viernes, 19 de octubre de 2018

Otoño


El sol refleja
en la pantalla y no
bajo el estor.


Sabores



Como de buena mañana yo me levanto agotado y Leonor en pleno dominio de sus facultades, no deja de chocarme tanto encargo, orden, observación, consejo, reproche por lo dejado de hacer y recordatorio de lo pendiente. Luego, en el trabajo, yo también más repuesto, con las compañeras todo son sonrisas y buenas maneras y correos encantadores y muchas gracias en todos los sentidos. Me parece muy bien, por supuesto, porque da gusto trabajar con personas a las que gusta su trabajo, pero me paro un momento, suspiro, sonrío y me digo: "Menos mal que, mucho más que el dulce, me gusta el sabor ácido".


jueves, 18 de octubre de 2018

Entre el muro y el foso


Escribir un artículo, cuando estás inmerso en él, tiene mucho de estar rodeado de enemigos, entre el muro y el foso, con una espada desnuda. Tienes que luchar contra el tiempo y contra el espacio, ay, el plazo de entrega y, ay, el número de palabras, cada cual más inflexible. También con la lectura que querría hacer quien te ha pedido el artículo y con las exigencias del medio y con la lectura que van a hacer esos amigos, conocidos y saludados de cuyo criterio te fías y, por tanto, temes como afilados alfanjes. Tienes que ser fiel al asunto, pero, a la vez, decir algo nuevo y también, ahora por la espalda, tener en cuenta lo que tantos otros han escrito y, ¡cuidado!, no perder tu estilo ni tu tono en la refriega. No puedes olvidar la amenidad. Menos aún la profundidad. Ser serio. Divertir. Ilustrar. Iluminar… Cuántos mandobles a diestro y a siniestro.

Desde fuera me han dicho que alguien escribiendo parece pasivo, aburrido, quieto…




miércoles, 17 de octubre de 2018

Hospital de campaña


Cuando aparco el coche, a la vuelta del IES, el corazón me da un repique de campana de gloria porque recuerdo, de pronto, que en casa están los niños. Qué alegría verlos ahora. Carmen tenía fiebre y Enrique se cayó ayer en el comedor, se rompió un plato de porcelana, se lo clavó y tiene siete puntos en la palma de la mano.

No sé si debería sentirme mal por la alegría de tenerlos en casa. Carmen se pone enferma como yo. Parece que agoniza. Me hace gracia el vivo retrato, tan moribunda. Está a un tris de testar. No le sale la voz del cuerpo y yo tengo que volverme para que no me salga la risa.

Enrique es todo lo contrario. Cuando lo recogimos del colegio y de camino al médico, estaba un poco impresionado. Le propuse que gastase una broma y se mondaba. Una vez en la camilla, cuando la doctora iba con la jeringuilla de la anestesia hacia él, la recordó, pero le salió seria. Normal, como que vencía los nervios del momento. Dijo: "Doctora, no se preocupe usted y corte por lo sano". Hizo el gesto de aserrarse el antebrazo. Entre el tono del niño y que quizá un médico no es la persona más adecuada para entender el humor negro o, mejor dicho, rojo, la doctora, rauda y seria, empezó a consolarle muy preocupada por el estado psicológico del niño: "Todo está sano, ya verás, no hay que amputar nada, te lo prometo". Como la madre andaba mareada, el único que se rió fui yo.

Lo heteropatriarcal de mí se hinchió de orgullo al ver que el niño soportó la jeringuilla, el bisturí y la aguja como si nada.

Así que ahora llego a un hospital de campaña con el corazón nada compungido, lo confieso.




martes, 16 de octubre de 2018

Autorrecato en mí


Estupendas sensaciones al empezar a leer Autorretrato en mí, de Arumburu. Estupendas y no las nubla, en absoluto, el efecto “salto de página” que me asalta. Estoy leyendo un texto magnífico, de esos que hacen que secretamente te identifiques, porque es una situación soñada. Oh, el encuentro con una antigua novia mientras presentas un libro en un salón abarrotado. Qué maravilla, y además se pone en la fila de las dedicatorias, y qué bien lo cuenta Aramburu. Yo, sin embargo, lo habría cortado justo cuando acaba la primera página, por lo sano. Todo lo que se añade después, sobra para el relámpago de emoción ya conseguido. Es mi impresión, reforzada, ya digo, por el efecto "salto de página". Puedo estar equivocado. Hagan la prueba:



Y esto es lo que sigue, que yo dejaría seguir en el sentimiento implícito del lector:


Si estoy equivocado, no dejaría de hacerme gracia. ¡Un andaluz más reservado que un vasco-alemán!


lunes, 15 de octubre de 2018

Ejemplo


Como ya no soy jefe de estudios, monto mis guardias en el IES, como está mandado, y a primera hora del lunes. Hoy me ha tocado meterme en una clase de 1º de ESO. Les he soltado, de buena mañana, un discurso motivacional: una hora es oro. E íbamos a aprovecharla, y yo el primero. Me he puesto, muy serio, a predicar con el ejemplo, y a escribir mi artículo muy laborioso. Tanto que, para hacer honor a mi penúltimo artículo, me ha salido en un periquete. Buena parte del mérito, lo tienen ellos que han trabajado muchísimo.

¿Y ahora, qué? No voy a ponerme a mariposear el último cuarto de hora.

Pues me he venido al blogg y he escrito esto, aunque sólo sea por disimular.


domingo, 14 de octubre de 2018

¿Qué dejó?


El Evangelio de la misa de hoy tiene un golpe de humor que casi me hace soltar la carcajada. Fíjense en el lapsus freudiano del joven rico. El muchacho se postra ante Jesús y le pregunta: "Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?". O sea, que el muchacho que era muy rico y que no podría desprenderse de sus riquezas para seguir al Señor, pensaba, desde el principio, en los términos más patrimoniales. "Heredar", dice, como avisando. En "Las Coplas a la muerte de Don Guido", ya Antonio Machado clavó que hay quienes sólo preguntan ante un difunto "¿Qué dejaste?". Sólo con eso los retrata. ¿Se reiría don Antonio, como yo, con ese arranque del Evangelio?


jueves, 11 de octubre de 2018

Castigo y don


Nadie escribe peor que yo. Hay que echarse a la cara mi primera redacción de cualquier cosa. A menudo me pregunto cómo se puede hacer tan mal. Eso, sin embargo, es mi principal don como escritor, porque me fuerza a confiar cerrilmente en la corrección incansable. Escribo y es una mole basta de piedra. Ahora tengo que esculpir. O un montón de barro. Ahora tengo que mancharme. Menos torpeza, y yo me confiaría. Acepto mi trabajo cerril como una redención palpable, evidente, necesaria, imprescindible.