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sábado, 9 de junio de 2018

viernes, 26 de agosto de 2016

De los que trajo Mendoza


Carmen está gritando en la entrada del Bucito y dando saltos: "Llegué. Llegué. Antes me daba miedo y llegué". Ha llegado sola en bicicleta desde casa hasta la playa. Antes, en efecto, le daba miedo; pero lo ha vencido. Me cuenta, al oído, el secreto de su victoria. Ha inventado una canción para darse ánimo:


Cuesta abajo, acelero 
y cuando quiero 
freno. 

Cuesta arriba, 
trago saliva. 

Está especialmente orgullosa porque yo le doy mucho valor al valor. Ya saben: "Sólo es libre el hombre  / que no tiene miedo" (vía). Eso, Quique lo tiene totalmente interiorizado. Ahora está tumbado sobre mí, que estoy tumbado en una hamaca. Me ha pedido que lea en voz alta el libro que tengo entre las manos. Es más o menos apropiado. Filetes de lenguado de Gerald Durrell. Cuando acabo el segundo relato, el de las tortugas, se me hace un nudo en la garganta y se me escapan dos o tres lágrimas, como pelotas de ping-pong. Quique se da cuenta (se ha mojado, de hecho) y me mira pasmado. "¿Estás llorando?". Llorando yo, el mismo que, cuando se hacen un rasguño en la rodilla, les cuenta la épica de los tercios viejos de Flandes  y les prohíbe un lamento. "Sí, de emoción. Los hombres no lloramos casi nunca de dolor, pero así, sí". No lo veo convencido del todo. Le recito la infalible milonga argentina:


Mi caballo es andaluz, 
de los que trajo Mendoza, 
que no tiene miedo al tigre 
pero tiembla ante la rosa. 

Se lo gloso y queda convencido del todo. Pero, de pronto, veo que su ceño se frunce. Me mira con pena y confiesa: "Yo nunca he llorado de emoción".


viernes, 15 de agosto de 2014

Poema final de Lo que dejan los días de Pablo Núñez




CERTEZA 

La conclusión después de todo este comienzo, 
tras escuchar historias y proyectos, 
quejas, opiniones; 
después de haber leído lo posible  
—el tiempo ha sido breve todavía— 
después de haber estado solo ante la sombra y el regreso.


Una vez que me paro ante el espejo 
—las voces en la calle anuncian el verano— 
y comprendo que ya tengo la certeza, 
entonces —digo, después de todo esto— 
puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, 
que es difícil saberlo. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Montiel por Szymborska


En la solapa de Placer adámico (Universidad Complutense, Madrid, 2012), el poeta Jesús Montiel (Granada, 1984), al que hay que seguir la pista, se reconoce discípulo de Miguel d'Ors. Bravo. Pero en el primer poema, la sombra tutelar es Wislawa Szymborska. Lo interesante es que no es sólo la sombra, también es su luz lo que tiene este poema. Podía pasar (y creo que no exagero) por uno de la premio Nobel, y no por uno cualquiera, por uno de sus mejores. ¿O me equivoco?

VISITA AL MUSEO 

Niños terrícolas del siglo treinta:
  

mirad lo que llamaban los antiguos un bosque. 
Entonces las especies vegetales 
brotaban a su antojo de la tierra, 
se hermanaban formando laberintos 
rebosantes de vida. 
Los árboles crecían, se estiraban 
como sueños borrachos de tormenta 
y en sus copas el viento cantaba con el pájaro. 

—la extrañeza les abre la boca y la mirada—  

mirad lo azul que entonces era el cielo 
—se escuchan expresiones de sorpresa— 
la belleza del campo amanecido. 
Observad las estrellas coronando la noche, 
flotando como adornos navideños 
de un altísimo abeto. 

Mirad un hombre de hace nueve siglos 
absorto en la visión de unas montañas. 
—¿Qué fulge en su mirada? ¿Qué luz hay en sus ojos?- 

Es lo que los antiguos llamaban el Asombro

viernes, 1 de agosto de 2014

Que trabajen otros


Ayer, paseando por el espigón del río, que se adentra en el mar como una espada de la Reconquista de las largas, —y la imagen será manida, pero es exacta— me sorprendió ver el vuelo de las golondrinas sobre las olas, prácticamente surfeando. Recordé otras golondrinas y otros días marinos. Quizá están tan bruñidas y son tan saladas por esa querencia marinera suya, que les desconocía y no tienen otros pájaros. Les hacen razias desde tierra a las temibles gaviotas. Y el negro se ve mucho más limpio que el blanco, el mundo al revés. Y hace años, sin saber que tiraban a las aguas, las llamé en un poema los delfines del aire

Para la entrada de hoy basta traerlas aquí y dejar que sus gráciles garabatos rubriquen (oh, el rojo de su pecho) la entrada. 


sábado, 19 de julio de 2014

Que trabajen otros


Que otros hablen del gobierno

Y hagan poesía.

Y pedagogía. (En el mejor sentido.)

Y crítica literaria

Y antropología moral

Y, para cerrar el abanico de mis intereses, de mi familia, que hable Carmen. "Qué guapa estás. Vamos a mandarle una foto a mamá al trabajo para que te vea". "No hace falta, papá. Mi madre ya sabe que soy guapa". 

Qué bien.