miércoles, 28 de enero de 2015

Psch


Como sabéis, porque es de lo que más presumo, me levanto a las 6:15 para desayunar con Leonor, que entra al alba a trabajar. Me levanto dormido. De hecho, yo me levanto mucho más cansado de lo que me acuesto. Es un sacrificio diario en el altar del matrimonio. Y no es por masoquismo, sino porque, siendo yo tan nocturno, si no hiciera este esfuerzo por sincronizar nuestros relojes biológicos, acabaríamos viviendo una vida por turnos, como en "Cruz de navajas". Pero en el madrugón no acaba la dimensión espartana de cada día. Lo que llevo peor es que Leonor se pasa el desayuno chistándome. Con el sueño, voy tropezando con los muebles, se me cae la cuchara, vuelco la taza del café. Temerosa de que despierte a los niños (que duermen como troncos, los benditos), Leonor insiste: "Psch, psch, psch". Y habla bajísimo, como contando un secreto. Y yo no me entero y pregunto: "¡¿Qué?!". Y ella musita, bajito y contundente: "Psch, por Dios!" 


lunes, 26 de enero de 2015

Arte


No sé si a la abstracción se le ha reconocido su gran mérito. ¡Cómo ha aumentado la satisfacción de los padres ante los dibujos de sus hijos! Está claro que, gracias a ella, contemplo este cuadro de mi hijo con otro orgullo:






También al expresionismo tiene la paternidad moderna mucho que agradecer. Este dibujo de Carmen se titula: "Princesa india con gafas": 



Aprovecho esta oportunidad (no tengo muchas) de no quedar como un padre blandengue, y reconozco que la imagen del fin de semana que más me ha emocionado ha sido las iniciales de Miguel de Cervantes claveteadas en su ataúd:





domingo, 25 de enero de 2015

Querer ser más guapo


Varón de deseos, entre los muchos míos nunca he soñado con ser más guapo ni tampoco más delgado, bromas aparte. Pero ahora mis hijos han aprendido a hacer fotografías con el móvil y, mientras uno la hace, el otro o la otra posa conmigo. Salen guapísimos y me fastidia (me duele) no estar a la altura de mis pequeños. 

"Lo malo del deseo es que vuelve sin avisar", avisaba Gómez de la Serna. Y que, cuando menos lo esperas, cuando ya es muy tarde, te surge uno inédito. 


viernes, 23 de enero de 2015

El cashmere harapiento y otros sucedidos


El artículo de hoy es mucho más de Rayos y truenos que de Trampolínk. No sólo porque hable de literatura, sino porque lo hago con un tono casual muy nuestro. A ver si no hay un lector del Diario que se me enfada por hablar de un autor al que no he leído, y decirlo tan contento. Desde un punto de vista periodístico, tendrá más razón que un santo, lo reconozco. 

*

Lo bueno es que me pasé la tarde releyendo a Rosales. Nada más que en la primera parte de Oigo el silencio universal del miedo, la que supongo protagonizada por Antonio Hernández, qué de hallazgos:


[…] 
Un hombre circunspecto casi nunca es alegre. 
[…] 
Sólo es preciso amar para llevar el mundo en el bolsillo.  
[…] 
Lo que más calienta el corazón tenemos que vivirlo terminándose.  
[…] 
El paraíso es necesario hacerlo cada día, pues cuando el corazón llega a la cumbre se queda a la intemperie. 
[…] 
No debes olvidar que un rostro alegre siempre te está enseñando algo. 
[…] 
Cuando el amor termina aún nos queda escoger entre el humo y la sombra, cuando el amor se acaba aún tienes que elegir entre una forma y otra de quedarte sin nada. 
[…] 
El silencio tiene don de lenguas.  
[…] 
El silencio se ahonda cuando se calla en dos idiomas. 
[…] 
El amor es la única plenitud que no precisa madurez.  
[…] 
El sol nos saluda quitándose el sombrero cuando pasa una nube ocasional.  
[…] 
Los marineros son las alas del amor, según dice Cernuda, y él lo debe [de] saber cuando lo dice. 
[…] 
Hay que metodizarse alegremente.  
[…] 
La mujer siempre escucha porque tiene un teléfono en el oído que atiende todas las llamadas.
 […] 
Entre todas las cosas importantes que se pueden hacer en esta vida, la primera es seguir.  
[…] 
Un centímetro más en el sitio indicado justifica una vida.  
[…] 
La contemplación de un cuerpo de mujer nos hace hablar bajísimo para no despertar de estarla viendo.

*
Hacer leña del árbol caído, cuando es literalmente, es noble:




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Aunque me estoy distrayendo, hoy y aquí tenía planeado hablar hoy del cashmere harapiento. Resulta que se me ha desvencijado del todo el jersey precioso que me regaló mi inolvidable abuela política. Es tan suave, aún, y tan calentito, que me resisto a tirarlo; pero no me lo puedo poner con Leonor, porque me riñe. Así que acudo al instituto con pinta de vagabundo:


*

Y cómo no contar, aunque no lo tenía planeado y se alarga la entrada y tengo que irme a la ducha, que no llego al instituto, cómo no contar, digo, esta explicación de Carmen a Quique, oída al pasar: "Algo es gracioso cuando se ríen los demás, no uno". 



jueves, 22 de enero de 2015

Vida de Manolo


Ayer tuve el día más tonto del año. No avanzaba en nada y, por tanto, llegaba tarde a todo. Tanto, tanto que me quedaba sin misa. Iba en el coche, acelerando, mirando el reloj, temiéndome lo peor. Aparqué malamente y me bajé convencido de que, para mi bochorno, me cruzaría con los fieles que salían. No. Y entré. Todavía estaban acabando la homilía, la capilla a rebosar. Era el funeral de un Manolo que había muerto joven. Resoplando, me acomodé en la esquina. En la acción de gracias, tras la comunión, el sacerdote contó que él le debía a Manolo mucho: le apoyó en una grave crisis personal. Animó a dar gracias a Dios por aquello bueno que Manolo había puesto en la vida de todos. Y de pronto me di cuenta que yo había podido ir a misa y comulgado y salvado, desde luego, mi día, gracias a Manolo, al que no conocí. Le debía lo más grande; y me sumé, emocionado, a la acción de gracias. 


miércoles, 21 de enero de 2015

(Risas)


Jonathan Swift, tan rápido, lo vio enseguida: "Nos encanta que los demás se rían de nuestras bromas, pero no de nosotros". Bueno, más o menos, que lo recuerdo de memoria, si me permiten la redundancia. El hecho es una prueba irrefutable de que no nos importa tanto la alegría de los demás, igual en ambos casos, o incluso mayor en el segundo —cuando se ríen de uno—, no nos importa tanto, ay, como quedar estupendamente nosotros, flotando por encima, jefes del estado de ánimo de nuestros súbditos, digo, prójimos.

Este recuerdo de Swift no me vino llovido del cielo. Llegó porque entre mi despiste, mi desconcierto y mi distracción, cometo fallos risibles sin cesar. Así, le dije a un compañero que, por fin, había encontrado la revisión de los resultados de la primera evaluación del año que viene, cuando era, obviamente, la del año pasado. Contestó alborozado: 



Creo que practico una variante nueva de la dislexia: no confundo la derecha con la izquierda, sino el pasado con el futuro. Y yo también me he reído de mí, que es una variante que quizá Swift no sopesó. Pero mi padre sí. Lo recuerdo en mi temprana adolescencia observando que, en vista de la gracia que me hacían mis defectos, me daba por incorregible.