... Y a las embarazadas se les afina el olfato, exclamo con espanto. Echo unas noches de unas digestiones muy complicadas, si no físicamente aún, de ánimo. Y qué miedo de fondo a la somatización, que sería el remate y me dejaría sin escapatoria. 

lunes, 31 de enero de 2011

— Mon semblable, — mon frère

En la barra del bar, junto a su taza de café, el parroquiano, serio, meticuloso, reflexivo, hace su quiniela. Yo, a un metro y medio, junto a mi taza, también me concentro en mi papelito: en una servilleta tomo notas para un poema. ¡Oh, mi hermano, los dos esperamos un golpe de fortuna!

Ángel Mendoza 3/4

...............NIGHTMARE

Era de nuevo octubre del noventa
y en el viejo autobús hacia la Facultad
se sentó junto a mí,
pero en cambio esta vez no dije nada.
Así que nunca más la volví a ver,
y nunca coincidí con ella en ningún sitio,
ni pude presentarme, ni insistí en que supiera
mi pasado de niño de barrio pobretón.
Tampoco se partió de risa con mis chistes
sobados y patéticos,
ni accedió pensativa, haciéndose la dura,
a ver una película de moda en esos años,
Nightmare, (ni a los refrescos
invitó ella y a las copas yo.)
Así que no nos vimos muchos años después,
recién salidos de otra pesadilla,
y no hablamos mil horas por teléfono,
y no hicimos un nudo de aquellas cuerdas rotas,
y una mañana no naciste tú,
y yo no te escribía jamás este poema. 

De Horario de invierno (Pre-Textos, 2005).

domingo, 30 de enero de 2011

Cambio de planes

El trampolínk para mi artículo de hoy se me ha ido convirtiendo entre los dedos en otro artículo, y como está la cosa muy mala y hay que ahorrar, lo he guardado avaramente para el miércoles.

En cambio no pensaba colgar la otra glosa que publico en el Semanario Alba sobre lenguaje. Pero el comentario de Dal del otro día me ha --además de emocionarme-- animado. Aquí va. Espero no aburriros:


Me he llevado años envidiándoles la palabra “aburridor” a los colombianos. Nosotros usamos “aburrido”, que califica sólo el triste estado del paciente paciente. Con “aburridor” se describe al agente activo del aburrimiento, a aquel que lo provoca, y de paso, como quien no quiere la cosa, se le insulta un poco, en venganza. Sin embargo, he leído un “Elogio de los pelmazos” de mi inseparable Chesterton, donde demuestra que los aburridores no existen. Sólo hay gente que no sabe prestar la suficiente atención o que es incapaz de descubrir el lado interesante de lo que cuenta el aparente aburridor. Me ha convencido y me he alegrado de que nuestro español de aquí, tan vapuleado, no conozca más que la palabra "aburrido". 

sábado, 29 de enero de 2011

Yo sería su Escudero

De Nunca se sabe de Isabel Escudero (Quintana de la Serena) estos poemitas/poemazos:

Todo va de acuerdo:
el espejo que desgasta mi cara,
los ojos que emborrona el tiempo.
*
No hacer distinciones:
vivir con los muertos:
los de antes, los de luego.
*
¡Que se entretengan,
que se entretengan!:
¡que se aburran
sin darse cuenta!
*
Como Eva en el Paraíso,
huyendo de la ley,
caigo en el capricho.
 *
Del agua saltó un pez,
relámpago de plata:
¡volverlo a ver!
A ver, niña,
sonríe un poco,
que el día de mañana
te sonreirá la foto.
Ser feliz un momento,
aunque sólo sea
para el recuerdo.
 *
Pace el caballo,
acaban de venderlo:
no se ha enterado.
 *
En mis sueños
nadie del todo ha muerto:
sigue chillando el cochino
con el cuchillo en el cuello.
 *
Que te hayas ido, bueno,
pero ¡que te lleves
también tu recuerdo!
 *
¿Vivir para contarlo?
Puede ser;
pero mejor, al revés.
 *
Yo me voy,
tú te quedas:
que huelas por mí las rosas
a la primavera.
 *
Cada copla una flecha,
y si acaso no te toca,
que se pierda.
 *
Que sean muchas,
a ver si de tantas
te acierta alguna.
 * 
En la mina del alma,
revueltos
el oro y la ganga.
 *
Luna insomne:
se ríe de los sueños
de los hombres.
 *
Cae la flor del almendro
a cámara lenta;
a plomada
cae la almendra:
en dejarse caer
hay mucha ciencia.
Arbolillo menudo:
¡qué castigo
tantos frutos!
 *
Con periódicos
de anuncios de pisos,
se cubre de la noche
el mendigo. 
 *
Hasta mi esposa
en primavera
me parece otra.
 *
Será por la distancia, no sé,
pero con qué cariño
me miro los pies.
 *
¡Tan feliz sube la pelota!
Y luego cae
como si tal cosa.
 *
“Llueve a cántaros”,
qué bien que uno se explica
exagerando.
 *
Voto de pobreza:
no tener ni idea.
 *
Exactitud, claridad,
y si además, sencillez,
¡el no va más!
 *
… a la luz de los farolillos
de las buganvillas…
Gracias, gracias, amigas, [las flores]
por ser tantas, y tan repetidas


viernes, 28 de enero de 2011

Eclesiastés 2.0

Wanitas wanitatum et omnia wanitas.

El correcto español


Una expresión que no se me cae de la boca ni de las intenciones es “matar dos pájaros de un tiro”. Luego, rara vez los mato, porque de puntería ando nada más que regular. “¿Por qué —me preguntaba el otro día yo retóricamente—, por qué, por qué se dirá ‘matar dos pájaros de un tiro’ cuando es algo tan deseable? ¿No sería más bonito hablar de ‘soltar dos pájaros de un solo y leve movimiento de muñeca que abriese la portezuela de la pajarera’?” “No, no, muchacho —me corrigió el idioma, tan poco retórico, tan a la pata la llana como suele—: cuando intentas hacer varias cosas a la vez las matas del tirón. Si quieres que vuelen y canten, mejor de una en una, con mucho orden”. 

Qué bien habla el idioma y cuánto sabe. 

jueves, 27 de enero de 2011

Vladimír Holan, Dolor, Hiperión, 1986, trad. Clara Janés

Hay cuatro o cinco poemas en ese libro ante los que incluso las irreverentes tijeras del barbero, que no se cortan, tiemblan y boquean, sin atreverse a entrar. Del resto, han recortado estos mechones:


Hay destinos
donde  todo lo que carece de temblor no es sólido.
*
Todo, hasta el mismo silencio,
tiene algo que callar.
*
[…] quieres escribir un poema
tan sencillo y diáfano que sería invisible
[…] pero tal vez un ángel
lo leyera.
*
Lo que sólo es poético mata la poesía…
*
Hubiera debido buscar palabras cotidianas.
Ni siquiera al vino sin consagrar
se le puede añadir nada.
*
[...] aunque el corazón patalee sin cesar.
*
Incluso pecador, un cura es un cura…
Pero el poeta […]
*
presiente una palabra tan grávida, que debería estar encerrada
en un libro imposible de sostener en la mano…
*
Qué silenciosamente bebe el caballo…
*
Un poema
es un don… Sí, pero lo hablado vale más que lo escrito…
¡Qué daría por un amigo!
*
Todo es un poco más plano,
como un poema escrito a máquina
o una iglesia con calefacción…
*
En el jardín, la lluvia
se tiñe el pelo como el saúco.
*
Sólo el ángel de la guarda no entra ni sale,
siempre está con nosotros, conmigo casi cincuenta años,
y, sin embargo, hasta hoy nunca se me ha ocurrido
ofrecerle un vaso de vino.
*
Dios, ese amante no correspondido…
*
[El dolor]
es siempre mayor que el hombre,
y sin embargo tiene que caberle en el corazón. 

miércoles, 26 de enero de 2011

Epitafio

.......................................A Cristina Moreno

No, no te sea leve la tierra en que reposas
ni tampoco tranquila. No estás acostumbrada.
Que retumben en ella cada día más firmes
los pasos de tus hijos y el ruido de sus risas.

-

martes, 25 de enero de 2011

Carta de amor de G. K. C. a su novia Frances Blogg, madrina de este blogg

[…]

Estoy echándole un vistazo al mar mientras trato de contar el patrimonio que puedo ofrecerte. Hasta donde alcanzo a divisar, mi equipo para emprender el viaje al mundo de las hadas consta de los siguientes elementos:

1º. Un sombrero de paja. La parte más antigua de esta reliquia admirable muestra vestigios de auténtica artesanía normanda. El vandalismo de los soldados de Cromwell nos ha dejado muy poco de la cinta original del sombrero.

2º. Un bastón, muy nudoso y pesado: admirablemente apropiado para abrirle la cabeza a cualquier paisano de Suffolk que niegue que tú eres la más noble de las señoritas, pero de ningún otro uso. 

3º. Un volumen de los poemas de Walt Whitman, una vez casi regalado a Salter, pero luego no. Tiene su nombre escrito todavía en él con una afectuosa dedicatoria de su sincero amigo Gilbert Chesterton. Me pregunto si alguna vez llegará a sus manos.

4º. Numerosas cartas de una señorita, que contienen todo lo bueno y generoso y leal y santo y sabio que no está en los poemas de Walt Whitman.

5º Una navaja inmanejable, cuyas hojas tienen unos filos más variados y exóticos que los que suele fabricar un cuchillero corriente. Su parte principal, además, es una cosa “para extraer guijarros de la pezuña de un caballo”. ¡Qué hermosa sensación de seguridad le da a uno reflexionar que si tuviese alguna vez dinero suficiente para comprar un caballo y lo comprara y le sucediese que el caballo tuviera un guijarro en su pezuña, está listo, permanece perfectamente preparado, con una sonrisa desafiante!

6º Tras el útimo milagro de visión práctica, llegamos a la caja de cerillas. De vez en cuando, enciendo una, porque el fuego es hermoso y quema los dedos. Algunas personas consideran esto un desperdicio de cerillas: son los mismos que tienen objeciones a la construcción de catedrales.

7º. Alrededor de tres libras en oro y plata: lo que queda de uno de los estallidos de afecto de mi editor, el Sr. Unwin: esas explosiones de espontáneo amor por mí, las cuales, tal es el orden perfecto y la armonía de su mente, ocurren cada cierto período de tiempo, sorprendentemente exacto.

8º. Un libro de poemas para niños, en manuscrito, titulado “El libro climatológico” terminado en ¿sus tres cuartas partes?, y que enviaré al Sr. Nutt. He estado trabajando en él de una forma bastante estable, lo que me parece bien digno de alabanza en estas circunstancias. No se puede contar en él lo que realmente interesa. Ya lo entenderán cuando sean mayores.

9º. Una raqueta de tenis... no, no te sorprendas. Es parte del nuevo régimen, y la única cosa nueva y reluciente en el museo. Pronto la avejentaremos, como el sombrero de paja. Mi hermano y yo estamos enseñándonos mutuamente tenis sobre hierba.

10º. Un alma, hasta ahora ociosa y omnívora, pero ya lo suficientemente feliz como para avergonzarse de sí misma.

11º. Un cuerpo, igualmente ocioso y, desde luego, igualmente omnívoro, absorbiendo té, café, vino rosado, agua de mar y oxígeno a su entera satisfacción. Le encantará nadar, supongo, siendo el mar de un tamaño adecuado.

12º. Un corazón... extraviado en algún sitio.

Y éstas son todas las propiedades que puedo inventariar en la actualidad. Después de todo, mis gustos son estoicamente simples. Un sombrero de paja, un bastón, una caja de cerillas y algunas poesías propias. ¿Qué más puede un hombre necesitar?

[...]

lunes, 24 de enero de 2011

Las cosas de Palacio

Entre las muchas agudezas de Manuel del Palacio, ésta en que da las gracias a su traductor de dos poemas al sueco allá por 1892:
 
¿No han reparado ustedes
que estoy muy hueco
desde que Goran Bjorkman
me vertió al sueco?
Mil gracias al amable
doctor de Upsala
por el precioso libro
que me regala;
y en prueba y testimonio
de simpatía,
pues su lengua no entiendo
y él si la mía,
mi ruego no desoiga
ni lo desdeñe:
remítame una sueca
que me la enseñe.
Lo que demuestra, de paso, que la cosa aquella con las suecas no fue, como nos hizo creer la leyenda negra, un producto más del tardofranquismo.

Hombre sin descendencia

Un poemario llamado así tenía por fuerza que interesarme. Fui un hombre sin descendencia, y, aunque sea por la costumbre, y con permiso de lo que los siguen siendo, lo seré a título honorífico siempre un poco. No es tan raro: Charles Ryder, por otros motivos, se consideraba childless a pesar de sus dos hijos. El caso es que he leído este libro de Braulio Ortiz Poole (Sevilla, 1974) con mucha atención.

El barbero ha seleccionado lo que sigue:
Hablo de lo pequeño, y comprendo que es grande.
*
Escribo para saber que tengo alma.
Lo más próximo a un milagro que conozco
[No entiendo bien si Braulio Ortiz Poole se refiere a la amistad o a la comunicación íntima que produce, aunque para el caso es lo mismo, un milagro.]
*
Estar aquí ya es mucho.
Siempre, en realidad, fue suficiente.
*
Más allá de cualquier alumbramiento,
un hombre siempre deja descendencia,
[…]
Si ha sido querido,
un hombre nunca muere.
*
[En el epílogo destaca entre las hondas contradicciones de la muerte] —cómo puede seguir tan presente alguien que ya se fue—

domingo, 23 de enero de 2011

Desde un fracaso escribo

 aquí


[Y escribía también, sin saberlo, desde una paradoja: mientras redactaba y enviaba este artículo al periódico, en las páginas del ABCD cultural mi libro... ¡salía en la lista de los más vendidos! No es una paradoja chestertoniana porque es muy pequeñita y formal. La lista de los más vendidos de poesía no habla ni inglés: no sabe pronunciar best-seller. Pero no deja de ser una bromita del destino que, para una vez que hablo de los best-sellers, que nunca lo hago, sino que paso, me pase esto.]

sábado, 22 de enero de 2011

La difícil educación

No tratamos los llantos de mi hija por igual. Y los demás padres hacen prácticamente lo mismo. Si llora por hambre, frío o por algún leve dolor, nos preocupamos muchísimo, y enmendamos la situación sin pérdida de tiempo. Si llora porque quiere estrechar sus lazos familiares (esto es, ser cogida en brazos), ya nos importa menos: “Deja que llore un rato”, decimos, poniendo cara de pedagogos. Si lo hace porque quiere que se la levante, no se le hace ningún caso: “¡Qué caprichosa!”. Con eso, fomentamos inconscientemente que se dé más importancia a las necesidades físicas y elementales que a las sociales y espirituales. Levantarse, ¿no es acaso la más humana de las ansias: Ad sidera tollere vultus? Luego nos quejaremos.

viernes, 21 de enero de 2011

Osito

Carmen salió ayer a merendar. Se la llevó Leonor, que había quedado con sus compañeras de la bodega. Esas meriendas son eternas, eternas. Amparo y yo salimos, desazonados, a despedirlas. Luego, la casa, entre el frío y la noche, que caía lenta e inexorable, y el silencio, parecía muchísimo más grande. Los pasillos se alargaban. Yo leía y leía en el cuarto de estar, cada vez más gris. De pronto, del fondo de la casa, oí al osito mecánico de Carmen que decía: "Canta conmigo: uno, dos, tres, cuatro..." Y luego: "Vamos a aprender los colores: rojo, azul, verde y aaamariiilooo". Amparo, cincuenta y pico años, estaba jugando con él.

Otro subtítulo para Rayos y truenos

Esto es un borrador, que quede claro.

Explicaciones

Llegaba tarde a la última misa del día y tenía mucho interés en oír misa, y más, si cabe, en comulgar. Miraba el reloj, guiñaba desde lejos a los semáforos por si se abrían a mi paso, como el Mar Rojo, me atribulaban los pesados camiones y los interminables pasos de cebra,temía la búsqueda final del aparcamiento, y en ésas me sorprendí, de repente, repitiéndome esta frase: "Sólo un funeral puede salvarme, sólo un funeral puede salvarme..." Espero que explicando los antecedentes tenga una disculpa.

jueves, 20 de enero de 2011

miércoles, 19 de enero de 2011

¡Fea!

Del anteproyecto Pajín se pueden decir muchas cosas y yo digo las que caben en el artículo. La gente se ha quedado, sin embargo, con la broma de que no se podrá llamar feo a nada ni a nadie. No es una broma. En el mundo actual lo más contrarrevolucionario que se puede hacer es tener buen gusto. Y es imposible formarlo (en uno, primero, y en los demás) si no se dice "feo, muy feo" muchas veces al día. Lo supo Marcial cuando dijo (cito de (mala) memoria) que al que nada le parece mal, nada le puede parecer bien. Contra el anteproyecto Pajín lo primero que hay que señalar es, precisamente, que tiene una pinta muy fea.