sábado, 30 de junio de 2018

Mamita



Casa tomada por mi familia (política). Han venido todos a celebrar santa Leonor, que es mañana. Bien, claro. Pero, de pronto, Leonor baja y, para buscar a su madre, grita: "¡Mamita!" y hay tanta ternura ahí que yo daría por buena la visita, si necesitara justificarla, que, por supuesto, que no.

Con todo, ¡qué descarga de emoción en vena me habría perdido si no hubiesen venido!


viernes, 29 de junio de 2018

Dios reparte a voleo


Cuatro versos de Aquilino Duque salvan mi artículo de hoy. No es extraño, porque son salvíficos:

Luego he tratado de que lo que quería, 
para todo el país, para toda la tierra 
fuese al menos posible en unos pocos 
metros a la redonda. 

Los he releído en su antología La palabra secreta (Renacimiento, 2018), que incluye este inédito luminoso:

PEPE LUIS VÁZQUEZ IN MEMORIAM 
......................................................Jeder Engel ist schrecklich 
.....................................................................................R. M. R.

"Ya sólo veo por dentro", le decía a un amigo, 
en la penumbra azul de los últimos años 
de una vida de luces. 
Las del traje tenían que acabarse. 
Las de la inteligencia ardieron siempre. 
Y él fue reloj de sol que tan solo contaba 
las horas luminosas, y eso era 
lo que veía por dentro cuando ya no veía; 
pero nunca olvidó que un ángel puede a veces 
de un aletazo ensobrecerlo todo. 
De ángeles sabía más que nadie, 
tanto como el que más, y así se andaba 
con aquel que decía que todo ángel da miedo, 
que aterra, y más si monta guardia 
en la puerta del patio de cuadrillas. 
 
Dios reparte a voleo 
las luces entre los mortales. 
 
Las que a él le tocaron fueron maravillosas. 
Los que las vimos las seguimos viendo 
igual que él, por dentro, con los ojos cerrados.

miércoles, 27 de junio de 2018

Una lectura girardiana de En lugar seguro


[Hace años publiqué esta lectura de En lugar seguro en la revista digital Ambos Mundos, que está en la tercera dimensión, pues se cayó de internet. La recupero.]


Una lectura girardiana de En lugar seguro

La novela de En lugar seguro (1987) de Wallace Stegner (1909-1993), publicada en España por Libros del Asteroide (2008, trad. de Ricardo Martínez Salmón), es un long-seller de la literatura norteamericana. Sin demasiado ruido se va convirtiendo en una novela de culto también entre nosotros: se ha publicado este año una quinta edición. No es extraño, porque es una novela de apariencia apacible, pero de oculto sentido, cuyos misterios resultan magnéticos para el lector, que percibe la energía de fondo casi como una llamada y un vértigo.

Antes de meternos en unas honduras interpretativas que, irremediablemente, chafarán muchas sorpresas al que aún no haya leído el libro, dejaremos claro, para abrir boca, que el libro está magistralmente escrito. Wallace Stegner lo publicó con casi ochenta años, después de una vida dedicada al dominio del oficio y a enseñarlo en diversas universidades de prestigio. Entre sus alumnos, nada menos que Raymond Carver; y Tobias Wolff, Wendell Berry o Ken Kesey, entre otros. En consecuencia, es excelente tanto por los aciertos expresivos:

                     Tropezar con su mirada era como poner la mano en un hierro candente.
                    Voy flotando hacia arriba en medio de una confusión de sueños y de memoria
                     [Lib Stone] Ceñía su ropa hasta ponerse los ojos saltones.
                    [paseando por un gran bosque] Hasta el aire es verde.
                    Sobre el musgo neumático
                    El sol en mi espalda, un cataplasma.
         [En el primer encuentro con una enferma] Estuvimos locuaces, elocuentes.

Excelente también por la magnífica construcción de las escenas. La velada en la que los amigos escuchan la Novena Sinfonía y a la vez discuten sobre el fregadero tiene la tensión dramática del final de El Padrino III. Y sobre todo es excelente por el planteamiento formal de la novela, basada en un constante ir y venir de recuerdos de toda una vida en un solo día, en un magistral uso del flashback, que le permite ir diciéndolo casi todo a la vez que lo esconde casi todo.

Parece apenas la historia de la amistad entre dos matrimonios, y el autor presume de ello, riéndose tal vez un poco de El Gran Gatsby:

¿Dónde están las cosas de que se incautan los novelistas y esperan los lectores?, ¿dónde está la vida de lujos y despilfarros ostentosos, la violencia, el sexo retorcido, los deseos de muerte?, ¿dónde están las infidelidades de barrio residencial, las promiscuidades, los divorcios convulsos, el alcohol, las drogas, los fines de semana perdidos?, ¿dónde los odios, las ambiciones políticas, la sed de poder?, ¿dónde la velocidad, el ruido, la fealdad, todo lo que nos hace quienes somos y nos hace reconocernos en la literatura? Las personas de las que estamos hablando son vestigios de tiempos más tranquilos.

Sin embargo (y aquí entramos ya en terrenos que el futuro lector de En lugar seguro, si no quiere que le estropeemos las sorpresas continuas que depara la historia, debería abandonar de inmediato), las cosas no son tan sencillas. Yo, de hecho, creo que la pregunta sobre los odios, las ambiciones, la sed de poder y todo lo que se sugiere, no es retórica sino irónico-sofoclea. La novela nos esconde esas tensiones y buena parte del placer de su lectura consiste en sentirse arrastrado a descubrirlas y atisbarlas.

Digamos ya clara e imprudentemente que el propósito de la novela es la redención (hasta el misterioso "lugar seguro" del título) del personaje central, de Charity, la mujer de Sid Lang. El narrador Larry Morgan y su mujer Sara, de significativo origen griego, quedan al principio deslumbrados por el rico y admirativo compañero de trabajo de Larry en la universidad y, sobre todo, por su mujer, activa, atenta, alegre, elegante e incansable. "Charity" es, obviamente, un nombre parlante: ella no deja de estar pendiente de los demás con un punto de superioridad y condescendencia, que es como se ve a la caridad a menudo. Los inicios de la amistad son tan encantadores como el enamoramiento de Charity y Sid, que en otro flashback, se nos cuenta en una atmósfera irresistible de novela romántica. Pero enseguida aparece, por usar la explícita imagen del libro, la serpiente en el Edén. Y a los amigos les empieza a pesar tanta actividad de Charity, tanta planificación, tanta intromisión en sus vidas y quizá, aunque se nos diga que no, tanta gratitud como le deben. Los Morgan van tomando partido por Sid, al que ven demasiado dócil a los planes de su mujer y aplastado en su vocación poética por las ambiciones académicas de Charity.

Como toda la historia se rememora muchos años después desde el encuentro propiciado por la enfermedad terminal de Charity, cuando llevaban los amigos ya un tiempo considerable distanciados, hay, al principio tímidamente, y luego cada vez más acelerado, potente, angustioso y obsesivo, un intento de excusar a Charity, de salvarla.

Es un intento de salvación o redención pagano. El rechazo explícito al cristianismo de la novela lo fuerza así. Al comienzo hay una defensa del tiempo circular de los clásicos griegos frente al tiempo lineal judeo-cristiano. En la misma longitud de onda, se llenan de sentido las continuas alusiones a las diosas griegas, muy frecuentes para homenajear a Sara, a la que el esposo-narrador reverencia, pero también para rendir culto a la belleza altísima de Charity, tan matriarcal. El rechazo a la salvación cristiana se hace patente con una escena muy enigmática. En la visita de los dos matrimonios a Florencia, se encuentran frente a frente a un duro Cristo de Piero della Francesca. Los ojos duros de la pintura les interrogan, pero ellos no hacen sino discutir sobre el sentido artístico del dolor. A la salida, han de recoger a un obrero accidentado, cuyos ojos son los mismos del Cristo. Lo socorren de mala gana, incómodos, silenciosos, avergonzados, y en cuanto pueden lo dejan marchar, solo, subiendo una cuesta hacia su pueblo con la mano herida en el regazo, callado, alejándose.

La redención de Charity, pues, se pretende hacer con dos herramientas contrapuestas: el silencio y la inteligencia. Primero, se pasan por alto sus debilidades más evidentes, como por ejemplo que tuviera que ser internada en sanatorio mental para superar que a su marido no lo hicieran fijo en la universidad. Teniendo en cuenta, que su situación económica es mucho más que desahogada, la crisis psiquiátrica no puede sino resultar ridícula, pero se pasa sobre ella como sobre ascuas. La segunda herramienta es la comprensión, y se despliegan numerosas explicaciones genéticas e históricas para entender que Charity, como su madre y como las mujeres de Nueva Inglaterra, tenga esa incontenible tendencia a la organización y al ordeno y mando.

Mi hipótesis es que hasta aquí llega Wallace Stegner en el planteamiento de su novela. Todo lo que pasa por debajo, que se precipita en las últimas páginas, es fruto de las leyes del alma humana tal y como las ha estudiado René Girard. Ni el rechazo explícito al cristianismo ni la vuelta, a medias panteísta, a medias culturalista, a la Antigua Grecia pueden quedarse en un barniz encantador como de cuadro de Poussin. Porque, como supo Poussin: Et in Arcadia ego. La muerte hace su aparición, no sólo en forma de cáncer, sino en forma de sacrificio, que, aunque simbólico, es moralmente más implacable.

Sin que se dé cuenta el narrador Larry Morgan (quizá tampoco Wallace Stegner) en las últimas páginas empiezan a amontonarse de un modo cada vez más frenético los reproches contra Sid Lang, el marido de Charity. Para el lector la cosa es sorprendente, porque hasta entonces había parecido que la mayor causa de reproche contra Charity era el trato injusto de ésta a su marido. Puede que uno ya viniese sospechando que tanta defensa de Sid no dejaba de ser, en buena medida, una fermosa cobertura de otros resentimientos ocultos de Larry, instintivamente snob y muy frágilmente vanidoso. Pero ni aún así puede uno explicarse la saña final contra Sid, al que se descuartiza de  un modo simbólico, aunque no exento de crueldad. De pronto, es el marido el que, como profetizó el sabio padre de ella, autoridad en religiones antiguas, no tenía suficiente carácter. Entonces se nos dice que su poesía era francamente mala, y no se nos dice sólo a nosotros, discretos y comprensivos lectores, sino también a los hijos del poeta. Entonces se nos cuenta que estuvo tontamente enamoriscado de una alumna. Entonces se descubre el ridículo de su escondido diccionario de rimas. Entonces se desdeña su afición sustitutiva por el bricolaje y por el ahorro. Entonces, incluso, se le acusa de alegrarse de las desgracias de sus amigos. Entonces, finalmente, se subraya su triste papel de marido sumiso que va más allá de la muerte de su mujer.

Tan inesperada saña ha de entenderse, si quiere entenderse, desde una lectura sacrificial. El rechazo del cristianismo hace imposible que Larry Morgan se postule como víctima voluntaria y que, en el lógico examen de conciencia que propiciaría la muerte de la antigua amiga, se pregunté en qué falló él a sus generosos amigos o qué no supo ver o cuáles consejos literarios, profesionales y matrimoniales no fue capaz darles. Ahora necesita señalar un chivo expiatorio que sustituya a Charity en el altar del sacrificio y señala a la persona más cercana: a su marido, que hasta entonces parecía la víctima inocente.

El regusto amargo que deja el final de En lugar seguro queda así perfectamente justificado. Determinadas salvaciones no terminan de merecer la pena. Que la novela lo ponga en evidencia es una razón de peso para leerla. 

martes, 26 de junio de 2018

Efecto café


Esta mañana, al ponerme el café, me llamó la atención la pureza del hilo que salía de la cafetera. Suave, limpio, negrísimo, resbalando sobre la porcelana de la taza como una caricia. Abrí los ojos del sueño y me fijé más, maravillado, dispuesto a entonar la segunda acción de gracias del día. Entonces me di cuenta que el hilo que veía era la sombra del hilo auténtico, más marrón, retorcido y goteante, como siempre. Sin embargo, la taza que me tomo mientras escribo estas líneas ha sido una taza de sombras, café negro, destilación de la noche de verano.


domingo, 24 de junio de 2018

Epitafio


Para animar a mis hijos a tomar responsabilidades y a cuidar a sus mascotas incluso post mortem, les dije que podían enterrar a las mariposas de los gusanos de seda en algún rincón del jardín y que les podríamos poner una lápida con un epitafio como a Pukka. Ensayé algunos versos jocosos, que fueron muy celebrados, creía.

Al despertarme de la siesta, he visto que Carmen ha enterrado a las mariposas, se ha buscado la lápida y ha escrito un epigrama que no tiene nada que ver con mis versos, afortunadamente. Mucha más emoción, mucha más verdad:


sábado, 23 de junio de 2018

Un tic


Quique se ha dado cuenta de que cuando me pide que le acerque una goma, una raqueta o incluso un vaso, si es de plástico, lo lanzo hacia arriba, si puede ser dando dos o tres vueltas y luego lo recojo. Le ha hecho gracia y le ha extrañado. Me pregunta por qué lo hago. No sé. Pero lo pienso y si sé. Quizá es un tic teológico. La manera corpórea-conductual-icónica de mostrar que todo nos viene del cielo. Una acción de gracias no verbal.


jueves, 14 de junio de 2018

Elogio de la continuación


Un amigo me recuerda la entrada de cuando Leonor se fue; y recuerdo que la dejé a la mitad. Puse "continuará" y no la continué. Sé bien por qué: escribía con un día de retraso y cuando llegó Leonor tenía que poner lo que pasó cuando no estaba pero yo ya no estaba para eso. La presencia anula la ausencia, la actual y también la del pasado.

Dejaré el "continuará" porque es bonito pensar que continuó, y fue horrible, pero que luego no me importó nada.


domingo, 10 de junio de 2018

Vaya


Estoy viendo, con enorme interés, la entrevista que Pablo Iglesias hace a Juan Manuel de Prada. Mi hijo Quique se sienta a mi lado, cariñoso. De golpe, Iglesias le pregunta por su libro Coños. Quique pega un salto y se le ponen tiesas las orejas. Ha identificado una palabrota de las gordas. Mira mi tableta. Yo no doy con el botón del apagado. Y en esas sale la gráfica cubierta del libro. Muy gráfica. La mira abrumado. No es un palabrota abstracta y está ahí, en el libro. Al principio, me ha fastidiado la situación, pero cuando al fin he conseguido apagar la tableta, he pensado que estaba bien. Cuando Quique sea mayor le contaré que su primera visión del sexo femenino en toda su crudeza fue bastante literaria y tuvo a su padre de azorado espectador. Supongo que hay mejores maneras de encontrarse con la palabra, pero también las hay mucho peores.




jueves, 7 de junio de 2018

Igual en ambos casos


Releyendo Léxico familiar de Natalia Ginzburg, me acuerdo de mi madre. Pero no en general, sino algo concreto. Cuando murió mi abuelo, ella se compró un cuaderno y empezó a apuntar las frases y las expresiones y las historias que contaba su padre. Como Natalia Ginzburg sabia que aquellas frases eran nuestro latín y que bastaba recordarlas, como un conjuro, para sentir su presencia más viva.

Como se me mezclan las fechas, ahora no recuerdo cuando leyó mi madre Léxico familiar, aunque sí que se lo regalé yo. No sé, por tanto, si escribió el cuaderno porque había entendido perfectamente a la Ginzburg o si cuando leyó a la Ginzburg la entendió perfectamente porque había escrito su cuaderno. Mi emoción es igual en ambos casos.


miércoles, 6 de junio de 2018

Pesadillas románticas


Hace mucho que no sueño con que tengo suspendida una asignatura de Derecho. El lunes tuve terribles pesadillas con que Leonor me dejaba. Y digo "terribles" a sabiendas. Cuando me desperté, tempranísimo, la vi haciendo las maletas.

Pero no me asusté, porque sabía que se iba tres días de viaje de trabajo. Me gustó haber interiorizado mi angustia de marido abandonado de una forma tan novelesca y dramática.

El mal cuerpo me duró todo el día.

***

Tratando de manejar a los niños grito "¡Coño!" dos veces. Parezco Tejero dando un impotente golpe de Estado.

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Cuando hablamos por la noche por teléfono es una conversación de cansancios.

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Al mismo niño que anoche tuve que castigar porque no quería tomarse una coliflor rebozada, acabo de pillarlo en la cocina comiendo el pienso de la perra. ¿Esas cosas no pasan cuando Leonor está en casa?

***

Me llaman continuamente. Ahora a Quique le ha entrado jabón en los ojos y pide perentoriamente una toalla. "¿No ves que no paras de pedir cosas, Quique?" "¡Cómo quieres que vea nada, papá, si me ha entrado jabón en los ojos!"

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En nuestro cuarto de baño estaba duchándose Carmen. Era para ganar tiempo. Pero tardaba mucho. Subí. Me la encontré con una fregona que parecía la pértiga de una góndola de Venecia, tratando de recoger las aguas que había derramado. Lloraba tanto que yo creo que subía el nivel de las aguas, las saladas, sus lágrimas, las más dulces. "La he liado, papá, la he liado". 

*** 

Por fin los he sentado a ver una película de acuerdo a mi estado de ánimo: Capitán Blood.

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Vemos que Olivia de Havilland está a la vez enfadada y enamorada. Carmen dictamina: "Está enfamorada".

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Ahora, cuando ya los he acostado, y podría ponerme a leer, me toca, encima, llamar a Leonor. En condiciones normales, habríamos hablado mucho mientras comíamos, cenábamos, se bañaban los niños...

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Despertarse por la noche y poder encender la luz. Qué comodidad más triste. Cuando uno trastea por su cuarto palpando la oscuridad, está, ahora lo veo, acariciando a su mujer que duerme.

***

Levantarse temprano y que la primera frase que acuda a tus labios sea: "¡Mañana será otro día!"



[continuará]

lunes, 4 de junio de 2018

Reverencia de barbero


Un humilde barbero reconoce a un elegante peluquero, qué digo, peluquero, ¡estilista! Y aunque sea barbero del rey de Suecia, también humilde, pues el peluquero lo es De Homero a Kafka.


sábado, 2 de junio de 2018

Candelabro de siete aforismos

Un buen amigo me ficha para una antología de aforistas y Dios. Él los buscará en Palomas y serpientes y yo los rebusco entre los inéditos. Encuentro entos:


Dios nos ve siempre desde lejos, exactamente haciendo equilibrios sobre la fina línea del horizonte. 
* 
Dios no aplica ningún Código Penal, sino, apenas, la ley de la causalidad. 
* 
Cuando Dios encarga libros, lo llama “inspiración”. 
* 
Cuando la poesía habla de Dios, juega en casa. Si habla de la muerte, de visitante. 
* 
El yo es ese desconocido que nos presenta Dios. 
* 
La providencia es el deus ex machina de Dios. 
* 
Dios es con lo que amamos.