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lunes, 4 de septiembre de 2006

Método Máiquez

Agosto fue angosto y no le cupieron los buenos propósitos de junio. Entre ellos, el de adelgazar, que no ha podido ser. Pero como lo fundamental, en cuanto acaban las vacaciones, es empezar a pensar en las próximas, he creado un decálogo para llegar al verano que viene en forma, sin esfuerzos inútiles. El método Máiquez consiste en:

1) No hacer régimen. Las dietas engordan por el conocido efecto rebote. Se pilla uno un rebote, y acaba en una pastelería, vengándose de la verdurita.
2) Comer cuando se tenga hambre. La vida social sucede en banquetes sucesivos y nos pasamos la vida engullendo tontamente porque sí. Otras veces comemos porque es la hora, como si fuésemos un tren de cercanías.
3) Digan lo que digan los dietistas, el pan y el vino son sagrados.
4) Renunciar, en cambio, a la comida basura, que en verdad no nos gusta.
5) Practicar las buenas maneras. No abalanzarse sobre los canapés, dar conversación a todos y no hablar con la boca llena. Comeremos menos, pero nos querrán más.
6) En los restaurantes, que pidan ellas: o no tienen hambre o la disimulan; el caso es que lo hacen con una extremada prudencia.
7) Convencer a los amigos de que se puede arreglar el mundo sin necesidad de arrasar con las cervezas y las raciones de menudo. (Se corre el riesgo de que pierdan todo interés por arreglar nada.)
8) No aburrirse. Las formas del aburrimiento son innumerables, pero acaban siempre en la despensa.
9) No hacer jamás la compra. O si es inevitable —que lo es—, no hacerla antes de almorzar.
10) Ahorrarse el chocolate del loro. Se lo termina uno quitando al loro.

Una advertencia: no se pesen, acuérdense de aquella niña que conoció Soler y Pérez, que se ponía cada vez más gorda de la satisfacción que le causaba ir adelgazando. Ni se den, luego, importancia: también están las que o los que estando muy delgados, caen gordos, que ya es triste.
[Publicado hoy en las páginas (aún) veraniegas del "Diario de Jerez"]

miércoles, 10 de enero de 2018

Si acaso



El Método Máiquez rechaza la báscula, pero tiene otras maneras de testar su progreso. Poco. Le pregunto a mi mujer, que acaba de preguntarme con fingida indiferencia si decía en serio lo del método. Me contesta: “No parece que hayas adelgazado. Si acaso diría que no has engordado”.

Alguna decepción deben de haberme notado mis hijos. Me susurran: “Tú no adelgaces, papá. Los hombres muy delgaditos parecen una chica”. Les beso en el cogote, patriarcal.



viernes, 26 de marzo de 2010

Heráclito me da un baño (en el mismo río)

No tengo remedio. Nunca seré un erudito ni, siquiera, un lector voraz. Empiezo entusiasta Más virutas de taller de Miguel d’Ors, pero enseguida me entretengo entrelíneas.

En la página 11 encuentro esta anotación:

Si “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” es porque los ríos y nosotros mismos estamos en constante transformación.
Así que, Heráclito, te quedaste corto: “Nadie puede bañarse ni siquiera una vez en el mismo río”.
Le hice, me digo, un comentario a Miguel cuando me mandó esta viruta en una carta, pero no lo recuerdo bien, y hago varios intentos de reconstrucción. No, no era eso, no. Desesperado por mi mala memoria, al cabo de un rato, me rindo y vuelvo a la lectura.
POST SCRIPTUM. Enrique García-Máiquez lee la nota anterior y me sugiere otro corolario posible: “Así que, Heráclito, te quedaste corto: ‘Nadie se baña dos veces’”.
Vuelvo a interrumpir la lectura, medio ahogado ahora entre la sorpresa y la vanidad. Ah, don Miguel me escucha, oh. Enseguida, sin embargo, me inquieta algo y vuelvo corriendo al post scriptum. Um, yo tendría que haber dicho: “Heráclito, te pasaste de largo: ‘Nadie se baña dos veces’”. Qué fallo. Pero un retintín sigue silbándome aún en los oídos, como la risita burlona de un riachuelo de aguas cristalinas.

Y de pronto caigo en el río, plof, y quedo calado hasta los cuernos.

La frase de Heráclito el Oscuro está clarísima y Borges la vio mejor que nadie (y Jorge Manrique). El río es una metáfora transparente del tiempo, donde nos bañamos o, mejor dicho, nos sumergimos. No cruza el río por el aforismo para darle un toque bucólico, sino para que contemplemos y sintamos físicamente (como la cercanía del mar) lo que puntualiza Miguel: “que estamos en constante transformación”. Si queremos sustituir con una explicación analítica el símbolo de Heráclito hay que hacerlo con todas las de la ley y entonces su frase sale seca y pulida como un canto rodado: “Nadie dos veces”.

Y todo lo demás, nosotros incluidos, por supuesto, se va río abajo y se disuelve…

Qué baño me ha dado Heráclito, con ahogadilla y todo.

POST SCRIPTUM.- Sin embargo el baño me lo ha dado Heráclito en su mismo río y, cada vez que lo pienso, zas, la ahogadilla es la misma. Eso, como recalca la misma CB en su comentario, es un dato de experiencia inapelable. Samuel Johnson demostraba la libertad por el mismo método práctico, y punto. Pero sin salirnos del subyugante símbolo de Heráclito, hay, implícita, una alusión fundamental: las riberas. El río transcurre, nunca igual, por entre un paisaje y eso hace que el río sea el río y que nosotros también seamos. Fuera del río, a ambos lados, la tierra firme es la eternidad. Si no me ahogo, siempre salgo yo del mismo río.