sábado, 15 de agosto de 2020

Flamenco y solera

 

 Anoche tocó guitarra. Yo iba arrastrando los pies (todo lo contrario que el taconeo), pero no porque no me parezca bien el flamenco, sino porque tengo mil cosas pendientes. 

Éste era el programa: 

Tras los primeros compases, me entró la furia mimética:


Qué envidia me da el flamenco

que con tres ays y un quejío

tiene hecho el sentimiento.

 

Lo único roto mío soy yo:


Roto entre diez vocaciones

por cada una en mil piezas,

sólo Dios, el día del Juicio, 

montará el rompecabezas. 

 

Ni tan mal, si lo monta Él; así que me vine arriba:


Mi poesía es muy callada,

pero, en mi sangre, mis muertos

están tocando las palmas.

 

Me había gustado muchísimo el fandango del otro día:


«Sólo cuando estás bebío

te acuerdas de mi queré...

Permita Dios que te bebas

Sanlúca, er Puerto y Jerez

 

con toítas sus bodegas».


Me lleve una libreta para apuntar las letras flamencas. Luego resultaron bastante malas, en general. Leonor me veía apuntando y comentaba, curiosa y escéptica: «No tienes mucho que apuntar, ¿no?» No sabía que estaba apuntando las mías. Aunque, cuidado, que esto no quiere decir nada contra el cante, porque su llave no estaba en las letras.

Lo mejor de la noche fue cuando Jesús Méndez estaba cantando una soleá a la muerte de una madre, muy tópica y, de pronto, de lo bien que lo estaba haciendo, se transformó ante nuestros ojos atónitos en un huerfanito. 

Luego me hizo gracia esta, tan simple, pero que te dejaba la vibración auténtica de un amor rumboso:

«Un caballo me compré

para montar yo a mi gitana

en la feria de Jerez». 

 

Se agradeció el contraste, porque la mayoría de las letras hablaban de amores con muy mal fario. Yo miré de reojo a Leonor, tan tranquila en su sillita al lado mía, y apunté esta bulería aliviada y vibrante:


La firmeza de tu amor

me librará de los celos,

pero jamás del temblor.


Para entonces se pusieron a cantar, en plan fin de fiesta, y a bailar: 


«Yo te quiero ver

moviendo los brazos,

moviendo los pies...

¡Que viva Jerez!»

 

«Me gustaría hacer eso, pero este venate inglés...», se lamentó Leonor, con su parte alícuota de envidia mimética. Le agradecí el comentario que me servirá para explicar que la anglofilia gaditana no es una admiración rendida, sino una anglo-filiación, para lo gracioso y para lo esaborío. Leonor lo mismo podía haber dicho: «Me gustaría hacer eso, pero este penate inglés...»

Como por telepatía, alguien se puso a cantar:

«Me voy a echar a navegar

en un barquito que vaya

de Cádiz a Gibraltar».


Y, para que yo no me olvidase de la poesía, otro:


«El pajarero

me trajo un loro

con las alas doradas

y el pico de oro».


Que me recordó de inmediato al loro de Luis Cernuda, que tiene que ser algo pariente de éste o, como mínimo, del mismo pajarero. El loro es un buen pájaro para hacer un correlato objetivo del escritor. 


A la vuelta en el coche, iba callado, porque iba cantando


Tú no quieres que te cante.

Con que te cuente al oído

dices que tienes bastante.

*

Cantaría por soleás

si no me quisieras; como

me quieres, no canto .

*

Escucha, escucha las palmas

que cuando pasas te toco

--¡escucha!-- con las pestañas.

*

En verdad, somos flamencos.

Tenemos pinta de payos

porque todo va por dentro.