martes, 2 de diciembre de 2014

Ups


A la hora de nuestro almuerzo —tan tarde que parece merienda, o té inglés—, me cuenta Leonor que volvía del trabajo pensando en qué monos los niños y qué bonita nuestra casa y qué suerte más grande, etc. Pero, de golpe, vio la fragilidad de todo. Qué estremecimiento. Pensó que si yo moría…, ella no podría mantener la casa, tendría que venderla. 

Sic, como suena. 

Me encandiló un antirromanticismo tan radical. Primero, por principios. Y finalmente, por las postrimerías. Vengo defendiendo que la muerte no interrumpe nada y que el matrimonio debiera ser indisoluble ad eternum. Justo, pues, que la muerte apenas suponga —para eso ha quedado— algún inconveniente a la hora de liquidar el IBI o así. 


1 comentario:

L. N.J. dijo...

No conocía a Rainer María Rilke, y leí hace poco un poema suyo que me encantó:

UNA CASA NOBLE

La noble casa con su ancha rampa:
qué bello quiere mostrárseme su brillo gris.
La subida con su mal empedrado,
y allí está en la esquina
la lámpara opaca y sucia.

En el antepecho de una ventana
ladea la cabeza un palomino
como queriendo echar una mirada
a través del paño de la cortina;
moran las golondrinas en las grietas
entre los pasos de los portalones:
a esto llamo yo Stimmung*,
sí, yo lo llamo -encanto.

* * *

Si no fuera por stimmung... que es algo así como recuerdo. No sé.


Saludos