jueves, 15 de diciembre de 2016

No tiene precio


Que tu hija te despierte a las cinco y pico de la mañana llorando, gritando bajito, pero que te diga: "Papá, en mis pesadillas, eres superbueno..."

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"No puedo dejar de llorar porque tengo los ojos llorosos". Y uno duda si es una relación de proximidad, o por aprovechar que los tiene llorosos ya para llorarlos, o qué. Pero se explica: cómo va a hacer de hebrea en el portal viviente del cole con los ojos llorosos. ¿Dónde se ha visto una hebrea llorosa? Puede ser, Carmen, le digo, que la hebrea llore de emoción y alegría. Eso la consuela.

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A las doce de la noche, ya se había levantado con fiebre (que espero que no me contagie precisamente ahora) y con vértigos (que espero no haberle contagiado yo, por imitación). No quería volverse a la cama y yo no quería que despertase a su madre. Decidimos dormir en el salón, avivando la moribunda chimenea que era una gloria. Quique se despertó y se sumó a la fiesta. "Parecemos vaqueros, durmiendo alrededor de la hoguera, con mantas", les dije. "U hombres primitivos", corrigió Quique, menos peliculero. Carmen no tenía sueño y pretendía charlar. Yo corté por lo sano: "Esto no es una fiesta de pijamas, ojo. O jugamos a los vaqueros que duermen junto a la hoguera porque mañana les espera un día larguísimo de caravana y comanches borrachos o no jugamos. Que la hoguera es mía". 

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Acabamos cada mochuelo en su litera, hasta las cinco y pico del grito llorando maravilloso de Carmen.