lunes, 20 de abril de 2015

Robar a un mendigo


Como los niños no paraban, me salí al atrio de la iglesia a oír misa con el rabillo de un ojo mientras que con el otro rabillo los miraba jugar. Eso me plantó delante del cartel del mendigo. No pude resistirme a fotografiarlo, aunque con mala conciencia. No le pedí permiso, porque qué explicaciones podría darle. Aproveché su devoción (entraba a menudo a rezar) y, click, como un furtivo, esta foto. 



Lo de menos son las faltas de ortografía. Me llamó la atención esa intrusión del discurso laico y constitucional (art. 14) en su cartel. Podría haber dicho, con más fuerza petitoria y más verdad de fondo y mejor contextualizado: "Todos somos hermanos". Se ve, en ese pequeño detalle, hasta qué punto van calando en la sociedad los discursos, y cómo acaba todo mezclado y confundido. A la salida, mis hijos le dejaron lo que él pensaría una limosna generosa; y era un precio ajustado por la foto; y también una penitencia autoimpuesta por el robo. 


domingo, 19 de abril de 2015

Ida y vuelta


Virgilio, en el Infierno, para convencer a Minos (si no recuerdo mal), le da esta definición del Cielo: "el lugar donde se puede lo que se quiere". Con independencia de la virtualidad argumentativa para Virgilio, y de la poética (porque Paolo y Francesca, pobres, han querido lo que no se puede), la definición tiene una gran fuerza didáctica, si se la lee a través del espejo. La tierra, para tener una vida celestial, ha de ser el lugar en el que uno quiere lo que puede.






sábado, 18 de abril de 2015

Censuradme, por favor


Un estribillo mío es pedir a los directores de los medios con los que colaboro o al jefe de opinión, en su caso, que no dejen de avisarme cuando cualquier detalle les parezca mal. Saltan espantados negándose en redondo: les suena a censura. Yo, evitando la palabra maldita, les ofrezco dos argumentos. Uno, de gestión y dinámica de grupos; y otro artístico. El primero: que un periódico o una revista es un trabajo en equipo y que tampoco querría yo ser el último en enterarme de que lo que hago no gusta. Nadie te dice nada hasta que te dicen que te vayas a tu casa. Uf, qué miedo. La nueva manera de trabajar, mandándolo todo por e-mail, sin contacto visual ni telefónico siquiera, no te permite atisbar reacciones por lenguaje no verbal, encima. Estás inerme. El segundo argumento es que un periódico o una revista es como una sinfonía: verdad que en mi columna o mi reseña hago de solista, pero el jefe es el director de orquesta y yo, tan jerárquico, quiero estar pendiente de la batuta, no perder el ritmo. 


Ninguno de esos argumentos ha convencido nunca demasiado a ninguno de los responsables. Gracias al artículo de hoy, he encontrado otro. Tiene la ventaja de que coge por los cuernos a la palabra prohibida. Y que es verdad. Si puedes confiar que tu jefe te va a censurar cuando haga falta o va a discutir contigo cualquier error o falta de tacto, puedes escribir con muchísima más libertad. Si el encargado de censurarte eres tú mismo pasa como en los buffets de los hoteles: que acabas sirviéndote más de lo justo. 



(Voy a reenviárles esta entrada, a ver si los animo.)

viernes, 17 de abril de 2015

Buenos días, tristeza


Anteayer y  ayer he tenido dos días muy tristes, lo que no deja de ser una novedad. Me miro con curiosidad casi científica. Pienso en la amargura de quien viva con el corazón así de encogido semana tras semana. Uf. 

Confluyeron muchas cosas: murió la madre de un amigo del instituto; la inspectora de educación vino a vernos; hay dos prólogos por escribir que pesan sobre mi conciencia, pues estoy retrasando unos libros que merecen la pena y que sus autores esperan ver publicados con la ilusión lógica; Corina se ha vuelto a su país... Mi intervención en la mesa redonda "El humor y los límites de la libertad de expresión" en el IES Santo Domingo no me levantó los ánimos. Mis compañeros de escenario dieron por ir proclamando, uno tras otro, su falta de fe, su incomprensión del hecho religioso y la asociación de las religiones con la intolerancia, el fanatismo, la censura y la violencia. Yo no lo sentía por mí, que a mí, plim, sino por los alumnos de bachillerato del instituto, que podían llevarse la impresión de que la alta cultura (la presentación nos había puesto por las nubes) era unánimemente atea. Últimamente me preocupa mucho este uniforme telón ideológico que se le ofrece a la juventud, qué monotonía monocroma. Yo empecé, pues, mi turno (era el último) rezando prácticamente el Credo. Creo que muy natural no quedó, y lo siento. Vanidad herida, esa redundancia. 

Luego, de fondo, está la muerte de Pukka. Los dibujos de Carmen no ayudan al olvido. 


A cambio, cuando pinta a la familia al completo, sin dejar de dibujar pequeños teckel por aquí y por allí, sí opta por la educación diferenciada, los niños con los niños, las niñas con las niñas. Y me pinta delgado, qué detalle:



Lo más bonito de todo ha sido esta mañana en el desayuno. Leonor y yo, por una vez, hemos dejado de hablar del sueño que tenemos, que es nuestra conversación de 15 años en el desayuno de cada día, y nos hemos reconocido tristones. Ha estado muy bien, ha sido muy reconfortante y conyugal. 

Y luego Christian Bobin me ha animado a encarar el presente de otro modo con una cita espléndida de Un simple vestido de fiesta:

La lectura de la Biblia es un punto extremo en tu vida de lector, esa vida bajo las ruinas. El otro punto es la lectura del periódico. El periódico es una lectura negra, espesa, inmóvil. La Biblia es una lectura blanca, luminosa, rutilante. En el periódico lees todo ya que nada es esencial. Vas metódicamente del rostro de los gobernantes a las piernas de los atletas, de América del Sur hasta los confines de la China, de la cotización del dólar a las cifras del paro. La lectura del periódico es una cosa seria, sin consecuencias en la vida como todas las cosas serias. En la Biblia, tan sólo lees una frase y es como una gota de alcohol puro, como una lágrima de los ángeles. Abres el libro, pones el dedo al azar en la página, el dedo cae en un pez, una palmera o un cordero. Lees, vas de tu vida a la vida, del presente simple al presente pluscuamperfecto. 



jueves, 16 de abril de 2015

Ciclo vital


Me pregunta un amigo cuánto tiempo echo en escribir la columna. Le digo que es difícil de calcular, porque no la escribo y ya está. Y ya está: cambiamos de tema. Pero me ha picado la curiosidad y decido poner negro (y algunos colorines) sobre blanco el procedimiento. Me sorprendo. Descubro que cada artículo tiene un ciclo vital de tres días. Por regla general, claro, porque a veces me atasco y otras veces me acelero, cuando se me ocurre un tema a última hora que mando sobre la marcha. Pero me atasco poco y me acelero menos. O sea, que este plan suele cumplirse siempre. 


Puede parecer muy egotista exponerlo, pero tengo la excusa de la curiosidad de mi amigo; y la penitencia de la humillación. Porque muchos habéis pensado (confesadlo) que tampoco son para tanto. Y es verdad. 

miércoles, 15 de abril de 2015

El mono y el ángel


Me he visto, de golpe y porrazo, sin ordenador de sobremesa. 

En uno de los recesos del mono de abstinencia, he levantado la vista y he contemplado la hermosa perspectiva que cotidianamente me tapa la enorme pantalla. Qué bonito el salón, los niños al fondo y Leonor, y más allá el jardín con las flores de la primavera temprana. Por unos instantes, he fantaseado con la posibilidad celestial de limitarme, como estos días, a la tableta ---a ras de mesa---, y que está sirviendo mal que bien para escribir artículos y cartas cortas, y a la nube 2.0. 

Luego he recordado que soy un hombre y que mi sitio está, justamente, entre el mono y el ángel. La única cosa: acordarme más a menudo, cuando vuelva el ordenador, de levantarme y atisbar, oh, por encima de la pantalla.

martes, 14 de abril de 2015

Asfalto y mimosas


La foto no es buena, pero da testimonio. La lluvia y el viento habían dejado sobre el arcén de la autovía una alfombra amarilla. El negro del asfalto entre el agua y las flores nunca se había visto en otra. Yo paré el coche e hice mi foto, pensando (también) en vosotros, que sabréis imaginarlo como fue.