domingo, 23 de abril de 2017

Así es la vida


Aunque era más de Facebook, he colgado en Twitter esta foto. He ido a cumplir con mi turno de lectura en la continuada del Quijote de la Academia de Bellas Artes de mi pueblo. Muy del Quijote, por cierto, lo de la Academia, eh. Y cuando ha sido mi turno, sin preparación previa, mis hijos se han venido conmigo al micrófono:


La estampa ha tenido gran éxito de crítica y público en el acto y en las redes. Muy bien. Sin embargo, lo más impactante ha pasado después.

Enrique aprendió ayer a montar en bici sin ruedines. Le ha costado más que a Carmen. Pero ayer salió solo, por fin. Y hoy, tras la lectura quijotesca, nos hemos cruzado con un niño que iba por la calle con sus padres y me lo ha señalado ostentosamente y ha dicho en voz alta: "Mira qué niño más grande y todavía con ruedines". Lo he mirado, no al niño de la bici, a Quique, lo he mirado incrédulo, y estaba muy serio, con una cara que oscilaba entre el desprecio y la burla. 


viernes, 21 de abril de 2017

Proceso de lectura




Ante cualquier libro de poesía mi primer sentimiento es una indiferencia absoluta, que se va disolviendo en jirones de pereza que vence a duras penas el interés profesional por saber qué se está haciendo o qué puedo aprender yo o aprehender. Al interés lo desplaza, con suerte, la envidia, si el libro es bueno. Y a la envidia, si es mejor, la admiración. A la admiración la anega el asombro, que me saca de mí. Y al asombro lo ilumina la gratitud, que enseguida se transfigura en alegría que se transforma en una plenitud de estar vivo y en el deseo paradójico de estarlo aún más y que va a dar, siempre sorpresivamente, en la oración. Entonces puedo decir que fue una lectura de poesía completa.




jueves, 20 de abril de 2017

Y el viento se retuerce



“Las palabras se las lleva el viento”, sí, pero qué negativos somos, ¡y las que trae, qué! Llevamos dos días charlando sin parar del levante que no para.
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Es tan amiga mía la pereza que me alegra la levantera porque me cierra automáticamente, de un golpe de muñeca de mayordomo solícito, la puerta de casa.
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¿De dónde sale tantísima suciedad como saca el viento a la calle?
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La luna flota en la noche de levante como el corcho en un mar revuelto.
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HOMÉRICO

El árbol caído adquiere la dignidad de las derrotas épicas.

(Árbol del paraíso del IES, hoy puro símbolo)
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Han faltado muchos alumnos de los más pequeños porque las madres han sido prudentes y maternales, pero uno no deja de temerse que se los haya llevado (flautista de Hamelin) el levante.

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Al cruzar una explanada se sorprende uno agradeciéndose su sobrepeso.
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Las hojas que sobrevivan a este vapuleo van a encarar el otoño con una autoestima perennifolia.
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(La doble n de “perennifolia” es un caligrama: la n, la hoja que no se cae ni loca.)
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Francisco Bejarano habla del viento del Norte en este poema. Es por disimular con un septentrional toque culturalista. La experiencia biográfica que alienta por detrás es el levante, evidentemente:



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¿Y si la fuerza ciega del levante fuese la suma de todos nuestros suspiros de resignación, ays, por el levante que hace?


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Post scriptum, por ejemplo:


video


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Post scriptum, 2:

Paso por delante de la casa. Hace unos días me contaron que habían puesto muchas luces con sensor de movimiento y que así estaban más prevenidos contra los ladrones. Pero hoy el levante lo mueve todo y la casa parece la portada de la feria de Sevilla. 

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Post scritum, 3:






miércoles, 19 de abril de 2017

El viento, el viento


A la salida de la reunión de planificación educativa, un levante furioso me quería arrastrar. Daba hasta miedo. No lo había visto así de enfadado desde hacía mucho. Bastaba el mástil del velero para que éste escorase, y las palmeras andaban locas, revoleadas. Hice una foto:



Un golpe de viento se llevó mi pensamiento, lo que me vino bien, porque salía dándome golpes de pecho. "Qué poco me importa lo que importa", me decía, porque mira que es trascendente la planificación educativa; y cuánto esfuerzo psicológico había tenido que hacer para estar atento.

La mente se me iba volando a dos cosas de anoche y de mis niños. Por reírse de mí, que soy muy riñón, decían en la cena que su madre es un ángel y que yo soy un... escorpión. Me encanta, aunque ponía cara de ídem. Primero, porque tienen claro que con el demonio no se juega y además se han buscado una metáfora perfecta para eludir la simetría. Más tarde, el escorpión les leyó en la cama y como tenía que avanzar con Troilo y Crésida, les recité a Shakespeare. Se quedaron prendados de unos versos, que entenderían a medias, pero que les tuve que repetir, a volandas de su entusiasmo, seis o siete veces. Estaban embrujados. Shakespeare se abrió camino a través de la traducción, de la infancia, del sueño y del fragmentarismo. Eran éstos:



Riéndome como un loco por eso de "más bobo que la ignorancia", he entrado en un bar buscando un refugio y un café. Un viejo muy viejo que estaba allí ha dicho: "El levante está como nunca", y yo lo he oído con alivio, porque tenía miedo de ser un jovencito reblandecido e impresionable. Pero no: ese hombre con pinta de curtido lobo de mar también andaba pasmado por la fuerza del viento. Entonces, se ha producido el milagro poético de la mañana. Se me han volado el sobre de azúcar y el de sacarina. Y he dicho: "Vaya". Él ha glosado: "Hoy se vuela hasta el baúl de los recuerdos". Qué maravilla, porque cualquier baúl pesa lo suyo, pero, si es el de los recuerdos, ni te digo, y los recuerdos de una vida tan larga, más, que tienen que ser muchísimos. No sé si será una frase hecha, pero es un poema y tiene dentro (dentro del baúl) una novela.

Cuando he pagado, me han devuelto dos billetes, y el de 10 euros se me ha caído al suelo, a la puerta del bar. Increíblemente, no se lo ha llevado el viento (el viento de hoy, véase la foto supra). Me he agachado a recogerlo ceremoniosamente, haciendo una honda reverencia. Seguro de que mi ángel de la guarda le había puesto el pie encima por mí. No porque le importen nada a él 10 euros, sino para evitarme el ridículo de trotar detrás de un billete. Tengo que pensar ahora con mucho cuidado en qué me gasto ese billete bendecido.

Y ya en el coche, repasando la reunión, me he reído recordando una frase que es dos recursos poéticos en tres palabras: "Predecir con precisión". Una aliteración y un oxímoron.







martes, 18 de abril de 2017

Viceversa


Viendo las fechas de las escasas entradas, cualquiera diría que el columnista está acabando con el bloguero. Podría ser. Pero también podría ser al revés, como lo de Chuang Tzu y la mariposa. Yo tampoco sé quién está escribiendo a quién, porque a veces pienso que es el bloguero el que sueña que es un articulista, pero escribe, talmente, lo que deberían ser entradas de Rayos y truenos


miércoles, 12 de abril de 2017

Bobin, Bobin


En Resucitar, Christian Bobin escribe este apunte:

He encontrado a Dios en las lagunas, en el perfume de la madreselva, en la pureza de algunos libros e incluso en los ateos. Casi nunca lo he encontrado en los que tienen por oficio hablar de él.

Me temo que Bobin no está siendo autocrítico, aunque podría, porque sus libros hablan de Dios por oficio o, en lenguaje informático, por defecto. Qué pena que no ponga ejemplos de esos libros de pureza transparente. Justo después de leerle, he ido a un responso y, a la salida, he charlado un rato largo, primero al sol, luego hemos buscado una sombra, con el sacerdote de mi parroquia. Él seguía cumpliendo su oficio de hablarme de Él y yo lo encontraba.


sábado, 8 de abril de 2017

Un artículo, una novela


Pablo Pomar fue quien me confirmó que el colegio "José María Pemán" había sido originalmente "Blasco Ibáñez". Estaba seguro de que no podía haberse llamado "Pemán" en el 33, pero "Blasco Ibáñez" me vino de perlas. Daba un final en parábola a mi columna. Más tarde, añadía Pablo unas sospechas interesantes que darían, no ya para un artículo, sino para una novela. Vicente Blasco Ibáñez se las había tenido tiesas con Miguel Primo de Rivera, de Jerez y tan querido en su ciudad que aún no ha habido quien le desmonte de la Plaza del Arenal. Encima, Blasco Ibáñez con La bodega había apuntado contra los Domecq de un modo casi explícito y, por extensión, contra todos los bodegueros de la tierra. ¿Quién tomó la decisión de ponerle al colegio ese nombre? ¿Fue, como parece, un acto político cargado de intención y ganas de incordiar? ¿Cómo fue recibida la noticia? Hubiera tenido, entonces, cierta justificación el cambio de nombre a las primeras de cambio, y una disculpa que José María Pemán, que ya se había mostrado contrario a los bailes de nomenclaturas en un artículo estupendo, aceptase éste, él que "había consagrado su vida y su obra a la defensa del Altar, del Trono y de la Casa Domecq", como epigrameó lanzándose en picado, Manuel Halcón, marqués de Villar de Tajo.


miércoles, 5 de abril de 2017

Hijo y metaliteratura


—Quique, ¿qué es lo que más te gusta del cole?
—¡El patio!
—¿Y lo que menos?
—¡Los exámenes!
—Pero Quique, si tú todavía no tienes exámenes...
—No, ya, pero...


Le pasa como a aquél: lo peor de su vida es lo que nunca ocurrió. Además, compruebo el poder de la literatura, siquiera sea oral, para configurar, incluso contra nuestra experiencia, la realidad.


sábado, 1 de abril de 2017

Regalar un árbol


Qué maravilla levantarte y encontrar que por la noche ha crecido un árbol en tu correo. Con sus raíces vigorosas y sus petirrojos jugando. Me ha alegrado la mañana. Y he pensado que yo podía hacer lo mismo que mi amiga, y regalar el poema:


Creo que nunca encontraré un poema 
que sea tan hermoso como un árbol. 

Un árbol cuya hambrienta boca aprieta 
el abundante pecho de la tierra; 

que pasa el día contemplando a Dios 
y alzando en oración frondosos brazos; 

un árbol que, quizá, en verano adorna 
con leves petirrojos sus cabellos, 

en cuyo pecho se apoyó la nieve, 
que vive enamorado de la lluvia. 

Los tontos como yo hacemos versos,
mas sólo Dios puede crear un árbol. 

.......................................'Trees', 1913
..................................................Joyce Kilmer (1886-1918)

viernes, 31 de marzo de 2017

Sé mejor


El niño que se viste más rápido se viene a mis rodillas por la mañana mientras escribo o cuelgo mi artículo en internet. Ayer ganó Quique. Sentado sobre mí, rodeado por mis brazos que iban a dar al teclado, miraba, como sonámbulo, la pantalla. En la página del Diario de Cádiz, vio mi cara. Me dijo, orgulloso: "¡Papá, eres el número uno!"




Le expliqué: "Es el artículo más leído. A veces soy el número uno, pero casi nunca. Otras veces ni salgo en el podio". Calló un momento. Y dijo: "Pues tienes que escribir mejor".

Un gran consejo.


jueves, 30 de marzo de 2017

Tierra y perfume


La viuda mayor, amiga de mi madre y madre de mi amigo, se baja, renqueando y corcovada de su coche. Conduce tan lenta como anda; y tan mal. Vive sola, porque mi amigo vive lejos. Yo la veo desde mi coche. Cuando paso a su altura, está abriendo el maletero. Trae la bandeja de cartón que te dan en los viveros cargadas de flores de vivos colores. Me enternece esa mezcla de esfuerzo y flores, de lozanía y vejez, de tierra y perfume. Tendrá el jardín más bonito, seguro, porque se lo merece.


miércoles, 22 de marzo de 2017

Contra la angustia


La mayor alegría que me dio ayer Alfonso Carreto Pérez-Barbadillo, hijo de mis amigos, no fue que mi viejo poema estuviese pegado a la pared de la biblioteca pública de Sevilla, como fotografió: 




Fue que en Facebook comentase: "Enhorabuena Enrique!! Sirva también de comprobante al hijo de tus amigos para demostrar a sus padres su paso por la biblioteca!!"

Me ha alegrado tanto porque me preocupa mucho que mis hijos pierdan la gracia con el paso de los años, lo que me angustia. Se puede llegar a la universidad con la chispa intacta. 

Carmen, por ahora, va bien. Ha salido girardiana. El otro día les expliqué en la cena los mandamientos, uno por uno. No en plan catequesis continua, sino porque les había repetido que el undécimo mandamiento es no molestar y entonces me dijeron que bien, que eso ya lo sabían, pero que cuáles eran los primeros diez. Tras la catequesis, pregunté qué cuál les parecía más complicado de cumplir. Carmen contestó, sin dudar, que el décimo: qué fácil es envidiar. Se ve que el girardismo corre por la sangre. Se hereda.

A la mañana siguiente, ayer, vino a buscarme al despacho para que desayunara con ellos. Miró por encima del hombro y vio que el documento de Word tenía apenas dos frases. "Te falta mucho para terminar el artículo. No vengas, papá, no te preocupes", y se fue, seria y generosa. No todo va a ser reírse de su padre. Qué estaba escribiendo, con el tiempo en los talones, dos artículos: uno y dos, y tan pillado que la magnanimidad de Carmen le vino caída del Cielo, y no me extraña que tengan ambos ese tono martírico, ay.

Por suerte, lo de Alfonso me dispensa de la angustiosa tarea de recoger todo lo que me cuentan con gracia, como si hubiese una fecha de caducidad.




martes, 21 de marzo de 2017

Don Javier de Mora-Figueroa


Hace poco murió don Javier de Mora-Figueroa. Su artículo ya se lo escribe su primo, y qué bien. No hace demasiado que Leonor y yo pasamos un día inolvidable con él. Era rector de Torreciudad y, desde el campanario, con el pantano a los pies, sí me pareció por un momento un capitán de navío ("capitán de los vientos y de las golondrinas, / fuiste condecorado por un golpe de mar").



Pero el resto del día fue un abad aristocrático de la Edad Media. La foto de Torreciudad no deja lugar a dudas, pero lo era en todo. En el trato con los que nos cruzábamos y en su áspera hospitalidad delicadísima. El almuerzo con él fue un banquete: oh, esos enormes chuletones románicos, que tampoco puedo olvidar, y el vino de somontano. Leonor, que lo acababa de conocer, se hallaba en su elemento, y yo feliz de que alguien a quien mi mujer admiraba y apreciaba más y más por momentos fuese de la Obra y recordase con tanto cariño y tanto de mis padres y citase mi poesía de vez en cuando, además. Conoces a gente que se muere y piensas: "Estará en el Cielo"; con don Javier lo que piensas es "Qué contentos se habrán puesto en el Cielo". 




Si Escudero volviera...



yo, que tanto la he leído, querría ser su escudero.


lunes, 20 de marzo de 2017

Felicidades


Con gran tensión y angustia, pasé el día de ayer conteniendo mis imperiosos deseos de felicitaros, queridos Josés y Pepes. Pero uno es fiel hijo de la Iglesia, aunque le cueste, y es lógico que la liturgia mande sobre el calendario, al menos en cuestiones que afectan al santoral. Como ayer era domingo de Cuaresma, la fiesta de vuestro (nuestro) santo patrón, se traslada a hoy. Así que ¡muchísimas felicidades! Me queda el consuelo de que, si no habíais caído, os regalo un día más de fiesta grande. Celebrarlo por todo lo alto. Y yo con vosotros.


jueves, 16 de marzo de 2017

Gordiano de madrugada


Un subcapítulo de este blogg, podría ser mi madrugón. El madrugón, que me ha dado tanto. Y tanto. Y lo que no me ha dado ha sido porque yo no he sabido tomarlo.

Un clásico, dentro del madrugón nuestro de cada día, es el pan. No que haya que salir a buscarlo, también en invierno. Lo malo es el nudo. Viene en una bolsa de plástico con un nudo tan apretado como si el panadero soñase con envasarlo al vacío. Yo, tan de Alejandro Magno, soy partidario de aplicarle al nudo el expediente de los gordianos y rasgar el plástico, pero mi mujer me chista: "Noooo". Entonces, según los días, o lo intento desatar o le paso la bolsa. 

Pienso, entonces, melancólicamente, en que para ser un Alejandro Magno el matrimonio no ayuda tanto. Hoy, sin embargo, he tenido, a las 6:30, una iluminación: ahí estriba, precisamente, una desgracia de mi vida que trasciende de los madrugones y los desayunos: mi afición a desatar nudos gordianos por alejandrinos, cuando la gente prefiere que uno se deje los dedos y los nervios en la minucia de desanudar las naderías. Mi mujer, tan buena, está entrenándome para el día que me espera, cada día.


martes, 14 de marzo de 2017

Escribir es cribar


Para no mezclar churras con merinas, dejé este comentario incidental a Vilanos en el aire (Isla de Siltolá, 2017) de Antonio Rivero Taravillo fuera de mi nota de (admirada) lectura y agradecido ramoneo. Un aforismo me llamó la atención poderosamente: "Escribir es cribar" (pág. 33). Fui corriendo a mis Palomas y serpientes (La Veleta, 2015) temiéndome que allí estaría. Uf, menos mal, no. Sé que sopesé si meterlo o no, y que entró y salió de diversas versiones. Mi prurito me salvó. Porque sí fue o es un verso de Casa propia (Renacimiento, 2004), que estuve, como digo, tentado a reciclar como aforismo. Aquí tienen mi poema:







Ya tenía pensado mi discurso de no importa y lo probable es que Antonio Rivero Taravillo no me hubiese leído lo mío, sino que hubiera descubierto el aforismo, y que yo tampoco puedo tirar la primera piedra, porque en Palomas y serpientes se me coló un aforismo (¡espléndido!) de otro al que tengo muy leído como explicaré en cuanto aumente mis reservas de autoestima como para afrontar reconocer un lapsus que nadie me ha descubierto aún. Todo eso iba a decir, pero mi pereza, que no para, me incitó a buscar mi poema en la Red en vez de fotografiarlo o picarlo, que es un rollo. Puse entre comillas "escribir es cribar" y empezaron a salir citas y más citas:





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El chasco fue mío, que venía de condescendiente y me caí con todo el equipo y me he pasado un decenio creyéndome la mar de ingenioso y original. Podría comentar las citas una a una, pues hay de todos los gustos y de todas las fechas, pero no tiene mucho interés saber quién escribió (escribó) primero, porque fue la aliteración, por un lado, y por otro, el sentido común, porque escribir es cribar, en efecto, como el cielo es azul y el agua del mar, salada. Que Antonio Rivero Taravillo lo haya incluido en su libro sólo nos habla de su oído, de su inteligencia y de su propósito por cribar lo que escribe. Si no repasó que nadie lo hubiese hecho antes, no hizo lo mismo que yo --hipócrita lector, su hermano, su semejante-- tampoco hice. Y de lo que ahora me alegro: porque queda muy bien en el poema y queda estupendamente en Vilanos en el aire. 

No cribar (en la red) nos vino de maravilla.





lunes, 13 de marzo de 2017

Cetrería


Como se dice de la novela, lo bueno del género de aforismos es que en él cabe de todo (lo que tiene un indudable sabor paradójico). Impresiones personales, consolaciones, notas diarísticas, bromas, bocetos pictóricos, opiniones discutibles, indiscutibles chispazos poéticos... De todo hay en Vilanos en el aire (Isla de Siltolá, Sevilla, 2017), de Antonio Rivero Taravillo. Entre las opiniones discutibles, ésta: "Escribir aforismos es una descortesía: priva al lector del placer de subrayar, en un texto mayor, las oraciones brillantes". Primero, porque elegir algunos aforismos, que resulta inevitable, ya es subrayar placenteramente y, después, porque cortésmente Rivero Taravillo escribe aforismos que el subrayante todavía puede afinar más. Entre estos que he subrayado, hay de los dos tipos. Le doy las gracias a su autor, que no me ha ahorrada ni un solo placer con su libro. 


Las palabras se las lleva el miento. 
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Habrá un día en que el único lector que quede estará firmando libros a sus autores, puestos en larguísima cola. 
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Lo malo, si pretencioso, pésimo. 
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Qué cerca están el embeleso y el embeleco. 
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Esa onomatopeya: cataclismo. 
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Hay libros que nos llevan tan, tan lejos, que son más que volúmenes velámenes. 
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Cuando alguien está muy pagado de sí mismo, suele ser con un cheque sin fondos. 
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Quien no se ríe de sí mismo con razón acabará riéndose sin motivo de los demás. 
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Quien es incapaz de autocrítica hace la peor crítica de sí mismo por otros medios. 
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¡Qué pobres, los pagados de sí mismos! 
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Cuando alguien te hace la pelota, una vez satisfecho, te dará la patada.

viernes, 10 de marzo de 2017

Derechos de autor


Discutimos en casa quién es el más discreto para guardar una confidencia. Carmen zanja: "La mejor guardando secretos soy yo porque se me olvidan". Les digo muy nervioso que me tengo que levantar para apuntarlo en mi libreta de aforismos de inmediato.

Carmen entonces me dice: "Cada vez que uses una cosa mía en el blog o en tus artículos, me vas a tener que pagar, papá". Y tanto interés por los derechos de autor en una niña de seis años podría inquietar a un padre más idealista. Pero yo soy un acérrimo defensor de que el obrero merece su salario . Así que no me levanto y me pongo a discutir con ella su caché. No resulta sencillo. Por los cuentos, quiere más que por las anécdotas y por éstas más que por los aforismos. Cuando cerramos el acuerdo, se levanta y se va a escribir un cuento.

-- Papá, ¿valiente es con b o con v?






jueves, 9 de marzo de 2017

Primeras golondrinas


Una alada tradición de este blogg es anotar cuándo lo cruza la primera golondrina. Este año ha sido en mi día menos propicio para el lirismo: hoy. La he visto y he dicho: "Ah". Ni un "oh" que llevarme a la boca. Luego, resultó que no era una, sino tres, cinco, siete, nueve, quince... Volaban como si se hubiesen dado cuenta de mi indiferencia y quisieran disolverla en el aire. Pero nada, y eso que había cogido por el camino solitario por el que me meto las mañanas que necesito tomar una ración supletoria de campo.



Me mostraban el obispillo blanco, inmaculado, como recién lavado, y volaban a ras del suelo, a la altura de los faros del coche. Pero no cambiaron mi actitud. Fue algo mejor. De pronto, percibí que toda esa belleza y esa emoción no eran para mí, en efecto. Yo no hacía falta y hubiese dado lo mismo que hubiera seguido por la autovía oyendo las noticias políticas por la radio. Mi subjetividad estaba de más. La hermosura no necesita que uno la aprecie. Otro la mira. Existe.




miércoles, 8 de marzo de 2017

Carmen se apunta a los finales infelices


Además, la niña tiene el don de la aliteración: la gota glotona. 

Lo de que la gota sea perfecta me ha recordado a su madre, a la de Carmen, no a la de la gota. Ayer iba a la adoración perpetua al Santísimo a la que se ha apuntado por su cuenta y riesgo. Me pidió un libro para rezar y a mí, con la felicidad y la guasa, no se me ocurrió más que darle éste:



A Leonor no le hizo tanta gracia. Lo traigo aquí por si a vosotros sí y me consuelo.

Si no, ya me consuelo recordando esto que nos acaba de pasar. Abro un coco para la merienda, en plan exótico, porque alguien nos lo ha regalado. Y los niños lo prueban. Quique, que me está ayudando con el martillo, dice: "¡Está buenísimo! ¡No sabe a nada!" Demuestra o bien mucho optimismo o bien unas expectativas terribles o ambas cosas a la vez, como su padre. Carmen, que llega más tarde a la cocina y no ha oído a su hermano, dice: "¡No sabe a nada! ¡Está malísimo!" Demuestra un alto nivel de exigencia, como su madre.

Aunque hoy soy inmune al desconsuelo: han hecho esta lectura hondísima de Un largo etcétera y un autor no puede pedir más. En lo que respecta a este libro, ya puedo morirme en paz.



martes, 7 de marzo de 2017

Las pipas


Las pipas son el tic tac del reloj del aburrido.
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Escribir poesía sin métrica es como comer pipas sin cáscara.
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Tomar pipas en un banco al sol de la tarde es una delicia originaria, un homenaje subconsciente al girasol con el que empezó todo.
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Pero no todo es lírico: comer pipas es una onicofagia vergonzante.
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Como en la literatura, las pipas de las pipas nos las tragamos por la sal de las cáscaras.
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Lo mejor que tienen las pipas es que mientras las tomas no puedes estar haciendo otra cosa. Son un fruto seco zen.
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Qué buena está el agua después de las pipas. Felix culpa.



lunes, 6 de marzo de 2017

Primeras impresiones



Tenía puestas grandes esperanzas en aprovechar la mañana de cuaresma que el carnaval de Puerto Real me regala, pero pierdo el tiempo.

Por suerte, leo un escolio de Gómez Dávila que me consuela lo indecible en lo profesional, en lo literario, en personal: "La resignación al error es el principio de la sabiduría". Entre eso y que Almuzara avisa que "todo lo que no sea ganar la eternidad es perder el tiempo", decido irme a misa al Puerto.

En la calle, el coche de enfrente viene por mi carril, tan campante. Me echo a la acera y le hago luces. En el penúltimo momento, se da cuenta y se va a su lado. Nada de eso me irrita, pero sí que el conductor pase sin levantar la mano en un gesto leve de disculpa. Gasto más tolerancia a las infracciones del código de circulación que a las del código de civilización.

Como cuando estaba grave de la garganta y era feliz, voy al bar a leer mientras espero que suene la campana de las Concepcionistas. Para no interferir con el ayuno eucarístico, pido una botellita de agua mineral. Justo mientras me la estoy sirviendo en mi vasito, llega un paisano y pide una copa de fino. Me echa una mirada de reojo, a mí y a mi vasito de agua, que es un taladro. El capitán Haddock no hubiese gastado más desdén. Y yo, como un niño mimado, corro a acogerme a sagrado. Ojalá me diesen la Comunión en las dos especies. Iba a enterarse éste de lo que me gusta el Vino.

Tengo que serenarme, me digo. Y lo hago con una carcajada. Jane Austen se empeñó en firmar sus libros con "By a Lady", que es una firma más que interesante, por cierto. Obsesivamente, guardaba el secreto de su autoría. Tanto que yendo de librerías con la más  letraherida de sus sobrinas, Anne, vieron un flamante Orgullo y prejuicio en el estante de novedades. Anne lo cogió y dijo: "Debe de ser una tontería, ¡con un título como éste!", y lo soltó en su sitio. La tía miró con un brillo en los ojos, divertida, y no dijo nada. Qué lección, aunque si hubiese sido andaluza podría haberle dicho: "No te fíes de las primeras impresiones".

En el bar entran y salen disminuidos psíquicos de una casa o residencia que hay cerca. Éste, viejo y encorvado, trata de hacerle una gracia a la perrita del dueño del bar, que no está muy convencida. "No me quiere", se queja el visitante. Y el dueño del bar le propone: "Dale un bocadillo de jamón, ya verás cómo te quiere". Se ríe, desdentado, pero deja para otra ocasión lo de ganarse el cariño de la perrita.

A otro, que entra para preguntar, le dice el dueño: "Por ser tú, te voy a regalar la hora", y se la dice. Y yo me quedo con eso: la hora que se me regala a cada instante.

Estoy apoyándome en Jane Austen para encontrar mi equilibrio con el mundo. Su sobrina Anna iba mucho a charlar con sus tías ("Ser tía es una de las cosas más serias que puede serse en el mundo", había escrito Jane). Ambas se ponían a caricaturizar las novelas del momento. Empezaba Anna, y Jane le seguía el humor, mientras cosía para los pobres. Es una estampa maravillosa: el perfecto equilibrio entre lo cáustico y la caridad. Cassandra, la hermana mayor de Jane, les decía que eran unas tontas y que parasen ya, que iba a morirse de risa.

Sigo leyendo de Jane Austen, aunque la charla que me estoy preparando la di hace un mes. Me pasa siempre: me queda casi todo el trabajo para después de que termino un trabajo. Y el retraso se va sumando a los nuevos trabajos. De pronto caigo en que la vida no es tanto el tiempo de ganarse la eternidad, sino el de hacerla necesaria. Debo de llevar ya unos ciento cincuenta años a cuenta, si no más.

Justo entonces me interrumpen, qué casualidad, las reflexiones de un parroquiano. Pensando que ya iba siendo mayor para subir la bombona de butano, aunque todavía puede, instaló en su casa gas ciudad y le han engañado y le cobran una barbaridad. "Y todavía puedo", recalca, "subir la bombona. ¡Qué tonto he sido! ¡Qué coño sé yo lo que me va a pasar mañana...!" Me falta valor para ofrecerle la cita de Gómez Dávila, pero la bombona de butano se ha convertido en un recordatorio de que no me tengo que agobiar tanto con el futuro ni asfixiar haciendo planes. Un carpe diem butanero.

Una expresión bonita: comentan ahora en el bar que los pinos no quieren tierra buena, sino arena de playa. La llaman "arena volaera" para distinguirla de las otras tierras, y en el nombre soplan a rabiar los vientos de levante que despeinan, y cómo, nuestras playas.

En misa, me fijo en que soy el más joven de la iglesia. Pero en la cola de comulgar la anciana que va delante de mí ve una moneda de cinco céntimos y se agacha a recogerla con una agilidad pasmosa, alada. Es como si los ángeles de la guarda se estuviesen riendo de mi presunción juvenil.

Volviendo a casa, veo una veleta que tiene un velero en la parte de la banderola y, en vez, de flecha, una ballena, eternamente perseguida. ¡No sabe nada la ballena! Como siempre se dirige, apuntando, barlovento, el bergantín nunca podrá alcanzarla. La eternidad de la pesca de la ballena está asegurada, porque ni contra el viento ni en los días de calma chicha podrá el velero acercarse a la ballena. El capitán del buque de la veleta también tendrá puestas todas sus esperanzas en la eternidad.




sábado, 4 de marzo de 2017

Mario Míguez


Hace diez años ya destacaba el poema que más me ha impresionado de esta antología. Pero la paradójica misión secreta de una antología es ofrecernos a un poeta nuevo y eso he experimentado con Ya nada más de Mario Míguez, con poemas escogidos por José Mateos. Es un libro con el que volver a ser el lector admirado de poesía de la juventud, puro, sin la comezón del qué diré de este libro. No diré nada. Lo releeré, lo recordaré sin más. Ni menos. Tiene versos interminables: "y eterno será en mí cuanto yo amaba".


viernes, 3 de marzo de 2017

De los dos


Leonor y yo comentamos que mi familia es muy de "comida hecha, reunión deshecha", mientras que la suya es de largas sobremesas, agrandadas, recalca ella, por el contraste. Enrique, que estaba oyéndonos, por lo visto, interviene en la conversación: "Por eso yo soy de los dos: de reunión deshecha y de sobremesa". Su madre y yo nos fundimos de ternura ante nuestro pequeño oxímoron.


martes, 28 de febrero de 2017

Feliz, fuerte y formal


Seguimos cantando nuestro himno. Hoy, en el coche, lo canturreaba Enrique y yo le dije que era una pena que él no pudiese aplicarse el estribillo, pues es fuerte y formal, pero nada feo. Propuse: "guapo, fuerte y formal", pero Carmen, rauda, propuso "feliz, fuerte y formal".

Se lo he aplaudido mucho. Carmen ha mantenido, por puro instinto, la aliteración. La aliteración es una rima abstracta, digamos, que transmite la misma sensación de inevitabilidad, que es de lo que se trata. Las efes encadenan la triada. La funden en el fondo de la fragua de la forma.

Quique no estaba del todo conforme y ha defendido su derecho a ser "feo". ¿Por qué?, me preguntaba. No puede ser porque sea lo que conecta, además de la rima, el lema de Loquillo con el marqués de Bradomín: feo, católico y sentimental. Es lo que lo conecta, en efecto, pero Quique eso no puede saberlo.

Yo creo que es porque la triada pide un componente negativo que destaque lo que tiene de reacción y de ir a contracorriente. El instinto épico de Quique detecta ese componente bélico. Pero hoy en día declararse "feliz" o "formal" o, incluso, "fuerte" tiene pólvora bastante. No te precupes, Quique, feliz, fuerte y formal, hijo mío.


lunes, 27 de febrero de 2017

Beneficios de la siesta



Si duermo siesta, luego, por la noche, ya no puedo protestar por lo poco o nada que he leído durante el día. La respuesta es de contestador automático: "Pero la siesta bien que la has dormido, eh". No hay réplica posible, desde luego. A lo que tengo que sumar las dudas sobre mi escala de valores o de sopores. 

De todo lo que yo le debo a la siesta, este silencio expeditivo no es su menor beneficio. Gracias a la siesta no soy tan llorón ni tan quejica ni tan repetitivo. La siesta me endurece y me incita a sufrir en silencio.



sábado, 25 de febrero de 2017

Excitante rutina


Comienzo una colección a la que espero que contribuyáis. Si sabéis dónde puedo encontrar nuevas piezas, decídmelo, por favor. Voy a coleccionar rutinas. La mía no me basta y, además, siempre se interrumpe. 

He hecho mi propósito hoy, leyendo Un retrato de Jane Austen de Sir David Cecil, cuando describe la vida de Austen en Chawton. Jane, con 34 años ya se ha hecho a la idea de quedarse soltera y de consagrarse a sus libros: "My books are my children".  Se levantaba muy temprano, antes del desayuno, para practicar al piano. Aunque nunca se tuvo por especialmente musical ni por entendida, sus sistemáticos madrugones hablan de un amor por la música más firme de lo que ella dejaba entender. Ni Elizabeth Bennet ni Emma Wodehouse son excelentes pianistas ni cantantes, pero tienen encanto y una secundaria afición. Debe de ser un trasunto biográfico.

El desayuno lo preparaba ella. En general, era muy aficionada a la buena mesa, lo que me place, naturalmente. También le interesaba cuidar de la casa, aunque su hermana mayor estaba oficialmente a cargo. Tras el desayuno y hasta la comida se dedicaba a leer y a escribir. Escribía en un pequeño mueble de caoba situado en el salón comedor. No tenía habitación individual ni despacho y el cuarto de estar estaba ocupado por las otras señoras de la casa (su madre, su hermana y una amiga que vivía con ellas). Una de sus pocas rarezas de carácter es que era extremadamente cautelosa con la escritura. No quería que nadie, más allá de sus íntimos, supiese que lo hacía. Por eso su empeño en no firmar con su nombre, en escribir en cuartillas pequeñas, para poderlas esconder en cuanto apareciese alguien por la casa, y en no engrasar la puerta, para que el chirrido diese la voz de alarma de que alguien se aproximaba. 

Su hermana Cassandra era más caritativa. Jane tomaba cierto interés en las misericordias de su hermana y la apoyaba desde casa, pero no la acompañaba de puerta en puerta.

Tras el lunch al mediodía, daba un paseo. Por su jardín, si el tiempo era malo, o por el pueblo, si quería hacer alguna compra; o por las tierras de Chawton Great House, que eran estupendas y por las que podía ver corzos y venados.

Cenaban temprano, entre las tres y las cuatro y media. Después, o cosían o jugaban a las cartas, pero siempre charlando animadamente. Apenas tenían conversaciones solemnes. Según contaban sus sobrinos, todo era muy divertido, salpicado de estallidos de carcajadas. Jane algunas veces se divertía con pequeños juegos de manos como la taza y la bola, en los que era especialmente hábil. Siguiendo una tradición familiar, también leían en voz alta. Novelas, sobre todo, pero a veces poesía. Seguramente leyeron a Byron, pero Jane se reiría de tanta afectación sentimental. Le gustaban mucho los poemas de Cowper, de Johnson y de Crabbe. Alguna vez bromeó con la idea de ser la mujer del último o de confortarlo cuando supo que se quedó viudo. Cosa que, extrañamente, me pone celoso con doscientos años de retraso.

También me da mucha envidia su deliciosa rutina, que sólo interrumpía de vez en vez para hacer una visita a la casa de algunos de sus hermanos. Quizá ése sea el peligro de mi nueva colección: que fomente mi envidia.


jueves, 23 de febrero de 2017

Visto y no visto


Antes, cuando iba y volvía en tren, daba para mucho traqueteo ir a Madrid. Ahora que, por no perder horas de instituto, voy en avión, el viaje pasa volando.
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Aturdido, apenas avanzo en el sistemático y esclarecedor resumen que ha hecho Domingo González en René Girard, maestro cristiano de la sospecha.  Jerónimo Molina Cano me lo recomendó vivamente  y (recomendación mimética) vivamente lo recomiendo.
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Un nudo en la garganta. Como Leonor estaba de viaje de trabajo, los niños me ayudaron a hacer la maleta. Carmen miraba (y acariciaba) las camisas y los pantalones para escoger los más bonitos y delicados. Como Quique iba por detrás, pero también quería trabajar en la maleta, se concentró en las corbatas. Ya en Madrid, al abrir la maleta, he contado ocho.
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Reluciente. También incluyó Quique (ya digo, dispuesto a no quedarse atrás) una esponja para limpiar zapatos. Yo llego a la lectura con los míos relucientes. Nadie se fijará. La gente es más de fijarse en los zapatos sucios. En los zapatos y en todo lo demás, ya sean errores o erratas, que tanto tengo siempre, y más últimamente.
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Antes, en el aeropuerto había remediado el almuerzo con Alfredo Félix-Díaz, que regresaba a Alemania. Se enteró de que iba a Madrid gracias a una oportuna mención de Ángel Ruiz en Facebook. A la alegría de ver al amigo, se sumaba la de vencer las dificultades de siempre de vernos y de una forma tan peliculera, tú a Berlín, yo a San Dámaso. Allí, además, tuve una relevación girardiana. Cuando nos fastidia que alguien nos hable de su libro, es por pura rivalidad mimética: porque queremos hablar del nuestro. Sin embargo, por una vez yo estaba venciendo el magnetismo mimético, porque la amistad y la admiración son así: Alfredo me hablaba de su libro y yo pensaba que la conversación era apasionante. (No quiero parecer beatífico: casi nunca me pasa.)
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En la conferencia de Fernando Ariza sobre la poesía de Emily Dickinson, una revelación: ella se consideraba una “monja rebelde”, por au amor a la reclusión, a la soledad, al silencio y por veneración a lo sagrado. Más tarde, yo leeré el poema de Mario Quintana “Si fuese sacerdote”; pero no seré capaz de improvisar una teoría sobre la consagración paralela que implica la poesía, y la tenía delante de mis ojos.
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Además olvidé contar, liándome con una anécdota,  lo importante que he descubierto gracias a esta invitación. Es en “Otro autobiografía”:



La anécdota es que en el poema perpetré el andalucismo de escribir “no preocuparos” en vez del ortodoxo “no os preocupéis”. Luego caí en la cuenta de mi error garrafal (otro) y pensé que el soneto no serviría para nada y que ya no lo podría corregir porque en un soneto las rimas cristalizan. Hasta que vi, deslumbrado, que me venía muy bien la equivocación para mostrar gráficamente cómo voy, en efecto, equivocándome. Yo metía la pata y la Providencia me echaba una mano. Salvaba el soneto por los pelos. Pero la anécdota me hizo olvidar la categoría. Como se sabe, mi soneto está replicando al poema famoso de Luis Rosales, “Autobiografía”. Como las jornadas en la Universidad San Dámaso eran sobre “Religión y poesía” yo había hecho la selección de mi poesía más confesional. Y al hacerla, había descubierto --aunque ya digo que no lo dije-- que la razón de ser de la alegría del poema, a pesar de haberme equivocado en todo, está en las Personas y en las personas con que comienza el poema: Dios, Leonor, amigos míos…
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Hablando de amigos, qué compañía ver entre el público a Carmen y a David Arias. En una lectura de poesía deben de estar los que pasan por allí, los interesados, los aficionados y los amigos. Sin esas cuatro patas, se tambalea. Carmen y David me sostenían.
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En la cena --entre los techos altos y señoriales de la casa del anfitrión, la dulzura de la anfitriona, el encanto de los anfitrioncitos, el vino abundante, la euforia `pr los nuevos conocidos-- hablo demasiado. (Leonor dirá que no me hace falta nada de lo anterior para hablar demasiado.)
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Dos momentos delicados. Me preguntan quién es mejor poeta, si Jaime o yo. En una milésima de segundo tengo que decidirme entre la candidez y el cinismo. Trato de que el anacoluto me eche un cable: “El mejor es… yo”. Noto que mis contertulios habrían preferido la candidez y trato de arreglarlo y es peor.
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Cuentan la muerte monárquica del astrónomo Tycho Brahe. Ante el rey de Bohemia no tuvo cuerpo de decir que tenía que ir al baño, y explosionó por dentro. Recuerdo entonces a mi primera novia preadolescente. Iba a verla en tren desde el Puerto a Puerto Real y echábamos la tarde dando paseos. Me parecía una afrenta a aquel amor platónico bajar a la ordinaria administración y  decir que tenía que orinar. No llegué a morir como Tycho, pero volvía en el cercanías con los ojos llorosos y dando saltitos. Yo veo que era una historia bonita y que aquella novia era tratada como una reina (de Bohemia), pero tal vez quedó rara contada a unos recién conocidos por un señor de cincuenta años. No sé, porque el vino era excelente, y la compañía, y en fin…
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El hotel tenía innumerables ruidos, pero ninguno humano.
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En el aeropuerto, a primera hora, la cola del control está atestada y no avanza. Un noruego (por lo rubio, digo) se cuela y cunde la indignación más unánime. Vuelvo a acordarme de Girard, al que leeré en el avión. Y entonces una chica se cuela con cara de angustia porque va a perder el avión y le gritan los vigilantes y el monstruo de la masa va a abalanzarse sobre ella. Entonces se me ocurre un experimento. Digo en voz alta: “Pobrecita, qué angustia, el estrés nos va a matar, esto no es vida, ojalá llegue a su avión”. La crisis mimética se paraliza, hesita y cambia de signo. Todo el mundo reconoce la inocencia de la víctima a la que ya consideraban culpable. Se multiplican las muestras de empatía y los buenos deseos. La chica me mira, agradecida, y yo no me atrevo a decirle que todo el mérito es de René Girard.
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Con la dudosa voz del alba, saludo, albarazado, alborozado, a María Blanco, que fue mi profesora de Derecho Canónico en Navarra. Los aeropuertos propician encuentros caídos del cielo. Lamento no estar en estado de revista, como ella se merecería, más afeitado y, sobre todo, más delgado, como entonces. Claro que fue ella la que me enseñó, en el campus, que el chocolate era un magnífico antidepresivo, así que, de alguna manera, podría culpabilizarla de mis cambios morfológicos. Pero no tengo tiempo que perder en tonterías. Hemos de aprovechar el encuentro. Le pregunto por el nuevo proceso de nulidad. Vuelve a ser la profesora clara y apasionada de hace veinte años. He de embarcar y a uno, de estos breves encuentros, siempre le queda la sensación de que no ha dejado claro cuánto se ha alegrado, cuánto. Entiendo la razón de ser de un abrazo, que aquí no procede, pero que hubiese sido terminante.
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Desde el avión, una visión. Una autopista se ensancha justo en su cuello de botella, paradójicamente. Allí donde están las cabinas para el pago del peaje, la autopista se abre en una explanada inmensa, en una tremenda torta de asfalto. Es una imagen, presiento, que habrá de servirme para algo. Quizá para entender la poesía actual, más ancha donde más atascada. Cuando fluía, antes, y cuando fluirá, después, irá más delgada y más recta, más sola.