jueves, 10 de agosto de 2017

Encuentro espiritual


Leonor ha comenzado la vendimia. Eso es bueno para el jerez, pero malo para mí. Otro año más, me toca bajar solo a la playa con los niños. Todo va bien hasta que levanto la cabeza del libro y no veo a Quique. Miro más y nada. Me levanto y nada. Me echo a la orilla, con el agua por las rodillas y nada. Un sinfín de cabecitas de niños en todo el litoral que mi vista abarca. Una sombra de preocupación. Y, de pronto, identifico la cabecita de Quique. No ha sido una identificación física, porque estaba de espaldas y porque con el pelo mojado todos tienen el mismo color e idéntico peinado. Ha sido una identificación espiritual, por el halo de imaginación desbordante con que va el niño, por el aire de su actividad mental. Lo estoy explicando mal, pero he quedado muy impresionado. Y tranquilo, claro.


1 comentario:

Gonzalo García Yangüela ن dijo...

Uf, qué susto.

Mi suegra siempre cuenta que mi cuñada tenía tendencia a desaparecer en la playa. Así que el primer día de veraneo iba a una tienda y buscaba entre los sombreros y gorras para niños el del color más estridente. Cuando llegaban a la arena de lo ponía y anudaba prohibiendo terminantemente el quitárselo. Cuando desaparecía, era fácil encontrar un punto fluorescente en la multitud.