miércoles, 29 de junio de 2016

Obeso



Como en el Oeste he de desenfundar yo primero con mis preguntas, si no quiero que Quique me acribille. Ayer, aprovechando un descuido, me espetó: "¿Papá, qué es la fe?" Yo he descubierto una mina preguntándole por el significado de palabras que desconoce. Parece que no le gusta decir: "No sé" y se tira a la aliteración. Un "extranjero" es un tipo de jardinero y un "hombre obeso" (a raíz del cuento de Isak Dinesen del mismo título, que empecé a leerle) es un señor muy besucón...


martes, 28 de junio de 2016

Los últimos carcas y otras anáforas


El número 8 de la revista Anáfora me ha dado aún más alegrías de las que siempre espero de ella.

Para decir rápidamente la breverdad, qué alegría más grande que Cristian David López hable de mis Palomas y serpientes.






Luego está esta medio crónica policíaca, medio reseña de Rodrigo Olay a Cosas que me has contado:





Y, por último, qué vaso de agua fresca reconocerme en esa red de "blogs carcas", que detecta el siempre atento Martín López-Vega, y que debe de ser lo único carca que queda en este paraíso socialdemócrata.


lunes, 27 de junio de 2016

El mejor análisis


Tenía seleccionado para mi conferencia compostelana, pero no me cupo, el poema de Claudio Rodríguez que desvela y vela la verdad. Se llama "Pinar amanecido". Y vale igual de bien para analizar lo que pasó en las elecciones de ayer, que es lo importante, aunque lo que nos espere ahora sea cantar y cantar el dónde están las llaves, materile-rile-rile. Así acaba el poema que importa:


domingo, 26 de junio de 2016

Quique



Me resistía a llamar "Quique" a Quique por la falta de seriedad del diminutivo; pero he visto, como en un rompimiento de gloria, que es el nombre más antirrevolucionario que existe. Ese "Quique" que se niega a ser "Kike" con lo que le gusta una k, y dos ya no digamos, a un moderno.


sábado, 25 de junio de 2016

Noche de San Juan


Te despiertan a las 2 y media de la noche tocando el timbre y ves esto por la ventana:



Salí como en el Salvaje Oeste, dispuesto a hacer una cadena de cubos de agua con los buenos vecinos. Pero ya estaba allí la policía:




Así que me pude dedicar a rajar de los vándalos y a tomar fotos: 



Y a pensar en el artículo del día siguiente.



viernes, 24 de junio de 2016

Pavoroso


En los muy generosos resúmenes de mis intervenciones compostelanas, Ángel Ruiz no incluye algo muy interesante porque no lo dije. 

Sí recite este poemita inédito:



PIDO MÁS

Me gusta oír a los enamorados
demorándose hablándome prolijos
de las muchas bellezas de sus novias,
de las del cuerpo y de las del alma.

Me gusta más aún si las conozco
y yo jamás les vi tales encantos.
Asiento deslumbrado y pido más.

Soy un ciego al que explican los colores.

Y conté, en plan anécdota del destino, que lo escribí en abstracto, sin un caso que me lo motivase, pero que a los pocos días un amigo me hablaba maravillas para mí ignotas de sus hijos y que vi asombrosamente realizado mi poema. Lo que no expliqué en mi disertación fue esto: que la poesía encuentra a menudo la verdad de forma preventiva, que se adelanta, lo que podría haber enlazado con la condición de "vate", y haberme dado un juego excelente.

Me acordé ayer, leyendo Anécdotas del destino, precisamente. El narrador del cuento "El buceador" dice: "Para un poeta resulta pavoroso descubrir que su historia es cierta".

Y lo resulta, pavoroso, aunque sea en una cosa tan pequeña. 


jueves, 23 de junio de 2016

Morriña (una explicación)


No tengo sangre gallega. Sí vasca, catalana, alicantina y, sobre todo, andaluza. Sin embargo, han bastado cuatro días cortos en Galicia para que ahora me descubra, asombrado, una nostalgia muy melancólica de allá. "¿Cómo es posible?", me interpelo. Cuando he vivido fuera de casa, no he sentido este sentimiento de pena dulce. Y como veía que los gallegos sí, pensaba que era una cosa como céltica o así. Pero no: es geográfica. Además de los encantos del lugar, requisito sine qua non, sucede, si no me engaño, lo siguiente.

Entre la lluvia abrillantando las piedras y corriendo calle abajo, los verdes profundos y brillantes y ondulantes, entre los acentos dulces, entre todo, y sin mentar al ribeiro, en Galicia se logra una extraña forma de felicidad que te aprieta el corazón. Luego, cuando uno ya no está allí, se acuerda y la nostalgia le aprieta el corazón igual que entonces, y subconscientemente, ese ahogo sentimental te recuerda vivamente al que sentías a cada paso en Galicia, y no dejas de estar allí sin estar, retroalimentando el sentimiento. Eso hace agudo, intenso, repleto y abismado el vacío interminable.

Un andaluz se pone triste de recordar su tierra, pero esa tristeza no le recuerda a su tierra y ahí se acaba todo. Con Galicia no es tan simple, y es mejor, porque la memoria se riega a sí misma. Uno puede pasar apenas cuatro días en Galicia y echarla de menos casi como un gallego, digo yo, porque más parece inconcebible.