martes, 7 de julio de 2015

Estrellas y presbicia


Como quizá sabéis, me han puesto gafas de cerca. Gracias a ellas acabo de tener una visión. Estaba leyendo en el jardín, y he levantado la vista, y a través de ellas, aún he visto  las estrellas, más borrosas de lo normal, como es lógico, pero titilantes, más esforzadas. Y he visto claro que la inmensidad todavía se apiada de mi pequeñez. Estrellas, calderilla de la misericordia divina, cómo brillan en el cuenco de mis ojos, en la mano extendida de mi emoción.




lunes, 6 de julio de 2015

Plis



Estamos tan embobados con el bilingüismo que no nos habíamos percatado. Pero ellos, con el instinto afilado y ventajista que les caracteriza, sí. Cuando mis hijos nos piden un capricho añadiendo "please" a la frase, con una boquita de piñón internacional, nosotros somos más sensibles a sus demandas. O éramos. A partir de ahora, les he dicho, aquí las cosas se piden "por favor". "Por favor" y punto.

Y ya veremos.


domingo, 5 de julio de 2015

Preadolescencia


De la mano de Carmen paso al lado de una pandilla de preadolescentes. De pronto, una dice: "Ay, es mi perro: ¡es monííísimo!" Las otras (y Carmen y yo) seguimos la punta de su dedo, y allí está un teckel de pelo duro bastante mono, sí, llevado por un señor. Se hace un silencio, supongo que alguna amiga la mira inquisitivamente. Y ella entonces concede: "Ah, bueno, sí, ése es mi padre".

Cuando me cruzo con él, me embarga una solidaridad preventiva. 


sábado, 4 de julio de 2015

Titus Andronicus




Llevo cinco o seis días queriendo escribir de Tito Andrónico, la obra de Shakespeare, y tan bien lo querría hacer que no lo hago. Lo mejor es enemigo de lo bueno. Para no retrasarlo más, unas notas apresuradas. 

La obra, que apasionó al público de 1593, no goza del aprecio de la crítica. Lampedusa la despacha de una puñalada siciliana y Bloom se mete en su jardín de la ansiedad de la influencia. Al Dr. Johnson le espantaba y los victorianos, por la cuenta que les traía, vetaron su representación. En realidad, sin el criptocatolicismo de Shakespeare no hay nada que entender. El público de la época tenía muchas más claves que los modernos que se permiten el lujo de despreciar a un público diez veces más sutil y perspicaz. Pearce, cuando se decida a comentarla, va a dar con un filón. 

El catolicismo está tan claro como que es literal. Aaron el Moro le dice a Lucio, el personaje más luminoso del drama, que confía en él porque es papista [sic] "y tiene dentro esa cosa que llama conciencia". Qué bien, ¿verdad?

De Tito no se dice que sea papista, aunque esas cosas van en la familia, como sabía muy bien Shakespeare. Pero no interesa decirlo porque Andrónico recae en la venganza, que, por mucho que él se resista y por muy justificada que esté, cristiana no es. Incluso las flechas con oraciones y súplicas que manda al cielo y que, en asombrosa parábola, caen sobre sus enemigos, tienen que ser oraciones y súplicas a los dioses paganos. En cambio, sus protestas de lealtad a un emperador depravado porque es el legítimo heredero son un correlato del patriotismo inglés de los católicos ingleses, divididos en sus lealtades. Y también son católicos sus esfuerzos heroicos para que sus hijos, agraviados, se mantengan dentro de ese doble círculo de lealtades.

El emperador Saturnino se pierde por su debilidad con las mujeres. Tamora y la lujuria lo manejan a su antojo, lógicamente. 

Hablan mucho los críticos de la parodia gore que es la obra. Bloom, ya puestos, la considera hasta humorística, como si fuese una de Tarantino (digo yo). Nuestros críticos mimados no tienen ni idea de lo que hacían con los jesuitas en Tyburn. Las mutilaciones de Lavinia las verían de forma muy distinta a finales del XVI en Londres. Muy distinta.

Y qué escena la soledad de Tito pidiendo clemencia a los otros patricios, que siguen sorda y ciegamente al Emperador en su deriva. Mejor quejarse a las piedras, concluye Tito, como pensarían los aristócratas recusantes de entonces, que tanto trató William Shakespeare. Bloom, de pasada y de casualidad, tiene un acierto pleno cuando habla de Job. 

Tras esa escena, otra de mucho calado. Los Andrónicos que quedan vivos se plantan casi hieráticamente en una encrucijada de caminos: en un extremo, Lavinia, deshonrada y mutilada; en el otro, Lucio, que marcha al exilio; en el tercero, Marco, el hermano de Tito, que ha dado un paso atrás y se ha convertido en un espectador apesadumbrado y pasivo; y por último, Tito, que no ve más salida que caer en la locura. Hacen una cruz auténtica.

El recurso de Tito a la locura, ¿recuerda a Cervantes? Recuerda a Erasmo.

Qué frescura el amor de Lavinia y Bassanio. Es un rompimiento de gloria, una isla de dulzura, que se queda en nuestra memoria todo lo que dura la obra. Enmarcada así entre dos promesas: el amor virginal de ellos y la coronación de Lucio. 

La venganza de Tito está inspirada en la de Progne, pero sutilmente el cristiano Shakespeare corrige al pagano Ovidio. Itis era inocente. Demetrio y Chirón, repugnantemente culpables. Que le cortasen la lengua a Lavinia —si mi interpretación general es acertada— es una imagen de la atroz censura. Y que ella, muda, muestre su desgracia a través de las páginas de Ovidio es la defensa más hermosa de la lectura y de la intertextualidad que imaginarse pueda. Y que escriba con muñones el nombre de sus agresores y mordiendo el bastón con la boca, ¿no parece un autorretrato expresionista de Shakespeare? Por cierto, que como Dante presumió de haber superado al Ovidio de las Metamorfosis con el episodio de los ladrones y las serpientes (¡cómo es Dante también, tratar las citas y referencias literarias hablando de ladrones, eh!), Shakespeare podría haber fardado de superar a Ovidio en Titus Andronicus. Mucho más asqueroso que comerse a un niño inocente, tragarse a un par de degenerados y viciosos adolescentes. Y más duro, si me permiten la escala, que lo haga una madre que un padre. Shakespeare consigue ser más justo que Ovidio y a la vez más espeluznante. Pero como es inglés y no italiano, no presume.

Por cierto, en la estupenda película de 1999, dirigida por Julie Taymor, esos hijos de Tamora son unos fanáticos del heavy, y yo pensaba si no estamos ante una metáfora redonda del mal. ¿La modernidad se reconoce —se confiesa— —se complace— como malvada a través de su música más militantemente moderna?

Sé que es un pregunta muy larga e imposible y que nos llevaría muy lejos, disculpen. El mundo, en cualquier caso, seguirá sin entender Titus Andronicus; pero no nosotros, nosotros, sí.


miércoles, 1 de julio de 2015

¿Qué envidias, exactamente?

Estoy fuera de casa. La mañana no empezó bien:




Ahora llamo a Leonor para felicitarla come il faut. Pongo voz de pena y de distancia y digo: “¡Qué envidia!” Leonor me cuenta: “Cuando vuelva del trabajo, tengo que comer rápidamente para llevar a los niños a clase de natación, y luego salir corriendo para llevarlos a una fiesta de cumpleaños… ¿Qué envidias, exactamente?” Reacciono rápido: “Estar con vosotros”. Se ríe, muy conyugalmente. Una novia, tal vez, se emocionase, pero Leonor se desternilla. Y sí que hay una imagen que se repite (en la realidad y en mi memoria). Quique tirándose de cabeza (o de panza) con todas sus fuerzas desde el bordillo de la piscina. Ese segundo en el aire risueño es impagable. ¡Haber engendrado un hijo volador, un alma osada!”

martes, 30 de junio de 2015

Graduar


Ayer volví a graduarme la vista. Es incomodísimo el sillón ese: decidir con qué variación leve de lentes ves con más nitidez las letras del fondo. Yo voy angustiándome en un mar de dudas. Lo peor es la paradoja: tienes que mirar lo que pone en el cartelito luminoso pero te estás mirando los ojos que miran, vueltos sobre sí mismos, casi girados en las cuencas como en una película de miedo. Es una imagen del solipsismo.

La vista lo único que no quiere es verse: está volcada sobre el mundo. 

Se lo cuento al óptico, pero no lo confundo. "¿A ver ahora: mejor?", pregunta cambiándome un cristalito por otro idéntico...


lunes, 29 de junio de 2015

Suave es la noche


Para terminar el análisis de los resultados de la evaluación ordinaria, teniendo en cuenta que las notas se acabaron de meter anteayer, como quien dice, y mi natural procrastinador, tuve que quedarme hasta bien tarde por la noche. 

Cómo puede consolar una frase. Me la dijo a la salida de misa, Gonzalo Altozano, cuando le conté el panorama que se extendía ante mis horas, y es de Amando de Miguel: "Nos hacemos profesores porque no queremos dejar de ser alumnos". Encaré mi noche con el espíritu del estudiante de Derecho que fui, rejuvenecido. 

En los momentos flojos, lo tomaba como un castigo a mi pachorra, y me venía arriba. 

Esa misma tarde me había pegado [qué verbo más exacto] una buena siesta y luego tuve cargos de conciencia. Pero ahora, en mitad de la noche, me alegraba de la siesta. No hay que juzgar[se] demasiado rápido.

Las noticias de Grecia. 

Salía al jardín, a la luz de la luna, y me felicitaba de estar despierto. Oh, luna, consuelo de los insomnes. 

Por cierto, de pronto caí en la cuenta de que el corazón no para de latir, y que forzarte a una noche en vela también es un acto de solidaridad con él y con nuestros pulmones, tan sacrificados y tan poco reivindicativos. 

Pasado de horas, me entró —solo— la risa tonta. Me contó Leonor que anteayer se perdió Quique en el centro comercial y que ella y su amiga se inquietaron bastante. Cuando lo encontraron, ya en el coche, le reñían: "Qué miedo hemos pasado". Carmen terció: "Hasta yo me he asustado". Y está muy bien la observación, pues los niños viven mucho más tranquilos. Un indicador de peligro auténtico es ese: cuando los niños se asustan. Ahora, a toro pasado, sin haberlo vivido, a las cuatro de la mañana, me reía.

Como los malos estudiantes (exactamente), descubrí muy tarde lo que me gustaba la materia. Qué exactas son las matemáticas. Calculaba los tantos por ciento de aprobados, de suspensos y de muy suspensos; y no dejaba de pasmarme (¡letras puras!) de que todo cuadrase tan bien y que la suma diese 100 % y eso. A veces, como si me sobrase el tiempo, hacía las cuentas dos veces o tres, de distintas maneras, para regocijarme en el mismo resultado. 

Las matemáticas son mágicas. Cambias una coma de sitio o un verso y te cargas el poema, pero las cuentas, orden de factores creo que le llaman, cómo resisten, qué fuertes.