sábado, 30 de agosto de 2014

Multiplicación




Begoña y Benito vinieron a la cena de casa con su botella de vino de regalo (suya en toda la extensión de la palabra) y, sobre todo, con el regalo mismo de su llegada. Pero la amistad es multiplicadora, y ya avanzada la noche, Benito nos pidió un segundo de silencio. Se oía el piar multitudinario de unos pájaros trasnochadores, justo encima de nuestras cabezas, en la copa ancha del ciprés macrocarpa del porche. "Son abejarucos", dictaminó. "Qué curioso, estarán agrupándose para cruzar ya el Estrecho". Y nos hacía un regalo de brillantes colores. 

A la noche siguiente, leyendo tarde en el jardín, volví a oírlos, y qué emoción. La noche cerrada, con poca luna, se me abría en colores invisibles, deslumbrantes. Para celebrarlo, aunque solo, abrí la botella de vino, y brindé por la amistad, por la luna nueva, por los abejarucos, por la brisa y hasta por Li-Po. 

Comprobé por la mañana que todo era exacto, que no había sido el sueño de dos noches de verano: