miércoles, 18 de febrero de 2009

Autocitas

Autoenlazarse no deja de ser autocitarse. Y la autocita tiene una curiosa mala fama. ¿Por qué, me pregunto, si a fin de cuenta todo el que opina se cita, o no? Pues porque la autocita implica que uno, mientras hablaba, se estaba escuchando y encima se estaba memorizando, que ya es vanidad. Aunque si uno no se repite, de una manera más disimulada, también se estaba memorizando. Lo más sencillo, pues, es ser como el abuelete (como Borges, por ejemplo) que repite siempre las mismas cosas, sus ideas o las anécdotas que más gracia le hacen. Un poco pesado tal vez para el auditorio, pero signo indudable de que a sí mismo se toma a la ligera o no se escucha.

10 comentarios:

Adaldrida dijo...

¡Tienes meme en mi blog! (si quieres seguirlo...

José Miguel Ridao dijo...

Yo creo que en gran parte la autocita deriva de nuestra vanidad. Prefiero no averiguar cuánto hay de vanidad y cuánto de pertinencia en el enlace que acabo de poner.

Anónimo dijo...

Autocita y autocomplacencia suelen aparecer unidos. Especialmente cuando se anuncia un futurible que termina cumpliéndose. En caso contrario, son los sentimientos de frustración o de rabia los que afloran (caso del profeta Jonás). Y quizás sea el ver el agrado que siente quien se autocita lo que, como somos así, nos fastidia. No sé.

carmen dijo...

Quienes cambian continuamente de opinión y criterio no se autocitan ni repiten por miedo a la contradicción. Lo malo/bueno de ser constante literatura es conseguir lectores fieles de nuestros propios defectos.

Fernando dijo...

Maestro:

No creo que la autocita sea un tema de vanidad.

En general, hay que admitir que
(1) cualquier cosa que uno escriba, ya ha habido antes otro que la ha escrito mejor,
(2) cualquier cosa que uno escriba no resiste el paso del tiempo, y leída tiempo después nos parece mediocre.

Pero, dada esta regla general, hay ocasiones excepcionales, días dorados, en que (1) y (2) no se cumplen: fortuitamente, a uno le sale algo tan bueno que cuando, meses después, quiere hablar de ese asunto no encuentra una fuente mejor que el propio texto.

No me parece mal siempre que sea algo excepcional; si es lo habitual, sí, sí que puede quedar algo ridículo.

em10 dijo...

He disfrutado mucho con el artículo y la entrada de hoy.
Qué bueno lo del abuelete, de ahí su inocencia cuando te repiten la misma historia como si fuera la primera vez.
A los que somos conscientes de nuestras autocitas y por vanidad las buscamos o las evitamos nos pasa algo de lo que habló el propio Borges –una cita de él siempre es pertinente ;)-, que aseguraba que cuando uno recuerda un pasaje no recuerda el pasaje en sí, sino la última vez que lo contó, y que esto puede resultar eficaz pues en cada evocación se liman impurezas. A mí me pasa con los sueños, cuando he contado uno varias veces -sobre todo aquél tan recurrente de la infancia- mi imaginación obra rellenando huecos y omitiendo partes en las que pudiera salir poco favorecido ante algún freudiano (pero esto sí que es vanidoso, ponerme a mí mismo como ejemplo, la próxima vez que cuente esto diré que le pasaba a algún conocido, a fin de cuentas no estaré mintiendo).

E. G-Máiquez dijo...

Fernando, el maestro eres tú. Muy buena y analítica tu tesis sobre las autocitas. 100% de acuerdo.

Y muy bueno, em10, lo del conocido.

Jesús Beades dijo...

Casi siempre que te cito, García-Máiquez, me autocito. No por plagio, sino por confluencia.

E. G-Máiquez dijo...

Doble honor que me haces.

Juan Ignacio dijo...

Muy bueno.

Por cierto, la tentación del comentarista de blog es decir algo así: "Como yo ya dije en tal oportunidad...", haciendo el link en "tal" y remitiendo a lo que ya escribió en otra oportunidad.

Puede ser vanidad pero eso no es lo peor. Lo peor es no tener la delicadeza de volver a decírselo a este nuevo interlocutor, la pereza que nos impide volver a ofrecer el propio pensamiento dicho con nuevas palabras al nuevo interlocutor.