domingo, 4 de noviembre de 2018

Dos naranjas


Llegar tarde a misa está fatal, aunque no pueda deshacerme de la excusa de que yendo el sábado por la tarde a misa del sábado, porque volveré mañana, no está tan mal librarse de una homilía dominical, al menos. En cualquier caso, no está bien, no.

Sin embargo, eso me ha permitido sorprender por la espalda a Manuel, el mendigo-amigo. He visto su bici, pero no le veía a él. Así que he gritado: «¡Hola, Manuel!» Ha salido del fondo del jardín, con dos naranjas en la mano, y me ha confesado: «Huy, estaba mangando dos naranjitas, que les había echado el ojo, de maduras que ya estaban».

Me ha encantado. Y he recordado de inmediato a Carlos Marín-Blázquez, que dice: «Un atisbo de pudor en un rostro adolescente nos recuerda que no todo está perdido». Más razón aún para la esperanza cuando uno sorprende el rubor en el hirsuto rosto de un viejo mendigo.


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