sábado, 9 de julio de 2016

Carmen y la muerte


Enrique es más sentencioso y, por eso, chupa mucho foco en el blogg. Su número preferido es el infinito, dice muy empeñado, y es un ejemplo de su carácter. Eso del uno al diez a él se le queda pequeño. 

La dulzura de Carmen es menos narrativa, más ambiental, pero ha recuperado terreno. Me preguntó algo de su bautismo y aproveché para citarle a don Álvaro d'Ors: "El bautismo fue el día más feliz de tu vida". Dijo: "No", pero no por razones teológicas, como se verá, sino resistiéndose a que su pico de felicidad esté en el pasado, y más allá del alcance de su memoria. "¿Entonces cuál es el día más feliz de tu vida?", pregunté, retándola. Dudó unos buenos minutos, en los que podía escucharse su pensamiento en marcha, y yo me temía lo peor. "El día que me muera, porque veré a Dios". Exulté. Bien está don Álvaro d'Ors, pero mucho mejor el dies natalis y Dante. Además, había desplazado, con gran optimismo, la felicidad pasada a la por venir. Si no di saltos de celebración, fue porque su madre puso pie en pared, un poco escandalizada del misticismo teresiano, que muero porque no muero, que empezaba a imponerse en nuestro porche. "Pero no hay prisa, eh, no hay prisa", insistía, alarmada.

También me pareció muy bien, porque la búsqueda de la felicidad a toda costa es un sentimentalismo moderno que no viene al caso. La felicidad ya vendrá, sí, la máxima, cuando toque.

Amén.