lunes, 20 de mayo de 2019

Juego de tronos



Lo más dramático del último capítulo de Juego de tronos ha sido el enfado de mi hijo Quique que se había enterado de que iba a quedarme hasta las tres para verlo porque no lo haya levantado, como me pidió. Yo ya le dije que no, pero se ve que no había perdido la esperanza. Como un cobarde, me he refugiado en el spoiler. Le he dicho: no has visto ni un sólo capítulo, si ves el final, te fastidio la serie para cuando seas mayor. No le he convencido.

Nada más entrar en el IES a las ocho oigo esta conversación entre dos niñas de 1º de ESO: "He podido ver esa película porque este fin de semana me tocaba en casa de mi padre. Mi madre no me deja ver esas cosas". He sentido una profunda solidaridad con esa señora, y le hecho una reverencia moral. Ése sí que es un juego de tronos.


domingo, 19 de mayo de 2019

Cates y cates


Mientras leo poesía tirado en el sofá, oigo, de fondo, la dulce música de Leonor ayudando a Enrique a hacer la tarea. Con tanto cariño como paciencia, si se pueden distinguir. Yo le digo: «Si dependieses de mí, ¡no ibas a sacar cates, Quique, a sacarlos y a llevártelos». Se ríe el sinvergüenza del juego de palabras. Yo también. Leonor nos llama la atención, sobre todo a mí: «Por lo menos, no lo distraigas».


viernes, 17 de mayo de 2019

Hallazgo

Enrique bajó del autobús del colegio entusiasmado. Había tenido una epifania enofiliobiobliográfica. Cogió un libro un tanto al albur en la biblioteca del colegio. Se puso a ojearlo y a hojearlo y, de pronto, se encontró con que salía su madre, y no sólo mentada, sino dibujada y también hablando. Se pasó el día en el colegio deseando llegar a casa para dar cuenta de su descubrimiento. Tiene localizada la página que es: la 17. Nos lo dice para que no nos confundamos.




También sale otra vez, muy guapa, en silencio, y también la había identificado Quique:







Mil gracias a Paula Fernández de Bobadilla y a Ximena Maier por el subidón que le han dado al niño. Y a la madre. 



Que yo salga cada dos por tres en los papeles les ha dado igual, como es natural.

domingo, 12 de mayo de 2019

A la intemperie


En su presentación-espectáculo, Lara Cantizani sorteó algunos libros de haiku que él ha editado. Podía haberme tocado Basho. O Issa. Pero me tocó A la intemperie (Haibooks, 2006) de Juan Francisco Pérez y de María Victoria Porras.

«Vaya, mi suerte..», pensé; pero era mi suerte, en efecto.

Qué libro tan bonito. Los haikus están muy bien y, además, todos juntos, transmiten un aroma a Murcia (una Murcia orientalizada, pero auténtica) que te conmueve. Ni la nombran, pero se vislumbra hasta una bonita historia. Es un libro escrito al alimón y, supongo, que al aliamor.

Ojalá Pérez & Porras se busquen en Google de vez en cuando y les pueda llegar mi aplauso y mi agradecimiento.

Algunos haikus del libro:

Un árbol muerto.
Aún da al paraje
su quietud.

*
Ermita de huerta.
Su tejado a dos aguas
apunta al cielo.

*

Rompe a llover.
Se acrecienta el perfume
del azahar.

*

Cómo se ríe
al desenredar su pelo
de la mimbrera.

*

No se permite
el paso a esta finca.
Zarzal en flor.

*

Ajo y albahaca.
El olor brota a golpes
del mortero.

*

Al fresco olor
del huerto, qué liviano
es desvelarse.

*

Hacia el mediodía
los golpes de la azada
van espaciándose.

*

Oh, qué frescor
fundida ya mi sombra
con la del árbol.

*

Ay, empapadas
en los charcos, qué duras
mis esparteñas.

*

Para los ojos
que miraban la luna,
qué denso el mundo.

***

sábado, 11 de mayo de 2019

Casa de ensueño


La casa en el gran cartel publicitario de la agencia inmobiliaria era tan hermosa que me paré a mirarla como el que se abisma ante un paisaje. Sentí lo feliz que yo sería viviendo en ella, tan blanca e iluminada a la hora del lubricán, con la piscina azul y fresca. Sólo haciendo un esfuerzo me recordé que ya era muy feliz sin vivir en esa casa. Salí muy agradecido de aquella atracción magnética, porque volvía más consciente de mi dicha real. Y con una reflexión metapoética: el arte (y aquel arquitecto era un artista) tiene entre sus altas misiones descubrirte --a través de una intensa nostalgia o de un punzante deseo-- lo que ya posees.




viernes, 10 de mayo de 2019

El alabardero y otras observaciones reales


La prueba de que no me terminaba de creer que estaba invitado es que cada vez que nos paraba un guarda de seguridad pensaba que me haría volver sobre mis pasos. Si tenía que enseñar mi acreditación, estaba seguro de que habría desaparecido de mi bolsillo. Cuando nos daban la tarjetita con el sitio en la mesa, temí que yo no tuviese un lugar.
Todas fueron falsas alarmas de hipocondríaco social.
*
Qué exquisita flor artificial es la naturalidad.
*
Poder ser agradecido es un privilegio. Tuve la suerte de hablar con Elvira Roca lo suficiente como para explicarle muy detalladamente por qué su libro era tan importante.
*
Estaba Luis Alberto de Cuenca con Carmen Posadas y Vargas Llosa. Trío de ases para abrir el apetito.
*
Qué alegría encontrar a un paisano. Lo más bonito de mi charla con el marqués de Tamarón es que, allí, en tan hermoso salón, con tan elevadas compañías, no me habló ni una vez de privilegios, sino del deber. En tres ocasiones, referido a tres circunstancias distintas, pero el deber, el cumplimiento del deber.
*
A pesar de tanta llamada del deber, la vanidad. Cada vez que hablo con Gregorio Luri, ya sea de esto o de aquello, la sensación de profundísima coincidencia de caracteres y actitudes. Vanidad, toda vanidad, por supuesto, y la cercanía de Gregorio.
*
Como soy radicalmente hipocondríaco y monárquico medievalizante que cree en el poder taumatúrgico de los reyes, cuando le di la mano a Felipe VI pensé en qué enfermedad (desconocida) se me habría curado entonces por ensalmo.
+
[continuará]

jueves, 9 de mayo de 2019

Tribulaciones del optimista


Llego a la ortopedia en Cádiz y me doy cuenta, con horror, de que me he dejado la receta en casa (en el Puerto, lejano y solo). Miro en todos los bolsillos de mi mochila y en los del chaleco y en los del pantalón. Vuelvo a mirar.

Nada. 

La he olvidado.

Eso me obliga a volver mañana y perder media mañana buscando aparcamiento. Estoy a un tris de desesperarme. Pero entonces pienso en lo bonita que es la vista desde el puente nuevo. En el estupendo café que sirven en el bar de al lado de la tienda. En la posibilidad de hacer esas llamadas que tengo pendientes por el manos libres. Al final, me alegro mucho de tener que volver y no  le veo más que ventajas.

Entonces, como si un diablillo travieso estuviese enredándome, encuentro en el último bolsillo del pantalón, la dichosa receta. Tengo que reprimir un rictus de fastidio. Que mala suerte.

Como si mi espíritu fuese un GPS tengo que recalcular la ruta. Vale. Si lo hago todo hoy, puedo tomarme el café mañana en el bar del IES, que no es tan bueno, pero es más cómodo. Bien, qué suerte he tenido, es verdad. Entro.

Con pasmo, me mira el señor que me atiende. Esta receta que le he dado lo es para una prueba de esfuerzo. Ay, Dios mío. Me he confundido de receta. El señor no sabe si reírse de mí o llorar. Me dice que es importante que me haga ya la prueba de esfuerzo. Ha visto la fecha y se ha escandalizado.

Además me ve cara de congestionado. «No, no, no es corazón, es usted muy amable, sencillamente estoy recalculando. No se preocupe. Adiós, hasta mañana que tendré la suerte de volver a verle».