Pero el hecho es indudable --hasta que ustedes no me demuestren lo contrario al menos -- y llega hasta nuestros días. La obra de Juan Luis Panero podría titularse Copas a la muerte de su padre; las Canciones de José Mateos son, en buena parte, una conversación con su padre muerto; y qué tres sonetos dedican qué tres poetas a sus respectivos padres:
Antonio Machado:
Jorge Luis Borges:
Bruscamente la tarde se ha aclaradoMiguel d'Ors:
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto
Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.
Que de todas las fechas de su vidaPodría haber escrito sobre esto, pero tengo que pensarlo mejor. En la poesía popular hay madres dulcísimas, aunque más como interlocutoras que como protagonistas, me parece. Lo complicado de los juicios poéticos es que la cantidad no vale nada. Y que la calidad puede estar agazapada en dos pequeños versos, como en éstos del refranero, que tal vez tiran por tierra toda mi teoría:
perdure para siempre en esta hoja
aquélla, que contiene, resumida,
su más honda verdad: con boina roja,
el máuser, el detente y el fulgor
de un sueño ennobleciéndole la cara,
oye acercarse la batalla por
los recios campos de Guadalajara.
Con un trasfondo de ametralladora
se eleva una oración de su alma fuerte.
Llega la prueba ya. Llega la hora
de mirarle a los ojos a la muerte.
Adivino la Eneida en su bolsillo
con un olor a pólvora y tomillo.
Amor de madre,
lo demás es aire.
Esta luz de Sevilla... Es el palacio
donde nací, con su rumor de fuente.
Mi padre, en su despacho. —La alta frente,
la breve mosca, y el bigote lacio—.
Mi padre, aún joven. Lee, escribe, hojea
sus libros y medita. Se levanta;
va hacia la puerta del jardín. Pasea.
A veces habla solo, a veces canta.
Sus grandes ojos de mirar inquieto
ahora vagar parecen, sin objeto
donde puedan posar, en el vacío.
Ya escapan de su ayer a su mañana;
ya miran en el tiempo, ¡padre mío!,
piadosamente mi cabeza cana.
