Las entrevistas de la contraportada de
Alba son siempre muy interesantes. El tema no lo puede ser más: “Hablemos de Dios”, y los entrevistados suelen ser personas de mucho fuste. Aunque la semana pasada no se entrevistaba a un personaje de relumbrón, a mí me despertó un enorme interés personal. Lógico, si se cae en la cuenta de que el entrevistado era yo.
No me interesó por vanidad, sino por ver qué pienso. Para saber mi opinión tengo que escribirla o decirla y leerla u oírla. Y a menudo luego he de quitarme la razón o parte de ella o matizarla, y así voy afinando mi manera de comprender el mundo. Es lo que pretendo hacer ahora. En un momento de la entrevista, declaré que, a diferencia de nosotros (tan exquisitos), Dios mira las intenciones de nuestros textos más que los resultados. Él se parece mucho más a una madre que un crítico literario, remataba.
Y eso es verdad, sí, pero en parte o, mejor dicho, sólo en última instancia. A Dios le gustan los textos muy bien escritos. Nadie más sensible a la belleza que Él, que la ha creado. Por eso, la advertencia de Flannery O’Connor es, naturalmente, mucho más sagaz que la mía: “Sólo se sirve a Dios y la posteridad con artículos bien hechos”. El matiz está en el verbo “servir”. Dios aplaude y gratificará nuestras buenas intenciones, que nos sirven a nosotros, pero servirle, lo que se dice servirle a Él, lo hacen sólo los artículos de primera magnitud.
En el Salmo 47 se exige con rotundidad: “Cantad con inteligencia”. Nada, pues, de cantitos melosos almibarados de sentimientos blanditos. Los escritores católicos tenemos que cantar en los poemas y hablar en los artículos con la mayor calidad literaria. “Porque Jehová el Altísimo es temible”, se precisa en el mismo salmo.
Dando vueltas a este asunto, le he visto una aplicación crítica a la inquietante parábola de Jesús recogida en Lucas 16, 1-8. La del administrador injusto, ¿recuerdan?, que viendo que lo iban a despedir, fue ganándose a los deudores de su amo uno a uno con chanchullos varios. El amo, esa conducta tan reprobable y contraria a sus intereses, la alaba. Aplaude su astucia. Y Jesús remacha: “Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.
La parábola, que a los hijos de la luz nos deja más bien a oscuras, ¿no podría apuntar a que Dios celebra también aquellas obras humanas que demuestran inteligencia y capacidad, por su misma habilidad técnica, con independencia de los propósitos, precisamente como haría un crítico literario? Nada bueno, con el sentido más mundano de bueno incluído, deja de agradar a Dios. Tenemos vía libre, por tanto, para admirar los libros de esos grandes escritores que doctrinal o moralmente sean contrarios a nuestro pensamiento. Podemos incluso elogiarles encarecidamente, como hizo el amo de la parábola.
Y, por nuestra parte, además de los mejores propósitos, por supuesto, tenemos que lograr mejores páginas. Dios seguro que nos valora los primeros, pero a Él se le sirve con las segundas. Lo cortés no quita lo valiente. Ni lo astuto (en la medida de lo posible).
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