miércoles, 13 de julio de 2011

No me cuentes mi vida

La gente suele contarme mi vida. Como tengo mala memoria, escucho con el corazón en un puño, sin saber qué hice o dije. Generalmente consigo caerme gordo o sentir vergüenza ajena (es propia, pero sentir, sentir, la siento extraña). Hoy no fue distinto, pero ha sido un regalo de santo a la vez. Por lo visto, siendo yo muy niño, mi madre –que significativamente no me lo contó nunca después– me llevó a una merienda de amigas para que jugara con los hijos de las otras y fuésemos haciendo buenos amigos y todo eso. Comentaban ellas la noticia del asesinato de una muchacha joven, buena chica, que trabajaba de interna en alguna casa de la zona. Yo levanté la cabeza y perpetré: "Una muchacha... ¡Con lo mal que está el servicio!" Me lo celebraban hoy como una precocidad premonitoria de humor negro e ironía. Yo lo veo lamentable, pero me ha venido muy bien para saber que lo que estamos pasando ahora con el servicio (Amparo nos desamparó y así seguimos) no es una maldición, sino un castigo. Más que merecido. Y eso, de alguna manera, me da fuerzas para arrostrarlo. Esta noche (y bastantes más) rezaré por aquella lejana chica.

4 comentarios:

Fernando dijo...

Jajajaja!!!

Anónimo dijo...

Lo que demuestra que eso del "buen salvaje" no es del todo cierto: la sociedad (familia, colegio...)puede afinar nuestros sentimientos.
Jilguero.

Anónimo dijo...

Buenísimo.

José Luis

Gonzalo dijo...

Jajajaja. Leñe con el niño...