viernes, 19 de julio de 2019

Me parte el corazón



Se me acerca Enriquito y me dice en un aparte: «Ya no quiero ser como tío Nico, quiero ser como tú». Y a mí, verlo tan misericordioso con lo chiquito que es, me parte el corazón.


martes, 16 de julio de 2019

Novela


«Escribir una novela también cuesta», se queja Carmencita cuando le pido que abra ella la puerta, que yo estoy escribiendo mi artículo.

Tras esa respuesta, habría ido yo, naturalmente, pero es tan buena que me lo dice ya de camino. Espero no haberle disipado la inspiración.


lunes, 15 de julio de 2019

El ángel


Los mejores regalos a Quique por su santo se los hizo su ángel de la guarda. Los niños han aprendido a jugar al King, pero Quique, generalmente, se lleva el rey de corazones y todo lo que hay que llevarse. Tiene, encima, muy mal perder. La tarde de nuestro santo jugamos y por primera vez nos ganó a todos, para gran satisfacción suya. Eso sólo fue el aperitivo.

Como los niños ya son mayores, he vuelto a leer con escopeta con escopeta de plomillos para combatir la invasión de tórtolas turcas, torcaces y urrucas que padecemos. Alguien se me ha adelantado con las cotorras, que no hay, y vuelve a haber, qué bien, panarrias

El caso es que tengo terminantemente prohibido a los niños tocar la escopetilla. Pero era el santo de Quique y me pidió un tiro. Justo entonces en la casa del vecino de enfrente, con la calle por medio, en lo alto de una alta araucaria se posó una tórtola . Era un tiro imposible, y yo lo intenté tres veces sin que llegase ni a espantarla. Tengo una puntería mediana, he de decirlo, aunque no suene muy humilde, por el bien de la historia. Entonces, me decidí a dejar a Enrique que tirase. Cogió la escopeta fatal, con la culata bajo el brazo y guiñando el ojo equivocado. Tiró enseguida y, pum, a lo lejos, en la araucaria se levantó una nubecilla de plumones y la tórtola cayó de espaldas... al jardín de un (suponemos) espantado vecino.

El otro sorprendido era yo. Enrique lo veía lo más natural del mundo. Estuvo tan nervioso que se pasó dos horas sin poder sentarse, presumiendo de puntería y recordando la mala mía a todos los que venían por casa.

Me temo que a un ecologista no le haga mucha gracia pensar en un ángel tirador, pero no tiene otra explicación. Tirador y detallista.

sábado, 13 de julio de 2019

Bandos


Me encanta esa idea de Enric González  de que él es tan de escoger bandos que va por la calle, ve a dos niños jugando a las chapas y no puede evitar ir a muerte con uno. Quizá por eso me ha hecho tanta gracia ver que, entre mis lectores más íntimos, a cuenta de mis hijos, se han creado dos partidos: los quiquéfilos y los carmeníaticos. Yo voy con ambos, pero me encanta la ligera variación de los sufijos, porque marca carácter, y porque me permite ir con cada uno al cien por cien a su modo.


jueves, 11 de julio de 2019

Zascas y repelús


Ayer eché el día  yendo de aquí para allá con mi hija Carmen, que tenía hora en el dentista (¡nada grave!) en Jerez (eso era lo grave) y luego teníamos que volver a recoger el aparato y aprovechamos para esto y para lo otro.

Lo peor el inexistente aire acondicionado de mi coche, que me hacía conducir a embestidas y frenazos, como los viejos macarras. Lo mejor la conversación que me dio Carmen, aunque llena de zascas.

Por ejemplo. Se asombró mucho, la puñetera, de que hubiésemos llegado en punto a la cita con el dentista. «Mira que si te has vuelto puntual de pronto, papá». Yo, picado, le dije: «Para lo importante, siempre soy puntual». «Qué va, papá, que llegas tarde a misa todos los días, eh».

La conversación giró hacia lo religioso. Una amiguita nueva del campamento le ha dicho (¡y tiene ocho años!) que los cristianos a ella le dan repelús. Carmen le ha contado que ella es muy cristiana. Y la amiguita le ha dicho que a ella, Carmen no le da ningún repelús.

Para que no me viniese arriba me soltó otro zasca. Le conté la pelea de unos amigos nuestros y volví a presumir, que es algo, veo ahora, que mi hija no me tolera. «Mamá y yo, en cambio, no nos peleamos nunca, ¿verdad?» «Porque tú siempre le das la razón, como el del chiste». Ni qué chiste era me atreví a preguntar.

Para que no me quedase abajo, volvió a contarme otra cosa del campamento. Otra niña le ha contado que quiere ser cantante, vivir en París, casarse con no sé quién y tener dos hijos. «Tiene todo su futuro planeado», dice Carmen, «y yo le he dicho que quiero ser actriz, pero que lo demás, lo que decida Dios».

Y así, arriba y abajo, frenazos y acelerones, con la ventanilla abiertas, asfixiados y riéndonos, nos pasamos la mañana dando vueltas por Jerez.


jueves, 4 de julio de 2019

Cruz, cara y cruz


Como el torero que en medio de la plaza tira la montera y todo el público contiene el aliento para ver si cae boca abajo o boca arriba; así me pongo el crucifijo todas las mañanas. Sin mirar.

Si cae con el crucificado hacia mi pecho, toca introspección. Si el crucificado mira al mundo, contemplación y cuidado del prójimo.





miércoles, 3 de julio de 2019

El ronquido salvífico



Hablo mucho de mi mujer, pero si la conociesen lo entenderían. Siempre que salía el tema de lo que roncaban los maridos y todas las amigas protestaban, ella ponía cara de póker, sonrisa angelical y silencio profundo. Estuve diecinueve años de matrimonio creyendo que yo no roncaba. Hasta que en un retiro espiritual me tocó compartir dormitorio con un inglés, y a ella (tan anglófila) le dio un acceso de pundonor conyugal y patriótico: «¿Y no lo disturbarás con tus ronquidos?».

Eso fue hace tiempo y ya había vuelto a olvidar mis ronquidos, pero anoche me desperté de madrugada y bajé a dormir al fresco del porche. Mi mujer abrió un ojo, vio nuestra cama vacía y como me había dejado trabajando en el ordenador y muy nervioso con lo de Hacienda, pensó tiernamente: «A ver me lo encuentro frito de un infarto frente a la pantalla». Fue a bajar a ver, pero desde la escalera oyó mis ronquidos, y qué inmensa alegría, me contaba.

Era el ronquido salvífico.



martes, 2 de julio de 2019

Zen todo

Qué gusto da darse de bruces, entre tanta impostura, con poesía verdadera, aunque sea mínima (en apariencia) como estos haikus de Guillermo López Gallego, en Todo a Zen (Los papeles del Sitio, 2066). 

He seleccionado los cuatro que más me gustaban y, de golpe, gracias a la fuerza tácita de la tradición y las reglas, véanse las cuatro estaciones, una tras otra y vuelta a empezar:


un murmullo de agua
otro año
que llenan la piscina

*


los gorriones y el viento 
recorriendo 
las ramas del abeto

*

también entre la hierba
son tan blancas
las flores del almendro

*

sin que nadie lo viese 
las acacias 
han vuelto a verdear


lunes, 1 de julio de 2019

Peligro


Con la de veces que lo he contado a amigos, conocidos y saludados. Que cuando haces una mudanza hay un momento muy peligroso: empiezas a encontrarte cómodo en casa, aunque en un cuarto queden cajas de cartón sin abrir, en las esquinas cuadros sin colgar y del techo pendan bombillas a pelo, sin lámparas. Tú ya estás en casa y eso puede esperar... al Juicio Final.

¡Pues lo mismo pasa con los libros propios! Hay un momento en que sus defectos dejan de molestarte y tú estás muy cómodo.

A ver si la conciencia hace las veces de esposa concienzuda y me recuerda que eso que yo no veo lo verán, escandalizados, los visitantes nada más abrir la puerta.


sábado, 29 de junio de 2019

Niño bilingüe



Mi hijo Enrique (8): «Yo, en inglés, me sé más de diez mil palabras. Porque sé contar hasta diez mil, y además me sé alguna palabra más».


Quiero ser como tú



Mi hijo, con lo que ha sido, ahora ya no quiere ser como yo, oh dubi du. Ahora ha decidido que quiere ser como su tío Nicolás, mi hermano, que es más alto y sale a pescar casi todos los días y tiene una nariz menos gorda [sic] que la mía. Es la historia de mi vida porque también cuando Nico entró en la adolescencia me desplazó un tanto en ciertos gustos. Y como entonces no me ha importado en absoluto. Yo soy un jugador de equipo y hablamos de mi familia.

Si le diese por querer ser como mi cuñado Agustín, ah, eso quizá sería otra historia, aunque sin faltarle a Agustín, eh, que tiene méritos indudables.

miércoles, 26 de junio de 2019

El crítico acento diacrítico



Siempre he estado en contra de la cacería de tildes de la RAE. Qué lástima, con las pocas que teníamos en español y siempre tan peinadas, pero algo era algo.

La pérdida de la tilde de los pronombres me dolía especialmente, como le dolerá a cualquiera que compare las dos versiones de este poema de Miguel d'Ors. La primera en su libro original, La música extremada (Renacimiento, 1991) y la segunda en Poesías completas 2019 (Renacimiento, ídem). 




¿No es un dolor? Ese acento sobre «Éste» era el dedo de la mano sagrada, nada menos, y el cuchillo clavado en todo lo alto del poeta, encima. Era lo sagrado y la violencia del poema. Su secreto.

Yo habría elevado un recurso de casación a la Justicia Poética y habría mantenido la tilde bajo la eximente de acento enfático. Lo es. Cuánta pérdida sin ése.


sábado, 22 de junio de 2019

Estrellas fugaces


ESTRELLA ERRANTE
Fugaz como el instante en que la miro
une el cielo a la tierra
y a su llanto de oro mi suspiro.
Escribe Juan José Tablada (1871-1945) y no sé si es haiku o soleá, pero qué bien emociona.

Decenios después el joven Guillermo López Gallego se marca otro haiku estupendo a la estrella fugaz, que es absolutamente postmoderno:
Una estrella fugaz
esta noche
que no deseo nada.
Qué bien dialogan.

miércoles, 12 de junio de 2019

Carga


Maravillosa complejidad de los asuntos humanos. Si hubiese salido una oferta de trabajo muy importante, no hubiese estado en casa celebrando el cumpleaños de Enrique, pero, si no nos fuésemos este fin de semana fuera, nos habríamos perdido la situación.

En la mesa, alrededor del pastel y las velas, mi suegra y mi padre, todo amabilidades, discuten por ver quién se queda más con los niños durante nuestra ausencia, cada cual tirando para él con enorme suavidad. En esto mi padre dice: «Yo lo único que quiero es que nos repartamos bien la carga...»

Y tuve la suerte de que en ese momento estaba mirando a Carmencita, que, con aparente despreocupación, bebía un vaso enorme de leche. Lentamente abrió los grandes ojos verdes, aumentados por las gafas y el pasmo, dejó el vaso en la mesa mientras giraba la cara y abría la boca hacia su abuelo: «¿la c-a-r-g-a?»

Todavía no sé si la exageración fue originariamente humorística o, tras nuestras risotadas, se acomodó al humor general. Le he preguntado varias veces después, pero, como los grandes humoristas, Carmen se hace fuerte en su ambigüedad.


martes, 11 de junio de 2019

Cancela


A la salida de misa, Leonor y yo nos entretenemos saludando a un amigo. ¿Dónde están los niños?, nos preguntamos al rato. Oh, mira, columpiándose salvajemente en la cancela arriba y abajo. «¡Cuidado...», gritamos los dos, perfectamente compenetrados. Aunque Leonor añade: «que os matáis!»; y yo: «que os cargáis la cancela!»


Guapo


«Vaya, qué mala suerte», me dije. Tenía una hora de guardia en la que pensaba leer como un señor, pero había una falta que cubrir, vaya. Metí a los alumnos que refunfuñaban en el aula, refunfuñando como el primero. Pero entonces oí que uno le decía otro: «¿Qué pasa, guapo?» Me chocó ese «guapo», y miré. Resulta que se lo decía un gemelo a su hermano, dos gotas de agua. La cosa tenía, por tanto, bastante gracia. Pero debe de ser una broma que ellos se gastan con frecuencia, pues los únicos que sonreían eran los hermanos, los demás les oían como quien oye llover («dos gotas de agua», je). A mí, sin embargo, ese buen rollo, ese sentido del humor, esa complicidad irónica me ha compensado la hora de guardia entera. Y, encima, he podido leer mientras los alumnos, guapos y feos, trabajaban más o menos.


miércoles, 5 de junio de 2019

Pero dolorosamente

He tenido una tarde infernal, en la que me han arrancado la muela del juicio, han tirado mi moto en el aparcamiento y la han estropeado y he perdido, con el trasiego, los dos libros que llevaba en la mano. He tenido que cruzar medio Puerto con la boca sabiéndome a sangre sin encontrar un taxi. Sin embargo nada puede borrar la maravillosa mañana que he echado llevando a Quique al médico de sus pies planos. Queda muy poco, ay, para su cumpleaños, pero quiero contar sus cosas ahora que todavía son observaciones de un niño de siete años. Además me ha preguntado por cosas de mi madre, y yo he visto que no me acuerdo de tantas como presumo y he recordado que mi madre me insistía muchísimo en que llevase un diario de las cosas graciosas que me pasaban (ella entre ellas) porque luego se me olvidarían y sería una pena. Por lo menos que no me pase con Quique.

Precisamente, hablando de mi madre, "que me quería al que más de todo los hermanos", Quique ha reflexionado: "Menos mal que no era una madre moderna". ¿Por qué? "Podría haber querido más a otro hermano que no fuese el primogénito". 

A Quique no le cae bien la cuidadora de unos amigos. Les pega demasiado, me cuenta. Luego, en un ejercicio de ecuanimidad reconoce: "Los educa bien, pero dolorosamente".

Hablamos de unos primos de esos amigos. Quizá Quique podría casarse con la pequeña, y así emparentábamos con esa gente tan elegante. Calla. Calcula su edad y la de la niña. "Por edad no tengo problemas, pero me falta la vespa". Yo le había explicado hace años que hay motos mejores que la vespa, pero que con ninguna se ligaba más.

Calcula las horas de cole que se ha perdido. "Cuando no es por un motivo grave de salud, me encanta ir al médico", confiesa.

Le puso a un niño la zancadilla perfecta. Era en clase de judo y el niño cayó sobre el tatami, pero aún así lloró. Yo le digo muy serio que se deje de zancadillas. Reconoce que estuvo mal. "Pero en el futuro se lo merecía", sentencia. Porque dos días después de la zancadilla lo vio pegándole a otro.

Yo le hubiese explicado (y lo tengo pendiente) que mucho cuidado con esa justicia preventiva, no fuese el niño a estar pegando a otro siguiendo su ejemplo. Pero ya llegaba al colegio y lo tenía que devolver y mi día empezó a irse a la porra, por decirlo suavemente.


miércoles, 29 de mayo de 2019

Hablan los niños


Me he encontrado esto en el alféizar de la ventana de mi despacho:




Me he reído e inmediatamente lo he colgado en Twitter. Una amiga me ha escrito diciéndome que a lo mejor tenía que reírme menos. Se lo he agradecido mucho, le he dicho que no conoce a mi Carmen, que estaría montándose una novela de Stevenson cuando lo escribió y que para mí lo más inquietante era la falta de tilde en «ayúdame». En todo caso, después de reiterar mi agradecimiento, he ido a buscar a la desamparada a que me cuente. En efecto, me ha contado la novela.

Ya puestos, hemos seguido. Que la vida es inagotable se comprueba en que los niños, cuando uno le da hilo a la cometa, por muy pequeños que sean, no paran de contar cosas.

Ya agotado, Quique ha entrado en pose estoica. Me ha preguntado, muy serio: «¿Papá, por qué todo lo educado es difícil?»

Yo le iba a soltar un rollo moralista de «Per aspera ad astra», cuando Carmen, felizmente, ha sido más rápida:

«No siempre: no hacerse tatuajes es más fácil».

«También es más fácil, Carmen, no dejarme mensajes inquietantes (y sin tildes) en el alféizar...»


Shakespeare


Ayer, casi sin darnos cuenta, con un leve sabor de melancolía, terminamos nuestra lectura completa de Shakespeare. Como explico en el enlace, cuatro amigos (aunque compañeros de trabajo) nos hemos reunido durante años a comentar una a una las obras del Bardo, leyéndolas con cuidado y con mucha literatura secundaria, como si el príncipe de Lampedusa, Auden, Bloom, Chesterton, Girard e incluso alguna vez Federico Trillo-Figueroa se sentasen con nosotros. También hemos visto las adaptaciones cinematográficas que hemos reunido. E ido al teatro cada vez que daban un shakespeare en un radio de 100 kilómetros, con alguna escapada a Almagro y los más afortunados al Globe. Al teatro se apuntaban los cónyuges y una vez de infausta memoria Gonzalo Altozano (no por Gonzalo, ojo, sino por la representación). En los últimos libros, se sumó otro amigo de fuera del instituto, y ha asistido a esa mezcla en las conversaciones de las intrigas palaciegas del depuesto duque de Milán con nuestras intrigas funcionariales, muy shakesperianas en cierto modo. 

Quizá nos atrevamos ahora con la Divina Comedia o con los Diálogos de Platón, puede ser. Pero hoy es la melancolía la que manda. En esta lista de fechas que ha reunido Aurora Rice, vosotros veréis días, obras, restaurantes, yo veo unos años vividos codo a codo, donde ha pasado mucho, reuniones a las que iba feliz, las más de las veces, otras a las que llegaba agobiado con la jefatura de estudios, libros que apenas logré a leer, ay de mí, por los pelos y otras lecturas, ¡las más!, que me marcaron profundamente.

Estas son las fechas:



sábado, 25 de mayo de 2019

Postre


En el postre, ofrecen un trozo de pastel a Carmencita. Se lo come lentamente.
Le preguntan: «¿Te gusta?»
Contesta, sincera: «No mucho...»
«¡Anda la niña, pero bien que se lo ha tragado!»
«Se llama "elegancia"», replica ella con cara de humildad.


Aleves dinosaurios del muro


La presencia de la política es tan asfixiante que incluso cuando escribimos contra la asfixia hablamos de política. ¿Cuántas veces no habré dicho yo que una de las maravillas de la poesía es que te permite admirar a gentes que están en nuestras antípodas ideológicas y tal y cual?

Pero el milagro de la poesía no redime sólo la política. Hay abismos mayores que la poesía es capaz de saltar grácilmente. Pocos animales me repugnan más que las salamanquesas y, sin embargo, qué bonito este poema, con su épica de porche y noche de verano:

Alegres salamanquesas del mundo
que acudís cada noche a por la cena
y regresáis a lomos del fanal
a restaurar el yugo de lo antiguo.

Y nos libráis de bubas y de chinches
y limpiáis la polilla de roperos
y conciliáis el sueño de los niños;
mis aleves dinosaurios del muro.

El poema es de Miguel Ángel Herranz, y está en Lírica de lo cotidiano (Renacimiento, 2019).


miércoles, 22 de mayo de 2019

Síndrome


Fantaseo con la posibilidad de que el médico de cabecera o de cabeza me dé una baja por el Síndrome de Stendhal. Es tanto lo que tengo que leer, que disfrutar, que ver, que oír, que releer... que me da una ansiedad paralizante, que se agrava ante la belleza en sí, presente, actual, pero marchándose. Ante un poema estupendo siento que si paso la página empiezo a perderlo. En la mediana edad estoy rodeado: es tanto lo que he dejado atrás y debería volver como lo que me espera adelante y he de avanzar. 

Una baja laboral me elevaría el ánimo.

Pero, de pronto, caigo en que el tratamiento médico más obvio sería la abstinencia severa. De modo, que me abstengo de tentar a la suerte. Más vale sufrir (de tanto disfrutar) en silencio. 


lunes, 20 de mayo de 2019

Juego de tronos



Lo más dramático del último capítulo de Juego de tronos ha sido el enfado de mi hijo Quique que se había enterado de que iba a quedarme hasta las tres para verlo porque no lo haya levantado, como me pidió. Yo ya le dije que no, pero se ve que no había perdido la esperanza. Como un cobarde, me he refugiado en el spoiler. Le he dicho: no has visto ni un sólo capítulo, si ves el final, te fastidio la serie para cuando seas mayor. No le he convencido.

Nada más entrar en el IES a las ocho oigo esta conversación entre dos niñas de 1º de ESO: "He podido ver esa película porque este fin de semana me tocaba en casa de mi padre. Mi madre no me deja ver esas cosas". He sentido una profunda solidaridad con esa señora, y le hecho una reverencia moral. Ése sí que es un juego de tronos.


domingo, 19 de mayo de 2019

Cates y cates


Mientras leo poesía tirado en el sofá, oigo, de fondo, la dulce música de Leonor ayudando a Enrique a hacer la tarea. Con tanto cariño como paciencia, si se pueden distinguir. Yo le digo: «Si dependieses de mí, ¡no ibas a sacar cates, Quique, a sacarlos y a llevártelos». Se ríe el sinvergüenza del juego de palabras. Yo también. Leonor nos llama la atención, sobre todo a mí: «Por lo menos, no lo distraigas».


viernes, 17 de mayo de 2019

Hallazgo

Enrique bajó del autobús del colegio entusiasmado. Había tenido una epifania enofiliobiobliográfica. Cogió un libro un tanto al albur en la biblioteca del colegio. Se puso a ojearlo y a hojearlo y, de pronto, se encontró con que salía su madre, y no sólo mentada, sino dibujada y también hablando. Se pasó el día en el colegio deseando llegar a casa para dar cuenta de su descubrimiento. Tiene localizada la página que es: la 17. Nos lo dice para que no nos confundamos.




También sale otra vez, muy guapa, en silencio, y también la había identificado Quique:







Mil gracias a Paula Fernández de Bobadilla y a Ximena Maier por el subidón que le han dado al niño. Y a la madre. 



Que yo salga cada dos por tres en los papeles les ha dado igual, como es natural.

domingo, 12 de mayo de 2019

A la intemperie


En su presentación-espectáculo, Lara Cantizani sorteó algunos libros de haiku que él ha editado. Podía haberme tocado Basho. O Issa. Pero me tocó A la intemperie (Haibooks, 2006) de Juan Francisco Pérez y de María Victoria Porras.

«Vaya, mi suerte..», pensé; pero era mi suerte, en efecto.

Qué libro tan bonito. Los haikus están muy bien y, además, todos juntos, transmiten un aroma a Murcia (una Murcia orientalizada, pero auténtica) que te conmueve. Ni la nombran, pero se vislumbra hasta una bonita historia. Es un libro escrito al alimón y, supongo, que al aliamor.

Ojalá Pérez & Porras se busquen en Google de vez en cuando y les pueda llegar mi aplauso y mi agradecimiento.

Algunos haikus del libro:

Un árbol muerto.
Aún da al paraje
su quietud.

*
Ermita de huerta.
Su tejado a dos aguas
apunta al cielo.

*

Rompe a llover.
Se acrecienta el perfume
del azahar.

*

Cómo se ríe
al desenredar su pelo
de la mimbrera.

*

No se permite
el paso a esta finca.
Zarzal en flor.

*

Ajo y albahaca.
El olor brota a golpes
del mortero.

*

Al fresco olor
del huerto, qué liviano
es desvelarse.

*

Hacia el mediodía
los golpes de la azada
van espaciándose.

*

Oh, qué frescor
fundida ya mi sombra
con la del árbol.

*

Ay, empapadas
en los charcos, qué duras
mis esparteñas.

*

Para los ojos
que miraban la luna,
qué denso el mundo.

***

sábado, 11 de mayo de 2019

Casa de ensueño


La casa en el gran cartel publicitario de la agencia inmobiliaria era tan hermosa que me paré a mirarla como el que se abisma ante un paisaje. Sentí lo feliz que yo sería viviendo en ella, tan blanca e iluminada a la hora del lubricán, con la piscina azul y fresca. Sólo haciendo un esfuerzo me recordé que ya era muy feliz sin vivir en esa casa. Salí muy agradecido de aquella atracción magnética, porque volvía más consciente de mi dicha real. Y con una reflexión metapoética: el arte (y aquel arquitecto era un artista) tiene entre sus altas misiones descubrirte --a través de una intensa nostalgia o de un punzante deseo-- lo que ya posees.




viernes, 10 de mayo de 2019

El alabardero y otras observaciones reales


La prueba de que no me terminaba de creer que estaba invitado es que cada vez que nos paraba un guarda de seguridad pensaba que me haría volver sobre mis pasos. Si tenía que enseñar mi acreditación, estaba seguro de que habría desaparecido de mi bolsillo. Cuando nos daban la tarjetita con el sitio en la mesa, temí que yo no tuviese un lugar.
Todas fueron falsas alarmas de hipocondríaco social.
*
Qué exquisita flor artificial es la naturalidad.
*
Poder ser agradecido es un privilegio. Tuve la suerte de hablar con Elvira Roca lo suficiente como para explicarle muy detalladamente por qué su libro era tan importante.
*
Estaba Luis Alberto de Cuenca con Carmen Posadas y Vargas Llosa. Trío de ases para abrir el apetito.
*
Qué alegría encontrar a un paisano. Lo más bonito de mi charla con el marqués de Tamarón es que, allí, en tan hermoso salón, con tan elevadas compañías, no me habló ni una vez de privilegios, sino del deber. En tres ocasiones, referido a tres circunstancias distintas, pero el deber, el cumplimiento del deber.
*
A pesar de tanta llamada del deber, la vanidad. Cada vez que hablo con Gregorio Luri, ya sea de esto o de aquello, la sensación de profundísima coincidencia de caracteres y actitudes. Vanidad, toda vanidad, por supuesto, y la cercanía de Gregorio.
*
Como soy radicalmente hipocondríaco y monárquico medievalizante que cree en el poder taumatúrgico de los reyes, cuando le di la mano a Felipe VI pensé en qué enfermedad (desconocida) se me habría curado entonces por ensalmo.
+
[continuará]

jueves, 9 de mayo de 2019

Tribulaciones del optimista


Llego a la ortopedia en Cádiz y me doy cuenta, con horror, de que me he dejado la receta en casa (en el Puerto, lejano y solo). Miro en todos los bolsillos de mi mochila y en los del chaleco y en los del pantalón. Vuelvo a mirar.

Nada. 

La he olvidado.

Eso me obliga a volver mañana y perder media mañana buscando aparcamiento. Estoy a un tris de desesperarme. Pero entonces pienso en lo bonita que es la vista desde el puente nuevo. En el estupendo café que sirven en el bar de al lado de la tienda. En la posibilidad de hacer esas llamadas que tengo pendientes por el manos libres. Al final, me alegro mucho de tener que volver y no  le veo más que ventajas.

Entonces, como si un diablillo travieso estuviese enredándome, encuentro en el último bolsillo del pantalón, la dichosa receta. Tengo que reprimir un rictus de fastidio. Que mala suerte.

Como si mi espíritu fuese un GPS tengo que recalcular la ruta. Vale. Si lo hago todo hoy, puedo tomarme el café mañana en el bar del IES, que no es tan bueno, pero es más cómodo. Bien, qué suerte he tenido, es verdad. Entro.

Con pasmo, me mira el señor que me atiende. Esta receta que le he dado lo es para una prueba de esfuerzo. Ay, Dios mío. Me he confundido de receta. El señor no sabe si reírse de mí o llorar. Me dice que es importante que me haga ya la prueba de esfuerzo. Ha visto la fecha y se ha escandalizado.

Además me ve cara de congestionado. «No, no, no es corazón, es usted muy amable, sencillamente estoy recalculando. No se preocupe. Adiós, hasta mañana que tendré la suerte de volver a verle».




miércoles, 8 de mayo de 2019

Veneno


Yo no habría comprado chucherías para los niños, que tenían su almuerzo y su postre, pero parece que era irremediable. El resultado es que el jardín terminó lleno de chucherías por el todas partes. Algo bastante desolador, y más si se piensa.

Lo primero que decidimos fue encerrar a Aspa en casa por si se daba un atracón y se ponía enferma o diabética. Dimos dos batidas y recogimos mucho, pero no era suficiente. De paso comprobamos que la perra no tenía gran interés en los chupa-chups ni los regalices ni en las gominolas.

Pensé que quizá los gatos callejeros que se cuelan de repente. O incluso las urracas, que no paran. O las hormigas. Incluso tenemos una culebra enorme que merodea los arriates y que quizá fuese golosa. También hay ratas (aunque de campo, naturalmente, queremos creer). Y lirones caretos.

Acabo de darme otra vuelta por el jardín y veo que ningún animal (ni los escarabajos peloteros, siquiera) está por la labor de recoger las golosinas. ¡Hasta qué extremos no serán una basura venenosa!


lunes, 6 de mayo de 2019

Guardia


Hoy en la guardia he dejado que los niños leyesen lo que les pareciera. En la primera fila, enfrente de la mesa del profesor, dos chicos leían un cómic, y uno se reía con una risa estridente, absoluta, molestísima.

He ido a reñirle.

Pero me he dado cuenta a tiempo de que se reía así para que una chica de cuatro o cinco filas más atrás viese lo bien que se lo pasa a pesar de no estar charlando ni en grupo ni en las filas finales. Me habría encantado explicarle que así no se hacen las cosas y que se le iba a salir el ojo por el rabillo de tanto mirar para atrás, pero supongo que hay cosas que uno tiene que aprender solo.

Me he limitado a hacer oídos sordos a su risa cacareante.


viernes, 3 de mayo de 2019

Primera comunión gitana


Mis hijos recibirán mañana su primera comunión. Vamos a celebrarlo como una boda gitana, tres días. Hoy toca última no-comunión. Nos acompañarán a misa y se quedarán en el banco anhelando el encuentro de mañana, mientras su madre y yo celebramos nuestra enésima comunión.

En medio de la misa, Enrique me ha dicho que tenemos que ofrecer una misa por el abuelo Agustín y otra por la abuela Carmen. Estamos todavía en la última no-comunión y yo ya voy tambaleante de emoción.

DÍA 2

Me levanto con la mejor disposición: «¿Qué tengo que hacer?» «¡No desordenar!»

Ya he cambiado el coche de calle.

Camino a la iglesia:


Recordé el verso de César Vallejo: «Si hay algo en ellos de oscuro, seré yo». Al ver la foto, José Antonio Montano nos regala este comentario: «¡Gran foto güelfa del amigo Máiquez! Conduciendo a sus hijos más allá del Stop, contra el Zeitgeist». Y eso que la señal de «Prohibido girar a la izquierda» apenas se ve.

En la foto del collar del marinero, he descubierto una disimulada y modesta capa de súper héroe, por cierto.


[...]

A partir de ahí se interrumpió mi crónica porque los hechos se precipitaron. Qué bien cantaron las monjas. La homilía de don Jorge fue emocionante y nos saltó las lágrimas a muchos. Luego nos saltó las lágrimas, pero de risa, mi hermano Nicolás. Antes de que acabase la ceremonia dijo: «Quieto, parao. Se me ha olvidado hacer las peticiones». Don Jorge dijo: «Se me ha olvidado a mí». «Lo sé», dijo Nicolás, «pero no quería dejarle en mal lugar». Entonces don Jorge le reconvino a que dijese siempre la verdad. Nicolás dijo que bueno, que en el Cielo no había tiempo y que en la Tierra el orden de los factores no altera el producto y leyó nuestras peticiones.

La fiesta, muy bien. Pero no eclipsó para los niños la importancia de su Primera Comunión.

DÍA 3

Fuimos a Cádiz a celebrar la Segunda Comunión de los niños. Nos hacía ilusión a todos que fuese en una misa tradicional, para reforzar en la medida de nuestras posibilidades la sensación de comunión con una comunidad milenaria. Fue un éxito.

Yo empecé a animar a los niños a llevar las cuentas de sus comuniones, pero de pronto me paré en seco. Reconozco que en principio porque me dio miedo que les entrasen cargos de conciencia si perdían la cuenta. Luego me di cuenta de que Dios no lleva la cuenta, que cada comunión es demasiado grande para ponerle un ordinal. Todas son la primera. Dios sólo sabe contar hasta uno.

Pilar Lacave


Ayer le dediqué mi artículo en el periódico. Ella había salido ya en mi blogg, aquí, recién operada


martes, 30 de abril de 2019

Es un auto feo


Hace diez años, la abuela de Leonor, que siempre me distinguió con su cariño, me dijo que mejor no la recogiese yo para ir a una boda, que ya iba en el coche con otro (con un coche mucho mejor). Me picó un poco.

Ayer, Carmencita me dijo que si podía aparcar mi coche (el mismo) dos calles más allá, el día de su primera comunión. «Es que está muy viejito». Como es mi niña, está vez no me piqué. Lo vi como una prueba irrefutable de buen gusto, de noble afán de excelencia y, sobre todo, de ganas de que en su primera comunión todo sea reluciente y espectacular.


lunes, 29 de abril de 2019

Lo importante


Llego al IES de buena mañana e identifico en un pasillo uno de los profesores con los que puedo hablar con complicidad de nuestro voto, que está hablando con otros dos amigos que no son nada cómplices, pero nos lo perdonan. Me acerco dispuesto a soportar un poco de sal en mis heridas, que me echarán éstos.

Nada más llegar veo que no. El cómplice habla con gran amargura del susto enorme de salud que se ha llevado con un hijo, que estuvo a riesgo de muerte. No era el momento de hablar de Ortega Smith, obviamente. 

Como sabemos que la historia acaba bien, veo de reojo que los saladores están deseando dejar de hablar del drama, para reírse un poco de mí. Aunque todos entendemos que el padre no quiera hablar de otra cosa y que la política le importe muy poco. Pienso que, en efecto, la política tiene mucha menor importancia que los asuntos graves de la vida y la muerte, pero, a la vez, que es mucho más fácil, por su propia naturaleza, encontrar en la política un ámbito común de interés de media intensidad. Hago esa reflexión con cierta mala conciencia.

Por suerte, cuando ya va terminando su crónica, nos cuenta el padre que su preadolescente el domingo por la noche estaba muy indignado con los resultados electorales y jurando en arameo y que él lo oía con lágrimas en los ojos de alegría, aunque políticamente jodido, porque su hijo estaba tan enfadado, gracias a Dios, lo que era un signo de recuperación.

Con un suspiro de alivio general, volvimos entonces a la política.


viernes, 26 de abril de 2019

La Providencia me dice «Psch, psch»


Sé que, aprovechando que cada vez quedamos menos en la intimidad del blogg (O we few, we happy few, we band of brothers), estáis deseando que os cuente mi almuerzo en el Palacio Real y yo estoy deseando contároslo. Pero quiero hacerlo bien y tan concentrado que, si me pongo, se me va a olvidar lo que me acaba de pasar. Y es alucinante.

Estoy leyendo The Year of Our Lord 1943 de Alan Jacobs, que os recomendaré encarecidamente en Nueva Revista el lunes o el martes. Con gran entusiasmo lo leo, pero con gran lentitud, por su profundidad y por su importancia y por mi mala cabeza. Suena el timbre. Vaya. Es un libro. Vaya. Lo abro. No lo había pedido. Vaya. Más lecturas para mi agobiado horario, vaya.

Encima, tengo que luchar contra el mono de entrar continuamente en Twitter, en Facebook, en la página del diario, en Whatsapp, etc. Como me he levantado para coger el paquete, ya entro en todo el paquete de mis redes sociales. Media hora perdida más tarde, con esfuerzo, me despego de las pantallas. He decidido tratármelo como una adicción. Y cuando retomo la lectura lo primero que me encuentro, ¡lo primero!, es una crítica devastadora y lúcida de Auden a... ¡Bryant Conant!... y, precisamente, por la prioridad que da a la tecnología sobre el humanismo y la poesía. Parece que no me voy a tener que leer este tocho, suspiro.




Me concentro, agradecido y voluntarioso, en Jacobs, que hace un alegato final contra la tecnología. Yo recuerdo aquello que me parecía tan exagerado de John Senior de darle un martillazo a la pantalla de la televisión, pero ahora (por un instinto de supervivencia intelectual) me lo parece cada vez menos. Jacobs, además, hablaba todavía de la tecnología general, sin entrar en logoritmos ni redes, que se le escapan y que llevan al paroxismo sus advertencias. Acabo el libro.

Voy corriendo con el mono a abrir mi móvil, y lo primero que me encuentro es este tuit:





Que me recuerda que el testigo de Jacobs lo coge perfectamente Hadjadj. Se me había olvidado, ay (prologuista desastroso), y cómo redondea el francés el argumento. 

Estas asombrosas casualidades, como si la Providencia estuviese leyendo sobre mi hombro, y diciendo: «Psch, psch», me pasan constantemente, pero hoy he corrido a apuntarlas.



martes, 23 de abril de 2019

Lara Cantizani


La presentación ayer del libro de Manolo Lara Cantizani fue de todo: íntima, lírica, emocionante y, sobre todo, graciosa. Qué tío. Con su tumor cerebral consiguió hablarnos de poesía y hacernos reír, como propone este haiku que escribió cinco minutos antes de entrar al quirófano:

Amor y humor
contra todo lo peor.
Vuelvo en un rato.

Se despertó de la anestesia dictando haikus, que la enfermera apuntó y le pegó con esparadrapos para que no se le perdieran. El cirujano, cuando fue a verlo, gritó: "Qué te ha pasado en el brazo". "Nada, son haikus".

También nos contó que ya no hace deporte, y que se dedica a ir por España vendiendo su libro de haikus cuyos beneficios dona a la investigación contra el cáncer. Ahora es culturista: hace turismo con la poesía por bandera. Ni en su libro ni en sus palabras una queja. Apenas, en ciento y pico páginas, un guiño japonés:

A la ventana,
llegan palomas blancas. 
(Bueno, son grises.)

Nos reímos especialmente con las confusiones que produce su sabia costumbre de firmar con sus dos apellidos. Carmen Calvo le escribió: "Querida amiga, cómo se nota la mano femenina en tus libros". Le invitaron a leer poemas un ocho de marzo y cuando le vieron aparecer con barba se llevaron un susto. Le preguntaron, aún indecisos: "Pero, ¿tú eres un hombre, no?" Por suerte, entonces, llevaba el pelo muy largo, y, además, siempre ha escrito poemas a las mujeres, de las que es firme partidario, y que leyó entonces.

Lara Cantizani, amante de los haikus, es demasiado grande para ser él otro haiku. Es una sextina.

lunes, 22 de abril de 2019

Minimalismo máximo


Justo ayer hablábamos de minimalismo y me encuentro hoy en la lectura del Evangelio del día un ejemplo máximo.

Las mujeres se encuentran a Cristo resucitado y éste les dice: «Alegraos». Ea, ni una explicación ni una anécdota ni una broma de humor negro ni una recriminación ni una referencia a la Pasión o a las profecías. Es un buen ejercicio pensar en la de cosas que nos pondríamos a contar nosotros en el caso de una resurrección. A Jesús le basta con dar un brochazo de luz: «Alegraos».


Luego se ve en la obligación de decirles: «No temáis», no fuese la impresión a imponerse a la dicha, pero no deja de ser una defensa de su minimalismo. Y luego, para tranquilizarlas más, les pone un encargo, que eso ayuda mucho a centrarse.

Pero no pueden ahorrarse más las palabras, aunque para Él, que es la Palabra, y en esa circunstancia, es más fácil.




domingo, 21 de abril de 2019

Menos para más


No hablaré de minimalismo para no cogerle los dedos críticos, pero de la poesía más pequeña, en voz baja, más desnuda me interesa todo lo contrario: su posibilidad de absoluto y de abarcarlo todo. Reducir los medios para llegar a fines reducidos es simple redundancia. La clave es el contraste. El mundo en el gran de arena, la hoja de hierba y la realidad o el trozo de pan incluso y la Divinidad. A esa comunión entre el menos y el más apuntan dos poemas de dos poetas estupendos en sus dos libros más recientes.

Juan Marqués, en El cuarto de estar (Pre-Textos, 2019):

DICKENSONIANA

En la naturaleza
la mirada descansa,
como quien vuelve a casa.

Para limpiar los ojos,
basta un árbol;

para saber volar,
es suficiente un pájaro.


Y Antonio Manilla en Suavemente ribera (Visor, 2019)

CLARABOYA

La luna que ilumina las montañas
con esta luz de otoño
y todo lo hay más allá de ellas:
el verdor de otros valles y el agua de los ríos
cuyos nombres ignoro, poblados y ciudades,
cielos desconocidos,
innumerables gentes
y, al fin, el mar que invita a los viajes.

Los anchos horizontes del desván
a través de un pequeño ventanuco:
el universo entero cabe en ellos.

viernes, 19 de abril de 2019

Hacer un Adán


Decidimos no ir a los oficios en los Jesuitas, donde va el todo el Puerto, e ir al convento de las capuchinas. Amparados en la circunstancia y en el carisma de la orden (Ángel dixit), me eché una chaqueta por encima y ya, sin corbata ni nada. Fueron unos oficios emocionantes, muy íntimos.

A la salida estaban unos  íntimos, precisamente, que viven en Madrid. Qué alegría saludarlos. Ambos hermanos muy bien puestos. Como son amigos y dos y tres años mayores que yo en el cole, se metieron directamente con mi ropa, sin miramientos: «Te estás volviendo un rojo». Me puse rojo de vergüenza. Y les expliqué que como eran unos oficios casi clandestinos... Me dijeron, rápidos y certeros, que por quién me arreglaba yo, eh, si por Jesús o por la alta sociedad. Tan acorralado me sentí que incurrí no en el primero de los pecados, pero sí en el segundo: hice un Adán. Señalé a mi mujer, que es su pariente, además, y dije: «Ella me dijo que no me arreglase».

Nada más perpetrar esa frase, cruzó por mi mente el ángel con la espada flamígera. Había cometido la falta menos caballerosa de la Historia Universal. Me volví rojo como un tomate. Menos mal que la confesión y la expresión «acabo de marcarme un Adán» les hizo gracia a todos. 

Hoy he ido impecable.


jueves, 18 de abril de 2019

Ante la rosa


Leo de nuevo Mi planta de naranja lima. Mis hijos me piden que lea en alto y, asombrados de que esta vez sea la historia de un niño, se arraciman a mí lado. Muy bien. Pero llego a la parte de la flor para la profesora y la galleta, y empiezo a llorar. Los niños, pasmados, me tocan las lágrimas con las yemitas de los dedos y les hace gracia mi nariz colorada.  Recuerdo al sacerdote que preguntaba cuánto hacía que uno no lloraba y me río, entre lágrimas. Pero para mis hijos tengo un recuerdo mejor, para que no confundan las lágrimas con una debilidad cuando son una delicadeza. Es esa copla argentina:

Mi caballo es andaluz,
de los que trajo Mendoza,
que no tiene miedo al tigre,
pero tiembla ante la rosa.

Les convence. Que siga leyendo, pues. Pero empiezo a no poder por el nudo en la garganta. Se ofrecen a ir leyendo ellos a páginas sucesivas y así pasamos el duro trance de ese capítulo.

Cuando llega su madre, se lo cuentan enseguida. Han visto a papá llorar, que no lo habían visto nunca, dicen. Cuando Leonor se alarma, enseguida, la calman. No, no, ha sido, naturalmente, ante la rosa.


miércoles, 17 de abril de 2019

Jibia


Paseando por la playa de Zahara, mis hijos fueron recogiendo huesos de jibia o esqueletos de choco o lo que los más figurativos llaman barcas de sepia. Eso era muy propio ponérselo a los canarios antiguos en la jaula, si me perdonan la memoria histórica.

Carmen y Quique estaban emocionados porque los había grandísimos, como de chocos de Julio Verne, y corrían de arriba abajo, adelante y atrás. 

Tanta emoción se pagó y, a la vuelta, Carmen me dio todos sus tesoros, y me cogió la mano, mientras que Quique, todavía más cargado, se iba quedando atrás y atrás. También es cierto que Quique no necesita ir muy cargado para irse quedando atrás en los paseos. Lo que hizo que mi cuñado dictaminase: «Quique los tiene de plomo». No sé si algún lector no andaluz necesita que le explique qué quiere decir esa expresión o qué, concretamente, tenía de plomo mi hijo.

A Carmen sí se lo tendría que haber explicado. Dijo, deduciendo que lo que tenía de plomo su hermano eran sus siete u ocho esqueletos de choco: «¡Los míos me los lleva papá!» Por supuesto, no le expliqué nada a la niña, porque son cosas que no se detallan a una señorita; y también --lo reconozco-- porque para un irremediable heteropatriarcal como yo, ser el portador de los plomos de la niña que llevaba de la mano me pareció, si me perdonan la ordinariez, una preciosidad y, sobre todo, una responsabilidad de la que no quiero descargarme.