viernes, 26 de agosto de 2016

De los que trajo Mendoza


Carmen está gritando en la entrada del Bucito y dando saltos: "Llegué. Llegué. Antes me daba miedo y llegué". Ha llegado sola en bicicleta desde casa hasta la playa. Antes, en efecto, le daba miedo; pero lo ha vencido. Me cuenta, al oído, el secreto de su victoria. Ha inventado una canción para darse ánimo:


Cuesta abajo, acelero 
y cuando quiero 
freno. 

Cuesta arriba, 
trago saliva. 

Está especialmente orgullosa porque yo le doy mucho valor al valor. Ya saben: "Sólo es libre el hombre  / que no tiene miedo" (vía). Eso, Quique lo tiene totalmente interiorizado. Ahora está tumbado sobre mí, que estoy tumbado en una hamaca. Me ha pedido que lea en voz alta el libro que tengo entre las manos. Es más o menos apropiado. Filetes de lenguado de Gerald Durrell. Cuando acabo el segundo relato, el de las tortugas, se me hace un nudo en la garganta y se me escapan dos o tres lágrimas, como pelotas de ping-pong. Quique se da cuenta (se ha mojado, de hecho) y me mira pasmado. "¿Estás llorando?". Llorando yo, el mismo que, cuando se hacen un rasguño en la rodilla, les cuenta la épica de los tercios viejos de Flandes  y les prohíbe un lamento. "Sí, de emoción. Los hombres no lloramos casi nunca de dolor, pero así, sí". No lo veo convencido del todo. Le recito la infalible milonga argentina:


Mi caballo es andaluz, 
de los que trajo Mendoza, 
que no tiene miedo al tigre 
pero tiembla ante la rosa. 

Se lo gloso y queda convencido del todo. Pero, de pronto, veo que su ceño se frunce. Me mira con pena y confiesa: "Yo nunca he llorado de emoción".


Aristócratas Anónimos (5/10)





domingo, 21 de agosto de 2016

Waugh!






































El Waugh más caústico y más certero se encuentra en este cuento de 1953 que no había leído  y que leí ayer en el tren con una admiración sólo comparable a mi hilaridad y con el corazón en un puño. Debería ser lectura obligatoria en 1º de Reaccionario.

AP-4 Sevilla-Cádiz


Desde el principio
nos escoltó la luna,
y al final, uno
a uno, todos dormían
menos la luna y yo. 

sábado, 20 de agosto de 2016

Espíritu de contradicción


Quique tiene la fea costumbre —no siempre voy a poner bien aquí a mis hijos aunque sea por disimular— de contradecirnos, como en un juego, al que no me gusta jugar. "No os bañéis, que hay muchas olas", ordeno yo. "No hay ninguna ola", dice él. Anoche: "Acostaos, que nos espera mañana un día larguísimo". "Un día cortísimo", dice, pues quiere ver los últimos minutos, tan tristes, del baloncesto. "Larguísimo". "Cortísimo". Al final, he de darle un grito y exigirle que diga, sin ninguna gana: "Larguísimo". Se va a la cama llorando.

Acabo de subir las persianas, advirtiendo hay que correr, que dentro de una hora tenemos que coger el tren para Madrid. Carmen no se inmuta. Él abre un ojo y dice: "Un día larguísimo". Medio tapado por la almohada no sé si es arrepentimiento de su tozudez de anoche, reconocimiento de la verdad de nuestra jornada o una ironía madrugadora. En cualquiera de los tres casos, la gracia es la misma.

Y yo también corro, que llevamos el tiempo en los talones.