sábado, 26 de septiembre de 2020

L'uomo delle fontane

 

Anoche me puse arreglar la manguera de la ducha y destrocé el grifo. Llamé tarde al fontanero y esta mañana ha tocado al timbre muy temprano y lo ha arreglado todo en un periquete.

Cuando se iba le he dado las gracias por venir tan pronto y me ha sorprendido: «Eso es por ser vosotros. Los otros que esperen, que no hay tanta prisa».

No niego que pueda haber un poquito de vanidad en lo mucho que me ha gustado la contestación, pero creo que hay mucho más. El fontanero era un auténtico uomo delle fontane, esto es, un señor que no va por ahí bailando al son que le tocan, sino que él decide sus ritmos y sus homenajes, y da audiencias o no las da, como un señor. He estado tentado a rendirle pleitesía, pero he preferido la compasión: «Hombre, Paco, no les hagas esperar mucho, que tu trabajo es muy necesario para cualquier casa y muy importante para la paz familiar». «Ya, ya», ha zanjado.





jueves, 24 de septiembre de 2020

Recogidas del suelo

 

Me cuenta Carmen (10) que hace cinco años vio claro algo que no se le quita de la cabeza. Fue que las heridas están desparramadas por el suelo y en las esquinas de las cosas y que, cuando uno se cae o tropieza, es como si se le pegaran a la piel. Luego, en realidad, no es que se curen, sino que terminan despegándose y volviendo al suelo.

Tampoco se me va a quitar a mí de la cabeza a partir de ahora.


miércoles, 23 de septiembre de 2020

Menos mal


Los niños sí se acordaban de mi contraseña de usuario del portátil del Instituto, que puse para que no entrasen los niños.

(Pero la mañana que pasé en el IES creyendo que la había liado con el ordenador y probando compulsivamente cientos de posibilidades para mí se queda.)

martes, 22 de septiembre de 2020

Como yo

 

Explico en la primera clase y me escuchan con algo parecido al fervor, muy atentos, asintiendo. Les pregunto si lo han entendido. Afirman, sonriendo, felices, orgullos, que sí. En un rapto de cinismo les pido: «Explícadmelo vosotros, por favor». Caras de horror, titubeos, tartamudeos y rendición rápida. Caras de desolación. «Oh --les digo-- no os preocupéis. Yo también soy muchísimo más inteligente cuando atiendo, pienso y guardo un fecundo silencio. Nos pasa a todos». Vuelven a sonreír. Lo han entendido.



lunes, 21 de septiembre de 2020

Otoño

 

Este año mis hijos han descubierto la melancolía. Es un sentimiento hermoso que acompaña mucho y que dora el pasado. Me parece bien.

Ayer, dimos un paseo y ellos iban delante con las bicicletas. En un recodo del camino de La Calita encontramos sus bicicletas aparcadas y ellos habían bajado a despedirse románticamente del mar.

Véase a Carmen, diminuta, líricamente sentada ante la inmensidad:


Y véase a Enrique como un cuadro de Caspar David Fiedrich, pero cruzado con Chesterton, sin necesidad de subir a la montaña: 


Pagado el tributo a la melancolía, volvimos a casa a cenar tan contentos.



viernes, 18 de septiembre de 2020

Canción

 

Me he despertado con esta canción en los labios, como un exótico regalo de la noche:


Mis amigos que he perdido

ya habitáis en el pasado

donde os nimba la nostalgia;

y eso no es moco de pavo.


jueves, 17 de septiembre de 2020

Volverse

 

Entre la mascarilla, el gel, los libros, los papeles, cuando llevaba diez minutos en el coche yendo al IES, me di cuenta de que me había dejado el móvil en casa. Como la mañana va a ser muy larga y los niños y Leonor, lo iba a necesitar. En la primera rotonda, me di la vuelta, resignado y acelerando.

Cuando llegué a casa, vi que había dejado sin darme cuenta una puerta abierta y una ventana abierta, una luz encendida y una perra dentro de la casa. Me alegró mucho.

Se confirmaba mi idea de que volverse, a pesar del prestigio acelerado del progreso, es de las cosas más sensatas que uno puede hacer.

lunes, 14 de septiembre de 2020

No debe molestarse

 

Dice Tarkowski, reflexionando sobre el actor:  «Su única tarea consiste en vivir y en confiar el director. El director elige aquellos momentos de su existencia que expresen con más claridad la idea de la película. El actor no debe molestarse a sí mismo, no debe exagerar su libertad, una libertad que es incomparable, casi divina».

Esto puede aplicarse punto por punto al poeta. Pero  entonces ¿quién es el director? Ah...


domingo, 13 de septiembre de 2020

Malhumor creativo

 

Mi suegra nos ha ofrecido un armario inmenso que ya no le cabía en su casa. Si no lo queríamos, lo vendería en un mercadillo. La historia del armario viene de lejos, porque el padre de Leonor, desde muy chico, se lo alababa siempre a su abuela, y ésta, cuando murió, se lo dejó en herencia a ese nieto suyo tan aficionado a los muebles de caoba. 

A Leonor, por piedad filial, le daba una pena inmensa que el armario saliese de la familia. Le ha encontrado sitio en casa, pero costa de removerlo todo a fondo (ya se sabe que el equilibrio de los muebles es inestable y están todos relacionados entre sí -véase un revistero mínimo, pues imagínense un armario máximo-). Ahora está cambiando los cuartos de los niños.

La casa quedará mejor con el meneo, pero Leonor está de un humor de perros. A la séptima vez que iba a decirle que tenía que estar contenta, que cabía todo y muy bien y que, al final, sería una obra maestra, me he callado. Me he acordado del malhumor creativo, aunque uno esté escribiendo una comedia, y de cómo la tensión puede resultar casi insoportable.

Me he sentido muy solidario con sus nervios y su angustia insomne. «Psch», le he dicho a los niños, «mamá está creando».



martes, 8 de septiembre de 2020

Una Virgen guerrera

 

Este año, aunque es el ocho de septiembre, la Virgen de los Milagros no se ha asomado al balcón del río. No ha habido procesión de la Virgen de los Milagros, pero ha sido un día que ha hecho mucho honor a la fama belicosa de nuestra patrona, tal y como la cantó Alberti:

La Virgen de los Milagros

es una Virgen guerrera.

Bajo del cielo a la frente

coronada de un castillo.

Yo he cerrado los horarios en mi departamento; y eso no ha sido ni mucho menos la mitad de la otra batalla en la que me he enrolado, ya veréis; además de las escaramuzas de los encargos diversos.

En casa, tenemos un cuadrito de su procesión, que Carmen había colgado en mi despacho hace dos días. De modo que, de pronto, he tenido un precioso consuelo, mirándolo:


Hace un rato hemos rezado el rosario como si fuese, les he dicho a los niños, la fiesta de cumpleaños de la Virgen. «Es como traerle flores», ha dicho Quique. Estaban acostados, a oscuras, aunque Quique se ha empeñado en rezarlo de pie.

Cuando hemos llegado a las letanías, se han pedido leerlas en mi móvil. Con la luz de cara, leyéndolas, Quique parecía talmente un Georges La Tour. Como el móvil lo tenía él, no he podido sacarle una foto, que es lo que me hubiese gustado; y he seguido rezando.

Pero la imagen era esta:


Lo mejor es que se confundió leyendo y dijo: «Madre del conservador», que me parece una equivocación la mar de acertada.

De remate, me he ido del cuarto cantando «Cumpleaños feliz», y los niños se reían de mí, lo que está muy bien de fin de fiesta.

Pobres placeres repetidos

Alrededores de José Luis García Martín”. Edición y prólogo de Hilario  Barrero | impronta Hay muchos José Luis García Martín, que él, para más inri, juega a multiplicar en el caleidoscopio de las traducciones de ida y vuelta y en sus citas con fantasmas. Eso no nos permite, sin embargo, elegir al que preferimos, porque el escritor es uno, y hay que leerlo entero si se quieren entender sus partes múltiples. Sí cabe abrigar la esperanza de que el más nuestro sea el centro del resto de su obra.


Para mí el García Martín originario es el hombre satisfecho de su suerte que puede verse en sus diarios y en una parte escogida de sus poemas. Cuando se lamenta, siempre hay un retintín irónico, pero qué auténtica resulta su capacidad de superar cualquier desgracia con una hora de lectura. Si muestra más miedo (también irónico) al amor feliz que al desamor, es porque éste ofrece más posibilidades literarias. Lo dijo nuestro Mario Quintana: “El sufrimiento de los poetas es muy relativo. Pues si un poeta consigue un día expresar sus dolores con toda felicidad, ¿cómo podría ser infeliz? Que el viejo Camoens lo diga con sus inmortales penas de amor. ¡Sus felices penas de amor!” A nadie se le oculta que hay una veta de acero cervantino debajo de tanta conformidad con su suerte: “Tú mismo te has forjado tu destino”, se dice también a sí mismo García Martín en su propio viaje al Parnaso y añade, con su pizca de vanidad: “y tampoco te ha salido mal, eh”.

La capacidad de incorporarlo todo, incluso el daño, en un proyecto vital esplendente explica el mayor misterio de José Luis García Martín: su incansable labor crítica. Hablar de un libro que nos ha encantado, como hacemos tantos, es bien fácil. Porque de la abundancia del corazón habla la boca, como dijo el Otro, pero también porque no cuesta nada leerlo ni releerlo. Poner mal un libro malo es otro cantar: exige haberlo examinado, y con un cuidado meticuloso de forense, para no actuar en contra de la presunción de inocencia. Si no fuese por la poesía de García Martín, pensaría que hace falta un atisbo sadomasoquista para ser un íntegro crítico literario. Gracias a su poesía, uno entiende que, en realidad, todo —lo malo y lo bueno, lo falso y lo verdadero, lo hueco y lo pleno— forma parte de una vida completa.  Hace mucho tiempo nos lo enseñó Marcial: “Ne laudet dignos, laudat Callistratus omnes/ Cui malus est nemo, quis bonus esse potest?”, o sea, “Para no alabar a los que lo merecen, Calístrato alaba a todos./ Para quien nadie es malo, ¿quién puede ser bueno?”; pero alivia ver el silogismo clásico encarnado en nuestro tiempo.

El poema que tengo siempre en la memoria como bandera de esta actitud de García Martín es “Lo imposible”, de Principios y finales. Para todos los felices con el aquí y ahora, es un himno de combate: “Por odio de lo fácil detesto la aventura”. El mejor programa de la épica de lo cotidiano. Compruebo, sin embargo, que Ángel Alonso, que tiene el envidiable buen gusto de pisármelo todo, lo ha escogido ya. También tradujo los aforismos del susodicho Quintana que yo ya tenía casi listos, adelantándoseme a la edición. Lo que estuvo bien, porque su versión es preciosa, dicho sea de paso.

Lo de ahora, con este poema, también está muy bien. No sería yo un digno lector de García Martín si incurriese en la mínima queja. Así me voy a otro poema todavía más propio para mí, y lo celebro. En El pasajero hay un texto que habla de Dios, ya digo, un tema más mío, aunque se titule “A un dios desconocido”, y ruega así:

 

Dame siempre placeres rutinarios.

Lo que ocurre una vez, no ocurre nunca.

La luz que ciega, la explosión de dicha,

el asalto en un recodo del camino,

ángeles, cimas, intensidad, adioses,

déjalos para otros más valientes.

Dame pobres placeres repetidos,

no un único diamante en la memoria.

Dame días iguales, no este instante sin tiempo,

terco, distante, azul, inexistente.

 

Cuánto le habría gustado este poema a Chesterton. Como expone en un célebre pasaje de Ortodoxia, Dios, en efecto, como acusa García Martín, desconoce la monotonía, ésa a la que, por amor a lo imposible, algunos aspiramos. Pero Dios, porque tampoco se aburre jamás, repite —explica Chesterton— los mismos milagros originales una y otra vez, de modo que llegan a parecernos leyes inmutables de la naturaleza y hasta pobres placeres repetidos, y no flamantes prodigios inagotables. Sólo una cosa no cambia, el amor desconocido de Dios por cada uno, que le lleva a tamizar su esplendente luz que ciega. Qué fortuna que yo tuviese que renunciar a mi elección primera, pues ascendí de un altivo grito de combate a una honda acción de gracias. ¿Quién le diría a José Luis García Martín que acabaría rezando tan ortodoxamente con un poema suyo? (Bueno, no sé, porque de pronto sospecho que no le sorprendería en absoluto.)


[Publicado en Alrededores de 

José Luis García Martín,

el número homenaje 

de la resvista Cuaderno de humo]

Ejem

 

Mucho rollo del niño con la verdad kantiana, pero ayer, en clase de inglés, le preguntó la profesora la edad de su madre y contestó, impertérrito: "She is twenty years old".

Lo oí desde mi despacho claramente.



domingo, 6 de septiembre de 2020

El asno de Buridán c'est moi

 

Han pasado casi quince días y sigo sin decidir qué me gusta más. Un amigo preguntó a mis hijos si mi famosa fideuá de cangrejo al caldo de moharras y vino fino estaba tan buena como yo presumía.

Ellos dijeron (me contó después) que sí, sin duda, deliciosa.

Mi amigo no se rindió y replicó: «Sólo como hipótesis de trabajo, si la fideuá de vuestro padre estuviese mala, me lo diríais».

Carmen dijo: «No, no te lo diría jamás».

Quique dijo: «Sí, sí te lo diría, porque mi padre quiere que digamos la verdad siempre».

Entiendo que algunos de los lectores del blogg se dividan entre carmenófilos y quicófilos, pero yo no sé con qué respuesta quedarme. Ambas me entusiasman, como al pobre asno el montón de avena y el cubo de agua. Cuando creo que al fin me he decidido por una, veo la belleza de la otra respuesta, y así voy.

La única solución es que mi fideuá siga siendo espléndida. Eso es cortar el nudo gordiano.



sábado, 5 de septiembre de 2020

Mártir


Una amiga de Leonor nos llama para salir a cenar. Leonor le dice: «No podemos, esta noche iremos a una obra de teatro?» Y rápidamente le contesta: «Pero ¿una obra buena o de un amigo de Enrique?». Por supuesto, esto no quiere decir nada de la obra, como se demostró después, ni siquiera de mis amigos. Apenas del concepto que de mí tienen las amigas de Leonor. Una mártir, la consideran. Lo cual, aunque sea por otras cosas, no anda tan equivocado.


viernes, 4 de septiembre de 2020

Higinio me representa

 

Murió don Julián Urbistondo, Donju, sacerdote-institución del colegio mayor Belagua. Comentaba con un amigo mis ganas de hacerle un homenaje por escrito y lo hubiese hecho de no haber leído antes lo que escribe Higinio Marín.

No hay más que añadir: «No le toques ya más,/ que así es la rosa», como dijo JRJ.

Simplemente lo digo aquí con la intención de que leáis el texto de Higinio, sí, claro; pero también como ejemplo (en este blog tan metaliterario) de lo que es o tiene que ser la escritura. 

El texto de Higinio me representa no porque yo tenga pereza de ponerme a escribir ni tan siquiera porque dice exactamente lo que yo diría o por la vanidad de asumir que jamás lo haría igual. Me representa porque cuenta lo que yo no podría escribir ni por talento ni, sobre todo, por mi biografía. Él conoció más y mejor, más hondo y más tiempo a Donju y lo asimiló de maravilla. Pero al hacerlo, sobre mi experiencia, mucho más episódica y tintinófila y aquel poema de Manolo Fontán que me recitó varias veces, Higinio ha construido una nueva realidad mía, me ha enriquecido.

Rezaré el SeñormíoJesucristotodoslosdíasantesdedormir todas las noches a partir de ahora y será un recuerdo vivo de Donju. Y también de Higinio, pero principalmente de Donju gracias a Higinio, diluido el escritor en mi emoción y en mi vida súbitamente elevada. Y eso que hace conmigo el texto podrá hacerlo con quienes no trataron a Donju, pero lo lean. Así es la literatura. Todo escrito que no consiga eso (en la medida de su tema) es sólo un informe administrativo.



miércoles, 2 de septiembre de 2020

Belleza de ida y vuelta

 

Ver un matrimonio donde uno de los dos cónyuges es espectacularmente guapo y el otro, normal o feúcho, levanta automáticas sospechas janeaustenizadas. Lo bueno de conocernos todos es que muchas de esas sospechas se disuelven enseguida.

Ahora que, de la noche a la mañana, apenas hay veraneantes, volvemos a vernos más y mejor los aborígenes. Me cruzo con un chica (ya señora, algo más joven que yo) pampanantemente guapa (porque tiene una belleza de estatua griega, entre pámpanos y laureles). Lo curioso es que le tocó la lotería genética, pues su familia no lo es de guapos, sino de muy normales, como todos.

Y lo bonito viene ahora. Su marido no es guapo, sino que guarda una estricta simetría con el nivel de la familia de ella. Supongo que, si alguien que no los conoce se los encuentra, se extrañará y aventurará sus teorías novelescas. En realidad, el amor a los suyos le ha creado una cierta ceguera por su propia belleza o, al menos, una indiferencia sentimental absoluta. Que es preciosa.





martes, 1 de septiembre de 2020

LLegaba septiembre


Se iban unos amigos de Madrid y salimos a despedirles a la puerta. A mis hijos les ha dado mucha pena que se vayan sus nuevos amigos y era la primera vez que les pasaba. A su madre y a mí nos ha emocionado un poco ver el nacimiento de una sensación que nosotros hemos sentido mil veces, pero de la que nunca nos preguntamos cuándo fue la primera vez. Así hemos entrado en casa y hemos hablado del sino de unos y de otros. Los veraneantes se van y nosotros nos quedamos, y son dos penas distintas, pero muy buenas.


Les he puesto esta canción que hasta ahora oía yo solo todos los años como un rito.





jueves, 27 de agosto de 2020

Entiendo la censura

 

Pemán nos cuenta chascarrillos de la censura de su tiempo, y qué divertidos resultan. Tal vez dentro de unos años nos ríamos del cambio de título de Los diez negritos de Agatha Christie tanto como ahora lo hacemos con lo que cuenta don José María Pemán. Por ejemplo, escribió Metternich, una obra teatral bastante política, y la mandó a la censura... y sólo le tacharon una cosa. Reunió de inmediato en su casa a un grupo selecto de amigos y les propuso una prueba. Leería la obra [que yo sospecho que lo reunió, en realidad, para esto] y ellos tendrían que adivinar qué era lo prohibido. Todos apuntaron un montón de cosas presuntamente merecedoras de la implacable censura franquista. Al final, lo censurado no lo acertó nadie. En una acotación se decía que el protagonista besó a la protagonista apasionadamente, y habían tachado con lápiz rojo el «apasionadamente».

Lo que trae a la memoria a Sánchez Dragó, que cuenta que de una novela suya en la que había una persecución policial trepidante, con muchos tiros y carreras, el censor había tachado apasionadamente toda la escena y escrito en el margen: «La Guardia Civil española nunca falla un tiro».

Sigue Pemán contando que en un guión cinematográfico sobre La Gitanilla le habían prohibido el refrán: «A Dios rogando y con el mazo dando», no sabe él si fue la oración o el trabajo lo que había resultado inmoral. Esta vez, sin embargo, yo entiendo al censor.

Una vez, confesándome con fray Melchor, de los Mercederios, le pedí sus oraciones para que Leonor y yo tuviésemos el hijo que no nos llegaba. Suspiró y me replicó, con su santa sabiduría: «A Dios rogando/ y con el mazo dando». A duras penas pude resistir la risotada. Desde entonces, el famoso refrán se me ha llenado de un vivísimo sentido. Tanto, que siento una secreta afinidad con aquel censor franquista.



miércoles, 26 de agosto de 2020

Jóvenes

 

Tengo la vanidosa y melancólica sensación de que mi generación era la última que iba a misa de diario en números considerables. En mi barrio, quiero decir. Puede ser una cuestión de demografía: que las familias hayan envejecido y que éramos el baby boom de España y de aquí. O puede ser también que yo me siga fijando prioritariamente en las personas de mi edad.

Con todo, hoy sí que me he fijado en la cantidad de jóvenes, y qué guapos y alegres. Luego, en la puerta, se han hecho una foto de grupo. Y ya no he podido evitar preguntar a quien hacía la foto (que era amiga mía) que quiénes eran.

Eran sus hijos y sus sobrinos y algunos amigos, que han ido hoy a misa en masa porque era el aniversario de la muerte de su padre. Oh. 

El poder de convocatoria de nuestros muertos y la alegría de recordarlos hay que tenerlo muy en cuenta, y a lo mejor se olvida un poco.



sábado, 22 de agosto de 2020

Hacer un Gaya

 

Cuando estaban exiliados en México, ni Gaya ni sus amigos tenían dinero ni para ir al cine. Era un lujo que aquellos intelectuales no se podían permitir. De modo que ponían sus monedas en común y compraban una entrada. Luego la sorteaban y el afortunado entraba en la sala. Los demás esperaban fuera y, después, escuchaban la explicación y la crítica.

Ramón Gaya parecía tener más suerte que sus amigos. Hasta que se enteró que le hacían trampas en las suertes porque todos preferían que él les contase la película. Aquello le sentó fatal, pero a mí me encanta. Incluso imagino que alguno quizá pudiese pagarse alguna vez la entrada, pero preferiría oír a Ramón.

El otro día fuimos a un restaurante muy de postín y leyenda Leonor y yo por una especie de amable carambola y, desde entonces, hemos contado la experiencia a diestro y a siniestro con todo lujo de detalles lo menos siete u ocho veces.

Ayuda mucho que el menú sea bastante postmoderno y que, como en la política de La Moncloa, dé una enorme importancia «al relato»; pero, aún así, Leonor y yo nos esforzamos y nos compenetramos, discutiendo un poco a lo Pimpinela Escarlata, incluso, para darle más dramatismo. He caído en que tal vez estemos haciendo un Gaya (de lo bien que lo hacemos) y que oírnoslo contar termine siendo  para algunos (según nos dicen) una experiencia sustitutiva.



martes, 18 de agosto de 2020

Duda

 

Me siento a escribir y me siento mucho más torpe. De eso no tengo duda. Dudo si es por la pila... por la pila de años, que ya voy de vuelta; o porque estoy intentando ir un poco más allá y me he topado con mis límites. 

Oscilo entre una explicación y otra, aunque lo más seguro es que sea por las dos.



domingo, 16 de agosto de 2020

El tamiz del viento

 

Bajo a la playa con una bolsa de tela de libros. Esa tela es al cuadrado, porque la bolsa es de ese material y porque lleva un montón de libros. A veces, en un despiste o por una pisada demasiada cercana de un niño, se me llena de un puñado de arena. Hoy también, pero de otra arena. Como soplaba un poniente largo, me abría, travieso, la boca de la bolsa, y colaba la arena que levantaba.

Era una arena muchísimo más fina, como pasada por el colador invisible del viento. Al principio, porque también meto el móvil y la cartera en la bolsa me ha preocupado y he pensado escribir una moraleja a esta entrada sobre los peligros mayores que tienen los taimados y tamizados. Luego, tras soplar muy bien en las ranuras del móvil, se me ha pasado la preocupación. Y hasta me ha alegrado la leve observación sin más ni más. En la bolsa había tela de arena, pero era de seda.



sábado, 15 de agosto de 2020

Flamenco y solera

 

 Anoche tocó guitarra. Yo iba arrastrando los pies (todo lo contrario que el taconeo), pero no porque no me parezca bien el flamenco, sino porque tengo mil cosas pendientes. 

Éste era el programa: 

Tras los primeros compases, me entró la furia mimética:


Qué envidia me da el flamenco

que con tres ays y un quejío

tiene hecho el sentimiento.

 

Lo único roto mío soy yo:


Roto entre diez vocaciones

por cada una en mil piezas,

sólo Dios, el día del Juicio, 

montará el rompecabezas. 

 

Ni tan mal, si lo monta Él; así que me vine arriba:


Mi poesía es muy callada,

pero, en mi sangre, mis muertos

están tocando las palmas.

 

Me había gustado muchísimo el fandango del otro día:


«Sólo cuando estás bebío

te acuerdas de mi queré...

Permita Dios que te bebas

Sanlúca, er Puerto y Jerez

 

con toítas sus bodegas».


Me lleve una libreta para apuntar las letras flamencas. Luego resultaron bastante malas, en general. Leonor me veía apuntando y comentaba, curiosa y escéptica: «No tienes mucho que apuntar, ¿no?» No sabía que estaba apuntando las mías. Aunque, cuidado, que esto no quiere decir nada contra el cante, porque su llave no estaba en las letras.

Lo mejor de la noche fue cuando Jesús Méndez estaba cantando una soleá a la muerte de una madre, muy tópica y, de pronto, de lo bien que lo estaba haciendo, se transformó ante nuestros ojos atónitos en un huerfanito. 

Luego me hizo gracia esta, tan simple, pero que te dejaba la vibración auténtica de un amor rumboso:

«Un caballo me compré

para montar yo a mi gitana

en la feria de Jerez». 

 

Se agradeció el contraste, porque la mayoría de las letras hablaban de amores con muy mal fario. Yo miré de reojo a Leonor, tan tranquila en su sillita de al lado, y apunté esta bulería aliviada y vibrante:


La firmeza de tu amor

me librará de los celos,

pero jamás del temblor.


Para entonces se pusieron a cantar, en plan fin de fiesta, y a bailar: 


«Yo te quiero ver

moviendo los brazos,

moviendo los pies...

¡Que viva Jerez!»

 

«Me gustaría hacer eso, pero este venate inglés...», se lamentó Leonor, con su parte alícuota de envidia mimética. Le agradecí el comentario que me servirá para explicar que la anglofilia gaditana no es una admiración rendida, sino una anglo-filiación, para lo gracioso y para lo esaborío. Leonor lo mismo podía haber dicho: «Me gustaría hacer eso, pero este penate inglés...»

Como por telepatía, alguien se puso a cantar:

«Me voy a echar a navegar

en un barquito que vaya

de Cádiz a Gibraltar».


Y, para que yo no me olvidase de la poesía, otro:


«El pajarero

me trajo un loro

con las alas doradas

y el pico de oro».


Que me recordó de inmediato al loro de Luis Cernuda, que tiene que ser algo pariente de éste o, como mínimo, del mismo pajarero. El loro es un buen pájaro para hacer un correlato objetivo del escritor. 


A la vuelta en el coche, iba callado, porque iba cantando


Tú no quieres que te cante.

Con que te cuente al oído

dices que tienes bastante.

*

Cantaría por soleás

si no me quisieras; como

me quieres, no canto .

*

Escucha, escucha las palmas

que cuando pasas te toco

--¡escucha!-- con las pestañas.

*

En verdad, somos flamencos.

Tenemos pinta de payos

porque todo va por dentro.