miércoles, 8 de enero de 2020

Empatía



Me he interesado e intrigado siempre mucho el papel de la empatía para el lector de poesía. Yo he defendido en prosa y en verso que la poesía es la responsable de producir esa sensación en el lector inteligente, pero tengo que reconocer los límites de mi teoría por razones bien prácticas. Además,  alguien tan talentoso e inteligente como el Conde Villamediana era firme partidario de la empatía previa, que tiene toda la pinta de topos clásico:

Nadie escuche mi voz y triste acento,de suspiros y lágrimas mezclado,si no es que tenga el pecho lastimadode dolor semejante al que yo siento. 
En estos tiempos de consenso, empiezo a estar dispuesto a buscar un término medio entre la postura de Villamediana (precisamente) y la fingidora mía.



sábado, 21 de diciembre de 2019

Vacaciones



Entro en el baño después de mi mujer. Está impoluto, ordenado, brillante. Lo veo: es una trampa. Me afeito, me ducho, me peino de puntillas. Miro a mi espalda. Diría que esta vez he salvado el peligro.

(Con todo, lo que peor llevo de compartir el baño es encontrarme en la ducha todo tipo de acondicionadores de pelo y mascarillas, sí, pero el bote de champú, al final, y vacío.)

viernes, 20 de diciembre de 2019

¡Aquí! ¡Otro de la luna!


Nunca se han visto en otra mejor mis haikus que en esta ocasión, con los hijos de unos amigos. El ambiente, el tono, la risa, el pasmo, la ironía..., ¡todo!

Le he escrito al padre para explicarle: «Ha sido, hablando de haikus, un satori. Porque he visto claro que esa actitud (la risa ante el padre tonto o el asombro escandalizadito ante la basura en un poema) es exactamente con la que yo he escrito mis haikus, clavada. Me he entendido mejor en el espejo de tus hijos. Para entrar en el reino de la poesía también hay que ser como niños».

A lo que me ha contestado el padre: «¡Y yo que tras cada poema le preguntaba a Cari si lo había entendido cuando lo propio habría sido pedirle que me lo explicara...!»

Que otros se jacten de los libros que han escrito, a mí me enorgullecen los que me los han leído.

domingo, 4 de agosto de 2019

Flor del sueño


Me he despertado esta mañana con esta copla en los labios, terminada del todo:


La vida es esa aventura
que se escribe muy despacio;
y va un viajero y la apura
cuando lee tu epitafio.

[Y no está mal esta copla, caigo en la vigilia, para echar el cierre al menos durante un tiempo a mi diario. Quizá Lo que ha llovido; El pábilo vacilante y Un largo etcétera hacían una trilogía cerrada, y sólo ahora me he dado cuenta. ¿Quién iba a pensar que los diarios también tenían sus ciclos, como la poesía, y que ahora tocaba un rato de barbecho, pero así es o lo parece. Muchas gracias por la compañía. En los artículos, en todo caso, seguiré erre que erre.]

Vaccacciones en Bracciano: té


Quique, tras tomarse un té helado, exclamó: «Italia..., ¡qué gran país!». 


sábado, 3 de agosto de 2019

Vaccacciones en Bracciano: Cuando nos casamos


Ahora quisiera ver yo a esos que se ríen tanto de mí si digo: «Cuando nos quedamos embarazados...». Porque en el viaje a Italia, como allí hicimos nuestro viaje de novios, y recordábamos cosas, Carmen empezó a preguntar: «¿Cuándo nos casamos...?» Por si estuvimos aquí, o allá, o comimos eso, o visitamos lo otro. Naturalmente lo último que hicimos fue corregirla. En el matrimonio, con pleno derecho, ya estaban latentes y de viaje de novios nuestros lejanos hijos.


miércoles, 31 de julio de 2019

Vaccacciones en Bracciano: Dante, no, Dante, no


Al final no me daba tiempo a escribir sobre la marcha las impresiones del viaje y ahora tendrán que venir aquí según vayan viniendo, desordenadas, tal y como han terminado en mi memoria. Primero, la que menos me gustaría que se perdiese. 

Los antecedentes son varios. Colecciono monedas de dos euros de Dante. Eso es de antiguo. Mis hijos han heredado la compulsión del coleccionista y andaban como locos con tanta abundancia de monedas como había en Italia, cuerno de la abundancia.

Además de coleccionistas, son muy dantescos, y cada Dante que veían me lo señalaban inmediatamente, como el de la Catedral de Orvieto:


El último antecedente: la zona azul, donde nos hemos dejado una fortuna estos días.

Ahora el hecho. En Caprarola, que es un pueblo en abrupta cuesta como su propio nombre indica, tenía que pagar para la dichosa zona azul. Bajaba la pendiente vertiginosa cuando informé a los niños, que habían quedado atrás: «Sólo tengo para pagar monedas de Dante».

Ellos, desde arriba, casi desde la explanada del Palacio Farnese se dejaron caer corriendo sin control, agitando las manos, conteniendo las lágrimas y gritando con angustia: «Las de Dante, no, papá, las de Dante, no». Los caprarolenses no entenderían nada, pero les conmovió tanta emoción dantesca en unos extraños y, en cualquier caso, les llamó la atención el dramatismo y el suspense de la carrera cuesta abajo, que pudo terminar en tragedia.