miércoles, 31 de mayo de 2006

Theotokos

Ayer, yendo al trabajo, me crucé en la autovía con los romeros que marchaban al Rocío. Eran las hermandades de Puerto Real y de San Fernando. Los bueyes abrían la marcha como si fuera un surco, y colapsaban el tráfico. La Guardia Civil acompañaba la comitiva y uno echaba de menos los cubistas tricornios, con sus guiños de charol. (Quitas el tricornio a los guardias civiles y te cargas el icono: los conviertes en funcionarios y hasta les sale tripa.) En cambio, las carretas iban floridas, como en los grabados antiguos. Incluso los Land Rovers tenían un aire decimonónico, cargados de bártulos, con pinta de bandoleros de Sierra Morena. Los hombres de corto y las mujeres en trajes de lunares cantaban, a pesar de ser temprano. Se veían algunos tambores pintandos de blanco y verde.

Todo igual y, sin embargo, yo, por primera vez en mi vida, sentí rechazo. Me dije, con desdén: “He aquí la realidad nacional de Andalucía, sus hechos diferenciales y sus competencias exclusivas...” In extremis, la última carreta acudió a mi rescate. Llevaba un letrero enorme que proclamaba: “¡Viva la Madre de Dios!” y me volvió, entonces, de repente, la emoción rociera de siempre. Esto sí que es nuestra verdadera realidad nacional, andaluces: el Concilio de Éfeso. Y el cuarto Concilio Ecuménico de Calcedonia, y Constantinopla, y la liturgia romana, y el tropario “O monoghenis” de san Juan Crisóstomo. ¡Viva la Madre de Dios! y, por eso, las flores y las carretas que recuerdan al Partenón, los trajes de corto y los lentos bueyes y el vino del camino y los Land Rovers cargados de bártulos.


[Para los muy forofos sólo: hoy publico en el Grupo Joly]

martes, 30 de mayo de 2006

Lapsus linguae

Cuidado con las equivocaciones de Sancho, que tienen más enjundia de lo que parece. En el capítulo VIII de la segunda parte, dice: “querría que vuestra merced me sorbiese una duda que agora en este punto me ha venido a la memoria.” Y no es “absolviese” como le corrige don Quijote, porque las dudas que de veras intentamos responder hemos de sorberlas hasta las heces del cáliz, secándoselas al otro, y hacerlas nuestras, llegando hasta el filo mismo de la incertidumbre… Eso quería Sancho; no una lección condescendiente de gramática u ortografía.

domingo, 28 de mayo de 2006

Totum revolutum

La idea fue de Beades, aunque con esto de los bloggs las ideas se cruzan y entrecruzan como aceros toledanos y, al final, las heridas son para el Derecho de Propiedad Intelectual, que, imprudente, andaba por medio. Yo, por ejemplo, ya no sé qué de lo que pienso sobre la relación maestro/discípulo es mío y qué de Mora-Fandos. La idea, que aún es de Beades, pero de la que paso a apropiarme para proponérsela a ustedes, fue manifestarnos en Madrid a favor de una publicación de las obras completas de G. K. Chesterton y contra la negociación con los terroristas. Él decía:
¡Esta-mos-hartos-de-no-tener-lo-todo!, podría ser el lema de la manifestación, en un claro deseo de universalidad. O, para aprovechar el viaje a la Puerta del Sol -y los pulmones-: ¡No a la Eta-Sí Obras Completas!
¿Por qué no tomárnoslo al pie de la letra? La realidad imita al arte, así que montemos un Congreso de poetas Blogg en un autobús que nos lleve a Madrid a manifestarnos el 10 de junio por las víctimas de ETA.

Sería un totum revolutum, donde se mezclase, como en la vida misma, lo humano y lo divino. Ya sé que hay visitantes de esta página que son partidarios del haiku pero no del cumplimiento íntegro de las condenas, que disfrutan con los Rayos, pero no con los Truenos; y al revés; y otros que, sin gustarles nada, entran por amistad, que ya es mérito. Tal vez a alguno de ésos no les llame esta iniciativa que implica mezclar las churras con las merinas. Puede que tengan razón y son, sin duda, más prudentes. A otros nos cuesta mucho hacer compartimentos estancos y no emocionarnos con aquel grito de la batalla de Salamina: "Es la lucha por todo".

Durante el viaje celebraríamos, a través del micrófono del autobús, lecturas poéticas y chistes navarros. Yo comentaría (si me dejáis) algunas escenas de la Divina Commedia que vienen al pelo, como aquéllas en las que se describe el más allá de los que dividen naciones, de los que matan con violencia o de los traidores a su patria, al fondo ya del Inferno. Cuando el autobús cruzara La Mancha, podríamos leer algún capítulo de El Quijote, para demostrar que se puede hacer aunque no sea el centenario. Habría que elegir entre el discurso de las armas y las letras, tan a propósito para nuestros propósitos, o el de la liberación de los galeotes, de tan amargo final. Tendría gracia un concurso de pareados subversivos para uso en la manifestación. Luego veríamos cuál tiene más éxito entre el pueblo soberano y coreante. El autor del eslogan más repetido por las calles de Madrid ganaría el viaje gratis, pagado entre el resto…

En Madrid, sería estupendo quedar con colegas y sin embargo amigos, como Jaime G-M. o Fernando López de Artieta, y ojalá con más, que acudan desde otras partes de España. Celebraríamos una cena en una ruidosa cervecería o, tal vez, en un restaurante argentino, en honor a Juan Ignacio y otros amigos, que no creo que puedan venirse desde la Argentina. El día siguiente, domingo, habría que ir, además de adónde a cada uno le impulse su conciencia, al Museo del Prado a reivindicar que no nos hace falta que “La rendición de Breda” del sevillano Velázquez vuelva a Andalucía. El mundo es nuestra casa.

En el viaje de regreso, trabajaríamos un poco más. Estaría bien hacer una antología, titulada Se canta lo que se pierde, de poemas dedicados a España. Si la selección la hacemos entre todos, repasando de memoria los mejores textos, desde el marqués de Santillana hasta Pedro Sevilla, haríamos un volumen estupendo (e instructivo) en un periquete.

Esto es sólo una propuesta susceptible de mejoras. Al viaje, por supuesto, junto a los poetas, vendrán las musas y los musos que quieran, y los lectores --si los hubiera o hubiese, que está por ver. Queda pendiente, entre otras cosas, la logística que, como la lógica, no es lo mío: ver dónde se alquila un autobús o microbús o furgoneta o motocicleta, dependiendo del éxito de la convocatoria.

sábado, 27 de mayo de 2006

Y viceversa

Decíamos ayer (y esta vez es literal) que el trato con el maestro es muy importante. Tanto que Dante concibió la Divina Commedia, entre otras cosas, para encontrarse con su venerado Virgilio. Tanto que a veces hemos asumido el grave riesgo de una decepción con tal de conocer a un autor estimado. Es así. Pero también al revés. Si buenos, los libros nos dan otra cosa distinta, que no puede darnos el trato personal. Lo pensaba ayer mientras leía Reunión, el libro de La Veleta donde José Mateos recoge toda su obra en verso. Un día explicaré cómo Mateos es un maestro mío fundamental, aunque de incógnito. La amistad, que cubre muchos defectos, es también el mejor modo de disimular la jerárquica relación maestro-discípulo, que esta época igualitaria proscribe. Por hoy baste saber que, a pesar de que nos vemos a menudo, de que hablamos por teléfono, de que le escucho con atención memoriosa, de que responde a mis preguntas, a pesar de todo, su libro es imprescindible. Éste, para empezar, es el primer poema:

LA PALABRA

De nada han de servirte los versos que ahora escribas.
La emoción que tú pones en ellos te hace digno,
pero nunca te salva, pues quedan sin respuesta.
¿Acaso no comprendes que el silencio es más claro
y que con la palabra das distancia y concluyes
lo que siempre es comienzo, y umbral, y estar en vilo?

Mira, tras la tormenta, amanecer el día:
en las ventanas deja dorada luz del alba;
tiemblan, sobre los charcos, las últimas estrellas…
¿Y ha de servirte a ti suplantar la hermosura?

A ti, no, José Mateos, pero a nosotros, sí . La poesía, tú lo sabes, es servicio a los demás: dar a los otros lo mejor que hemos arrancado de nosotros mismos, a costa de dudas y renuncias. Aquello que es demasiado íntimo para la intimidad y que sólo puede decirse en público, publicado.

viernes, 26 de mayo de 2006

Reflejo

Nadie se mira dos veces en el mismo espejo.

[Pero échense un vistazo en los espejos de Baltanás.]

Sobre maestros y discípulos

Mora-Fandos es un hombre de palabra. Prometió escribir sobre los maestros, y ya ha cumplido. Y leyéndole, me he acordado, sin ánimo de ofender, de Arthur Schopenhauer. Aquel viejo adagio: Docendo, disco, que el refranero traduce y explica: “Para enseñar poco sabemos, / pero enseñando todos aprendemos”, lo cogió el alemán y, para usarlo contra los catedráticos, lo transformó, con exageración poco andaluza (por lo exenta de gracia) en esto: Semper docendo, nihil disco: “Siempre enseñando, nada aprendo”.

Yo también retocaría el adagio, pero al revés. Totalmente de acuerdo con Mora-Fandos, añadiría que, sobre la importancia de los maestros, está la necesidad de discípulos. Sin éstos no hay nada que hacer, se rompe la cadena. Hoy todos se apuntan a líder de opinión o, como mínimo, a rebelde. Las virtudes del discípulo, que son la paciencia, la humildad, el silencio, la atención, la memoria, el esfuerzo…, andan desaparecidas y así no hay manera. Al fin y al cabo, la relación personal con el maestro es muy enriquecedora, pero no imprescindible. Siempre nos quedarán los libros, como explicó Quevedo:
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Yo, puestos a dar clases, que es mi profesión, procuro enseñar a aprender, o sea, lo que dicen los pedagogos progres, pero con otro sentido. Y puestos a predicar, trato de hacerlo con el ejemplo, siendo un discípulo aplicado. Mi lema sería: Discendo, doceo.

jueves, 25 de mayo de 2006

Aristocracia


Hemos recibido el pedigrí de uno de nuestros perros, que por lo visto se llama Revertito Bombón (dan ganas de tratarle de “don”), aunque en la intimidad se le conoce como Carbón, porque nos lo trajeron por sorpresa los Reyes Magos, no se sabe en castigo de qué. Resulta que, entre las ramas de su frondoso árbol genealógico, hay nada menos que trece títulos: campeones de Inglaterra, de Brasil, de Estados Unidos... O sea, que es el más aristócrata de nuestra familia, por mucho que vaya a pesarle a algún tío de mi mujer.

Ese tío no debería preocuparse —¿o preocuparse más?— porque sabemos, desde El Quijote, que somos los hijos de nuestras obras. La aristocracia hereditaria es una ficción, una convención, llena de encanto, desde luego, pero a la que la prensa rosa ha dado un golpe más contundente que el de la guillotina. Somos nobles si lo somos, que no es tan fácil, porque como avisaba Machado:

Qué difícil es
cuando todo baja
no bajar también.
Podríamos pensar los escritores, tan tautológicos, que cada obra es un título. Por ejemplo, yo soltaría en alta sociedad, para envidia del corro de los snobs: “Tengo tres títulos” (por Haz de luz, Ardua Mediocritas y Casa propia). Pero no hay quien olvide, cuando se ha leído una vez, este caústico apunte de Jules Renard:

—¡Creo yo —dice un señor— que cuando uno ha escrito más de veinte novelas y cuatrocientos relatos, puede llamarse escritor!
—Sí, si son buenos.
En realidad, los títulos hay que ganárselos y te los tienen que otorgar. Ambos requisitos. Aquellos escritores que más o menos se sacaron de la manga unos condados de niebla, como Lasso de la Vega, el extraño González Ruano y no sé si Alejandro MacKinlay, quisieron tomarse la aristocracia por su mano, y eso no puede ser, y además es imposible.

Sin embargo, lo ideal sería que la excelencia en literatura se coronase en sociedad, como todo lo bueno. Nuestro Chesterton dijo en La superstición del divorcio que lo peor de la aristocracia es que había pocos aristócratas, del mismo modo que el problema del capitalismo es que los capitalistas son escasos. En un mundo donde todos fueran o pudieran ser nobles o ricos, no habría inconveniente en alabar estos sistemas cuyo pecado original es la exclusión. Así que pongámonos manos a la obra.

Sin esperar demasiado de nuestro rey, que es bastante republicano, y que ennoblece a los que ya han ennobelecido, como a Cela. Es por esto que yo, que soy soberano [pueblo soberano, concretamente], en el ejercicio de mis funciones, he concedido un título a José Julio Cabanillas. Desde hace unos meses, cuando le escribo, pongo Marqués de Benzelá en el sobre, en honor a su novela y a su poesía homónima. Me cuenta que el cartero, que debe ser un hombre bueno, amante de las tradiciones, lo mira con otros ojos.

Luego, tenemos a Aquilino Duque, que por el Registro Civil ya llevaba el título en el apellido, pero que por méritos propios es el gran Duque, Aquilino. No sabemos aún de qué, pero eso de Gran Duque suena a Rusia, que no está mal para quien nos ha traducido a Ossip Mandelstam. Y trae al recuerdo otro título de nobleza: Las veladas de San Petersburgo.

miércoles, 24 de mayo de 2006

Los pies


En la columna de hoy hablo de pies. No de pies de plomo porque ya dije que era de mal gusto. Y recordar que pie es pastel en inglés no me pareció una información ni agradable ni significativa.
—Tampoco es que hablar de pies sea una exquisitez, dirá alguno.
Cierto, cierto, pero la alternativa era dedicar el artículo semanal a los monstruos finlandeses que triunfan en Europa, ay, Europa. Mejor los pies, ¿verdad?

Cito allí un poema de Amalia Bautista, que dejo cojo, porque entero ocupaba medio artículo, y al que pagan por escribirlos es a mí. Aquí en el blogg, que hay espacio de sobra y que no cobra ni el Tato, para disfrute de todos y para que hasta los más escépticos contemplen cómo la poesía hace delicioso cualquier asunto, lo transcribo completo.
Qué feos son los pies de todo el mundo,
menos los de mis hijas. Qué bonitos
son los pies de mis niñas. Los mofletes
redondos y rosados de los ángeles
envidian sus talones, y sus dedos,
vistos desde la planta, diminutos,
tienen la suavidad de los guisantes.
Los tienen a estrenar. Y me conmueve
pensar en cada paso que aún no han dado.

martes, 23 de mayo de 2006

Tres estampas

De la pobreza de los dos mendigos que se sientan a la puerta del Convento de las Concepcionistas, correctos y bien vestidos, da muestra su silencio. Están juntos media tarde cada día y no se dicen nada nunca. Fijan los ojos al frente sin permitirse ni un guiño ni un pequeño cambio de impresiones. Los aparcacoches de los Jesuitas discuten con frecuencia a voces, y es tremendo, pero también charlan y se ríen. El silencio de éstos es desolador. Ojalá pudiera darles una buena limosna de palabrería… ¡Con la que a mí me sobra!
*
Ya en misa, una señora no para de abrir y cerrar una bolsa de plástico. Le hace un nudo, lo deshace, mete la mano, toca algo, saca la mano y vuelve a hacer un nudo. Y lo deshace. Nadie se hubiese fijado si no fuera porque la bolsa monta un ruido inconcebible. El pueblo fiel empieza a ponerse nervioso, a suspirar, a mirarla de reojo, incluso a chistar. No sirve de nada, porque como demuestra el jaleo del plástico, la señora está sorda como tapia de convento. Probablemente, a estas alturas, yo estaría también frenético, pero como me he sentado atrás y tengo una buena perspectiva de toda la escena, le veo la gracia. Luego, me he puesto a pensar en lo difícil que es la virtud, en que el humo de un diablillo entra enseguida por las rendijas de la iglesia y que estábamos a un tris de faltar a la caridad. Lo mismo que cuando en las filas de confesar se cuela alguien y nos indignamos tanto que, al final, tenemos otra cosa de la que confesarnos, adquirida allí mismo. Hago el firme propósito de no enfadarme más, al menos en la iglesia, y de no distraerme tanto —aunque esto último, como no le salga un definitivo nudo gordiano…
*
Al volver de comulgar, recordé la angustia que me causaba cuando chico el que la Sagrada Forma se me quedase pegada al paladar, que se iba acabando la misa y no había manera... Supongo que tenía claro que no era digno y que sentía como un eco oscuro de eso de la Biblia: “Que se me pegue la lengua al paladar…” Contra aquella aprensión, mis tranquilizadores razonamientos lógicos y teológicos no servían de nada. Hasta que, de pronto, un día, el lenguaje vino en mi ayuda, como ha hecho siempre. Me di cuenta de que el paladar se llama el cielo de la boca. La Forma estaba, pues, en su sitio exacto: en esos momentos, en el verdadero Cielo de la boca.

lunes, 22 de mayo de 2006

Apología onírica

Las pesadillas trabajan para Leibniz. Cuando uno despierta, lo hace convencido de que está en el mejor de los mundos posibles, a pesar de que es lunes, de Montenegro y de que todavía no ha escrito nada de todo lo pendiente...

Aviso para navegantes

Ocurre en el Instituto con los que van llegando a Secundaria. Acostumbrados a los colegios, persisten en llamarnos “maestros”, aunque nosotros contestamos: “Maestro no, profesor”. Mientras fui un poeta joven, no tuve este problema, pero ahora que publican libros y hasta ganan premios Hiperión poetas 20 años exactos más jóvenes que yo, la cosa puede ponerse fea, sólo con unos pocos, entiéndase, que lo mío será siempre la soledad del conservador de fondo. En todo caso, tal vez no esté de más insistir como en el Instituto: no soy maestro. En realidad, soy un buen discípulo, y los que me critican lo saben bien. Si luego puedo enseñar algo, es como profesor, en cuanto que profeso la poesía desde hace precisamente 20 años. Y que nadie piense que ésta es una entrada franciscana. En realidad, la motiva el amor propio: lo que humilla decepcionar inexorablemente las expectativas de quienes puedan tener la deferencia de tomarme por maestro. Para serlo, no tengo ni actitud ni aptitud, como decimos también los profes de Secundaria. Tómenme, si quieren, por condiscípulo. Y hecho el aviso, sigamos.

Al presidente

Le aconsejaría andarse con pies de plomo con la tregua si no fuese de mal gusto mentar el plomo en la cosa de ETA.

domingo, 21 de mayo de 2006

Buzoneo

Ayer, en Jerez, asistí a una espesa conferencia sobre Ortega y Gasset y Maritain, empedrada de buenas intenciones. Quizá porque es más afilado, Ortega logró abrirse camino, mientras que Maritain quedaba atrás, maniatado. Lo mejor fue al salir. Me di una vuelta por la librería "La luna nueva" con José Mateos, al que encontré por la calle. Los deberes de la paternidad le habían librado de la conferencia. En el escaparate de la librería estaba su poesía completa, Reunión, recién editada por La Veleta y que él aún no había visto. Emoción de ambos.

Luego, en los arrinconados estantes de poesía, algunas sorpresas. Entre ellas, que cuando hojeo el último libro de Juan Bonilla me salta al encuentro este haiku:
Otra mañana
que me avisa la muerte:
buzón vacío.

Y recuerdo inmediatamente uno mío, que no sé si publiqué en Alguien distinto, el cuadernillo de haikus que sacó Abel Feu. Sospecho que se cayó en el último momento. Llegado a casa compruebo que, efectivamente, se cayó. O sea, que es inédito. En cualquier caso, el parecido es asombroso:
Ya no soy joven:
en el buzón hay sólo
cartas del banco.

sábado, 20 de mayo de 2006

Greguería vs. Haiku

¡Qué casualidad, si existe! Ayer conocí a Álvaro Villalobos, justo cuando ya estaba ultimando mi contestación a su pregunta sobre las relaciones entre el haiku y la greguería, que, a pesar de sus sendas brevedades, me ha dado un quehacer ciclópeo, que diría García Baena.

Para ser, a mi vez, breve, yo resumiría la cuestión diciendo que la greguería y el haiku son muy diferentes y que la confusión se produce, además de por su tamaño (o falta de), por una circunstancia histórica. Cuando el haiku desembarca en el español, la greguería está recién nacida. El contagio y la confusión eran inevitables como entre compañeros de colegio. Se pegaron las viruelas y se imitaron algunos gestos y juegos y temas y tonos. Pero han crecido, la vida les separó, como no podía ser de otro modo, porque una es prosa y el otro es verso, y ahora apenas se ven una vez al año, por la cena de antiguos alumnos: la greguería, un poco loca, divertida, con una risa que no oculta un fondo trágico; el haiku mucho más serio, íntimo, alegre sin alharacas. En los lejanos tiempos de su compañerismo, Tablada, como señaló Villalobos, escribió efectivamente algunos haikus que son talmente greguerías. Y el propio Ramón se lió un poco y dijo aquello tan desafortunado de que “el haikai es sólo rocío de greguería, seda de una oruga que se nutría como de hojas de morera de hojas de greguerías.”

En realidad, es al revés. En las greguerías de Gómez de la Serna hay de todo, como si fuese una maravillosa, inagotable y agotadora biblioteca liliputense: tratados morales (Si vais a la felicidad, llevad sombrilla), poemas de Miguel d’Ors (La felicidad consiste en ser un desgraciado que se sienta feliz), estudios de psicología (Lo malo del deseo es que vuelve sin avisar), llamadas al Carpe diem (La vida obliga a la prisa de vivir porque el pan enseguida se pone duro), observaciones sociológicas (Lo grave del solterón es que se va volviendo viudo), guiones de cine (Cuando una mujer te plancha la solapa con la mano ya estás perdido), novelones decimonónicos (Hay pupilas en las que quedó para siempre el punto de luz del candelabro de una fiesta), españoladas que todavía nos gustan mucho (Tenía la apretada cintura del clavel), folletines picantes (Ante las que llevan una pulsera en el tobillo, intriga cómo ha podido llegar hasta allí desde la muñeca), melodramas (¡Qué tragedia! Envejecían sus manos y no envejecían sus sortijas), comedias de Willy Wilder (El champaña muere en las copas como el borde de la ola en la playa) y hasta toda una novela de Conrad que debería encantarle a Mora-Fandos (Al agonizar el viejo marino pidió que le acercasen un espejo para ver el mar por última vez), también hay jueguecillos de palabras (Aquel tipo tenía un tic, pero le faltaba un tac: por eso no era reloj), ciencias políticas (Un tumulto es un bulto que le sale a las multitudes), metafísica (Hazte una fotografía y si sales es que existes), chistes ingenuos (El colador está harto de pepitas), humor negro (La morcilla es una transfusión de sangre con cebolla), un ensayo de Sartre (Hay momentos en que las moscas hacen gestos de querer arrancarse la cabeza como desesperadas de ser moscas), ironías borgianas (A Víctor Hugo su esposa lo llamaba Víctor; su amante: Hugo), definiciones de Ambrose Bierce (La jota: dos que quieren ponerse banderillas), conversaciones de Oscar Wilde (-¿Por qué cuando vamos a pedir los gemelos de teatro al compañero de palco es cuando él se los lleva a los ojos? -Porque ha visto a la misma mujer), cuentos de P. G. Wodehouse (Golf: juego para ratones que se han vuelto ricos), documentales de Félix Rodríguez de la Fuente (Grajo: palabrota con alas), meditaciones sobre las postrimerías (Ya sé: sudario cuando es verano y mortaja cuando es invierno), sumas teológicas (¡Cómo serán los ojos de Dios que con uno ve el sol y con otro la luna!) y, lo mejor, lo más emocionante y verdadero, unas gotas del rocío de los haikus, que calman, cuando menos lo esperábamos, nuestra sed de poesía:

Chopo: el árbol de las mariposas verdes.

En las cajas de lápices guardan sus sueños los niños.

Las rosas rompen sus cartas de amor.

¡Qué pocas letras enseña el viento a la veleta!

Los solares están soñando altas ventanas.

La luna y la arena se aman con frenesí.

La vida es decirse ¡adiós! en un espejo.

viernes, 19 de mayo de 2006

Il mestiere delle armi


Ayer vi Il mestiere delle armi. Hace varios días que teníamos prevista la película de Ermanno Olmi, así que no fue un homenaje privado a las palabras del general Pitarch. Por otra parte, el militar no ha dicho nada que no se le suponga, como el valor. Tampoco un poeta nos podría dejar de recordar que “la verdad no se vota. Y mucho menos, la Belleza”, como hace Andrés Trapiello desde El arca de las palabras. Ni un sacerdote callarse que “hay que servir a Dios antes que a los hombres”. Por eso, ni los guerreros ni los poetas ni los curas podrán gustarle nunca del todo a los demagogos y gobernantes de hoy.

Es curioso que haya pensado en estos oficios otra vez. Cuando era adolescente, sentí claramente —en esa época no se piensa bien, pero se presiente con gran perspicacia— que solamente una de esas tres vocaciones era una forma seria de pasar por la vida. Igual le pasaría a Amalia Bautista cuando en el primer poema de su primer libro esculpió: "Quiero ser la mujer de un mercenario, / de un poeta o de un mártir, es lo mismo."

Y, aunque lo parezca, no cambié demasiado de opinión: simplemente ahora sé más y he aprendido que todo bautizado, sea mecánico, notario, ama de casa o hasta político o profesor, es sacerdote, profeta y rey. Estar a la altura es la cuestión, el heroísmo.

jueves, 18 de mayo de 2006

Apuntes

Los funcionarios contamos nuestras oposiciones como antes los españoles su mili.
*
Soñé un chiste del que sólo recuerdo que entonces me pareció malo y ordinario. ¿Mi inconsciente juzgando a mi subconsciente?
*
La expresión ‘sudar tinta’ sólo se le pudo ocurrir a un escritor.

miércoles, 17 de mayo de 2006

Resumen

Hoy, miércoles, toca mi columna de opinión. Pero he encontrado esta cancioncilla antigua que resume y mejora lo mejor de mi artículo. Dejemos lo mío en el periódico, bajando (el verbo es exacto) a la actualidad. Y quedémonos aquí, en el blogg, con la pepita áurea, imperecedera:
Heridas tenéis, amigo,
y duelen os.
Tuviéralas yo
y no vos.
Y a cuántas personas, me pregunto, podría cantarles esta canción, y no me estoy refieriendo -ustedes ya me entienden- a saberme la música, a entonarla bien o a hacerlo con una voz melodiosa...

martes, 16 de mayo de 2006

Enlaces o ensalces (marianos)

De Gonzalo de Berceo a Pablo García Baena.

Lo de Berceo (que nin lilio ni rosa) me ha recordado a los poemas que hacíamos en el colegio por el mes de mayo, con su cuidadosa rima en -osa y todo. Berceo o nuestro idioma, el castellano, niño, estrenándose con piropos a la Virgen. Con García Baena el idioma ha crecido, para bien y para mal, pero no ha olvidado su primera devoción y sigue acogiéndose a María.

Académica palanca

La COPE es, sin duda, imprescindible, pero muy liberal. En el fondo, los conservadores sólo podemos oír sin sobresaltos Radio Clásica, y no siempre, que también echan (en este caso, es el verbo) música dodecafónica de vez en cuando.

*

Escucho al ignoto cantautor Nino Sánchez hablar de las tradiciones de Salamanca, especialmente del Mariquelo —que ahora es, extinguida la familia de los Mariquelos, un tal Ángel Rufino de Haro—, que, en la víspera de Todos los Santos, cada año, en acción de gracias porque no hubiera muertos en el terremoto de 1750 de Lisboa, toca una charrada subido al campanario de la Catedral. (Decía d’Ors —esta vez Eugenio— que la mayoría de nuestras tradiciones eran, paradójicamente, del Siglo de las Luces.) Lo curioso es que me emociono como si fuese una costumbre de mi propio pueblo. ¿Me emocionaría igual una tradición catalana? Hasta hace poco sí, ahora ya no sé.

*

En la misma entrevista radiofónica, canta Nino Sánchez estos ripios de Unamuno, que son tremendos, ¿no?

Salamanca, Salamanca,
renaciente maravilla,
académica palanca
de mi visión de Castilla.

(Por mucho menos a mí me apedrean.)