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sábado, 20 de mayo de 2017

El guateque



Carmen se bajó llorando amargamente del autobús del colegio. Quería ir a la feria de Jerez. Todas sus amigas van. Todas. Menos ella. Ha salido a la madre, a la que yo había respondido  a lo mismo media hora antes: "¡Pero si te llevo a la feria [del libro] de Sevilla". No le había hecho mucha gracia. 




Ahora ella consolaba a su hija: "No llores, que tienes siete años y todas las ferias por delante. Yo tengo cuarenta, y mira, hija, cómo me aguanto".

Tuvimos que hacer un trabajo de consolación, en mi caso doble, y por fin salimos, parando antes en la zapatería, que era muy importante y yo no lo iba a discutir, naturalmente. 

A la mesa redonda llegamos a la hora en punto, como cronometrados. Estuvo muy bien, hasta de público, que superaba a los participantes, y entre los que había tantos aforistas o más como en la mesa, lo que la hacía redonda. Veía a Victoria León, a Antonio Rivero Taravillo, a Miguel Veyrat, a José Luis Piquero, a José Luna Borge, a Hilario Barrero...



Los problemas vinieron después. La organización nos invitaba a cenar (que es peor que pagarme un traje, como chestertónicamente se sabe:


) pero, antes de las nueve, quería pasarme por mi caseta de Renacimiento a decir "hola"; y también quería asistir -aunque fuese un poco- a la presentación del libro de Hilario Barrero en la galería de Enrique M. Parrilla, presentado por José Luna Borge. Tenía tres buenos motivos, y apenas tres cuartos de hora para hacerlo todo. Que eran cuartos menguantes.




La feria, aunque lo fuese del libro, estaba animadísima y propiciaba encuentros continuos y paradas. Como íbamos hacia allí Pedro Serna, Rafael Adolfo Téllez, José Mateos y yo, cada uno contribuía a la lentitud con sus propios conocidos y saludados. Y amigos: vino Ignacio Trujillo, y se unió felizmente al grupo. Saludé a un poeta cuyo poema al padre se me había traspapelado para la antología. Me dijo: "Malvado" y yo, que con el lío no le había oído, le dije: "Igualmente". Eso le hizo gracia, menos mal.

Al llegar (tarde) a la galería, la puerta (acristalada) daba a la mesa del poeta y sus presentadores (con músico incluido). Ellos nos veían en la calle, dudando si entrar o no. Nos invitaron a pasar con sonrisas, cabezadas y gestos con las manos. Interrumpimos el acto. Había bastante gente y unos columpios que había que sortear. Una vez dentro, ya no había sillas, y nos movimos bastante buscándolas. Cuando acabó el baile, ya estaba hablando un señor y yo miré la hora. Eran las nueve. De todos, Leonor y yo éramos los únicos que estábamos comprometidos con la cena. Confiando en la delicada y exquisita informalidad de la Baja Andalucía puse un SMS a Sánchez Menéndez (SMS: Sánchez Menéndez, Sálvame) diciendo que estábamos complicados y que tardaríamos un poco. Esperaba un "no te preocupes, nosotros estamos la mar de entretenidos en la feria saludando al público y a la crítica", pero la contestación fue: "Ya estamos sentados, tomando una cerveza, os esperamos todo lo que haga falta". El horror.

Había estado todo el tiempo con el teléfono en la mano. Hice una foto del aforo para justificarme.



(Obsérvese la puerta acristalada a la derecha de la mesa principal, al músico que interrumpimos a la izquierda con su vihuela y el columpio entre nosotros y la puerta.)

Me fui al anfitrión (véasele muy atento al borde derecho de la foto) a explicarle que teníamos que salir (aunque acabábamos de entrar) y que si no había una puerta de servicio o algo más discreto, una salida de incendios o un conducto de aire acondicionado. No. La única salida era la acristalada. Leonor, Ignacio y yo nos fuimos, haciendo morisquetas de disculpa a todos los asistentes. Tropecé con el columpio que se balanceó vacío, como en las películas de terror o en las que muere un niño.

En la puerta, propuse el tratamiento homeopático: que volviésemos a entrar para que el ridículo alcanzase las dimensiones de Peter Sellers en El guateque. Yo creo que a Ignacio le apeteció la idea, pero Leonor nos fulminó con la mirada.

Esa entrada por salida la sentí por Hilario Barrero y por su libro, que quisiera haberme comprado. Cuando termine de escribir esto, empezaré a redactar cartas apologéticas. He calculado por encima que tengo que escribir siete u ocho.

Aunque íbamos andando a buen ritmo y la noche era cálida, Ignacio empezó una historia apasionante de una talla de una Virgen que encontró en un ángulo oscuro cubierta de polvo y de su dueño tal vez olvidada, pero ya estábamos en la puerta del restaurante y la historia no había terminado y no podíamos dejarla a medias, sin la mano de nieve, así que sumamos la recreación al retraso. Llegamos tarde a la cena y sedientos. Fue deliciosa: la conversación, los platos y los vinos. Y los vinos. Salí en una nube, casi habiendo olvidado el destrozo de la presentación, que seguro que se repuso estupendamente en cuanto nosotros nos alejamos de ella.

En la AP-4 Sevilla-Cádiz, tras tantas emociones y tantos brindis, iba dando cabezadas, lo que me preocupaba más por el tradicional haiku de cada AP-4:


Nunca te duermas
conduciendo ni, menos,
haciendo un haiku.

Un haiku es pura vigilia, atención máxima. Leonor, que no es muy de haikus, iba dormida a mi lado, profundamente. Y yo empecé a preocuparme profundamente porque los carteles no decían más que habría controles de velocidad (sin problema), de drogas (ídem) y de alcohol (ejem). Cuando abandonamos la autopista, me decidí a despertarla para que condujese ella. Y me alegré de que no recuerde mis poemas, porque me podía haber echado en cara que antes la despertaba para otras cosas:




Se puso al volante (ella que hubiese querido ponerse la falda de volantes en la feria de Jerez) sin protestar. Qué buena es. Le di un beso.

viernes, 26 de agosto de 2016

De los que trajo Mendoza


Carmen está gritando en la entrada del Bucito y dando saltos: "Llegué. Llegué. Antes me daba miedo y llegué". Ha llegado sola en bicicleta desde casa hasta la playa. Antes, en efecto, le daba miedo; pero lo ha vencido. Me cuenta, al oído, el secreto de su victoria. Ha inventado una canción para darse ánimo:


Cuesta abajo, acelero 
y cuando quiero 
freno. 

Cuesta arriba, 
trago saliva. 

Está especialmente orgullosa porque yo le doy mucho valor al valor. Ya saben: "Sólo es libre el hombre  / que no tiene miedo" (vía). Eso, Quique lo tiene totalmente interiorizado. Ahora está tumbado sobre mí, que estoy tumbado en una hamaca. Me ha pedido que lea en voz alta el libro que tengo entre las manos. Es más o menos apropiado. Filetes de lenguado de Gerald Durrell. Cuando acabo el segundo relato, el de las tortugas, se me hace un nudo en la garganta y se me escapan dos o tres lágrimas, como pelotas de ping-pong. Quique se da cuenta (se ha mojado, de hecho) y me mira pasmado. "¿Estás llorando?". Llorando yo, el mismo que, cuando se hacen un rasguño en la rodilla, les cuenta la épica de los tercios viejos de Flandes  y les prohíbe un lamento. "Sí, de emoción. Los hombres no lloramos casi nunca de dolor, pero así, sí". No lo veo convencido del todo. Le recito la infalible milonga argentina:


Mi caballo es andaluz, 
de los que trajo Mendoza, 
que no tiene miedo al tigre 
pero tiembla ante la rosa. 

Se lo gloso y queda convencido del todo. Pero, de pronto, veo que su ceño se frunce. Me mira con pena y confiesa: "Yo nunca he llorado de emoción".


jueves, 7 de junio de 2012

Now I am in a holiday humour

En la reseña, me recreo poco en Rosalinda, pero no hace falta decir la admiración que me produce una chic capaz de verso tan claro: "A traveler! By my faith, you have a great reason to be sad". 

viernes, 30 de septiembre de 2011

Dos momentos de anoche


El presentador de Historias de un Dios menguante, Cristóbal Serna Donaire, nos contó con todo lujo de detalles sus inquietudes, desazones, vicisitudes y desvelos desde que el autor le pidió que interviniese en el acto. Fue desternillante; y aún así dejó caer una clave de lectura esencial: hay que seguir el hilo no narrativo que une a estos cuentos en principio completamente independientes. Estoy de acuerdo: una omnipresencia ausente —que se va haciendo obsesiva relato tras relato— es lo que marca la diferencia entre estos relatos y otros cualquiera. Dicho lo cual y dicho como de pasada, Cristóbal Serna retomó la minuciosa descripción de sus zozobras y soliloquios. Nos sentimos muy identificados cuando contó que una madrugada se despertó y se desveló del todo ante la duda de si llamar al autor José Mateos o Pepín durante la presentación.
José Mateos (o Pepín) también dejó caer algo fundamental en sus palabras. A sus años, después de haber leído tantos libros maravillosos, viajado algo, contemplado paisajes preciosos, oído músicas magistrales, visto cuadros supremos, ha llegado al convencimiento de que nada es más hermoso que una persona que se entrega por otra desvalida. El relato donde encarna esa tesis se titula “La piedad”, pero podría haberse titulado “La plenitud”. 

martes, 23 de noviembre de 2010

Imagen

Lo más bonito de los escaparates: el que los observa vea en ellos su imagen un tanto desvaída, pero al alcance de la mano, superpuesta. ¿Acaso no nos perseguimos a nosotros mismos, o a nuestra imagen de nosotros mismos, en todas nuestras compras?

jueves, 11 de noviembre de 2010

Pedazo de párrafo

[El párrafo está entero, y tanto, pero es precioso y por eso,el peculiar superlativo de "pedazo", que debe de tener un origen remotamente platónico: "Es un pedazo del arquetipo del Párrafo, de la idea pura". Supongo yo, que no le encuentro otra explicación.] Lo escribe Zbigniew Herbert en Un bárbaro en el jardín:
Como toda ciudad medieval, Siena fue la cuna de muchos santos, y ninguna ciudad medieval posee una colección de tan rica de personajes aureoleados. Un erudito de la hagiografía da la cifra astronómica de quinientos nombres. De Siena también han salido nueve papas. Pero como el escudo blanquinegro simbolizaba pasiones contradictorias, también fue una ciudad de derrochadores, de la juventud dorada y de las mujeres contra quienes los predicadores lanzaban sus truenos. El más convincente era san Bernardo, y las mujeres, conmovidas por su elocuencia, prendían grandes hogueras en las que quemaban sus zapatos de tacón, los perfumes y los espejos. Las laude místicas acercaban al cielo, pero también resonaban canciones blasfemas, y Siena tenía su poeta del placer, Folgore da San Gimignano. Los limosneros recorrían la ciudad con sotanas harapientas, y un solo grupo de malgastadores podía dilapidar la vertiginosa suma de doscientos mil florines en una fiesta e irse a cazar. "Gente vana", sisea Dante.
El libro me ha convertido definitivamente a la literatura de viajes, y quizá también a los viajes, si son a Italia. Esa imagen de las hogueras avivadas con perfumes, reflejadas en los espejos, es espectacular. Y ese nombre de poeta del placer, Folgore, ya vale por un poema... Pero lo que  se me ha metido en la cabeza como el clarín de una trompeta es la frase inicial: "Como toda ciudad medieval, fue la cuna de muchos santos..." ¿Por qué no puede decirse eso de ninguna ciudad contemporánea, eh?

viernes, 24 de abril de 2009

Huella española

Si recuerdan ustedes mi último artículo (lo que les agradecería de corazón), nos encontrábamos mi mujer y mecenas y yo en Sicilia, en Palermo, saliendo de los oficios del Viernes Santo de La Martorana. Muy cerca está el Ayuntamiento, en un palacio llamado de las Águilas porque en sus esquinas tiene unos poderosos escudos de España, sí, de España, que sostienen unas orgullosas águilas, dicho sea con perdón.

Sicilia ni puede ni quiere ocultar que fue española muchísimo tiempo. De hecho, lo fue, si nos ponemos puntillosos, antes que España, porque era aragonesa desde el siglo XIII. Por supuesto, ha sido más cosas, incluso indígena, sicana y sícula, y luego griega, romana, bizantina, musulmana, normanda y, tras tres siglos hispánicos, finalmente italiana. El resultado es único.

Podría mantenerse que tanta presencia española obedece a la pereza por ir borrando huellas, cambiando nombres de calles y desmontando monumentos. Por ejemplo, del enorme escudo de España que preside la Porta Nova algún día se cayó una de las dos columnas de Hércules, las del plus ultra. Caída ha quedado. Ahora es un escudo mono-columnista, con lo que no queda nada ultra, sólo plus. Pero qué estupenda la pereza si sirve para dejarle un futuro a la historia, y no como aquí, con nuestros diligentes dirigentes, sacando enérgicas leyes de memoria histórica para borrarlo o emborronarlo todo.

Lo que ha sido, fue; y empeñarse en olvidarlo sólo puede conducir a retorcidos complejos freudianos. Los sicilianos, desde luego, complejo no tienen ninguno. Se alegran de veras de saberte español y, por si eres víctima de la LOGSE, te explican a las primeras de cambio la compleja historia en común con extraordinaria simpatía, mientras te meten en el coche —si te descuidas— para llevarte al restaurante por el que acabas de preguntarles o a otro. Claro que para no tener complejos debe de ayudar bastante haber sido la Magna Grecia, nada menos.

La semana pasada reconocía que no arranqué con muchas ganas de viaje. Pero si a las ruinas griegas, a los mosaicos bizantinos, a la Anunciación de Antonello da Messina, se une la arquitectura civil de influencia española, que también se deja sentir y cuánto en ese barroco encendido de sus iglesias —a rebosar, por cierto—, ¿quién no se entusiasma? Diría que con tanta huella, yo, tan español incorregible como Menéndez Pelayo, acabé sintiéndome como en casa. Pero ojalá: en casa no se siente tanto a España.

miércoles, 22 de abril de 2009

Dante

Ya sabéis que cuando la actualidad me ataca, leo la Divina Commedia, así que gracias a Chávez, imparable bilateral, he vuelto al Inferno. Bueno, y al Día Internacional del Libro, que también me ataca los nervios.

(Y para decir toda la verdad, reconózcamos que el viaje a Sicilia me animó a la relectura.)

viernes, 17 de abril de 2009

Autóctonos

En el corazón de Palermo, está —esplendente de arte bizantino— la iglesia de Santa María del Almirante, más conocida como La Martorana. Y allí dentro estaba yo el Viernes Santo, a pesar de que no me gusta el turismo, esa manera incómoda de no enterarse de nada. Lo había advertido a menudo, pero no fue óbice para que mi mujer me regalase un viaje por mi cuarenta cumpleaños. “¡Toma!”, dijo al darme los billetes. Y por eso estábamos allí los dos, dispuestos a asistir a los oficios, según el rito griego heredado de san Juan Crisóstomo y san Basilio.

La liturgia era riquísima; el brillo de los mosaicos deslumbrante; los olores a incienso y perfume, embriagadores; los cantos, tan hondos que me arrastraron al pozo donde se abisman la soleá y la saeta. Siguiendo a nuestros compañeros de banco, nos santiguábamos sin cesar, nos levantábamos, nos sentábamos. Entender, entendíamos poco. Apenas los rasgados Kyrie Eleison y, de pronto, algunos alegres Alleluia, con que alternaban los lamentos, supongo que como un presentimiento de la próxima resurrección. Lo supuse, y recordé la graciosa copla de Muñoz Seca: “Virgen de la Macarena/ ponte la cara bonita,/ que ya sabemos to er mundo/ que el Domingo resucita”.

Pero antes de la Resurrección había que pasar por la tumba. En un momento dado, todos los fieles desfilamos por debajo de un icono que representaba el Santo Entierro, y que sostenían dos sacerdotes barbados como popes. Teníamos que inclinar la cabeza mucho y agacharnos; y la sensación era, talmente, la de descender a una gruta muy profunda. Se erguía uno impresionado.

Justo antes habíamos salido a la plaza en procesión con ese mismo icono, simbolizando el traslado del Cuerpo de Cristo hasta el Sepulcro. Dos mujeres llevaban enormes jarrones de flores, un diácono incensaba, otro asperjaba agua de rosas y todos cantaban canciones antiquísimas. Los turistas nos hacían fotos, completamente atónitos. Ante la extrañeza del público, que nos miraba sin dar crédito a sus ojos, mi mujer me susurró: “Y nosotros en la procesión, como los más autóctonos del lugar”.

Así era. Pertenecer a la Iglesia es encontrarte en casa en cualquier rincón del mundo, en cualquier idioma, con cualquier rito. Pertenecíamos, efectivamente, a la comunidad. Éramos, ¡aleluya!, todo lo contrario que unos turistas.

miércoles, 15 de abril de 2009

Magia

Ayer tenía que contrastar un último dato de la conferencia que doy mañana sobre Rosales. Abrí el libro de Antonio Sánchez Zamarreño que había zamarreado a base de bien hace unas semanas, y todo lo que leía de paso (que ya había leído) me sonaba a más hondo, le detectaba un enorme interés y más conexiones. “Claro”, suspiré, “eso es porque los libros hay que leerlos dos veces: de ida y de vuelta”.

No tenía demasiado mérito esa conclusión porque ya en Sicilia nos dimos cuenta que cada vez que nos pateábamos una calle de nuevo le descubríamos (como la misma expresión —y ahora, después de haberla usado miles de veces, caigo— indica) le veíamos, digo, algo —tatatachán— nuevo. ¿Cuántas veces tendríamos que pasar para que la calle, nos preguntábamos en Sicilia, nos revele todos sus secretos?

Y ahora que he vuelto a mi pueblo, pienso al cruzar por sus calles con gesto melancólico, ¿cuántas veces he tenido que pasar para que se volvieran —nada por aquí, nada por allá— invisibles?

lunes, 13 de abril de 2009

Obligación ennoblece

A primera hora de la tarde del Sábado Santo, a las tres, yo estaba a la derecha del altar mayor de la Catedral de Monreale, Sicilia, ante la tumba de san Luis IX, rey de los franceses, cruzado de Cristo. El rey ya no está allí, salvo su corazón, que se encuentra en un cofre de hierro bajo el altar. A las tres de la tarde, por tanto, justo a mi espalda.

Y a mi espalda oí, de corazón a corazón, un lema o motto que me pareció tan bien que ya es definitivamente el mío: Obligación ennoblece.