viernes, 26 de junio de 2009

No tengo arreglo

Veo en Esperando nacer una excelente nota de lectura sobre Cuentos de guerra de Léon Bloy, que leí hace tiempo. Voy asintiendo a todo: Hernán sabe de Bloy lo que no está en los escritos. Su cuento preferido es “El obstáculo”, del que no recuerdo nada. Voy corriendo, lo releo y realmente es admirable.

¿Cuál era mi cuento favorito? “La misa de campaña”, me respondo. Al mirar el índice compruebo que en verdad se titula “La misa de los cadetes caídos”. Aunque lo recuerdo perfectamente —título aparte—, lo releo. Habla de una compañía de jóvenes e ingenuos hijos de papá de las provincias del Oeste, que se han alistado por patriotismo, pero, de paso, para defender el Trono y el Altar, esas máximas revolucionarias, que dijo Baudelaire. Todos han adornado sus sombreros con altivos penachos de plumas, un punto pretencisosos . Creyéndose alejados aún del combate, empiezan a celebrar una misa de campaña, pero una bala perdida le salta la cabeza al sacerdote justo cuando acababa de exclamar: “¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué te turbas?” Tras el desconcierto natural, el joven marqués Enguerrand de Bellefontaine, soberbio joven de veintidós años, aprovechando que, a pesar de todo siguen en retaguardia y que el hermoso altar está montado con primor, pide permiso para ir a buscar a algún otro sacerdote y continuar la misa.

Vuelve veloz con el párroco de una localidad cercana. Este al oír lo de la inesperada bala de su predecesor, ha contestado con calma: “Mi querido muchacho, estemos en paz o en guerra, la Misa se dice siempre en presencia del enemigo”.

Empieza de nuevo la misa. Según la liturgia, a partir de cierto momento el sacerdote no puede, bajo ninguna excusa, interrumpirse. Es entonces cuando aparece allí mismo una multitud de alemanes que ha roto las líneas defensivas. Los muchachos “decidieron, sin decir palabra, hacerse matar, no por Francia, ni por el Rey, ni siquiera por los Ángeles y los Santos del cielo, sino lisa y llanamanete para que esta misa pudiera terminarse”. Acabada la misa, cuando el sacerdote se volvió para despedir a los asistentes con su bendición, no vio sino las frentes sudorosas de los alemanes tras una muralla de moribundos y caídos.

(Al terminar el cuento escogido por mi memoria, he recordado lo que escribió aquí en un comentario Julio Martínez Mesanza una vez: “No somos lo que leemos; leemos lo que somos”. En esta entrada he vuelto a hacerme un autorretrato. (Me he dibujado muy favorecido, eso sí.))

jueves, 25 de junio de 2009

miércoles, 24 de junio de 2009

Método Ruano

En la cena en casa de Begoña García González-Gordon me sentaron frente a Francisco Bejarano. Todo un honor. La cena transcurría deliciosa, y la conversación. Bejarano me había consolado al sentenciar: "Poesía hay que escribir poquísima". Por asociación de ideas (de los efectos a las causas), nos pusimos a hablar de columnismo. Nueva sentencia de Bejarano: "Con estos cuatro maestros del artículo es suficiente: Julio Camba, César González-Ruano, Agustín de Foxá y Wenceslao Fernández-Flórez". Dedicarme a lo mío --que es sumar-- me dio vergüenza, porque tendría que haber añadido, entre otros, al propio Francisco Bejarano y su imprescindible colección de artículos Las estaciones. Hubiese sonado a pelota. Por eso me hice un lío y puse peros. Dije: "González-Ruano está muy bien, claro, pero cuando uno se mete entre pecho y espalda los tres tomos de su Obra periodística (3098 páginas) acaba un poco cansado de la mecánica..."

Bejarano, que tiene porte de senador romano, no defendió a César, me echó una breve y fría mirada azul, no hizo una mueca, guardó medio segundo de silencio, y cambió de tema. Hubiese preferido un grito: "¡Estás tonto o qué!" o una pregunta sarcástica "Muchacho, ¿tú qué sabes?", pero la elegancia de F. B. me dejó devastado y muy arrepentido de haberle faltado al augusto González-Ruano.

Para purgar mi atrevimiento, el artículo de hoy lo he hecho según el célebre método Ruano, consistente en escribir del tirón y cuando uno llega al final, subir al primer párrafo, suprimirlo, y ya está. Muy justificado el método en este caso, porque el párrafo en cuestión salió caprichoso y egotista cuando el resto del artículo es, en general, básico y objetivo. Sin embargo, qué curioso (y serviría para reflexionar sobre los blogs) aquel primer párrafo es lo único que pega algo en estas páginas virtuales. Lo pego:
Como saben ustedes (entendiendo por ustedes a quienes me leen todas las semanas y, encima, recuerdan lo que escribí hace meses, o sea, principalmente a mi madre) y si no lo saben yo se lo digo, estudié en un colegio de educación diferenciada o no mixta. Mi recuerdo de aquel colegio es extraordinario. Ahora, como he repetido en alguna ocasión, soy profesor de secundaria en un instituto público y, por tanto, mixto. Y, aunque les parezca mentira, también estoy encantado. Se podría elaborar una teoría acerca de que lo ideal para un alumno es lo primero y para un profesor desde luego lo segundo, pero correría el riesgo de parecer demasiado satisfecho de mi suerte (que lo estoy).
A partir de ahí, el artículo es otra cosa.

martes, 23 de junio de 2009

Siesta a la sombra

El rumor de las hojas —de las hojas del ABC— que la brisa —esa señorita de provincias— se obstina en pasar.

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¿Qué buscará tan inquieta la brisa en el periódico? El tiempo para mañana, naturalmente.

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Al que dijo: “Siesta en la sombra./ El sol entre las ramas/ es otro pájaro”, le faltó precisión. Es un jilguero, está clarísimo.

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Y otro jilguero. Éste canta meciéndose de izquierda a derecha, muy tieso, igual que un cantaor por bulerías.

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El pobre gorrión también tiene derecho. ¿A qué? A posarse en estas líneas. Bueno, venga, de acuerdo…, pero que no cante.

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Etimología: jilguero viene de jolgorio.

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¿Diréis de algunas de estas notas aquello de aliquando bonus dormitat Homerus? Ay, ojalá.

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Los mirlos, como buenos burgueses, han colgado con cuidado sus levitas de una percha y están retirados en sus aposentos, descansando.
Románticos perdidos, ellos son más del crepúsculo.

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Kafka fue a visitar a Max Brod y, al pasar, me despertó. En vez de disculparse, dijo, de una manera infinitamente suave, levantando los brazos en un gesto de apaciguamiento, mientras atravesaba el jardín de puntillas: “Por favor, considéreme usted un sueño”.

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El canto de la urraca: despertador irrevocable.

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Los perros se toman la siesta con seriedad de auténticos profesionales.

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Las moscas, golondrinas del infierno.

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En el campo, en el jardín, donde gotea torpe, pegajosa, inútil por todas partes, se la llama “resina”, más que nada para maldecirla. Fuera de los libros de texto nadie usa ese nombre tan contradictorio de “savia”.

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Hay quien escribe con sangre. Yo también me mojo la pluma en las venas. Escribo con café, por eso mismo, insomne. (Estoy abusando últimamente.)

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¿Y no habrá tanta literatura bucólica porque no hay quien pegue ojo en los campos?
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viernes, 19 de junio de 2009

Mejor cuanto más lejos

Mis amigos lo saben. Se me da mucho mejor hablar por teléfono que cara a cara y mejor escribir cartas que hablar por teléfono. El sms lo manejo ya con una considerable soltura y en el recuerdo borroso (por ejemplo, en el de mis compañeros de colegio) doy mi perfil más favorecido (y más delgado). Para relacionarse conmigo, por tanto, mejor cuanto más lejos, como en el anuncio de la colonia que echan por Navidad, pero exactamente al revés.

No es por una cuestión olfativa, espero. Las razones, tartamudeos aparte, son variadas. Una, que mientras hablo por teléfono hago varias cosas —riego las plantas [eso es el psshhh que suena, advierto], conduzco o meto las tazas de café en el lavaplatos— y entonces estoy tranquilo, me abandona esa angustia que no me abandona cuando no estoy exprimiendo el tiempo a un ritmo de tres en uno, y me puedo explayar en la charla. Por carta aún mejor, porque el tartamudeo sólo sobrevive en algún titubeo sintáctico y ortográfico y lo de escribir es un vicio mío o una vocación [según se mire] que me calma la ansiedad.

Para colmo, Josep Pla me ha complicado todavía más mis entrevistas presenciales. Me he puesto a leerle otra vez y estoy como siempre, pasmado por sus descripciones. Por ejemplo:
[El señor Girbal, gitano] sobre el tronco voluminoso de su cuello de emperador romano lleva un cuello planchado y un nudo de corbata pequeño y redondo como un
hueso de aceituna.
¡Como un hueso de aceituna!, ¿lo han visto? Ahí está el personaje y su circunstancia. O unas páginas antes:

[Hermós, pescador] se ha quitado la gorra de patrón de pesca y muestra una calva alargada, de un color blanco amarillento. Unas gotas de sudor, pequeñas pero individuales, le salpican la cabeza.
Uf. Quien alguna vez estuvo con un marinero recuerda (tras leer a Pla, claro) esas gotas pequeñas e individuales, exactas, doblemente saladas, en su cabeza.

Como si yo no tuviera poco con mirar el reloj disimuladamente, ahora, para emular a Pla intento sacarles un vivo retrato a mis interlocutores. Así que cuando me hacen una pregunta cualquiera me suelen pescar en la luna de Valencia, escrutando con esperanza la calva o mirando fijamente al nudo de la corbata. El teléfono es más fluido.

jueves, 18 de junio de 2009

Pisoteada

Pisoteada,
una imagen de Cristo,
rota, traslúcida.
Este es el haiku de Shuoshi que no logro traducir del todo. En japonés reza:

Zesukirishito .....fumare fumarete..... usetamaeri
y la versión inglesa que da R. H. Blyth:

Trodden on, trodden on,
The picture of Christ
Is worn away.

Habla, como los más nipómanos ya habrán adivinado, de esa ley por la que los funcionarios imperiales iban por los pueblos obligando a todos a saltar sobre una imagen de Jesucristo para dejar constancia de que no eran cristianos. No sé si Vicente Haya calificaría este haiku como "de lo sagrado", pero vaya si lo es. Esa imagen rasgada, desgastada, a través de la cual pasa la luz, nos permite entrever la trascendencia, una trascendencia propiamente cristiana además.

Mi versión está muy lejos de ser definitiva. Estoy contento de la solución que se me ha ocurrido para mantener la insistencia en el pisoteado, que es esencial, sin alterar las medidas del haiku, aprovechándome del título de la entrada. En cambio, me gustaría que el verso final no tuviese dos adjetivos. Me dije: "casi traslúcida", pero no transmite la idea de rasgada. Se admiten [se suplican] sugerencias. Lo importante sería que encontrásemos una versión ajustada. Yo me atrevo a poner ésta porque el otro día Luispa al menos me pidió que lo intentásemos y porque, aunque imperfecta, me ha servido para entender el haiku de Shuoshi. Y para repetirme, como una jaculatoria japonesa, la palabra:
Zesukirishito
Tiene tanta fuerza la palabra, pienso ahora, que bastaría algo mucho más desnudo:
Cuadro de Cristo
pisoteado, piso-
teado y roto.

miércoles, 17 de junio de 2009

Perros policías & gato metafísico

Uno prefiere a los perros, eso está claro. Pero como a la ocasión la pintan calva y aprovechando que en literatura uno puede acercarse mucho a los gatos y guardar, a la vez, las debidas distancias, les copio un poema de Víctor Botas:

..........GATO

Pavorosa inocencia la de este
que junto a mí dormita. Nada sabe
de su breve pasado y su futuro
incierto en todo, salvo en una cosa;
también él morirá. Se rasca el lomo,
se pasea por casa, sigue atento
cuanto pueda moverse; y ahí termina
su actividad de augur. (Tiene la panza
repleta y no le pide correr riesgos
para poder vivir). De tarde en tarde,
cuando se pone melancólico,
traza curiosos signos que no siempre
consigue descifrar. Entonces, pobre,
para animarle un poco, ronroneo.

martes, 16 de junio de 2009

Pero, ¿no habíamos quedado en que era lo único que no lo tenía?

Una funeraria llamada "El Remedio" así, de golpe, parece una broma pesada de humor negro. Dan ganas de dejar dicho en un testamento vital, como lo llaman, y también tiene tela el nombrecito, que por favor no recurran a los servicios de esa empresa. Claro que, tras unos mementos de reflexión, caigo en que podría ser un logrado capítulo epigramático de Exégesis de los lugares comunes de Léon Bloy. Sin embargo, ese libro contra las frases hechas no me resultó nunca el más convincente de Bloy, dicho sea con todos mis respetos. Chesterton habría hecho (hizo) todo lo contrario: coger los lugares comunes y demostrar la sensatez y la filosofía que encierran, frente a los estirados circunloquios de los profesionales de la profundidad. Cuestión de caracteres, supongo.

El coche fúnebre sigue delante de nosotros en el atasco y, finalmente, se hace la luz. Tendrían que usar como eslogan publicitario esta frase de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa: "Mientras hay muerte hay esperanza". Lo malo es que para entender ese eslogan hay que ser italiano y haber crecido empapándose la Divina commedia, donde tan enseguida como en el Canto III se nos deja avisado: Questi non hanno speranza di morte. A mí, desde luego, a esperanza no me gana nadie, y, ya puesto definitivamente de buen humor, acabo convencido de que, si pudieramos preguntarles, casi todos los usuarios de la Funeraria El Remedio verían el nombre de la empresa la mar de bien puesto.

domingo, 14 de junio de 2009

La perla

—Describe la perla por la que arriesgas tu vida allá en lo hondo –le pedí al joven buceador de pulmones de acero.
—Es tan valiosa —me dijo—, que sería la joya en el palacio de un príncipe. Mi choza es el palacio de un príncipe porque, mientras que estoy allá en lo hondo, ella está allí, cocinando al mediodía, regando las macetas por las tardes. Por las mañanas se levanta conmigo y sale hasta la puerta a despedirme. El sol brilla sobre su pelo negro. El viento mueve su pelo como las olas de un mar muy alto. A veces he querido regalarle un collar con las perlas que voy sacando, pero ella no las quiere. No quiere más collar que el de mi abrazo.
[Sobre un microrrelato de Raúl Brasca.]

Haiku fashion

Los que amamos los haikus tenemos que prepararnos para lo peor, porque se han puesto definitivamente de moda. Hablábamos de moda, qué ingenuos, hace unos años, cuando sólo era entre poetas. Lo de ahora es bastante más grave. La prueba irrefutable de su celebridad completa es que una editorial dedicada al escaparate y a la actualidad, Temas de hoy, ha publicado un libro de haikus de Federico Jiménez Losantos, que no sé si os suena, pero que es un periodista bastante popular. El libro se titula La otra vida, el autor "se siente [sorprendentemente] cerca de la idea de lo sagrado en el haiku que Vicente Haya describe es sus antologías y ensayos" (p. 12) y tiene uno bueno:


El haiku, luz en la luz,
ilumina
lo que parecía claro.
Yo soy partidario de no tenerle miedo a las modas. También el soneto estaba de moda en el siglo XVI y fijaos, oh lectores, qué sonetos dio de sí el XVII (y el XX). La comparación está avalada por Octavio Paz que insistía en que el haiku es el soneto de oriente y por José Luis García Martín que recuerda que es el soneto de los vagos.

Esto de las modas, además, es engañoso a más no poder. No sé cuántos años hace qué José Cereijo dio su ramillete de haikus (son 12) a Abel Feu para que lo sacara en la colección de Los papeles del Sitio. Entre unas cosas y otras, se fueron sumando retrasos y han ido saliendo haikus a mansalva de unos y de otros. A mí me llegó el cuadernillo anteayer, en pleno empacho de haikus jimenezlosantianos (son 138). Pero éste, por eso ¿tiene menos dolorido sentir, es menos hermoso acaso?:


Pequeña flor
¿cómo cabe en tu aroma
tanto pasado?
Y ayer le leí a Vicente Núñez uno críptico y lúcido, escrito hace tiempo, por lo menos antes de 2002, por razones obvias, pero leído ayer, en plena vorágine, y qué importa:


No existen. ¿Dónde
sino en mi corazón
iban a estar?
Es muy curiosa la novedad tipográfica con que adorna los suyos Juan Bonilla, recogidos en la antología Defensa personal. Mantiene los tres versos, pero los escalona. Veamos un ejemplo, que es, de paso, un haiku juguetón y nostálgico, que eleva la mirada:

En el tejado

..................... la pelota embarcada

...........................................................sueña un partido.

Que yo sepa, es la primera vez que se presentan así en España. Andrés Trapiello, en la edición acorde de La Veleta del maravilloso Diarios de un holgazán, de Frutos Soriano, los va escalonando en la página, pero los haikus enteros, no sólo los versos. Sospecho yo que el afán de Bonilla es que los leamos casi como un único verso, como hacen los japoneses. Así subraya que lo importante es el número de sílabas y no el salto de líneas (y qué bien le habría venido esa lección, amén de las de Haya, a Federico Jiménez Losantos, por cierto). Pongo una muestra japonesa de Shuoshi (que no traduzco porque no lo consigo ni de la versión inglesa de R. H. Blyth, y mira que llevo meses intentándolo):

Zesukirishito .....fumare fumarete..... usetamaeri
Pero incluso cuando no se busca ninguna novedad, ni siquiera tipográfica, los haikus buenos saltan a la vista. De Miguel Agudo suelen preferir los lectores éste:

El camión de la basura
va recogiendo
la madrugada.
Yo, sin hacerle ascos al camión de la basura, me quedo con

Tarde tras tarde,
aleación de anciana
y mecedora.
Me quedo con él por su ternura, por su arrebato visual, por el prodigio de sus aliteraciones, por la juventud de la mirada del autor concentrada en la palabra "aleación" que se funde con "anciana" y, por contagio" con "mecedora", por la sensación que trasmite del paso del tiempo...

Si el haiku se pone de moda, bienvenido sea, nosotros nos arremangaremos. ¡Cuánto trabajo nos queda, separando el trigo de la paja, la paja del ojo ajeno y la viga del nuestro, etc! El haiku es el soneto del vago, eso lo sé por experiencia, pero al lector, en cambio, le exige un montón, ¿verdad?

Pero es un trabajo muy bien pagado.

viernes, 12 de junio de 2009

Donde Pascal me pega un pescozón

Ayer tarde se me apareció Blaise.
—¿Cómo está usted?, le saludé con una honda reverencia.
—Yo como nunca. El que está muy equivocado es usted, muchacho.
—Gracias…
—Bueno, sí, de nada. Vistos desde la eternidad, todos sois unos muchachos; precisamente el otro día estuve con Jiménez Lozano…
—No, si lo que yo le agradecía es que se tome la molestia de sacarme de un error.
—Ah, sí, perdone. En la eternidad, gozamos de cierta tendencia a irnos por las nubes, ¿sabe?, como tenemos todo el tiempo del mundo (y más)...
Vengo por la frase mía que usted corrigió con tan buena intención como escaso acierto.
—¿…?
—Veamos: yo escribí que sólo hay dos clases de hombre: los pecadores que se creen justos y los justos que se creen pecadores. Y usted, alma de cántaro, viene con eso tan jesuítico de los justos que se saben pecadores y tal. Así destroza la clasificación, no sólo la simetría de la frase francesa, que me importa un rábano. Y para colmo la destroza por egotismo, porque usted acaba siempre hablando de usted, pillín… Lo que es muy natural, muchacho, no se me amohíne.
Mire: los justos que se saben pecadores no son más que un subgrupo de la primera clase. Saben, como usted sabe, que son pecadores, nadie lo duda; pero aun así se creen justos y ése es el quid, ¿lo ve? Un subgrupo un tanto retorcido, aunque bien consciente.
En cambio, ¿no recuerda la irritación sorda que le han producido siempre esas personas buenísimas (pocas) haciendo tremendas protestas de su terrible maldad? ¿No se recuerda clamando, impaciente: "¡Pero qué sabrán estos cándidos, Dios mío!"? Pues sólo a ésos es a los que yo incluyo en la segunda parte de mi clasificación.
¿Lo coge ahora?
—Oh Blaise, sí. Lo siento mucho…
—No lo sienta, muchacho. Siempre es un placer verse citado en la blogosfera, aunque sea mal. Eso mismo le comentaba Stevenson ayer, sin ir más lejos, a Oscar Wilde.

jueves, 11 de junio de 2009

"Quiéreme cuando menos lo merezca

porque será cuando más lo necesite". Esta cita de Stevenson, en boca del Dr. Jekyll, me ha saltado a los brazos desde el libro de auto-mutua-ayuda El matrimonio. Una gran aventura.

Un compañero de trabajo me pilló leyéndolo en el bar del instituto y se quedó muy preocupado. O no. Le juré que era un regalo del autor. "Ya", contestó, pero pensando: "Ya, ya". Me aconsejó que cuando las cosas empiezan a ir mal lo mejor es dejarse de libritos y cortar por lo sano, que él lleva ya dos (matrimonios) y que, aunque ahora está soltero, es, por eso, un experto. Que a ver cuántas veces se casó José García Sáez, autor del libro, eh, eh.

Por razones obvias, no pude pasar de la página 12, pero la cita me basta y me sobra. Estoy por esculpirla en el dintel de casa a lo Skerryvore. Y a quien la acuse de interesada o egoísta, yo humildemente, si me deja, le recordaría que el modelo y fuente de todos los amores es el de Dios, que funciona igual. ¿O no les recuerda mucho la frase de Stevenson a la de Lady Julia en las escenas finales de Retorno a Brideshead: "The worst I am, the more I need God"?

"Cuanto peor soy, más necesito a Dios", y alguno podría objetar que entonces, si uno es bueno, no necesita a Dios y, de paso, tampoco que le quiera nadie, pero para contestar a eso está Blaise Pascal, nada menos: "Sólo hay dos clases de hombres: los pecadores que se creen justos y los justos que se creen pecadores". Que se saben pecadores, le corregiría yo a Pascal, aunque me cargase la simetría francesa de la frase.

Y todo esto lo fui pensando mientras el colega me contaba su determinación tajante ante las crisis matrimoniales, que no tienen remedio. Los cafés los pagué yo.

martes, 9 de junio de 2009

Cartas echadas

Como sabéis, para la juventud indígena de un pueblo de costa como el mío, el fin de agosto suele adquirir tintes dramáticos. En mi caso, adquiría tintas dramáticas, lo que era un consuelo. Se marchaban las veraneantas, pero nos intercambiábamos las direcciones y empezaba la temporada epistolar, que me gustaba casi tanto como la de playas. Oh los sellos, los sobres, la cuidada caligrafía, la nostalgia compartida, las tardes acortándose, todo, todo como en los poemas de Fernando Fortún, que leería mucho después, pero que vivía entonces...

Uno de aquellos cruces epistolares, tal vez el más breve, resultó decisivo. Aquellas cartas marcaron mi vocación, o al menos, puestas boca arriba, me la mostraron. Las dirigí a una chica monísima, de Badajoz. En la primera, deseando dar muestras de un fino temperamento artístico, metí un poema y un dibujo. En su contestación, ella se mostró entusiasmada con el dibujo. Del poema no decía nada de nada, un silencio total.

Fue el momento clave. Yo podría haberle mandado más dibujos y orientar mi carrera hacia las artes figurativas, que prometían más. Sin embargo, con una extraña conciencia de la gravedad de mi determinación, le mandé dos poemas, ni un solo dibujo. No contestó. Mi suerte estaba echada.

A veces la veo los veranos de nuevo por la playa. Se la ve muy contenta, con un marido que, la verdad, no tiene pinta de pintor, pero quién sabe. Yo sigo escribiendo, y tampoco me quejo.

lunes, 8 de junio de 2009

Saltar sin Red

Tenía prevista otra entrada para hoy, y mañana soltar ésta, coincidiendo con la presentación de Lo que ha llovido. Pero en mitad del salto del blogg al libro me he quedado paralizado y casi no puedo escribir. Lo explica muy bien Auberon Waugh en sus memorias, tituladas Will This Do? [¡buena pregunta!]
A través de toda mi carrera como escritor, he encontrado sólo dos actitudes posibles hacia mi trabajo. La primera es pensar qué vergüenza, qué horror, ¿cómo he podido escribir esta basura? La segunda es pensar cuánta inteligencia, cuánto talento, qué originalidad… y que nunca jamás escribiré nada igual en mi vida. Creo que esas exageradas reacciones suelen ser bastante comunes entre escritores. Mi padre estaba de acuerdo, sentía lo mismo.
Yo estoy de acuerdo, siento lo mismo, pero simultáneamente, sin solución de continuidad. Aun así pensaréis: “qué vanidoso”, y bueno, sí, pero también sincero. Y si os fijáis gana la angustia dos a uno: lo de la basura más lo de la seguridad de no escribir nunca más (dos) frente a la euforia (uno).

En este caso en concreto tengo una sensación muy grande de peligro. La de saltar sin red. Internet nos protege y un libro es la intemperie. En la presentación, precisamente, pretendo explicar este vértigo:

1) En el blog siempre tenemos la excusa de lo recién hecho, de la tormenta de ideas.

2) La misma distracción con que leemos en Internet (que es una de las principales razones para publicar en libro) es una capa que todo lo tapa.

3) Una entrada de blog se lee en cinco minutos [o menos] mientras que un libro exige dos o tres tardes enteras. Lo primero va entrando poco a poco, día tras día, indoloramente, y gratis; lo segundo, de sopetón, si entra, y previo pago, perdonadme, de 18 €.

4) La posibilidad de comentar en el blog hace que uno lea pensando en lo que dirá o puede decir, y eso implica menor exigencia. Lo sabía Ortega: en las conversaciones, mientras que el otro habla, uno aprovecha para ir pensando lo suyo. En el libro, no hay posibilidad de contestación, el soporte impone silencio y ese silencio tiene un precio, El autor debe pagarlo o ganárselo. Es una diferencia análoga a la que va de nuestras expectativas en una conversación y ante una conferencia.

5) Los comentarios fomentan la amistad. Incluso con muy viejos y buenos amigos, gracias a los blogs, he estrechado lazos. Esto, que en lo personal es maravilloso, repercute en la escritura, que se repanchinga, desinhibida, cálida, un punto impudorosa, ¿no?

6) Bastantes lectores del libro lo habrán leído ya en el ordenador. Para ellos, a pesar de las correcciones y de la selección, resultará inevitable cierta sensación de usado. Del déjà vu al déjalo hay poco trecho. La relectura es un honor que sólo merecen los más grandes.

“¡Vaya publicidad te haces!”, me reñirá alguno; por ejemplo, mi padre. Pero si en el prólogo reflexiono sobre la posibilidad de que el blog sea o no un género autónomo, ahora querría aprovechar la presentación para hacer el camino de vuelta con la experiencia del libro entre las manos, sin red. Pegar, por tanto, un doble salto [¿mortal?]

Además, no tengo pretensiones de grandes ventas. No es humildad, ojo, sino todo lo contrario: puestos a aspirar, no aspiro a las masas, sino a la levadura. Así que para qué venderme bien ni —mucho menos— engañar a nadie. Resultará más útil aclararnos un poco a fondo sobre este asunto de los blogs literarios, tan enredado. Para ello me acompañarán Enrique Baltanás y Juan Antonio González Romano, blogueros, entre otras cosas, extraordinarios.

Y no habrá red, pero tengo amigos que me van recogiendo entre sus brazos. No saben cuánto bien me hacen sus ánimos para empatar por lo menos ese partido del que hablaba Auberon Waugh. “Pero tú mismo lo dices, son amigos”. Objeción justa, de la que me enorgullezco, y a la que podría contestar con este poema tan chulo de Ezra Pound:
Yo junto estas palabras para cuatro personas.
Algunos más pueden oírlas.
Oh mundo, lo siento por ti,
tú no conoces a estas cuatro personas.
Pero prefiero, aunque nunca lo había hecho aquí hasta ahora, explicarme con un poema propio:
................ORGULLO

Lo confieso: mi vicio es la humildad.
Hace tiempo que siento que no sirvo
para cumplir mis sueños. Hace tiempo
que dejé de escucharme.

Si quise ser un caballero andante,
un amante feliz, un santo cotidiano
o un poeta mayor—si lo quise una vez—,
se me ha olvidado todo.

Hoy sólo me recuerdan aquéllos que me quieren,
me recuerdan o, al menos, me imaginan.
Reflejado en sus ojos, valgo el doble:
ellos son el orgullo que me queda.

sábado, 6 de junio de 2009

Un conte de Noël

Ya sabemos de sobra que las buenas intenciones no salvan una obra de arte. (Tampoco las malas, ojo.) Y menos cuando las buenas intenciones han salido sin querer, si eso es posible, que sí. Pero aunque no sea una película magistral, no por eso tiene que dejar de interesarte.

viernes, 5 de junio de 2009

Apotegmas, apuestas

Las greguerías, hijas de su tiempo, son aforismos amorales, sentencias sinvergüenzas, niñas pijas.

*
El aforismo, ensayo del vago.

*
Humor negro: redundancia.

*
Amar: resumen infinito.

*
Vanidad, su nombre indica.
*
"Menos", máxima del aforista.
*
Sueño del aforista: entrar adentro. (El aforista ideal es el adentrista.)

*
Pero siempre sobra alg
o.

jueves, 4 de junio de 2009

¿Como García?

La literatura ya era para mí una fuente de felicidad antes de saber qué era la literatura. Para los indígenas de un pueblo de vacaciones, el final de agosto suele adquirir tintes dramáticos. En mi caso, adquiría tintas dramáticas, lo que era un cumplido consuelo. Si se volvían a Madrid o a Bilbao las veraneantas, empezaba la temporada epistolar, que a mí me gustaba casi tanto como la de playas. Oh los sellos, los sobres, la cuidada caligrafía, las dulces quejas, las sorpresas en el buzón, los anagramáticos remites, las animantes noticias de sus lentos aburrimientos ciudadanos, la nostalgia compartida, las tardes acortándose, el olor a lluvia, todo, todo como un poema de Fernando Fortún o una novela de Sánchez Mazas, a los que leería muchos años después, pero a los que vivía entonces...

En ésas, en los últimos días de agosto de uno de mis primeros veranos de adolescente, le pedí la dirección a una chica de nombre y apellido polacos, que iba, para colmo, a un internado inglés, en Hastings, creo recordar. Yo estaba teniendo muchas dificultades para escribir correctamente su apellido, y se lo dije, mientras le pedía que me lo deletrease. "Qué difícil, eh". "Pues en Polonia es muy conocido", repuso ella con una sonrisa sorprendida. "¿Sí, como aquí García...?" "No", contestó, "como aquí Borbón". "Ah", me sonrojé, vivamente impresionado; no en vano era un futuro lector de Sánchez Mazas y de Fernando Fortún.

miércoles, 3 de junio de 2009

Pájaros y maestros

En mi artículo, de los políticos no digo apenas ni pío.

Ni cuento que el verano pasado, para espantar a las cotorras, leía en el jardín con una escopeta de plomos en el regazo. La imagen sorprendía mucho al vecindario, que en agosto es la familia de una amiga de la adolescencia [de la que hablaré mañana]. Se traían cierta guasa que, unida a la de las cotorras [tengo mala puntería], estuvo a punto de desmoralizarme. Por una vez, y sin que sirva de precedente -espero-, Leonor no me apoyaba. Le daba pena la posibilidad de una urraca moribunda. ¡O sea, que creía en mi puntería, oh! Entre unas críticas y otras, estuve a punto de abandonar, hasta que José Mateos me informó de que José Antonio Muñoz Rojas lee en su casa con una escopeta de cartuchos [siempre ha habido clases] entre las piernas. Tira contra las tórtolas turcas, cuyo zureo le parece un mal presagio. [Y eso que quizá no sepa que dicen decaocto]. Es un ejemplo del efecto benéfico, de reafirmación, que tienen sobre nosotros los maestros. Yo, desde entonces, no dejé la escopeta.

Por otra parte, si a alguien le extraña un artículo tan ornitofóbico en un poeta lírico, siempre podré alegar otro argumento de autoridad: Jaime Gil de Biedma y sus pájaros cabrones.

martes, 2 de junio de 2009

El gran río

En La Argentina, preguntado de dónde era, el poeta sevillano Aquilino Duque contestó que del otro lado del gran río. Le entendieron que era uruguayo y Aquilino, entonces, tuvo que explicarse mejor. Venía de España, el gran río era el Atlántico y lo decía así porque nuestra península y su continente son las dos orillas del español, el puente que las une.

Yo no estoy tan viajado como Aquilino Duque, pero también corro mis aventuras. En plena alarma mundial por la gripe A, quedé en Madrid con el flamante accésit del premio Adonáis, Alfredo Félix-Díaz, recién llegado de México. Había leído ya Si resistimos, su poemario y, fortalecido por la admiración, estaba dispuesto a arrostrar el peligro. La entrevista discurrió fresca y cristalina y una corriente de simpatía se estableció entre nosotros. El gran río resultaba fácilmente vadeable.

Justo el tránsito entre las dos orillas es lo más destacado de su poesía. El joven mexicano ha leído a fondo a los españoles Luis Alberto de Cuenca y Julio Martínez Mesanza, sin dejar por ello de escribir unos versos muy de allá. Se ve en “1928” un poema magistral, épico, sobre la represión a los cristeros. Y en sus corridos se escucha nítidamente la influencia del Borges de Para las seis cuerdas (1965). Los ríos más grandes se achican y las fronteras se diluyen gracias al idioma común y a la cultura compartida. Da gusto; y, para colmo de dicha, yo de salud muy bien, gracias.

lunes, 1 de junio de 2009

Una postal de Mario Míguez


Madrid, Mayo 2009
Querido amigo Enrique:
Desconectado lector, dices en tu prólogo. Ese soy yo. Desconectado, porque no me interesa la literatura, y menos en sus nuevas formas. Separado, cortado como estas flores ¿ves? que están en el Jarrón necesario, con el agua que las mantiene siempre vivas de verdad, el agua viva que no obtendrían de la tierra. Y en penumbra.
Pero he disfrutado mucho con tu estupendo libro, y te doy las gracias por acordarte de mí.
Un abrazo,
Mario