domingo, 18 de noviembre de 2018

Normas de seguridad


En el picadero grande, al lado de donde montan los niños, están haciendo algunas obras. Se ven dos máquinas grandes y algunos montones de arena. No están trabajando. Hace viento y el viento mueve ruidosamente las cintas de la señalización de seguridad. Los caballos se asustan y hay una desbandada general. Los niños se asustan más. A algunos les cuesta dominar a los caballos. No se cae ninguno de milagro. Entre los padres, no nos da un infarto de milagro. Una madre casi se mete en el picadero a por su niña.

"Vaya con las normas de seguridad", suspira resignado el profesor, de las muy ibéricas huestes del anarquismo derechoide. Con más razón que un santo.


jueves, 15 de noviembre de 2018

Cavilaciones


Lo importante de último libro de José Jiménez Lozano es su lección de vida, que resumí aquí. Sin embargo, cuántas sorpresas esperan al lector a la vuelta de la página, incluso algunas sorpresas sorprendentes.

Sorprende que en la página 90 atribuya a Campoamor lo celebérrimo de Argensola o de Argensola del cielo azul que todos vemos que ni es cielo ni es azul. ¿Es posible que se le haya pasado? Sí, claro, naturalmente, y cómo voy yo a afeárselo, que cometo un error diario en el artículo de cada día, uno, como mínimo, digo. Sería, en ese caso, una interferencia muy graciosa entre el color del cristal con que se mira y el color azul del cielo que todos vemos. En cierta manera, además, reivindica a Campoamor, al que pone junto a los hermanos barrocos, pues tampoco se sabe a ciencia cierta si el famoso soneto es de Lupercio Leonardo de Argensola o de Bartolomé Leonardo de Argensola. No hay dos sin tres, incluso entre Argensolas y dudas críticas.

Aunque es extraño que ni él ni nadie de la editorial cayese en ello. O quizá cayeron y decidieron dejarlo a la vista vista de la relatividad que ambas citas postulan. O fue intencionado desde el principio. Una manera de hacernos más cercano y cómplice el caudal de conocimiento que, como quién no quiere la cosa, destila don José en sus diarios. U otro recurso estilístico de los muchos que utiliza para crear un tono conversacional, con sus tartamudeos, casi, y sus titubeos de citas de memoria y con el corazón en la mano.




miércoles, 14 de noviembre de 2018

La ropa


Algunas mañanas, cuando subo a cambiarme, me encuentro sobre la silla del cuarto de baño, mi ropa doblada y cuidadosamente escogida. Me la ha sacado Leonor. Hubo un tiempo en que medía el valor social que ella daba al evento al que fuésemos, no por el cuidado que Leonor pusiera en su vestido, que siempre es máximo, sino por si me sacaba la ropa a mí o no. Últimamente ha visto que me hace mucha falta y me la pone también los días laborales. 

Yo lo agradezco por tres razones de peso: 1) Desactiva mi antoniomachadismo. 2) Me evita cualquier crítica suya a lo largo del día, salvo que se me salga camisa o me manche el pantalón, o sea, críticas superficiales, que no ponen en cuestión mi estética. Y 3) me llevo incluso algún piropo muy sincero, de ella admirando su obra.

Para los más recelosos de la paridad que lleguen incluso a fiscalizar la silla de nuestro baño, he de ofrecerles un detalle que demuestra que mi mujer no lo hace en absoluto por atenderme a mí,  sino por amor al buen gusto universal: por no dejar suelta por el mundo otra fealdad, que ya bastantes hay. Jamás me saca los calzoncillos. 

Ésos ni mentarlos. Son asunto mío.

Saca todo lo de fuera, lo que pertenece al mundo: zapatos, calcetines, pantalón, cinturón, camisa y jersey. Pero para lo invisible, no, ni hablar, he de ir yo al armario y sacarlos con un esfuerzo que ella jamás ha pretendido evitarme ni por asomo. Ahora bien, en esos casos, echo mi cuarto a espadas y busco unos calzoncillos que entonen con el conjunto. Para que tampoco se diga.


martes, 13 de noviembre de 2018

¿Regreso a Howards End o no?


He visto con creciente admiración la serie Regreso a Howard End (Hettie MacDonald, 2018). Ni había leído el libro de E. M. Forster (1910) ni visto la película de James Ivory (1992). A pesar de que mi entusiasmo, no siento ninguna gana de ver una ni incluso de leer la novela. Recuerdo que me ha pasado otras veces, en un sentido o en otro. Una vez que un libro me ha fijado una imagen de unos personajes, no tengo ningún deseo ni curiosidad de cambiarla, y también al revés: una película, si fiel al argumento, me basta He hecho algunas excepción, oh Jane Austen, y muy bien, claro, pero, en principio, no. Esto responde (me doy cuenta) a una relación demasiado personal con la literatura y con las obras de arte, que me veda uno de los mil y uno sueño de mi vida: ser crítico literario, pero qué le vamos a hacer, tengo otros mil sueños pendientes.

Experimentado mi prejuicio y expuesto, de lo que se trata ahora es de preguntaros si merece la pena vencerlo. ¿Para ver la otra película? ¿Por leer la novela? ¿Para las dos? ¿O no?


jueves, 8 de noviembre de 2018

En concreto

"Amor no es mirarse el uno al otro, sino mirar los dos en la misma dirección", dijo Antoine de Saint-Exúpery con más razón que un santo. Si hubiese vivido más, habría concretado todavía un poco: mirar los dos en la dirección de una hoja Excel de contabilidad doméstica.



miércoles, 7 de noviembre de 2018

El barbero ante el espejo


El nuevo librito de Ramón Eder sólo es, como suyo,  pequeño por fuera. Pequeña Galaxia (Libros al Albur, 2018) reúne y suma aforismos viejos y nuevos sobre el aforismo, mordiéndose la cola (Eder dixit), más un atinado prólogo de José Luis Trullo, que también suma.

Yo me he sentido de repente interpelado. No tanto por este: «Si publicas un aforismo bueno ya es de todo el mundo», aunque debería, ay de mí.

Me he sentido interpelado en mi condición de barbero del rey de Suecia, además recién estrenado a lo grande y a lo gordo, por Chesterton, cuando Eder anota: «Estamos entrando en una época en la que si un escritor no escribe un libro de aforismos se lo acaban escribiendo, entresacando frases de sus libros».

Ay. Aunque hay otra frase de Eder («un libro de aforismos en el que no haya contradcciones no puede ser muy bueno») que consuela y justifica al desolado barbero: «Todo buen escritor ha escrito sin darse cuenta algunos aforismos excelentes».

Qué cosas: la frase de Chesterton de la que sale el título del libro es «Mi verdadero juicio sobre mi obra es que he echado a perder un buen puñado de ideas excelentes». Todos hemos salido ganando.


martes, 6 de noviembre de 2018

Ramas que al tronco salen


Mis hijos se parecen a su madre, y eso que salen ganando, pero a veces les veo un ramalazo mío, y me río.

Carmen lee poco, ay. Pero el otro día estábamos ayudando un poco a mi suegra en su mudanza, entre nubes de polvo y muebles de plomo (o así pesaban). Le pedimos ayuda a Carmen. «No puedo», dijo, «estoy leyendo un libro muy interesante que he encontrado en una caja...» Muchas veces he sospechado que mi afición a la lectura nació y creció al amparo de esos «no puedo» impagables.

Al día siguiente vamos a devolver los libros a la Biblioteca Pública, cada cual con los suyos. La amiguita de Carmen, que sienta detrás, con Quique, le dice, con voz admirativa: «¡Todos esos libros te has leído!» Quique responde impávido: «Psch, no. Uno hace sus planes pero luego la vida se complica». Es mi vivo retrato.


lunes, 5 de noviembre de 2018

Ensayista retroactivo



Quien me hizo la página de Wikipedia fue muy amable. Le estoy muy agradecido porque mucha gente va a leerla, como noto en mis presentaciones. Además de amable, debe de ser anglófilo: puso que yo era "ensayista", siendo así que sólo he escrito críticas un poco más largas y generales y algún prólogo con pretensiones. En principio, por anglomanía y chestertonfilia, me hizo gracia, y lo dejé.

Me empecé a preocupar cuando en el pie de página de mis artículos en Nuestro Tiempo me pusieron "poeta y ensayista".. Llamé a Nacho Uría y se lo expliqué y para el siguiente número lo quitaron, pero luego, en el próximo --se ve que estaba en la plantilla-- resurgió. Ya no dije nada.

Ahora, sin embargo, no me importa, porque he escrito este Aristocracia para todos, que no es más largo que otras cosas que he escrito, pero que ya sí considero un micro ensayo y que, además, quiero continuar hasta ensayar un ensayo. 


domingo, 4 de noviembre de 2018

Dos naranjas


Llegar tarde a misa está fatal, aunque no pueda deshacerme de la excusa de que yendo el sábado por la tarde a misa del sábado, porque volveré mañana, no está tan mal librarse de una homilía dominical, al menos. En cualquier caso, no está bien, no.

Sin embargo, eso me ha permitido sorprender por la espalda a Manuel, el mendigo-amigo. He visto su bici, pero no le veía a él. Así que he gritado: «¡Hola, Manuel!» Ha salido del fondo del jardín, con dos naranjas en la mano, y me ha confesado: «Huy, estaba mangando dos naranjitas, que les había echado el ojo, de maduras que ya estaban».

Me ha encantado. Y he recordado de inmediato a Carlos Marín-Blázquez, que dice: «Un atisbo de pudor en un rostro adolescente nos recuerda que no todo está perdido». Más razón aún para la esperanza cuando uno sorprende el rubor en el hirsuto rosto de un viejo mendigo.