miércoles, 27 de junio de 2018

Una lectura girardiana de En lugar seguro


[Hace años publiqué esta lectura de En lugar seguro en la revista digital Ambos Mundos, que está en la tercera dimensión, pues se cayó de internet. La recupero.]


Una lectura girardiana de En lugar seguro

La novela de En lugar seguro (1987) de Wallace Stegner (1909-1993), publicada en España por Libros del Asteroide (2008, trad. de Ricardo Martínez Salmón), es un long-seller de la literatura norteamericana. Sin demasiado ruido se va convirtiendo en una novela de culto también entre nosotros: se ha publicado este año una quinta edición. No es extraño, porque es una novela de apariencia apacible, pero de oculto sentido, cuyos misterios resultan magnéticos para el lector, que percibe la energía de fondo casi como una llamada y un vértigo.

Antes de meternos en unas honduras interpretativas que, irremediablemente, chafarán muchas sorpresas al que aún no haya leído el libro, dejaremos claro, para abrir boca, que el libro está magistralmente escrito. Wallace Stegner lo publicó con casi ochenta años, después de una vida dedicada al dominio del oficio y a enseñarlo en diversas universidades de prestigio. Entre sus alumnos, nada menos que Raymond Carver; y Tobias Wolff, Wendell Berry o Ken Kesey, entre otros. En consecuencia, es excelente tanto por los aciertos expresivos:

                     Tropezar con su mirada era como poner la mano en un hierro candente.
                    Voy flotando hacia arriba en medio de una confusión de sueños y de memoria
                     [Lib Stone] Ceñía su ropa hasta ponerse los ojos saltones.
                    [paseando por un gran bosque] Hasta el aire es verde.
                    Sobre el musgo neumático
                    El sol en mi espalda, un cataplasma.
         [En el primer encuentro con una enferma] Estuvimos locuaces, elocuentes.

Excelente también por la magnífica construcción de las escenas. La velada en la que los amigos escuchan la Novena Sinfonía y a la vez discuten sobre el fregadero tiene la tensión dramática del final de El Padrino III. Y sobre todo es excelente por el planteamiento formal de la novela, basada en un constante ir y venir de recuerdos de toda una vida en un solo día, en un magistral uso del flashback, que le permite ir diciéndolo casi todo a la vez que lo esconde casi todo.

Parece apenas la historia de la amistad entre dos matrimonios, y el autor presume de ello, riéndose tal vez un poco de El Gran Gatsby:

¿Dónde están las cosas de que se incautan los novelistas y esperan los lectores?, ¿dónde está la vida de lujos y despilfarros ostentosos, la violencia, el sexo retorcido, los deseos de muerte?, ¿dónde están las infidelidades de barrio residencial, las promiscuidades, los divorcios convulsos, el alcohol, las drogas, los fines de semana perdidos?, ¿dónde los odios, las ambiciones políticas, la sed de poder?, ¿dónde la velocidad, el ruido, la fealdad, todo lo que nos hace quienes somos y nos hace reconocernos en la literatura? Las personas de las que estamos hablando son vestigios de tiempos más tranquilos.

Sin embargo (y aquí entramos ya en terrenos que el futuro lector de En lugar seguro, si no quiere que le estropeemos las sorpresas continuas que depara la historia, debería abandonar de inmediato), las cosas no son tan sencillas. Yo, de hecho, creo que la pregunta sobre los odios, las ambiciones, la sed de poder y todo lo que se sugiere, no es retórica sino irónico-sofoclea. La novela nos esconde esas tensiones y buena parte del placer de su lectura consiste en sentirse arrastrado a descubrirlas y atisbarlas.

Digamos ya clara e imprudentemente que el propósito de la novela es la redención (hasta el misterioso "lugar seguro" del título) del personaje central, de Charity, la mujer de Sid Lang. El narrador Larry Morgan y su mujer Sara, de significativo origen griego, quedan al principio deslumbrados por el rico y admirativo compañero de trabajo de Larry en la universidad y, sobre todo, por su mujer, activa, atenta, alegre, elegante e incansable. "Charity" es, obviamente, un nombre parlante: ella no deja de estar pendiente de los demás con un punto de superioridad y condescendencia, que es como se ve a la caridad a menudo. Los inicios de la amistad son tan encantadores como el enamoramiento de Charity y Sid, que en otro flashback, se nos cuenta en una atmósfera irresistible de novela romántica. Pero enseguida aparece, por usar la explícita imagen del libro, la serpiente en el Edén. Y a los amigos les empieza a pesar tanta actividad de Charity, tanta planificación, tanta intromisión en sus vidas y quizá, aunque se nos diga que no, tanta gratitud como le deben. Los Morgan van tomando partido por Sid, al que ven demasiado dócil a los planes de su mujer y aplastado en su vocación poética por las ambiciones académicas de Charity.

Como toda la historia se rememora muchos años después desde el encuentro propiciado por la enfermedad terminal de Charity, cuando llevaban los amigos ya un tiempo considerable distanciados, hay, al principio tímidamente, y luego cada vez más acelerado, potente, angustioso y obsesivo, un intento de excusar a Charity, de salvarla.

Es un intento de salvación o redención pagano. El rechazo explícito al cristianismo de la novela lo fuerza así. Al comienzo hay una defensa del tiempo circular de los clásicos griegos frente al tiempo lineal judeo-cristiano. En la misma longitud de onda, se llenan de sentido las continuas alusiones a las diosas griegas, muy frecuentes para homenajear a Sara, a la que el esposo-narrador reverencia, pero también para rendir culto a la belleza altísima de Charity, tan matriarcal. El rechazo a la salvación cristiana se hace patente con una escena muy enigmática. En la visita de los dos matrimonios a Florencia, se encuentran frente a frente a un duro Cristo de Piero della Francesca. Los ojos duros de la pintura les interrogan, pero ellos no hacen sino discutir sobre el sentido artístico del dolor. A la salida, han de recoger a un obrero accidentado, cuyos ojos son los mismos del Cristo. Lo socorren de mala gana, incómodos, silenciosos, avergonzados, y en cuanto pueden lo dejan marchar, solo, subiendo una cuesta hacia su pueblo con la mano herida en el regazo, callado, alejándose.

La redención de Charity, pues, se pretende hacer con dos herramientas contrapuestas: el silencio y la inteligencia. Primero, se pasan por alto sus debilidades más evidentes, como por ejemplo que tuviera que ser internada en sanatorio mental para superar que a su marido no lo hicieran fijo en la universidad. Teniendo en cuenta, que su situación económica es mucho más que desahogada, la crisis psiquiátrica no puede sino resultar ridícula, pero se pasa sobre ella como sobre ascuas. La segunda herramienta es la comprensión, y se despliegan numerosas explicaciones genéticas e históricas para entender que Charity, como su madre y como las mujeres de Nueva Inglaterra, tenga esa incontenible tendencia a la organización y al ordeno y mando.

Mi hipótesis es que hasta aquí llega Wallace Stegner en el planteamiento de su novela. Todo lo que pasa por debajo, que se precipita en las últimas páginas, es fruto de las leyes del alma humana tal y como las ha estudiado René Girard. Ni el rechazo explícito al cristianismo ni la vuelta, a medias panteísta, a medias culturalista, a la Antigua Grecia pueden quedarse en un barniz encantador como de cuadro de Poussin. Porque, como supo Poussin: Et in Arcadia ego. La muerte hace su aparición, no sólo en forma de cáncer, sino en forma de sacrificio, que, aunque simbólico, es moralmente más implacable.

Sin que se dé cuenta el narrador Larry Morgan (quizá tampoco Wallace Stegner) en las últimas páginas empiezan a amontonarse de un modo cada vez más frenético los reproches contra Sid Lang, el marido de Charity. Para el lector la cosa es sorprendente, porque hasta entonces había parecido que la mayor causa de reproche contra Charity era el trato injusto de ésta a su marido. Puede que uno ya viniese sospechando que tanta defensa de Sid no dejaba de ser, en buena medida, una fermosa cobertura de otros resentimientos ocultos de Larry, instintivamente snob y muy frágilmente vanidoso. Pero ni aún así puede uno explicarse la saña final contra Sid, al que se descuartiza de  un modo simbólico, aunque no exento de crueldad. De pronto, es el marido el que, como profetizó el sabio padre de ella, autoridad en religiones antiguas, no tenía suficiente carácter. Entonces se nos dice que su poesía era francamente mala, y no se nos dice sólo a nosotros, discretos y comprensivos lectores, sino también a los hijos del poeta. Entonces se nos cuenta que estuvo tontamente enamoriscado de una alumna. Entonces se descubre el ridículo de su escondido diccionario de rimas. Entonces se desdeña su afición sustitutiva por el bricolaje y por el ahorro. Entonces, incluso, se le acusa de alegrarse de las desgracias de sus amigos. Entonces, finalmente, se subraya su triste papel de marido sumiso que va más allá de la muerte de su mujer.

Tan inesperada saña ha de entenderse, si quiere entenderse, desde una lectura sacrificial. El rechazo del cristianismo hace imposible que Larry Morgan se postule como víctima voluntaria y que, en el lógico examen de conciencia que propiciaría la muerte de la antigua amiga, se pregunté en qué falló él a sus generosos amigos o qué no supo ver o cuáles consejos literarios, profesionales y matrimoniales no fue capaz darles. Ahora necesita señalar un chivo expiatorio que sustituya a Charity en el altar del sacrificio y señala a la persona más cercana: a su marido, que hasta entonces parecía la víctima inocente.

El regusto amargo que deja el final de En lugar seguro queda así perfectamente justificado. Determinadas salvaciones no terminan de merecer la pena. Que la novela lo ponga en evidencia es una razón de peso para leerla. 

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