martes, 2 de mayo de 2017

Bobin en el barbero


Desconocen el carácter épico de la lectura aquellos que jamás dejan un libro. Poder aplicarle la pena máxima a un título llena de tensión cualquier lectura. Lo he vivido intensamente con Resucitar, de Christian Bobin, que he sopesado dejar a cada página, casi. Me cansaba un estilo que se le ha convertido en manera, la doblez de protestar tanto de quienes hablan de Dios y no parar de hacerlo (a veces, bien), el desdén por todos los demás escritores (menos él), una propensión muy meticulosa a juzgar al prójimo (mal) y cierta vanidad sostenida en mi menor. Pero cada vez que iba a dejar el libro en el estante aparecía un detente. Un brillante rompimiento de gloria. Además del del periódico, he escogido éstos:
 Son tan numerosas las luces que se nos han concedido que, aun queriéndolo, no podríamos echarlas a perder todas.  
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Todo lo pueden contabilizar en sus cálculos, salvo la gracia, y por eso sus cálculos son inútiles.  
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Todavía no se ha escrito nada sobre la bondad, y es que a la escritura le queda por delante un porvenir inmenso.  
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Su ambición nace de su falta de atención.  
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Nadie olfatea la santidad tan rápido como el diablo.  
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A cada instante, algo viene a socorrernos.  
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Esta mañana he visto a una tórtola batir sus alas en el instante mismo en que salía de las manos de Dios.  
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La atmósfera de nuestro tiempo es irrespirable y, sin embargo, seguimos respirando. ¿Estaremos muertos ya?  
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Un intelectual, es decir, alguien a quien su propia inteligencia le impide pensar.  
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La mayoría de la gente está hoy día tan perfectamente adaptada la mundo que llega a ser inexistente.  
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No hay más consuelo que la verdad.  
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Varias veces al día, miro furtivamente por la ventana la luz dorada del tilo, como un gato lame su leche a lengüetazos decididos y ávidos.  
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[Su incapacidad para adaptarse a los horarios y a la rutina laboral] Me resulta imposible vivir en un mundo en el que no creo.  
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[Flores cortadas de los arriates por un anciano polaco en el asilo para ofrecérselas a las enfemeras] Resplandecían entre sus dedos, gozándose en una vida que, de pronto, se había hecho más breve pero más pura.  
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 Mi mesa de trabajo está frente al abedul y el abedul está frente a Dios. Intento colocar mis palabras en esa línea que dibujan los tres.


2 comentarios:

Marcela Duque dijo...

¿Ya has leído este de Hadjadj, que también se llama "Resurrection"? (Yo aún no). Probablemente un buen contrapunto.

Gonzalo García Yangüela ن dijo...

"[Su incapacidad para adaptarse a los horarios y a la rutina laboral] Me resulta imposible vivir en un mundo en el que no creo."


Ufffff.....