miércoles 29 de febrero de 2012
AP-4
Quizá porque han sido tan intensos estos dos días y medio en Madrid no veía la luna desde la autopista. Me la tapaban, no las nubes, sino las memorias, me dije, haciendo una frase. Y lo cierto es que iba recordando lo que me había ocurrido hacía siglos, al salir esta mañana de casa de mi suegra para ir al Congreso Chesterton del CEU. Se me vino encima un haiku:
Olvidarte el jersey
y no volverte:
¡la primavera!Con eso me bastaba, pero no fue todo. Ya en la rotonda de salida de la AP-4, a mano izquierda descubrí la luna a ras de horizonte, una luna oxidada y a medio gas:
Cuarto de luna
sucia, pero la vi
llegando a casa.
domingo 26 de febrero de 2012
Carpe diem, qué remedio
Para archivar mis artículos de prensa, he creado dos carpetas, una, fina, donde meto los que podrían valer para un futuro librito, y otra, donde meto aquellos que de tanto seguir a la actualidad llevan la fecha de caducidad en la frente. A esta carpeta le he puesto el nombre de "Carpe diem, qué remedio", por razones obvias. Este artículo va ahí, de cabeza, pero aún así me gusta. No todo es perdurar, si sirve, vale.
viernes 24 de febrero de 2012
La muerte, a favor o en contra
Dos libros recién publicados comparten tema y, en
principio, nada más. Los dos tratan de la muerte, pero mientras que Elias
Canetti en el Libro de los muertos (Galaxia
Gutenberg, 2011), recopilación de notas tomadas durante toda su vida
sobre el particular, se encara con ella, dispuesto a presentarle una batalla
sin cuartel; el filósofo francés Fabrice Hadjadj con Tenga usted éxito en su muerte (Nuevo Inicio, 2011), nos presenta la
muerte como la puerta del éxito.
"En realidad, mi
libro sobre la muerte es un libro sobre la alegría", exulta Hadjadj. Y en
realidad el libro de Canetti lo es sobre la desesperanza. El primero construye su
visión sobre la fe y por eso puede preguntarse: “¿Dónde está muerte tu victoria?”,
y dar hasta siete contundentes motivos por los cuales la existencia de la
muerte es un regalo. El segundo escribe desde el agnosticismo y contempla con
angustia que la victoria de la muerte será total, aunque él, heroicamente, no piense
rendirse.
Ambas posturas tienen su
reflejo —en ambos casos estamos ante literatos de raza— en el estilo. El libro
de Canetti no es propiamente un libro, sino las notas que fue tomando durante
toda su vida para un texto definitivo que enfrentase a la muerte en todos los campos.
El hecho de que no lo escribiera demuestra hasta qué punto veía inútil su
lucha. El libro de Hadjadj es un ensayo extenso, que no tiene reparos en regodearse
en digresiones, en pequeñas narraciones, en citas, en continuos juegos de
palabras y en bromas, macabras o inocentes, incesantes.
Sin embargo, bajo tantas
y tan evidentes diferencias hay un fondo común, que es la clave: la apuesta
decidida por la vida. En Hadjadj por la vida eterna (ese es el éxito en la
muerte que nos propone) y en Canetti por la vida que quiere ser eterna. De
hecho, tiene algunos apuntes a favor de la idea del infierno por el simple
hecho de que al menos viene después de la muerte. Ambos rechazan con
radicalidad el suicidio. Canetti llega a escribir: “No he perdonado de verdad
ningún suicidio. Aborrezco al floreciente abogado de la muerte”. No se le
escapan al sagaz Canetti ciertas coincidencias suyas con la visión
judeo-cristiana: “¿Por qué el salmista
odia la muerte como sólo yo la aborrezco?”, y reflexiona sobre la muerte de
Cristo con una emocionada admiración. Y ambos piensan que una hora o incluso un segundo más de vida merecen la pena y pueden significar una inmensa opurtunidad.
Pero
la más sorprendente coincidencia estriba en la concepción de la muerte del
hombre como un martirio o un sacrificio religioso. Brevemente lo apunta
Canetti: “Todos los moribundos son mártires de una futura religión universal”;
y lo explica muy bien Hadjadj: “Todo
hombre está obligado a morir voluntariamente. No es que todo hombre quiera
morir, sino que, frente a una muerte ineluctable, la voluntad siempre tiene
libertad para la rebelión o el consentimiento. […] Cuando
se reflexiona en profundidad no hay más que una alternativa entre dos especies
radicalmente opuestas de muerte voluntaria: el suicidio y el martirio".
Sin negar la utilidad de
ambos libros como ars moriendi, su gran valor es como modus vivendi: nos ayudan a mirar de
frente a la muerte. Y como nos avisó Heidegger, "la aceptación total de la
angustia de la muerte en la anticipación del morir es la única manera de ser
auténtico", o dicho en plata: sólo tenemos una vida intensa y humana si
contamos con su final y lo vamos viendo venir. “Sin esa gravedad de la muerte,
estaríamos condenados a la charlatanería y a la mundanería”, advierte Hadjadj.
Quizá para prevenirnos contra esa vida insulsa gastó Jean Paulhan su broma:
"¿La muerte? Vamos a ver si yo vivo hasta entonces”. Una broma muy seria.
miércoles 22 de febrero de 2012
Cuento y llanto
Escamados, nos hemos preguntado aquí por la moralidad de la literatura, y ha habido otras reflexiones más brillantes. Ahora me encuentro con una prueba de ello en mi propia carne. Carmen quiere que le cuente cuentos en cuanto la llevo a la cuna. Antes rezábamos y tan felices. Ahora rezamos, desde luego, pero el rezo se ha convertido en un drama de considerables proporciones porque retrasa unos segundos la aparición, sigilosa y amenazadora, del lobo. No me parece mal que desde chiquitita aprenda que la oración implica, por su propia naturaleza, un sacrificio. Y ojalá esta tensión entre la fe y las obras (literarias) la acompañe durante toda su vida, como a su padre. Hay, gracias a Dios, puntos de contacto.
martes 21 de febrero de 2012
domingo 19 de febrero de 2012
Elogio del disfraz
No confieso en el artículo del hoy qué fue lo que me hizo caer del caballo y dar un costalazo feliz contra el suelo. Si he perdido mis prevenciones contra el disfraz, no es por Chesterton, sino por un motivo mucho más gordo, del que adjunto una foto movida:
sábado 18 de febrero de 2012
Elias Canetti, El libro de los muertos (2/3)
Algunas de las pequeñas notas que Elias Canetti apunta contra la muerte son, en
realidad, preciosos y esperanzados microcuentos, como "Su reloj se
detuvo, su corazón siguió palpitando" o "La mariposa como fantasma de
la oruga". Mi preferido es este: "Él pidió una prórroga a Dios. Éste
le concedió una hora". No recoge, creo, una broma macabra de Dios, sino la prueba de
lo que vale el tiempo.
Una hora –cualquiera– es un regalo divino.
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