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jueves, 17 de mayo de 2012

Era un gran deportista

El ancianísimo sacerdote --bien lo sabemos de otras homilías-- es un sentimental y, por tanto, un elegíaco. Debe de frisar los 90 y todavía se le saltan las lágrimas cuando recuerda a su madre, con lo que se gana todas mis simpatías, y le falta poco para definirse como "un pobre huerfanito", tal y como hacía aquel mendigo viejo que vio Eugenio d'Ors con aprobación. Ayer, al empezar la misa, nos dijo que llegaba conmocionado porque se había enterado de la muerte de un compañero de clase, allá en Huelva, con el que jugaba a la pelota, al fútbol. En el memento de difuntos volvió a hablarnos de él, y nos pidió que rezáramos "por ese chico [sic]". Yo me sonreí. Añadió a modo de contundente epitafio y elogio moral definitivo: "Era un gran deportista". Y no dijo: "Oh", pero se vio que lo pensaba. A pesar de la inquietud que me produce esa manía, muy de colegio de curas antiguo, aunque ahora extendida por todas partes, de considerar el deporte como una virtud moral de enorme superioridad, volví a sonreírme. Primero, porque recordé que el enérgico san Pablo, a quien yo le perdono todo, dio pie a esa mixtificación al comparar el camino a la santidad con una carrera olímpica; segundo, porque estaba convencido de que en los setenta y tantos años que mediaban entre aquellos partidos de fútbol y el deceso, el chico habría tenido tiempo de hacer muchísimos más méritos; y tercero, porque vislumbré en un fogonazo fugaz dos o tres regates y un golazo por todo la escuadra de un muchacho en blanco y negro tal y como los estaba viendo nítidamente y a colores el viejo jesuíta.

domingo, 5 de febrero de 2012

La busca basta


(Mc 1, 36-39) Simón y sus compañeros salieron a buscarle; y, cuando lo encontraron, le dijeron: «Todos te buscan». Y les dijo: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que se predique también allí, pues para esto he venido». Y pasó por toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios.

Este Evangelio nos dice brevemente, casi sin decirlo, algo fundamental: a Jesús le basta con que le busquen. No es que se tenga la mitad del camino andado por buscarle, sino casi todo, por lo visto. A fin de cuentas, Él, por Dios, es infinito, y nos pasaremos la eternidad buscándole, y hallándole, para descubrir, encantados, que hemos de seguir buscándole, del deseo a la sorpresa y más, con el corazón a mil. Jesús no puede ser más claro: "¿Todos me buscan? Bien, pues ya está: misión cumplida. Vamos rápido a predicar a otro sitio, que para eso he venido, o sea, para que me busquen". Y ese remate del narrador, casi con la lengua fuera, "pasó por toda Galilea" implica que no se entretenía mucho... 

No como el sacerdote de la homilía de hoy, durante la cual he pensado, entre otras muchas cosas, esta entrada.