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viernes, 18 de mayo de 2007

Cae o cayó

"La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado", cantó Borges, pensando en el poder evocador del meteoro. Y al sonido de las lluvias virtuales de mi entrada de ayer, recordé una de mis meteduras de pata más (y ya es decir) antológicas. En aquella presentación de la Poesía Incompleta de Aquilino Duque, cité:
¡Qué pena que no viniera
un diluvio universal
y se ahogara del alcalde
al último concejal!

Con la peculiaridad de que aquel día, en la mesa, junto al autor y al presentador, estaba el flamante Concejal de Cultura de mi pueblo, que para colmo estaba oyendo y entendiendo, que ya fue mala suerte. El hombre hizo un gesto entre la protesta y la resignación: no quería ahogarse, no, aunque si lo pedía la cultura... Al público, como es lógico, aquello le pareció muy sugestivo y ya se estuvo sonriendo toda la presentación. Desde cierto punto de vista, fue un éxito: nunca he visto caras como ésas, tan de aprobación, en ninguna otra intervención pública mía.

jueves, 17 de mayo de 2007

La lluvia en Sevilla...

Es una maravilla ver llover en los campos andaluces. Se nos extrañaba Arp, hace dos días, de que Julio Mariscal considerase el súmmun de la melancolía un invierno seco. La extrañeza arpiense era con la boca chica, por supuesto, que no en vano es el sabio de esta constelación y sabe que un poeta es él y su circunstancia [o paisaje moral]. Lo decía, simplemente, para quejarse un poco (más) de la lluvia gallega. Pero a mí me ha dado excusa para volver a uno de mis temas favoritos, que es el de "la prueba del chaparrón", o sea, para copiaros aquí unas reflexiones que sobre el particular hice en una antigua presentación de la poesía de Aquilino Duque.

[...] Hay un símbolo muy típico de su poesía, presente desde el primer libro hasta el último, que sirve de ejemplo de su compromiso con la verdad. Se trata de la lluvia. Recuerdo la emoción y la sorpresa que me produjo en mi primera lectura de este poeta encontrarme con la alegría que la lluvia le provocaba, que era la mía, que es la de todos los andaluces. Tal vez por influencia de la poesía del Norte, la lluvia es un meteoro que actúa en la literatura como un elemento monótono, como una nube de tristeza, como el pozo de la melancolía. Es fácil recordar lo que la lluvia representa para el poeta gallego Miguel d’Ors. Sin embargo, Aquilino Duque la recibe (al igual que su tierra) como una bendición. En “Domingo de Ramos”, que fue aquel poema donde por primera vez recibí el alegre chaparrón, dice:
Señor, fue larga la sequía,
ven a nosotros, que es abril,
y corra el agua en romería
por las chumberas del carril.

/... /

¡Si esta lluvia es agua bendita!
¿No va a venirle al campo bien?
Aunque se moje la borriquita
y se arríe Jerusalén.
Más tarde, al leer sus primeros libros, descubrí que la lluvia ya estaba en ellos como una fuente de felicidad:
La lluvia que es tu dicha te lo dice,
la lluvia que te limpia de pecado.
Aquilino Duque, a pesar de ser un escritor cultísimo, no ha dejado que el prestigio del tópico literario le agüe la alegría andaluza, pegada a su tierra y a sus raíces, de la lluvia. Sabe mirar la realidad sin gafas librescas y supera así la prueba del chaparrón, tan crucial para los poetas meridionales:
La dicha es una palabra clara,
un encuentro, un milagro, una alegría;
el olor del tomillo y de la jara
y el chaparrón después de la sequía.
Antonio Machado en sus meditaciones rurales del “Poema de un día” también vio la alegría labradora que produce la lluvia. No quisiera, sin embargo, parecer exagerado. Este aspecto de la lluvia es sólo uno de los muchos ejemplos que se pueden poner del afán de verdad de este autor. Tal vez un ejemplo innecesario si uno piensa que al libro más antiguo de Aquilino, el que él empezó a escribir antes –aunque publicase primero La calle de la Luna- se llama precisamente El campo de la verdad. Pero, ¿cómo sustraerse al embrujo de esta relación entre lluvia, alegría y verdad que el poeta plantea constantemente?
Rompen los ánsares el vuelo
sorteando la tempestad
y hay un momento que en el cielo
relampaguea la verdad.

Siguiendo con mi particular deslumbramiento lluvioso, recordaré que en su primer libro claramente comprometido, Aire de Roma andaluza, une el poeta su amor por el agua a su decepción política y dice:
¡Qué pena que no viniera
un diluvio universal
y se ahogara del alcalde
al último concejal.
En la misma línea, también interviene el agua en ese magnífico y punzante poema que es “Manifestación disuelta por la lluvia”. [...]

La presentación seguía, ya por otros derroteros. Pero antes de que escampe mi entrada de hoy, quisiera apuntar que parte del encanto de Pampaluna, el poemario que Rocío Arana escribió en su estancia en Navarra, reside en la feliz conjunción del entusiasmo sureño por la lluvia con la climatología lluviosa. Aquel poema donde habla del arcear del arce bajo la llovizna es inolvidable.