domingo, 19 de febrero de 2017

Las confesiones de un pequeño filósofo


El día empezaba bien, pero no para Quique. Su pantalón de lana le picaba. Le dije que tenía que ponérselo, que a mí también me picaban los pantalones cuando era pequeño y mi madre me los ponía y que es un clásico de la infancia. Se conformó.

Comíamos en el Club Náutico. Los niños terminaron antes y se fueron a jugar. Los mayores seguíamos en la mesa. Llegó Carmen corriendo. ¡Quique se había caído al río! Corrí. Cuando bajé el pantalán, me lo encontré entre el barco y la madera, en el agua fría de febrero y barrosa, sostenido por los brazos por su prima Beatriz.

Mi hermano Nico, que corría por detrás de mí, me dijo: "Hazle una foto, hazle una foto", pero yo no estaba para fotos, y lo saqué chorreando, llorando y sangrando del agua. Goteaba por partida triple. Ya en la madera sí me atreví a hacerle la foto. Me ha servido para descubrir, más tarde, por detrás la cara de consternación de Carmencita.



En tierra, le echaron por encima un mantel del restaurante para secarlo. Me lo llevé a casa, mientras los demás seguían con su almuerzo. Los mozos del Náutico nos veían reírnos y nos reñían: "Podría haber sido muy serio". "Por eso mismo nos reímos, porque no lo ha sido". Podía haberse ido debajo de un barco o de un pantalán o haberle empezado a pesar mucho la ropa empapada. Beatriz podría no haberlo pescado o Carmen haberse entretenido con el salvamento en vez de avisarnos tan rápido. Claro que nos reíamos. Y Quique lloraba y reía y daba tiritones.

En el coche repetía, como un mantra: "Esto no me ha gustado nada", "Esto no me ha gustado nada", "Esto no me ha gustado nada"...

"Naturalmente", le digo, "podías haberte ahogado"... Y me contesta: "Tan pronto. Entonces ¿para qué habría vivido?" Yo le tengo que explicar que ya vive para siempre, pero no tenía cuerpo más que para reírme, nervioso.

En casa, los dos solos, le he preparado un baño muy caliente, y ha dejado de dar tiritones: "Este agua sí que me gusta".

Ya con pijama y con otro ánimo, ha decidido aprovechar la aventura para algo: "Yo creo, papá, que el pantalón ése trae mala suerte".


sábado, 18 de febrero de 2017

Voluntarismo estético


Escucho a mi derecha: "¡Qué guapísimas estáis, hijas!" Me vuelvo, como es lógico. Una señora mayor y popular se dirige así a dos señoras de cincuenta años vestidas de fiesta o de boda, que acogen el piropo con grandes sonrisas de aprobación. Trajes de varias capas y variados colores, profusión de cosméticos, una cinta plateada en la cabeza, muy años treinta, y grandes tacones, inestables como las sendas permanentes. El resultado deja mucho que desear, siendo honestos, y uno sospecha que estarán bastante mejor en los días corrientes ("quizá, quizá tienen razón los días laborables"), pero no deja de emocionarse por esta muestra de voluntarismo estético, al que tan sensibles son las mujeres. Querer ponerse guapas es un homenaje y embellece, al menos, el rito o la celebración y, desde luego, el alma.


jueves, 16 de febrero de 2017

La errata creadora



También ha salido la tercera entrega de mi diario, que sale del blogg. Yo estoy muy contento porque 1) dudaba si estos años tan intermitentes darían para un diario, y han dado; 2) por la dedicatoria, que es lo que prefiero de mis libros: dedicarlos; 3) por el título; 4) porque sale en Númenor, que es como no salir, como estar en casa, en una mezcla de discreción y afirmación; y 5) por el colofón:




A cambio, tengo más miedo que vergüenza y cierto apuro por la insistencia (exactamente el etcétera ése, tan largo). Por eso me ha divertido tanto una errata enorme, terrible, increíble, pero a la vez creadora. Había una entrada titulada "Par délicatesse", que, por los duendes de la imprenta, ha salido completamente en blanco.

Ya hace bastante raro de por sí, pero el caso es que hay otra entrada que defiende, contra la sospecha de las erratas, el valor del espacio en blanco: véase. De modo, que el lector atento creerá ver en esa entrada titulada "Por la delicadeza" seguida de un gran espacio en blanco, un mensaje en clave.

Y, aunque no fue mi voluntad, qué creativa errata, porque a estas alturas mías de grafomanía, qué delicadeza mayor que callarme un poco.


miércoles, 15 de febrero de 2017

Heteropatriarcado


Por fin, a pesar de mis retrasos, salió la antología de poemas al padre. 


Lo explico en la solapa:



Durante un tiempo guardé un vídeo en que salían muchos y muchas rajando del heteropatriarcado, para colocarlo aquí hoy y celebrar, por contraste, el libro más heteropatriarcal del mundo. Pero nada de lo que he escrito me ha hecho tanta ilusión como la dedicatoria del prólogo. La releo y no estoy para polémicas irónicas ni políticas, sino para la pura alegría que late bajo estas líneas.






martes, 14 de febrero de 2017

Shakespeare puro



Últimamente, quizá por compensar las homilías más planas, se lee en los funerales el maravilloso texto de San Agustín. Me gusta mucho.

No sé si alguien se atrevería a recurrir a Shakespeare, que tiene uno de los textos más consoladores también frente a la muerte, y además con gran gracia y viveza, y en una comedia de amor. Apostaría a que él hizo el papel del bufón más de una vez en su vida cotidiana, repitiendo el sorprendente silogismo a alguna inconsolable Olivia. Lean:










































domingo, 12 de febrero de 2017

El cambiazo


Poco después de empezar el curso, me dieron el cambiazo. Este año había nueva edición del libro de texto de la asignatura “Empresa e iniciativa empresarial”. A los que querían reciclar libros de años anteriores, heredados de sus hermanos o primos, yo les aseguré que no habría problema: las pocas variaciones las avisaría de viva voz. Pero todos preferían el libro nuevo del paquete y algunos se lo compraron y uno o una, anónimamente, me dio un cambiazo.

Tardé un poco en darme cuenta, pero era indudable. Empecé con uno nuevo y el de ahora estaba un poco gastado por las esquinas y con los ejercicios resueltos a lápiz y algunos apuntes en los márgenes. Yo, en los dos grupos a los que doy la asignatura, invité al pillo a devolverme el volumen nuevo. Sobre todo, porque la paginación era distinta y no atinaba a decirles por qué página íbamos o qué ejercicio tocaba hacer. Aunque reconocía cierta justicia poética en tras tanto confirmarles que daba lo mismo el nuevo que el viejo. Ellos se reían, y se miraban de reojo con guasa, pero el zorro justiciero no salía. También se extrañaban de que no montase en cólera ni ordenase una investigación. Cuando lo comenté con algunos compañeros, también me miraron con una enorme lástima por mi falta de carácter, mi despiste y mi resignación.


Pero precisamente... Ayer, ordenando los cuentos de mis hijos, salió el volumen de “Empresa e iniciativa empresarial” de entre un montón de libros de adivinanzas. El primer movimiento fue de alegría, como el que da con la oveja que se le había perdido y eso. Después me puse a pensar de quién sería el libro viejo que tengo en mi poder. ¡Tanto protestar por el cambiazo y, cinco meses después, descubro que el cambista fui yo! Por eso, no monté en cólera, porque qué culpa tenían mis 59 alumnos restantes de que uno hubiese trincado el libro, habiendo tenido el detalle, además, de haber dejado el viejo a cambio; pero, sobre todo, porque, tratándose de mí, vete tú a saber. Y hemos venido a saber, en efecto, pero ahora: de cambiazo, nada; quizá un mangazo por mi parte, y un inocente que no ha dicho nada en todo este tiempo.