Nunca me puse un cilicio.
Lo remedia el reumatismo.
Qué bien la vida que pone
a cada uno en su sitio.
Una tormenta de ideas con algún rompimiento de gloria
Nunca me puse un cilicio.
Lo remedia el reumatismo.
Qué bien la vida que pone
a cada uno en su sitio.
Cuesta abajo, acelero
y cuando quiero
freno.
Cuesta arriba,
trago saliva.
Mi caballo es andaluz,
de los que trajo Mendoza,
que no tiene miedo al tigre
pero tiembla ante la rosa.
CERTEZA
La conclusión después de todo este comienzo,
tras escuchar historias y proyectos,
quejas, opiniones;
después de haber leído lo posible
—el tiempo ha sido breve todavía—
después de haber estado solo ante la sombra y el regreso.
Una vez que me paro ante el espejo
—las voces en la calle anuncian el verano—
y comprendo que ya tengo la certeza,
entonces —digo, después de todo esto—
puedo afirmar, sin miedo a equivocarme,
que es difícil saberlo.
VISITA AL MUSEO
Niños terrícolas del siglo treinta:
mirad lo que llamaban los antiguos un bosque.
Entonces las especies vegetales
brotaban a su antojo de la tierra,
se hermanaban formando laberintos
rebosantes de vida.
Los árboles crecían, se estiraban
como sueños borrachos de tormenta
y en sus copas el viento cantaba con el pájaro.
—la extrañeza les abre la boca y la mirada—
mirad lo azul que entonces era el cielo
—se escuchan expresiones de sorpresa—
la belleza del campo amanecido.
Observad las estrellas coronando la noche,
flotando como adornos navideños
de un altísimo abeto.
Mirad un hombre de hace nueve siglos
absorto en la visión de unas montañas.
—¿Qué fulge en su mirada? ¿Qué luz hay en sus ojos?-
Es lo que los antiguos llamaban el Asombro…
Hay una pereza activa
que mientras descansa piensa,
que calla porque se vence,
que duerme pero que sueña.
Lo que quiero es detener
este puntero fatal,
éste, ay, que ya no existe
en mi reloj digital.